alemania tierra de bárbaros

viernes, diciembre 19, 2014

Disidencia y crítica

¿En qué consiste la crítica y cuál es su importancia real en las tareas de la disidencia? Veámoslo. El sistema actual enarbola una ideología concreta, el antifascismo, pero no por capricho, sino sólo porque la requiere en cuanto fuente de legitimación discursiva, lo que significa que, como cualquier otro „dispositivo de dominación pública“, sin la fe de las masas en la verdad del mensaje litúrgico que transmite, el sionismo no podría existir. Además, es vulnerable a un ataque en ese preciso enclave o función de su estructura donde impera formalmente la denominada „libertad de expresión“. Por otra parte, cabe afirmar que en la actualidad -pero la situación podría cambiar si sobreviniera una crisis de dimensiones planetarias, ocioso es señalarlo- el sistema sólo resulta susceptible de ser seriamente dañado en dicho plano simbólico (!que no es poco!). En efecto, la apabullante superioridad material del aparato de poder liberal-burgués sionista hace inviable un ataque contra el mismo de tipo violento (militar o de cualquier otra clase, como el 11-S) que no vaya precedido de una victoria política, pero a su vez ésta sólo sería posible, o siquiera „pensable“, en el marco de un horizonte histórico donde se hubieran elevado al nivel de la „opinión pública“ las graves incongruencias internas del imaginario simbólico vigente y, a fin de erradicar el universo conceptual ideal y narrativo que lo fundamenta, esta situación posibilitase que se usare contra él mismo de su propia y gigantesca fuerza inercial. La crítica de la ideología es, por tanto, el primer e ineludible paso para todos aquéllos que han hecho de sus vidas una militancia disidente contra las fuerzas de la opresión, la mentira y el crimen que actualmente ejercen su tiranía incontestada. Léase: contra nuestros gobernantes y sus correspondientes hinterlands financieros, propagandísticos, sociológicos e institucionales.

Ahora bien, conviene subrayar que no todo asalto verbal a la ideología del sistema ostenta ya el carácter y el rango de una crítica. El motivo es que no puede esperarse un efecto crítico de desafiar a la ideología antifascista desde otra ideología que le sea totalmente exterior, por ejemplo la magia o una religión pagana, porque, incluso si aceptáramos tamaños dislates, la total hegemonía que el dispositivo de dominación ejerce sobre los medios de comunicación, la educación y la cultura, haría ininteligible y, por ende, inocuo, semejante lenguaje „alternativo“. Por tanto, la tarea de los disidentes NR, nacional-republicanos o terceristas -los únicos disidentes de verdad que yo conozco- es acuñar un discurso que, aceptando ciertos presupuestos a los que el sistema no puede renunciar y ha institucionalizado o hecho suyos de manera compulsiva y subordinada pero omnipresente, por ejemplo las exigencias de verdad y objetividad, y siempre que dichos presupuestos, como lo son los del ejemplo, no sean incompatibles con nuestros propios principios, permita ejercer una crítica racional, desplegando un discurso inmanente al mismo sistema cual iskra (chispa) que provoque el cortocircuito, „incendio“ y destrucción de sus dispositivos simbólicos.

Por último, hay que remachar un principio muy claro: únicamente sobre las ruinas lógicas de su propio colapso conceptual interno se abrirá el espacio -horadado en la gruesa muralla del poder- que permita el avance de las fuerzas políticas revolucionarias, es decir, de aquéllas estructuras externas al sistema capaces de hacerse con la dirección de las instituciones, todo ello a fin de sembrar las semillas de una alternativa de valores éticos en las raíces mismas de la existencia humana y, a largo plazo, de transformar el conjunto de la sociedad. Cuando eso ocurra en Europa, y sólo entonces, podrá empezar a hacerse realidad el sueño de derrotar materialmente al sistema, dondequiera que éste haya instalado su sede, en el plano político-militar. A mi entender, aunque aquí se trata ya sólo de una mera prospectiva especulativa, ese futuro anhelado fervientemente por nosotros hace inevitable un conflicto entre un polo político euroasiático de poder real en cuanto negación autárquica del mercado mundial, y el polo político norteamericano, brazo armado del delirante proyecto de globalización liberal-sionista, es decir, de extinción pura y simple de todas las culturas y pueblos de la tierra, excepto el judío.

Designo con la palabra „potencialismo“, porque alguna hay que utilizar y ya explicaré en su momento el motivo de que se eligiera precisamente ésta, al conjunto de planteamientos filosóficos que debe permitir la reorganización de la disidencia, la identificación y definición rigurosa del sistema como enemigo político, la detección y determinación exacta de su ideología o aparato de legitimación doctrinal, y la acuñación coherente del correspondiente concepto de crítica, entendido no en términos de „lo que nosotros pensamos“ -o peor „nos gusta“- , sino de aquéllo que, nos agrade o no, puede estrictamente implementar, optimizar y llevar a su máxima expresión el efecto crítico de corrosión y destrucción de la función simbólica del sistema liberal-burgués sionista a escala mundial.

En definitiva, la crítica supone una determinada jerarquía de valores, pero no „otros“ valores cualesquiera „distintos“ de los actuales. Como veremos inmediatamente, no todo lo presuntamente opuesto al sistema -como la magia o el esoterismo- pertenece al campo de la revolución, puesto que la crítica y la revolución mismas son instituciones modernas. El pensamiento crítico, la disidencia y el proyecto revolucionario subvierten la actual jerarquía de valores, pero los valores mismos erigidos en alternativa forman ya parte, aunque subordinada, de la conciencia colectiva, de lo cual depende precisamente su operatividad criticista. Pues, para empezar, no existe ni puede existir crítica alguna en el seno de una sociedad tradicional. Este hecho es que el diferenció al fascismo de la extrema derecha y sigue ahí impertérrito ante nosotros como la eterna asignatura pendiente del campo NR.

La refundación potencialista del proyecto nacional-revolucionario europeo

En este artículo vamos a hablar sobre un proyecto que dio sus primeros pasos, meros balbuceos por lo demás rápidamente acallados, en la Cataluña de los años ochenta y fue totalmente estigmatizado y rechazado por los que a la sazón monopolizaban -mejor dicho, usurpaban- el canon del discurso nacional-revolucionario, identificándolo con el pomposamente denominado „pensamiento tradicional“, una pura invención que nada tiene que ver con ninguna tradición europea conocida y que hacía apología de curiosidades tan variopintas como -y sin pretender ser exhaustivos- el esoterismo, la alquimia, la magia, la teosofía, el espiritismo, la brujería, las „paraciencias“, el orientalismo, las religiones exóticas no cristianas, etcétera. Inclúyase en este etcétera cualquier expresión de irracionalidad que resultara útil para apartar a los jóvenes nacional-revolucionarios de izquierdas de toda forma de actitud crítica, autónoma e incompatible con la obediencia ciega a la (falsa) autoridad quasi sectaria de tales gurús filoislamistas (hoy enemigos del islam, mañana ya veremos) y doctrinarios de tres al cuarto, quienes hacían cada mes la cesta de la compra con las ayudas aportadas por los servicios de información del estado, enjuta y hasta miserable retribución por su enojosa y canallesca labor de envenenamiento.

Tales estrategias profanas, cuya banalidad y vulgaridad dejan estupefacto al observador, se situaban en el contexto político general de las décadas anteriores, a saber, cuando la guerra fría, en la que España no fue una excepción sino el ejemplo más diáfano de lo que decimos, había obligado al sistema sostener regímenes fascistoides, en este caso el franquismo, mientras instituciones como la CIA reclutaban colaboradores entre los restos humanos del campo vencido en la Segunda Guerra Mundial (pensemos, por poner un ejemplo, en la famosa Red Gladio) a fin de ponerlos a trabajar contra la „amenaza soviética“. El motivo es que existía incluso entre los nacional-revolucionarios residuales una oscura conciencia de que lo suyo nada tenía que ver con la ultraderecha reaccionaria tradicional que los periodistas, los intelectuales y los políticos liberales identificaban tout court con el fascismo. La tarea de los „infiltrados“ ultras fue evitar a toda costa que el proyecto NR redescubriera sus raíces izquierdistas, socialistas y revolucionarias, algo que podía tentarlo, como ocurrió con Ernst Niekisch, a cruzar el telón de acero y traicionar a la denominada „civilización occidental“, léase: al mundo de los burgueses conservadores que van a misa todos los domingos y están preocupados, en primerísimo lugar, por poner a buen recaudo lo que ellos llaman la „sagrada propiedad“. Además, y de paso, por esta vía se agostaba la genuina raíz originaria del fascismo, en el fondo incompatible con la derecha cristiano-burguesa. A tales efectos, nos remitimos a la obra de Julius Evola El fascismo visto desde la derecha, cuyo título inequívoco define todo un programa de acción intoxicadora, el cual, no lo dudemos, fue llevado a la práctica con absoluta coherencia por parte de sus discípulos.

¿Cómo hicieron la faena? Para decirlo brevemente, se acuñó de la noche a la mañana una pseudo tradición alternativa, tan retrógrada o más que la católica, y se pasó de la teología de tipo eclesiástico-tomista -que como poco guardaba ciertos residuos de la vieja racionalidad helenística- a un conjunto caótico de creencias „mágicas“, „paganas“ y „míticas“, cuando no „satánicas“, que nos colocaban a las puertas mismas de los hospitales psiquiátricos, inhabilitándonos para toda clase de acción reivindicativa en el seno de una decadente sociedad plagada de sectas y de ofertas „culturales“ análogas, es decir, perfectamente inofensivas desde el punto de vista político (aunque asaz destructivas en el plano personal), entre las que los evolianos no destacaban especialmente.

En España, una de las resistencias, insignificante por su importancia numérica pero enérgica en su oposición a esta maniobra del sistema, fue el proyecto potencialista, que desde el principio (1984) y sin vacilar apeló a los valores ilustrados, la democracia, los derechos humanos, el socialismo, el estado de derecho, la ciencia y la racionalidad filosófica en cuanto ingredientes del proyecto nacional-revolucionario europeo. Ahora bien, como resortes a los que se ha dado cuerda, los mencionados gurús de entonces se apresuraron a dar buena cuenta de esta iniciativa -que se había concretado en la fundación de la Plataforma Nueva Europa con personas y grupos procedentes del marxismo y de la izquierda comunista- mediante una artera campaña de difamación personal soto voce en la que se intentó desacreditar a los principales exponentes de la propuesta, tildándolos de „problemáticos“ (desafiaban frontalmente a los chivatos e impostores del Cesid), „nihilistas“ (negaban alborozadamente la „salvación del alma“, ya fuera en el „cielo“ cristiano, ya en el Walhalla), „separatistas“ (el potencialismo usó en sus textos de la lengua catalana a fin de cortar por lo sano con la putrefacta extrema derecha hegemónica), „traidores“ (se declaraban socialistas y revolucionarios, ergo „de izquierdas“, luego: rojos ) y otras imputaciones similares. Dentro mismo de la Plataforma Nueva Europa, donde sin conocerlos fueron amablemente invitados a participar, los maestros del „pensamiento tradicional“ con cátedra de copistería desautorizaron sin empacho el propio nacionalismo, eje incontestable de resistencia reivindicado abiertamente por los potencialistas, descalificándolo, en nombre del canon evoliano, como fenómeno „burgués“, mientras ensalzaban sin enrojecer de vergüenza los estereotipos „tradicionales“ de sociedad cerrada, singularmente los islámicos, todo ello en nombre del no menos pintoresco canon guenoniano, hogaño hurtado por elemental decencia a la mirada de los curiosos. No obstante lo cual, los que liquidaron desde dentro dicha plataforma en cuanto temprano proyecto de renovación NR, se pavonean en la actualidad como identitarios defensores de la nación frente a la inmigración islámica, abjurando así de sus „ideales“ de entonces, unas fórmulas que, empero, les fueron muy útiles para sabotear, a sueldo del sistema, aquel esperanzador proyecto nacional-europeo, y retrasar así veinte años la necesaria refundación del campo NR en nuestra patria. Mientras tanto, la pandilla ya ha intentado reventar varios partidos NR en los que se ha cometido también el error de aceptarlos, y a buen seguro que seguirán con su „trabajo“ en el futuro a menos que se tome una decisión drástica sobre el tema, a saber, una lista pública de traidores en la que se les excluya sine die, con nombres y apellidos, de toda nueva iniciativa en el seno de nuestro esforzado quehacer.

La intención que nos guía, empero, no es revolcarnos de forma estéril en las desventuras de una ya extinta asociación, sino más bien prevenir a jóvenes incautos de incurrir en nuestras pasadas ingenuidades, fruto de la inexperiencia, de suerte que aquéllas ya no puedan volver a repetirse, para, dicho esto con la mayor claridad, sumergirnos en el sentido de aquél discurso de disidencia crítica. Más en general, pretendemos abundar en las virtualidades revolucionarias de dicho proyecto metapolítico (la entidad potencialista no fue nunca un partido, sino un ensayo de „frente cultural“) en relación a la lucha contra el sistema liberal-burgués sionista en cuanto „dispositivo de dominación“ que controla el mundo occidental, un poder cuyas influencias calan mucho más hondo -incluso en nuestra propia carne- de lo que los discursos disidentes habituales nos permiten captar a primera vista.

Derechos humanos: adiós definitivo al fascismo

El punto de partida de una crítica racional al sistema, fundamento de la lucha política nacional-revolucionaria, es la convicción de que nuestros actuales gobernantes son los mayores impostores de la historia, y ello no sólo por los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados en su nombre a lo largo del siglo XX, sino por la total impunidad que, al amparo de una victoria militar -léase: de un puro acto de fuerza- pero agitando siempre la enseña de los derechos humanos, les ha permitido juzgar una y mil veces la misma causa, a saber, la del nazismo y el „holocausto“, a fin de aplazar indefinidamente, para decirlo de forma sumaria, el expediente relativo a Kolymá/Dresde/Hiroshima, una comprometida coyuntura en la que los imputados, sin coartada ni eximente alguna, serían los propios fiscales de Nüremberg.

Este factum pone en evidencia que la famosa „lucha contra fascismo“ no tuvo una motivación moral ni humanitaria, sino una muy otra, de carácter político e ideológico que, frente a Alemania e Italia, colocaba en el mismo bando a la Unión Soviética, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos. El abismo ideológico que separaba a los Aliados de las potencias del Eje hay que buscarlo en los valores y ello, por supuesto, vista la aplastante evidencia de los hechos históricos, sin pretender ya engañosamente -como se ha adoctrinado a varias generaciones de europeos- que los valores de los vencedores eran aquéllos que se encarnan en la actual doctrina de los derechos humanos, a menos que ésta sea compatible con el exterminio sistemático y planificado de decenas de millones de personas. No vamos a entrar aquí en el tema filosófico de la ética, del que ya nos hemos ocupado en otros artículos de forma provisional, pretendemos sólo limitarnos a subrayar que todas las tentativas, sin excepción, de plantear la crítica al sistema como un ejercicio de negacionismo de los crímenes del bando fascista están condenadas al fracaso y carecen moral y políticamente de sentido. De lo que se trata hoy es de comparar, de hacer balance y de analizar públicamente las causas de unos y otros hechos históricos, tarea crítica por excelencia que se nos hurta de forma reiterada a pesar de que el ideario oficial del sistema, sobre el papel al menos, no podría nunca prohibírnoslo. El motivo, insistamos en ello, es que incluso el más superficial análisis de la realidad histórica coloca en el banquillo de los acusados a los supuestos „demócratas“ con la misma o mayor razón que a los dirigentes nacionalsocialistas.

De la circunstancia descrita se siguen fulminantemente las siguientes conclusiones: 1/ no es posible ni aceptable reivindicación política alguna del fascismo, aunque sí cabe una reinterpretación crítica del relato histórico antifascista; 2/ una vez despertados de los ingenuos sueños negacionistas, se trata de renunciar a toda la estrategia defensiva que vaya ligada al lastre de tener que blanquear los movimientos fascistas históricos, por lo menos si lo que se espera es poder algún día procesar a los vencedores y a sus actuales descendientes políticos, ya por acción, ya por omisión, como encausados por la ejecución, banalización y/o negación del mayor genocidio de la historia. Este planteamiento supone reivindicar sin complejos la doctrina de los derechos humanos y condenar todos los genocidios sin excepción, porque una práctica unilateral como la vigente (condenar sólo el holocausto judío) vuelta del revés, carecería de fuerza lógica y moral frente a un enemigo que controla las instituciones y puede desacreditar todo proyecto crítico apelando a cualquier información, por insignificante que fuere, que lo vincule al „fascismo“. En este sentido, conviene insistir en que sólo esta renuncia facultará, en el futuro, acuñar una narración histórica objetiva sobre los movimientos y regímenes fascistas que permita además comprender cómo resultó a la postre posible que millones de personas fueran exterminadas bajo la acusación de ser „fascistas“ por los aliados comunistas de occidente y que, a renglón seguido, un sistema político basado en los „derechos humanos“ no sólo legitimara el hecho apelando al único recurso de la fuerza bruta, de la impunidad y, finalmente, del olvido, sino que institucionalizara el lenguaje antifascista forjado por Stalin y los suyos -quienes teorizaron y fundamentaron tales crímenes- y lo elevara a la categoría de discurso oficial de los sistemas democráticos, todo ello a fin de difamar y estigmatizar en cuanto „fascistas“ (asesinos en la jerga „democrática“) a los críticos y desafectos de la oligarquía financiera (filo)sionista mundial, colocándolos, de paso, como reos de muerte civil y susceptibles de ejecución sumaria, en el punto de mira de las partidas de la porra, kaleborrokos y grupos callejeros antifascistas, terroristas o no, del otro pilar del sistema: la extrema izquierda chequista. Sectores radicales que la propia democracia liberal, por activa o por pasiva, sustenta como postrera garantía e instrumento paralelo y alegal de su abyecta dominación.

Esta postura fundamental nos permite inferir la totalidad de la estructura discursiva del proyecto filosófico potencialista, que pasamos a resumir de forma muy sintética a fin de que los lectores capten, más que informaciones concretas y aisladas sobre el mismo, la idea matriz que lo impulsa y le permite interpretar críticamente, desde una determinada perspectiva racional y comunicable ayuna de fraudes iniciáticos, la totalidad de los fenómenos de nuestra sociedad.

Ciencia y racionalidad filosófica versus magia y mito

Los lacayos del sistema, sabedores de las debilidades del imaginario simbólico occidental, han intentado inocular en el seno de las filas nacional-revolucionarias la creencia de que dicha postura está inexorablemente vinculada a una „excitante“ y banal „superación“ de la ciencia, léase: la magia; al rechazo de los derechos humanos en nombre del culto terrorista de la violencia por la violencia y del racismo; al desprecio de la racionalidad en beneficio de la mística y el mito; al odio contra la democracia, que cabría „superar“ emprendiendo el atrayente camino que conduce a una nueva dictadura, basada en esta ocasión, cómo no, en la obediencia ciega a ciertos dirigentes, depositarios del saber revelado, que no pueden ser racionalmente contradichos porque sientan sus divinas posaderas en un limbo sobrehumano más allá de toda crítica, de todo argumento, de toda fundamentación, y ostentan la legítima prerrogativa de usar la calumnia o la amenaza contra los desafectos al sagrado carisma. Sugerir que semejante bazofia infame sea otra cosa que un intento de conducir el proyecto NR a su propio suicidio voluntario, como no se trate de la misma soberbia delirante y esquizofrénica de quienes la promovieron y en la medida en que se la creyeron ellos mismos en un patético ejercicio de autoengaño untado de dinerito contante y sonante, se nos antoja inaceptable.

Las consecuencias están, empero, muy a la vista cuando repasamos el cuadro de las „élites“ intelectuales NR, lectores avezados al culto de escritores declaradamente reaccionarios como Julius Evola o René Guénon, pero incapaces, aunque no por culpa suya sino de nuestros supuestos „referentes“ „morales“ (!es un decir!), de acceder a un pensador de la talla de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX y, no por azar, alguien que fuera militante y crítico del partido nacionalsocialista alemán, anticipando en dicha crítica interna del fascismo las posiciones nacional-revolucionarias del proyecto potencialista.

Disponemos, en efecto, de dos pilares filosóficos de primera magnitud como punto de partida de la tarea crítica, a saber, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, y con ellos de la entera tradición filosófica europea surgida en Grecia, racional, que no racionalista, y en cualquier caso conducente de forma inexorable a la realidad histórica de los fascismos, alfa y omega de la modernidad. No necesitamos, en definitiva, convertirnos en observantes del „pensamiento tradicional“, procedente de una pseudo tradición que sólo existe en la mente de unos pocos panfletarios semianalfabetos, individuos que, en el mejor de los casos, se han revelado como meros cretinos que esperan avistar presuntas naves espaciales hitlerianas afincadas en la Antártida y, en el peor, aparecen en la nómina del Cesid. Decir adiós al pasado es una decisión vital para el proyecto NR. No vamos a sustituir a un escritor por otro porque lo diga quien suscribe el presente texto: valga el crédito histórico-mundial de Heidegger como punto de partida fáctico que se acredita a sí mismo y que podrá responder a posteriori de dichas pretensiones sin que nadie tenga que confiar en „revelación“ alguna u obedecer a indecentes sugerencias de „superioridad jerárquica“, rango „iniciático“ del interlocutor o milongas „tradicionalistas“ por el estilo.

Dicho esto, tendremos que salir al paso de algunas posibles objeciones. En efecto: si como NR aceptamos los derechos humanos, la democracia, la racionalidad, la ciencia y el socialismo, ¿en qué nos distinguimos del sistema liberal-burgués que pretendemos combatir? Pero ya hemos visto que, incluso en el caso del fascismo, que no es el nuestro pero al que estamos históricamente vinculados, las diferencias entre las potencias del Eje y los aliados tenían un claro carácter axiológico, es decir, relativo a los valores éticos supremos, pero los fascistas no rechazaban la modernidad en su conjunto, algo que les distingue, según los politólogos y a pesar de la propaganda, de la extrema derecha reaccionaria (la misma que nos ha inyectado su veneno religioso e irracionalista). No se puede sostener que los aliados representaran la democracia frente a la dictadura, cuando uno de los socios destacados de la hedionda „cruzada antifascista“ encarnaba precisamente la tiranía más totalitaria y asesina que la historia recuerda. La crisis de la democracia liberal es un fenómeno de época fundamentado racionalmente por el marxismo. Carece de sentido afirmar que Alemania rechazara la ciencia en nombre de la magia, siendo así que los alemanes fueron precisamente los últimos adversarios militares de los Estados Unidos que mostraron una significativa superioridad tecnológica en el campo de batalla, ni que, como hemos visto, los derrotados representaran la negación de los „derechos humanos“, cuando el fascismo resulta impensable al margen de la reacción contra la barbarie bolchevique, que legitimó la lucha fascista (incluso, inicialmente, a ojos de los gobiernos occidentales) como defensa de la más básica civilidad europea. La línea de fractura hay que buscarla, por tanto, en el dark side, la negación fascista de la tradición judeocristiana, en el rechazo del imaginario utópico-progresista, de raíz religiosa pero secularizado por las sociedades industriales veteromodernas, en la defensa fascista de unos valores trágico-heroicos de ascendencia griega y, de forma radical, en lo que denominaré aquí principio de incompatibilidad entre la verdad y la felicidad que, emanado de la filosofía de Nietzsche y sistematizado por Heidegger en su ontología fundamental, atenta contra la entraña misma de la moralidad liberal burguesa y, a la par, de la ideología marxista-leninista que nutría de legitimidad los sistemas comunistas. Consecuentemente, podemos afirmar que el fascismo fue condenado a los infiernos no tanto por sus crímenes o su presunto irracionalismo cuanto por su exigencia de consumar el proyecto de racionalización occidental en una conciencia lúcida que excluye las ilusiones felicitarias, utópicas y proféticas de las primeras versiones, inevitablemente burguesas, del ideario ilustrado.

Conviene apostillar, en este sentido, que la filosofía de Marx no rompe en ningún momento con los valores hedonistas y eudemonistas burgueses, sino que se limita a exigir su realización, subrayando con razón las contradicciones entre el discurso oficial de las sociedades liberales y la brutal realidad del capitalismo decimonónico. El fascismo aspiraba a un socialismo que tomase nota de la obsolescencia axiológica judeocristiana y asumiera heroicamente la verdad trágica como destino inexorable de la razón occidental. Y en ello estamos, siendo así que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no han dejado de proclamar en la teoría los viejos valores del Sermón de la Montaña mientras los pisoteaban en la práctica, con tanta mayor eficiencia cuanto que cualquier adversario del sistema liberal-burgués sionista puede ser declarado, por el simple hecho de serlo, enemigo de la humanidad.

Democracia popular participativa versus liberalismo y dictadura

En el ideario de extrema derecha que se ha intentado imbuir en las filas nacional-revolucionarias hasta hacerlas indistinguibles de una pandilla de skin-heads, las críticas a la corrupción de las democracias liberales se metamorfosean de forma insensible y espontánea en una desvergonzada apología de los sistemas políticos dictatoriales de derechas, en el gusto no disimulado por la violencia y el terror, en el racismo y el antisemitismo, etc., lo que hace un flaco servicio a nuestra causa, confirma los estereotipos antifascistas, da pábulo a las campañas de propaganda del sistema y olvida que no hay ninguna relación necesaria entre los valores potencialistas (sustancia del proyecto NR) y semejantes prácticas y modelos terroristas de Estado, ampliamente acreditados, empero, en el campo de la izquierda marxista. Sin negar en ningún momento que los fascismos históricos fueron todos, sin excepción, dictaduras, conviene insistir en que la crisis de la democracia liberal se saldó, no solo a la derecha, sino también y principalmente a la izquierda, con soluciones autoritarias, pero no porque se rechazara la democracia en sí, cosa que no ocurrió en ningún caso, sino porque, según una extendida y fundada idea oriunda de Marx, tales democracias eran puras ficciones controladas por oligarquías económicas planetarias, enemigas mortales, ya del proletariado universal, ya, para los fascistas, del conjunto de la nación. La respuesta dictatorial a la crisis de la democracia burguesa fue, por tanto, una alternativa de la izquierda más granada que los fascistas se limitaron a asumir como un factum, esgrimiéndola, precisamente, frente a la „bárbara“ dictadura del proletariado bolchevique, que no podía ser combatida, a su entender, desde los obsoletos planteamientos liberales, sino respondiendo a la violencia bestial de los rojos con una violencia defensiva pero todavía más enérgica y decidida. Fascismo.

Si pasamos del fascismo a la idea nacional-revolucionaria, es evidente que con la dictadura entramos en el terreno del puro accidentalismo histórico, porque los NR, tomando como referencia a Nietzsche y la Konservative Revolution alemana, partimos de una distinción tajante entre liberalismo y democracia que nos permite cuestionar el modelo liberal sin incurrir de forma fatal en la deriva autoritaria. Nosotros no defendemos el Estado ni el Partido, instituciones políticas de la burguesía. La distinción entre autoridad y poder, el concepto correlativo de una entidad política (enspo) institucional depositaria de los valores (=autoridad), frente al mero gobierno (=gestión administrativa), son los temas centrales del potencialismo. La democracia es un concepto de raíz griega e independiente de la actual formulación „democrática“ liberal. Y si nadie puede afirmar lo contrario, ¿por qué hemos de considerar falaz, como se pretende con una ironía que sólo encubre su falta de argumentos, el concepto mismo de una democracia no liberal? Por tanto, y aquí estamos ante una cuestión crucial, para los nacional-revolucionarios no se trata de negar la democracia, sino de desafiar los esquemas demoliberales, es decir, oligárquicos, desde exigencias de democratización y participación ciudadana, que el presunto „Estado social y democrático de derecho“ no puede, formalmente, recusar, y ello aunque las tema más que al mismo diablo, porque sólo las quiere suyas a efectos de legitimación y lavado de cerebro propagandístico, mientras promueve con todas sus fuerzas la despolitización de la sociedad, reduciendo lo político a mera liturgia antifascista.

A este propósito es bueno referirse al libro de Juan Colomar, recientemente publicado, República nacional española. Municiones para la resistencia, cuyos planteamientos compartimos, quisiera subrayarlo, casi en su totalidad, pese a lo cual queremos señalar aquí las (pocas) pero ineludibles discrepancias que nos separan de él.

Considero, en efecto, que el debate sobre el socialismo entre los nacional-republicanos no deja de permanecer encadenado a una cierta ambigüedad. Se trataría de recuperar el proyecto socialista bajo un cuño no marxista, pero al final da la sensación de que se siguen compartiendo algunos planteamientos marxistas, como el análisis del circuito del capital y la pretensión de construir una alternativa económica al sistema capitalista. ¿No convendría archivar tales vocablos (capitalismo, socialismo) y cargar las tintas sobre el factor político democrático? A mi entender, la clave de los asuntos sociolaborales en la sociedad de la información estriba en el control político popular de los procesos de gestión administrativa y en el estricto, riguroso e inexcusable cumplimiento de la ley, algo que en la actualidad no ocurre aun entendiendo que la ley liberal vigente, obra de las propias oligarquías, debería ser reformada en un sentido ferozmente social. El liberalismo se basa, efectivamente, en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder y de la administración de los recursos públicos o privados. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada de la ciudadanía, articulada en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en su ámbito legítimo y subordinado a “lo político” (!no confundir con „el Estado“!), pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un término que es, cada vez más, un lastre simbólico, pues o se opone una nueva teoría socialista plenamente desarrollada a las teorías vigentes hasta hoy, de cuño marxista, o el sentido del concepto reproduce, casi inconscientemente, la totalidad de los tremendos errores del pasado. A la postre, se desemboca en un programa de „nacionalizaciones“ y en una suerte de chavismo europeo anclado en los valores felicitarios de la izquierda judeocristiana.

En mi opinión, pero aquí se trata de una opinión que sólo pretende abrir un debate, la cuestión central pasaría, una vez más, por el tema de los valores. El capitalismo como tal no es hedonista, hedonista lo es únicamente el proyecto liberal. Si hemos distinguido ya con claridad entre democracia y liberalismo, llegado ha la hora de acotar liberalismo y capitalismo, abstrayendo éste último en términos rigurosamente económicos en cuanto sociedad de producción. Nosotros no cuestionaríamos así el proceso de acumulación de capital como institución económica, es decir, como fórmula hasta hoy no superada de racionalización de las funciones productivas de la sociedad, ni la ética del trabajo oriunda del capitán de empresa calvinista, sino la sociedad de consumo liberal y el economicismo ligado a ella, que no es otra cosa que la epidemia de los valores hedonistas inoculada por contagio a todas las esferas de la existencia humana a través del ubicuo dogma de la economía. Ésta, devenida a su vez fuente de estatus procedente de una riqueza indecentemente ostentada, fundamenta la dignidad de la persona en el seno las „sociedades desarrolladas“. En pocas palabras, el proyecto nacional-revolucionario, antes que presentarse como una alternativa al „capitalismo“, se limitaría a fijar límites internos a lo económico y a subordinarlo, por la vía legal y moral, a lo político, dejándolo funcionar dentro de ciertos parámetros y montando guardia en los puestos de control, a saber, los correspondientes marcos jurídicos y normativos, de manera que lo económico no devore lo político desde su propia entraña, como un gusano la manzana, que es lo que sucede inexorablemente en los sistemas liberal-burgueses conocidos hasta ahora.

Ni que decir tiene que la fundación de lo político implica el fin de la política, es decir, de la mera „gestión“ de un intangible programa liberal a partir de una panoplia de diferentes opciones meramente técnico-administrativas y la subyacente e incuestionada subordinación de la esfera de la autoridad a los valores existenciales del economicismo liberal. Con ello, es el Estado mismo -y, por cierto, el Partido, su núcleo de poder real- lo que desaparece. Este planteamiento supone una reforma integral de aquéllo que actualmente se denomina el poder judicial y la fijación de mecanismos institucionales independientes y objetivos de fiscalización de la administración, de manera que la oligarquía, en última instancia el imperio del dinero, no pueda manipular a los gestores políticos y corromper a golpe de talonario el mandato constitucional emanado de la soberanía popular. En definitiva, en el libro de Colomar detecto algo así como un sutil intento de “competir” con el liberalismo en el terreno económico, de prometer un sistema que ofrezca más „felicidad“ a las masas; a la postre, que “funcione” mejor, cuando de lo que se trata es de erradicar de una vez para siempre la sociedad de consumo. Porque la vieja promesa socialista, a saber, el „placer“ sin la „inhumanidad“ de la competencia capitalista, instaura a la postre la competitividad económica y de „capacidad adquisitiva“ en el seno de las esferas políticas y simbólico-culturales, infectando el entero sistema social con el fétido aliento del virus hedonista y eudemonista. Pero esto es siempre, nos guste o no, una repetición descafeinada del marxismo, un sistema que ha sido históricamente derrotado porque compartía sus valores con el liberalismo y concurría con la sociedad de consumo liberal en su propio terreno de juego axiológico. Tenía que perder. Nosotros, en cambio, somos conscientes de que hemos de aplastar al liberalismo en el campo cultural y político-militar, bien entendido que esta vez no habrá un sistema totalitario que, como el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, les saque las castañas del fuego a los usureros, los cuales tendrán presumiblemente que defenderse solos frente a un enemigo integral y letal que buscará erradicarlos para siempre de la faz de la tierra como tipo humano.

Hemos de reconocer de una vez que, en términos generales, desde el punto de vista estrictamente técnico y organizativo, nada hay que objetar al capitalismo como modelo de racionalización de la empresa productiva y, si se quiere, al mercado en cuanto dispositivo básico de asignación social de recursos, un mecanismo que conviene dejar funcionar de acuerdo con sus propias leyes, pero subordinándolo siempre a la función política y alejando todo lo posible de su radio de acción determinadas instituciones como la educación, la vivienda, la sanidad, la justicia, el crédito, la defensa, los sectores económicos estratégicos y vitales para la seguridad nacional, etc.; imperativo político que en parte ya fue reconocido por las sociedades europeas en la edad dorada de la socialdemocracia, el keynesianismo y las economías mixtas (inspiradas en el fascismo), pero que los nacional-revolucionarios implementaríamos llevándolo hasta sus últimas consecuencias axiológicas, poco gratas para los criminales con corbata que nos gobiernan. No se trata de presentar, en consecuencia, una alternativa económica al liberalismo, sino una alternativa política al economicismo liberal en términos de democratización radical en el marco de un sistema de valores potencialista. Porque frente a la propuesta de unos valores racionales, los liberales tienen que callar la boca. No así frente al “socialismo” como receta económica rival de la economía de mercado, donde ya hemos perdido de antemano la batalla dialéctica incluso ante la opinión pública más decantada hacia la izquierda, siempre que sea capaz, como creo que lo es, de leer algunos libros de historia. Propongo, pues, aparcar la palabra socialismo y abundar en el tema político de la democratización como clave para garantizar la socialización de los recursos materiales (no hablemos ya ni siquiera de “riqueza”). Evidentemente, esto supone una metamorfosis cultural de valores que contrapondría la actual sociedad de consumo a una economía autárquica y potencialista articulada desde su interior (valores quiere decir aquí fines de la sociedad de producción) como mero apéndice de lo político. Y esto es lo que significaría, si es que tiene algún sentido identificable con cierto rigor, el concepto de república del trabajo en el seno de un discurso nacional-revolucionario que sepa de qué está hablando.

Respuesta de Juan Colomar

He planteado las cuestiones anteriores al autor del libro citado, al que me une una larga amistad. Considero que sería injusto, después de la crítica anterior, no exponer aquí, como poco de manera resumida, cuál ha sido la réplica del interpelado. Más abajo sacaré algunas conclusiones provisionales de este debate crucial, visto que Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa en la época de ENSPO y del Movimiento Voluntad, procede de la izquierda comunista y ha evolucionado hacia posiciones nacional-revolucionarias que, sin embargo, ya lo veremos, no se identifican con el fascismo, a pesar de que su crítica a este sistema político esté lejos del habitual e hipócrita rasgamiento de vestiduras de la progresía anarcoliberal.

En primer lugar, quisiera resaltar la absoluta coincidencia entre Juan Colomar y el autor del presente artículo en la exigencia de una reivindicación abierta de la democracia y la básica contraposición entre ésta y el liberalismo: „La confusión entre democracia y liberalismo, el ataque conjunto a ambos, la negativa a criticar el liberalismo como antidemócrata, es uno de los puntos claves que explica la bancarrota del fascismo y la gravitación entorno al mismo de toda suerte de tradicionalistas y reaccionarios“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, 8 de septiembre de 2008, p. 1). Ahora bien, pese a lo dicho, y respecto a la crítica que he desarrollado en el apartado anterior, afirma Colomar que „es exactamente la del fascismo, y sólo ha podido intentarse reestructurando la „super estructura“ en un sentido totalitario, resultando de todo ello un lamentable fracaso. La „sociedad civil“ burguesa es infinitamente más poderosa que la „sociedad política“, por más que ésta proceda al exterminio de los usos burgueses normales. El fascismo italiano se metió en una repelente cama redonda, no sólo con la burguesía, sino con los residuos de la aristocracia. El nazismo eliminó al capital financiero, pero se amalgamó con los intereses de la industria pesada“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). No obstante lo cual, basta releer mi texto para ver que poco tiene que ver con el fascismo precisamente en lo relativo al punto crucial de la dicotomía democracia/totalitarismo, pues mientras el fascismo instituyó un Estado totalitario, aquéllo que los potencialistas reclamamos expresamente es una radicalización democrática y el control popular desde la base de las instituciones políticas, de suerte que no puedan ser usufructuadas de facto por el poder económico, como sucede en la actualidad. Cito literalmente del texto que envié a Colomar en mi carta de 2 de septiembre de 2008 y que en este artículo me he limitado a abundar: „El liberalismo se basa en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada del pueblo, articulado en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en un ámbito legítimo y subordinado a „lo político“, pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un vocablo que es, cada vez más, un lastre(...)“ (Carta de Jaime Farrerons a Juan Colomar, 2 de septiembre de 2008). ¿Qué tiene que ver esta afirmación con la propuesta de reincidir en el fracasado proyecto del Estado totalitario? ¿Pero no fuimos nosotros quienes, ya en un texto de ENSPO del año 1988 presentado en el acto fundacional de la Asociación Sin Tregua, a saber, „Maquiavelo y el nihilismo político“, denunciamos el totalitarismo como un intento de controlar por la fuerza la esfera económica capitalista desde la esfera política concebida en términos burgueses, léase: como Estado/Partido? Así, sostiene Colomar, citando al pensador nacional-revolucionario Ernst Jünger: „El capitalista no es más que un funcionario de la acumulación de capital“, y añade: „y tú, Jaime, pretendes que ese movimiento pueda ser domeñado axiológica y políticamente desde una esfera mucho más débil, la del Estado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). Pero, como decimos, ha sido un tema clásico del potencialismo el carácter individualista de la institución estatal veteromoderna (basada en el Partido, léase: en la parte, agente de los intereses particulares del príncipe maquiaveliano y factor antiholista por excelencia) y la necesidad de refundar lo político frente a „la política“. Hemos insistido una y otra vez hasta el hartazgo en la diáfana distinción clásica entre autoridad y poder, Entidad y Estado, lo que implica la extinción de éste último y del Partido tal como los conocemos, hecho que a su vez remite a una transvaloración de valores en el conjunto de la sociedad, siendo así que con el Estado, órgano burgués, se derrumba también la dicotomía liberal de una „sociedad civil“ de mercaderes (impregnada de valores hedonistas e individualistas) y el ámbito supuestamente neutro de la política y del poder público (en realidad una agencia de grandes empresas e intereses „particulares“). Por tanto, mi propuesta no puede ser „exactamente la del fascismo“, como pretende Colomar, y lo que aquí se observa es una diferencia fundamental a la hora de concebir el fenómeno del capitalismo. En efecto, según Colomar „el capitalismo no es un sistema mercantil, ni un montaje de usureros (visión nazi), ni se reduce a la propiedad privada. El capitalismo es una respuesta al advenimiento generalizado de la Máquina efectuada desde categorías culturales, sociales e institucionales anteriores a dicho advenimiento. Desde hace milenios existen mercado y mercaderes, propiedad privada, dinero y usura. El capitalismo, en cambio, tiene unos trescientos años de vida. El capitalismo es centralmente un sistema de producción industrial de mercancías. Esta producción alumbra un gigantesco movimiento de socialización técnica del trabajo pero, a la vez, configura un excedente, igualmente gigantesco, que adopta la forma específica de beneficio de una minoría social. Tal excedente no sólo se destina al consumo privilegiado de esa minoría. Se destina, sobre todo, por imperativos de la propia concurrencia, a la ulterior valorización del Capital, a la auto reproducción del mismo en un proceso ciego y cada vez más incontrolado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 2). A mi entender, esta concepción del capitalismo es enteramente marxista e ignora, por ejemplo, la fundamental aportación de Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, escrita precisamente como réplica a El capital de Karl Marx.

Estamos ante un tema decisivo que conviene analizar con extrema atención, porque va a decidir el futuro del proyecto nacional-revolucionario como opción de izquierdas, hostil al liberalismo burgués, pero no al progreso tecnológico y a la neomodernidad que propugnamos. ¿Se trata, al fin y al cabo, de una cuestión meramente terminológica? Quizá. Veamos, para empezar, cómo describe Colomar el proceso de socialización al que conduce necesariamente el propio capitalismo: „reemplazo de la centralidad de la propiedad privada individual por la propiedad privada colectiva (sociedades anónimas), creación de oligopolios y monopolios, disociación de la gerencia respecto de la propiedad, formas implacables de planificación en el plano de la empresa, nacionalizaciones para rescatar a sectores del capital en crisis (en este momento, !en los USA!)... El Burgués nos sigue vendiendo manuales de liberalismo económico: su maqueta es un idílico mundo de competencia entre pequeñas empresas que se ajusta eternamente, mientras el Estado no intervenga, mediante el transparente juego de la oferta y la demanda. Pero el liberalismo es una representación primero errónea y luego mentirosa de la realidad. El dominio del Burgués ha sido posible solamente con la decisiva intervención del Estado -la acumulación primitiva de capital en Inglaterra a base de patentes de corso, tráfico de esclavos y expediciones coloniales- y se ha desplegado como la más brutal palanca de expropiación -primero de campesinos y artesanos, luego de empresarios pequeños y medios, finalmente, de los grandes capitales por otros mayores-, de cartelización, de planificación. !El Burgués nos ha enseñado el camino de la concentración técnica y financiera, de la anulación del sacrosanto mercado, de la planificación e incluso de la estatalización!“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., págs. 2-3). Parece evidente que es el propio Colomar quien contrapone liberalismo y capitalismo. El burgués se ha visto forzado, por la lógica interna del sistema capitalista, a emprender caminos que la doctrina liberal le prohíbe expresamente. No sólo eso, el capitalismo, que según Weber no es más que la racionalización de la esfera económica de la sociedad y no la mera producción en masa de mercancías, exige, por imperativos de racionalidad, la socialización, la planificación, la diferenciación entre gestión y propiedad, etc. ¿Cómo puede, por tanto, identificarse el capitalismo con el liberalismo y la burguesía? ¿No se trata, como en el caso de liberalismo y democracia, de dos conceptos diferentes? Esta es nuestra tesis y creo que, en el fondo, más allá de las palabras, Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa, la comparte también, aunque utilice una terminología diferente para referirse a lo mismo, con la subsiguiente confusión.

La cuestión central son los valores hedonistas e individualistas de la burguesía, heredera del judeocristianismo, que entran en colisión con la inercia racional que el propio sistema capitalista despliega volis nolis, circunstancia que reclama a gritos una alternativa axiológica y ética en profundísima ruptura con el presente: „el Burgués -dice Colomar-, atado irremisiblemente a las „categorías del individualismo“ (...) no puede sino propulsar a niveles cada vez más elevados la contradicción central de su mundo, en un proceso desbocado que se le va de las manos“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 3). Ahora bien, ¿podrá ser dicha alternativa moral otra cosa que la consumación de la racionalización misma en el plano de la existencia humana? ¿Qué consecuencias se desprenden de este imperativo, el cual va más allá de la destrucción de todos los mitos religiosos, ya sean hebreos o paulinos, ya musulmanes? En efecto, aquello que mantiene al burgués con las manos atadas al ayer es la herencia cultural judeocristiana, incluso allí donde, de forma despiadada respecto de los obreros que explota sin compasión, dudaría de haber roto con la misma, pues su egoísmo sigue siendo un pálido reflejo del individualismo religioso (la „salvación del alma“, la „vida eterna“, la suya). Y es en este punto donde entran Nietzsche y Heidegger en juego, porque únicamente estos autores nos ofrecen una pauta segura y coherente para afrontar el problema de los valores de manera que no confundamos los árboles con el bosque creyendo que basta con una crítica del „capitalismo“ para ubicarnos en un genuino espacio político nacional-revolucionario. Nada más equívoco que tales consignas. Nada más lejano de una auténtica revolución que semejantes trivialidades y lugares comunes. Dejo así abierta la cuestión, en el bien entendido que son, entre otros, estos temas, y no la magia, el esoterismo o los OVNIS de la Antártida, los que deben ser debatidos en los foros nacional-revolucionarios. E invito a los lectores del presente artículo a un estudio serio del citado trabajo teórico de Juan Colomar, que contiene una propuesta NR con capacidad suficiente para, por sí sola, elevar la disidencia a la altura de la crítica.

A la izquierda y contra la extrema derecha como enemigo a destruir 

De las anteriores consideraciones se desprenden en cascada toda una serie de consecuencias, devastadoras para los Torrentes y otros gurús de la ultra, que rompen definitivamente la putrefacta amalgama de ultraderechismo y pretensiones presuntamente „revolucionarias“ o NR que han convertido esta sigla en el hazmerreir del periodismo liberal, y esta vez con razón. Por ello propongo que nos olvidemos ya también de la sigla „NR“, totalmente desacreditada, y empecemos a utilizar el término alternativo ND, „nacional-democrático“. En este artículo seguiré hablando de „nacional-revolucionarios“, bien entendido que con este término no me refiero a los grupúsculos ultras que acostumbran a utilizar el término, es decir, a desprestigiarlo de la manera más penosa.

El militante nacional-revolucionario de izquierdas (o „nacional-democrático“) no debe, desde el punto de vista ideológico, profesar ninguna religión de raíz judeocristiana o monoteísta (judaísmo, cristianismo, islamismo). Otra cuestión es que en los proyectos políticos NR se mantenga una actitud de laicismo y neutralidad religiosa, corriéndose un piadoso velo sobre la cuestión a efectos tácticos. En general, todas las creencias monoteístas descienden de la fe doctrinal en Yahvé, el dios de Abraham que ha institucionalizado, en sus versiones sagradas o laicas, la idea de un „reino de Dios“, llámese resurrección de los muertos, utopía, paraíso totalitario comunista, sociedad de consumo, cultura de la transgresión drogodependiente, mercado mundial liberal o cualesquiera de los espejismos criminales y versiones culturales de lo mismo que el futuro pueda todavía deparar. Todas ellas proceden de idéntico tronco doctrinal semítico, fuente de los valores felicitarios, raíz de la creencia en el supuesto final feliz de la historia y motivo de la negación de las dimensiones trágica, proverista y heroica de la existencia, arraigadas éstas, por el contrario, en el tronco indogermánico y grecorromano de la cultura europea. Efectivamente, Europa ha pagado muy caro el hecho de haber acogido en su seno, la sede de Roma, una religión semita. Los NR, quiénes si no, hemos de ser conscientes de las consecuencias de nuestros planteamientos y emprender una tarea rica en presagios y resonancias bíblicas, a saber: la desjuidaización axiológica -que no étnica- de nuestro solar histórico. Por ende, un militante nacional-revolucionario de élite no puede ser católico alegremente y deviene ajeno, ya sólo por este simple hecho, a toda complicidad de fondo con el campo ultraderechista español.

El enemigo político concreto del militante nacional-revolucionario europeo es la extrema derecha judía y su ideología religiosa, racista y supremacista, a saber, el sionismo, que ejerce un poder poco menos que sin réplica a escala mundial utilizando como brazo armado al ejército de los Estados Unidos, como central de propaganda los estudios de Hollywood (que evacúan regularmente las producciones cinematográficas sobre el Holocausto), y como sede física y epicentro simbólico de sus actuaciones criminales contra la humanidad la entidad sionista denominada Estado de Israel. El concepto central del racismo, la superioridad racial, fue definido por el judaísmo en términos de „pueblo elegido“ y llevado a la práctica en forma de asesinatos masivos y genocidas que el Antiguo Testamento describe con profusión y deleite. El proyecto liberal de globalización económica mundial, como antaño el comunismo y en sus orígenes la fe profética, no es más que el instrumento para la realización de los anhelos etnicistas inscritos en el judaísmo y secularizados por los sionistas, directrices de raigambre milenaria que implican la disolución de todos los pueblos de la tierra en el crisol de un mercado planetario empapado en valores hedonistas, individualistas, relativistas y materialistas, donde sólo el pueblo judío, en una posición económica, política y moral hegemónica, conservaría su identidad como garantía de su supuesta superioridad intrínseca.

En consecuencia, el militante nacional-revolucionario tiene buenos motivos para rechazar todo lo que hieda a extrema derecha, es decir, a religión monoteísta, a todo lo que exhale el tufo sanguinario del déspota del desierto llamado Yahvé, reflejo idealizado del faraón egipcio, cuando es precisamente este campo político „ultra“, y no la „democracia“, como se nos pretende hacer creer, el que decide actualmente -pensemos en la „justicia infinita“ de Bush- los destinos de la humanidad en el camino sin retorno hacia la realización de la locura sionista. Y es que, gracias a la ideología del holocausto, la extrema derecha judía es el único ejemplar en el mundo de esta corriente ideológica genérica -el catalanismo actual sólo suspira por ello- que puede actuar con total impunidad y sin que se la impute políticamente en cuanto tal. La postura nacional-revolucionaria de rechazo del racismo es así perfectamente coherente con la hostilidad ideológica hacia el sionismo (ultraderechista y racista) y con la doctrina de los derechos humanos, que debe permitirnos condenar y castigar los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados tanto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial cuanto por los propios sionistas en tierra palestina dos años después del juicio de Nüremberg y todavía impunes.

Ahora bien, el militante nacional-revolucionario no es un antisemita porque, en primer lugar, rechaza el racismo, constatada su procedencia religiosa, judía y sionista, como hemos visto ya, y en segundo lugar, porque hebreos son quienes están criticando con mayor ferocidad las ideas y las prácticas sionistas (pensemos en Chomsky, Finkelstein, Pappé, etc.). Por lo demás, es absolutamente impensable que la cultura europea se desprenda, sin amputar su propia sustancia, de las contribuciones culturales, filosóficas y científicas de infinidad de autores judíos que no por serlo desde el punto de vista étnico han de sustentar las ideas que rechazamos. Por el mismo motivo, el militante nacional-revolucionario de izquierdas („nacional-democrático“, ND) no tendrá empacho alguno en criticar el nazismo en cuanto inversión „aria“ del judaísmo del pueblo escogido y en aplicar a los crímenes del Tercer Reich el mismo rasero que al resto de los genocidios modernos. Y si no se actúa así de forma enérgica y decidida, renunciando a los paños calientes en las cuestiones clave que todo lo deciden, los NR volveremos a deslizarnos imperceptiblemente hacia el estéril espacio político de la extrema derecha.

El militante nacional-revolucionario, cuando se lo preguntan, se declara de izquierdas. Su postura no es un interclasismo de centro o un ninismo (ni.., ni...) supuestamente tercerista que resulta muy útil para maquillar las propias vergüenzas de sacristía (u horóscopo egipcio, tanto da). La palabra „izquierda“, expresamente reivindicada, es la piedra de toque para distinguir a los nacional-revolucionarios de los ultraderechistas y reaccionarios tradicionaleros. Dicha palabra, izquierda, identifica aquí sin ambages a los trabajadores, inmensa mayoría de la nación y únicos perjudicados por una criminal política de inmigración promovida por la derecha liberal y la ultraderecha sionista -en su proyecto de mercado mundial y crisol racial- que, en cambio, beneficia económicamente a las clases medias y no digamos ya a las altas oligarquías financieras que la han desencadenado con el fin de importar mano de obra semiesclava, allanar en mescolanza las diferencias culturales del planeta entero (devenido así mero „mercado“) y reventar el precio del trabajo. Por tanto, cuando alguien quiera saber si él mismo u otro forma parte de la ultra o del campo NR, sólo tiene que preguntar o preguntarse por su ubicación topográfica, a la izquierda, el centro o la derecha, del arco político parlamentario. Es fácil. No se trata de una cuestión ideológica (la palabra izquierda carece de sustancia o significado doctrinal), sino de puro significante, léase: de instinto político. La más mínima duda, la menor vacilación a la hora de responder, ya indica que no estamos ante un militante nacional-revolucionario. Por tanto, insistamos en ello: a la izquierda o con la extrema derecha. No existe, en nuestra coyuntura histórica actual, una alternativa a dicha dicotomía que permita, como antaño, eludir las responsabilidades y seguir siendo NR mientras, por otro lado, se codea uno con la escoria más rancia, patética e impresentable de la eterna reacción.

Jaime Farrerons
La Marca Hispànica
13 de septiembre de 2008
copyright©adecaf 2009

viernes, diciembre 05, 2014

El destino de los mortales

Comprendieron la verdad.
"La existencia propia del hombre histórico significa: ser puesto como brecha en la que irrumpe y aparece la superioridad del poder del ser, para que esta brecha misma se quiebre bajo el ser." (1935)
(Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 149)

En su libro La insuficiencia del discurso racional (2009), meritorio pero inaceptable intento de fundamentación del eudemonismo del bienestar, la salvación del alma, la felicidad y el amor -en suma, una recuperación del platonismo-cristianismo-, Laureano Luna confiesa lo siguiente:
"la experiencia de la suprema identidad me otorgó una perspectiva de la que carecía antes: esa perspectiva me permitió comprender el error fundacional de la ideología moderna" (p. 281).
• "la primera de la experiencias de la suprema identidad se prolongó durante seis o siete horas" (p. 280).
• "La experiencia de la suprema identidad va acompañada de un sentimiento de amor universal y de serena felicidad. Como he dicho, el miedo a la muerte se desvanece por completo" (p. 279).
• "cuando el individuo mira hacia su muerte, ya no es capaz de seguir anticipando, más allá de ese acontecimiento, el curso futuro de su flujo de conciencia: la anticipación choca ahí con un muro. Entonces ese yo que tenía como función soportar la síntesis del flujo temporal de conciencia percibe la amenaza incomprensible e insoportable de la extinción" (p. 278)
• "la autoconciencia correcta es una experiencia mística" (p. 274).
• "Entre el invierno y la primavera de 1982 tuve dos experiencias de la suprema identidad" (p. 271).
• "probablemente también lo mismo significa amada en el amado transformada en la Noche Oscura de San Juan de la Cruz" (p. 270).
¿Y esto lo dice un nacionalsocialista? !Qué vergüenza! Ahora comienzo a entender las motivaciones  que laten tras el ataque del ultraderechista Eduardo Núñez, acólito de Luna. Hace tiempo que los presuntos "fascistas", es decir, los fascistas de verdad, somos extraños, no ya a lo que el sistema oligárquico afirma sobre nosotros, sino a aquéllo que la propia extrema derecha considera que define  la propia identidad fascista.
Humanes y mortales
Reivindicar en serio la verdad supone siempre, tarde o temprano, la ruina. Véase Sócrates. Y al final, moriremos. La postrera "hora de la verdad" -así se refiere a la muerte el lenguaje popular- llegará antes o después y sólo nos quedará la dignidad de haber cumplido con nuestro deber. Nada más. Pero, si esto resulta demasiado sobrio, siempre podemos cloroformizarnos con utopías, estados místicos, substancias estupefacientes o fanatismos soteriológicos.
Ahora bien, es en el contexto de la ruina, y sólo de la ruina (Heidegger habla del carácter ruinante de la existencia), que puede aparecer algo así como la "ética" y el "heroísmo". Por ejemplo, siempre nos toparemos con los humanes, dondequiera que vayamos. En todos los campos, ellos son legión, siempre más y más y más, como los rusos en el frente del Este. Y no pensemos equivocadamente que todos serían simples idiotas. La metafísica de los humanes comienza con Platón. Los más grandes filósofos han sido metafísicos, porque al final han claudicado ante Dios, la felicidad y el amor (o cualquiera de los ídolos que erigen para combatir la angustia mortal, exactamente como hace Luna, quien intelectualmente hablando es un genio, no lo olvidemos). Ahora bien, la verdad de la muerte no da poder y a la sazón, pero todavía mucho más en nuestros días, se ha tratado siempre de promover lo útil y práctico en la vida, de ser "positivos", como los mercachifles yanquis que han hecho del "pragmatismo" su filosofía. ¿En qué puede consistir, empero, a la postre, esa "utilidad"? En el triunfo del individuo frente a aquéllo que niega sus deseos, placeres y pulsiones. Y el impulso más básico es el de vivir. Habría que negar la muerte, habría que intoxicarse con la mentira, hasta la borrachera filosófica y política (proyectos escatológicos) para evitar experimentar la desmesurada realidad -la finitud- que tenemos delante de las narices, una verdad que, sugiere Heidegger, nosotros mismos somos. A ello se inclinan precisamente las personalidades más destacadas, más brillantes, más pagadas de su "individualidad": un yo que se quiere inmortal porque no puede aceptar la "derrota" que representa, para el ego y la narcisista "conciencia de sí", el factum trascendental de la muerte.
Nada tiene de casual que la existencia conlleve la “ruina"; reclámala, antes bien, la verdad misma. Esta lucha (Kampf) no tiene fin, su sentido es hacer aparecer el acto ético como tal: que la realización del deber, a saber, lo más alto, sea posible. Perecer, pereceremos velis nolis y, a tales efectos, tanto da, lo uno o lo otro. La finitud pugna en el bando de la necesidad. Se trataría de darle significado a algo que no lo tiene desde el punto de vista hedonista-utilitario, pero sin narcotizarse a base de vergonzantes autoengaños ansiolíticos.

La batalla del final de los tiempos

En medio de la derrota y la destrucción, con hordas de humanes avanzando hacia Berlín, un grupo de soldados "inhumanos" (=mortales) deciden resistir. No para “vencer”, saben que el final está cerca, sino simplemente porque han decidido cumplir con su deber. Esto es, y a ello me refiero, cuando hablo de "lo más alto" en todas las esferas de la vida; y es también lo que representa, en mi sentir, la verdadera “Alemania”. Si el nazismo tuvo algún valor, fue sólo éste, que, creo, casi ningún “nazi” de época o actual aceptaría (calificaría estas ideas de "nihilismo"). Pero Prusia se alzaba ahí majestuosa como realidad histórica objetivada. No estamos hablando de una raza, sino de unos valores institucionalizados, algo que Hegel identifica en su magna obra como  "espíritu objetivo". Y la mayoría de los soldados alemanes -sobretodo los oficiales prusianos, los celebérrimos Offizierkörper- actuaban de una determinada manera porque tales pautas de conducta formaban parte de lo más íntimo de sus vidas en todas las esferas de actividad.  Incluso un feroz antiautoritario, el anarquista Bakunin, tiene que reconocerlo en su obra "Estatismo y anarquía" (1873): "los alemanes son un pueblo serio y trabajador, tienen educación, son ordenados, exactos, económicos, lo que no les impide, cuando es necesario, y sobre todo cuando son los superiores los que lo exigen, luchar excelentemente. Lo han probado las últimas guerras. Además, su organización militar y administrativa ha sido llevada al último grado de perfección, un grado que ningún otro pueblo podrá nunca alcanzar (p. 80) (...) los oficiales alemanes sobrepasan a todos los oficiales del mundo por la profundidad y la amplitud de los conocimientos, por los conocimientos teóricos y prácticos de la ciencia militar, por la abnegación ardiente a toda prueba y completamente pedante en la profesión militar, por la regularidad, la puntualidad, la maestría, la paciencia obstinada y también una honestidad relativa" (p. 113). !El ideólogo de los okupas admitiendo la honestidad de quienes encarnarían a sus -no lo dudemos- más incondicionales adversarios!
Añádasele ahora la victoria, la salvación, las mieles del triunfo, etc. ¿Una Alemania opulenta? ¿Cuánto hubiera tardado en reproducir la recurrente "mermelada asquerosa" (Sartre) de los valores hedonistas? El "fascismo" es el desprecio. "Paraíso", "felicidad" o "vida eterna", de un lado, y "ética", de otro, se excluyen. Kant nos lo enseñó, aunque ni siquiera él fuera totalmente coherente con su descubrimiento. Si "eso" cristiano-platónico "existiera" doquiera que no fuese en el delirio místico o los estados estupefacientes químicamente inducidos, todo resultaría más “agradable”, pero ¿dónde hallar entonces un lugar para lo ético? El acto ético se realiza a cambio de nada: ni salvación, ni victoria, ni compensación alguna, le dan "sentido". Él es el sentido. Sólo por deber, sólo por la verdad: equivale a la más absoluta desnudez y pobreza. La ética constituye un fin en sí mismo. No existe un valor más allá de su ejercicio en medio del dolor, del barro, de los ataques del enemigo, de las difamaciones, de las amenazas terroristas (o ultras), de las persecuciones judiciales... !Ojo! !Que no hablo, o no sólo, de frentes militares, mucho menos de estéticas marciales! La vida misma -lo cotidiano, el trabajo, las relaciones sociales- es una lucha por la verdad contra los humanes y sus imposturas. Tanto más cuando la pólémica afecta a la política. Y no digo que no podamos vencer, desde luego que debemos intentarlo con todas nuestras fuerzas, pero incluso el imperio romano cayó y hay que luchar siempre haciendo abstracción de la victoria y la derrota, porque la fracaso, aunque se hiciera esperar siglos, antes o después tiene que llegar. Nosotros, empero, estamos ya de vuelta. Si el "éxito" fuese el único motivo de la lucha, más valdría deponer las armas y dedicarse a la jardinería. El “fascismo”, e insisto, no me refiero aquí tampoco únicamente a lo político o a lo militar, sino a aquéllo que vengo explicado en los posts que preceden a éste desde el año 2007, sólo existe en la lucha, en la dignidad del diario combate donde los mortales levantan la bandera de la verdad y son atacados por bandadas de "humanes" enloquecidos por de odio, aterrorizados frente a esa muerte que no comprenden -y, sobre todo, que no quieren comprender- a la caza de un chivo expiatorio, el "fascista" (o el "judío", tanto da). Pero con la victoria termina también la lucha y comienza, casi siempre, la decadencia. El escenario debe ser, por tanto, de forma necesaria, la tempestad: 
“todo lo grande surge en medio de la tempestad…”
(Martin Heidegger)
Y quien así actuare, ése sí merecería la compensación, la vida eterna. La merecería, pero únicamente eso. Ha de perecer para que el ser (das Sein) brille sólo un instante, como una estrella lejana, en medio de los fragores y la destrucción. Todos los "valores" de la cultura: el amor, la felicidad, dios, etc., devienen baratijas que, una vez conocidas, redúcense de tamaño hasta convertirse en el equivalente de un fraude existencial. Estamos solos. Pero siempre queda la camaradería del frente, la única relación humana auténtica, que emana de una trágica verdad compartida. Tuvimos que contar con los cristianos (había muchos en Alemania, como en todos sitios, porque la "promesa" paulina de salvación siempre "vende"); tuvimos que pactar con la derecha sociológica; mas no sólo prostituyeron el fascismo originario de 1919 y lo transmutaron en una nueva versión del "pueblo elegido", sino que nos montaron un holocausto contra los "asesinos de Cristo", cuando el mayor mérito de los judíos era, precisamente, haber ejecutado a Cristo.

“El héroe es aquél que osa ser, el que se atreve con la verdad y la experimenta en la forma de la ruina, la oscuridad y la muerte.”
(Felipe Martínez Marzoa)
Puedes eludir la ruina si quieres, no te lo reprocharé. Pero también podemos asumir el destino de los mortales. Senderos de gloria. Que ni el frente de lucha depende de nosotros, simples soldados que no aspiramos a la vida eterna (siendo así que nuestro "yo", nuestra "alma", a diferencia de los cristianos, nos importa poco), ni tampoco el momento en que las oleadas de carros enemigos despunten en el horizonte.
Yo no quiero engañar a nadie. Ésta es mi única virtud. Si a pesar de todo podemos reír, entonces nuestra risa será verdaderamente “humana”.
Viele Grüssen!!!
Jaume

martes, diciembre 02, 2014

Foro de FILOSOFÍA CRÍTICA: habilitación del correo de contacto












Recomendamos a las personas interesadas en debatir las entradas del blog FILOSOFÍA que lo comuniquen al siguiente correo:

adecaf@adecaf.com

Se ha corregido el email de contacto porque el indicado hasta ahora no funcionaba. 

Todo ello con el fin de darse de alta en el foro:

http://socialista-nacional.foroactivo.com/

Este sitio, por motivos de privacidad, está reservado a los usuarios que quieran seguir el Curso de Filosofía y plantear, en el subforo correspondiente, cuestiones relativas a los temas de la bitácora.

Saludos cordiales.

ENSPO
13 de octubre de 2014

jueves, noviembre 27, 2014

Antecedentes histórico-filosóficos de la oligarquía (1)

¿Tiene que ser heroica la filosofía?
Del fracaso de la filosofía en general. La historia de la filosofía es también la historia de un fracaso, de una derrota. Este hecho forma parte de la cosa misma del pensar, en la medida en que la cuestión del ser muestra un doble carácter: su naturaleza intelectual huidiza, por una parte; su exigencia ética poco menos que heroica, por otra. Pueden establecerse analogías con la situación contemporánea, pero nos limitaremos a la trayectoria que va de la filosofía presocrática al advenimiento del cristianismo.  De la razón a la sinrazón. Del fundamento a la fe. De la lógica al absurdo.


El fracaso de la filosofía griega 
La historia de la filosofía antigua ha sido caracterizada, en su etapa fundacional, como paso del mito al logos. El filósofo del logos por excelencia es Heráclito. Pero Heráclito no identifica la verdad con un ente, sino con el devenir y, por ende, con la finitud y caducidad de todas las cosas. La filosofía heraclitiana guarda una secreta armonía con la tragedia, la democracia ateniense y la búsqueda de la verdad por parte del héroe de Sófocles. De la mano de Platón, estos planteamientos serán considerados inaceptables, una suerte de problema en sí menesteroso de solución urgente: retornar a la estabilidad somnífera. El fundamento tiene que ser fijo y excluir la muerte. Platón ha militado en una secta, la pitagórica, que bebe en fuentes egipcias y proclama la idea de la inmortalidad. El filósofo de los Diálogos inicia el largo proceso de transición de la filosofía a la religión (cristiana). Hay, pues, un paso del mito al logos, pero también un retorno del logos al mito.  El cristianismo es un “platonismo para el pueblo” (Nietzsche).
Cuerpo del texto: 
1/ la transición de la religión pagana a la filosofía. La crisis de la religión pagana. El desarrollo social de la Grecia clásica desde la comunidad griega tradicional. Aristocracia y burguesía mercantil. Lo rural y lo urbano. Aparición de la democracia, la filosofía y la ciencia. 
El surgimiento de la filosofía debe poder explicarse, en parte, como un proceso histórico, social, cultural, político y económico.
  • Social: de la aristocracia a la burguesía.
  • Político: de la monarquía a la democracia.
  • Económico: de una economía agraria a una economía mercantil.
  • Cultural: de la religión pagana y la educación épica (homérica) a la filosofía y la literatura heroico-trágica.
    Leo Strauss: Atenas versus Jerusalén.
    2/ de la filosofía presocrática al platonismo. Los presocráticos. La pregunta por el arjé (principio) cuestiona la legitimidad del poder y demanda una respuesta racional a esa cuestión. Tales de Mileto inicia un proceso en el que las preguntas valen más que las respuestas. Pero con Anaximandro (apeiron) y Heráclito no sólo importan ya los interrogantes, sino que las respuestas adquieren un sentido filosófico perenne. Para Anaximandro el ente emerge de un fondo indiferenciado y es castigado por su culpa con la muerte. Para Heráclito el devenir en cuanto tal equivale al ser. El filósofo de Éfeso identifica lo ontológico con la temporalidad misma y marca con ello la culminación del proceso de descomposición de la tradición pagana. El héroe épico y el heroe trágico no se confunden. Pero Heráclito tampoco concibe el devenir como una ausencia de fundamento, al contrario, el devenir es logos y armonía de contrarios en la lucha. La filosofía heraclitiana permite distinguir, por primera vez, entre lo óntico y lo ontológico, el ente y el ser en perfecta consonancia con el héroe trágico y la democracia que combate no sólo contra el imperio persa, sino contra Esparta. Pero ya con Platón la experiencia heroico-trágica empieza a ser vivida en términos nihilistas. No es, insistamos en ello, una respuesta, sino una especie de agujero que debe ser tapado cuanto antes. Sócrates consuma el elemento crítico de la racionalidad cuestionando los mitos de la polis y provocando su ejecución judicial. La filosofía se enfrenta a la religión pagana. 
    El platonismo. Para Platón la tarea del filósofo consiste en recuperar la estabilidad de la sociedad tradicional perturbada por los procesos de racionalización democráticos y culturales. Ser y devenir se oponen ahora. Las cosas finitas tienen que ser ancladas en un universo paralelo ayuno de caducidad. Lo óntico pasa a primer plano frente a lo ontológico. No sólo eso, lo ontológico se va a construir a partir de ese momento tomando como “ente ejemplar” no ya el tiempo y el movimiento heraclitianos, sino la cosa presente. Esa cosa depurada de elementos temporarios es la “idea”, y la idea por excelencia es Idea de Bien, Idea de Idea, la estabilidad misma enfrentada al tiem en tanto que episteme (="ciencia") versus mera doxa (=apariencia) transitoria.
    3/ del platonismo al cristianismo. Esta reflexión de la filosofía pone las bases para “argumentar” la respuesta que, cinco siglos después, la sociedad helenístico-romana dará a los mismos problemas existenciales que Platón pero a escala sociológica masiva. En las inmensas urbes del impero romano tardío, con un individuo que ha roto todos los lazos con las comunidades nacionales y tribales originarias, la experiencia heraclitiana de la finitud se convierte en desesperación. La vieja religión pagana ya no está en condiciones de ofrecer paliativos a las necesidades metafísicas de un individuo desarraigado, hedonista y cobarde.  El contexto social genera "demanda de sentido", pero dicha necesidad no se satisface con teorías, sino con ofertas de salvación cuyo rango filosófico y ético se encuentra muy por debajo del alcanzado por los fundadores dela filosofía y, por tanto, del propio Heráclito. El platonismo, convenientemente reelaborado por Plotino y Filón de Alejandría, permitirá que las clases medias, cultas, del imperio romano, puedan armonizar los imperativos soteriológicos de las masas urbanas con una explicación "racional" en la cual la idea platónica ha adquirido rostro y se ha convertido en un sujeto, en un ente supremo capaz de rescatar de la muerte al creyente cristiano. 

    El retorno de la irracionalidad  
    Esta versión popular del platonismo y el cristianismo como teología confluyen en Agustín de Hipona para consumar el primer periplo de la filosofía, la pregunta por el fundamento, con una abierta renuncia a la racionalidad, un reconocimiento expreso del absurdo y la necesidad de deponer o subordinar el logos a los intereses de una legitimación del poder que las masas puedan compartir como verdad consoladora ayuna de componentes heroicos y democráticos. Serán, a la sazón, súbditos adocenados de un tirano. Contingentes de 100.000 germanos dominan poblaciones romanas de millones de habitantes. Los únicos que salen a defender a esas poblaciones son germanos que se han "pasado" al bando romano para disfrutar de las ventajas de la civilización.
    Puede observarse que en Roma los procesos sociales acaecidos en la Grecia presocrática se reproducen, aunque, empero, a la inversa:
    • De la República al Imperio (monarquía absoluta).
    • De una economía mercantil a una economía agraria basada en la explotación esclavista.
    • De la burguesía republicana a una oligarquía agraria terrateniente.
    • De una cultura racional de procedencia griega al dogma religioso cristiano de procedencia judaica.
    Pregunta: ¿puede articularse la filosofía trágico-heroica como proyecto político sin retroceder a la etapa mítica ni decaer en una sociedad de fellahs incapaces de defenderse? ¿Qué tiene que ver todo esto con el "fascismo" y la posibilidad de una alternativa a la modernidad hedonista, el anhelo de erigir, en el solar histórico de Europa, otro modelo de modernidad?
    Jaume Farrerons
    Universitat Popular Virtual de la Marca Hispànica
    3 de junio de 2014

    viernes, octubre 31, 2014

    La extrema derecha que gobierna el mundo (3). Los Estados Unidos de América (II). Cuando los inmigrantes exterminaron a los autóctonos (1)


    La "solución final" al "problema" de los indios pieles rojas fue su exterminio por parte del gobierno de los EEUU.












    Con una orden que creemos no tiene precedentes en los anales de una nación civilizada, el Congreso ordenó la completa destrucción de este pueblo en cuanto nación (...), comprendidas mujeres y niños.
    Thomas Jefferson, Writings, a cargo de Merrill D. Peterson, Library of America, Nueva York, 1984, pp. 1312-13(carta al geógrafo alemán Alexander von Humboldt, 6 de diciembre de 1913).
    Esta entrada amplía la ya publicada "La extrema derecha que gobierna el mundo. (3) Los Estados Unidos de América (I)". Nuestra intención es abundar, siguiendo una secuencia cronológica, en todos y cada uno de los genocidios, crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad perpetrados por el país más asesino de la historia moderna: los Estados Unidos de América. Sólo a partir de esta evidencia documental se pondrá de manifiesto la extremada hipocresía de un dispositivo de poder "atlantista", con sede militar en el Pentágono, económica en Wall Street, propagandística en Hollywood y religiosa en Israel, dedicado a "amparar" los "derechos humanos y la democracia" en el hemisferio occidental. Todo ello, empero, mediante la violencia sistemática, las intervenciones armadas, el apoyo a dictaduras policiales sangrientas y bandas terroristas de extrema derecha, los bloqueos económicos e intensísimas campañas de difamación contra los disidentes, resistentes o simples desafectos a todos los niveles: individuos, grupos, naciones, Estados... El historial atrocidades, exterminios en masa y fechorías estadounidense es tan espantoso, que las pretensiones de este país en orden a erigirse en "guardián (mundial) de la paz" sólo pueden ser interpretadas como una burla añadida a las numerosísimas víctimas de semejante delirio etnocéntrico.

    La historia de las relaciones gubernamentales con los indígenas es un vergonzoso registro de tratados rotos y promesas incumplidas. La historia de las relaciones fronterizas del hombre blanco con los indígenas es un registro asqueante de asesinatos, ultrajes, robos e injusticias cometidas por los blancos, como regla, y como excepción de ocasionales estallidos salvajes y hechos incalificablemente bárbaros de desquite por parte de los indígenas.
    Informe al Presidente Grant (1869)
    Existe una línea conductora que va hasta los comienzos de la historia estadounidense. El ataque contra la población indígena durante la conquista del país fue genocida; y la gente no se da cuenta de eso, lo celebra; (…) entonces llegaron a la matanza de los indígenas pequot de esta área (New England), donde los colonizadores simplemente los atacaron, los quemaron y asesinaron a todos, hombres, mujeres y niños… Esa es una de las glorias de nuestro pasado colonial…
    Noam Chomsky

    El primero de estos delitos de lesa humanidad es el genocidio de los indios pieles-rojas. Unos 5 millones de personas como mínimo fueron, en efecto, aniquiladas por la acción combinada de los colonos y del gobierno estadounidente. El congreso de los EEUU ordenó la destrucción total de este pueblo en tanto que "solución final" al problema de la posesión de las tierras y riquezas naturales de América del Norte. Nuestras fuentes de información son las siguientes: 1/ Marc Ferro: El libro negro del colonialismo, Madrid, La Esfera de los Libros, 2005; 2/ VV. AA.: El libro negro del capitalismo, Txalaparta, Tafalla, Nafarroa, 2001 (cuarta edición 2008); 3/ Domenico Losurdo: Contrahistoria del liberalismo, Barcelona, El Viejo Topo, 2007.

    De los delitos y las ideas

    Si forma parte de los designios de la Providencia destruir a estos salvajes con el fin de darle espacio a los cultivadores de tierra, me parece probable que el ron sea el instrumento apropiado. Este ya ha exterminado a todas las tribus que habitaban con anterioridad en la costa. 
    Benjamin Franklin, Autobiografía, Writings, a cargo de  J. A. Leo Lemay,
    Library of America, Nueva York, p. 1422.

    Pero aquí no nos limitaremos a elaborar un catálogo de hechos acompañado de la correspondiente condena y manifestación de indignación. Como página de filosofía crítica, nos interesa establecer la relación existente entre las atrocidades perpetradas y la ideología de los perpetradores. Éstos eran liberales y cristianos. No incumplieron unos preceptos religiosos, morales y políticos, estamos lejos de asistir a un acto de hipocresía, como podría pretenderse a fin de exonerar las doctrinas y archivar el caso en el expediente de la excepcionalidad anecdótica. Tanto el análisis de los delitos y las ideas cuanto el desarrollo histórico posterior de los "Estados Unidos de América" ponen en evidencia que el recurso citado faltaría gravemente a la verdad, convirtiéndose en un acto de complicidad y convalidación, por activa o por pasiva, del crimen cometido.
    El fundamento ideológico del exterminio de los indios pieles-rojas norteamericanos es una doctrina liberal-cristiana perfectamente vigente en el "mundo occidental". El enemigo fue y es "el Demonio"; los adversarios, reales o supuestos, son definidos como "eje del mal". Una vez deshumanizados, procédese a su exterminio sin mayores contemplaciones. La "justificación" delirante, teológica, no es cosa del ayer, sino material teórico de los intelectuales liberales actuales. Es decir, que personas como Arcadi Espada o Gabriel Albiac, por decir algo que nos resulte olfativamente familiar en el podrido Reino de España, empléanla con toda naturalidad: aquélla que corresponde a "lo obvio" del burgués satisfecho. Véase un ejemplo clamoroso:
    El Estado judío no habría nacido sin la expulsión de 700.000 palestinos. Así pues, había que expulsarlos. No había otra opción que expulsar a la población. (...) Tampoco la gran democracia estadounidense se podría haber creado sin la aniquilación de los indios. Hay casos en que el buen fin general justifica los actos implacables y crueles que se cometen en el curso de la historia.
    Benny Morris, historiador israelí.
    Otro tanto detectamos en el cine y en el "mundo de la cultura" pijoprogre. El exterminio de los indios no se experimenta con aquella vivencia casi litúrgica asociada a una película sobre el Holocausto, no. La gente puede soltar sonoras carcajadas y divertirse mientras "matan a los indios". ¿Quién no esbozará una sonrisa al leer esta frase? Se trata de algo muy parecido a lo sucedido con las "películas de alemanes"... También Hollywood, en su tradicional versión sobre la nación autóctona de Norteamérica, emite un mensaje relativo a la crueldad de los pieles-rojas, a su salvajismo, a su ética heroica y guerrera "primitiva" que contrasta con la moral cristiana de los protagonistas blancos, el arquetipo baboso, dulzarrón, meapilas y, empero, letal, de la "Casa de la Pradera". Si queremos entender la banalización del genocidio indio, es decir, su carácter circense, relacionado con la industria del ocio y el entretenimiento consumista de los felices antifascistas burgueses, hemos de adentrarnos en el lenguaje de la Biblia.

    Jaume Farrerons
    La Marca Hispànica
    29 de octubre de 2014

    ANEXO DOCUMENTAL

    Sobre la vinculación esencial entre la "ideología" cristiano-liberal y las pautas de conducta genocidas puede consultarse el siguiente artículo de Franz J. Hinkelammert sobre "La inversión de los derechos humanos: el caso de John Locke" (1999), donde el mayor filósofo del liberalismo es sometido a examen.
    http://www.filosofia-catalana.com/docs/altres/altres2/La%20inversion%20de%20los%20derechos%20humanos.pdf
    También pueden consultarse las siguientes páginas, que hemos considerado interesantes:
    http://crisolplural.com/2010/11/15/solucion-final-al-problema-de-los-indios-en-usa/