lunes, noviembre 23, 2009

Los hombres que amaban a las mujeres

En la foto, adolescente alemana violada y asesinada por las tropas comunistas en 1945.

El trotskysta Stieg Larsson ha depuesto, antes de morir, su contribución al antifascismo, la cual, como acostumbra a suceder con este tipo de productos hipercríticos, resulta a la postre perfectamente funcional y utilizable en beneficio de los intereses de la oligarquía filosionista y de la extrema derecha judía, racista y supremacista, que controla buena parte del planeta. En este caso el enfoque es feministoide y se dedica a desarrollar el viejo mito de lo que en los años sesenta y setenta se calificaba de "falofascismo" (el machismo fascista, cuya innegable existencia no implicaba, empero, la violación de las mujeres, incluidas las propias hermanas e hijas).

Ahora bien, en su prólogo al ominoso panfleto criminógeno "Terrorismo y comunismo", donde el "bueno" de Trotsky justifica el asesinato de masas, Slavoj Zizek, con expresa vocación de repetir la masacre (siempre en nombre de la humanidad, por supuesto), cita al judío Isaac Deutscher cuando éste sostiene con franqueza impagable que:

"Una década después, Stalin, que en 1920-1921 había apoyado la política 'liberal' de Lenin, iba a adoptar las ideas de Trotsky en todo salvo en el nombre. Ni Stalin ni Trotsky, ni sus respectivos partidarios, admitieron entonces el hecho... Lo que no era sino una más de las múltiples facetas del pensamiento experimental de Trotsky iba a convertirse en el alfa y el omega de Stalin" (I. Deutscher, "The Prophet Armed. Trotsky 1879-1921", Londres, Verso, 2003, p. 489, citado por Zizek, en "Terrorismo y comunismo", prólogo, Akal, Madrid, 2007, pp. 10-11).

Quienes creían que la observancia trotskysta constituye una garantía moral frente al estalinismo, son, al parecer, unos simples indocumentados. Estamos hablando del despiadado Trotsky, nada menos que el forjador del Ejército Rojo; en la obra citada, este asesino en serie manifiesta de manera inequívoca su desprecio por los derechos humanos:

"Por lo que a nosotros se refiere, nunca hemos perdido el tiempo en las charlatanerías de los pastores kautskystas y de los cuáqueros vegetarianos acerca del 'valor sagrado' de la vida humana" (Trotsky, op. cit., p. 158).

De manera que las masacres de las hordas soviéticas en la Alemania vencida y, especialmente, el trato dado a las mujeres alemanas, representarían una expresión de la política de terror que Lenin improvisó, el trotskysmo teorizó y Stalin se limitó a aplicar y a perfeccionar en la práctica de forma sistemática. No creo, pues, que un trotskysta como Larsson sea la persona más adecuada para hacer novela crítica del maltrato a la mujer. Al menos, para las mujeres alemanas que conocieron las exquisiteces morales del bolchevismo, la nauseabunda trilogía "Millenium" constituye una auténtica burla viniendo de quien viene. Además, que se legitime moralmente quemar vivos a los "fascistas" (la muchacha de la cerilla) es una clara y malévola alusión a la justeza de los bombardeos crematorios contra civiles alemanes perpetrados por los muy democráticos militares del Bomber Command británico. Podríamos continuar con los ejemplos, pero este thriller del móntón no merece la pena.

Cada año, los medios de prensa controlados por los filosionistas fabrican, mediante la prevaricación de una crítica literaria teledirigida políticamente, algún best seller que mantenga viva la fe antifascista. Se trata de auténticos bodrios, como "El niño con el pijama a rayas", pero a fuerza de insistir los medios en su genialidad, la gente termina comprándolos y se inocula, sin saberlo, de la necesaria dosis de ideología-veneno al servicio de una anticívica ceguera voluntaria. Luego viene, por supuesto, la inevitable película, que el cretino de turno también irá a ver al cine o en video, financiando por partida doble el dispositivo de lavado de cerebro construido por los nacionalistas judíos a escala mundial. En tales circunstancias, dudo que se escriba jamás una novela titulada "Los hombres que sí amaban a las mujeres", en la que se explique la experiencia de las mujeres alemanas con aquellos progresitas y humanistas soviéticos que en su día fueran nutridos doctrinalmente por trostskystas como Larsson. No obstante lo cual, Anthony Beevor en su "Berlín: la caída, 1945" nos permite columbrar que se trataría de una obra mucho más feminista, objetiva y real que la mamarrachada pseudo progresista de Larsson.

Las dimensiones del crimen

Según las militantes de izquierdas alemanas Barbara Johr y Helke Sander (véase: "Befreie und Befreiter", 1992) un total de 2.000.000 de mujeres alemanas fueron violadas por los rusos. De ellas, 200.000 fallecieron a causa de tales salvajadas. Entre las víctimas se contaban decenas de miles de niñas (y niños) de hasta 10 años, pero también ancianas de 75 años. Las vejaciones sexuales no se limitaron al episodio de la ocupación de Alemania, sino que fueron reiteradas y se prolongaron de 1945 a 1949. El historiador Anthony Beevor, en su célebre obra sobre la batalla de Berlín, avala estas cifras. Otra fuente sobre el tema es el libro de Catherine Merridale "La guerra de los ivanes", donde son los propios soldados proletarios quienes describen las atrocidades que cometían sus compañeros. También el anónimo "Una mujer en Berlín" merece ser consultado. La esposa del canciller alemán Helmut Kohl no pudo soportar la tortura que suponía el mero recuerdo de aquellos hechos y se suicidó a una edad ya avanzada, circunstancia que da una medida de la intensidad y persistencia de los daños psíquicos.

La excusa sostenida hasta hoy para minimizar el escándalo moral de un progresismo peor que el reaccionario nazismo incluso en el trato a la mujer es que la extremada violencia contra las mujeres y niñas alemanas por parte los soldados soviéticos era una venganza por la crueldad del frente oriental y por actos cometidos por los propios alemanes contra los civiles rusos. Pero los hechos cuestionan esta habitual eximente, siendo así que las víctimas de los rusos eran a veces mujeres polacas, prisioneras rusas o hasta judías "liberadas" de los campos. Una prisionera rusa afirma que "resultaba difícil convivir con los alemanes, pero esto era aún peor". También se afirma que las autoridades soviéticas no podían controlar a sus soldados, pero lo cierto es que les animaban a hacerlo y castigaban a los pocos que trataron de impedir las atrocidades, como el comisario comunista Lev Kopelev, detenido por incurrir en "propaganda del humanismo burgués que fomenta la compasión con el enemigo". Resulta harto conocido el papel instigador del poeta oficial del régimen estalinista, el judío Ilya Ehrenburg (algo reconocido por el propio Beevor pero que, una vez más, Wikipedia en español silencia con alevosa complicidad sionista).

Contra lo que pudiera parecer, no sólo los rusos forzaron a las mujeres alemanas. También lo hicieron los "libertadores" del lado occidental, especialmente los norteamericanos, quienes, según la historiadora Johanna Bourke, se entregaron a "auténticas orgías de violaciones" (véase: "An intimate history of Killing", 1997). Los yanquis, además, no se conformaban con vejarlas sexualmente, sino que además las prostituían para llevarse a casa con algunos "ahorrillos". Simpáticos héroes de Hollywood mascando chicle.

A nuestro entender, estos hechos no pueden ser juzgados aisladamente, sino que tienen relación con los bombardeos crematorios ingleses contra civiles alemanes, el trato dado posteriormente a los prisioneros de guerra de la Wehrmacht, las hambrunas planificadas, los campos de concentración para civiles (dirigidos por judíos)... Sólo podemos comprender esta violencia en el contexto de un plan de exterminio del pueblo alemán que fue concebido y puesto en práctica por Washington, Londres y Moscú antes de que empezara el holocausto. Si no llegó a consumarse más que de forma parcial, no fue por la bondad de los vencedores, sino por la ruptura de relaciones entre el Este y el Oeste y el inicio de la Guerra Fría. Respecto de lo sucedido en los campos de concentración alemanes con los prisioneros, judíos y no judíos, que eran retenidos como mano de obra y a efectos militares, también nos parece imposible seguir sosteniendo que los abusos cometidos contra ellos obedecieran a la simple "maldad" alemana (!no otro era el lenguaje de  Kaufmann!) y no a una reacción frente a actuaciones genocidas, y previas, de los presuntos defensores de la democracia y el progreso. El cuento de la (supuesta) Liberación aliada, el poema épico de Normandía, nos lo podíamos creer cuando no sabíamos lo que ahora ya sabemos; la edad de la inocencia sobre la relativa bondad de los líderes "democráticos" frente a los diabólicos "nazis" terminó tiempo ha.

Jaume Farrerons
26 de noviembre de 2009

Entrevista a Anthony Beevor:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-01-10-2002/abc/Cultura/anthony-beevor-stalin-encontraba-divertido-que-las-mujeres-alemanas-fueran-violadas_133191.html

El mal estaba en todas partes:

http://www.filosofia-catalana.com/docs/noticies/noticies2/El%20mal%20estaba%20en%20todas%20partes.pdf


domingo, noviembre 22, 2009

El mayor genocidio de la historia (2)


EL MAYOR GENOCIDIO DE LA HISTORIA (2). Nos referíamos en otro post a la creciente conciencia de los genocidios perpetrados y silenciados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a “Le livre noir du communisme” (1998), de Stéphane Courtois et alii, sabemos que por cada víctima del nazismo se detectan 10 del marxismo y que cuando Churchill se alía con Stalin (1941) para derrotar al “atroz” régimen nazi, el holocausto no ha empezado todavía, pero Moscú ha exterminado ya a 13 millones de ciudadanos soviéticos. No importa: el liberalismo cristiano y burgués hará causa común con el comunismo y contra el fascismo, sin enrojecer de vergüenza, en nombre de los derechos humanos. La obra de James Bacque “Other Losses. An Investigation into the Mass Deaths of German Prisoners at the Hands of the French and Americans After World War II” (1999) nos permitió descubrir la realidad de los campos de concentración americanos y franceses para prisioneros militares alemanes, a la que ya nos hemos referido en el post anterior, con más de un millón de víctimas.  Así, a los soldados que no pudieron abatir en los campos de batalla, los mataron una vez desarmados. Pero a Bacque se lo ha intentado desacreditar como historiador; es, por lo demás, la maniobra habitual en estos casos. Bacque escribió otro libro, a saber, “Crimes and Mercies. The Fate of German Civilians under Allied Occupation, 1944-1950” (1997), donde explicaba los efectos de la aplicación parcial del plan Morgenthau en la Alemania ocupada. Fue ignorado. La publicación de “After the Reich. The brutal history of de allied occupation” (2007), del prestigioso historiógrafo británico Giles MacDonogh, pone en evidencia que Bacque no mintió, que no manipuló los hechos, como se pretendía, sino que simplemente se limitó a mostrar una verdad incómoda, le guste o no esa verdad a Wikipedia (donde Bacque fue censurado, como se sabe) y, en definitiva, a la oligarquía filosionista. El libro de MacDonogh no deja de ser, empero, un intento de reducir al máximo la magnitud del escándalo, como en su día lo fue “El libro negro del comunismo”, donde se hablaba mendazmente de 25 millones de víctimas del nazismo (la cifra correcta rondaría los 11 millones) para hacerse perdonar de alguna manera el atrevimiento de tener que reconocer que el comunismo fue mucho peor en términos de derechos humanos y de asesinato de masas que todos los regímenes fascistas juntos. MacDonogh habla de 2,25 millones de civiles alemanes víctimas de la hambruna planificada por los ocupantes aliados. Sabemos que fueron muchos más, y quizá hasta cerca de 9 millones, por la simple comparación entre los censos de posguerra y la resta de los contingentes de los refugiados del Este y de Centroeuropa. Debemos acostumbrarnos, en la fase histórica actual, a reconocimientos “parciales” de la realidad, que deben abrir paso a nuevos estudios y que, aunque en pequeñas dosis de objetividad (para evitar un estallido cívico), permitirán desmontar la narración oficial de la “cruzada antifascista”.

El futuro nos depara la verdad, que no dejará de salir a flote y nos permitirá, entre otras cosas, comprender las “causas del holocausto”. Porque el exterminio de los judíos no se explica, como se nos pretende hacer creer, a partir del antisemitismo nazi o de la simple maldad asesina de los alemanes (tesis de Goldhaguen), sino del desarrollo de la guerra y de un previo plan de exterminio de Alemania que fue conocido por las autoridades nacionalsocialistas y provocó, de alguna manera, la consecuencia fatal, que ahora se nos presenta descontextualizada y, por tanto, incomprensible y diabólica. Nuestra tarea es acelerar dicho proceso de comprensión pública, puesto que los asesinos que nos gobiernan tienen previstos unos plazos muy largos en este desvelamiento de su monstruoso pasado. Para cuando lo conozcamos, puede que Europa, tal como la conocemos, haya desaparecido y dicha “verdad” ya no resulte “peligrosa” para los ocupantes.

El exterminio de Alemania como meta consciente de los aliados

No se han encontrado documentos que acrediten un plan estatal de exterminio nazi de los judíos, pero sí tenemos los que prueban la existencia de un plan de exterminio aliado de Alemania que contaría, ocioso es decirlo, con el beneplácito de Moscú. La obra se titula “German must perish” y fue publicada en el año 1941 por el judío norteamericano Theodore N. Kaufmann. Varios periódicos estadounidenses harto influyentes se hicieron eco de ella y la valoraron de forma muy positiva (otros la criticaron). La noticia llegó, por supuesto, a Alemania, donde los medios de comunicación, con una finalidad claramente propagandística pero creyendo de buena fe en la realidad de la amenaza, informó al pueblo alemán del futuro que le esperaba si era derrotado: la extinción por esterilización forzada de toda la población. No cabe duda de que la obra de Kaufmann es el antecedente del plan Morgenthau, acuñado por el banquero judío estadounidense, muy próximo al presidente Roosevelt, Henry Morgenthau. Pero el método Morgenthau iba a ser la hambruna, aunque combinada también con la esterilización, de la que existen testigos directos a los que hemos podido consultar para acreditar los hechos. Se ha sostenido que el plan Morgenthau, en su forma original, no se aplicó, siendo así que hubiera implicado el exterminio de 25 millones de alemanes. Véase la versión inglesa de Wikipedia:

http://en.wikipedia.org/wiki/Morgenthau_Plan

En la española brillan por su ausencia los aspectos criminales del plan Morgenthau. Pero el plan en sí es sólo la expresión de la orientación estratégica de destruir Alemania y sí tuvo consecuencias, pues, de alguna manera, se encuentra detrás de la polítca de racionamiento, a la que Pat Buchanan responsabiliza de la muerte por inanición de 750.000 civiles (en realidad fueron muchos más). Cuando hablamos del plan Kaufmann-Morgenthau, nos referimos menos a la articulación expresa de dicha voluntad que a la voluntad misma, que subyacía a la determinación política del bando aliado-soviético.

La aplicación del plan Kaufmann-Morgenthau

En este sentido, se puede afirmar que la aplicación del plan de exterminio fue inmediata por parte británica, que diseñó un proyecto estratégico de bombardeo "moral" de las ciudades alemanas concebido para quemar viva a la población civil, con 15 millones de víctimas previstas en risueñas conversaciones a la hora del té. A tal efecto, los ingleses diseñaron una tecnología cada vez más sofisticada de bombas incendiarias y a finales de 1941, es decir, antes de que empezara el holocausto según la propia narración oficial del mismo, empezaron a masacrar a mujeres, ancianos y niños alemanes. La defensa alemana impidió que el número de asesinados alcanzara los niveles anhelados por los genocidas Churchill y Stalin, pero con todo, se calcula que alrededor de 1.100.000 de personas encontraron la espantosa muerte que los dirigentes “democráticos” y “progresistas” habían planificado para ellos. Sobre las características de los bombardeos aliados contra la población civil alemana tenemos la obra de Jörg Friedrich “Der Brand. Deutschland im Bombenkrieg, 1940-1945” (2002), afortunadamente traducida al español (“El incendio. Alemania bajo los bombardeos, 1940-1945; Madrid, Taurus, 2003). Nuestra intención no es, empero, explicar aquí lo que ya relata este libro con todo lujo de detalles, sino ir juntando las piezas del monstruoso puzle que hasta ahora Hollywood nos había ocultado.

El libro "!Alemania debe perecer!" concibe la Segunda Guerra Mundial como una lucha no contra el nazismo, sino contra el pueblo alemán. Los alemanes son, dice el judío Kaufmann, bestias, y como tales hay que tratarlos. Admite que haya quizá unos 15 millones de alemanes "inocentes" (el resto serían culpables), sobretodo los niños, pero razona que conviene sacrificarlos en aras del bienestar de  los pueblos de la tierra. Hitler tradujo un millón de ejemplares de esta lamentable "obra" y la distribuyó entre sus soldados. Los efectos de la misma no se hicieron esperar en el trato dado a los judíos, sobretodo cuando se comprobó que los bombardeos ingleses no tenían objetivos militares, sino que buscaban sin embozo el asesinato en masa de la población civil alemana.

Jaume Farrerons
20 de noviembre de 2009


Texto del plan de exterminio traducido al castellano:

http://www.adecaf.com/geno/dresde/dresde/alemania%20debe/alemania%20debe%20perecer.html

Fuente: Blog !Te Maldigo!

Otras informaciones accesibles en la red:

http://historia.mforos.com/1314198/8542827-alemania-debe-perecer-germany-must-perish/

Rogamos que cualquier información sobre esta obra y sus efectos se comunique al titular del blog.

sábado, noviembre 21, 2009

Impostores (1)

KAMEN CONTRA HEIDEGGER

¿Daríamos credibilidad a “afirmaciones explosivas” hechas por un economista pero… sobre física nuclear? Queremos, en este sentido, recordar aquí que Kamen es historiador, no filósofo. Por este motivo debería ser más comedido a la hora de juzgar a Heidegger, “cima del pensamiento del siglo XX” (E. Trías). Su artículo en El Mundo (3/9/2009), sostiene, en efecto, que “hoy en día nadie se interesa por la filosofía de Heidegger”, pero las recientes obras que denuncian el nazismo de Heidegger se muestran alarmadas, precisamente, por su creciente influencia y proclaman a voz en grito la necesidad de emprender una cruzada que sería algo así como la continuación espiritual de la Segunda Guerra Mundial (E. Faye, “Heidegger, introducción del nazismo en la filosofía”, p. 5). Luc Ferry y Alain Renaut, los máximos representantes del racionalismo francés actual, afirman que: “desde hace cuarenta años, la referencia heideggeriana en una crítica de los tiempos modernos parece haberse transformado en un paso obligado para todo intelectual” (“Heidegger y los modernos”, p. 21) y se preguntan por qué extraños caminos “un compañero de ruta del nazismo se ha transformado en la Francia contemporánea en el principal filósofo de la izquierda” (p. 24). Creo que lo dicho ostenta la suficiente autoridad como para refutar la apreciación de Kamen, que no dudo en calificar de malintencionada. Finalmente, añade: “la mayoría de nosotros, si intentásemos leer las páginas de 'Ser y tiempo', probablemente estaríamos de acuerdo con la opinión del filósofo británico A. J. Ayer de que la filosofía de Heidegger parece oscura, sin sentido y fundamentalmente inútil”. Pero el mayor filósofo mundial vivo, y precisamente quien más ha combatido a Heidegger en Alemania, a saber, Jürgen Habermas, tiene que reconocer a su pesar que “Ser y tiempo”, la obra capital de Heidegger es “el acontecimiento filosóficamente más importante desde la 'Fenomenología del Espíritu' de Hegel” (véase “Perfiles filosófico-políticos”, p. 58). Estamos hablando nada menos que de Habermas, mientras que a Ayer lo conocen como mucho en Inglaterra y no es un filósofo, sino un representante de esa corriente ya extinta del “sentido común” que negaba la existencia de los problemas filosóficos, y que ninguneaba a Heidegger, sí, pero también a Kant, Hegel, Aristóteles y Platón. En suma, un artículo penoso, el del historiador Kamen. A este señor hay que recomendarle que se dedique a la historia pero deje de pontificar sobre un tema que desconoce hasta extremos ridículos.

Esta respuesta al artículo de Kamen, a pesar de estar perfectamente documentada, fue censurada como carta al director por los "adalides de la libertad" del diario El Mundo. A partir de ahora podréis saber qué censura el sistema, pues antes publicarlo en el blog lo enviaremos a algún medio de comunicación.

miércoles, septiembre 23, 2009

El mayor genocidio de la historia (1)

En las fotos, niños alemanes asesinados en 1944 en el pueblo de Nemmersdorf. Antes de morir eran en muchos casos violados por las tropas soviéticas, que seguían las instigaciones a la violencia del poeta judío marxista Ilya Ehrenburg.

LA VERDAD VA SALIENDO A LA LUZ

No nos referimos a las bajas sufridas en el frente bélico por el ejército alemán (relativamente pocas y la mayoría debidas a las inclemencias del clima ruso), sino a víctimas civiles, o militares pero de prisioneros ya desarmados. Hace unos meses hablábamos de seis millones y algunos se sorprendieron porque hasta ahora, al parecer, nadie se había dedicado a condensar en una sola cifra el número de los exterminados de diferentes maneras. Por ejemplo, estaban las víctimas de los bombardeos crematorios contra civiles, por un lado, y las mujeres que habían fallecido a causa de las repetidas violaciones, por otro; estaban los civiles muertos en campos de concentración dirigidos por judíos (que se organizaron en la posguerra como forma de venganza colectiva), por un lado, y los soldados caídos en campos de prisioneros administrados por los soviéticos, pero también por los franceses y los norteamericanos, por otro; estaban las víctimas mortales de entre los expulsados de las provincias alemanas del Este, por un lado, pero también los asesinados entre las minorías alemanas centroeuropeas, por otro; estaban las víctimas de las hambrunas planificadas por los aliados, remedo del plan Morgenthau, por un lado, y las víctimas de la violencia pura y dura, por otro. Etcétera. Nosotros nos limitamos a sumar, sumar y sumar: nuestros ojos no daban crédito a lo que veían. Si entonces dijimos seis millones, hoy podemos afirmar que la cifra casi se ha triplicado, llegando a cerca de los 17 millones. Estamos confeccionando una lista bibliográfica y nuestra intención es presentar un documento ante Amnistía Internacional para que, al menos, se empiece a reconocer el hecho en toda su macabra dimensión. Dudo que nos hagan caso, pero con el dígito "17 millones" el alemán constituye el mayor genocidio de la historia humana. Si a este hecho sumamos los 100 millones de víctimas del comunismo marxista, en su mayor parte personas acusadas de "fascistas", parece que la cuestión de los derechos humanos da un giro de trescientos sesenta grados y quienes deben sentarse en el banquillo de los acusados son los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Este dato no puede dejar de afectar a los actuales herederos de Churchill, Roosevelt y Stalin: los corruptos e incompetentes políticos del sistema, acostumbrados a considerarse a sí mismos la encarnación de la democracia, a pesar de lo cual han ocultado tales atrocidades cósmicas para lograr su ensordecimiento mediático e impunidad legal. Un delito con un nombre: obstrucción a la justicia, encubrimiento, banalización y justificación del genocidio. Tienen que pagar por ello y, a la larga, conseguiremos que reciban lo que se merecen como los asesinos que son. Queremos que impere la ley democrática y si en Nüremberg se aplicó la pena de muerte a los criminales nazis, habrá que tener en cuenta este hecho a la hora de ajusticiar a los cómplices de los mayores genocidas de la historia. Recordémoslo: el delito de genocidio no prescribe y los SS son juzgados con 80 de edad años si es necesario. Tarde o temprano, el destino alcanzará a los responsables del bando triunfador.

GENOCIDIO CONTRA LOS ALEMANES

Hemos de emplear esta expresión, poco ortodoxa gramaticalmente, porque si habláramos de genocidio u holocausto alemán, el lector, manipulado por décadas de racismo sionista, entendería que nos referimos a la Shoah. Debe quedar claro, por otro lado, que aquí pretendemos promover una defensa de la verdad y de ciertos principios jurídicos garantes de la civilización, no del nazismo, lo que implica que aceptamos la existencia de unos deberes del ser racional, los cuales tienen como contrapartida unos derechos correlativos. Por este motivo hablamos de deberes y derechos fundamentales, que preferimos a la fórmula "derechos humanos" porque se aplicarían a cualquier especie viva del universo, humana o no, capaz de comprender y experimentar la verdad. Este planteamiento coincide parcialmente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual consideramos una expresión limitada (y harto manipulada) de tal ideario ético-jurídico, pero suficiente para llevar ante la justicia a los perpetradores, justificadores, banalizadores  y negadores del mayor genocidio de la historia.

Militares prisioneros asesinados

Empecemos con los soldados alemanes que cayeron en manos de los norteamericanos y de los franceses. A pesar de que Alemania respetó en general la Convención de Ginebra con las tropas apresadas de esas nacionalidades, Francia y EE. UU. no actuaron a la recíproca, provocando con ello la muerte por hambre, enfermedades o asesinato, de un millón de soldados ya desarmados. El clásico sobre este tema es la obra  Other Losses, del periodista canadiense James Bacque (Fenn Publishing Book, Bolton, Ontario, Canadá, 1999). Quienes quieran ampliar información sobre la cuestión pueden entrar en el siguiente enlace:


En el caso de los soldados alemanes que cayeron prisioneros de los soviéticos, las cifras son más confusas y, además, el carácter brutal del frente del Este, que llevó a ignorar la Convención de Ginebra por parte de los dos bandos (con idéntica responsabilidad política, siendo así que la URSS se negó a sumarse a la dicha convención, pero a posteriori sugirió a Alemania que se respetaran sus normas, propuesta que no obtuvo respuesta por parte del gobierno alemán) muestra un panorama tan caótico como desolador. Sin embargo, constituye una ingenuidad imperdonable pensar que si los alemanes hubieran acatado las normas humanitarias con los soldados del Ejército Rojo prisioneros, luego Moscú hubiera actuado en justa correspondencia. El régimen comunista era genocida ya mucho antes de la llegada al poder de Hitler y, no habiendo respetado los derechos humanos con sus propios compatriotas, difícilmente podía esperarse que lo hiciera con los miembros de un ejército extranjero. Además, si países "democráticos" como Francia o EE.UU. masacraron a los prisioneros alemanes, ¿qué no iban a hacer las autoridades de una dictadura totalitaria con unos invasores calificados además de fascistas, principal tipo penal conducente al Gulag? En efecto, según la legislación vigente en Rusia, todos los soldados alemanes eran criminales por el simple hecho de vestir el uniforme de la Wehrmacht. En consecuencia, los  millones de prisioneros alemanes exterminados por los soviéticos no se pueden banalizar poniéndolos en la cuenta de una "comprensible venganza": este crimen representó la forma de actuar habitual e inherente al régimen comunista, que llevó erróneamente a los alemanes a no respetar los derechos fundamentales de prisioneros rusos contando con lo que les iba a pasar a los suyos cuando cayeran en manos de Stalin.

Las fuentes oficiales hablan de 3.000.000 de alemanes retenidos por la URSS, de los cuales 475.000 aproximadamente perecerían en los campos de concentración siberianos. Sin embargo, el centro de recepción de ex prisioneros de guerra alemanes en el Este sólo contabiliza en la posguerra 1.200.000 retornos, lo que deja abierta la interrogante sobre dos millones de estos soldados, desaparecidos de los cuales únicamente cabe sospechar lo que les sucedió.

Sobre el número de prisioneros en total:

http://es.wikipedia.org/wiki/Prisionero_de_guerra

Sobre los retornos:

http://de.wikipedia.org/wiki/Heimkehrerlager_Gronenfelde#Zahlen_der_Heimkehrer

Parece evidente que si el número de prisioneros rebasaba los 3,2 millones y en la posguerra sólo volvieron 1,2 millones, el número de bajas no puede ser de 474.967 personas, como se pretende con todo desparpajo. ¿Qué pasa con los demás? Las cifras oficiales amparan descaradamente la sombría causa de los vencedores, quienes tampoco reconocen en los campos de concentración norteamericanos y franceses (auténticos antros de exterminio) cifras de pérdidas alemanas que vayan más allá de las 5.000 víctimas. Los asesinos han ocultado su crimen y han podido hacerlo porque, ¿quién se preocuparía por los alemanes y los fascistas? El control que el poder oligárquico sionista ejerce sobre los ciudadanos occidentales es tan completo, que sólo muy tardíamente, es decir, sesenta años después de la ominosa masacre, se han empezado a plantear algunas preguntas incómodas. Nosotros nos limitamos a reconstruir los hechos y a juntar piezas de convicción tomadas de aquí y de allá, de manera dispersa, llevando la evidencia resultante de la tremenda criminalidad "liberal-progresista" hasta sus últimas consecuencias.

Excepción hecha del singular caso ruso,  aquéllo que, en efecto, conviene subrayar aquí, es que el régimen nacionalsocialista, una dictadura supuestamente identificada con la más absoluta inhumanidad, respetó los derechos humanos de los prisioneros aliados occidentales que sobre el papel se adherían  la Convención de Ginebra, mientras que, por el contrario, fueron los representantes de la cruzada contra el "fascismo" quienes exterminaron a los prisioneros bajo su custodia, vulnerando así los principios humanitarios que decían defender y que, según la propaganda actual, justificaron su causa como una "buena" guerra. Este dato resulta decisivo y constituye a estas alturas el punto de partida de toda consideración restrospectiva sobre el fascismo. Teniendo siempre presentes hechos similares, hay que juzgar los restantes genocidios perpetrados contra los alemanes por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial como partes de un acto intencional unitario ordenado por el sionismo y enderezado al exterminio de un pueblo.

(continuará)

domingo, agosto 30, 2009

La criminalización del fascismo

Veintitrés años después del opúsculo "El problema cultural del fascismo" (1987), ¿hasta qué punto cabe convalidar lo dicho entonces? A fin de aclarar esta duda, he redactado el siguiente estudio, que se basa también en mi experiencia como profesional del mundo penal, es decir, del sistema penitenciario organizado por los canallas que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Me temo, en este sentido, que la mentada convalidación es casi total, aunque dejo este interrogante abierto al juicio del propio lector. En la foto, soldados alemanes prisioneros de los comunistas. No hace falta decir cuál fue su destino.


LA CRIMINALIZACIÓN DEL FASCISMO

Ya que se apela a la razón, la cuestión sería qué hemos de entender por “fascismo”, pero aquí el debate parece haber sido cerrado en nombre de la razón misma. Ahora bien, si lo que se reivindica es la luz, ¿por qué esta contradicción flagrante entre la retórica y las pautas reales de conducta? A este respecto, conviene subrayar en este momento que la totalidad de las teorías científicas que pretendían “explicar” el fascismo científicamente han caído por su propio peso:

Al cap i a la fi, és la rigidesa dels supòsits metodològics que són la base d’aquestes grans teories la que no els permet funcionar. Per una banda, perquè es basen en una aproximació essencialment negativa: per a uns, allò que no és democracia liberal, o és totalitarisme o es trova a mig camí (autoritarisme); per uns altres, allò que està en contra del moviment obrer organitzat és una reacció capitalista; per a uns tercers, allò que no respon als criteris (pre)definits de la modernitat és un pes del passat. I, finalment, perquè es pren la part, la fixació històrica del fenomen –l’etapa econòmica, la fase del capitalisme, l’era de les masses-, pel tot explicatiu.”[1]

La escandalosa funcionalidad política de las grandes teorizaciones historiográficas oficiales sobre el fascismo ha posibilitado que los historiadores liberales[2] hayan podido agrupar comunismo y fascismo bajo el concepto genérico de totalitarismo, mientras los historiadores marxistas[3] identificaban el fascismo con una de las etapas de desarrollo del capitalismo y, por ende, se lo endosaban a sus adversarios occidentales:

“El resultat de la segona guerra mundial i la inmediata divisió del món en dos grans blocs afegiren a l’ànsia de saber la d’instrumentalitzar l’enemic –comú- vençut com a arma llancívola en el combat ideològic de la posguerra.”[4]

A la vista de semejantes “resultados”, entendemos que una y otra exégesis, a despecho de cuál haya sido el desenlace de la guerra fría, cuestionan la cientificidad de semejante “historiografía” en su totalidad. Aquello que podemos aprender del desastre teórico que han representado las interpretaciones ideológicas del fascismo es, en primer lugar, que actitudes como la de E. Faye (o V. Farías) se colocan automáticamente, a pesar de su retórica racionalista, fuera de la razón; en segundo lugar, que no se puede comprender un fenómeno histórico amordazando al sujeto que lo encarna a fin de impedirle que exprese lo que pretende ser y lo que, supuestamente al menos, aspira a conseguir:

“En resum, crec que podríem sintetitzar la crítica a les grans teories, i localitzar al mateix temps la causa del seu no-funcionament, en la ignorància del subjecte feixista, atès que el subjecte real seria en un altre lloc –en les diferents elits. I, si no hi ha subjecte, no hi ha (no és inherent al model) ideología, ja que, al capdavall, hauria estat creada per a engañar, engalipar, manipular, controlar… les masses. Ergo, seria irrellevant el material de què haja estat construït l’engany.”[5]

Aceptar para los fascistas los supuestos etnometodológicos que la criminología crítica admite, empero, incluso para los peores criminales, a saber, que no podemos comprender –en el sentido hermenéutico vulgar de verstehen- a un sujeto sin identificarnos de alguna manera con él y experimentar el mundo tal como él lo experimenta, supondría una auténtica “revolución” en la interpretación del fascismo y, por ende, en la lectura de Heidegger, lo que es tanto como decir: en nuestra “conciencia” en general. ¿Debemos, pues, para emplear la terminología posmoderna, hacer nuestro lo otro abismático y extraño frente a lo mismo de la normalidad humanista?

De acuerdo con Matza, cuando analizamos las actividades desde el punto de vista del sujeto desviado, nos damos cuenta de que son viables desde su propia perspectiva. Tienen sentido. Las llamamos “desviación” porque esta diversidad se caracteriza por, aun siendo visible, hallarse proscrita por una norma, pero rechaza que se trate de una diversidad patológica. Con ello se niega la imagen de patología o desorganización asociada al mundo desviado. Pero de igual modo, y de nuevo conviene remarcarlo, se combate la noción romántica que omite describir, aun siendo parte integrante del fenómeno, el sufrimiento de estas personas.”[6]

Debemos admitir que un “fascista”, a los ojos de la mayoría, es un “desviado”, pero no necesariamente un delincuente. Como sabemos, la escuela etnometodológica, cuyo principal representante es el sociólogo Harold Garfinkel, se inspira en la fenomenología que llegó a Estados Unidos con Alfred Schutz[7] y ha resultado decisiva a la hora de determinar las características específicas de los métodos en ciencias sociales y humanas posteriores a la crisis del funcionalismo.[8] Aquí el camino ha sido el inverso que en la filosofía, donde se ha pasado del sujeto a las estructuras (recordemos la crítica de Levi-Strauss a Sartre) casi al mismo tiempo que la ciencia social hacía del sujeto práxico su referente central en perjuicio de la impersonalidad sistémica. Ahora bien, el planteamiento etnometodológico es también inseparable de la propia hermenéutica y vale tanto a los efectos de la exégesis de Heidegger como de una virtual “fenomenología hermenéutica del ‘fascismo’”:

para entender la acción social, deben examinarse las condiciones bajo las cuales se actúa. La primera condición es que se actúa en atención a la situación con que nos encontramos, ello sugiere una segunda condición, esto es, que se actúa en función de cómo se interpreta la situación.”[9]

La fenomenología hermenéutica de la vida fáctica descubierta por Heidegger en 1919 entra así en el ámbito de las ciencias sociales a mediados de los años sesenta, cerrando un círculo que incidirá sobre la exégesis del propio Heidegger a través de una ya insoslayable intepretación etnometodológica del “sujeto fascista”. En efecto, una vez admitido que no existe ni existirá conocimiento válido alguno sobre el fascismo abstracción hecha de su subjetualidad, ¿qué pasa cuando se constata que esa “conciencia fascista” ha sido articulada por el pensador más importante del siglo XX? ¿Cómo podemos ponernos en el lugar o situarnos en la perspectiva del “fascismo” sin experimentar el ser-para-la-muerte (Sein-zum-Tode)? ¿Qué consecuencias tiene este hecho para la historiografía y las ciencias sociales? ¿Cabe comprender dicha experiencia haciendo caso omiso de su pretensión de validez, indisociable, empero, de su significado? En el planteamiento de Faye, el sujeto fascista ha sido, sin embargo, suprimido, porque el “método” de este autor (por llamarlo de alguna manera) no consiste en interpretar a Heidegger ex hiphotesi como codificación filosófica de la conciencia fascista, lo que le forzaría a planterase la cuestión de su “verdad”, sino en poner dicha conciencia en contacto con una hipóstasis semántica externa y opaca llamada “fascismo” que, en calidad de “mal absoluto” y vulnerando todos los supuestos de la práctica científica, permanecería siempre al margen de la crítica. La “lectura” (?) de Heidegger consistirá entonces, para Faye y Farías, en algo así como la instrucción de un sumario donde habría que detectar en cada frase de Heidegger el sentido de la relación con una tal “realidad” delictiva y criminal previamente constituida, de espaldas a la teoría, en el limbo científicamente autocomplaciente de la “memoria histórica” –refugio de dudosos intereses oriundos de la política. El “fascismo” representa en este contexto la coagulación social de una narración propagandística de (post)guerra a la que se puede aplicar de forma fructífera la entera panoplia conceptual de la criminología del etiquetamiento (labelling approach):

La forma cómo se manifiesta la indignación moral es por medio de la denuncia pública. La indignación moral sirve para destruir a la persona denunciada y puede contribuir a reforzar la solidaridad de grupo. Esta destrucción se opera por la aniquilación de su antigua identidad y la adscripción de una nueva; no se trata de que esta nueva se añada a la preexistente, sino que la sustituye, “el sujeto es lo que siempre había sido, un ladrón” (…) Estas ceremonias se dan en toda sociedad como forma de reforzar la solidaridad social. Ello se consigue “expulsando” a la persona que ha retado este orden asumido. Para poder expulsarle le provee de una nueva identidad, extraña a la de cualquiera de sus conciudadanos.”[10]

Heidegger, filósofo reputadísimo, pasa de esta suerte a convertirse en un “nazi”, es decir, en un criminal. Pero conviene no olvidar que este “cambio de identidad”, que se extiende de facto a su filosofía, sólo es posible por la fijación del “contacto” con los fascistas, una maniobra retórica en la que se agotan todas las “pruebas” de Faye y Farías. De manera que podemos preguntarnos si en el seno del propio fascismo se produjo ya una reinterpretación semejante mucho antes de que se perpetraran los crímenes que luego se utilizarán circularmente para legitimar su estigmatización, según el principio: “el sujeto fascista comete tales o cuales actos delictivos porque había sido ya siempre, desde el principio y sustancialmente, un asesino”. Este postulado “fundamenta” tautológicamente en Faye y Farías todo lo que se pretende “informar” sobre el “contenido” del pensamiento heideggeriano en tanto que articulación subjetual del “fascismo”.

Una posible exégesis del fascismo desde las teorías sociológicas de inspiración fenomenológica y hermenéutica requiere, aunque sólo sea de manera indicativa, desbrozar el espacio de una cuestión previa, a saber, ¿en qué horizonte de sentido o situación histórica cabe ubicar este supuesto etiquetamiento previo que determinará la construcción social de la carrera "criminal" del fascismo? A nuestro entender, la respuesta a esta pregunta debe poner en primer plano el horizonte de secularización de los valores y filosofemas de procedencia judeocristiana que define la modernidad. Dicho fenómeno genera en su seno de forma espontánea un lugar simbólico negativo, inicialmente vacío, que deberá ser ocupado por una “realidad” contemporánea y que de alguna manera desempañará el papel que se espera de la misma siguiendo el proceso sociológico harto conocido de la self-fulfilling prophecy. En definitiva, el “lugar” pertenece de antemano a los agentes apocalípticos que se oponen al designio divino y que, en el contexto del progresismo secularizado, obstaculizan la feliz realización de la historia en forma de paraíso social hedonista y eudemonista. Este demonio teológico devenido hombre de carne y hueso o grupo político o Estado secular es el fascismo. ¿Por qué, empero, precisamente el fascismo, si se puede demostrar con estupefaciente facilidad que las imputaciones de criminalidad operan contra él de forma retroactiva y son, por tanto, el resultado esperable y poco menos que necesario –si hemos de convalidar los procesos de criminalización analizados por la sociología- del etiquetamiento previo? Porque el fascismo, y sólo el fascismo, quiso encarnar el evento histórico que hizo suya la tematización y negación de la secularización misma en cuanto tal articulada filosóficamente. Es decir, el sujeto fascista se auto-instituyó, término “fascista” mediante, como significante de extensas tramas de sentido que ya habían sido iluminadas por un filósofo, a saber, el alemán Friedrich Nietzsche, y que, emanando de la propia izquierda revolucionaria (recordemos que Benito Mussolini, el fundador del fascismo, es un político socialista), materializaban una virtual subversión de significado/validez/valor ya precomprendida en el seno del proyecto progresista en tanto que definición e interpretación de la situación histórica judeocristiano-secularizada. A este respecto, puede resultar muy ilustrativo transcribir palabras de Mussolini pronunciadas a partir del año 1919 (por las mismas fechas en que Heidegger inicia el camino teórico que le conducirá al enunciado “la muerte es la verdad de la existencia”) en las que acontece el tránsito de la filosofía a la política con una nitidez poco menos que deslumbrante:

"Nosotros que detestamos profundamente todos los cristianismos, tanto el de Jesús como el de Marx, sentimos una extraordinaria simpatía por el nuevo incremento que toma, en la vida moderna, el culto pagano de la fuerza y el valor... ¡basta ya, teólogos rojos y negros de todas las iglesias, de astutas y falsas promesas de un paraíso que no llegará jamás! ¡Basta ya, ridiculos salvadores del género humano que se ríe de vuestras infalibles recetas para alcanzar la felicidad (…) Nosotros hemos destrozado todas las verdades reveladas, hemos escupido sobre todos los dogmas, hemos rechazado todos los paraísos... sobre todo, no creemos en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida..."[11]

El fascismo hace suyo el proyecto de Nietzsche. En este momento, y sólo en este momento, se fijan las condiciones de posibilidad de la guerra civil europea (y de la posterior extensión de la misma a escala internacional) como conflicto que debe decidir sobre los valores, en el sentido de la transvaloración de todos los valores hasta entonces vigentes. Este hecho es independiente de que la exégesis fascista de Nietzsche sea o no filológicamente correcta, como lo es también de que los marxistas-leninistas bolcheviques hayan interpretado la obra de Marx rigurosamente o, por el contrario, la hayan manipulado de forma grosera. La fundación ex nihilo del fascismo español, que nos permite observar los procesos de interacción simbólica con los marxistas desde un “punto cero” local perfectamente identificable y controlable, ilustra que la izquierda comunista y socialista, la misma que había perpetrado ya a la sazón asesinatos en masa y exterminado a millones de personas en la Rusia bolchevique, se siente de antemano moral y políticamente autorizada a asesinar a los fascistas en tanto que encarnación del “fascismo” (=mal absoluto). Un fascismo sobre el cual, empero, recordémoslo, en aquél entonces no pesa acusación alguna de genocidio, sino, antes bien, una estigmatización simbólica de carácter filosófico. Será ésta, a nuestro entender, la que conducirá, por su propia dinámica de interacción simbólica con el humanismo cristiano y socialista, a la violencia sistemática innegable desplegada por los propios fascistas:

El primer derramamiento de sangre lo produjeron las izquierdas en Daimiel, el 2 de noviembre de 1933: un jonsista, funcionario del Estado, fue muerto a puñaladas. Un mes mas tarde, Ruiz de Alda escapó a un atentado al pasar por Tudela, camino de Pamplona; su coche fue capturado e incendiado por un grupo de atacantes. Durante la venta del quinto número de FE, el 11 de enero de 1934, se produjo una pelea en el curso de la cual fue muerto a tiros un joven de veintidós años, simpatizante de Falange. Otros incidentes semejantes empezaron a producirse en las universidades de Sevilla y Zaragoza, en las que el SEU era relativamente fuerte. Antes de finalizar el mes, otros cuatro falangistas fueron asesinados en diversos lugares del país. (…) Esta sucesión de atentados contra el naciente movimiento fascista sin respuesta, hicieron que algunos dieran a la Falange el sobrenombre de “Funeraria española” y a su líder el de “Juan Simón el Enterrador”.[12]

Subrayemos que será la derecha cristiana y bienpensante la que exigirá al fascismo que adopte estrategias más agresivas; la respuesta de José Antonio Primo de Rivera (el “sujeto fascista”) no puede ser ignorada: “la Falange Española no se parece en nada a una organización de delincuentes ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones, por muchos estímulos oficiosos que reciba.”[13] En todos los países de Europa, casi sin excepción, la célebre “violencia fascista” se concibe a sí misma como una respuesta a una brutal violencia “escatológica” procedente de la extrema izquierda bolcheviquizada y, en último término, de Moscú. Sin embargo, observamos que dicho factor causal ha terminado siendo omitido por las ideologías cristiano-progresistas de los historiadores, los periodistas y los políticos, colocando el carro delante del caballo y calificando de “fascista”, en el mejor de los casos, la actitud del radicalismo rojo (como se hace actualmente con la banda terrorista ETA). Este fenómeno de inversión fraudulenta de la causa y el efecto, mil veces documentado, no modificará ni un ápice, una vez descubierto y fundamentado por el oficio historiográfico, el significado social de un vocablo, “fascismo”, cuyo lugar en la mitología progresista venía preparado por una evolución religiosa milenaria y por la invisceración de determinados valores “humanistas”, más allá de cualquier reflexión o crítica “objetiva” posible, en la conciencia de los intelectuales europeos. El carácter circular o reflexivo de la “imputación” y de la “explicación” del fenómeno fascista se puede hacer valer tanto en el nivel individual del análisis (el militante fascista) como en el grupal (organizaciones y movimientos fascistas) y el institucional (los estados fascistas), y rige para los años 30, pero también para la actualidad, cuando los “fascistas” son producidos por el propio y omnipresente discurso antifascista, que al identificar fascismo y violencia posibilita que criminales de derecho común se adhieran a determinados símbolos como forma de (auto)justificación de sus fechorías (es el caso de los llamados skin heads). El “fascismo” responde así, como ya hemos adelantado, a un proceso constructivista social que despliega las consecuencias inexorables de la interpretación de la situación histórica prerrevolucionaria y revolucionaria de principios del siglo XX, concebida a los ojos de los intelectuales progresistas como el inicio de la lucha escatológica que precederá a la instauración de un estado social de “felicidad” y al “final de la historia”.

La génesis del holocausto

Sobre semejante trasfondo semántico se produce la (auto) (re) interpretación de la identidad fascista en tanto que respuesta a la estigmatización izquierdista:

“¿Qué cambios experimenta la vida de la persona cuando su acto es definido como delito? De nuevo debe observarse la influencia del interaccionismo simbólico. De acuerdo con éste, el individuo construye su “yo” (self) en base a la interacción con los demás individuos. El individuo puede creerse una “belleza” y actuar acorde con esta creencia, pero en la medida en que la respuesta de los demás no reafirme esta creencia, el individuo tenderá a modificar la percepción de sí mismo. Si ello es trasladado a los sujetos infractores puede observarse que raramente éstos tienen una concepción de sí mismos como “delincuentes”, sus actos tienen para ellos alguna explicación o justificación que los desprovee del carácter de “criminales”.”[14]

En efecto, cuando el fascista ejerce la violencia contra sus adversarios de izquierda, no se considera a sí mismo un criminal, sino que entiende estar amparando su propia integridad física y, por ende, la de la sociedad civilizada, frente a un programa de exterminio social que ha sido perfectamente documentado en la actualidad tras la apertura de los archivos de Moscú, pero que a la sazón era ya conocido en toda Europa desde la fecha misma de su desencadenamiento explícito, a saber, el 2 de septiembre de 1918. Lenin, en efecto, nunca ocultó sus métodos y sólo ignoró las ominosas realidades de la revolución quien quiso ignorarlas en aras de la realización histórica de determinados “valores humanistas”. Así, cuando Mussolini declara la nulidad moral del proyecto profético-utópico secularizado y deviene la encarnación del “mal absoluto” en el seno del universo mental progresista, miles de personas han sido ya asesinadas en los confines de Europa sin que la mayoría de los “intelectuales” consideren tales acontecimientos desde el punto de vista de posibles amenazas para el género humano:

“en noviembre de 1917, Lenin organizó de manera deliberada el terror y ello pese a la ausencia de cualquier manifestación de oposición declarada de los demás partidos o de los diferentes sectores de la sociedad.”[15]

Estamos en el origen del siglo XX, centuria del horror que en ningún caso emprenden los fascistas. La extremada brutalidad [16] y la aparente falta de motivación de la violencia bolchevique no debe engañar: el “derecho” a exterminar no se fundamenta en la respuesta de los ejércitos contrarrevolucionarios, muy posterior al desencadenamiento del “terror rojo”, sino en la “hipertrofia de legitimidad” emanada de un ideario milenarista heredero del judeocristianismo y presunto portador del “bien absoluto”, a saber, el paraíso social y la promesa de una “superación” tecnológica de la muerte que Marcuse ha formulado a posteriori de forma explícita. Así, mientras la violencia comunista es activa, causal, autosuficiente, la fascista, en ocasiones -pero no siempre- tan brutal como la primera, tiene empero un carácter eminentemente reactivo. Esta constatación no pretende legitimar o siquiera atenuar la gravedad de los crímenes fascistas, sino únicamente comprender su sentido de acuerdo con el significado técnico de la Verstehen hermenéutica. La conciencia y la identidad fascistas se constituyen en el contexto de lucha sin cuartel contra el terrorismo de la izquierda (filo) bolchevique, es decir, en tanto que oposición visceral a la veteromodernidad y, en ese sentido, y sólo en este sentido, como negatividad pura erigida frente a la revolución en correlato antagónico del supuesto “fin de la historia” de sus adversarios “progresistas”. Éstos contarán con la soterrada complicidad del imaginario simbólico occidental construido por la burguesía desde la época de la revolución francesa. Los fascistas, en cambio, permanecerán solos hasta la derrota final, que será bélica, pero, ante todo, esencialmente espiritual (fascismo=crimen). Ahora bien, es de tal horizonte de significación que se desprende la imputación de irracionalismo, que imprime al discurso fascista el márchamo genoseológico correspondiente a una diabolización sustantiva de carácter axiológico, político y moral.

Por lo que respecta a la asignación social del estigma, los teóricos del etiquetamiento se han expresado con claridad: los mecanismos de estigmatización no son “objetivos” ni “racionales”. La escuela del labelling approach dedicó estudios iluminadores a los procesos de criminalización de la marihuana, de las brujas y de determinados actos desviados típicos de la adolescencia que el sujeto agente no interpreta en ningún momento como delito. De ahí se concluye que “el proceso de etiquetamiento cumple unas funciones sociales, independientemente de lo que se etiquete”, lo que permite que ciertos delitos sean perseguidos, pero otros no provoquen la reacción de las correspondientes instancias de control social, en último término ligadas a valores, es decir, a estructuras “cosmovisionales” e “ideológicas” que los exoneran: “Ello desde luego ya había sido afirmado por Durkheim, de acuerdo con el cual el castigo permitía reafirmar los valores que se protegían y que cohesionaban la sociedad. Al castigar su vulneración se estaba reafirmando que estos valores eran socialmente apreciados.”[17] Es sobre esta base que Lenin puede afirmar públicamente la legitimidad del “terror rojo” codificándolo como norma legal:



“Creo que lo esencial está claro. Hay que plantear abiertamente el principio, justo políticamente –y no solamente en términos jurídicos-, que motiva la esencia y la justificación del terror, su necesidad y sus límites. El tribunal no debe suprimir el terror, decirlo sería mentirse o mentir; sino fundamentarlo, legalizarlo en los principios, claramente, sin disimular ni maquillar la verdad. La formulación debe ser lo más abierta posible, porque sólo la conciencia legal revolucionaria y la conciencia revolucionaria crean las condiciones de aplicación fácticas.”[18]



La “gravedad” del “acto” calificado de delito y fundamento de la estigmatización no dependería, por tanto, del “hecho en sí”, sino de su interpretación en clave axiológica y, en consecuencia, de la mediación cosmovisional que implica, en una situación estándar de etiquetamiento, tanto a las instancias judiciales cuanto a las mediáticas y científicas. En definitiva, es una determinada sociedad la que decide lo que es delito o no lo es, incluso en casos extremos: “tomando un ejemplo límite como el acto de matar, éste no podrá definirse como desviado hasta observarse qué reacción social ocasiona. Esta reacción social variará obviamente con el contexto en el cual el acto se produce; matar para robar puede definirse como un acto desviado ya que origina una reacción social negativa; sin embargo, no se origina una reacción social negativa frente al que mata en legítima defensa, o frente al que mata en una guerra.”[19] Podemos afirmar que tampoco se origina una reacción social negativa frente al que mata en nombre de los valores cristiano-progresistas; en cambio, sí se produce dicha reacción cuando el agente niega expresamente dichos valores, y ello tanto si mata como si no:


“Cuando en enero de 1939 se preguntó a los norteamericanos quién querrían que fuera el vencedor, si estallaba un enfrentamiento entre Alemania y la Unión Soviética, el 83 por 100 afirmó que prefería la victoria soviética, frente al 17 por 100 que mostró sus preferencias por Alemania. En un siglo dominado por el enfrentamiento entre el comunismo anticapitalista de la revolución de octubre, representado por la URSS, y el capitalismo anticomunista cuyo mejor defensor y mejor exponente era Estados Unidos, esa declaración de simpatía, o al menos de preferencia, hacia el centro neurálgico de la revolución mundial frente a un país fuertemente anticomunista, con una economía de corte claramente capitalista, es una anomalía, tanto más cuanto que todo el mundo reconocía que en ese momento la tiranía estalinista impuesta en la URSS estaba en su peor momento.”[20]


Hobsbawm, empero, no acierta a explicar esta hostilidad más que con declaraciones contradictorias sobre el desafío a la civilización occidental que representaba Alemania y que, al parecer, no se observaría en la URSS ¡ni siquiera en la época de Stalin! Y ello pese a que a la altura del año 1939 el régimen comunista bolchevique había cometido ya varios crímenes de masas y el nacionalsocialista, pese a ciertas atrocidades innegables como la persecución y asesinato de opositores políticos o la eutanasia aplicada a los deficientes mentales, todavía no había cruzado el límite jurídico del genocidio:


“Los que leían libros (incluido el Mein Kampf del Führer) eran los que tenían más posibilidades de reconocer, en la sangrienta retórica de los agitadores racistas y en la tortura y el asesinato localizados en Dachau o Buchenwald, la amenaza de un mundo entrero construido sobre la subversión deliberada de la civilización.”[21]


¿No entrañaba, empero, una subversión deliberada de la civilización la política de “compulsión infinita” desplegada por Moscú, una masacre sistemática que se basaba también en la tortura y el asesinato, pero además, en el exterminio masivo y planificado de segmentos enteros de la sociedad, y de etnias y poblaciones en su totalidad, como los kulaks y los cosacos? Según Courtois, “desde 1920, la ‘descosaquización’ encaja ampliamente en la definición de genocidio.” [22]Pero hasta el año 1939, cabe acreditar las siguientes muestras de lo que, en mayor medida que el nazismo hasta ese momento, cabría en buena lógica entender por una verdadera subversión deliberada de la civilización y que, no obstante, Hobsbawm pasa alegremente por alto: a/ cinco millones de víctimas de la hambruna planificada por Lenin en 1922; b/ fusilamiento de decenas de miles de obreros y campesinos por orden de Lenin (1918-1922); c/ asesinato de decenas de miles de personas en los campos de concentración 1918-1930; d/ liquidación de 690.000 personas durante la Gran Purga estalinista de 1937-1938; e/ deportación de dos millones de kulaks en 1930-1932; f/ destrucción por hambruna planificada de 6 millones de ucranianos entre 1932 y 1933.[23] Estamos hablando de cifras que doblan ya las del holocausto en unas fechas en las que éste ni siquiera ha comenzado. Comparar las torturas de Dachau y Buchenwald, que eran campos de concentración y no de exterminio, con el aniquilamiento de 13 millones de personas, comporta una impostura moral de dimensiones cósmicas que, sin embargo, constituye la realidad cotidiana de nuestras sociedades “democráticas”.[24] Hobsbawm es así incapaz de aportar un solo argumento racional de carácter jurídico y humanitario que explique la preferencia de los intelectuales y de las masas norteamericanas por el régimen de Stalin. Las únicas coartadas con las que pretende legitimar su dudoso discurso son de tipo ideológico-cosmovisional, pero él mismo reconoce que las caracterizaciones y los términos descriptivos que utiliza ni siquiera tienen sentido, por más que tampoco se preocupe de corregirlos:


“A medida que avanzaba la década de 1930 era cada vez más patente que lo que estaba en juego no era sólo el equilibrio de poder entre las naciones-estado que constituían el sistema internacional (principalmente europeo), y que la política de Occidente –desde la URSS hasta el continente americano, pasando por Europa- había de interpretarse no tanto como un enfrentamiento entre estados, sino como una guerra civil ideológica internacional. (…) Y en esta guerra civil el enfrentamiento fundamental no era el del capitalismo con la revolución social comunista, sino el de diferentes familias ideológicas: por un lado los herederos de la Ilustración del siglo XVIII y de las grandes revoluciones, incluida, naturalmente, la revolución rusa; por el otro, sus oponentes. En resumen, la frontera no separaba al capitalismo y al comunismo, sino lo que el siglo XIX había llamado “progreso” y “reacción”, con la salvedad de que esos términos ya no eran apropiados.”[25]


No eran apropiados porque el fascismo no representaba un simple proyecto de restauración tradicionalista y de retorno al antiguo régimen, es decir, un vulgar reaccionarismo de extrema derecha, ni una mera respuesta fideísta religiosa a la ilustración dieciochesca, sino un modelo alternativo modernidad y crítica racional de la ilustración en la cual se apelaba a la filosofía y a la ciencia, es decir, a la razón, para rechazar el racionalismo intelectualista, el individualismo burgués y la concepción judeocristiano-secularizada del progreso. Con lo dicho podemos empezar a entender por qué los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores quedaron impunes, mientras que Auschwitz pasaba a formar parte del repertorio cotidiano de la cultura, la política y de los medios de comunicación a escala mundial:


“Pero ¿por qué ese débil eco en la opinión pública de los testimonios relativos a los crímenes comunistas? ¿Por qué ese silencio incómodo de los políticos? Y, sobre todo, ¿por qué ese silencio “académico” sobre la catástrofe comunista que ha afectado, desde hace ochenta años, a cerca de una tercera parte del género humano en cuatro continentes? ¿Por qué esa incapacidad para colocar en el centro del análisis del comunismo un factor tan esencial como el crimen, el crimen en masa, el crimen sistemático, el crimen contra la Humanidad? ¿Nos encontramos frente a una imposibilidad de comprender? ¿No se trata más bien de una negativa deliberada a saber, de un temor a comprender?[26]


La teoría del etiquetaje nos ofrece, una vez más, el indicio de una posible explicación, que en todo caso remite a la filosofía:

“Llegados a este punto podría preguntarse, ¿si no existe ninguna diferencia cualitativa entre los diversos actos, qué es lo que permite que unos sean tipificados en los códigos penales, en tanto que otros sean considerados como meramente ilícitos o incluso lícitos? ¿Por qué unos se etiquetan en tanto que otros no? De nuevo, la respuesta más obvia era afirmar que precisamente se castigaban aquellos actos más graves, que ponían en peligro la subsistencia del sistema social. Sin embargo, si bien ésta era la respuesta que dictaba el sentido común, ésta se veía desmentida por la experiencia personal y los estudios de los teóricos del etiquetamiento. (…) el castigo era una forma de degradar determinadas actividades, designar a determinadas actividades como delictivas era una forma de asegurarse que no iban a gozar del favor de los ciudadanos bien pensantes. Dominar los símbolos –el lenguaje-, ser capaz de establecer las definiciones, es una forma de controlar las actitudes igual que otras formas de control, pero más sutil.” [27]


La definición del fascismo como “mal absoluto”, un discurso sin conexión alguna con la realidad pero generador de unos efectos reales que iban a legitimarlo al fin de forma retrospectiva, es un ejemplo colosal del dominio de los símbolos y del lenguaje respaldado por el poder y por la ideología del mundo veteromoderno. En consecuencia, hablar de irracionalidad a propósito del fascismo y hacerlo, por si fuera poco, desde la “inocente” atalaya moral del progresismo, representa ante todo una burla de la razón, una impostura que, en definitiva, no se sostiene ante un mero examen superficial de los hechos. Afirma Jean-Pierre Faye[28], en este sentido, que los efectos históricos de un relato falso son “verdaderos”, es decir, reales. Historia significa, en primer lugar, una narración de los orígenes proyectada hacia el futuro y esgrimida como legitimadora de la acción del grupo. Dicho relato puede ser, y lo es a menudo, falso y, en ocasiones, además, pura mentira consciente. De ahí que, a renglón seguido, J.-P. Faye se apresure a explicarnos cuál es la narración verdadera tomando como referencia la composición de lugar que el ideólogo nazi Ernst Kriek intenta convertir en narración oficial del régimen de Hitler:


“En varios textos de los años 30 a 40 –dirigidos principalmente contra un pensamiento que considera como rival del suyo en la lucha por el status de filósofo oficial del nacionalsocialismo, y al que hace acusar en este sentido por los servicios de Rosemberg ante la Dirección de la Visión-del mundo para el Reich: el de Martin Heidegger-, ataca con vehemencia a lo que, según él, se ha inaugurado con la aparición griega del Logos y del concepto. Con los “aprendices de brujos del Logos” se abriría “el período del Nihilismo Occidental: el período del error y de la mancha errante más prolongados” (des längsten Irrwahns und Irrweges). Con la filosofía griega y su prolongación occidental “comienza a ser desbancado el mito por obra del logos”. A partir de ahí, en lo sucesivo, “fluye el Nihilismo”. A la vez y por este advenimiento del Logos, comienza “el juicio y la decisión” sobre la relación entre “lo verdadero y lo no verdadero”: de ahí “procede toda la lógica formalista que domina los espíritus desde Parménides hasta nuestros días.”[29]


Se trata, en suma, para el nazismo, de erigir una narración deliberadamente mendaz, el mito, respecto de la cual lo primero que conviene aclarar es que es falsa, y no sólo falsa, sino una impostura expresa, un fraude. En la narración que al hablar sobre narraciones el propio J.-P. Faye está construyendo a nuestras espaldas, el lugar que ocupa Lenin está claro desde el principio, hasta el punto que, de entre todos los representantes de la tradición humanista que podría escoger, y no hay pocos, Lenin aparecerá como depositario de la concepción del mundo “verdadera” y “verídica” opuesta a la mitología (errónea y falaz) de los nazis:


“El mismo que recoge y reproduce la lógica hegeliana en plena guerra mundial había, pocos años antes, entablado una controversia con su amigo Bogdanov, en un terreno totalmente distinto: la crisis de la física y de la teoría de la ciencia. A Bogdanov, que afirmaba que no existe criterio sobre la verdad objetiva y para quien “la verdad es una forma ideológica”, replicaba Lenin: “si la verdad no es más que una forma ideológica, no puede haber en ella verdad independiente del sujeto o de la humanidad porque, lo mismo que Bogdanov, no conocemos otra ideología que la ideología humana”. Y si la verdad no es más que una forma organizativa e ideológica, de la experiencia humana, entonces, “la afirmación de la existencia de la tierra independientemente de toda experiencia humana no puede ser verdadera”. De esta reducción al absurdo se deduce una conclusión clara: “la negación de la verdad objetiva es propia del agnosticismo y del subjetivismo. El absurdo de esta negación de Bogdanov aparece claramente”. De esta forma, el juego de las formas ideológicas –formas que organizan la experiencia humana- no puede excluir una “verdad objetiva” que, precisamente, traza la frontera de la diferencia entre ciencia e ideología. Y es “esta diferencia (raznitsa)… la que Bogdanov ha suprimido al negar la verdad objetiva.”[30]


La cita de J.-P. Faye se saca a colación a propósito del famoso telegrama de Ems, que Bismarck habría falsificado para conseguir determinados efectos y desembocar en una buscada guerra contra Francia. Sin embargo, era el propio Lenin quien reivindicaba la necesidad de fabricar mentiras para producir ciertos efectos. La falsedad consciente será una de sus pautas de conducta, véase si no, como un ejemplo entre los centenares posibles, cómo ordena difamar a los miembros de un comité humanitario dedicado a conseguir ayuda extranjera para sacar de la hambruna (un desastre provocado por las requisas bolcheviques ordenadas por el propio Lenin) a millones de campesinos:


“Publicaremos mañana un comunicado gubernamental breve y seco de cinco líneas: Comité disuelto por negarse a trabajar. Dar a los periódicos la directiva de comenzar desde mañana a cubrir de injurias a la gente del comité. Hijos de papá, guardias blancos, dispuestos a ir de viaje al extranjero, peor mucho menos a viajar por provincias, ridiculizarlos por todos los medios y hablar mal de ellos al menos una vez por semana durante dos meses.”[31]


La historia del bolchevismo es el relato de sus interpretaciones de los hechos enderezadas a manipularlos a los efectos de justificar la guerra civil y el exterminio. Esta falsificación de la realidad es especialmente furiosa cuando el poder soviético se enfrenta a huelgas, revueltas o manifestaciones obreras que no puede concebir y que explica mediante el recurso a los “provocadores” contrarrevolucionarios. [32]Ahora bien, si, una vez más, se trata de la razón y del iluminismo frente al irracionalismo fascista, ¿en nombre de qué verdad objetiva y a qué efectos filosóficos se convierte a Krieck y no a Heidegger en exponente del nacionalsocialismo, y a Lenin y no a Bogdanov en exponente del comunismo? Y si Lenin encarna, como portaestandarte de la luz, la bondad del comunismo en la lucha escatológica universal contra el mal que Emmanuel Faye ha heredado, ¿con qué Lenin nos quedamos? ¿Con el que miente conscientemente, y lo reconoce sin embozo, por motivos que él considera estratégicos, y no duda en calificar de “mierda” el cerebro de los intelectuales? ¿O con el que ha institucionalizado su propio discurso como verdad objetiva condenando al exterminio la palabra y la persona del disidente? Para expresarlo con palabras del propio J.-P. Faye:

“¿qué ciencia es capaz de enunciar los criterios de una “verdad objetiva”, y de decidir, entre los enunciados narrativos, “entre lo verdadero y lo no verdadero”? La pregunta se convierte en: ¿cómo es posible la narración histórica?”[33]


Faye no lo aclara, pero inmediatamente sostiene que


“una línea de demarcación se traza ante nuestros ojos: por un lado, la narración que rechaza la decisión entre “lo verdadero y lo no verdadero”; por otro, la que estima que ese rechazo borra toda diferencia, toda “raznitsa” entre ciencia e ideología.”[34]


Desde un espíritu “objetivo” semejante al que erige a Lenin en representante de lo verdadero (una narración manipulada hasta extremos que no dudo en calificar de monstruosos, máxime cuando se presenta ataviada con los ropajes de la “ilustración”) construye Emmanuel Faye su relato o narración sobre Heidegger, alguien que fue atacado precisamente por Krieck como amenazante encarnación del Logos y que, en segunda generación,[35] se ha convertido al parecer en su contrario sin que sepamos cómo. Este relato supone un postulado interpretativo nunca fundamentado ni legitimado, en virtud del cual Auschwitz expresaría la sustancia del nazismo y convertiría a su vez al régimen de Hitler en substancia del fascismo como fenómeno político genérico. A la postre, el “fascismo” en general y en cuanto tal –una red de significados que constituyen la inversión simétrica de la cosmovisión humanista- quedaría también “contaminado”. Sin embargo, no es la distinción marxista entre ciencia e ideología, ella misma reificada y a la postre desacreditada, la que puede tener aquí un valor criterial determinante, siendo así que el retroceso del materialismo histórico marxista en la ciencia de la historia es ya un dato irreversible de la situación, sino la determinación de un concepto de verdad que debería tener en cuenta los extremos actuales del estado de lo metodológico en la historiografía:

nos importa indagar acerca de los valores simbólicos que contienen las fuentes y establecer el posible repertorio de sus significados, trabajar a propósito de las intenciones ocultas que representan y, en fin, ofrecer más o menos afortunadas interpretaciones sobre sus usos y elementos no explícitos.”[36]

Dichos planteamientos tácticos entrañan un auténtico cambio de paradigma, que supone el desmoronamiento del objetivismo positivista y la omnipresencia de los planteamientos fenomenológicos y hermenéuticos:


“A partir de mediados de los años setenta, y desde entonces hasta ahora con ritmo incrementado, ha tenido lugar por el contrario en las ciencias sociales una expansión de la consideración interpretativa, que halla su fundamento final en la espectacular evolución de la filosofía de la ciencia. La historia no ha sido ajena, ni mucho menos, a estas transformaciones de la sociología y de la antropología, que incorporan tradiciones de pensamiento que permanecían marginadas. (…) la más nueva de las historiografías que existen actualmente sitúa si punto de partida en la demolición del realismo ontológico y las filosofías objetivistas. Lo cual no es, claro está, estrictamente nuevo.”[37]


Esta disolución del realismo ontológico no puede confundirse con un retroceso de la objetividad o de la fundamentación de los criterios de la exégesis, de manera que, más que de crítica del objetivismo, convendría hablar de crítica del objetualismo en nombre de la objetividad, a menos que se trate de sustituir la hipóstasis de la narración política oficial por un mecanismo de autocensura del propio historiador enmascarada como libre expresión de su subjetividad axiológica.


La fundamentación del discurso historiográfico


La ignorancia de dichos supuestos metodológicos constituye el telón de fondo de afirmaciones “científicas” e “historiográficas” soprendentes como la que sigue:


“el fascismo es un sistema terrible, cualquier otro tipo de régimen habría sido mejor y los italianos que lucharon contra él, en el exilio o en el interior, fueron los verdaderos héroes de la época de Mussolini.”[38]


Sin embargo, el Fascismo –el Estado italiano entre los años 1922 y 1944- es quizá, con la excepción de la socialdemocracia, el único sistema político contemporáneo al que no se puede acusar de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, por lo menos en la medida en que tales tipos jurídicos afectan masivamente al resto de las ideologías políticas, liberalismo incluido. Sostener que “cualquier otro tipo de régimen habría sido mejor” que el Fascismo en la misma época en que Lenin y Stalin exterminaban por millones a sus conciudadanos –mientras Italia sólo conocía unas pocas sentencias de muerte y daba un trato “relativamente humano” a los disidentes, hecho incontestable que el propio Tannenbaum reconoce-[39], equivale a una obscenidad moral que, no obstante, insistamos en ello, forma parte de nuestra deforme normalidad democrática; esta impostura que infecta como una peste la totalidad de las ciencias humanas y sociales representa, en fin, la continuidad lógica inevitable, en el plano historiográfico, de la impunidad de los crímenes del humanismo que el occidente liberal ha instituido. Otro tanto cabe afirmar respecto de las vinculaciones entre la filosofía de Heidegger y el irracionalismo. Una vez aceptado que el “fascismo” constituye “lo más abyecto que conoce la historia humana”,[40] establecer la relación entre el pensamiento de Heidegger y dicho fenómeno escatológico se convierte en un ejercicio irracional de imputación de la irracionalidad, que es el “tiro en la nuca” que se le descerraja a una teoría cuando no se la puede refutar. Véase, si no, como “razona” Farías:


“"La humanidad (dice Heidegger) consiste en que el hombre, aludido por el ser en su propia esencia, responda a la verdad del ser”. (…) Por eso, finalmente “mientras el hombre no agradezca, permenece siendo inhumano. El hombre inhumano es aquel que, desde el desconocimiento del olvido del ser, ignorante, insiste, en negarse a todo reconocimiento de la verdad del ser que sólo conoce el ponerse a buscar el poder por el poder”. Para Heidegger, por lo tanto, no existe ni siquiera la dimensión de lo humano no trascendental que comienza y termina en los individuos cotidianamente reales que, solidariamente, pueden intentar asumir la vida como tarea y posibilidad de alegría compartida e intersubjetivamente ordenada en la tolerancia.”[41]


Las conectivas adquieren, en efecto, el derecho policial de pisotear toda lógica deductiva. En este fragmento de texto parece evidente, en efecto, que no existe hilación alguna entre las citas de Heidegger y las conclusiones (“por lo tanto”) que Farías deriva de las mismas. Es el mismo tipo de construcción sin sentido o abrumadoramente dogmática que ya hemos detectado en otros autores y que impide todo planteamiento ilustrado de la relación entre la filosofía y el fascismo, en tanto que convierte en literalmente impracticable el abordaje racional de uno de los dos términos de la relación. De ahí que la conclusión de “irracionalismo” referida al “fascismo” arrastre con ella a Heidegger en tanto que filósofo “promotor del mayor crimen de la historia” y deforme profundamente su pensamiento, hasta hacer de él algo irreconocible que contrasta con la literalidad de los textos, interpretados siempre ad pesimam partem por los propagandistas del “humanismo”. Otro ejemplo de las manipulaciones a las que, en este contexto de impunidad y abuso, se entrega Farías, lo tenemos en la página 299 de la obra citada, donde pretende documentar el racismo de Heidegger apelando precisamente a una cita que, en todo caso, probaría lo contrario:


“La connotación radicalmente racial de estos momentos constituyentes del Ser-Dasein-Historia, Estado y Pueblo son reafirmados por Heidegger con la mayor decisión. “El uso más extenso que hacemos del Pueblo es cuando se habla por ejemplo de “Pueblo en armas”: porque entonces nosotros no sólo entendemos a aquellos que han recibido la orden de movilización. Nosotros entendemos por Pueblo algo diferente a la simple suma de quienes pertenecen al Estado, algo que representa un lazo aún más fuerte que la comunidad de estirpe y raza: a saber la Nación, y esto significa un modo de ser que se forma compartiendo un destino común y dentro de un Estado”.”[42]


También se detectan en Farías casos clarísimos de falsificación típicamente bolchevique. Así, cuando, haciéndose eco de las razones de descargo de Marcuse ante Heidegger, caracteriza la expulsión de los alemanes del Este como un simple traslado provocado por la colaboración de los autóctonos alemanes en la ocupación nazi:

“Heidegger compara a las víctimas de los campos de exterminio con los alemanes que fueron expulsados de los territorios de países en los que habitaban debido a su colaboración con la ocupación nazi.”[43]


Semejante manipulación de los hechos pretende ocultar que: 1/ aunque las minorías alemanas fueran expulsadas de los países extranjeros en que vivían desde hacía siglos, los alemanes de Este fueron expulsados de territorios alemanes, no de países extranjeros, 2/ los alemanes del Este deportados desde Silesia, Prusia y Pomerania, no fueron castigados por colaborar con los nazis, siendo así que entre las víctimas se contaba sencillamente a la totalidad de la población civil, nazis y no nazis, menores de edad y adultos, enfermos y sanos, hombres y mujeres, etcétera; 3/ los alemanes del Este fueron expusados a fin de compensar a Polonia por la anexión soviética de los territorios polacos (a raíz del pacto germano-soviético entre Stalin y Hitler) que el resultado de la Segunda Guerra Mundial no iba ya a invalidar por el lado ruso; 3/ no se trató de un simple traslado, sino de una “limpieza étnica” acompañada de exterminio, con más de dos millones y medio de personas asesinadas.[44] Pese a ello, así es como concibe Marcuse (y suscribe Farías) estos hechos históricos no discutidos por nadie mas aceptados sin protesta por la totalidad de la comunidad internacional como cosa comprensible de suyo: “Sólo quiero comentar, dice Marcuse, un párrafo de su carta, no sea que mi silencio pueda ser interpretado como aquiescencia; usted escribe que todo lo que digo sobre el exterminio de los judíos vale exactamente igual para los aliados si en vez de los judíos ponemos a los alemanes del Este. ¿No se coloca usted con esta frase fuera de la dimensión lógica; es posible explicar, saldar y “aprehender” un crimen, alegando que también otros han perpetrado acciones parecidas? Más aún, ¿cómo es posible poner la tortura, la mutilación, la aniquilación de millones de seres humanos en el mismo plano que el traslado forzoso de grupos étnicos, en cuyo transcurso no se cometieron ninguna de estas atrocidades (dejando aparte quizás algunos casos excepcionales)?”[45] Quizá dos millones y medio de “casos excepcionales” (sin contar el robo y las violaciones masivas de mujeres, ancianas y niñas alemanas por la soldadesca soviética) sean poca cosa para Marcuse cuando no se trata de valorar los daños infligidos a ejemplares sagrados del “pueblo elegido”. Pero la sana lógica nos dice que los niños son inocentes independientemente de su raza y de las acciones cometidas por sus mayores, algo que los nazis olvidaron y pagaron, pero que los aliados, habiéndolo olvidado también, y a tenor de su privilegiada vinculación con la ideología “humanista”, es decir, como simpáticos “guerreros de la libertad y la justicia” y precisamente –y de ahí el escándalo- en calidad de tales (su causa formaría parte del lado correcto de la vida), pueden obviar con total impunidad. De manera que Farías está, gracias a tales imposturas, en condiciones de “explicar un crimen (y justificarlo) alegando que otros han perpetrado acciones parecidas” (y esto es lo que hace exactamente en la página 559, ya citada) mientras reprocha a Heidegger su falta de sentimientos y su inhumanidad por pretender equiparar las víctimas alemanas inocentes a las víctimas judías inocentes, cuando todo indica que dicha equiparación es lo último que les queda por hacer a las personas decentes antes de reconocer que han sido profundamente estafadas por el “antifascismo”. En defintiva, son Marcuse y Farías, así como la práctica totalidad de los propagandistas e impostores del “humanismo”, los que se colocan “fuera de la dimensión lógica” y, con ella, de la ilustración, la ciencia y la racionalidad que tanto reivindican al caracterizar el fascismo como “mal radical”. Por no hablar del “ternurismo” que siempre llena sus bocas de fiscales sedientos de sangre y venganza en nombre de la “tolerancia”, la “alegría” y demás ídolos de su repugnante retórica de buenas intenciones.


La selección de los hechos históricos determinantes y significativos a la hora de caracterizar un fenómeno siguiendo criterios claramente dogmáticos e ideológicos –en cualquier caso nunca fundamentados racionalmente-, la omisión fraudulenta y malintencionada de otros hechos, la pura invención y la fabulación, las pseudo ilaciones consecutivas que vulneran la lógica más elemental, la manipulación de las citas que confía, ya en la estupidez, ya en la complicidad del lector... Etc. Estamos en el interior mismo de la factoría “progresista” productora del estigma. Su mecanismo fundamental ha sido, es y será la mentira consciente. Todas las señaladas y otras constituyen, en efecto, prácticas criminalizadoras habituales de los apologetas del “iluminismo” en su lucha mundial escatológica contra el fascismo y, por ende, contra la filosofía de Heidegger. Pero esta actitud existencial torcida ante la patencia de la verdad tiene raíces religiosas muy remotas que conducen en último término a la metafísica platónica griega del olvido del ser, momento y lugar en que se institucionaliza el inconestable predominio del "hombre", de su bienestar y de su satisfacción espiritual. Las “conclusiones” de los “investigadores”, pese a estar corroídas por una impostura fundamental que va más allá de la cuestión del fascismo y, en el fondo, de la teoría y de la vida académica misma, son, no obstante, totalmente asumidas por las llamadas instituciones democráticas, lo que, a tenor del descrédito evidente que suponen ante cualquier persona capaz de pensar por sí misma, no deja y no dejará de retroalimentar a la extrema derecha en todas sus formas, incluidas las más repugnantes:


“Con ello, el fascismo y, en especial, Auschwitz, vendrían a ser la culminación de un proceso de peregrinaje invertido, en el cual la civilización europea se iría alejando del progreso, de la libertad, de la emancipación de la conciencia individual y de los pueblos para adentrarse en los territorios exasperados del nihilismo, en los desafiantes jardines de la irracionalidad, en los bosques petrificados de la barbarie.”[46]


Las citadas afirmaciones son “literatura” en el peor sentido de la palabra, siendo así que se arrojan al lector envueltas en una pretensión de cientificidad sólo para mejor ocultar al público la verdad, a saber, que, ayunas de toda fundamentación metodológica, desempeñarán a lo sumo una función meramente propagandística. Con ellas se satisfacen, en efecto, los imperativos de la política y, en cualquier caso, se alimenta un estado de opinión que nutre sin cesar su propia vigencia axiológica a contrapelo de las cada vez más abrumadoras evidencias. Pero, por lo que respecta a la ciencia, es decir, en este caso, a la historiografía, las “conclusiones” aquí transcritas carecen de “marco teórico”. Esta afirmación se desprende no sólo del ya comentado estado de la cuestión con respecto al fascismo, sino también de la propia situación general de la disciplina:

“Ralentizado o desaparecido en nuestro tiempo el empuje anterior del materialismo histórico, son muy pocas las veces que en los mercados científicos se arriesga el debate radical, en orden a una jerarquización de las distintas interpretaciones existentes. Atendiendo a razones políticas e ideológicas más que epistemológicas, se consigue a lo sumo que alguna de estas interpretaciones –normalmente poco compleja o sofisticada- incida en círculos más amplios, de heterogéneo público, a base de insistir en sus recursos de tipo estético y formal.”[47]


Son así los intelectuales progresistas quienes se instalaron hace mucho tiempo en los jardines de la irracionalidad, donde se han ido transmutando poco a poco en árboles petrificados de la prevaricación profesional al servicio del poder. El defintiva, a base de retórica, de perpetuas licencias, abusos y vacíos metodológicos, de mala “literatura” que busca dorar la píldora, de falacias lógicas, rituales tribales de contaminación y mentiras, manipulaciones u omisiones factuales de todo tipo, se nos pretende “demostrar” que la filosofía de Heidegger, en tanto que “fascista”, pertenecería al campo del irracionalismo. Con ello, los “comisarios” de las letras se ahorran el trabajo de una refutación que parece estar totalmente fuera de sus limitadísimos alcances filosóficos.


Jaume Farrerons
30 de agosto de 2009
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NOTAS
[1] Saz Campos, I., “Repensar el feixisme”, a “Afers”, núm. 25, Repensar el feixisme, València, Ed. Afers, 1996, p. 449.
[2] Saz Campos, I., op. cit., pp. 444-446.
[3] Saz Campos, I., op. cit., pp. 447-448.
[4] Saz Campos, I., op. cit., p. 444.
[5] Saz Campos, I., op. cit., p. 450.
[6] Larrauri, E., La herencia de la criminología crítica, México, Siglo XXI, 199, p. 22.
[7] Cfr. Schutz, A., El problema de la realidad social, Buenos Aires, Amorrortu, 1974 (edición original en inglés, La Haya, 1962).
[8] Cfr. Coulon, A., La etnometodología, Madrid, Cátedra, 1988.
[9] Larrauri, E., op. cit., p. 27.
[10] Larrauri, E., op. cit., pp. 40-41.
[11] Cfr. Tasca, A., El nacimiento del fascismo.
[12] Payne, S., Historia del fascismo español, París, Ruedo Ibérico, 1965, p. 46.
[13] Ibidem.
[14] Larrauri, E., op. cit., p. 33.
[15] Courtois, S. et alii, El libro negro del comunismo, op. cit., p. 823.
[16] Cfr. Courtois, S. et alii, op. cit, El libro negro del comunismo, pp. 69-170.
[17] Larrauri, E., op. cit., p. 31.
[18] Couurtois, S., op. cit., pp. 150-151.
[19] Larrauri, E., op. cit., p. 30.
[20] Hobsbawm, E., Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2000, p. 149.
[21] Hobsbawm, E., op. cit., p. 155.
[22] Courtois, S., op. cit., p. 22.
[23] Courtois, S., op. cit., pp. 23-24.
[24] Las víctimas del nazismo hasta el año 1939 apenas superaban las 100.000 personas. Vid. Courtois, S., op. cit., pp. 28-29.
[25] Hobsbawm, E., op. cit., p. 150.
[26] Courtois, S., op. cit., p. 32.
[27] Larrauri, E., op. cit., p. 32.
[28] Faye, J.-P., Los lenguajes totalitarios, Madrid, Taurus, 1974, p. 15 y ss.
[29] Faye, J.-P., op. cit., pp. 23-24.
[30] Faye, J.-P., op. cit., pp. 27-28.
[31] Courtois, S., op. cit., p. 145.
[32] Cfr. Courtois, S., op. cit., pp. 105, 107, 110-111, 133-135.
[33] Faye, J.-P., op. cit., p. 28.
[34] Faye, j.-P., op. cit., pp. 28-29.
[35] Sería inexacto afirmar que sólo en segunda generación, siendo así que J. P. Faye ha publicado ya dos obras sobre la relación entre Heidegger y el fascismo que anticipan el trabajo de E. Faye. Cfr. Faye, J.-P., Le piège. La philosophie heideggerienne et le nazisme, París, Ed. Ballard, 1994; Le langage meurtrier, París, Ed. Ballard, 1996.
[36] Hernández Sandoica, E., Tendencias historiográficas actuales. Escribir historia hoy, Madrid, Akal, 2004, p. 28.
[37] Hernández Sandoica, E., op. cit., p. 39.
[38] Tannenbaum, E., La experiencia fascista. Sociedad y cultura en Italia (1922-1945), Madrid, 1975, p. 9.
[39] “En comparación con la Alemania nazi o con la Unión Soviética en la época de Stalin, su número fue relativamente pequeño y el trato que se les dio relativamente humano. Entre 1926 y 1943 sólo fueron condenadas a muerte 25 personas, y esta cifra incluye a varios espías y terroristas eslavos”. Cfr Tannenbaum, E., op. cit., pág. 197 y ss.
[40] Farías, V., Heidegger y el nazismo, Palma de Mallorca, 2009, Objeto Perdido, p. 9.
[41] Farías, V., op. cit., pág. 561.
[42] Farías, V., op. cit., pág. 299.
[43] Farías, V., op. cit., p. 559.
[44] Cfr. Zayas, A., Nemesis at Potsdam. The Anglo-Americans and the Expulsion of the Germans (versión española en Historia XXI Los anglo-americanos y la expulsión de los alemanes, Barcelona, 1999).
[45] Farías, V., op. cit., p. 532.
[46] Gallego, F., op. cit., pág. 14.
[47] Hernández Sandoica, E., Tendencias historiográficas actuales. Escribir historia hoy, Madrid, Akal, 2004, p. 29.

jueves, agosto 13, 2009

El problema cultural del fascismo (1987)

"La revolución sólo puede ser fascista" (Max Horkheimer). Ponencia de la Entidad Potencialista (ENSPO) presentada en el Congreso por un Proceso de Convergencia, Barcelona, 27 de septiembre de 1987. Estamos intentando reconstruir el texto íntegro. Advertimos que se publica a continuación está incompleto




y sólo se han añadido algunos de los títulos de los parágrafos para hacerlo más comprensible. Cuando el autor redactó este escrito tenía 25 años. Actualmente ha modificado sus posturas, sin embargo, lo dicho constituye el antecedente y el principio de toda su investigación posterior. Mantiene, en todo caso: (a) la condena del racismo y del antisemitismo; (b) la idea de que el fascismo constituye la autocomprensión del proyecto histórico izquierdista.




EL PROBLEMA CULTURAL DEL FASCISMO

El fascismo se dice de muchas maneras. Podemos hablar en efecto, del fascismo político como algo ya de por sí bastante indefinido, pero a la par existiría también un fascismo metapolítico, harto más vago y difuso aún que el primero. Los términos "nazi", "totalitarismo", "racismo"...- y derivados, suelen emplearse como sinónimos de "fascismo"; pero de entre todos ellos, y aún así atestiguando ya el quantum de "especifidad semántica" comúnmente asignado a los demás, sólo "nazi" conserva la fuerza del "original". El vocablo estrictamente político se aplica tanto a los "comprensibles de suyo" y "clásicos" fascismos "de derecha", cuanto a los menos obvios fascismos "izquierdistas", extendiéndose asimismo el campo de significación más allá del período contemporáneo -v.g.: en la literatura de anticipación- o, antes de él, a "Alemania", Asiria, Esparta, a los confederados americanos... "Se" habla en fin de una "mentalidad" y de un "carácter" fascistas, de un "macho" sexual explotador intrínsicamente fascista, de un "tecno fascismo" entre los ecologistas, etcétera.



En su acepción originaria, "fascismo" designa una corriente política local -luego nacional-, que se constituye en Italia después de la gran guerra europea y se extingue formalmente hacia 1945. La universalización del término se explica tanto por la dinámica interna del propio fascismo, enquistado al parecer en la sociedad occidental entera, como por la acción verbal demagógica de los adversarios inmediatos del mismo, los comunistas de filiación "marxista-leninista", que generalizan su uso a todos los segmentos del arco político. Así, mientras proliferan diversos grupos "fascistizantes" en Alemania, España, Francia, Hungría, Rumanía..., los propios socialistas son calificados, desde la hoy denominada "extrema izquierda", de "social-fascistas"... Durante la guerra fría, la progresiva transformación del vocablo avanza un grado más cuando los mentados socialistas, así como los restantes grupos políticos "democráticos", establecen la identificación entre "fascismo" y "totalitarismo", de tal suerte que el régimen marxista-leninista, contra cuyos representantes italianos se alzaron los fascistas originarios, se revela a la postre "más" fascista que éstos mismos. El Estado mussoliniano, el primer estado fascista cronológicamente hablando, resulta incluso en cuanto estado no totalitario, "desencapsulado" de su propio término. La remodelación del cuadro histórico nos muestra, en fin, paradójicamente, las luchas callejeras italianas de los veinte como el enfrentamiento entre los supuestos "fascistas no-fascistas", los mussolinianos, y ciertos "antifascistas 'fascistas'", sin que se nos aclare cómo debemos orientarnos en semejante enredo lingüístico. El materialismo histórico, por su parte, ha determinado "científicamente" la "esencia" del fascismo como recurso de urgencia político liberal, que mostraría el auténtico rostro de la democracia burguesa en la quiebra del sistema capitalista y la inminente revolución del proletariado. Consecuentemente: la férrea alianza anti-fascista entre el liberalismo occidental y el comunismo totalitario, fascistas ambos según sus posteriores y mutuamente respectivos adversarios, resulta a la postre, tan cómica como lo sea el hecho de que, en la segunda guerra mundial, las partes beligerantes puedan, según la exégesis progresistas, ser todas calificadas de "fascistas", y que pese a ello siga aún hablándose de politología o ciencia social "científica".

La acuñación del vocablo "fascismo" en su uso metapolítico, es obra de la nueva izquierda europea de posguerra, y viene a generalizar el resultado de sus análisis sobre la naturaleza del "capitalismo tardío", así como la identidad última del fascismo respecto al régimen soviético. El dominio fascista no sería ya un dominio exclusivamente estatal-policíaco, sino ante todo, según los neoizquierdistas, un complejo psíquico socialmente introyectado por el individuo, que cristaliza como representación sexual y generalizada incapacidad para el 'goce". En éste ámbito discursivo, se hace común el uso del término "personalidad autoritaria", ente susceptible de extender su malformación psicológica al buen salvaje mediante el ejercicio de un poder político frustrador y el control de los procesos primarios de socialización. Bloquear la reproducción educativa de tales elementos psíquicos "fasciomorfos" deviene así la estrategia medular del izquierdismo antiestalinista desde mayo de 1968 hasta nuestros días. El fascismo pasa asimismo a definir las enteras estructuras del capitalismo monopolista-tecnocrático, que en virtud de su fascistizante idiosincrasia explota a la "gran madre tierra", violándola cruelmente sin atender en absoluto a sus irrenunciables "orgasmos"- sin "ternura"- y, por si fuera poco, dañándola en sus más delicadas intimidades cual despiadado "macho"...

El fascismo. ¿Qué mienta en suma el lenguaje al emitir este vocablo? ¿A qué nos referimos nosotros al emplearlo?

II El "fascismo" como mal radical

La plurifuncionalidad deshilachada, y harto incoherente en ocasiones, que consagran las hablas contemporáneas en el uso común y habitual de la palabra, va a la par sin embargo con lo unívoco de su significación connotativa. Así, "fascismo" podrá denotar lo que "se" quiera, mas ello de tal suerte que lo denotado devenga inapelablemente malo. El término "fascismo" muestra hoy un carácter eminentemente adjetivo, que posibilita su uso plurifuncional. Al sustantivo, en cambio, le corresponde aquello que nuestras sociedades progresistas y presuntamente pluralistas, no se atreven a invocar, es decir: el mal.

Ahora bien: el fascismo, ya lo hemos señalado, nace en Italia como movimiento político... No parece existir razón obvia ninguna susceptible de explicar por qué haya evolucionado, hasta adquirir tal connotación semirreligiosa -supletoria del vetusto diablo-, la "marca" del partido mussoliniano. Hagamos constar, en este sentido, que bajo el régimen de Mussolini (1922-1944) se ejecutaron veinticinco condenas a muerte, mientras ciertas bandas terroristas de extrema izquierda, asesinan aún hoy triple número de personas en un sólo año. Por cierto que a tales "bandas armadas" se las califica de fascistas pese a su declarada filiación marxista-leninista, pero justamente en ello reside "lo problemático".
Más resoluble parece nuestro enigma si ampliamos el concepto de "fascismo" hasta abarcar al movimiento y al régimen hitlerianos. Sin embargo, esta ampliación obliga a extender parejamente la determinación a otros movimientos europeos de muy diverso carácter, por cuanto de lo contrario la nueva definición de "fascismo" aparecería como algo forzado. En efecto: si el nazismo "es"fascista también deben serlo el jonsismo español, la Guardia de Hierro rumana, la "Cruz y Flecha" húngara, etcétera. Al régimen nazi acaso pueda achacársele "Auschwitz", es decir: todo el complejo de los campos de exterminio, pero, ¿cabe responsabilizar al resto de los fascistas europeos? Y aún contestando afirmativamente a esta pregunta -aún reduciendo el fascismo al nacionalsocialismo germánico- queda empero abierta una cuestión mucho más grave, a saber: que nada nos obliga a considerar constitutivo del fascismo el genocidio judío, que la ecuación (fascismo="Auschwitz") sí puede ser legitimamente cuestionada, pues en ella no se trata de constatar la existencia de los hornos crematorios y de las cámaras de gas, sino de establecer una inferencia en virtud de la cual los mentados "hornos" adquieren un valor estructural.

La importancia de este razonamiento se pone de manifiesto si consideramos cómo el marxista sigue siendo marxista cuando el primer régimen "humano" de la historia deja perecer de hambre, por mor de Das Kapital, a cinco millones de campesinos; cómo el liberal sigue siendo liberal pese a los insoslayables horrores del proceso de industrialización que él mismo capitaneó; cómo el cristianismo olvida con gusto las "cámaras" de tortura inquisitoriales para santiguarse ante el deleznable y monstruoso anticristo Adolf Hitler; cómo, en fin, los actuales social demócratas y la entera "buena gente" dispuesta a respaldarlos desde bién surtidos centros de placer y supermercados, tolera la muerte por hambre, en el Tercer Mundo, de cuarenta millones de personas al año. En ningún caso observamos a los comunistas establecer un nexo que vincule esencialmente el comunismo a los Gulag, o a los liberales inferir del muy liberal siglo XIX la relación inherente entre el liberalismo puro y depauperación masiva de la clase obrera. El vínculo de "fascismo" y "Auschwitz" sí debe ser en cambio, según ellos, constitutivo y necesario.
Nosotros no quisiéramos entrar en el tema de la presunta inexistencia de "Auschwitz", pero el más elemental sentimiento de responsabilidad nos obliga a "empringarnos". En efecto: ya desde los inicios de la posguerra, las cifras de judíos supuestamente asesinados por Hitler fueron progresivamente bajando. Hasta alcanzar los "definitivos" Seis Millones, muchos otros cómputos, al parecer harto interesados, se descartaron. Sin embargo, actualmente, los manuales de historia "oficiales" aceptan la "des-auschwitzación" de algunos campos, y reducen el volumen global de víctimas a 4,5 millones, abriendo así la expectativa de que las cifras continuen su escandalosa caída en picado. La entera existencia real del genocidio ha sido cuestionada por historiadores de distintitas filiaciones políticas, y parece ya próximo el día en que un trascendente debate se iniciará por fin entorno a este caso.

Una reflexión rigurosa sobre la filosofía del método historiográfico puede resultar, empero, mucho más fructífera que el manejo revisionista de cifras, pese a lo cual nosotros respaldamos la legitimidad parcial del "criterio objetivista" y consideramos que el descubrimiento de una premeditada orquestación rusoamericana en el tema de "Auschwitz", constituiría un golpe moral decisivo contra los indudables criminales de Dresden y Nagasaki. En cualquier caso, de lo que se trata no es de saber si los nazis asesinaron o no asesinaron mayor o menor número de judíos (la diferencia entre 6 y 4,5 millones resulta éticamente despreciable); la meta de todo revisionismo debe situarse, antes bien, en el terreno metodológico de la ciencia histórica, para emplazar el problema del objetivismo en cuanto pregunta por la legitimidad de la inferencia que establece la ecuación ("Auschwitz = fascismo").

EL CONCEPTO PRE-HISTORIOGRÁFICO DE "FASCISMO"

La historia nada tiene que ver con una mera descripción de "hechos objetivos". Los datos historiográficos "descriptos" yacen abiertos ya previamente en el "horizonte histórico" por un criterio selectivo y ordenativo de los mismos: el hombre qua proyecto. El historiador, en tanto que conciencia social -no en tanto que "individuo"-, es en efecto el responsable de decidir sobre la historicidad del "dato" yecto ante sus ojos como puro "hecho". Los hechos, sin duda, estan ahí "de por sí", gusten o no a los sujetos empíricos, pero el carácter y el valor historizante de aquéllos remite a la resolución de futuro de quienes deben interpretarlos de modo (in)-auténtico. En este sentido es la sociedad antifascista la que ha decidido emplazar la ecuación que iguala el fascismo al mal radical. De este emplazar previo brota la búsqueda historiográfica de una constelación factual cuya "existencia en sí" confirme y legitime lo de antemano resuelto.


Cada día en la vida de cada hombre se compone de una miríada infinita de "hechos"; la sociedad, como colectividad humana, los engloba a todos ellos... Ahora bién: la historia no se ocupa de amontonar un hecho social sobre otro, "describiéndolos". La historiografía, ciertamente -tal es su definición etimológica-, "describe" los hechos históricos, pero éstos vienen ya constituídos para ella de antemano en tanto que históricos. Un "hecho histórico" es un factum brutum dotado de valor desde un "algo" que lo establece como valioso. El "algo" es el historiador... El historiador, empero, no actúa a capricho, sino como historiólogo. La historiología es una "disciplina" a la que, en cuanto historiador, el individuo empírico disciplinariamente se somete. El "aquello que" a lo que se somete constituye un fundamento supraindividual y supraempírico; pero, ya lo hemos visto, tal fundamento nada tiene que ver con los "hechos", sino que a su supraempiricidad le es inherente a la par un constitutivo carácter a-factual. El fundamento del historiador es lo que la palabra historio-logía mienta como logos. El plegarse a la exigencia del logos constituye la tarea desde la cual establece el historiador la historicidad auténtica de los "los hechos históricos".

Llamo "concepto prehistoriográfico de 'fascismo'" al proyecto social que conforma, encarnado en los historiadores progresistas, el criterio de valor cuya determinación funda el hecho-"Auschwitz" en cuanto dotado de historiologicidad, y desde él, la historiográfica ecuación (fascismo =mal radical).

II Más allá del objetivismo

El autor de estas líneas no pretende pues adoptar una actitud "objetivista". De la doctrina que asume tampoco se sigue, empero, un "relativismo", "postura" dependiente aún de la creencia en puros hechos objetivos, sino el objetualismo como referencia a una legitimación supraindividual absoluta. La objetualidad mienta una conformidad con el logos, subyacente, positiva o negativamente, a la determinación de todo hecho histórico en cuanto fenómeno historio-lógico. El autor de estas líneas se adscribe necesariamente a un "otro" proyecto social del que inhiere un "otro" criterio axiológico, y, en consecuencia, funda una constelación "alternativa" de hechos históricos. El hecho histórico fundamental que abre, señala hacia la misma necesidad del concepto historiológico como tal, apertura que no brota a su vez de un análisis historiográfico, sino del propio logos. Ella se impone por sí misma, en efecto, sin recurrir a verificación empírica, como ya se ha visto más arriba. Ella legitima la adscripción de la exégesis fascista del "fascismo" a "lo historiológico" auténtico. La concepción anti-fascista, por contra, encierra un falseamiento intrínseco de la historia, un "objetivismo-relativismo" que vive de espaldas a la esencia de la historia.


El concepto prehistoriográfico de "fascismo" podemos encontrarlo, por así decir, factualizado. Esto adquiere un supremo valor como hecho histórico concreto, en la medida en que viene a mostrar fácticamente la naturaleza metafactual del propio hecho histórico en cuanto a tal. Es decir: el concepto prehistoriográfico de "fascismo", como objeto historiográfico, revela hasta al más lerdo el carácter historiológico-formal del hecho "Auschwitz", y su referencia a un proyecto social definido. Es una "prueba" en el sentido más pedestre del vocablo. La fundamentación historiográfica de nuestra hipótesis revisionista-filosófica resulta, empero, enojosamente fácil. Es posible aportar, en efecto, torrentes enteros de "pruebas" documentales periodísticas, merced a las cuales se evidenciaría el "talante" emocional de aquellos que combatían por las armas, v.g. en España, a los primeros fascistas. Una sóla frase sobre la guerra civil española, extraída de un manual oficial, las condensa todas: "La idea de la guerra como parte de una lucha global entre el Bien y el Mal fue extremadamente sugestiva para muchos demócratas idealistas; en gran parte ello explica la tendencia hacia el comunismo en Inglaterra y los Estados Unidos, a los ojos de los cuales los comunistas parecían los únicos que oponían una seria resistencia al fascismo..." Unidos a los comunistas y aceptando todos sus humanitarios métodos para luchar contra el mal radical, los intelectuales "idealistas" habían establecido ya de antemano, cuando los campos de exterminio aún no existían, la realidad metafactual de un "Auschwitz" cualquiera, es decir: de un fascismo infernal que sólo hubieron de confirmar a posteriori una vez terminada la guerra.

III El logos hermenéutico del fascismo

El concepto prehistoriográfico de "fascismo" se inscribe en el ámbito de la exégesis histórica y, en general, de la actividad teorética. El "pre" de "prehistoriográfico" remite en principio a "lo historiológico". Ahora bién: ni lo historiológico ni, a fortiori, lo historiográfico, agotan la realidad de "lo histórico"...; antes al contrario, lo presuponen y se fundan en ello.

Efectivamente: en cuanto "concepto" de un quehacer teorético remite lo historiológico a lo historial, quehacer histórico inmediato indefinido entre "lo teórico" y "lo práctico". Este quehacer historial es el proyecto que, como vimos, funda un criterio selectivo de ordenación y encuadramiento historiográfico -un "sistema de valores". El proyecto se define como vectorialización existencial o intencionalidad vital, en virtud de la cual emerge el valor y su contraparte, el anti-valor -el "mal". La negación absoluta del (propio) proyecto es, por tanto, el mal radical. Que el fascismo "yazca" definido "a priori" qua mal radical por los historiadores progresistas quiere sólo decir que en el quehacer historial del proyecto social progresista el proyecto fascista emerge como contra-vector de su propia intencionalidad. Ahora bién: la meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización historicosocial del logos -de la Razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decimos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al "abrir" el logos en cuanto logos para el "ver" del proyecto social cerrado al mismo (ex-hiphotesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social "progresista"). El quehacer historial que funda el concepto prehistoriográfico de "fascismo" muestra así una segunda y más fundamental razón, aparte la naturaleza del fascismo como contra proyecto, para manifestarse teoréticamente en forma "maniquea". En efecto: al divorcio estructural del logos le es inherente la impotencia argumental y, consecuentemente, el recurso a la violencia. El concepto prehistoriográfico antifascista de "fascismo" se funda en un "anti" pre-conceptualmente quehecho.

EL QUEHACER HISTORIAL IZQUIERDISTA

El izquierdismo es el contraproyecto del fascismo. Llamo "izquierdismo" a lo que hasta aquí ha venido asomando bajo el ambiguo rótulo de "progresismo". El izquierdismo es un proyecto definido en cuanto proyecto como vectorialización vital hacia un telos (fin). Este fin es el valor. Todo proyecto puede a la par determinarse negativamente en la medida en que, al constituirse, ha definido ya de forma ineludible su propia "anti-vectorialización". De esta suerte, al izquierdismo le es inherente como proyecto un contra proyecto izquierdomorfo dotado de su correspondiente anti-valor. El valor del proyecto es el bien radical, y el de su contraparte, en consecuencia, el "mal". Desde el análisis del contraproyecto nos es lícito, pues, descubrir la esencia del proyecto que lo determina. Conocemos el proyecto izquierdista a partir de un telos contraproyectual "fascista", es decir, en tanto que "Auschwitz" revela la esencia de la izquierda en su originaria vectorialidad. La originaria vectorialidad descubre la estructura del ahora ya sí irreductible ser izquierdista y de su (anti) quehacer historial.


Hemos mostrado, sin recurrir en absoluto al planteamiento revisionista historiográfico, que la indudable realidad de "Auschwitz" tiene un carácter metafactual. "Auschwitz", en efecto, posee un cierto status ontológico ya antes de que cualquier presunto "campo de exterminio" sea fácticamente construido por el nacionalsocialismo. La existencia metafactual de "Auschwitz" compele a emerger frente al logos la figura del contra-proyecto izquierdista como contravectorialización hacia un anti-valor. "Auschwitz" es el anti-valor del proyecto izquierdista qua proyecto anti-fascista, del proyecto izquierdista negativamente definido. La palabra "Auschwitz", empero, no puede mentar aquí la realidad fáctica de los campos de exterminio, sino un elemento de la susodicha estructura proyectual. En cuanto tal elemento, "Auschwitz" no es pensado, ni visto perceptualmente, sino vivido como "mito". La naturaleza del mito "Auschwitz" se esclarece si aceptamos, apelando esta vez a un elemento extradiscursivo, que el izquierdismo representa la secularización del proyecto social "cristiano", es decir, que históricamente la izquierda entraña un "cristianomorfismo" (véase opera omnia Friedrich Nietzsche). El horno crematorio, el infierno, constituiría así el reverso del proyecto socio-histórico izquierdista como proyecto de realización del "paraíso".

Aquello que define el mito infernal en cuanto anti-valor es el dolor. A la esencia de "lo utópico" subyace, parejamente, el principio opuesto, es decir, la negación de la felicidad. La dicotomía bienestar/malestar configura la médula del sistema de valores izquierdistas. La estructura del quehacer historial izquierdista se define como aquel determinar la acción que realiza el maximum de placer y desrealiza el malestar. La desrealización no es un "pensar", sino un actuar constitutivo de "lo proyectual". En el proyecto izquierdista, "Auschwitz", el "fascismo", representa el permanente auto-determinarse negativo de la izquierda qua (anti)-quehacer historial. Este auto-determinar-se fundamental exige a la par un asimismo permanente des-realizar. "Lo" a desrealizar es un "algo" concreto en que haya venido a cristalizar el anti-valor, el dolor, prerreflexivamente instituído como objeto de destrucción. El tal instituir de la Izquierda funda un derecho, subyacente, verbi gratia, a las masacres de los grupos terroristas. La anihilización del "fascismo" transmuta, en efecto, el algo-dolor simbólico-expiatorio -un policía, para seguir con el ejemplo terrorista-, en una fiesta placentera para las pulsaciones agresivas. La fiesta de destrucción antifascista, la revolución permanente, es "derecho" en cuanto que sólo el placer, el valor, fundamenta toda legitimidad jurídica intrínseca. El izquierdista, pues, no "asesina" al policía... En la anihilación ritual del dolor alcanza el placer su realización absoluta, y consecuentemente, no cabe para la Izquierda concebir acción más legal y legítima.

II El fascismo en cuanto fenómeno espiritual

El concepto de "quehacer historial" nos ayuda a comprender por qué, a la hora de determinar el horizonte en que se ubica el "fenómeno fascista", hemos renunciado de antemano al recurso de analizar sus presuntas "doctrinas". El fascismo histórico nace como quehacer historial en cuyo seno lo ideológico juega un papel meramente coyuntural y "práctico". El movimiento fascista, en efecto, no apela tanto a una autocomprensión rigurosa y tematizada, cuanto a cualesquiera ideas-fuerza capaces de llegar a instrumentalizarse en provecho de tal quehacer, fácticamente autoaprehendiendo como quehacer político. El fascismo europeo, considerado su conjunto, presenta sí algunos puntos de confluencia, como son la simultánea reivindicación de socialismo y nacionalismo, pero grosso modo explicables, por la relativa homogeneidad social de que emergen las susomentadas ideas-fuerza en que el activismo fascista se asienta. Consecuentemente: el fascismo histórico carece en absoluto de ideología, no ha existido jamás "la ideología fascista"...

Ello no obsta para que, concluida la segunda guerra mundial, cristalizase entre las sectas fascistas supervivientes una suerte de "ortodoxia doctrinal", en virtud de la cual los más mediocres intelectos, incapaces de pensar por sí mismos, se aferraban a la estrategia coyuntural de sus antiguos jefes, confundiéndola con una dogmática y semibíblica revelación divina. En la medida en que el fascismo histórico es un fascismo parcelado en compartimentos nacionales casi estancos, el endurecimiento de las respectivas ideas-fuerza estratégicas -necesariamente diversas-, y su transformación en ortodoxias cerradas, ha constituído el mayor obstáculo para la consolidación de un movimiento fascista a escala europea.

Tal parece, en especial, el destino del racismo. La vinculación de las ideas racista-antisemitas, expresada en Mein Kampf por A. Hitler, a las necesidades coyunturales estratégicas del Partido Nacionalsocialista en un país como Alemania, debería mostrarse de forma palmaria. Los recientes desarrollos de la etología, la genética y la psicología empírica han facilitado, empero, que la metodología biologizante inscrita tácitamente en el viejo racismo político, adopte hoy aires doctrinales y "científicos". El racismo -antisemita o no- ha evolucionado hacia un etnicismo diferencialista más presentable actualmente para la legitimación de una política segregacionista, pero lo peor del caso es que los propios fascistas están tomando à la letre tales principios y adoptandolos como ideología.

La cristalización doctrinal del racismo -o como sedice hoy hipocritamente, del "diferencialismo étnico"-, amenaza con cavar, en el campo fascista, una fosa tan profunda como la que separó el anarquismo de la ortodoxia marxista-leninista entre los izquierdistas. Amenaza, en una palabra, con demoler por sus bases de antemano la construcción del fascismo europeo: la unidad de todos los fascistas en un movimiento doctrinalmente estructurado y homogéneo.

El rechazo fascista del pensamiento biologizante (biologista o no-reduccionista), en ningún caso debe confundirse con un olvido de los consabidos "factores étnico-raciales" -una hostilidad solapada hacia la biología- o, en fin, con un rechazo general del principio empírico-científico en favor de lo "trascendental" y de lo metafísico. El pensar del sistema dominante es para el fascismo aquel que trata de aprehender la realidad en términos de categorías meramente material-deterministas, como son las categorías de la ciencia biológica o las del economicismo marxista, y que remite el denominado "principio espiritual" a las mismas. La ciencia empírica trasciende así el campo de la metodología científica, perfectamente legítima, y deviene filosofía empirista, ciencismo materialista y determinista... Ahora bién: el pensamiento biologizante quiere explicar a partir de principios biomorfos "lo espiritual" de Europa, sin percibir que ya tal "explicación" se oculta la negación de lo que presuntamente valora. Pero "contestar" el materialismo marxista apelando al carácter intrínsecamente espiritualista de la "raza aria" -o al programa genético qua "mito inscrito"en el "inconsciente colectivo" europeo-, no es sino una patente y escandalosa contradictio in adjectio (contradicción en los términos).

III Fascismo e izquierdismo

El proyecto social izquierdista comporta una determinación de valor que, a la par, configura negativamente su perfil en tanto que contrapuesto antivalor. El antifascismo tiene un carácter constitutivo, ontológicamente previo a todo "Auschwitz" factual. El quehacer historial del proyecto entraña, en consecuencia, la desrealización de lo "anti" emergente desde la esencia del propio proyecto, desrealización sólo a posteriori cristalizada en un "hecho" "real" y concreto. El des-realizar es, por así decir, de naturaleza ritual. Acontece en la teoría como pre-comprensión diabolizada del "fascismo", y en la práctica como acción sociopolítica anti-fascista. El actuar sociopolítico del anti-quehacer historial corresponde a su co-relativa determinación pre-intelectual, es decir: se consuma como desrealización material o psicológicamente destructiva.


La esencia del proyecto izquierdista en cuanto "anti" -es decir: en cuanto interna autoconfiguración negativa de la izquierda misma-, es la afirmación axiológica del dolor. La afirmación del dolor define el "anti" , y se atribuye por tanto a un "algo-anti" preintelectualmente desrealizado. Ahora bien: la vinculación del "anti" al vocablo "fascismo", como grafía de un "algo" históricamente acontecido, requiere de una explicación historiográfica. Esta no la encontraremos en las doctrinas fascistas, por lo general "operativas", salvo en el caso de que un hecho circunstancial "abra" lo interno del quehacer pragmático fascista -"abra" su proyecto- y documente historiográficamente su esencia. Este hecho acontece en el derrumbamiento de tal discurso pragmatista, es decir: en el fracaso del quehacer historial político fascista.


La primera manifestación del logos fascista que obra en nuestro poder -aunque carecemos al respecto de una información exhaustiva-, es del 12 de diciembre de 1919. Según Angelo Tasca, la derrota electoral de Mussolini rompe por primera vez la tónica oportuinista del discurso fascista, expresamente hostil a la determinación de todo programa o doctrina. "Mussolini", afirma Tasca, "es víctima de una especie de exasperación 'ideológica'. Teoriza sobre su propia soledad con una mezcla de amargura, desespero y orgullo". Las palabras de Mussolini resultan en efecto harto explícitas, y puede afirmarse sin exageración que ellas ponen en verdad el primer basamento de "la ideología fascista": "Nosotros que detestamos profundamente todos los cristianismos, tanto el de Jesús como el de Marx, sentimos una extraordinaria simpatía por el nuevo incremento que toma, en la vida moderna, el culto pagano de la fuerza y el valor... ¡basta ya, teólogos rojos y negros de todas las iglesias, de astutas y falsas promesas de un paraíso que no llegará jamás! ¡Basta ya, ridiculos salvadores del género humano que se ríe de vuestras infalibles recetas para alcanzar la felicidad!" y el 1 de enero de 1920 añade: "Nosotros hemos destrozado todas las verdades reveladas, hemos escupido sobre todos los dogmas, hemos rechazado todos los paraísos... sobre todo, no creemos en la felicidad, en la salvación, en la tierra prometida..."

El "anti" del proyecto izquierdista deja de obedecer, con estas palabras, a la mera autodeterminación interna de la izquierda -a su negativo contraproyecto- para instituirse historiográficamente a su vez en proyecto expreso. Fundado en una autodeterminación propia y, a la par, plenamente coincidente con la forma del proyecto contracristianomorfo -aunque sin agotarse en ella- el fascismo entra en la Historia. El antiquehacer historial izquierdista va a ser desde el 1 de enero 1920, el quehacer antifascista, es decir: va a tomar el vocablo "fascismo" como signo de su auto-determinación en cuanto referencia a un "fuera". El "fuera" ya no mienta, empero, una pura negatividad, sino el proyecto alternativo, una posición susceptible de generar su propio "fuera". Tal Evento marca el inicio de la guerra: "Los socialistas se habían podido permitir ignorar al "jonsismo" pero la Falange parecía algo más serio: era capaz de armar mucho ruido y al parecer disponía de cierto respaldo político y financiero (...) En cuanto apareció el primer número del semanario FE, los socialistas coaccionaron de tal modo a los vendedores de periódicos que el semanario desapareció prácticamente de los quioscos. Los estudiantes del S.E.U. tuvieron que vocear y vender personalmente el periódico en las calles. Varias escuadras de activistas se encargaron de proteger a los vendedores de los ataques de los izquierdistas (...) Durante la venta del quinto número de FE, el 11 de enero de 1934, se produjo una pelea en el curso de la cual fue muerto a tiros un joven de veintidós años, simpatizante de Falange (...) Antes de finalizar el mes, otros cuatro falangistas fueron asesinados en diversos lugares del país (...) El 9 de febrero, Matías Montero, uno de los fundadores del S.E.U., fue muerto a balazos cuando regresaba a su casa después de participar en la venta de FE (...) Esta sucesión de atentados contra el naciente movimiento fascista sin respuesta, hicieron que algunos dieran a la Falange el sobrenombre de "funeraria Española", y a su líder "Juán Simón el Enterrador"" . Transcribimos el texto del historiador liberal G.S.Payne. Por supuesto no nos referimos en él a la guerra española como prolegómeno de la segunda guerra mundial -aunque sí lo haga G.S.Payne-, sino a la manifestación historiográfica de la guerra entendida como condición de posibilidad de la guerra española o la guerra mundial... Es decir: nos referimos al factum histórico de un mútuamente contra-puesto e irreductible quehacer historial.

La exégesis historiográfica que establece la identificación entre los campos de exterminio nazis y la esencia del fascismo se funda en una previa identificación historiológica del fascismo como anti-valor. La conceptualización teórica del fascismo remite, a su vez, a un quehacer historial, el cual quehace el fascismo como negación del "mal". Este quehacer no es un quehacer "práctico", sino un comprender preteórico indeterminado entre "lo teórico" y "lo práctico": el existir o estar-ahí inmediato. El quehacer historial antifascista, previo a todo "Auschwitz" (presuntamente) efectivo, es ya a la par también un quehacer "activista", entendido como quehacer político. El antifascismo del parcial quehacer práctico-político es "violento" aún antes de recurrir a las armas y al asesinato. Él ha determinado la anihilación del dolor, el "fascismo", previamente a todo acto. Él se ha determinado ya a sí mismo desde el sistema de valores izquierdista, que establece la dualidad placer-dolor como criterio de auto-legitimación existenciario.

Quede asentado, por tanto, de una vez para siempre: la persecución despiadada y brutal del fascismo no tiene por causa al comportamiento igualmente brutal y despiadado de los fascistas durante la segunda guerra mundial: los famosos "horrores de Auschwitz" a nadie han resultado tan útiles y rentables como al animal demócrata-comunista. Nosotros afirmamos honestamente que tales presuntos horrores sólo vienen a justificar el rigor sanguinario de la susodicha persecución. Nosotros afirmamos, asimismo, que ningún interés "altruista" mueve a los beneficiarios de la propaganda antinazi y que "Auschwitz", de no existir, habría que inventarlo. Nosotros afirmamos, en fin, que liberales y comunistas carecen de autoridad moral (Dresde, Hiroschima, Nagasaki, Katyn y tantos otros nombres nos avalan), para juzgar a cualesquiera de los fascistas caídos luchando por un ideal.

IV La quaestio del fascismo

El discurso oficioso de la "sociedad de consumo", la verborrea izquierdista, muestra un carácter indudablemente negativo. Ahora bién: aquello que el discurso del "progresismo" niega tiene un nombre, a saber: el fascismo. El marco general de la tesis estriba por tanto en determinar lo que se esconde tras la ideología de la intelectualidad y la clase política izquierdistas, como paso previo insoslayable en el proyecto de proponer una alternativa al presente modo de vida: "La revolución sólo puede ser fascista" (Max Horkheimer). El camino que conduce a la revolución, empero, repudia todo tipo de sometimiento a ortodoxias y escolasticismos fidelistas. No nos interesa aquello que el fascismo fue "en realidad" -pues que negamos la existencia de significaciones históricas objetivas-, sino lo que el fascismo debe llegar a SER para triunfar en cuanto tal. El hilo conductor en el proceso de constitución de la auto-conciencia fascista es: la exégesis del mismo discurso izquierdista.


Efectivamente: en esta introducción hemos intentado mostrar las razones que justifican el rechazo tanto de la metodología filológica por un lado, como de una pura "invención" del fascismo carente de toda base histórica por otro.


Frente a la correlación objetivismo-relativismo (historiografía burguesa-marxismo) afirmamos el valor radical del logos interpretativo, el cual busca establecer, trascendiendo la pura inmediatez semántica de los textos, la esencia del fascismo. Un método de genealogía que determine la relación entre el discurso superficial y la problemática del fundamento. La lectura de los signos -fascistas o izquierdistas- configura por tanto una hermenéutica (Heidegger) que no se atiene sólo a lo que expresan directamente los universos discursivos, sino al "lugar estratégico" de sus aún más iluminadores silencios.

En tanto que ideología oficiosa de la "sociedad de consumo", el discurso mítico antifascista -y su correspondiente praxis terrorista- pone en evidencia el principio de que se alimenta el izquiedismo, de suerte que la problematización del tema fascista busca explicar por qué obedece en efecto el proyecto fascista -y ya no sólo como imagen contraproyectual del proyecto izquierdista- a la negación radical del paraíso social consumista. Es decir: si el principio de placer como criterio de legitimación socio-histórica salta por los aires al rechazar el fascismo el telos proyectual izquierdista -al afirmar el dolor, en una palabra-, con ello únicamente definimos el proyecto fascista de forma negativa, y queda aún por establecer el principio alternativo desde el cual desafian los fascitas históricos la realización del "paraíso". Ya hemos adelantado, empero, una orientación de este contenido positivo al afirmar: "La meta del proyecto social que funda la exégesis fascista del fascismo es la realización histórico-social del logos de la razón. Del logos en cuanto factum histórico se hace cargo ya, como decirmos, el proyecto hermenéutico fascista del fascismo con sólo mostrar su naturaleza constitutiva, esto es: al "abrir" el logos en cuanto logos para el "ver" del proyecto social cerrado al mismo (ex-hipothesi el proyecto anti-fascista y, evidentemente, el proyecto social progresista)" (El concepto pre-historiográfico del fascismo, apartado III).


Sin embargo, nos encontramos por el momento con una mera declaración de intenciones, que sin embargo ya sugiere un fuerte avance respecto al conformismo "irracionalista" de los políticos y hasta de los más señalados intelectuales fascistas ("el discurso fascista es, para mi, siempre mito", G. Locchi, La esencia del fascismo). Nuestro proyecto declarado apunta hacia la constitución de un logos historiológico y hermenéutico que trascienda el carácter mítico indudable en que se ha encerrado hasta hoy la microcultura fascista.



Lo "problemático" del problema cultural del fascismo gira en torno al factum de la necesaria mediación que la sociedad del bienestar impone al proyecto de una determinación racional del fenómeno fascista: "el "fascismo" adquiere una "existencia negativa" tanto más fuerte cuanto más claro es el triunfo del adversario" (Locchi, op.cit., pág.29).

La intelectualidad progresista aparece políticamente incapacitada para llevar a cabo semejante tarea, esto es: para mostrarse "honesta" con lo que el fascismo verdaderamente representa... Consecuentemente, el proyecto fascio-lógico debe ser asumido por sectores marginales sin recursos, sometidos a una permanente sensación de cerco y conscientes de que acaso pagarán muy caro su "desafio al sistema": "La existencia del fascismo es hoy, casi exclusivamente, una existencia negativa; ésto es lo que los movimientos y regímenes fascitas de la primera mitad de siglo han dejado como herencia a los hombres que se adhieren al "principio superhumanista". Es una herencia que les condena a las catatumbas; y es una herencia -el historiador debe admitirlo, con referencia a la experiencia de lejanos pasados- cuyo valor no es nada desdeñable" (Locchi, op.cit., pág.30).


CONCLUSIÓN

El fascismo se dice de muchas maneras. ¿A que fascismo nos referimos con el término que una y otra vez aparece en nuestro texto?
Responder a esta pregunta supone examinar, en primer lugar, el uso cotidiano del vocablo.
Este ha evolucionado históricamente ampliando de forma progresiva su campo semántico. La palabra "fascismo" tiene hoy un valor adjetivo, pero en cuanto oculto sustantivo encierra un sentido claro y unívoco: el fascismo es el mal radical (deducción del habitual "este mal, y éste, y éste..., es "fascista").

Hemos tratado de señalar, empero, siguiendo el "hilo conductor" del fenómeno "Auschwitz", aquéllo que subyace a semejante uso diabolizado del término. Tal "aquello que" es un proyecto. En tanto que antivalor de un proyecto, el fascismo como mal radical no es sólo determinado de tal suerte teoréticamente, sino quehecho. Esta mostración del quehacer subyacente quiere legitimar la adscripción del concepto usual del "fascismo" al mentado proyecto. La izquierda como verdad del concepto cotidiano de "fascismo" exige, sin embargo, la redefinición del mismo en términos nuevos. El fascismo es así el dolor en cuanto antivalor radical de un proyecto.

Ahora bien: al definir el fascismo como "dolor", penetramos por fin en un terreno donde no violamos el uso común de la palabra analizada, y podemos a la par asumir en cierta medida su concepto. El fascismo entrañaría así para nosotros, en algún sentido, el dolor en cuanto factum constitutivo de nuestro proyecto. El dolor, sin embargo, no pierde su carácter de antivalor, sino que se limita a señalar hacia la preeminencia, en el proyecto fascista, de valores dispares a los valores de la izquierda.

Aquéllo a lo que nos referimos con el término fascista del subtítulo que encabeza nuestro texto, no es sino la comprensión de la propia izquierda. Tal comprender sólo puede empero emerger desde un "fuera" del proyecto izquierdista, como lugar del proyecto contra-puesto en cuanto proyecto intrínsecamente comprensivo. El proyecto fascista es, en efecto, aquel que emplaza la verdad, el logos, como valor supremo. Pero el comprender mienta un proyecto, no una teoría que sobrevuele el paraje de la izquierda arrogándose desde las alturas su "descripción objetiva". El comprender entraña un compromiso (a saber: el advenir "fascista"). Falta por determinar en qué sentido afirmamos "lo comprensivo" del fascismo, su logos o, dicho de otra manera, qué es eso del fascismo como aletheia o filosofía.

Jaime Farrerons

27 de septiembre de 1987

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domingo, julio 12, 2009

Disidencia y crítica

¿En qué consiste la crítica y cuál es su importancia real en las tareas de la disidencia? Veámoslo. El sistema actual enarbola una ideología concreta, el antifascismo, pero no por capricho, sino sólo porque la requiere en cuanto fuente de legitimación discursiva, lo que significa que, como cualquier otro „dispositivo de dominación pública“, sin la fe de las masas en la verdad del mensaje litúrgico que transmite, el sionismo no podría existir. Además, es vulnerable a un ataque en ese preciso enclave o función de su estructura donde impera formalmente la denominada „libertad de expresión“. Por otra parte, cabe afirmar que en la actualidad -pero la situación podría cambiar si sobreviniera una crisis de dimensiones planetarias, ocioso es señalarlo- el sistema sólo resulta susceptible de ser seriamente dañado en dicho plano simbólico (!que no es poco!). En efecto, la apabullante superioridad material del aparato de poder liberal-burgués sionista hace inviable un ataque contra el mismo de tipo violento (militar o de cualquier otra clase, como el 11-S) que no vaya precedido de una victoria política, pero a su vez ésta sólo sería posible, o siquiera „pensable“, en el marco de un horizonte histórico donde se hubieran elevado al nivel de la „opinión pública“ las graves incongruencias internas del imaginario simbólico vigente y, a fin de erradicar el universo conceptual ideal y narrativo que lo fundamenta, esta situación posibilitase que se usare contra él mismo de su propia y gigantesca fuerza inercial. La crítica de la ideología es, por tanto, el primer e ineludible paso para todos aquéllos que han hecho de sus vidas una militancia disidente contra las fuerzas de la opresión, la mentira y el crimen que actualmente ejercen su tiranía incontestada. Léase: contra nuestros gobernantes y sus correspondientes hinterlands financieros, propagandísticos, sociológicos e institucionales.

Ahora bien, conviene subrayar que no todo asalto verbal a la ideología del sistema ostenta ya el carácter y el rango de una crítica. El motivo es que no puede esperarse un efecto crítico de desafiar a la ideología antifascista desde otra ideología que le sea totalmente exterior, por ejemplo la magia o una religión pagana, porque, incluso si aceptáramos tamaños dislates, la total hegemonía que el dispositivo de dominación ejerce sobre los medios de comunicación, la educación y la cultura, haría ininteligible y, por ende, inocuo, semejante lenguaje „alternativo“. Por tanto, la tarea de los disidentes NR, nacional-republicanos o terceristas -los únicos disidentes de verdad que yo conozco- es acuñar un discurso que, aceptando ciertos presupuestos a los que el sistema no puede renunciar y ha institucionalizado o hecho suyos de manera compulsiva y subordinada pero omnipresente, por ejemplo las exigencias de verdad y objetividad, y siempre que dichos presupuestos, como lo son los del ejemplo, no sean incompatibles con nuestros propios principios, permita ejercer una crítica racional, desplegando un discurso inmanente al mismo sistema cual iskra que provoque el cortocircuito, „incendio“ y destrucción de sus dispositivos simbólicos.

Por último, hay que remachar un principio muy claro: únicamente sobre las ruinas lógicas de su propio colapso conceptual interno se abrirá el espacio -horadado en la gruesa muralla del poder- que permita el avance de las fuerzas políticas revolucionarias, es decir, de aquéllas estructuras externas al sistema capaces de hacerse con la dirección de las instituciones, todo ello a fin de sembrar las semillas de una alternativa de valores éticos en las raíces mismas de la existencia humana y, a largo plazo, de transformar el conjunto de la sociedad. Cuando eso ocurra en Europa, y sólo entonces, podrá empezar a hacerse realidad el sueño de derrotar materialmente al sistema, dondequiera que éste haya instalado su sede, en el plano político-militar. A mi entender, aunque aquí se trata ya sólo de una mera prospectiva especulativa, ese futuro anhelado fervientemente por nosotros hace inevitable un conflicto entre un polo político euroasiático de poder real en cuanto negación autárquica del mercado mundial, y el polo político norteamericano, brazo armado del delirante proyecto de globalización liberal-sionista, es decir, de extinción pura y simple de todas las culturas y pueblos de la tierra, excepto el judío.

Designo con la palabra „potencialismo“, porque alguna hay que utilizar y ya explicaré en su momento el motivo de que se eligiera precisamente ésta, al conjunto de planteamientos filosóficos que debe permitir la reorganización de la disidencia, la identificación y definición rigurosa del sistema como enemigo político, la detección y determinación exacta de su ideología o aparato de legitimación doctrinal, y la acuñación coherente del correspondiente concepto de crítica, entendido no en términos de „lo que nosotros pensamos“ -o peor „nos gusta“- , sino de aquéllo que, nos agrade o no, puede estrictamente implementar, optimizar y llevar a su máxima expresión el efecto crítico de corrosión y destrucción de la función simbólica del sistema liberal-burgués sionista a escala mundial.

En definitiva, la crítica supone una determinada jerarquía de valores, pero no „otros“ valores cualesquiera „distintos“ de los actuales. Como veremos inmediatamente, no todo lo presuntamente opuesto al sistema -como la magia o el esoterismo- pertenece al campo de la revolución, puesto que la crítica y la revolución mismas son instituciones modernas. El pensamiento crítico, la disidencia y el proyecto revolucionario subvierten la actual jerarquía de valores, pero los valores mismos erigidos en alternativa forman ya parte, aunque subordinada, de la conciencia colectiva, de lo cual depende precisamente su operatividad criticista. Pues, para empezar, no existe ni puede existir crítica alguna en el seno de una sociedad tradicional. Este hecho es que el diferenció al fascismo de la extrema derecha y sigue ahí impertérrito ante nosotros como la eterna asignatura pendiente del campo NR.

La refundación potencialista del proyecto nacional-revolucionario europeo

En este artículo vamos a hablar sobre un proyecto que dio sus primeros pasos, meros balbuceos por lo demás rápidamente acallados, en la Cataluña de los años ochenta y fue totalmente estigmatizado y rechazado por los que a la sazón monopolizaban -mejor dicho, usurpaban- el canon del discurso nacional-revolucionario, identificándolo con el pomposamente denominado „pensamiento tradicional“, una pura invención que nada tiene que ver con ninguna tradición europea conocida y que hacía apología de curiosidades tan variopintas como -y sin pretender ser exhaustivos- el esoterismo, la alquimia, la magia, la teosofía, el espiritismo, la brujería, las „paraciencias“, el orientalismo, las religiones exóticas no cristianas, etcétera. Inclúyase en este etcétera cualquier expresión de irracionalidad que resultara útil para apartar a los jóvenes nacional-revolucionarios de izquierdas de toda forma de actitud crítica, autónoma e incompatible con la obediencia ciega a la (falsa) autoridad quasi sectaria de tales gurús filoislamistas (hoy enemigos del islam, mañana ya veremos) y doctrinarios de tres al cuarto, quienes hacían cada mes la cesta de la compra con las ayudas aportadas por los servicios de información del estado, enjuta y hasta miserable retribución por su enojosa y canallesca labor de envenenamiento.

Tales estrategias profanas, cuya banalidad y vulgaridad dejan estupefacto al observador, se situaban en el contexto político general de las décadas anteriores, a saber, cuando la guerra fría, en la que España no fue una excepción sino el ejemplo más diáfano de lo que decimos, había obligado al sistema sostener regímenes fascistoides, en este caso el franquismo, mientras instituciones como la CIA reclutaban colaboradores entre los restos humanos del campo vencido en la Segunda Guerra Mundial (pensemos, por poner un ejemplo, en la famosa Red Gladio) a fin de ponerlos a trabajar contra la „amenaza soviética“. El motivo es que existía incluso entre los nacional-revolucionarios residuales una oscura conciencia de que lo suyo nada tenía que ver con la ultraderecha reaccionaria tradicional que los periodistas, los intelectuales y los políticos liberales identificaban tout court con el fascismo. La tarea de los „infiltrados“ ultras fue evitar a toda costa que el proyecto NR redescubriera sus raíces izquierdistas, socialistas y revolucionarias, algo que podía tentarlo, como ocurrió con Ernst Niekisch, a cruzar el telón de acero y traicionar a la denominada „civilización occidental“, léase: al mundo de los burgueses conservadores que van a misa todos los domingos y están preocupados, en primerísimo lugar, por poner a buen recaudo lo que ellos llaman la „sagrada propiedad“. Además, y de paso, por esta vía se agostaba la genuina raíz originaria del fascismo, en el fondo incompatible con la derecha cristiano-burguesa. A tales efectos, nos remitimos a la obra de Julius Evola El fascismo visto desde la derecha, cuyo título inequívoco define todo un programa de acción intoxicadora, el cual, no lo dudemos, fue llevado a la práctica con absoluta coherencia por parte de sus discípulos.

¿Cómo hicieron la faena? Para decirlo brevemente, se acuñó de la noche a la mañana una pseudo tradición alternativa, tan retrógrada o más que la católica, y se pasó de la teología de tipo eclesiástico-tomista -que como poco guardaba ciertos residuos de la vieja racionalidad helenística- a un conjunto caótico de creencias „mágicas“, „paganas“ y „míticas“, cuando no „satánicas“, que nos colocaban a las puertas mismas de los hospitales psiquiátricos, inhabilitándonos para toda clase de acción reivindicativa en el seno de una decadente sociedad plagada de sectas y de ofertas „culturales“ análogas, es decir, perfectamente inofensivas desde el punto de vista político (aunque asaz destructivas en el plano personal), entre las que los evolianos no destacaban especialmente.

En España, una de las resistencias, insignificante por su importancia numérica pero enérgica en su oposición a esta maniobra del sistema, fue el proyecto potencialista, que desde el principio (1984) y sin vacilar apeló a los valores ilustrados, la democracia, los derechos humanos, el socialismo, el estado de derecho, la ciencia y la racionalidad filosófica en cuanto ingredientes del proyecto nacional-revolucionario europeo. Ahora bien, como resortes a los que se ha dado cuerda, los mencionados gurús de entonces se apresuraron a dar buena cuenta de esta iniciativa -que se había concretado en la fundación de la Plataforma Nueva Europa con personas y grupos procedentes del marxismo y de la izquierda comunista- mediante una artera campaña de difamación personal soto voce en la que se intentó desacreditar a los principales exponentes de la propuesta, tildándolos de „problemáticos“ (desafiaban frontalmente a los chivatos e impostores del Cesid), „nihilistas“ (negaban alborozadamente la „salvación del alma“, ya fuera en el „cielo“ cristiano, ya en el Walhalla), „separatistas“ (el potencialismo usó en sus textos de la lengua catalana a fin de cortar por lo sano con la putrefacta extrema derecha hegemónica), „traidores“ (se declaraban socialistas y revolucionarios, ergo „de izquierdas“, luego: rojos ) y otras imputaciones similares. Dentro mismo de la Plataforma Nueva Europa, donde sin conocerlos fueron amablemente invitados a participar, los maestros del „pensamiento tradicional“ con cátedra de copistería desautorizaron sin empacho el propio nacionalismo, eje incontestable de resistencia reivindicado abiertamente por los potencialistas, descalificándolo, en nombre del canon evoliano, como fenómeno „burgués“, mientras ensalzaban sin enrojecer de vergüenza los estereotipos „tradicionales“ de sociedad cerrada, singularmente los islámicos, todo ello en nombre del no menos pintoresco canon guenoniano, hogaño hurtado por elemental decencia a la mirada de los curiosos. No obstante lo cual, los que liquidaron desde dentro dicha plataforma en cuanto temprano proyecto de renovación NR, se pavonean en la actualidad como identitarios defensores de la nación frente a la inmigración islámica, abjurando así de sus „ideales“ de entonces, unas fórmulas que, empero, les fueron muy útiles para sabotear, a sueldo del sistema, aquel esperanzador proyecto nacional-europeo, y retrasar así veinte años la necesaria refundación del campo NR en nuestra patria. Mientras tanto, la pandilla ya ha intentado reventar varios partidos NR en los que se ha cometido también el error de aceptarlos, y a buen seguro que seguirán con su „trabajo“ en el futuro a menos que se tome una decisión drástica sobre el tema, a saber, una lista pública de traidores en la que se les excluya sine die, con nombres y apellidos, de toda nueva iniciativa en el seno de nuestro esforzado quehacer.

La intención que nos guía, empero, no es revolcarnos de forma estéril en las desventuras de una ya extinta asociación, sino más bien prevenir a jóvenes incautos de incurrir en nuestras pasadas ingenuidades, fruto de la inexperiencia, de suerte que aquéllas ya no puedan volver a repetirse, para, dicho esto con la mayor claridad, sumergirnos en el sentido de aquél discurso de disidencia crítica. Más en general, pretendemos abundar en las virtualidades revolucionarias de dicho proyecto metapolítico (la entidad potencialista no fue nunca un partido, sino un ensayo de „frente cultural“) en relación a la lucha contra el sistema liberal-burgués sionista en cuanto „dispositivo de dominación“ que controla el mundo occidental, un poder cuyas influencias calan mucho más hondo -incluso en nuestra propia carne- de lo que los discursos disidentes habituales nos permiten captar a primera vista.

Derechos humanos: adiós definitivo al fascismo

El punto de partida de una crítica racional al sistema, fundamento de la lucha política nacional-revolucionaria, es la convicción de que nuestros actuales gobernantes son los mayores impostores de la historia, y ello no sólo por los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados en su nombre a lo largo del siglo XX, sino por la total impunidad que, al amparo de una victoria militar -léase: de un puro acto de fuerza- pero agitando siempre la enseña de los derechos humanos, les ha permitido juzgar una y mil veces la misma causa, a saber, la del nazismo y el „holocausto“, a fin de aplazar indefinidamente, para decirlo de forma sumaria, el expediente relativo a Kolymá/Dresde/Hiroshima, una comprometida coyuntura en la que los imputados, sin coartada ni eximente alguna, serían los propios fiscales de Nüremberg.

Este factum pone en evidencia que la famosa „lucha contra fascismo“ no tuvo una motivación moral ni humanitaria, sino una muy otra, de carácter político e ideológico que, frente a Alemania e Italia, colocaba en el mismo bando a la Unión Soviética, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos. El abismo ideológico que separaba a los Aliados de las potencias del Eje hay que buscarlo en los valores y ello, por supuesto, vista la aplastante evidencia de los hechos históricos, sin pretender ya engañosamente -como se ha adoctrinado a varias generaciones de europeos- que los valores de los vencedores eran aquéllos que se encarnan en la actual doctrina de los derechos humanos, a menos que ésta sea compatible con el exterminio sistemático y planificado de decenas de millones de personas. No vamos a entrar aquí en el tema filosófico de la ética, del que ya nos hemos ocupado en otros artículos de forma provisional, pretendemos sólo limitarnos a subrayar que todas las tentativas, sin excepción, de plantear la crítica al sistema como un ejercicio de negacionismo de los crímenes del bando fascista están condenadas al fracaso y carecen moral y políticamente de sentido. De lo que se trata hoy es de comparar, de hacer balance y de analizar públicamente las causas de unos y otros hechos históricos, tarea crítica por excelencia que se nos hurta de forma reiterada a pesar de que el ideario oficial del sistema, sobre el papel al menos, no podría nunca prohibírnoslo. El motivo, insistamos en ello, es que incluso el más superficial análisis de la realidad histórica coloca en el banquillo de los acusados a los supuestos „demócratas“ con la misma o mayor razón que a los dirigentes nacionalsocialistas.

De la circunstancia descrita se siguen fulminantemente las siguientes conclusiones: 1/ no es posible ni aceptable reivindicación política alguna del fascismo, aunque sí cabe una reinterpretación crítica del relato histórico antifascista; 2/ una vez despertados de los ingenuos sueños negacionistas, se trata de renunciar a toda la estrategia defensiva que vaya ligada al lastre de tener que blanquear los movimientos fascistas históricos, por lo menos si lo que se espera es poder algún día procesar a los vencedores y a sus actuales descendientes políticos, ya por acción, ya por omisión, como encausados por la ejecución, banalización y/o negación del mayor genocidio de la historia. Este planteamiento supone reivindicar sin complejos la doctrina de los derechos humanos y condenar todos los genocidios sin excepción, porque una práctica unilateral como la vigente (condenar sólo el holocausto judío) vuelta del revés, carecería de fuerza lógica y moral frente a un enemigo que controla las instituciones y puede desacreditar todo proyecto crítico apelando a cualquier información, por insignificante que fuere, que lo vincule al „fascismo“. En este sentido, conviene insistir en que sólo esta renuncia facultará, en el futuro, acuñar una narración histórica objetiva sobre los movimientos y regímenes fascistas que permita además comprender cómo resultó a la postre posible que millones de personas fueran exterminadas bajo la acusación de ser „fascistas“ por los aliados comunistas de occidente y que, a renglón seguido, un sistema político basado en los „derechos humanos“ no sólo legitimara el hecho apelando al único recurso de la fuerza bruta, de la impunidad y, finalmente, del olvido, sino que institucionalizara el lenguaje antifascista forjado por Stalin y los suyos -quienes teorizaron y fundamentaron tales crímenes- y lo elevara a la categoría de discurso oficial de los sistemas democráticos, todo ello a fin de difamar y estigmatizar en cuanto „fascistas“ (asesinos en la jerga „democrática“) a los críticos y desafectos de la oligarquía financiera (filo)sionista mundial, colocándolos, de paso, como reos de muerte civil y susceptibles de ejecución sumaria, en el punto de mira de las partidas de la porra, kaleborrokos y grupos callejeros antifascistas, terroristas o no, del otro pilar del sistema: la extrema izquierda chequista. Sectores radicales que la propia democracia liberal, por activa o por pasiva, sustenta como postrera garantía e instrumento paralelo y alegal de su abyecta dominación.

Esta postura fundamental nos permite inferir la totalidad de la estructura discursiva del proyecto filosófico potencialista, que pasamos a resumir de forma muy sintética a fin de que los lectores capten, más que informaciones concretas y aisladas sobre el mismo, la idea matriz que lo impulsa y le permite intepretar críticamente, desde una determinada perspectiva racional y comunicable ayuna de fraudes iniciáticos, la totalidad de los fenómenos de nuestra sociedad.


Ciencia y racionalidad filosófica versus magia y mito

Los layacos del sistema, sabedores de las debilidades del imaginario simbólico occidental, han intentado inocular en el seno de las filas nacional-revolucionarias la creencia de que dicha postura está inexorablemente vinculada a una „excitante“ y banal „superación“ de la ciencia, léase: la magia; al rechazo de los derechos humanos en nombre del culto terrorista de la violencia por la violencia y del racismo; al desprecio de la racionalidad en beneficio de la mística y el mito; al odio contra la democracia, que cabría „superar“ emprendiendo el atrayente camino que conduce a una nueva dictadura, basada en esta ocasión, cómo no, en la obediencia ciega a ciertos dirigentes, depositarios del saber revelado, que no pueden ser racionalmente contradichos porque sientan sus divinas posaderas en un limbo sobrehumano más allá de toda crítica, de todo argumento, de toda fundamentación, y ostentan la legítima prerrogativa de usar la calumnia o la amenaza contra los desafectos al sagrado carisma. Sugerir que semejante bazofia infame sea otra cosa que un intento de conducir el proyecto NR a su propio suicidio voluntario, como no se trate de la misma soberbia delirante y esquizofrénica de quienes la promovieron y en la medida en que se la creyeron ellos mismos en un patético ejercicio de autoengaño untado de dinerito contante y sonante, se nos antoja inaceptable.

Las consecuencias están, empero, muy a la vista cuando repasamos el cuadro de las „élites“ intelectuales NR, lectores avezados al culto de escritores declaradamente reaccionarios como Julius Evola o René Guénon, pero incapaces, aunque no por culpa suya sino de nuestros supuestos „referentes“ „morales“ (!es un decir!), de acceder a un pensador de la talla de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX y, no por azar, alguien que fuera militante y crítico del partido nacionalsocialista alemán, anticipando en dicha crítica interna del fascismo las posiciones nacional-revolucionarias del proyecto potencialista.

Disponemos, en efecto, de dos pilares filosóficos de primera magnitud como punto de partida de la tarea crítica, a saber, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, y con ellos de la entera tradición filosófica europea surgida en Grecia, racional, que no racionalista, y en cualquier caso conducente de forma inexorable a la realidad histórica de los fascismos, alfa y omega de la modernidad. No necesitamos, en definitiva, convertirnos en observantes del „pensamiento tradicional“, procedente de una pseudo tradición que sólo existe en la mente de unos pocos panfletarios semianalfabetos, individuos que, en el mejor de los casos, se han revelado como meros cretinos que esperan avistar presuntas naves espaciales hitlerianas afincadas en la Antártida y, en el peor, aparecen en la nómina del Cesid. Decir adiós al pasado es una decisión vital para el proyecto NR. No vamos a sustituir a un escritor por otro porque lo diga quien suscribe el presente texto: valga el crédito histórico-mundial de Heidegger como punto de partida fáctico que se acredita a sí mismo y que podrá responder a posteriori de dichas pretensiones sin que nadie tenga que confiar en „revelación“ alguna u obedecer a indecentes sugerencias de „superioridad jerárquica“, rango „iniciático“ del interlocutor o milongas „tradicionalistas“ por el estilo.

Dicho esto, tendremos que salir al paso de algunas posibles objeciones. En efecto: si como NR aceptamos los derechos humanos, la democracia, la racionalidad, la ciencia y el socialismo, ¿en qué nos distinguimos del sistema liberal-burgués que pretendemos combatir? Pero ya hemos visto que, incluso en el caso del fascismo, que no es el nuestro pero al que estamos históricamente vinculados, las diferencias entre las potencias del Eje y los aliados tenían un claro carácter axiológico, es decir, relativo a los valores éticos supremos, pero los fascistas no rechazaban la modernidad en su conjunto, algo que les distingue, según los politólogos y a pesar de la propaganda, de la extrema derecha reaccionaria (la misma que nos ha inyectado su veneno religioso e irracionalista). No se puede sostener que los aliados representaran la democracia frente a la dictadura, cuando uno de los socios destacados de la hedionda „cruzada antifascista“ encarnaba precisamente la tiranía más totalitaria y asesina que la historia recuerda. La crisis de la democracia liberal es un fenómeno de época fundamentado racionalmente por el marxismo. Carece de sentido afirmar que Alemania rechazara la ciencia en nombre de la magia, siendo así que los alemanes fueron precisamente los últimos adversarios militares de los Estados Unidos que mostraron una significativa superioridad tecnológica en el campo de batalla, ni que, como hemos visto, los derrotados representaran la negación de los „derechos humanos“, cuando el fascismo resulta impensable al margen de la reacción contra la barbarie bolchevique, que legitimó la lucha fascista (incluso, inicialmente, a ojos de los gobiernos occidentales) como defensa de la más básica civilidad europea. La línea de fractura hay que buscarla, por tanto, en el dark side, la negación fascista de la tradición judeocristiana, en el rechazo del imaginario utópico-progresista, de raíz religiosa pero secularizado por las sociedades industriales veteromodernas, en la defensa fascista de unos valores trágico-heroicos de ascendencia griega y, de forma radical, en lo que denominaré aquí principio de incompatibilidad entre la verdad y la felicidad que, emanado de la filosofía de Nietzsche y sistematizado por Heidegger en su ontología fundamental, atenta contra la entraña misma de la moralidad liberal burguesa y, a la par, de la ideología marxista-leninista que nutría de legitimidad los sistemas comunistas. Consecuentemente, podemos afirmar que el fascismo fue condenado a los infiernos no tanto por sus crímenes o su presunto irracionalismo cuanto por su exigencia de consumar el proyecto de racionalización occidental en una conciencia lúcida que excluye las ilusiones felicitarias, utópicas y proféticas de las primeras versiones, inevitablemente burguesas, del ideario ilustrado.

Conviene apostillar, en este sentido, que la filosofía de Marx no rompe en ningún momento con los valores hedonistas y eudemonistas burgueses, sino que se limita a exigir su realización, subrayando con razón las contradicciones entre el discurso oficial de las sociedades liberales y la brutal realidad del capitalismo decimonónico. El fascismo aspiraba a un socialismo que tomase nota de la obsolescencia axiológica judeocristiana y asumiera heroicamente la verdad trágica como destino inexorable de la razón occidental. Y en ello estamos, siendo así que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no han dejado de proclamar en la teoría los viejos valores del Sermón de la Montaña mientras los pisoteaban en la práctica, con tanta mayor eficiencia cuanto que cualquier adversario del sistema liberal-burgués sionista puede ser declarado, por el simple hecho de serlo, enemigo de la humanidad.

Democracia popular participativa versus liberalismo y dictadura

En el ideario de extrema derecha que se ha intentado imbuir en las filas nacional-revolucionarias hasta hacerlas indistinguibles de una pandilla de skin-heads, las críticas a la corrupción de las democracias liberales se metamorfosean de forma insensible y espontánea en una desvergonzada apología de los sistemas políticos dictatoriales de derechas, en el gusto no disimulado por la violencia y el terror, en el racismo y el antisemitismo, etc., lo que hace un flaco servicio a nuestra causa, confirma los estereotipos antifascistas, da pábulo a las campañas de propaganda del sistema y olvida que no hay ninguna relación necesaria entre los valores potencialistas (sustancia del proyecto NR) y semejantes prácticas y modelos terroristas de Estado, ampliamente acreditados, empero, en el campo de la izquierda marxista. Sin negar en ningún momento que los fascismos históricos fueron todos, sin excepción, dictaduras, conviene insistir en que la crisis de la democracia liberal se saldó, no solo a la derecha, sino también y principalmente a la izquierda, con soluciones autoritarias, pero no porque se rechazara la democracia en sí, cosa que no ocurrió en ningún caso, sino porque, según una extendida y fundada idea oriunda de Marx, tales democracias eran puras ficciones controladas por oligarquías económicas planetarias, enemigas mortales, ya del proletariado universal, ya, para los fascistas, del conjunto de la nación. La respuesta dictatorial a la crisis de la democracia burguesa fue, por tanto, una alternativa de la izquierda más granada que los fascistas se limitaron a asumir como un factum, esgrimiéndola, precisamente, frente a la „bárbara“ dictadura del proletariado bolchevique, que no podía ser combatida, a su entender, desde los obsoletos planteamientos liberales, sino respondiendo a la violencia bestial de los rojos con una violencia defensiva pero todavía más enérgica y decidida. Fascismo.

Si pasamos del fascismo a la idea nacional-revolucionaria, es evidente que con la dictadura entramos en el terreno del puro accidentalismo histórico, porque los NR, tomando como referencia a Nietzsche y la Konservative Revolution alemana, partimos de una distinción tajante entre liberalismo y democracia que nos permite cuestionar el modelo liberal sin incurrir de forma fatal en la deriva autoritaria. Nosotros no defendemos el Estado ni el Partido, instituciones políticas de la burguesía. La distinción entre autoridad y poder, el concepto correlativo de una entidad política (enspo) institucional depositaria de los valores (=autoridad), frente al mero gobierno (=gestión administrativa), son los temas centrales del potencialismo. La democracia es un concepto de raíz griega e independiente de la actual formulación „democrática“ liberal. Y si nadie puede afirmar lo contrario, ¿por qué hemos de considerar falaz, como se pretende con una ironía que sólo encubre su falta de argumentos, el concepto mismo de una democracia no liberal? Por tanto, y aquí estamos ante una cuestión crucial, para los nacional-revolucionarios no se trata de negar la democracia, sino de desafiar los esquemas demoliberales, es decir, oligárquicos, desde exigencias de democratización y participación ciudadana, que el presunto „Estado social y democrático de derecho“ no puede, formalmente, recusar, y ello aunque las tema más que al mismo diablo, porque sólo las quiere suyas a efectos de legitimación y lavado de cerebro propagandístico, mientras promueve con todas sus fuerzas la despolitización de la sociedad, reduciendo lo político a mera liturgia antifascista.

A este propósito es bueno referirse al libro de Juan Colomar, recientemente publicado, República nacional española. Municiones para la resistencia, cuyos planteamientos compartimos, quisiera subrayarlo, casi en su totalidad, pese a lo cual queremos señalar aquí las (pocas) pero ineludibles discrepancias que nos separan de él.

Considero, en efecto, que el debate sobre el socialismo entre los nacional-republicanos no deja de permanecer encadenado a una cierta ambigüedad. Se trataría de recuperar el proyecto socialista bajo un cuño no marxista, pero al final da la sensación de que se siguen compartiendo algunos planteamientos marxistas, como el análisis del circuito del capital y la pretensión de construir una alternativa económica al sistema capitalista. ¿No convendría archivar tales vocablos (capitalismo, socialismo) y cargar las tintas sobre el factor político democrático? A mi entender, la clave de los asuntos sociolaborales en la sociedad de la información estriba en el control político popular de los procesos de gestión administrativa y en el estricto, riguroso e inexcusable cumplimiento de la ley, algo que en la actualidad no ocurre aun entendiendo que la ley liberal vigente, obra de las propias oligarquías, debería ser reformada en un sentido ferozmente social. El liberalismo se basa, efectivamente, en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder y de la administración de los recursos públicos o privados. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada de la ciudadanía, articulada en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en su ámbito legítimo y subordinado a “lo político” (!no confundir con „el Estado“!), pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un término que es, cada vez más, un lastre simbólico, pues o se opone una nueva teoría socialista plenamente desarrollada a las teorías vigentes hasta hoy, de cuño marxista, o el sentido del concepto reproduce, casi inconscientemente, la totalidad de los tremendos errores del pasado. A la postre, se desemboca en un programa de „nacionalizaciones“ y en una suerte de chavismo europeo anclado en los valores felicitarios de la izquierda judeocristiana.

En mi opinión, pero aquí se trata de una opinión que sólo pretende abrir un debate, la cuestión central pasaría, una vez más, por el tema de los valores. El capitalismo como tal no es hedonista, hedonista lo es únicamente el proyecto liberal. Si hemos distinguido ya con claridad entre democracia y liberalismo, llegado ha la hora de acotar liberalismo y capitalismo, abstrayendo éste último en términos rigurosamente económicos en cuanto sociedad de producción. Nosotros no cuestionaríamos así el proceso de acumulación de capital como institución económica, es decir, como fórmula hasta hoy no superada de racionalización de las funciones productivas de la sociedad, ni la ética del trabajo oriunda del capitán de empresa calvinista, sino la sociedad de consumo liberal y el economicismo ligado a ella, que no es otra cosa que la epidemia de los valores hedonistas inoculada por contagio a todas las esferas de la existencia humana a través del ubicuo dogma de la economía. Ésta, devenida a su vez fuente de estatus procedente de una riqueza indecentemente ostentada, fundamenta la dignidad de la persona en el seno las „sociedades desarrolladas“. En pocas palabras, el proyecto nacional-revolucionario, antes que presentarse como una alternativa al „capitalismo“, se limitaría a fijar límites internos a lo económico y a subordinarlo, por la vía legal y moral, a lo político, dejándolo funcionar dentro de ciertos parámetros y montando guardia en los puestos de control, a saber, los correspondientes marcos jurídicos y normativos, de manera que lo económico no devore lo político desde su propia entraña, como un gusano la manzana, que es lo que sucede inexorablemente en los sistemas liberal-burgueses conocidos hasta ahora.

Ni que decir tiene que la fundación de lo político implica el fin de la política, es decir, de la mera „gestión“ de un intangible programa liberal a partir de una panoplia de diferentes opciones meramente técnico-administrativas y la subyacente e incuestionada subordinación de la esfera de la autoridad a los valores existenciales del economicismo liberal. Con ello, es el Estado mismo -y, por cierto, el Partido, su núcleo de poder real- lo que desaparece. Este planteamiento supone una reforma integral de aquéllo que actualmente se denomina el poder judicial y la fijación de mecanismos institucionales independientes y objetivos de fiscalización de la administración, de manera que la oligarquía, en última instancia el imperio del dinero, no pueda manipular a los gestores políticos y corromper a golpe de talonario el mandato constitucional emanado de la soberanía popular. En definitiva, en el libro de Colomar detecto algo así como un sutil intento de “competir” con el liberalismo en el terreno económico, de prometer un sistema que ofrezca más „felicidad“ a las masas; a la postre, que “funcione” mejor, cuando de lo que se trata es de erradicar de una vez para siempre la sociedad de consumo. Porque la vieja promesa socialista, a saber, el „placer“ sin la „inhumanidad“ de la competencia capitalista, instaura a la postre la competitividad económica y de „capacidad adquisitiva“ en el seno de las esferas políticas y simbólico-culturales, infectando el entero sistema social con el fétido aliento del virus hedonista y eudemonista. Pero esto es siempre, nos guste o no, una repetición descafeinada del marxismo, un sistema que ha sido históricamente derrotado porque compartía sus valores con el liberalismo y concurría con la sociedad de consumo liberal en su propio terreno de juego axiológico. Tenía que perder. Nosotros, en cambio, somos conscientes de que hemos de aplastar al liberalismo en el campo cultural y político-militar, bien entendido que esta vez no habrá un sistema totalitario que, como el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, les saque las castañas del fuego a los usureros, los cuales tendrán presumiblemente que defenderse solos frente a un enemigo integral y letal que buscará erradicarlos para siempre de la faz de la tierra como tipo humano.

Hemos de reconocer de una vez que, en términos generales, desde el punto de vista estrictamente técnico y organizativo, nada hay que objetar al capitalismo como modelo de racionalización de la empresa productiva y, si se quiere, al mercado en cuanto dispositivo básico de asignación social de recursos, un mecanismo que conviene dejar funcionar de acuerdo con sus propias leyes, pero subordinándolo siempre a la función política y alejando todo lo posible de su radio de acción determinadas instituciones como la educación, la vivienda, la sanidad, la justicia, el crédito, la defensa, los sectores económicos estratégicos y vitales para la seguridad nacional, etc.; imperativo político que en parte ya fue reconocido por las sociedades europeas en la edad dorada de la socialdemocracia, el keynesianismo y las economías mixtas (inspiradas en el fascismo), pero que los nacional-revolucionarios implementaríamos llevándolo hasta sus últimas consecuencias axiológicas, poco gratas para los criminales con corbata que nos gobiernan. No se trata de presentar, en consecuencia, una alternativa económica al liberalismo, sino una alternativa política al economicismo liberal en términos de democratización radical en el marco de un sistema de valores potencialista. Porque frente a la propuesta de unos valores racionales, los liberales tienen que callar la boca. No así frente al “socialismo” como receta económica rival de la economía de mercado, donde ya hemos perdido de antemano la batalla dialéctica incluso ante la opinión pública más decantada hacia la izquierda, siempre que sea capaz, como creo que lo es, de leer algunos libros de historia. Propongo, pues, aparcar la palabra socialismo y abundar en el tema político de la democratización como clave para garantizar la socialización de los recursos materiales (no hablemos ya ni siquiera de “riqueza”). Evidentemente, esto supone una metamorfosis cultural de valores que contrapondría la actual sociedad de consumo a una economía autárquica y potencialista articulada desde su interior (valores quiere decir aquí fines de la sociedad de producción) como mero apéndice de lo político. Y esto es lo que significaría, si es que tiene algún sentido identificable con cierto rigor, el concepto de república del trabajo en el seno de un discurso nacional-revolucionario que sepa de qué está hablando.

Respuesta de Juan Colomar

He planteado las cuestiones anteriores al autor del libro citado, al que me une una larga amistad. Considero que sería injusto, después de la crítica anterior, no exponer aquí, como poco de manera resumida, cuál ha sido la réplica del interpelado. Más abajo sacaré algunas conclusiones provisionales de este debate crucial, visto que Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa en la época de ENSPO y del Movimiento Voluntad, procede de la izquierda comunista y ha evolucionado hacia posiciones nacional-revolucionarias que, sin embargo, ya lo veremos, no se identifican con el fascismo, a pesar de que su crítica a este sistema político esté lejos del habitual e hipócrita rasgamiento de vestiduras de la progresía anarcoliberal.

En primer lugar, quisiera resaltar la absoluta coincidencia entre Juan Colomar y el autor del presente artículo en la exigencia de una reivindicación abierta de la democracia y la básica contraposición entre ésta y el liberalismo: „La confusión entre democracia y liberalismo, el ataque conjunto a ambos, la negativa a criticar el liberalismo como antidemócrata, es uno de los puntos claves que explica la bancarrota del fascismo y la gravitación entorno al mismo de toda suerte de tradicionalistas y reaccionarios“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, 8 de septiembre de 2008, p. 1). Ahora bien, pese a lo dicho, y respecto a la crítica que he desarrollado en el apartado anterior, afirma Colomar que „es exactamente la del fascismo, y sólo ha podido intentarse reestructurando la „super estructura“ en un sentido totalitario, resultando de todo ello un lamentable fracaso. La „sociedad civil“ burguesa es infinitamente más poderosa que la „sociedad política“, por más que ésta proceda al exterminio de los usos burgueses normales. El fascismo italiano se metió en una repelente cama redonda, no sólo con la burguesía, sino con los residuos de la aristocracia. El nazismo eliminó al capital financiero, pero se amalgamó con los intereses de la industria pesada“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). No obstante lo cual, basta releer mi texto para ver que poco tiene que ver con el fascismo precisamente en lo relativo al punto crucial de la dicotomía democracia/totalitarismo, pues mientras el fascismo instituyó un Estado totalitario, aquéllo que los potencialistas reclamamos expresamente es una radicalización democrática y el control popular desde la base de las instituciones políticas, de suerte que no puedan ser usufructuadas de facto por el poder económico, como sucede en la actualidad. Cito literalmente del texto que envié a Colomar en mi carta de 2 de septiembre de 2008 y que en este artículo me he limitado a abundar: „El liberalismo se basa en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada del pueblo, articulado en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en un ámbito legítimo y subordinado a „lo político“, pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un vocablo que es, cada vez más, un lastre(...)“ (Carta de Jaime Farrerons a Juan Colomar, 2 de septiembre de 2008). ¿Qué tiene que ver esta afirmación con la propuesta de reincidir en el fracasado proyecto del Estado totalitario? ¿Pero no fuimos nosotros quienes, ya en un texto de ENSPO del año 1988 presentado en el acto fundacional de la Asociación Sin Tregua, a saber, „Maquiavelo y el nihilismo político“, denunciamos el totalitarismo como un intento de controlar por la fuerza la esfera económica capitalista desde la esfera política concebida en términos burgueses, léase: como Estado/Partido? Así, sostiene Colomar, citando al pensador nacional-revolucionario Ernst Jünger: „El capitalista no es más que un funcionario de la acumulación de capital“, y añade: „y tú, Jaime, pretendes que ese movimiento pueda ser domeñado axiológica y políticamente desde una esfera mucho más débil, la del Estado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). Pero, como decimos, ha sido un tema clásico del potencialismo el carácter individualista de la institución estatal veteromoderna (basada en el Partido, léase: en la parte, agente de los intereses parti-culares del príncipe maquiaveliano y factor antiholista por excelencia) y la necesidad de refundar lo político frente a „la política“. Hemos insistido una y otra vez hasta el hartazgo en la diáfana distinción clásica entre autoridad y poder, Entidad y Estado, lo que implica la extinción de éste último y del Partido tal como los conocemos, hecho que a su vez remite a una transvaloración de valores en el conjunto de la sociedad, siendo así que con el Estado, órgano burgués, se derrumba también la dicotomía liberal de una „sociedad civil“ de mercaderes (impregnada de valores hedonistas e individualistas) y el ámbito supuestamente neutro de la política y del poder público (en realidad una agencia de grandes empresas e intereses „particulares“). Por tanto, mi propuesta no puede ser „exactamente la del fascismo“, como pretende Colomar, y lo que aquí se observa es una diferencia fundamental a la hora de concebir el fenómeno del capitalismo. En efecto, según Colomar „el capitalismo no es un sistema mercantil, ni un montaje de usureros (visión nazi), ni se reduce a la propiedad privada. El capitalismo es una respuesta al advenimiento generalizado de la Máquina efectuada desde categorías culturales, sociales e institucionales anteriores a dicho advenimiento. Desde hace milenios existen mercado y mercaderes, propiedad privada, dinero y usura. El capitalismo, en cambio, tiene unos trescientos años de vida. El capitalismo es centralmente un sistema de producción industrial de mercancías. Esta producción alumbra un gigantesco movimiento de socialización técnica del trabajo pero, a la vez, configura un excedente, igualmente gigantesco, que adopta la forma específica de beneficio de una minoría social. Tal excedente no sólo se destina al consumo privilegiado de esa minoría. Se destina, sobre todo, por imperativos de la propia concurrencia, a la ulterior valorización del Capital, a la autoreproducción del mismo en un proceso ciego y cada vez más incontrolado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 2). A mi entender, esta concepción del capitalismo es enteramente marxista e ignora, por ejemplo, la fundamental aportación de Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, escrita precisamente como réplica a El capital de Karl Marx.

Estamos ante un tema decisivo que conviene analizar con extrema atención, porque va a decidir el futuro del proyecto nacional-revolucionario como opción de izquierdas, hostil al liberalismo burgués, pero no al progreso tecnológico y a la neomodernidad que propugnamos. ¿Se trata, al fin y al cabo, de una cuestión meramente terminológica? Quizá. Veamos, para empezar, cómo describe Colomar el proceso de socialización al que conduce necesariamente el propio capitalismo: „reemplazo de la centralidad de la propiedad privada individual por la propiedad privada colectiva (sociedades anónimas), creación de oligopolios y monopolios, disociación de la gerencia respecto de la propiedad, formas implacables de planificación en el plano de la empresa, nacionalizaciones para rescatar a sectores del capital en crisis (en este momento, !en los USA!)... El Burgués nos sigue vendiendo manuales de liberalismo económico: su maqueta es un idílico mundo de competencia entre pequeñas empresas que se ajusta eternamente, mientras el Estado no intervenga, mediante el transparente juego de la oferta y la demanda. Pero el liberalismo es una representación primero errónea y luego mentirosa de la realidad. El dominio del Burgués ha sido posible solamente con la decisiva intervención del Estado -la acumulación primitiva de capital en Inglaterra a base de patentes de corso, tráfico de esclavos y expediciones coloniales- y se ha desplegado como la más brutal palanca de expropiación -primero de campesinos y artesanos, luego de empresarios pequeños y medios, finalmente, de los grandes capitales por otros mayores-, de cartelización, de planificación. !El Burgués nos ha enseñado el camino de la concentración técnica y financiera, de la anulación del sacrosanto mercado, de la planificación e incluso de la estatalización!“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., págs. 2-3). Parece evidente que es el propio Colomar quien contrapone liberalismo y capitalismo. El burgués se ha visto forzado, por la lógica interna del sistema capitalista, a emprender caminos que la doctrina liberal le prohíbe expresamente. No sólo eso, el capitalismo, que según Weber no es más que la racionalización de la esfera económica de la sociedad y no la mera producción en masa de mercancías, exige, por imperativos de racionalidad, la socialización, la planificación, la diferenciación entre gestión y propiedad, etc. ¿Cómo puede, por tanto, identificarse el capitalismo con el liberalismo y la burguesía? ¿No se trata, como en el caso de liberalismo y democracia, de dos conceptos diferentes? Esta es nuestra tesis y creo que, en el fondo, más allá de las palabras, Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa, la comparte también, aunque utilice una terminología diferente para referirse a lo mismo, con la subsiguiente confusión.

La cuestión central son los valores hedonistas e individualistas de la burguesía, heredera del judeocristianismo, que entran en colisión con la inercia racional que el propio sistema capitalista despliega volis nolis, circunstancia que reclama a gritos una alternativa axiológica y ética en profundísima ruptura con el presente: „el Burgués -dice Colomar-, atado irremisiblemente a las „categorías del individualismo“ (...) no puede sino propulsar a niveles cada vez más elevados la contradicción central de su mundo, en un proceso desbocado que se le va de las manos“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 3). Ahora bien, ¿podrá ser dicha alternativa moral otra cosa que la consumación de la racionalización misma en el plano de la existencia humana? ¿Qué consecuencias se desprenden de este imperativo, el cual va más allá de la destrucción de todos los mitos religiosos, ya sean hebreos o paulinos, ya musulmanes? En efecto, aquello que mantiene al burgués con las manos atadas al ayer es la herencia cultural judeocristiana, incluso allí donde, de forma despiadada respecto de los obreros que explota sin compasión, dudaría de haber roto con la misma, pues su egoísmo sigue siendo un pálido reflejo del individualismo religioso (la „salvación del alma“, la „vida eterna“, la suya). Y es en este punto donde entran Nietzsche y Heidegger en juego, porque únicamente estos autores nos ofrecen una pauta segura y coherente para afrontar el problema de los valores de manera que no confundamos los árboles con el bosque creyendo que basta con una crítica del „capitalismo“ para ubicarnos en un genuino espacio político nacional-revolucionario. Nada más equívoco que tales consignas. Nada más lejano de una auténtica revolución que semejantes trivialidades y lugares comunes. Dejo así abierta la cuestión, en el bien entendido que son, entre otros, estos temas, y no la magia, el esoterismo o los OVNIS de la Antártida, los que deben ser debatidos en los foros nacional-revolucionarios. E invito a los lectores del presente artículo a un estudio serio del citado trabajo teórico de Juan Colomar, que contiene una propuesta NR con capacidad suficiente para, por sí sola, elevar la disidencia a la altura de la crítica.

A la izquierda y contra la extrema derecha como enemigo a destruir

De las anteriores consideraciones se desprenden en cascada toda una serie de consecuencias, devastadoras para los Torrentes y otros gurús de la ultra, que rompen definitivamente la putrefacta amalgama de ultraderechismo y pretensiones presuntamente „revolucionarias“ o NR que han convertido esta sigla en el hazmerreir del periodismo liberal, y esta vez con razón. Por ello propongo que nos olvidemos ya también de la sigla „NR“, totalmente desacreditada, y empecemos a utilizar el término alternativo ND, „nacional-democrático“. En este artículo seguiré hablando de „nacional-revolucionarios“, bien entendido que con este término no me refiero a los grupúsculos ultras que acostumbran a utilizar el término, es decir, a desprestigiarlo de la manera más penosa.

El militante nacional-revolucionario de izquierdas (o „nacional-democrático“) no debe, desde el punto de vista ideológico, profesar ninguna religión de raíz judeocristiana o monoteísta (judaísmo, cristianismo, islamismo). Otra cuestión es que en los proyectos políticos NR se mantenga una actitud de laicismo y neutralidad religiosa, corriéndose un piadoso velo sobre la cuestión a efectos tácticos. En general, todas las creencias monoteístas descienden de la fe doctrinal en Yahvé, el dios de Abraham que ha institucionalizado, en sus versiones sagradas o laicas, la idea de un „reino de Dios“, llámese resurrección de los muertos, utopía, paraíso totalitario comunista, sociedad de consumo, cultura de la transgresión drogodependiente, mercado mundial liberal o cualesquiera de los espejismos criminales y versiones culturales de lo mismo que el futuro pueda todavía deparar. Todas ellas proceden de idéntico tronco doctrinal semítico, fuente de los valores felicitarios, raíz de la creencia en el supuesto final feliz de la historia y motivo de la negación de las dimensiones trágica, proverista y heroica de la existencia, arraigadas éstas, por el contrario, en el tronco indogermánico y grecorromano de la cultura europea. Efectivamente, Europa ha pagado muy caro el hecho de haber acogido en su seno, la sede de Roma, una religión semita. Los NR, quiénes si no, hemos de ser conscientes de las consecuencias de nuestros planteamientos y emprender una tarea rica en presagios y resonancias bíblicas, a saber: la desjuidaización axiológica -que no étnica- de nuestro solar histórico. Por ende, un militante nacional-revolucionario de élite no puede ser católico alegremente y deviene ajeno, ya sólo por este simple hecho, a toda complicidad de fondo con el campo ultraderechista español.

El enemigo político concreto del militante nacional-revolucionario europeo es la extrema derecha judía y su ideología religiosa, racista y supremacista, a saber, el sionismo, que ejerce un poder poco menos que sin réplica a escala mundial utilizando como brazo armado al ejército de los Estados Unidos, como central de propaganda los estudios de Hollywood (que evacúan regularmente las producciones cinematográficas sobre el Holocausto), y como sede física y epicentro simbólico de sus actuaciones criminales contra la humanidad la entidad sionista denominada Estado de Israel. El concepto central del racismo, la superioridad racial, fue definido por el judaísmo en términos de „pueblo elegido“ y llevado a la práctica en forma de asesinatos masivos y genocidas que el Antiguo Testamento describe con profusión y deleite. El proyecto liberal de globalización económica mundial, como antaño el comunismo y en sus orígenes la fe profética, no es más que el instrumento para la realización de los anhelos etnicistas inscritos en el judaísmo y secularizados por los sionistas, directrices de raigambre milenaria que implican la disolución de todos los pueblos de la tierra en el crisol de un mercado planetario empapado en valores hedonistas, individualistas, relativistas y materialistas, donde sólo el pueblo judío, en una posición económica, política y moral hegemónica, conservaría su identidad como garantía de su supuesta superioridad intrínseca.

En consecuencia, el militante nacional-revolucionario tiene buenos motivos para rechazar todo lo que hieda a extrema derecha, es decir, a religión monoteísta, a todo lo que exhale el tufo sanguinario del déspota del desierto llamado Yahvé, reflejo idealizado del faraón egipcio, cuando es precisamente este campo político „ultra“, y no la „democracia“, como se nos pretende hacer creer, el que decide actualmente -pensemos en la „justicia infinita“ de Bush- los destinos de la humanidad en el camino sin retorno hacia la realización de la locura sionista. Y es que, gracias a la ideología del holocausto, la extrema derecha judía es el único ejemplar en el mundo de esta corriente ideológica genérica -el catalanismo actual sólo suspira por ello- que puede actuar con total impunidad y sin que se la impute políticamente en cuanto tal. La postura nacional-revolucionaria de rechazo del racismo es así perfectamente coherente con la hostilidad ideológica hacia el sionismo (ultraderechista y racista) y con la doctrina de los derechos humanos, que debe permitirnos condenar y castigar los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados tanto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial cuanto por los propios sionistas en tierra palestina dos años después del juicio de Nüremberg y todavía impunes.

Ahora bien, el militante nacional-revolucionario no es un antisemita porque, en primer lugar, rechaza el racismo, constatada su procedencia religiosa, judía y sionista, como hemos visto ya, y en segundo lugar, porque hebreos son quienes están criticando con mayor ferocidad las ideas y las prácticas sionistas (pensemos en Chomsky, Finkelstein, Pappé, etc.). Por lo demás, es absolutamente impensable que la cultura europea se desprenda, sin amputar su propia sustancia, de las contribuciones culturales, filosóficas y científicas de infinidad de autores judíos que no por serlo desde el punto de vista étnico han de sustentar las ideas que rechazamos. Por el mismo motivo, el militante nacional-revolucionario de izquierdas („nacional-democrático“, ND) no tendrá empacho alguno en criticar el nazismo en cuanto inversión „aria“ del judaísmo del pueblo escogido y en aplicar a los crímenes del Tercer Reich el mismo rasero que al resto de los genocidios modernos. Y si no se actúa así de forma enérgica y decidida, renunciando a los paños calientes en las cuestiones clave que todo lo deciden, los NR volveremos a deslizarnos imperceptiblemente hacia el estéril espacio político de la extrema derecha.

El militante nacional-revolucionario, cuando se lo preguntan, se declara de izquierdas. Su postura no es un interclasismo de centro o un ninismo (ni.., ni...) supuestamente tercerista que resulta muy útil para maquillar las propias vergüenzas de sacristía (u horóscopo egipcio, tanto da). La palabra „izquierda“, expresamente reivindicada, es la piedra de toque para distinguir a los nacional-revolucionarios de los ultraderechistas y reaccionarios tradicionaleros. Dicha palabra, izquierda, identifica aquí sin ambages a los trabajadores, inmensa mayoría de la nación y únicos perjudicados por una criminal política de inmigración promovida por la derecha liberal y la ultraderecha sionista -en su proyecto de mercado mundial y crisol racial- que, en cambio, beneficia económicamente a las clases medias y no digamos ya a las altas oligarquías financieras que la han desencadenado con el fin de importar mano de obra semiesclava, allanar en mescolanza las diferencias culturales del planeta entero (devenido así mero „mercado“) y reventar el precio del trabajo. Por tanto, cuando alguien quiera saber si él mismo u otro forma parte de la ultra o del campo NR, sólo tiene que preguntar o preguntarse por su ubicación topográfica, a la izquierda, el centro o la derecha, del arco político parlamentario. Es fácil. No se trata de una cuestión ideológica (la palabra izquierda carece de sustancia o significado doctrinal), sino de puro significante, léase: de instinto político. La más mínima duda, la menor vacilación a la hora de responder, ya indica que no estamos ante un militante nacional-revolucionario. Por tanto, insistamos en ello: a la izquierda o con la extrema derecha. No existe, en nuestra coyuntura histórica actual, una alternativa a dicha dicotomía que permita, como antaño, eludir las responsabilidades y seguir siendo NR mientras, por otro lado, se codea uno con la escoria más rancia, patética e impresentable de la eterna reacción.

Jaime Farrerons
L'Escala, 13 de septiembre de 2008
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