viernes, noviembre 25, 2011

Adiós al intelectual de izquierdas

Pierre Trotignon, intelectual de izquierdas.

Como ejemplo de aquello que considero el "intelectual de izquierdas" en su última fase -o sea, antes de enmudecer en cuanto tal y recluirse en su cátedra universitaria-, puede resultar muy ilustrativo el filósofo francés Pierre Trotignon, quien en 1966 había pronosticado el año 1980 como término de prescripción para la destrucción de la burguesía y de la civilización europea a manos de un comunismo liberador afincado en la China de Mao. La traducción castellana del texto puede encontrarse en Sartre. El último metafísico (Buenos Aires, Paidós, 1968, pp. 16-26). Las diez páginas de Trotignon (bajo el título "El último metafísico") no tienen desperdicio. Transcribiremos algunos de los fragmentos a nuestro juicio más relevantes, que iremos comentando antes de llegar a la conclusión: el ocaso o extinción del intelectual de izquierdas, que debe elegir campo entre el filosionismo multiculturalista burgués más descarado, o una inédita izquierda nacional antisionista que todavía sólo despunta en tanto que mera virtualidad en sociólogos como James Petras.

Contra el proletario blanco

Trotignon argumenta que Sartre ha intentado salvar a la sociedad burguesa pero que ésta, al no escucharle, debe ser destruida. El artículo de Trotignon es un estallido de odio contra occidente, cuyo concepto incluye, no obstante, también al proletariado de raza blanca: "Hoy lo que se pudre, es la sociedad occidental en su conjunto, incluido el proletariado" (p. 24). En consecuencia, ya nada hay que esperar de los obreros, pues: "El arma de nuestra salvación se forja en otra parte, en el Sing-Kiang" (ibidem). Como sabemos, actualmente, lo que se forja en el Sin-Kiang es empero más bien la competencia de un Estado comunista-capitalista (síntesis perfecta de la alianza USA-URSS contra Alemania) que, gracias a una determinada forma de esclavitud laboral, puede arrasar los puestos de trabajo de los obreros occidentales con productos fabricados a bajo coste.  Sin embargo, Trotignon profetizaba en 1966 para 1980 lo que llamaba la Catástrofe, es decir, la extinción de la burguesía:

(...) debemos descifrar para comprender anticipadamente lo que los burgueses de 1980 -si quedan- llamarán Catástrofe y que será para nosotros el Advenimiento (p. 20).

La destrucción de Europa será, sin embargo, a este paso, la de su proletariado, no la de su burguesía. Y quienes encarnan el Advenimiento son los chinos, sí, pero justamente en calidad de feroces capitalistas esclavistas que gobiernan un Estado totalitario; el mismo que había de "liberarnos", según Trotignon. Tal inversión "racial" que pone en la picota al obrero o empleado blanco y que, de alguna manera, anticipa la nueva izquierda antropológica, ya estaba prefigurada, no obstante, en Trotignon, quien encarna una fase de transición del marxismo-leninismo clásico al tercermundismo y de éste al multiculturalismo racista antiblanco:

La obra de Sartre es ese gran esfuerzo de lucidez por el que percibimos que termina por fin la dominación terrorista del hombre blanco y de ahí que se acabe también la forma cultural de esa dominación (p. 18).

Recuerda Trotignon que en 1961 Sartre todavía creía que nosotros, los europeos, nos curaríamos de la enfermedad capitalista. Pero en 1966 Trotignon considera que el plazo ha prescrito:

Hoy hay que ir más lejos: sabemos que no nos curaremos. Vamos a morir de ese cáncer que ha devorado la libertad, arruinando el proyecto de Sartre al hacer desaparecer su objeto. Esto no lo diminuye en nada: Sartre ha intentado valientemente lo que se podía y debía hacer para salvar la sociedad burguesa del abismo en que decididamente quiere arrojarse (p. 19).

Pero lo que ha desaparecido no es la sociedad burguesa, sino, precisamente, el comunismo, el mismo que, en la visión delirante de Trotignon, debía traernos la libertad. !Estos eran los "intelectuales de izquierdas", de la vieja izquierda! De ahí que la izquierda nacional no constituya sólo una refundación a la izquierda de los rancios populismos anti-inmigración actuales, sino ante todo una refundación de la propia izquierda.


Defensa del terrorismo y exterminio de Europa

No se vayan todavía amigos, !aún hay más! Trotignon comienza justo en este punto su discurso de instigación al odio y violencia contra Europa, por el que no veo que -curiosamente- haya sido procesado o siquiera marginado en la universidad a pesar de las legislaciones represivas existentes en Francia. ¿Cómo se puede, si no, calificar lo que viene a continuación?

Consideremos nuestra sociedad, moribunda, desarraigada en su cultura, corroída por un escepticismo leucémico, seducida por una derecha que utiliza todos sus encantos para dividir, envolver, empantanar, suavemente agitada por una izquierda de cartón pintado, ciega a los problemas revolucionarios de la época, a los que juzga despreciables y molestos porque se plantean sin ella, fuera de ella y contra ella (...). La sociedad burguesa ya no puede ser modificada más que hacia una creciente tiranía. Es necesario, entonces, destruirla (ibidem).

Observemos la ambigüedad, pero también los aciertos del discurso de Trotignon. Éste reprocha a la izquierda reformista su traición, lo que es cierto, pero habla de ceguera, cuando el único ciego es él, incapaz -en plena "revolución cultural" maoísta, la mayor carnicería de la historia- de mirar de frente la realidad del comunismo a despecho de que una y otra vez reivindica la filosofía, la verdad, la necesidad..., como espadas en la lucha contra el escepticismo leucémico, el desarraigo, etcétera. Trotignon no distingue entre burguesía y proletariado, habla de "sociedad burguesa", pero "nuestra sociedad", merecedora de desaparecer, incluye a los trabajadores:

El único proyecto histórico coherente que hoy puede hacer un francés, si es filósofo, es desear la muerte de nuestra sociedad para que llegue la libertad.

El papel del filósofo se confunde con el del verdugo de la burguesía, lo que no deja de resultar atractivo, pero ese filósofo, en nombre de buenas razones, se abalanza, en medio de la confusión propia de esta izquierda radical internacionalista, contra su propio pueblo:

(...) por lo que se refiere a nuestra sociedad, es justo que ella desaparezca en el incendio que se prepara. Y en consecuencia la tarea filosófica de los intelectuales de nuestra generación es la de ser la enfermedad mortal de nuestra civilización sofística, la crítica radical, la subversión absoluta, y esto en nombre de la absoluta necesidad, de la ineluctable justicia que anunciamos. La filosofía debe arraigar en el discurso de la Necesidad, lo Absoluto (...) (p. 20).

!Habla, subrayémoslo, un intelectual de izquierdas en estado químicamente puro! !No se le puede pedir más! !Qué cerca de ciertas cuestiones fundamentales y, al mismo tiempo, qué lejos! Uno creería escuchar a un auténtico "fascista", pues, como sabemos y hemos argumentado aquí, el "fascismo" proviene de la izquierda, el "fascismo" es la imagen invertida, estigmatizada, de la etapa superior del desarrollo del proceso de racionalización occidental, pero la izquierda anarco-marxista, precisamente, ha forjado un espantajo para defenderse de él, para salvaguardar la herencia axiológica judeocristiana secularizada (el "amor", la "felicidad", el "progreso", el "paraíso"...), de la que teme con pavor desprenderse. El resultado es este escándalo de mixtificación, de contradicciones y de bochornos en boca de una izquierda anti-nacional incapaz de dar el último paso al frente, prefiriendo en su lugar la aniquilación de occidente (y, por ende, de sí misma). Trotignon, en efecto, no vacila en apelar al terrorismo:

J. P. Sartre, maestro de Trotignon

(...) la función que había sido asignada al filósofo en la cultura burguesa, ha sido, por así decirlo, reducida a la nada. (...) Es entonces necesario un esfuerzo reflexivo para crear los operadores intelectuales que permitan al filósofo hacerse entender nuevamente. Pero atención: hacerse entender no es despertar simpatía. Es propagar el terror. La filosofía de mañana será terrorista. No filosofía del terrorismo, sino filosofía terrorista, unida a una práctica política terrorista (p. 22).

No deja de tener el hombre su parte de razón y hemos intentado reflexionar sobre esta cuestión planteando la idea de una revolución democrática que no derramara ni una sola gota de sangre pero que, mediante instrumentos discursivos pacíficos, pusiera en evidencia el carácter criminal genocida de la oligarquía transnacional. En cierto sentido, se trata de una filosofía terrorista, siendo así que debe aniquilar, con la palabra, el edificio simbólico, construido también mediante el lenguaje (=narración histórica), del sistema oligárquico. En cualquier caso, es seguro que el cuestionamiento indirecto de "el Holocausto" que se desprende del agnosticismo activo respecto de la Shoah, será calificado de fascismo y, por ende, de terrorismo. Pero dicho enfoque estratégico excluye, para ser eficaz, precisamente la "práctica política terrorista", con la que su derrota -abstracción hecha de las cuestiones morales- resultaría inexorable vista la superioridad tecnológica aplastante del dispositivo de poder oligárquico. El potencial destructivo demoledor del dominio actual pone punto y final al concepto de la "violencia revolucionaria" y, con ella, al modelo de partido leninista. Parece llegada, paradójicamente, la hora del filósofo. Los intelectuales de izquierda, filósofos buena parte de ellos, tenían que haber detectado cuál era su rol, el filón de su fuerza y, sobre todo, el adversario a batir, el discurso o imaginario a "deconstruir": la "ideología del Holocausto" (Norman G. Finkelstein). No hay otra revolución posible. En lugar de ello, desde hace hace décadas atizan palos de ciego contra el "fascismo"; la ultra hebrea debe de dar saltos de alegría ante la tremenda "capacidad" de penetración intelectual de semejantes filósofos:

(...) nosotros somos los hijos de puta, de esa gran puta que es la sociedad de consumo, la sociedad tecnocrática, el establo universal del género humano (...) La cultura burguesa se ha suicidado, ha dejado el campo libre a algunos pequeños Führern (sic) mediocres e impotentes que instauran un fascismo intelectual, y cuya voluntad nihilista despista e insulta a los verdaderos filósofos. Es contra esa voluntad que debemos mantenernos en pie para filosofar.

!Un fascismo intelectual -toda una concesión, gracias, cuando hasta hace bien poco el "fascista" no pasaba de simple oportunista e irracionalista semianalfabeto- caracterizado como "voluntad nihilista" de pequeños Führern (sic) que no son verdaderos filósofos! Trotignon, un verdadero filósofo; Heidegger, un falso filósofo. Estos serían los adversarios de Trotignon: tan "fascistas" como puedan serlo, justamente, los antifascistas de Tel Aviv o Washington o Londres, y tan "nihilistas" como los cristianos fundamentalistas neocon o sionistas (ziocon). Pero, sea cual fiere el desvarío teórico, el resultado es siempre el mismo: la revolución antiburguesa (?) consiste en la obsesión racista de entregar Europa a moros, negros o chinos..., aunque sólo sea como avanzadilla de la ultraderecha judía. !La burguesía oligárquica filosionista se frota las manos con semejante "revolución"! !Ella misma ha hecho esa revolución! !Y pretende Trotignon -en estado de embriguez, quizá- que serán tales grupos étnicos "liberadores" los que nos redimirán -¿se referirá a la sharia?- de la sociedad de consumo, cuando precisamente vienen a Europa atraidos por ella! !Cuando la sociedad de consumo universal, globalizada, se constituye como el gran crisol donde los imperialistas hebreos, esgrimiendo "Auschwitz", pretenden diseñar la figura inocua del mestizo universal, clónico, plano, unidimensional, dócil y perfectamente manipulable, a las órdenes del "pueblo sacerdotal" augurado por la profecía mesiánica! Si existe alguna forma de hacer el ridículo, de demostrar que se es un no-filósofo (por decirlo suavemente) ahí tienen al "intelectual de izquierdas". Y, sin embargo, su función es esencial, no dejemos de leerle. Trotignon apunta, en parte, a aquello que tenemos el deber de erradicar: la sociedad de consumo. Pero se equivoca a la hora de identificar, si de verdad pretende en efecto acabar con la "gran puta" (sic), al enemigo político. Repite como un loro la cantinela conformista del antifascismo en el mismo momento en que amenaza con destruir la sociedad burguesa mediante atentados terroristas (estupidez táctica y ética donde las haya). ¿Se puede ser más incompetente y fraudulento? ¿Le resulta tan difícil de entender, a este "filósofo", que el discurso antifascista es precisamente el que le ha permitido convertirse en profesor universitario a pesar de incurrir en una descarada apología del terrorismo y, por lo tanto, que tales signos resultan sospechosos de identificar al auténtico poder oligárquico? !Compárese su carrera, por ejemplo, con la de un Roger Garaudy! ¿No lo ha visto o no ha querido verlo Trotignon, como la mayoría de sus correligionarios "progresistas" y colegas de profesión? Dejamos que el lector ensaye su propia respuesta.

Jaume Farrerons
25 de noviembre de 2011

domingo, noviembre 20, 2011

¿Es posible una revolución democrática? De la ortodoxia crítica al agnosticismo activo

Ernst Nolte, historiador alemán discípulo de Heidegger:
de la ortodoxia crítica al agnosticismo activo.

El 20 de noviembre de 2011 se cumplen cuatro años de la fundación de esta bitácora. Muchas cosas han cambiado desde entonces a nuestro alrededor, pero quizá lo más sorprendente es que el propio trabajo de acreditación de los hechos y de las ideas reflejados en la publicación de internet conocida en 77 países como Filosofía Crítica (una de las muchas que están erosionando, poco a poco pero inexorablemente, el discurso político oficial), nos ha cambiado a nosotros mismos por dentro. Hoy, en efecto, yo ya no aceptaría lo que entonces afirmé sobre -y es sólo un ejemplo- las cifras de víctimas del holocausto, sino que abriría un enorme y significativo interrogante, el cual tendrá más valor incluso -de cara a unos ciudadanos totalmente confusos al respecto- que la pura y simple "negación de Auschwitz". Otro tanto cabe añadir por lo que concierne al uso masivo y sistemático de cámaras de gas y hornos crematorios en un proyecto de exterminio del pueblo judío perpetrado por el Estado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. No niego, ni negaré nunca, que los judíos fueron objeto de persecución bajo el Tercer Reich, pero las características y dimensiones del suceso han sido, a mi entender, y ahora ya sin ningún género de dudas, exageradas y utilizadas con fines propagandísticos de dudosa moralidad. Finalmente, después de cuatro años estudiando el tema, entiendo que mientras sigan vigentes en Europa y el resto de occidente las leyes que persiguen y castigan a quienes osen cuestionar el relato oficial del holocausto, el deber de todas las personas con titulaciones universitarias no puede ser otra que hacer explícito un silencio-protesta universal contra el mencionado marco legal de represión antidemocrática.


De la ortodoxia crítica al agnosticismo activo

Para resumirlo: como Nolte, yo era un ortodoxo crítico cuando fundé este blog. Todavía aceptaba la cifra de 4 millones de víctimas judías, que se basaba en un manual de historia totalmente corriente y poco sospechoso de nazismo, a saber, la Historia Universal de la Editorial Siglo XX, tomo 34 El siglo XX. Europa 1918-1945, (1980), de R. A. C. Parker, en cuya página 407 leemos lo siguiente:

No se conoce exactamente el número de asesinados, pero parece correcto aceptar un mínimo de cuatro millones y un máximo de unos seis.

(Subr. mío, J. F.) !Un máximo de "unos seis" y un mínimo de 4 millones! El autor remite, en su nota 27, a las siguientes fuentes: L. Poliakov, "Quel est le nombre de victimes?", en "Revue d'Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale", octubre de 1956, pp. 88-96; G. Reitlinger, The final solution, Londres, 1953, pp. 489-501; R. Hilberg, The destruction of the european jews, Chicago-Londres, 1961, p. 767; H. Krausnick, en Buchheim et alia, op. cit. Obsérvese que la valoración se basa en publicaciones anteriores y posteriores al reconocimiento oficial de que nunca hubo cámaras de gas en los campos situados dentro de las fronteras políticas del Reich (Martin Broszat, "Die Zeit", 19 de agosto de 1960). De ahí quizá la enorme horquilla en se abre entre los 4 y los 6 millones, pero utilizando en el otro extremo la curiosa expresión "unos seis", que podría significar cinco y medio. En su obra La revisión del holocausto (Madrid, 1994), un auténtico fraude pseudo científico ampliamente refutado por el revisionista E. Aynat, César Vidal sostiene que "el número total de judíos asesinados por los nazis fue cercano a los seis millones de personas" (op. cit., p. 153). ¿Qué significa "cercano"? ¿Cuatro millones es "cercano" a "unos" seis? Las vacilaciones de los autores ortodoxos precríticos resultan tan notorias, que no hace falta ser precisamente un "nazi" sediento de sangre para esbozar una sonrisa ante esta "ciencia" tan poco rigurosa.

Andreas Hillgruber, historiador alemán
denostado por César Vidal.

Acepté los cuatro millones (el mínimo de R. A. C. Parker) porque el autor de este blog era ya entonces crítico, pero dentro de la ortodoxia. En cuanto a las cámaras de gas, ya habían sido, comos sabemos, relativizadas por Goldhagen, otro ortodoxo que me resisto a calificar de crítico, en Los verdugos voluntarios de Hitler (1996). Ortodoxia crítica es más bien, por ejemplo, la de Ernst Nolte, quien roza en ocasiones el agnosticismo:

Cuando las reglas de examen de testigos se hayan generalizado y ya no se evalúen las declaraciones objetivas de acuerdo con criterios políticos, sólo entonces se habrá construido una base sólida para el esfuerzo por lograr objetividad científica respecto a la "solución final" (Nolte, E., La guerra civil europea, 1917-1945, FCE, México, 2001, pp. 485-486, n. 106).

Hoy, después de varios años estudiando el tema y de conocer los cambios en las placas de Auschwitz acontecidos tras la caída del comunismo, en las cuales se pasó de cuatro millones de víctimas a un millón y medio en este campo, mientras Hilberg introduce, entrado ya el siglo XXI, nuevas "rebajas" en la reciente reedición de su monumental clásico, yo, que aprendí a sumar y restar en la escuela, he optado por esgrimir mi derecho a la duda.

Nada nos obliga a "confesar" nuestra postura heterodoxa sobre el holocausto. Las cifras de víctimas judías, las causas de su muerte, etcétera, ya se veránPero sólo !cuando la investigación de los hechos sea verdaderamente libre y los ortodoxos precríticos acepten un debate público que respete las normas y principios de la "comunidad ideal de diálogo" (Habermas)! Mientras una pistola apunte a la cabeza de los heterodoxos críticos y de nosotros, los agnósticos, tenemos el derecho -y el deber- de negarnos a hablar, ya sea como investigadores, ya como ciudadanos. Esta es la situación a la que el revisionismo nos ha conducido, desde Paul Rassinier a Robert Faurisson, con la sola fuerza de sus razones.

En cambio, podemos y debemos manifestar nuestro agnosticismo activo como protesta cívica ante la represión brutal -que incluye, en algunos casos, la agresión física y el asesinato- de los historiadores e investigadores críticos y de los heterodoxos en general. Los promotores de este agnosticismo activo se abstendrán así de participar en actos de conmemoración de la Shoah, de "condenar" el holocausto y de emitir mensajes favorables a los beneficiarios de la propaganda oficial sobre el tema, a saber, los sionistas y el Estado de Israel, hasta que las leyes lesivas de la libertad de expresión, en Europa y occidente, sean derogadas. En general, renunciarán al lenguaje "antifascista", consistente en calificar de "fascista" cualquier atrocidad genocida, incluidas las de los propios israelíes contra los palestinos. Este lenguaje no es inocente y sólo sirve para exonerar a los verdaderos asesinos, que no son necesariamente fascistas sino, en muchas ocasiones, demasiadas, sionistas o comunistas o liberales. !Basta de propaganda! !Las cosas por su nombre! 

El agnosticismo que propongo no es sólo activo por su abstención cívica, sino, ante todo, porque debe promover, mientras coloca su grave interrogante sobre el discurso victimista del sionismo, el conocimiento histórico de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, ya en la posguerra, por el Estado de Israel (la Nakba). Se trata de sentar a los fiscales y jueces de Nüremberg en el banquillo de los acusados para que respondan por sus asesinatos de masas. Omitir este deber y seguir hablando de "derechos humanos" convierte a quienes así se comporten en miserables hipócritas.

La estrategia defensiva de negar el Holocausto pertenece a los revisionistas, entendiendo que debe establecerse entre ellos y los agnosticistas críticos una distinción de principio que Chomsky ha marcado con claridad. Así, mientras reivindicamos el derecho de los revisionistas a cuestionar la narración hollywoodiense de la Shoah, nosotros, lo subrayo, no nos vamos a pronunciar sobre el número de víctimas judías o el supuesto uso sistemático de cámaras de gas, hornos crematorios y cuestiones semejantes; pero en cambio, sí denunciaremos las atrocidades simbolizadas por nombres como Dresden, Kolymá, Hiroshima y Palestina. Esta estrategia contra los criminales que nos gobiernan no es, por tanto, meramente (auto)exoneradora, sino ofensiva. Se trata con ella de reivindicar la legislación vigente sobre derechos humanos siguiendo el "modelo ADECAF" (verdadero laboratorio experimental de este pensamiento y praxis en las prisiones catalanas), documentando los hechos con rigor, y de interponer los procesos judiciales correspondientes ante tribunales competentes, reclamando, en su defecto, la constitución de los mismos; de alertar, en suma, sobre el doble rasero de las instituciones pseudo democráticas a la hora de aplicar dicha legislacíón "humanitaria".

Podemos acreditar la impunidad, incoherente con la normativa internacional vigente de derechos humanos la evidencia de:

  • 100 millones de víctimas del comunismo,
  • de 8 a 13 millones de víctimas del genocidio planificado y perpetrado contra el pueblo alemán (1941-1948),
  • los crímenes contra la humanidad perpetrados por el Estado de Israel contra el pueblo palestino y
  • el uso de bombas atómicas contra la población civil japonesa como crimen de guerra. Entre otros.

El prof. Dr. Klaus Hildebrand,
quien el 31 de julio de 1986
desató la indignación antifascista
con sus declaraciones en "FAZ".
La criminal impunidad de tales atrocidades -que nadie se atreve cuestionar: limítanse, los "intelectuales" y políticos, a ignorarlas- representa el mayor abono concebible para la duda respecto de que la exagerada o manipulada narración del holocausto y la persecución de los investigadores revisionistas no sea más que un aspecto en la comisión de las mismas. La demolición crítica de las "narraciones" (cinematográficas, literarias, periodísticas, historiográficas...) utilizadas para legitimar a los vencedores de la II Guerra Mundial, es decir, a los mayores asesinos de masas de la historia, y la acreditación teórica, jurídica y política de la realidad de sus fechorías impunes, forman también, por tanto, las dos caras de la moneda de un hecho histórico unitario. 

Tal planteamiento puede parecer más "moderado" que el puramente heterodoxo crítico (o revisionista) en orden a cuestionar la criminalidad del sistema oligárquico transnacional -el enemigo político de la filosofía crítica-, pero los historiadores ortodoxos, en realidad auténticos ideólogos (sionistas) que gestionan la "historia" como fuente de legitimación del poder oligárquico, han expresado ya su temor ante el desarrollo de lo que ellos llaman un nuevo revisionismo "banalizador", basado menos en el cuestionamiento inequívoco del holocausto que en la contextualización a los abusos cometidos por Alemania, sobre cuyas dimensiones y características omite aquél pronunciarse por razones obvias.

¿Cómo sería posible una revolución democrática?

El agnosticismo activo respecto de la historia del holocausto responde también, por otro lado, a la pregunta: ¿cómo sería posible la revolución hoy? Parece evidente que, por una simple cuestión material, las revoluciones violentas están condenadas al fracaso. Los medios tecnológicos con que cuenta la oligarquía son de una capacidad destructiva tan aplastante, que la añeja fórmula romántica "el pueblo unido jamás será vencido", entendiendo por tal el irresistible peso casi físico de la mayoría, ya no puede considerarse más que una añoranza poética del pasado. Sin embargo, en contrapartida, hay que decir que el sistema oligárquico no gobierna por la fuerza, sino mediante la manipulación y que, en este sentido, depende de la creencia subjetiva masiva en la existencia de una legitimidad democrática. El sistema oligárquico no puede utilizar así, contra la gente, de manera indiscriminada, el poder de que dispone sin deslegitimarse de forma automática. El sistema reprime y silencia a los disidentes, ensordeciendo además esta represión, pero debe renunciar a regañadientes a aplicar semejante estrategia a gran escala, por lo menos en los países centrales (otra cosa es Bagdad o Gaza). En consecuencia, tanto de un lado como de otro, la victoria y la derrota se deciden en el terreno de lo simbólico, es decir, de la ideología.

César Vidal, propagandista  sionista.

La victoria sobre el sistema oligárquico sólo puede ser incruenta y debe aceptar pues, como premisa metódica, la prohibición de derramar una sola gota se sangre (aunque no cabe duda de que el sistema ya está utilizando los asesinatos selectivos para eliminar a sus críticos, la merecida respuesta popular sería calificada de "terrorismo" y abortada sin contemplaciones). ¿Existe, por tanto, alguna vía estratégica para la revolución? A mi entender, sin duda la hay, a saber: la revolución pacífica por excelencia es la negación de la narración oficial del holocausto. La falsación rigurosa de este mito oficial y la caída de la oligarquía señalan el haz y el envés de un único proceso de transformación histórica. Y a la inversa: no hay derrota de la oligarquía si se perpetúa, de una u otra manera, el mito de Auschwitz y la ideología antifascista (o su lenguaje y hasta su jerga vulgar).

Ahora bien, dicho esto, conviene advertir que en la actualidad resultará estéril o asaz costoso abordar el cuestionamiento del mitema central de la Shoah -los 6 millones y las cámaras de gas- de manera frontal. El motivo es que resulta imposible criticar el antifascismo sin caer en la trampa simbólica de la identificación automática con el neofascismo. Tanto la fábula de Auschwitz como la jerga antifascista deben ser rodeados por los flancos poniendo en primer plano los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores. Sólo entonces, el postulado en que se sustenta el antifascismo y, por tanto, el relato fraudulento u obscenamente exagerado sobre "Auschwitz", caeria por su propio peso. En cambio, el cuestionamiento lineal y monotemático del antifascismo nos condena a soportar el estigma de fascistas y, una vez más, a embarrancarnos y enlodarnos en las eternas escaramuzas defensivas de los negacionistas.

El sionismo no puede ser derrotado mientras los críticos deban defenderse y ocupar todas sus fuerzas en una exculpación frente a la imputación "demoníaco-inquisitorial" de ser fascistas. Y ya sabemos que esa difamación recae incluso sobre personas como Chomsky, que no han dicho nunca ni una sola palabra respecto del plan Kaufman-Morgenthau de exterminio del pueblo alemán, por poner un ejemplo. La victoria sobre el adversario oligárquico sólo se producirá por deslegitimación política cuando éste sufra un ataque simbólico (discursivo) de carácter plenamente democrático que ponga en flagrante contradicción los propios discursos jurídicos humanitarios del sistema, por un lado, y la realidad impune de los crímenes de masas que ha perpetrado, por otro. La red es el punto de partida de esta revolución. Y ello sin que se nombre para nada a Auschwitz o al fascismo, lo que de alguna manera me desautoriza personalmente para realizar esta tarea, pues quien suscribe llega ya demasiado lejos incluso haciendo públicas estas palabras. Pero alguien totalmente limpio de polvo y paja puede poner en marcha el proyecto del agnosticismo activo. En cualquier caso, mientras ese alguien no aparezca, nosotros mismos estamos ya volis nolis en el quehacer de desafiar al poder desde la izquierda y los derechos humanos, es decir, desde valores como la verdad racional, la justicia social y la libertad democrática, signos que el sistema oligárquico no puede negar sin abjurar de sus propios fundamentos, pero que no puede tampoco lógicamente afirmar mientras atenta contra la libertad de expresión y mantiene simultáneamente en una vergonzante impunidad los crímenes de masas más horrendos que la historia registra.. La única esperanza del sistema oligárquico, que también hace aguas por otras brechas, es expulsar dichos crímenes de masas fuera de la conciencia y de la visibilidad públicas todo el tiempo que le sea ya posible. Para ello cuenta con la inestimable colaboración de los medios de comunicación, de los políticos profesionales y de una intelectualidad cobarde, mentirosa, corrupta y adicta a las delicias del pesebre institucional. Nuestra guerra es ésta: romper el cerco de silenciamiento represivo contra la verdad, hacer llegar, en discursos intermedios ubicados entre la ciencia/filosofía y el periodismo (como es el caso de este blog) un mensaje de duda razonable a la mayoría de los ciudadanos, generando a la par estructuras asociativas, políticas, sindicales y culturales que nos permitan emplazar nuestros "cañones" meramente infomativos en el espacio de una neo izquierda ilustrada de carácter patriótico, socialista y nacional-popular.

Para demoler la narración oficial sobre el holocausto, hito histórico que pondrá fin pacíficamente a la dominación de la oligarquía sionista, es necesario olvidarse, por tanto, durante cierto tiempo, del propio holocausto, así como del "fascismo". Hay que rehuir también, consecuentemente, y en este caso ya para siempre, a la extrema derecha en todas sus formas: católica, racial, identitaria, franquista, franco-falangista... Es menester institucionalizar un espacio social y simbólico nuevo, al que hemos denominado la izquierda nacional. Un lugar erigido sobre los pilares de los derechos humanos, la defensa de la democracia, la justicia social y, más importante todavía (porque es este aspecto aparentemente insignificante el que lo cambia todo) la verdad racional. Será, en efecto, el signo de la verdad racional, silenciosamente contrapuesto a la "felicidad del mayor número", el que nos permitirá transitar de la izquierda internacionalista marxista a la izquierda nacional heideggeriana. Se trata de algo tan radical, tan profundo en su trascendencia, que podría sustraerse a la vista de un contemplador superficial desconocedor de la filosofía. Pero en dicha apelación a la verdad racional resta marcada, de manera definitiva, la diferencia entre los heterodoxos (carne de la represión sistémica) y los agnósticos activos, quienes hemos dejado atrás el fascismo experimentándolo hasta el final sin tener, por tanto, que disimular un doble lenguaje.

El historiador alemán Joachim C. Fest, otra
bestia negra del sionista Vidal.

Estamos señalando, como se ve, la dirección de un camino, una hoja de ruta, que no nos obliga a enzarzarnos, de buenas a primeras, en la cruenta guerra de desgaste del negacionismo de Auschwitz, cuyas conexiones con el neofascismo, aunque a menudo exageradas, no dejan de ser ciertas en demasiados casos. Pero este camino no sólo ha de resultar transitable, sino, de alguna manera, necesario, exigido por la propia lógica de la historia de Europa. Al hablar de filosofía crítica, agnosticismo activo e izquierda nacional es necesario contextualizar la circunstancia en la que nos encontramos; sólo ésta permite otorgar su verdadero sentido a tales conceptos y directrices de acción. Ya no se trata únicamente de una crisis del discurso relativo a Auchwitz provocada por décadas de lucha revisionista en internet, con decenas de héroes y caídos que han sacrificado su profesión, su salud y hasta su vida por la causa europea; es que la crisis económica y la crisis de legitimación de las instituciones provocada por la corrupción política, la asfixiante y desvergonzada tiranía de la alta finanza y el consiguiente desmantelamiento oligárquico galopante de hasta las meras apariencias de una democracia social, generan por sí mismos el terreno más receptivo y fértil para el discurso crítico del agnosticismo activo y, por ende, para la acción política de la izquierda nacional. Será el éxito político, primero local, luego regional y finalmente estatal, el que posibilite el acceso a las instituciones académicas cuya revisión de la historia contemporánea pondrá fin a las manipulaciones entorno al holocausto. Tras el desenmascaramiento de aquéllas, no se hará esperar el desmoronamiento del poder de la oligarquía, expulsado al otro lado del Atlántico si, como creemos, es Europa la primera región del planeta que hace suya, como forma de vida, la Gran Verdad de la Finitud, fruto granado de dos mil años de pensamiento filosófico.

El tiempo está cerca. El año 2012 puede ser decisivo en esta lucha que habrá de refundar la cultura europea y arrastrar consigo, junto a Auschwitz, el otro gran mito del sepulcro vacío, tradición profética y mesiánica judeocristiana que escóndese en el germen de la decadente sociedad de consumo actual en tanto que mera secularización judía del reino del Dios Yahvé. Esa promesa falaz, que permitió hace milenios implantar el fraude consciente de un estafador hebreo, Saulo de Tarso, en las tierras griegas paganas y gentiles de la filosofía, la ciencia y la razón, arrancando de raíz el espíritu trágico-heroico de la gran tradición indoeuropea; que engañó a los pueblos con imágenes estupefacientes de "felicidad" en el "más allá" y otras fábulas (de las que el holocausto no es más que la oscura contraparte infernal, asimismo secularizada en forma de ideología política antifascista), esta doctrina fuente de todas nuestras desgracias universalistas, sostengo, debe caer también con la Shoah, el imperialismo yanqui y el Estado de Israel. 

Todos aquellos europeos de espíritu que, en el mundo, puedan y quieran aportar sus fuerzas a la batalla, deben hacerlo ahora: no habrá una segunda oportunidad para nuestra causa.

(post en elaboración y abierto a críticas o aportaciones)


Jaume Farrerons
20 de noviembre de 2011

lunes, octubre 31, 2011

La invención del holocausto en 1919 o el derecho a poder dudar

¿Cuántas probabilidades contaríanse de que en 1919 apareciera un artículo de prensa clamando por un inexistente e inventado holocausto de 6 millones de hebreos en Alemania y "sucediese realmente" eso, un "hecho" bautizado con la misma palabra y cifra exacta de víctimas, pero no en 1919, sino  en 1943? ¿Una posibilidad entre un billón? La verdad es que resultaría prácticamente imposible que se diera tal circunstancia de forma azarosa; y el más elemental sentido común fuerza a pensar en un nuevo fraude, tan grave como el original, pero quizá organizado de forma algo más meticulosa. Sin embargo, preténdese, sin dar más explicaciones, que no hubo fraude alguno, que tuvo lugar semejante "casualidad".  ¿Cómo?

El holocausto antes del holocausto

A nuestro entender, esa "casualidad" pertenecería, ora del mundo de la magia (y entonces olvidémonos de la historiografía científica), ora a las cloacas estatales de la manipulación de masas (y entonces no vivimos, desde hace ya mucho tiempo, en una democracia).

Pues bien, en efecto, lo relatado no procede del guión de una película, ha "ocurrido". El 31 de octubre de 1919, el político norteamericano Martin H. Glynn alertaba en "The Crucifixion of Jews Must Stop!" (!la crucifixión de los judíos debe cesar!), publicado por "The American Hebrew", sobre el "potencial" exterminio alemán de 6 millones de judíos; además, calificaba el "hecho" de "holocausto". No es el único anuncio milagroso ligado al vocablo "holocausto" y a la cifra de víctimas que luego iba a convertirse en "verdad obligatoria" para todos los historiadores que quisieran conservar su plaza funcionarial de profesores universitarios; un dígito, ese "6", se mantiene contra viento y marea a despecho de las aplastantes evidencias de exageración propagandística. Lo cierto es que los alemanes no dejaron morir de hambre a seis millones de judíos después de la Primera Guerra Mundial, como tampoco "devoraron" o cortaron los dedos de niños (bebés) belgas por mucho que las afirmaciones de la propaganda británica adoctrinaran a millones de personas en este sentido. Que después de la Segunda Guerra Mundial los alemanes hicieran lo que se les acusó en falso de hacer después de la Primera, suena poco menos que a cuento incluso para aquellos que, como nosotros, consideramos que la persecución nazi de los judíos y las víctimas judías de Hitler no son tampoco un puro invento. En cualquier caso, los historiadores no parecen tener respuesta frente a tales evidencias de estafa. Prefieren ignorarlas. Este silencio resulta sospechoso y no hará más que alimentar las crecientes dudas de la opinión pública sobre el relato oficial de Auschwitz en un momento en que la credibilidad de las democracias occidentales hace aguas por todas partes. !Va llegando la hora! Se aproxima el tiempo de la Gran Verdad. Cada minuto que pasa, nos aproximamos un poco más a la revelación pública del mayor escándalo de la historia humana. Invito a todas las personas decentes a tomar partido; a poner su granito de arena para sentar en el banquillo de los acusados a los criminales genocidas impunes que en la actualidad, como insectos voraces, pueblan las instituciones públicas del mundo occidental robando, mintiendo y masacrando a víctimas inocentes mientras enarbolan, como patente de corso, la bandera del "antifascismo".


Una simple comprobación en Wikipedia permite verificar que el citado artículo de Glynn no es una treta de "perversos neonazis":


Da la medida, Glynn, de lo que es un politicrastro yanqui. Wikipedia parece incapaz de explicar el caso. Lo único que sugiere esta enciclopedia sionista universal es que las "coincidencias" del artículo de Glynn con el posterior relato oficial del holocausto (un escrito que, insistamos en ello, constituyó una patente denuncia falsa emitida por todo un gobernador del Estado de Nueva York) , han venido siendo explotadas por los negacionistas del genocidio judío:

The Crucifixion of Jews Must Stop! is an article by Glynn that appeared in the October 31, 1919, issue of The American Hebrew lamenting the poor conditions for European Jews after World War I. Glynn referred to these conditions as a potential "holocaust" and asserted that "six million Jewish men and women are starving across the seas". Because of these coincidences, the article has been exploited by Holocaust denial groups.

No se atreve, la mendaz Wikipedia, a dar una explicación lógica que abunde en dichas coincidences ("coincidencias"). Y no lo hace porque no existe ya sea la mera posibilidad de una tal argumentación. Para empezar, la entrada de Wikipedia ni siquiera aclara que las acusaciones de Glynn eran puras patrañas. Se nos presenta al mentiroso Glynn, y al diario que le publicó la fábula, "The American Hebrew", como personas e instituciones dignas de crédito a pesar de haber acusado fraudulentamente a Alemania de perpetrar un genocidio. No importa que Glynn difamara al Estado alemán con una calumnia de semejante calibre. Lo único que subraya Wikipedia es la "explotación" que los holocaust denial groups han hecho de las misteriosas "coincidencias" entre el relato (fraudulento) de Glynn y el relato (presuntamente cierto) del holocausto de 6 millones de judíos a manos del régimen nacionalsocialista.

El derecho a dudar

Antes de continuar quisiera recordar cuál es el destino de los disidentes y de los críticos de la utilización abusiva del mito del Holocausto como arma propagandística. Nada menos que un judío norteamericano, cuyos padres sobrevivieron al gueto de Varsovia, autor del libro, mundialmente famoso, La industria del holocausto:

http://nymag.com/news/intelligencer/41838/

Beached


The Coney Island exile of a scholar who would be Noam Chomsky, but isn’t.

By Ben Harris Published Dec 8, 2007 .

At 54, Norman Finkelstein is pretty much back where he started. This summer, the leftist scholar—who made a name for himself in 2000 with his book The Holocaust Industry, in which he called Jewish leaders a “repellent gang of plutocrats, hoodlums, and hucksters” intent on extorting war reparations from European governments—lost his job as assistant professor of political science at DePaul University. Fortunately, he kept the lease on his late father’s threadbare rent-stabilized apartment, on Ocean Parkway, and there he’s retreated.


“It’s like death,” Finkelstein says. “You keep saying you’re going to die, but you never really come to grips with it. And I can see I’m not going to get another job. I haven’t yet fully absorbed it.”


His days are now spent in solitary scholarly pursuits; his bookshelves buckle under the weight of tomes by Marx, Lenin, and Trotsky. Notes of support from his students sit on a piano; there’s a photo of him and Noam Chomsky (“my closest friend”) bare-chested on the beach at Cape Cod.


He was a Maoist revolutionary in his youth. By his own account, his academic career was bedeviled from the start by his politics: It took him thirteen years to wrest his doctorate from Princeton, since no faculty member would agree to advise him on his thesis, an analysis of Zionism. When he finally did earn the degree, none would write him a recommendation. He went on to take a series of adjunct posts—at Brooklyn College, Hunter, and NYU—rarely earning more than $20,000 a year.


At DePaul, where he arrived six years ago, his situation improved. But the success of The Holocaust Industry, which was translated into over two dozen languages and was a best seller in Germany, raised his profile, and the critics mobilized. Harvard’s Alan Dershowitz waged a fierce campaign against him, preparing a dossier of Finkelstein’s “clearest and most egregious instances of dishonesty.” Still, his department, and the college, recommended him for tenure. But the university’s promotion-and-tenure board voted 4-3 against him, and DePaul’s president refused to overturn the decision.


Afterward, Finkelstein says, he lost seventeen pounds. “People saw me wasting away,” he says. A student group held a hunger strike; Chomsky and others defended him. One of his colleagues made him a mix CD with tracks like “I Will Survive” and “What’s Goin’ On?” “I’m an old fan of the Negro spirituals,” Finkelstein says. “I was going around singing to myself, ‘Were you there when they crucified my Lord? Were you there?’ That’s how I felt. I was being crucified by the end.”


The son of survivors of the Warsaw ghetto and Nazi death camps, Finkelstein was raised in Borough Park and later Mill Basin, where he attended high school a few years behind Chuck Schumer. His parents became atheists after the war.


His new building remains heavily Jewish. A friend of Finkelstein’s father once approached him in the lobby and urged him to tone it down. “Norman,” he told him, “you’re getting older, and all the old-age homes are owned by Jews. If you keep this up, you’re not going to have anywhere to go.”


¿No son las vergonzantes represalias sobre las que incide este artículo un inequívoco indicio de fraude entorno al holocausto? ¿Por qué se persigue, en una "democracia", a académicos judíos con familiares afectados por la persecución nazi, sólo porque han denunciado la exageración, el uso y abuso, la manipulación, etc., de dicho genocidio en provecho de una organización criminal, a saber, el Estado de Israel? ¿Existe realmente libertad de pensamiento en occidente? ¿Podemos cuestionarnos determinadas materias sujetas a opinión y debate sin temor a ser sometidos a ostracismo profesional, muerte civil o incluso algo peor?

Otro testimonio de que la crítica de ciertos dogmas no responde necesariamente a "oscuras intenciones", sino que puede estar motivada por un afán de arrojar luz sobre hechos, ideas y procesos varios, por la voluntad, en una palabra, de reivindicar la verdad, la justicia y la libertad, lo ofrece la figura de James Petras. ¿Escucharía alguien sin sonreír la acusación de que Petras es un neonazi encubierto, un querulante buscapleitos, problemático y conflictivo, que sólo pretende atormentar a los judíos, y así la encarnación del "mal radical", del "fascismo"? Sin embargo, vénse algunas de las tesis sobre el sionismo (y su nefasta influencia en la política de los Estados Unidos de América) de este sociólogo de izquierdas:

http://izquierdanacionaltrabajadores.blogspot.com/2011/12/james-petras-el-sionismo-es-el.html

http://izquierdanacionaltrabajadores.blogspot.com/2011/01/informe-petras-6-9-2010.html

Quisiera puntualizar y aclarar estas cuestiones para que no quede ningún resquicio de duda respecto de cuál es el campo ético y político donde cultivo mi crítica filosófica, sin que ello implique que comparta al cien por cien las posturas de Petras o Finkelstein. Dicho espacio simbólico es el de la izquierda nacional democrática, adversaria del capitalismo financiero, la globalización y el Estado de Israel. Sólo aspiro a subrayar la posibilidad de una filosofía crítica auténtica que apele a la verdad racional, la justicia social y la libertad democrática como valores supremos; a demostrar que no se debería ser necesariamente sospechoso, incluso cuando cuestiónase la historia oficial del fascismo (adulterada para servir a los propósitos de auténticos genocidas), de militar en la extrema derecha. No es menester oponerse a la democracia griega como concepto -todo lo contrario- a efectos de atacar la ideología sionista, es decir, aquella construcción teórica doctrinaria que sustenta la mitología de los criminales que gobiernan el hemisferio occidental desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, ¿qué pasaría si un fascista dijera la verdad? ¿Dejaría de ser verdad la verdad por la idiosincrasia política del sujeto que la sustenta? ¿A qué tipo de pensamiento pre-ilustrado habría que acudir para refutar un argumento con la coartada de que quien lo proclama "es de extrema derecha"?

!Pero, agárrense, esa "refutación" se utiliza! !Vaya si se utiliza en nuestras "democracias" burguesas pagadas de su racionalidad y la boca siempre repleta a rebosar de imputaciones de irracionalismo contra los "nazis"! Y se la utiliza no con cualquiera. Voy a acreditar lo dicho con el caso de Noam Chomsky, el lingüista más importante del planeta, alguien que, para más inri, es también judío y de izquierdas. También a él le acusan de "nazi" las hordas de sionistas y filosionistas. Célebre y clásico es ya el opúsculo Compañeros del odio: Chomsky y los negadores del holocausto (1985), de Werner Cohn:

http://www.liberalismo.org/articulo/47/14/4/companeros/odio/noam/chomsky/negadores/

http://revista.libertaddigital.com/chomsky-defensor-del-nazismo-1276229172.html

http://espanaisrael.blogspot.com/2011/03/chomsky-defensor-del-nazismo.html

Reproducimos aquí íntegro el infame panfleto de Gorka Etxeberría; que cada cual que juzgue por sí mismo quienes son aquí en realidad los "compañeros del odio":

Para entender la curiosa relación de Chomsky con los neonazis hay que explicar brevemente quién es Robert Faurisson a quien Chomsky ha defendido públicamente hasta el punto de prologar uno de los más insidiosos títulos del profesor francés. Faurisson, fue catedrático de Literatura en Lyon pero fue expulsado por su atroz antisemitismo.



Chomsky en su odio hacia los Estados Unidos e Israel ha llegado a caer en el antisemitismo y en apología de los neonazis. En este artículo comentaremos lo más granado del ensayo de Werner Cohn, Chomsky and the Holocaust Denial, publicado en el libro The Anti-Chomsky Reader en el que explica la relación del famoso lingüista estadounidense con la extrema derecha francesa.


La editorial Institute for Historical Review, una organización neonazi que se dedica a negar la existencia del Holocausto judío, ha publicado varios títulos de Chomsky ya que según ellos, el profesor del MIT, “arroja luz como ningún otro, sobre Israel, el sionismo y la complicidad estadounidense”. Pero este no es el único elogio que le dispensan los neonazis.

Para entender la curiosa relación de Chomsky con los neonazis hay que explicar brevemente quién es Robert Faurisson a quien Chomsky ha defendido públicamente hasta el punto de prologar uno de los más insidiosos títulos del profesor francés.

Faurisson, fue catedrático de Literatura en Lyon pero fue expulsado por su atroz antisemitismo. Este oscuro personaje que califica a la negación del Holocausto de “revisionismo” ha llegado a decir que las cámaras de gas con las que Hitler se quitó de encima millones de judíos, son un mito propiciado por Israel y el sionismo. Entre otras de sus mentiras se encuentra la de que si Hitler actuó contra los judíos fue, en todo caso, porque aquellos querían acabar con él. Como se pueden imaginar el cúmulo de demandas por difamación que acumula este nazi, se cuentan por decenas. A Faurisson le da un poco igual porque parece que cuenta con un prestigioso adalid de su causa.


Según el ayatolá de la izquierda irredenta, hay que defender a Faurisson por mor de la libertad de expresión. Así ha llegado a aseverar que “quien defiende la libertad de expresión no tiene por qué ser especialmente responsable o estar familiarizado con los puntos de vista que defiende”. Evidentemente, este principio de tolerancia tiene un tope, no defender a aquellos que mienten y justifican el asesinato en masa. Lo triste del caso es que Chomsky firmó y promovió un manifiesto en defensa de Faurisson en el que las perlas brillaban por doquier: “el doctor Faurisson ha sido objeto de una cruel campaña de acoso (...)” a pesar de que “desde 1974 ha venido estudiando minuciosamente (sic) el tema del Holocausto”.


Junto con estos detalles que denotan que Chomsky tiene cierta atracción por el totalitarismo, se encuentran otros aún más sorprendentes como el hecho de que el profesor del MIT quisiera que la publicación de uno de sus libros en Francia, The Political economy of Human Rights, corriera a cargo de una editorial de dudoso prestigio, salvo entre los más recalcitrantes antisemitas, La Vieille Taupe. Por si esto fuera poco, podemos añadir que llegó a calificar en un texto titulado “Varios comentarios elementales acerca del derecho a la libertad de expresión”, a Faurisson como “una especie de progresista político”. Este texto acabaría prologando el libro Mémorie en Défense de Faurisson (1980).


Quizá Chomsky tenga una doble faz que le lleve a defender lo indefendible con el aplomo y la vitalidad de un ario (a pesar de ser judío), si no, no se entendería por qué un izquierdista de pro puede asegurar que no aprecia “implicaciones antisemitas en el hecho de negar la existencia de las cámaras de gas o incluso en el de negar el Holocausto. Ni tampoco es una implicación antisemita decir que se está aprovechando el Holocausto (se crea que ocurrió o no) de forma agresiva por parte de apologistas de la violencia y la represión israelíes” para acabar añadiendo que no encuentra “ningún indicio de antisemitismo en el trabajo de Faurisson” (sic).

Probablemente la teoría más acertada de por qué Chomsky es realmente un antisemita como lo fue Marx, es la influencia que la rama del trotskismo, el “Marlenismo” ha ejercido en este personaje. Los Marlenistas según uno de sus primeros miembros, George Spiro, no eran más que un “puñado de antisemitas” tal y como lo recoge Cohn en su ensayo. También Rosa Luxemburgo, Karl Korsch, Paul Mattick y Antón Pannekoek, son autores de culto para Chomsky, curiosamente, algunos de los guías espirituales de los “revisionistas”.

Este es el Chomsky que pocos conocen, un personaje lleno de una ira y odio comparable a la de los neonazis. No obstante, parafraseando a Bugs Bunny, esto no es todo, amigos, porque aún nos queda mucho más que contar de este ídolo de la izquierda, como su apología del genocidio de los jemeres rojos en Camboya o la justificación del atentado del 11 de Septiembre de 2001.

Cartel yanqui de propaganda antialemana
durante la I Guerra Mundial


Algo grave tiene que estar cociéndose en el corazón mismo de las "democracias burguesas" cuando a un científico de la talla de Chomsky, lingüista de reconocida competencia y fama mundial, se le cuestiona su autoridad intelectual para ponderar si Faurisson está estudiando el tema del holocausto de foma minuciosa o no. Chomsky afirma que el trabajo de Faurisson es serio, léase: científico. Ahora bien, conviene subrayar que Faurisson niega la narración "oficial" del holocausto. Por tanto, la conclusión -a la que uno llega sin necesidad de entrar en el fondo material del asunto- es que aquí debe de abrirse, como poco, un legítimo interrogante en torno al tema de marras. El derecho a rechazar el dogma, a dudar, se convierte en una cuestión de principio, de autonomía intelectual e incluso de dignidad personal. Porque el sistema ha colapsado ya hace mucho tiempo en su núcleo ideológico, mas no tanto por la cuestión de si el holocausto existió o no o de si en Auschwitz se mataba a los judíos así o asá, cuanto por los métodos que la oligarquía utiliza para difamar, perseguir, encarcerlar, agredir e incluso asesinar a quienes -cualquiera que sea su perfil político- aborden la materia científica de la historia contemporánea desde planteamientos no ortodoxos.

A continuación reproducimos íntegro en francés el manifiesto de Chomsky en defensa de la libertad de expresión de Robert Faurisson, negacionista del holocausto al que Chomsky, sin embargo, no considera que pueda acusársele de antisemita (ni, por lo tanto, de nazi). Fue publicado como "aviso" en la obra de Faurisson Mémoire en défense (1980):

QUELQUES COMMENTAIRES ÉLÉMENTAIRES SUR LE DROIT A LA LIBERTÉ D'EXPRESSION

Les remarques qui suivent sont tellement banales que je crois devoir demander aux gens raisonnables qui viendraient à les lire de bien vouloir m'excuser. Mais s'il se trouve pourtant quelques bonnes raisons de les mettre noir sur blanc, et je crains que ce soit bien le cas, elles apportent un témoignage sur quelques aspects remarquables de la vie intellectuelle française d'aujourd'hui.


Avant d'en arriver au sujet sur lequel on me demande mon avis, deux mises au point sont nécessaires. Les remarques qui vont suivre se situent à l'intérieur de limites qui sont importantes à deux points de vue. D'abord, je ne traite ici qu'un sujet précis et particulier, à savoir le droit à la libre expression des idées, des conclusions et des croyances. Je ne dirai rien ici des travaux de Robert Faurisson ou de ses critiques, sur lesquels je ne sais pas grand-chose, ou sur les sujets qu'ils traitent, sur lesquels je n'ai pas de lumières particulières. En second lieu, j'aurai quelques commentaires désagréables (mais mérités) à faire à l'égard de certains secteurs de l'intelligentsia française qui ont montré qu'ils n'éprouvaient aucun respect pour les faits ou pour la raison, comme j'ai eu l'occasion de l'apprendre à mes dépens en des circonstances sur lesquelles je ne reviendrai pas. Ce que j'aurai à dire ne s'applique certainement pas à beaucoup d'autres qui continuent sans défaillance à faire preuve d'intégrité intellectuelle. Je n'entrerai pas ici dans le détail. Les tendances dont je parle sont, je crois, assez significatives pour mériter que l'on s'en préoccupe, mais je ne voudrais pas que l'on se méprenne sur mes commentaires et qu'on les applique au-delà du cadre dans lequel je les formule.

On m'a demandé, il y a quelque temps, de signer une pétition pour la défense de la "liberté de parole et d'expression" de Robert Faurisson. La pétition ne disait absolument rien sur le caractère, la qualité ou la validité de ses recherches, mais se cantonnait très explicitement à la défense de droits élémentaires qui sont considérés comme acquis dans les sociétés démocratiques; elle demandait à l'Université et aux autorités de faire tout leur possible pour garantir la sécurité de Faurisson et le libre exercice de ses droits légaux ("do everything possible to ensure Faurissons safety and the free exercice of his legal rights"). Je l'ai signée sans hésitation.

Le fait que j'ai signé cette pétition a soulevé une tempête de protestations en France. Un ancien stalinien, qui a changé d'allégeance mais non de style intellectuel, a publié, dans Le Nouvel Observateur, une version grossièrement falsifiée du contenu de la pétition, au milieu d'un torrent de faussetés qui ne méritent aucun commentaire. J'en suis venu à considérer cela comme normal. J'ai été beaucoup plus surpris de lire dans Esprit (septembre 1980) que Pierre Vidal-Naquet trouve la pétition "scandaleuse", en mentionnant en particulier le fait que je l'avais signée. (Je n'entrerai pas dans la discussion d'un article du directeur de la revue, dans le même numéro, qui ne mérite pas non plus de commentaire, au moins pour ceux qui conservent un respect élémentaire pour la vérité et l'honnêteté.)


Vidal-Naquet ne donne qu'une et une seule raison de trouver la pétition, ainsi que ma signature, "scandaleuse": la pétition, dit-il, présente les conclusions "de Faurisson comme si elles étaient effectivement des découvertes" (p. 52). L'affirmation de Vidal-Naquet est fausse. La pétition disait simplement que Faurisson "avait rendu publiques ses conclusions" ( "Since he began making his findings public "), ce qui est indiscutable, mais qui ne dit ou n'implique rien de précis sur leur valeur, et qui n'implique rien sur leur validité. Il est possible que Vidal-Naquet ait été induit en erreur par une mauvaise compréhension du texte en anglais de la pétition, c'est-à-dire qu'il s'est peut-être mépris sur le sens du terme "findings". Il est assez évident que, si je dis que quelqu'un a présenté ses findings (conclusions), je n'implique absolument rien quant à leur caractère ou leur validité; l'affirmation est parfaitement neutre à cet égard. Je suppose que c'est en effet une simple incompréhension du texte qui a amené Vidal-Naquet à écrire ce qu'il a écrit et que, dans ce cas, il ne manquera pas de retirer publiquement son accusation selon laquelle j'aurais (et d'autres comme moi) fait quelque chose de "scandaleux" en signant une pétition inoffensive sur les droits civiques, dans le genre de celles que nous signons tous très souvent.

Faurisson tras una agresión de los "demócratas"


Je ne m'attaque pas à des personnes. Supposons donc qu'un individu trouve effectivement cette pétition "scandaleuse", non pas à cause d'une question d'interprétation, mais en raison de ce qu'elle dit réellement. Supposons que cet individu trouve les idées de Faurisson choquantes, et même effroyables, et qu'il juge scandaleuse sa façon de faire des recherches. Supposons même qu'il ait raison d'en arriver à ces conclusions - qu'il ait raison ou non est dépourvu de la moindre importance dans ce contexte-ci. Nous devons en conclure que l'individu en question croit que la pétition était scandaleuse parce que Faurisson devrait effectivement être privé du droit normal de s'exprimer, qu'il devrait être chassé de l'Université, qu'il devrait être tracassé et même soumis à des violences physiques, etc. Une telle attitude n'est pas rare. Elle est typique, par exemple, des communistes américains et de leurs homologues d'autres pays. Parmi les gens qui ont appris quelque chose du dix-huitième siècle (voyez Voltaire), il va de soi, sans même qu'on songe à le discuter, que la défense du droit à la libre expression ne se limite pas aux idées que l'on approuve, et que c'est précisément dans le cas des idées que l'on trouve les plus choquantes que ce droit doit être le plus vigoureusement défendu. Soutenir le droit d'exprimer des idées qui sont généralement acceptées est évidemment à peu près dépourvu de signification. Tout cela est parfaitement compris aux Etats-Unis et c'est pourquoi il n'y a rien ici qui ressemble à l'affaire Faurisson. En France, où la tradition des libertés civiles est loin d'être solidement établie et où des tendances profondément totalitaires ont travaillé l'intelligentsia pendant de nombreuses années (la collaboration, la grande influence du léninisme et de ses avatars, l'aspect quasi délirant de la nouvelle droite intellectuelle, etc.), les choses sont apparemment très différentes.


Pour ceux qui s'intéressent à la situation de la culture intellectuelle en France, l'affaire Faurisson n'est pas dépourvue d'intérêt. Deux comparaisons viennent immédiatement à l'esprit. La première est la suivante: j'ai souvent signé des pétitions, qui effectivement allaient très loin, en faveur de dissidents russes dont les points de vue étaient absolument effroyables: partisans de la sauvagerie américaine au moment où elle ravageait l'Indochine, ou de politiques favorables à la guerre nucléaire, ou d'un chauvinisme religieux qui rappelle le Moyen Age. Personne n'a jamais soulevé d'objection. Si quelqu'un l'avait fait, j'aurais regardé cela avec le même mépris que mérite le comportement de ceux qui dénoncent la pétition en faveur des droits civils de Faurisson, et pour les mêmes raisons. Mais lorsque je dis que, quelles que puissent être ses opinions, Faurisson a des droits qui doivent être garantis, on considère cela comme "scandaleux" et on en fait toute une histoire en France. La raison de cette distinction est assez évidente. Dans le cas des dissidents russes, l'Etat (nos Etats) approuve ce soutien, pour des raisons qui lui sont propres, qui n'ont pas grand-chose à voir, inutile de le dire, avec un quelconque souci pour les droits de l'homme. Mais, dans le cas de Faurisson, la défense de ses droits n'est pas une doctrine approuvée officiellement, loin de là, en sorte que des secteurs de l'intelligentsia, qui adorent se mettre en rang et marcher au pas, ne voient nullement le besoin de prendre une position qu'ils acceptent sans réserve quand il s'agit des dissidents soviétiques. Il peut y avoir en France d'autres facteurs: peut-être une culpabilité lancinante à l'égard du comportement honteux de certains sous le régime de Vichy, le manque de protestation contre la guerre française en Indochine, l'impact durable du stalinisme et des doctrines de genre léniniste, le caractère étrange et dadaïste de certains courants de la vie intellectuelle dans la France de l'après-guerre, qui semblent faire du discours rationnel un passe-temps bizarre et inintelligible, le vieil antisémitisme qui explose maintenant avec violence.


Une seconde comparaison vient aussi à l'esprit. Il est rare que je dise du bien de l'intelligentsia dominante aux Etats-Unis, qui ressemble généralement à ses équivalents dans d'autres pays. Il est pourtant très éclairant de comparer les réactions françaises à l'affaire Faurisson et le phénomène identique que nous avons ici. Aux Etats-Unis, Arthur Butz (que l'on peut considérer comme l'équivalent américain de Faurisson) n'a pas été soumis au genre d'attaques impitoyables qu'on a lancées contre Faurisson. Quand les historiens révisionnistes ( "no-holocaust ") ont tenu une large réunion internationale, il y a quelques mois, aux Etats-Unis, il ne s'est rien passé qui aurait ressemblé à l'hystérie qui a entouré en France l'affaire Faurisson. Lorsque le Parti nazi américain appelle à un défilé dans la ville largement juive de Skokie (Illinois), ce qui est manifestement une pure provocation, l'American Civil Liberties Union [l'équivalent de la Ligue des droits de l'homme, N.d.T.] défend le droit de défiler (ce qui rend évidemment furieux le Parti communiste américain). Pour autant que je le sache, il en va de même en Angleterre ou en Australie, pays qui comme les Etats-Unis ont une tradition vivante de défense des libertés. Butz et les autres sont l'objet de critiques et de condamnations (intellectuelles) sévères, mais sans que l'on s'en prenne, à ma connaissance, à leurs libertés. Il n'est nul besoin, dans ces pays, d'une pétition inoffensive comme celle que l'on trouve "scandaleuse" en France, et s'il y avait une telle pétition elle ne serait sûrement pas attaquée, sauf dans des cercles minuscules et insignifiants. La comparaison est éclairante. Il faudrait essayer de la comprendre. On peut, peut-être, tirer argument du fait que le nazisme et l'antisémitisme sont plus menaçants en France. Je pense que c'est vrai mais que c'est justement une répercussion des mêmes facteurs qui ont amené au léninisme de larges secteurs de l'intelligentsia française pendant longtemps, de leur mépris pour les principes élémentaires de la défense des libertés aujourd'hui et du fanatisme avec lequel ils sont prêts maintenant à emboucher les trompettes de la croisade contre le tiers monde. Il y a donc des courants totalitaires profondément inscrits qui émergent sous des apparences variées. Voilà un sujet qui mérite, je crois, encore beaucoup de réflexions.


Je voudrais ajouter une remarque finale au sujet du prétendu "antisémitisme" de Faurisson. Remarquons d'abord que même si Faurisson se trouvait être un antisémite acharné ou un pronazi fanatique - et ce sont des accusations que contenait une correspondance privée qu'il ne serait pas convenable de citer en détail ici - cela n'aurait rigoureusement aucune conséquence sur la légitimité de la défense de ses droits civils. Au contraire, cela rendrait leur défense d'autant plus impérative puisque, encore une fois, et c'est l'évidence depuis des années, depuis des siècles même, c'est précisément le droit d'exprimer librement les idées les plus effroyables qui doit être le plus vigoureusement défendu; il est trop facile de défendre la liberté d'expression de ceux qui n'ont pas besoin d'être défendus. En laissant de côté cette question centrale, on peut se demander si Faurisson est vraiment un antisémite ou un nazi. Comme je l'ai dit, je ne connais pas très bien ses travaux. Mais, d'après ce que j'ai lu, en grande partie à cause de la nature des attaques portées contre lui, je ne vois aucune preuve qui appuierait de telles conclusions. Je ne trouve pas non plus de preuve crédible dans les documents que j'ai lus le concernant, que ce soit dans des textes publiés ou dans des correspondances privées. Pour autant que je puisse en juger, Faurisson est une sorte de libéral relativement apolitique. Pour étayer cette accusation d'antisémitisme, on m'a informé que l'on a le souvenir d'une lettre de Faurisson que certains interprètent comme ayant des implications antisémites, au moment de la guerre d'Algérie. Je suis un peu surpris de voir que des gens sérieux peuvent avancer de telles accusations - même en privé - et les considérer comme suffisantes pour traiter quelqu'un d'antisémite bien connu et de longue date. Je ne vois rien dans les textes publiés qui justifie de telles accusations. Je ne m'étendrai pas plus mais supposons que nous appliquions de telles procédures à d'autres gens, en leur demandant par exemple quelle était leur attitude face à la guerre française en Indochine, ou au stalinisme. Il vaut peut-être mieux s'arrêter là.


Noam Chomsky, Cambridge (U. S. A.), 11 octobre 1980

El cuadro descrito por Chomsky debería ser suficiente para hacer dudar del "dogma sionista" -llamémosle así- a cualquier persona honesta, al "ciudadano desconocido" que, normalmente, quédase satisfecho con las burdas estigmatizaciones mediáticas de que son víctimas los "disidentes occidentales". La gente común debería entender, sin entrar en la materia objeto de discusíón, que una democracia de verdad no puede represaliar profesores y luego denunciar a Rusia por el caso Solzenitsyn. Se trata de una cuestión de sentido común que, insisto, no obliga a tener que pronunciarse sobre los extremos (el presunto holocausto) que estudia el professor Faurisson. Despojado de su plaza universitaria, difamado, agredido, procesado, arruinado económicamente por no compartir un dogma ideológico, todo ello bajo un presunto régimen de libertades, la pregunta sobre la validez de una ideología que debe recurrir a tales métodos para silenciar a Faurisson y, en general, imponerse a sus críticos, antójase perfectamente legítima. Y Chomsky ha dejado claro que la cosa no cambiaría mucho si Faurisson fuera efectivamente "nazi", a pesar de que nada de lo dicho por el historiador revisionista francés acredita, a juicio de Chomsky -un juicio autorizado científicamente- la acusación de antisemitismo. Ahora bien, si "se puede ser negacionista sin incurrir en nazismo (=pecado)" -Chomsky dixit- y quien así argumenta es uno de los intelectuales más prestigiosos de occidente, entonces detéctase ya un conflicto de hondas raíces entre la razón ilustrada y las instituciones democráticas. Estamos asistiendo a un tránsito de la validez a la mera "vigencia" del aparato jurídico y político actual. El poder se apiña a un lado y la inteligencia, poco a poco, a otro. En medio, la crisis de la narración del holocausto, el mito fundacional del sistema oligárquico transnacional, puesto en cuestión y seriamente desacreditado, converge con la crisis económica y de legitimidad del dispositivo de dominación pública erigido por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

(continuará)