lunes, noviembre 23, 2009

El mayor genocidio de la historia (3). Los hombres que amaban a las mujeres

En la foto, adolescente alemana violada y asesinada por las tropas comunistas en 1945.

El trotskysta Stieg Larsson ha depuesto, antes de morir, su contribución al antifascismo, la cual, como acostumbra a suceder con este tipo de productos hipercríticos, resulta a la postre perfectamente funcional y utilizable en beneficio de los intereses de la oligarquía filosionista y de la extrema derecha judía, racista y supremacista, que controla buena parte del planeta. En este caso el enfoque es feministoide y se dedica a desarrollar el viejo mito de lo que en los años sesenta y setenta se calificaba de "falofascismo" (el machismo fascista, cuya innegable existencia no implicaba, empero, la violación de las mujeres, incluidas las propias hermanas e hijas).

Ahora bien, en su prólogo al ominoso panfleto criminógeno "Terrorismo y comunismo", donde el "bueno" de Trotsky justifica el asesinato de masas, Slavoj Zizek, con expresa vocación de repetir la masacre (siempre en nombre de la humanidad, por supuesto), cita al judío Isaac Deutscher cuando éste sostiene con franqueza impagable que:

"Una década después, Stalin, que en 1920-1921 había apoyado la política 'liberal' de Lenin, iba a adoptar las ideas de Trotsky en todo salvo en el nombre. Ni Stalin ni Trotsky, ni sus respectivos partidarios, admitieron entonces el hecho... Lo que no era sino una más de las múltiples facetas del pensamiento experimental de Trotsky iba a convertirse en el alfa y el omega de Stalin" (I. Deutscher, "The Prophet Armed. Trotsky 1879-1921", Londres, Verso, 2003, p. 489, citado por Zizek, en "Terrorismo y comunismo", prólogo, Akal, Madrid, 2007, pp. 10-11).

Quienes creían que la observancia trotskysta constituye una garantía moral frente al estalinismo, resultan, al parecer, unos simples indocumentados. Estamos hablando del despiadado Trotsky, nada menos que el forjador del Ejército Rojo; en la obra citada, este asesino en serie manifiesta de manera inequívoca su desprecio por los derechos humanos:

"Por lo que a nosotros se refiere, nunca hemos perdido el tiempo en las charlatanerías de los pastores kautskystas y de los cuáqueros vegetarianos acerca del 'valor sagrado' de la vida humana" (Trotsky, op. cit., p. 158).

De manera que las masacres de las hordas soviéticas en la Alemania vencida y, especialmente, el trato dado a las mujeres alemanas, representarían una expresión de la política de terror que Lenin improvisó, el trotskysmo teorizó y Stalin se limitó a aplicar y a perfeccionar sobre la marcha de forma sistemática. No creo, pues, que un trotskysta como Larsson sea la persona más adecuada para hacer novela crítica de maltrato a la mujer. Al menos, para las mujeres alemanas que conocieron las exquisiteces morales del bolchevismo, la nauseabunda trilogía "Millenium" constituye una auténtica burla viniendo de quien viene. Además, que se legitime moralmente quemar vivos a los "fascistas" (la muchacha de la cerilla) es una clara y malévola alusión a la justeza de los bombardeos crematorios contra civiles alemanes perpetrados por los muy democráticos militares del Bomber Command británico. Podríamos continuar con los ejemplos, pero este thriller del móntón no merece la pena.

Cada año, los medios de prensa controlados por los filosionistas fabrican, mediante la prevaricación de una crítica literaria teledirigida políticamente, algún best seller que mantenga viva la fe antifascista. Se trata de auténticos bodrios, como "El niño con el pijama a rayas", pero a fuerza de insistir los medios en su genialidad, la gente termina comprándolos y se inocula, sin saberlo, de la necesaria dosis de ideología-veneno al servicio de una anticívica ceguera voluntaria. Luego viene, por supuesto, la inevitable película, que el cretino de turno también irá a ver al cine o en video, financiando por partida doble el dispositivo de lavado de cerebro construido por los nacionalistas judíos a escala mundial. En tales circunstancias, dudo que se escriba jamás una novela titulada "Los hombres que sí amaban a las mujeres", en la que se explique la experiencia de las mujeres alemanas con aquellos progresitas y humanistas soviéticos que en su día fueran nutridos doctrinalmente por trostskystas como Larsson. No obstante lo cual, Anthony Beevor en su "Berlín: la caída, 1945" nos permite columbrar que se trataría de una obra mucho más feminista, objetiva y real que la mamarrachada pseudo progresista de Larsson.

Las dimensiones del crimen

Según las militantes de izquierdas alemanas Barbara Johr y Helke Sander (véase: "Befreie und Befreiter", 1992) un total de 2.000.000 de mujeres alemanas fueron violadas por los rusos. De ellas, 200.000 fallecieron a causa de tales salvajadas. Entre las víctimas se contaban decenas de miles de niñas (y niños) de hasta 10 años, pero también ancianas de 75 años. Las vejaciones sexuales no se limitaron al episodio de la ocupación de Alemania, sino que fueron reiteradas, continuadas y se prolongaron de 1945 a 1949. El historiador Anthony Beevor, en su célebre obra sobre la batalla de Berlín, avala estas cifras. Otra fuente sobre el tema es el libro de Catherine Merridale "La guerra de los ivanes", donde son los propios soldados proletarios quienes describen las atrocidades que cometían sus compañeros. También el anónimo "Una mujer en Berlín" merece ser consultado. La esposa del canciller alemán Helmut Kohl no pudo soportar la tortura que suponía el mero recuerdo de aquellos hechos y se suicidó a una edad ya avanzada, circunstancia que da una medida de la intensidad y persistencia imborrable de los daños psíquicos.

La excusa sostenida hasta hoy para minimizar el escándalo moral de un progresismo peor que el reaccionario nazismo incluso en el trato a la mujer es que la extremada violencia contra las mujeres y niñas alemanas por parte de los soldados soviéticos era una venganza por la crueldad del frente oriental y por actos cometidos por los propios alemanes contra civiles rusos. Pero los hechos cuestionan esta habitual eximente, siendo así que la brutalidad del Ejército Rojo con las "burguesas" está documentada ya en la guerra civil contra los blancos, y que las víctimas de los rusos eran a veces mujeres polacas, prisioneras rusas o hasta judías "liberadas" de los campos. Una prisionera rusa afirma que "resultaba difícil convivir con los alemanes, pero esto era aún peor". También se afirma que las autoridades soviéticas no podían controlar a sus soldados, pero lo cierto es que les animaban a violar, matar y destruir,  y castigaban a los pocos que trataron de impedir las atrocidades, como el comisario comunista Lev Kopelev, detenido por incurrir en "propaganda del humanismo burgués que fomenta la compasión con el enemigo". Resulta harto conocido el papel instigador del poeta oficial del régimen estalinista, el judío Ilya Ehrenburg (hecho admitido  por el propio Beevor pero que, una vez más, Wikipedia en español silencia con alevosa complicidad sionista).

Contra lo que pudiera parecer, no sólo los rusos forzaron a las mujeres alemanas. También lo hicieron los "libertadores" del lado occidental, especialmente los norteamericanos, quienes, según la historiadora Johanna Bourke, se entregaron a "auténticas orgías de violaciones" (véase: "An intimate history of Killing", 1997). Los yanquis, además, no se conformaban con vejarlas sexualmente, sino que de propina las prostituían para llevarse a casa algunos "ahorrillos". Simpáticos héroes de Hollywood mascando chicle.

A nuestro entender, estos hechos no pueden ser juzgados aisladamente, sino que tienen relación con los bombardeos crematorios ingleses contra civiles alemanes, el trato dado posteriormente a los prisioneros de guerra de la Wehrmacht, las hambrunas planificadas, los campos de concentración para civiles (dirigidos por judíos)... Sólo podemos comprender esta violencia en el contexto de un plan de exterminio del pueblo alemán que fue concebido y puesto en práctica por Washington, Londres y Moscú antes de que empezara el holocausto. Si no llegó a consumarse más que de forma parcial, no fue por la bondad de los vencedores, sino por la ruptura de relaciones entre el Este y el Oeste y el inicio de la Guerra Fría. Respecto de lo sucedido en los campos de concentración alemanes con los prisioneros, judíos y no judíos, que eran retenidos como mano de obra y a efectos militares, también nos parece imposible seguir sosteniendo que los abusos cometidos contra ellos obedecieran a la simple "maldad" alemana (!no otro era el lenguaje de  Kaufmann!) y no a una reacción frente a actuaciones genocidas, y previas, de los presuntos defensores de la democracia y el progreso. El cuento infantil de la (supuesta) Liberación aliada, el poema épico de Normandía, nos lo podíamos creer cuando no sabíamos lo que ahora ya sabemos; la edad de la inocencia sobre la relativa bondad de los líderes "democráticos" frente a los diabólicos "nazis" terminó tiempo ha.

Jaume Farrerons
26 de noviembre de 2009

Entrevista a Anthony Beevor:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-01-10-2002/abc/Cultura/anthony-beevor-stalin-encontraba-divertido-que-las-mujeres-alemanas-fueran-violadas_133191.html

El mal estaba en todas partes:

http://www.filosofia-catalana.com/docs/noticies/noticies2/El%20mal%20estaba%20en%20todas%20partes.pdf


domingo, noviembre 22, 2009

El mayor genocidio de la historia (2). La autoría ideológica del plan de exterminio

EL MAYOR GENOCIDIO DE LA HISTORIA (2). Nos referíamos en otro post a la creciente conciencia de los genocidios perpetrados y silenciados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a “Le livre noir du communisme” (1998), de Stéphane Courtois et alii, sabemos que por cada víctima del nazismo se detectan 10 del marxismo y que cuando Churchill se alía con Stalin (1941) para derrotar al “atroz” régimen nazi, el holocausto no ha empezado todavía, pero Moscú ha exterminado ya a 13 millones de ciudadanos soviéticos. No importa: el liberalismo cristiano y burgués hará causa común con el comunismo y contra el fascismo, sin enrojecer de vergüenza, en nombre de los derechos humanos. La obra de James Bacque “Other Losses. An Investigation into the Mass Deaths of German Prisoners at the Hands of the French and Americans After World War II” (1999) nos permitió descubrir la realidad de los campos de concentración americanos y franceses para prisioneros militares alemanes, a la que ya nos hemos referido en el post anterior, con más de un millón de víctimas.  Así, a los soldados que no pudieron abatir en los campos de batalla, los mataron una vez desarmados. Pero a Bacque se lo ha intentado desacreditar como historiador; es, por lo demás, la maniobra habitual en estos casos. Bacque escribió otro libro, a saber, “Crimes and Mercies. The Fate of German Civilians under Allied Occupation, 1944-1950” (1997), donde explicaba los efectos de la aplicación parcial del plan Morgenthau en la Alemania ocupada. Fue ignorado. La publicación de “After the Reich. The brutal history of de allied occupation” (2007), del prestigioso historiógrafo británico Giles MacDonogh, pone en evidencia que Bacque no mintió, que no manipuló los hechos, como se pretendía, sino que simplemente se limitó a mostrar una verdad incómoda, le guste o no esa verdad a Wikipedia (donde Bacque fue censurado, como se sabe) y, en definitiva, a la oligarquía filosionista. El libro de MacDonogh no deja de ser, empero, un intento de reducir al máximo la magnitud del escándalo, como en su día lo fue “El libro negro del comunismo”, donde se hablaba mendazmente de 25 millones de víctimas del nazismo (la cifra correcta rondaría los 11 millones) para hacerse perdonar de alguna manera el atrevimiento de tener que reconocer que el comunismo fue mucho peor en términos de derechos humanos y de asesinato de masas que todos los regímenes fascistas juntos. MacDonogh habla de 2,25 millones de civiles alemanes víctimas de la hambruna planificada por los ocupantes aliados. Sabemos que fueron muchos más, y quizá hasta cerca de 9 millones, por la simple comparación entre los censos de posguerra y la resta de los contingentes de los refugiados del Este y de Centroeuropa. Debemos acostumbrarnos, en la fase histórica actual, a reconocimientos “parciales” de la realidad, que deben abrir paso a nuevos estudios y que, aunque en pequeñas dosis de objetividad (para evitar un estallido cívico), permitirán desmontar la narración oficial de la “cruzada antifascista”.

El futuro nos depara la verdad, que no dejará de salir a flote y nos permitirá, entre otras cosas, comprender las “causas del holocausto”. Porque el exterminio de los judíos no se explica, como se nos pretende hacer creer, a partir del antisemitismo nazi o de la simple maldad asesina de los alemanes (tesis de Goldhaguen), sino del desarrollo de la guerra y de un previo plan de exterminio de Alemania que fue conocido por las autoridades nacionalsocialistas y provocó, de alguna manera, la consecuencia fatal, que ahora se nos presenta descontextualizada y, por tanto, incomprensible y diabólica. Nuestra tarea es acelerar dicho proceso de comprensión pública, puesto que los asesinos que nos gobiernan tienen previstos unos plazos muy largos en este desvelamiento de su monstruoso pasado. Para cuando lo conozcamos, puede que Europa, tal como la conocemos, haya desaparecido y dicha “verdad” ya no resulte “peligrosa” para los ocupantes.

El exterminio de Alemania como meta consciente de los aliados

No se han encontrado documentos que acrediten un plan estatal de exterminio nazi de los judíos, pero sí tenemos los que prueban la existencia de un plan de exterminio aliado de Alemania que contaría, ocioso es decirlo, con el beneplácito de Moscú. La obra se titula “German must perish” y fue publicada en el año 1941 por el judío norteamericano Theodore N. Kaufmann. Varios periódicos estadounidenses harto influyentes se hicieron eco de ella y la valoraron de forma muy positiva (otros la criticaron). La noticia llegó, por supuesto, a Alemania, donde los medios de comunicación, con una finalidad claramente propagandística pero creyendo de buena fe en la realidad de la amenaza, informó al pueblo alemán del futuro que le esperaba si era derrotado: la extinción por esterilización forzada de toda la población. No cabe duda de que la obra de Kaufmann es el antecedente del plan Morgenthau, acuñado por el banquero judío estadounidense, muy próximo al presidente Roosevelt, Henry Morgenthau. Pero el método Morgenthau iba a ser la hambruna, aunque combinada también con la esterilización, de la que existen testigos directos a los que hemos podido consultar para acreditar los hechos. Se ha sostenido que el plan Morgenthau, en su forma original, no se aplicó, siendo así que hubiera implicado el exterminio de 25 millones de alemanes. Véase la versión inglesa de Wikipedia:

http://en.wikipedia.org/wiki/Morgenthau_Plan

En la española brillan por su ausencia los aspectos criminales del plan Morgenthau. Pero el plan en sí es sólo la expresión de la orientación estratégica de destruir Alemania y sí tuvo consecuencias, pues, de alguna manera, se encuentra detrás de la polítca de racionamiento, a la que Pat Buchanan responsabiliza de la muerte por inanición de 750.000 civiles (en realidad fueron muchos más). Cuando hablamos del plan Kaufmann-Morgenthau, nos referimos menos a la articulación expresa de dicha voluntad que a la voluntad misma, que subyacía a la determinación política del bando aliado-soviético.

La aplicación del plan Kaufmann-Morgenthau

En este sentido, se puede afirmar que la aplicación del plan de exterminio fue inmediata por parte británica, que diseñó un proyecto estratégico de bombardeo "moral" de las ciudades alemanas concebido para quemar viva a la población civil, con 15 millones de víctimas previstas en risueñas conversaciones a la hora del té. A tal efecto, los ingleses diseñaron una tecnología cada vez más sofisticada de bombas incendiarias y a finales de 1941, es decir, antes de que empezara el holocausto según la propia narración oficial del mismo, empezaron a masacrar a mujeres, ancianos y niños alemanes. La defensa alemana impidió que el número de asesinados alcanzara los niveles anhelados por los genocidas Churchill y Stalin, pero con todo, se calcula que alrededor de 1.100.000 de personas encontraron la espantosa muerte que los dirigentes “democráticos” y “progresistas” habían planificado para ellos. Sobre las características de los bombardeos aliados contra la población civil alemana tenemos la obra de Jörg Friedrich “Der Brand. Deutschland im Bombenkrieg, 1940-1945” (2002), afortunadamente traducida al español (“El incendio. Alemania bajo los bombardeos, 1940-1945; Madrid, Taurus, 2003). Nuestra intención no es, empero, explicar aquí lo que ya relata este libro con todo lujo de detalles, sino ir juntando las piezas del monstruoso puzle que hasta ahora Hollywood nos había ocultado.

El libro "!Alemania debe perecer!" concibe la Segunda Guerra Mundial como una lucha no contra el nazismo, sino contra el pueblo alemán. Los alemanes son, dice el judío Kaufmann, bestias, y como tales hay que tratarlos. Admite que haya quizá unos 15 millones de alemanes "inocentes" (el resto serían culpables), sobretodo los niños, pero razona que conviene sacrificarlos en aras del bienestar de  los pueblos de la tierra. Hitler tradujo un millón de ejemplares de esta lamentable "obra" y la distribuyó entre sus soldados. Los efectos de la misma no se hicieron esperar en el trato dado a los judíos, sobretodo cuando se comprobó que los bombardeos ingleses no tenían objetivos militares, sino que buscaban sin embozo el asesinato en masa de la población civil alemana.

Jaume Farrerons
20 de noviembre de 2009


Texto del plan de exterminio traducido al castellano:

http://www.adecaf.com/geno/dresde/dresde/alemania%20debe/alemania%20debe%20perecer.html

Fuente: Blog !Te Maldigo!

Otras informaciones accesibles en la red:

http://historia.mforos.com/1314198/8542827-alemania-debe-perecer-germany-must-perish/

Rogamos que cualquier información sobre esta obra y sus efectos se comunique al titular del blog.

sábado, noviembre 21, 2009

Impostores (1)

KAMEN CONTRA HEIDEGGER

¿Daríamos credibilidad a “afirmaciones explosivas” hechas por un economista pero… sobre física nuclear? Queremos, en este sentido, recordar aquí que Kamen es historiador, no filósofo. Por este motivo debería ser más comedido a la hora de juzgar a Heidegger, “cima del pensamiento del siglo XX” (E. Trías). Su artículo en El Mundo (3/9/2009), sostiene, en efecto, que “hoy en día nadie se interesa por la filosofía de Heidegger”, pero las recientes obras que denuncian el nazismo de Heidegger se muestran alarmadas, precisamente, por su creciente influencia y proclaman a voz en grito la necesidad de emprender una cruzada que sería algo así como la continuación espiritual de la Segunda Guerra Mundial (E. Faye, “Heidegger, introducción del nazismo en la filosofía”, p. 5). Luc Ferry y Alain Renaut, los máximos representantes del racionalismo francés actual, afirman que: “desde hace cuarenta años, la referencia heideggeriana en una crítica de los tiempos modernos parece haberse transformado en un paso obligado para todo intelectual” (“Heidegger y los modernos”, p. 21) y se preguntan por qué extraños caminos “un compañero de ruta del nazismo se ha transformado en la Francia contemporánea en el principal filósofo de la izquierda” (p. 24). Creo que lo dicho ostenta la suficiente autoridad como para refutar la apreciación de Kamen, que no dudo en calificar de malintencionada. Finalmente, añade: “la mayoría de nosotros, si intentásemos leer las páginas de 'Ser y tiempo', probablemente estaríamos de acuerdo con la opinión del filósofo británico A. J. Ayer de que la filosofía de Heidegger parece oscura, sin sentido y fundamentalmente inútil”. Pero el mayor filósofo mundial vivo, y precisamente quien más ha combatido a Heidegger en Alemania, a saber, Jürgen Habermas, tiene que reconocer a su pesar que “Ser y tiempo”, la obra capital de Heidegger es “el acontecimiento filosóficamente más importante desde la 'Fenomenología del Espíritu' de Hegel” (véase “Perfiles filosófico-políticos”, p. 58). Estamos hablando nada menos que de Habermas, mientras que a Ayer lo conocen como mucho en Inglaterra y no es un filósofo, sino un representante de esa corriente ya extinta del “sentido común” que negaba la existencia de los problemas filosóficos, y que ninguneaba a Heidegger, sí, pero también a Kant, Hegel, Aristóteles y Platón. En suma, un artículo penoso, el del historiador Kamen. A este señor hay que recomendarle que se dedique a la historia pero deje de pontificar sobre un tema que desconoce hasta extremos ridículos.

Esta respuesta al artículo de Kamen, a pesar de estar perfectamente documentada, fue censurada como carta al director por los "adalides de la libertad" del diario El Mundo. A partir de ahora podréis saber qué censura el sistema, pues antes publicarlo en el blog lo enviaremos a algún medio de comunicación.