domingo, julio 12, 2009

Disidencia y crítica

¿En qué consiste la crítica y cuál es su importancia real en las tareas de la disidencia? Veámoslo. El sistema actual enarbola una ideología concreta, el antifascismo, pero no por capricho, sino sólo porque la requiere en cuanto fuente de legitimación discursiva, lo que significa que, como cualquier otro „dispositivo de dominación pública“, sin la fe de las masas en la verdad del mensaje litúrgico que transmite, el sionismo no podría existir. Además, es vulnerable a un ataque en ese preciso enclave o función de su estructura donde impera formalmente la denominada „libertad de expresión“. Por otra parte, cabe afirmar que en la actualidad -pero la situación podría cambiar si sobreviniera una crisis de dimensiones planetarias, ocioso es señalarlo- el sistema sólo resulta susceptible de ser seriamente dañado en dicho plano simbólico (!que no es poco!). En efecto, la apabullante superioridad material del aparato de poder liberal-burgués sionista hace inviable un ataque contra el mismo de tipo violento (militar o de cualquier otra clase, como el 11-S) que no vaya precedido de una victoria política, pero a su vez ésta sólo sería posible, o siquiera „pensable“, en el marco de un horizonte histórico donde se hubieran elevado al nivel de la „opinión pública“ las graves incongruencias internas del imaginario simbólico vigente y, a fin de erradicar el universo conceptual ideal y narrativo que lo fundamenta, esta situación posibilitase que se usare contra él mismo de su propia y gigantesca fuerza inercial. La crítica de la ideología es, por tanto, el primer e ineludible paso para todos aquéllos que han hecho de sus vidas una militancia disidente contra las fuerzas de la opresión, la mentira y el crimen que actualmente ejercen su tiranía incontestada. Léase: contra nuestros gobernantes y sus correspondientes hinterlands financieros, propagandísticos, sociológicos e institucionales.

Ahora bien, conviene subrayar que no todo asalto verbal a la ideología del sistema ostenta ya el carácter y el rango de una crítica. El motivo es que no puede esperarse un efecto crítico de desafiar a la ideología antifascista desde otra ideología que le sea totalmente exterior, por ejemplo la magia o una religión pagana, porque, incluso si aceptáramos tamaños dislates, la total hegemonía que el dispositivo de dominación ejerce sobre los medios de comunicación, la educación y la cultura, haría ininteligible y, por ende, inocuo, semejante lenguaje „alternativo“. Por tanto, la tarea de los disidentes NR, nacional-republicanos o terceristas -los únicos disidentes de verdad que yo conozco- es acuñar un discurso que, aceptando ciertos presupuestos a los que el sistema no puede renunciar y ha institucionalizado o hecho suyos de manera compulsiva y subordinada pero omnipresente, por ejemplo las exigencias de verdad y objetividad, y siempre que dichos presupuestos, como lo son los del ejemplo, no sean incompatibles con nuestros propios principios, permita ejercer una crítica racional, desplegando un discurso inmanente al mismo sistema cual iskra que provoque el cortocircuito, „incendio“ y destrucción de sus dispositivos simbólicos.

Por último, hay que remachar un principio muy claro: únicamente sobre las ruinas lógicas de su propio colapso conceptual interno se abrirá el espacio -horadado en la gruesa muralla del poder- que permita el avance de las fuerzas políticas revolucionarias, es decir, de aquéllas estructuras externas al sistema capaces de hacerse con la dirección de las instituciones, todo ello a fin de sembrar las semillas de una alternativa de valores éticos en las raíces mismas de la existencia humana y, a largo plazo, de transformar el conjunto de la sociedad. Cuando eso ocurra en Europa, y sólo entonces, podrá empezar a hacerse realidad el sueño de derrotar materialmente al sistema, dondequiera que éste haya instalado su sede, en el plano político-militar. A mi entender, aunque aquí se trata ya sólo de una mera prospectiva especulativa, ese futuro anhelado fervientemente por nosotros hace inevitable un conflicto entre un polo político euroasiático de poder real en cuanto negación autárquica del mercado mundial, y el polo político norteamericano, brazo armado del delirante proyecto de globalización liberal-sionista, es decir, de extinción pura y simple de todas las culturas y pueblos de la tierra, excepto el judío.

Designo con la palabra „potencialismo“, porque alguna hay que utilizar y ya explicaré en su momento el motivo de que se eligiera precisamente ésta, al conjunto de planteamientos filosóficos que debe permitir la reorganización de la disidencia, la identificación y definición rigurosa del sistema como enemigo político, la detección y determinación exacta de su ideología o aparato de legitimación doctrinal, y la acuñación coherente del correspondiente concepto de crítica, entendido no en términos de „lo que nosotros pensamos“ -o peor „nos gusta“- , sino de aquéllo que, nos agrade o no, puede estrictamente implementar, optimizar y llevar a su máxima expresión el efecto crítico de corrosión y destrucción de la función simbólica del sistema liberal-burgués sionista a escala mundial.

En definitiva, la crítica supone una determinada jerarquía de valores, pero no „otros“ valores cualesquiera „distintos“ de los actuales. Como veremos inmediatamente, no todo lo presuntamente opuesto al sistema -como la magia o el esoterismo- pertenece al campo de la revolución, puesto que la crítica y la revolución mismas son instituciones modernas. El pensamiento crítico, la disidencia y el proyecto revolucionario subvierten la actual jerarquía de valores, pero los valores mismos erigidos en alternativa forman ya parte, aunque subordinada, de la conciencia colectiva, de lo cual depende precisamente su operatividad criticista. Pues, para empezar, no existe ni puede existir crítica alguna en el seno de una sociedad tradicional. Este hecho es que el diferenció al fascismo de la extrema derecha y sigue ahí impertérrito ante nosotros como la eterna asignatura pendiente del campo NR.

La refundación potencialista del proyecto nacional-revolucionario europeo

En este artículo vamos a hablar sobre un proyecto que dio sus primeros pasos, meros balbuceos por lo demás rápidamente acallados, en la Cataluña de los años ochenta y fue totalmente estigmatizado y rechazado por los que a la sazón monopolizaban -mejor dicho, usurpaban- el canon del discurso nacional-revolucionario, identificándolo con el pomposamente denominado „pensamiento tradicional“, una pura invención que nada tiene que ver con ninguna tradición europea conocida y que hacía apología de curiosidades tan variopintas como -y sin pretender ser exhaustivos- el esoterismo, la alquimia, la magia, la teosofía, el espiritismo, la brujería, las „paraciencias“, el orientalismo, las religiones exóticas no cristianas, etcétera. Inclúyase en este etcétera cualquier expresión de irracionalidad que resultara útil para apartar a los jóvenes nacional-revolucionarios de izquierdas de toda forma de actitud crítica, autónoma e incompatible con la obediencia ciega a la (falsa) autoridad quasi sectaria de tales gurús filoislamistas (hoy enemigos del islam, mañana ya veremos) y doctrinarios de tres al cuarto, quienes hacían cada mes la cesta de la compra con las ayudas aportadas por los servicios de información del estado, enjuta y hasta miserable retribución por su enojosa y canallesca labor de envenenamiento.

Tales estrategias profanas, cuya banalidad y vulgaridad dejan estupefacto al observador, se situaban en el contexto político general de las décadas anteriores, a saber, cuando la guerra fría, en la que España no fue una excepción sino el ejemplo más diáfano de lo que decimos, había obligado al sistema sostener regímenes fascistoides, en este caso el franquismo, mientras instituciones como la CIA reclutaban colaboradores entre los restos humanos del campo vencido en la Segunda Guerra Mundial (pensemos, por poner un ejemplo, en la famosa Red Gladio) a fin de ponerlos a trabajar contra la „amenaza soviética“. El motivo es que existía incluso entre los nacional-revolucionarios residuales una oscura conciencia de que lo suyo nada tenía que ver con la ultraderecha reaccionaria tradicional que los periodistas, los intelectuales y los políticos liberales identificaban tout court con el fascismo. La tarea de los „infiltrados“ ultras fue evitar a toda costa que el proyecto NR redescubriera sus raíces izquierdistas, socialistas y revolucionarias, algo que podía tentarlo, como ocurrió con Ernst Niekisch, a cruzar el telón de acero y traicionar a la denominada „civilización occidental“, léase: al mundo de los burgueses conservadores que van a misa todos los domingos y están preocupados, en primerísimo lugar, por poner a buen recaudo lo que ellos llaman la „sagrada propiedad“. Además, y de paso, por esta vía se agostaba la genuina raíz originaria del fascismo, en el fondo incompatible con la derecha cristiano-burguesa. A tales efectos, nos remitimos a la obra de Julius Evola El fascismo visto desde la derecha, cuyo título inequívoco define todo un programa de acción intoxicadora, el cual, no lo dudemos, fue llevado a la práctica con absoluta coherencia por parte de sus discípulos.

¿Cómo hicieron la faena? Para decirlo brevemente, se acuñó de la noche a la mañana una pseudo tradición alternativa, tan retrógrada o más que la católica, y se pasó de la teología de tipo eclesiástico-tomista -que como poco guardaba ciertos residuos de la vieja racionalidad helenística- a un conjunto caótico de creencias „mágicas“, „paganas“ y „míticas“, cuando no „satánicas“, que nos colocaban a las puertas mismas de los hospitales psiquiátricos, inhabilitándonos para toda clase de acción reivindicativa en el seno de una decadente sociedad plagada de sectas y de ofertas „culturales“ análogas, es decir, perfectamente inofensivas desde el punto de vista político (aunque asaz destructivas en el plano personal), entre las que los evolianos no destacaban especialmente.

En España, una de las resistencias, insignificante por su importancia numérica pero enérgica en su oposición a esta maniobra del sistema, fue el proyecto potencialista, que desde el principio (1984) y sin vacilar apeló a los valores ilustrados, la democracia, los derechos humanos, el socialismo, el estado de derecho, la ciencia y la racionalidad filosófica en cuanto ingredientes del proyecto nacional-revolucionario europeo. Ahora bien, como resortes a los que se ha dado cuerda, los mencionados gurús de entonces se apresuraron a dar buena cuenta de esta iniciativa -que se había concretado en la fundación de la Plataforma Nueva Europa con personas y grupos procedentes del marxismo y de la izquierda comunista- mediante una artera campaña de difamación personal soto voce en la que se intentó desacreditar a los principales exponentes de la propuesta, tildándolos de „problemáticos“ (desafiaban frontalmente a los chivatos e impostores del Cesid), „nihilistas“ (negaban alborozadamente la „salvación del alma“, ya fuera en el „cielo“ cristiano, ya en el Walhalla), „separatistas“ (el potencialismo usó en sus textos de la lengua catalana a fin de cortar por lo sano con la putrefacta extrema derecha hegemónica), „traidores“ (se declaraban socialistas y revolucionarios, ergo „de izquierdas“, luego: rojos ) y otras imputaciones similares. Dentro mismo de la Plataforma Nueva Europa, donde sin conocerlos fueron amablemente invitados a participar, los maestros del „pensamiento tradicional“ con cátedra de copistería desautorizaron sin empacho el propio nacionalismo, eje incontestable de resistencia reivindicado abiertamente por los potencialistas, descalificándolo, en nombre del canon evoliano, como fenómeno „burgués“, mientras ensalzaban sin enrojecer de vergüenza los estereotipos „tradicionales“ de sociedad cerrada, singularmente los islámicos, todo ello en nombre del no menos pintoresco canon guenoniano, hogaño hurtado por elemental decencia a la mirada de los curiosos. No obstante lo cual, los que liquidaron desde dentro dicha plataforma en cuanto temprano proyecto de renovación NR, se pavonean en la actualidad como identitarios defensores de la nación frente a la inmigración islámica, abjurando así de sus „ideales“ de entonces, unas fórmulas que, empero, les fueron muy útiles para sabotear, a sueldo del sistema, aquel esperanzador proyecto nacional-europeo, y retrasar así veinte años la necesaria refundación del campo NR en nuestra patria. Mientras tanto, la pandilla ya ha intentado reventar varios partidos NR en los que se ha cometido también el error de aceptarlos, y a buen seguro que seguirán con su „trabajo“ en el futuro a menos que se tome una decisión drástica sobre el tema, a saber, una lista pública de traidores en la que se les excluya sine die, con nombres y apellidos, de toda nueva iniciativa en el seno de nuestro esforzado quehacer.

La intención que nos guía, empero, no es revolcarnos de forma estéril en las desventuras de una ya extinta asociación, sino más bien prevenir a jóvenes incautos de incurrir en nuestras pasadas ingenuidades, fruto de la inexperiencia, de suerte que aquéllas ya no puedan volver a repetirse, para, dicho esto con la mayor claridad, sumergirnos en el sentido de aquél discurso de disidencia crítica. Más en general, pretendemos abundar en las virtualidades revolucionarias de dicho proyecto metapolítico (la entidad potencialista no fue nunca un partido, sino un ensayo de „frente cultural“) en relación a la lucha contra el sistema liberal-burgués sionista en cuanto „dispositivo de dominación“ que controla el mundo occidental, un poder cuyas influencias calan mucho más hondo -incluso en nuestra propia carne- de lo que los discursos disidentes habituales nos permiten captar a primera vista.

Derechos humanos: adiós definitivo al fascismo

El punto de partida de una crítica racional al sistema, fundamento de la lucha política nacional-revolucionaria, es la convicción de que nuestros actuales gobernantes son los mayores impostores de la historia, y ello no sólo por los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados en su nombre a lo largo del siglo XX, sino por la total impunidad que, al amparo de una victoria militar -léase: de un puro acto de fuerza- pero agitando siempre la enseña de los derechos humanos, les ha permitido juzgar una y mil veces la misma causa, a saber, la del nazismo y el „holocausto“, a fin de aplazar indefinidamente, para decirlo de forma sumaria, el expediente relativo a Kolymá/Dresde/Hiroshima, una comprometida coyuntura en la que los imputados, sin coartada ni eximente alguna, serían los propios fiscales de Nüremberg.

Este factum pone en evidencia que la famosa „lucha contra fascismo“ no tuvo una motivación moral ni humanitaria, sino una muy otra, de carácter político e ideológico que, frente a Alemania e Italia, colocaba en el mismo bando a la Unión Soviética, Francia, el Imperio Británico y los Estados Unidos. El abismo ideológico que separaba a los Aliados de las potencias del Eje hay que buscarlo en los valores y ello, por supuesto, vista la aplastante evidencia de los hechos históricos, sin pretender ya engañosamente -como se ha adoctrinado a varias generaciones de europeos- que los valores de los vencedores eran aquéllos que se encarnan en la actual doctrina de los derechos humanos, a menos que ésta sea compatible con el exterminio sistemático y planificado de decenas de millones de personas. No vamos a entrar aquí en el tema filosófico de la ética, del que ya nos hemos ocupado en otros artículos de forma provisional, pretendemos sólo limitarnos a subrayar que todas las tentativas, sin excepción, de plantear la crítica al sistema como un ejercicio de negacionismo de los crímenes del bando fascista están condenadas al fracaso y carecen moral y políticamente de sentido. De lo que se trata hoy es de comparar, de hacer balance y de analizar públicamente las causas de unos y otros hechos históricos, tarea crítica por excelencia que se nos hurta de forma reiterada a pesar de que el ideario oficial del sistema, sobre el papel al menos, no podría nunca prohibírnoslo. El motivo, insistamos en ello, es que incluso el más superficial análisis de la realidad histórica coloca en el banquillo de los acusados a los supuestos „demócratas“ con la misma o mayor razón que a los dirigentes nacionalsocialistas.

De la circunstancia descrita se siguen fulminantemente las siguientes conclusiones: 1/ no es posible ni aceptable reivindicación política alguna del fascismo, aunque sí cabe una reinterpretación crítica del relato histórico antifascista; 2/ una vez despertados de los ingenuos sueños negacionistas, se trata de renunciar a toda la estrategia defensiva que vaya ligada al lastre de tener que blanquear los movimientos fascistas históricos, por lo menos si lo que se espera es poder algún día procesar a los vencedores y a sus actuales descendientes políticos, ya por acción, ya por omisión, como encausados por la ejecución, banalización y/o negación del mayor genocidio de la historia. Este planteamiento supone reivindicar sin complejos la doctrina de los derechos humanos y condenar todos los genocidios sin excepción, porque una práctica unilateral como la vigente (condenar sólo el holocausto judío) vuelta del revés, carecería de fuerza lógica y moral frente a un enemigo que controla las instituciones y puede desacreditar todo proyecto crítico apelando a cualquier información, por insignificante que fuere, que lo vincule al „fascismo“. En este sentido, conviene insistir en que sólo esta renuncia facultará, en el futuro, acuñar una narración histórica objetiva sobre los movimientos y regímenes fascistas que permita además comprender cómo resultó a la postre posible que millones de personas fueran exterminadas bajo la acusación de ser „fascistas“ por los aliados comunistas de occidente y que, a renglón seguido, un sistema político basado en los „derechos humanos“ no sólo legitimara el hecho apelando al único recurso de la fuerza bruta, de la impunidad y, finalmente, del olvido, sino que institucionalizara el lenguaje antifascista forjado por Stalin y los suyos -quienes teorizaron y fundamentaron tales crímenes- y lo elevara a la categoría de discurso oficial de los sistemas democráticos, todo ello a fin de difamar y estigmatizar en cuanto „fascistas“ (asesinos en la jerga „democrática“) a los críticos y desafectos de la oligarquía financiera (filo)sionista mundial, colocándolos, de paso, como reos de muerte civil y susceptibles de ejecución sumaria, en el punto de mira de las partidas de la porra, kaleborrokos y grupos callejeros antifascistas, terroristas o no, del otro pilar del sistema: la extrema izquierda chequista. Sectores radicales que la propia democracia liberal, por activa o por pasiva, sustenta como postrera garantía e instrumento paralelo y alegal de su abyecta dominación.

Esta postura fundamental nos permite inferir la totalidad de la estructura discursiva del proyecto filosófico potencialista, que pasamos a resumir de forma muy sintética a fin de que los lectores capten, más que informaciones concretas y aisladas sobre el mismo, la idea matriz que lo impulsa y le permite intepretar críticamente, desde una determinada perspectiva racional y comunicable ayuna de fraudes iniciáticos, la totalidad de los fenómenos de nuestra sociedad.


Ciencia y racionalidad filosófica versus magia y mito

Los layacos del sistema, sabedores de las debilidades del imaginario simbólico occidental, han intentado inocular en el seno de las filas nacional-revolucionarias la creencia de que dicha postura está inexorablemente vinculada a una „excitante“ y banal „superación“ de la ciencia, léase: la magia; al rechazo de los derechos humanos en nombre del culto terrorista de la violencia por la violencia y del racismo; al desprecio de la racionalidad en beneficio de la mística y el mito; al odio contra la democracia, que cabría „superar“ emprendiendo el atrayente camino que conduce a una nueva dictadura, basada en esta ocasión, cómo no, en la obediencia ciega a ciertos dirigentes, depositarios del saber revelado, que no pueden ser racionalmente contradichos porque sientan sus divinas posaderas en un limbo sobrehumano más allá de toda crítica, de todo argumento, de toda fundamentación, y ostentan la legítima prerrogativa de usar la calumnia o la amenaza contra los desafectos al sagrado carisma. Sugerir que semejante bazofia infame sea otra cosa que un intento de conducir el proyecto NR a su propio suicidio voluntario, como no se trate de la misma soberbia delirante y esquizofrénica de quienes la promovieron y en la medida en que se la creyeron ellos mismos en un patético ejercicio de autoengaño untado de dinerito contante y sonante, se nos antoja inaceptable.

Las consecuencias están, empero, muy a la vista cuando repasamos el cuadro de las „élites“ intelectuales NR, lectores avezados al culto de escritores declaradamente reaccionarios como Julius Evola o René Guénon, pero incapaces, aunque no por culpa suya sino de nuestros supuestos „referentes“ „morales“ (!es un decir!), de acceder a un pensador de la talla de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX y, no por azar, alguien que fuera militante y crítico del partido nacionalsocialista alemán, anticipando en dicha crítica interna del fascismo las posiciones nacional-revolucionarias del proyecto potencialista.

Disponemos, en efecto, de dos pilares filosóficos de primera magnitud como punto de partida de la tarea crítica, a saber, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, y con ellos de la entera tradición filosófica europea surgida en Grecia, racional, que no racionalista, y en cualquier caso conducente de forma inexorable a la realidad histórica de los fascismos, alfa y omega de la modernidad. No necesitamos, en definitiva, convertirnos en observantes del „pensamiento tradicional“, procedente de una pseudo tradición que sólo existe en la mente de unos pocos panfletarios semianalfabetos, individuos que, en el mejor de los casos, se han revelado como meros cretinos que esperan avistar presuntas naves espaciales hitlerianas afincadas en la Antártida y, en el peor, aparecen en la nómina del Cesid. Decir adiós al pasado es una decisión vital para el proyecto NR. No vamos a sustituir a un escritor por otro porque lo diga quien suscribe el presente texto: valga el crédito histórico-mundial de Heidegger como punto de partida fáctico que se acredita a sí mismo y que podrá responder a posteriori de dichas pretensiones sin que nadie tenga que confiar en „revelación“ alguna u obedecer a indecentes sugerencias de „superioridad jerárquica“, rango „iniciático“ del interlocutor o milongas „tradicionalistas“ por el estilo.

Dicho esto, tendremos que salir al paso de algunas posibles objeciones. En efecto: si como NR aceptamos los derechos humanos, la democracia, la racionalidad, la ciencia y el socialismo, ¿en qué nos distinguimos del sistema liberal-burgués que pretendemos combatir? Pero ya hemos visto que, incluso en el caso del fascismo, que no es el nuestro pero al que estamos históricamente vinculados, las diferencias entre las potencias del Eje y los aliados tenían un claro carácter axiológico, es decir, relativo a los valores éticos supremos, pero los fascistas no rechazaban la modernidad en su conjunto, algo que les distingue, según los politólogos y a pesar de la propaganda, de la extrema derecha reaccionaria (la misma que nos ha inyectado su veneno religioso e irracionalista). No se puede sostener que los aliados representaran la democracia frente a la dictadura, cuando uno de los socios destacados de la hedionda „cruzada antifascista“ encarnaba precisamente la tiranía más totalitaria y asesina que la historia recuerda. La crisis de la democracia liberal es un fenómeno de época fundamentado racionalmente por el marxismo. Carece de sentido afirmar que Alemania rechazara la ciencia en nombre de la magia, siendo así que los alemanes fueron precisamente los últimos adversarios militares de los Estados Unidos que mostraron una significativa superioridad tecnológica en el campo de batalla, ni que, como hemos visto, los derrotados representaran la negación de los „derechos humanos“, cuando el fascismo resulta impensable al margen de la reacción contra la barbarie bolchevique, que legitimó la lucha fascista (incluso, inicialmente, a ojos de los gobiernos occidentales) como defensa de la más básica civilidad europea. La línea de fractura hay que buscarla, por tanto, en el dark side, la negación fascista de la tradición judeocristiana, en el rechazo del imaginario utópico-progresista, de raíz religiosa pero secularizado por las sociedades industriales veteromodernas, en la defensa fascista de unos valores trágico-heroicos de ascendencia griega y, de forma radical, en lo que denominaré aquí principio de incompatibilidad entre la verdad y la felicidad que, emanado de la filosofía de Nietzsche y sistematizado por Heidegger en su ontología fundamental, atenta contra la entraña misma de la moralidad liberal burguesa y, a la par, de la ideología marxista-leninista que nutría de legitimidad los sistemas comunistas. Consecuentemente, podemos afirmar que el fascismo fue condenado a los infiernos no tanto por sus crímenes o su presunto irracionalismo cuanto por su exigencia de consumar el proyecto de racionalización occidental en una conciencia lúcida que excluye las ilusiones felicitarias, utópicas y proféticas de las primeras versiones, inevitablemente burguesas, del ideario ilustrado.

Conviene apostillar, en este sentido, que la filosofía de Marx no rompe en ningún momento con los valores hedonistas y eudemonistas burgueses, sino que se limita a exigir su realización, subrayando con razón las contradicciones entre el discurso oficial de las sociedades liberales y la brutal realidad del capitalismo decimonónico. El fascismo aspiraba a un socialismo que tomase nota de la obsolescencia axiológica judeocristiana y asumiera heroicamente la verdad trágica como destino inexorable de la razón occidental. Y en ello estamos, siendo así que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial no han dejado de proclamar en la teoría los viejos valores del Sermón de la Montaña mientras los pisoteaban en la práctica, con tanta mayor eficiencia cuanto que cualquier adversario del sistema liberal-burgués sionista puede ser declarado, por el simple hecho de serlo, enemigo de la humanidad.

Democracia popular participativa versus liberalismo y dictadura

En el ideario de extrema derecha que se ha intentado imbuir en las filas nacional-revolucionarias hasta hacerlas indistinguibles de una pandilla de skin-heads, las críticas a la corrupción de las democracias liberales se metamorfosean de forma insensible y espontánea en una desvergonzada apología de los sistemas políticos dictatoriales de derechas, en el gusto no disimulado por la violencia y el terror, en el racismo y el antisemitismo, etc., lo que hace un flaco servicio a nuestra causa, confirma los estereotipos antifascistas, da pábulo a las campañas de propaganda del sistema y olvida que no hay ninguna relación necesaria entre los valores potencialistas (sustancia del proyecto NR) y semejantes prácticas y modelos terroristas de Estado, ampliamente acreditados, empero, en el campo de la izquierda marxista. Sin negar en ningún momento que los fascismos históricos fueron todos, sin excepción, dictaduras, conviene insistir en que la crisis de la democracia liberal se saldó, no solo a la derecha, sino también y principalmente a la izquierda, con soluciones autoritarias, pero no porque se rechazara la democracia en sí, cosa que no ocurrió en ningún caso, sino porque, según una extendida y fundada idea oriunda de Marx, tales democracias eran puras ficciones controladas por oligarquías económicas planetarias, enemigas mortales, ya del proletariado universal, ya, para los fascistas, del conjunto de la nación. La respuesta dictatorial a la crisis de la democracia burguesa fue, por tanto, una alternativa de la izquierda más granada que los fascistas se limitaron a asumir como un factum, esgrimiéndola, precisamente, frente a la „bárbara“ dictadura del proletariado bolchevique, que no podía ser combatida, a su entender, desde los obsoletos planteamientos liberales, sino respondiendo a la violencia bestial de los rojos con una violencia defensiva pero todavía más enérgica y decidida. Fascismo.

Si pasamos del fascismo a la idea nacional-revolucionaria, es evidente que con la dictadura entramos en el terreno del puro accidentalismo histórico, porque los NR, tomando como referencia a Nietzsche y la Konservative Revolution alemana, partimos de una distinción tajante entre liberalismo y democracia que nos permite cuestionar el modelo liberal sin incurrir de forma fatal en la deriva autoritaria. Nosotros no defendemos el Estado ni el Partido, instituciones políticas de la burguesía. La distinción entre autoridad y poder, el concepto correlativo de una entidad política (enspo) institucional depositaria de los valores (=autoridad), frente al mero gobierno (=gestión administrativa), son los temas centrales del potencialismo. La democracia es un concepto de raíz griega e independiente de la actual formulación „democrática“ liberal. Y si nadie puede afirmar lo contrario, ¿por qué hemos de considerar falaz, como se pretende con una ironía que sólo encubre su falta de argumentos, el concepto mismo de una democracia no liberal? Por tanto, y aquí estamos ante una cuestión crucial, para los nacional-revolucionarios no se trata de negar la democracia, sino de desafiar los esquemas demoliberales, es decir, oligárquicos, desde exigencias de democratización y participación ciudadana, que el presunto „Estado social y democrático de derecho“ no puede, formalmente, recusar, y ello aunque las tema más que al mismo diablo, porque sólo las quiere suyas a efectos de legitimación y lavado de cerebro propagandístico, mientras promueve con todas sus fuerzas la despolitización de la sociedad, reduciendo lo político a mera liturgia antifascista.

A este propósito es bueno referirse al libro de Juan Colomar, recientemente publicado, República nacional española. Municiones para la resistencia, cuyos planteamientos compartimos, quisiera subrayarlo, casi en su totalidad, pese a lo cual queremos señalar aquí las (pocas) pero ineludibles discrepancias que nos separan de él.

Considero, en efecto, que el debate sobre el socialismo entre los nacional-republicanos no deja de permanecer encadenado a una cierta ambigüedad. Se trataría de recuperar el proyecto socialista bajo un cuño no marxista, pero al final da la sensación de que se siguen compartiendo algunos planteamientos marxistas, como el análisis del circuito del capital y la pretensión de construir una alternativa económica al sistema capitalista. ¿No convendría archivar tales vocablos (capitalismo, socialismo) y cargar las tintas sobre el factor político democrático? A mi entender, la clave de los asuntos sociolaborales en la sociedad de la información estriba en el control político popular de los procesos de gestión administrativa y en el estricto, riguroso e inexcusable cumplimiento de la ley, algo que en la actualidad no ocurre aun entendiendo que la ley liberal vigente, obra de las propias oligarquías, debería ser reformada en un sentido ferozmente social. El liberalismo se basa, efectivamente, en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder y de la administración de los recursos públicos o privados. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada de la ciudadanía, articulada en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en su ámbito legítimo y subordinado a “lo político” (!no confundir con „el Estado“!), pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un término que es, cada vez más, un lastre simbólico, pues o se opone una nueva teoría socialista plenamente desarrollada a las teorías vigentes hasta hoy, de cuño marxista, o el sentido del concepto reproduce, casi inconscientemente, la totalidad de los tremendos errores del pasado. A la postre, se desemboca en un programa de „nacionalizaciones“ y en una suerte de chavismo europeo anclado en los valores felicitarios de la izquierda judeocristiana.

En mi opinión, pero aquí se trata de una opinión que sólo pretende abrir un debate, la cuestión central pasaría, una vez más, por el tema de los valores. El capitalismo como tal no es hedonista, hedonista lo es únicamente el proyecto liberal. Si hemos distinguido ya con claridad entre democracia y liberalismo, llegado ha la hora de acotar liberalismo y capitalismo, abstrayendo éste último en términos rigurosamente económicos en cuanto sociedad de producción. Nosotros no cuestionaríamos así el proceso de acumulación de capital como institución económica, es decir, como fórmula hasta hoy no superada de racionalización de las funciones productivas de la sociedad, ni la ética del trabajo oriunda del capitán de empresa calvinista, sino la sociedad de consumo liberal y el economicismo ligado a ella, que no es otra cosa que la epidemia de los valores hedonistas inoculada por contagio a todas las esferas de la existencia humana a través del ubicuo dogma de la economía. Ésta, devenida a su vez fuente de estatus procedente de una riqueza indecentemente ostentada, fundamenta la dignidad de la persona en el seno las „sociedades desarrolladas“. En pocas palabras, el proyecto nacional-revolucionario, antes que presentarse como una alternativa al „capitalismo“, se limitaría a fijar límites internos a lo económico y a subordinarlo, por la vía legal y moral, a lo político, dejándolo funcionar dentro de ciertos parámetros y montando guardia en los puestos de control, a saber, los correspondientes marcos jurídicos y normativos, de manera que lo económico no devore lo político desde su propia entraña, como un gusano la manzana, que es lo que sucede inexorablemente en los sistemas liberal-burgueses conocidos hasta ahora.

Ni que decir tiene que la fundación de lo político implica el fin de la política, es decir, de la mera „gestión“ de un intangible programa liberal a partir de una panoplia de diferentes opciones meramente técnico-administrativas y la subyacente e incuestionada subordinación de la esfera de la autoridad a los valores existenciales del economicismo liberal. Con ello, es el Estado mismo -y, por cierto, el Partido, su núcleo de poder real- lo que desaparece. Este planteamiento supone una reforma integral de aquéllo que actualmente se denomina el poder judicial y la fijación de mecanismos institucionales independientes y objetivos de fiscalización de la administración, de manera que la oligarquía, en última instancia el imperio del dinero, no pueda manipular a los gestores políticos y corromper a golpe de talonario el mandato constitucional emanado de la soberanía popular. En definitiva, en el libro de Colomar detecto algo así como un sutil intento de “competir” con el liberalismo en el terreno económico, de prometer un sistema que ofrezca más „felicidad“ a las masas; a la postre, que “funcione” mejor, cuando de lo que se trata es de erradicar de una vez para siempre la sociedad de consumo. Porque la vieja promesa socialista, a saber, el „placer“ sin la „inhumanidad“ de la competencia capitalista, instaura a la postre la competitividad económica y de „capacidad adquisitiva“ en el seno de las esferas políticas y simbólico-culturales, infectando el entero sistema social con el fétido aliento del virus hedonista y eudemonista. Pero esto es siempre, nos guste o no, una repetición descafeinada del marxismo, un sistema que ha sido históricamente derrotado porque compartía sus valores con el liberalismo y concurría con la sociedad de consumo liberal en su propio terreno de juego axiológico. Tenía que perder. Nosotros, en cambio, somos conscientes de que hemos de aplastar al liberalismo en el campo cultural y político-militar, bien entendido que esta vez no habrá un sistema totalitario que, como el comunismo en la Segunda Guerra Mundial, les saque las castañas del fuego a los usureros, los cuales tendrán presumiblemente que defenderse solos frente a un enemigo integral y letal que buscará erradicarlos para siempre de la faz de la tierra como tipo humano.

Hemos de reconocer de una vez que, en términos generales, desde el punto de vista estrictamente técnico y organizativo, nada hay que objetar al capitalismo como modelo de racionalización de la empresa productiva y, si se quiere, al mercado en cuanto dispositivo básico de asignación social de recursos, un mecanismo que conviene dejar funcionar de acuerdo con sus propias leyes, pero subordinándolo siempre a la función política y alejando todo lo posible de su radio de acción determinadas instituciones como la educación, la vivienda, la sanidad, la justicia, el crédito, la defensa, los sectores económicos estratégicos y vitales para la seguridad nacional, etc.; imperativo político que en parte ya fue reconocido por las sociedades europeas en la edad dorada de la socialdemocracia, el keynesianismo y las economías mixtas (inspiradas en el fascismo), pero que los nacional-revolucionarios implementaríamos llevándolo hasta sus últimas consecuencias axiológicas, poco gratas para los criminales con corbata que nos gobiernan. No se trata de presentar, en consecuencia, una alternativa económica al liberalismo, sino una alternativa política al economicismo liberal en términos de democratización radical en el marco de un sistema de valores potencialista. Porque frente a la propuesta de unos valores racionales, los liberales tienen que callar la boca. No así frente al “socialismo” como receta económica rival de la economía de mercado, donde ya hemos perdido de antemano la batalla dialéctica incluso ante la opinión pública más decantada hacia la izquierda, siempre que sea capaz, como creo que lo es, de leer algunos libros de historia. Propongo, pues, aparcar la palabra socialismo y abundar en el tema político de la democratización como clave para garantizar la socialización de los recursos materiales (no hablemos ya ni siquiera de “riqueza”). Evidentemente, esto supone una metamorfosis cultural de valores que contrapondría la actual sociedad de consumo a una economía autárquica y potencialista articulada desde su interior (valores quiere decir aquí fines de la sociedad de producción) como mero apéndice de lo político. Y esto es lo que significaría, si es que tiene algún sentido identificable con cierto rigor, el concepto de república del trabajo en el seno de un discurso nacional-revolucionario que sepa de qué está hablando.

Respuesta de Juan Colomar

He planteado las cuestiones anteriores al autor del libro citado, al que me une una larga amistad. Considero que sería injusto, después de la crítica anterior, no exponer aquí, como poco de manera resumida, cuál ha sido la réplica del interpelado. Más abajo sacaré algunas conclusiones provisionales de este debate crucial, visto que Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa en la época de ENSPO y del Movimiento Voluntad, procede de la izquierda comunista y ha evolucionado hacia posiciones nacional-revolucionarias que, sin embargo, ya lo veremos, no se identifican con el fascismo, a pesar de que su crítica a este sistema político esté lejos del habitual e hipócrita rasgamiento de vestiduras de la progresía anarcoliberal.

En primer lugar, quisiera resaltar la absoluta coincidencia entre Juan Colomar y el autor del presente artículo en la exigencia de una reivindicación abierta de la democracia y la básica contraposición entre ésta y el liberalismo: „La confusión entre democracia y liberalismo, el ataque conjunto a ambos, la negativa a criticar el liberalismo como antidemócrata, es uno de los puntos claves que explica la bancarrota del fascismo y la gravitación entorno al mismo de toda suerte de tradicionalistas y reaccionarios“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, 8 de septiembre de 2008, p. 1). Ahora bien, pese a lo dicho, y respecto a la crítica que he desarrollado en el apartado anterior, afirma Colomar que „es exactamente la del fascismo, y sólo ha podido intentarse reestructurando la „super estructura“ en un sentido totalitario, resultando de todo ello un lamentable fracaso. La „sociedad civil“ burguesa es infinitamente más poderosa que la „sociedad política“, por más que ésta proceda al exterminio de los usos burgueses normales. El fascismo italiano se metió en una repelente cama redonda, no sólo con la burguesía, sino con los residuos de la aristocracia. El nazismo eliminó al capital financiero, pero se amalgamó con los intereses de la industria pesada“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). No obstante lo cual, basta releer mi texto para ver que poco tiene que ver con el fascismo precisamente en lo relativo al punto crucial de la dicotomía democracia/totalitarismo, pues mientras el fascismo instituyó un Estado totalitario, aquéllo que los potencialistas reclamamos expresamente es una radicalización democrática y el control popular desde la base de las instituciones políticas, de suerte que no puedan ser usufructuadas de facto por el poder económico, como sucede en la actualidad. Cito literalmente del texto que envié a Colomar en mi carta de 2 de septiembre de 2008 y que en este artículo me he limitado a abundar: „El liberalismo se basa en la desmovilización y despolitización de las masas y en el ilegalismo más descarado en todos los ámbitos del poder. Creo que bastaría con la participación activa, fiscalizadora y politizada del pueblo, articulado en órganos de control, para que, sin entorpecer el funcionamiento del mercado en un ámbito legítimo y subordinado a „lo político“, pudiera concebirse un equivalente funcional del socialismo sin mencionar un vocablo que es, cada vez más, un lastre(...)“ (Carta de Jaime Farrerons a Juan Colomar, 2 de septiembre de 2008). ¿Qué tiene que ver esta afirmación con la propuesta de reincidir en el fracasado proyecto del Estado totalitario? ¿Pero no fuimos nosotros quienes, ya en un texto de ENSPO del año 1988 presentado en el acto fundacional de la Asociación Sin Tregua, a saber, „Maquiavelo y el nihilismo político“, denunciamos el totalitarismo como un intento de controlar por la fuerza la esfera económica capitalista desde la esfera política concebida en términos burgueses, léase: como Estado/Partido? Así, sostiene Colomar, citando al pensador nacional-revolucionario Ernst Jünger: „El capitalista no es más que un funcionario de la acumulación de capital“, y añade: „y tú, Jaime, pretendes que ese movimiento pueda ser domeñado axiológica y políticamente desde una esfera mucho más débil, la del Estado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 5). Pero, como decimos, ha sido un tema clásico del potencialismo el carácter individualista de la institución estatal veteromoderna (basada en el Partido, léase: en la parte, agente de los intereses parti-culares del príncipe maquiaveliano y factor antiholista por excelencia) y la necesidad de refundar lo político frente a „la política“. Hemos insistido una y otra vez hasta el hartazgo en la diáfana distinción clásica entre autoridad y poder, Entidad y Estado, lo que implica la extinción de éste último y del Partido tal como los conocemos, hecho que a su vez remite a una transvaloración de valores en el conjunto de la sociedad, siendo así que con el Estado, órgano burgués, se derrumba también la dicotomía liberal de una „sociedad civil“ de mercaderes (impregnada de valores hedonistas e individualistas) y el ámbito supuestamente neutro de la política y del poder público (en realidad una agencia de grandes empresas e intereses „particulares“). Por tanto, mi propuesta no puede ser „exactamente la del fascismo“, como pretende Colomar, y lo que aquí se observa es una diferencia fundamental a la hora de concebir el fenómeno del capitalismo. En efecto, según Colomar „el capitalismo no es un sistema mercantil, ni un montaje de usureros (visión nazi), ni se reduce a la propiedad privada. El capitalismo es una respuesta al advenimiento generalizado de la Máquina efectuada desde categorías culturales, sociales e institucionales anteriores a dicho advenimiento. Desde hace milenios existen mercado y mercaderes, propiedad privada, dinero y usura. El capitalismo, en cambio, tiene unos trescientos años de vida. El capitalismo es centralmente un sistema de producción industrial de mercancías. Esta producción alumbra un gigantesco movimiento de socialización técnica del trabajo pero, a la vez, configura un excedente, igualmente gigantesco, que adopta la forma específica de beneficio de una minoría social. Tal excedente no sólo se destina al consumo privilegiado de esa minoría. Se destina, sobre todo, por imperativos de la propia concurrencia, a la ulterior valorización del Capital, a la autoreproducción del mismo en un proceso ciego y cada vez más incontrolado“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 2). A mi entender, esta concepción del capitalismo es enteramente marxista e ignora, por ejemplo, la fundamental aportación de Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, escrita precisamente como réplica a El capital de Karl Marx.

Estamos ante un tema decisivo que conviene analizar con extrema atención, porque va a decidir el futuro del proyecto nacional-revolucionario como opción de izquierdas, hostil al liberalismo burgués, pero no al progreso tecnológico y a la neomodernidad que propugnamos. ¿Se trata, al fin y al cabo, de una cuestión meramente terminológica? Quizá. Veamos, para empezar, cómo describe Colomar el proceso de socialización al que conduce necesariamente el propio capitalismo: „reemplazo de la centralidad de la propiedad privada individual por la propiedad privada colectiva (sociedades anónimas), creación de oligopolios y monopolios, disociación de la gerencia respecto de la propiedad, formas implacables de planificación en el plano de la empresa, nacionalizaciones para rescatar a sectores del capital en crisis (en este momento, !en los USA!)... El Burgués nos sigue vendiendo manuales de liberalismo económico: su maqueta es un idílico mundo de competencia entre pequeñas empresas que se ajusta eternamente, mientras el Estado no intervenga, mediante el transparente juego de la oferta y la demanda. Pero el liberalismo es una representación primero errónea y luego mentirosa de la realidad. El dominio del Burgués ha sido posible solamente con la decisiva intervención del Estado -la acumulación primitiva de capital en Inglaterra a base de patentes de corso, tráfico de esclavos y expediciones coloniales- y se ha desplegado como la más brutal palanca de expropiación -primero de campesinos y artesanos, luego de empresarios pequeños y medios, finalmente, de los grandes capitales por otros mayores-, de cartelización, de planificación. !El Burgués nos ha enseñado el camino de la concentración técnica y financiera, de la anulación del sacrosanto mercado, de la planificación e incluso de la estatalización!“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., págs. 2-3). Parece evidente que es el propio Colomar quien contrapone liberalismo y capitalismo. El burgués se ha visto forzado, por la lógica interna del sistema capitalista, a emprender caminos que la doctrina liberal le prohíbe expresamente. No sólo eso, el capitalismo, que según Weber no es más que la racionalización de la esfera económica de la sociedad y no la mera producción en masa de mercancías, exige, por imperativos de racionalidad, la socialización, la planificación, la diferenciación entre gestión y propiedad, etc. ¿Cómo puede, por tanto, identificarse el capitalismo con el liberalismo y la burguesía? ¿No se trata, como en el caso de liberalismo y democracia, de dos conceptos diferentes? Esta es nuestra tesis y creo que, en el fondo, más allá de las palabras, Colomar, fundador de la Plataforma Nueva Europa, la comparte también, aunque utilice una terminología diferente para referirse a lo mismo, con la subsiguiente confusión.

La cuestión central son los valores hedonistas e individualistas de la burguesía, heredera del judeocristianismo, que entran en colisión con la inercia racional que el propio sistema capitalista despliega volis nolis, circunstancia que reclama a gritos una alternativa axiológica y ética en profundísima ruptura con el presente: „el Burgués -dice Colomar-, atado irremisiblemente a las „categorías del individualismo“ (...) no puede sino propulsar a niveles cada vez más elevados la contradicción central de su mundo, en un proceso desbocado que se le va de las manos“ (Carta de Juan Colomar a Jaime Farrerons, op. cit., p. 3). Ahora bien, ¿podrá ser dicha alternativa moral otra cosa que la consumación de la racionalización misma en el plano de la existencia humana? ¿Qué consecuencias se desprenden de este imperativo, el cual va más allá de la destrucción de todos los mitos religiosos, ya sean hebreos o paulinos, ya musulmanes? En efecto, aquello que mantiene al burgués con las manos atadas al ayer es la herencia cultural judeocristiana, incluso allí donde, de forma despiadada respecto de los obreros que explota sin compasión, dudaría de haber roto con la misma, pues su egoísmo sigue siendo un pálido reflejo del individualismo religioso (la „salvación del alma“, la „vida eterna“, la suya). Y es en este punto donde entran Nietzsche y Heidegger en juego, porque únicamente estos autores nos ofrecen una pauta segura y coherente para afrontar el problema de los valores de manera que no confundamos los árboles con el bosque creyendo que basta con una crítica del „capitalismo“ para ubicarnos en un genuino espacio político nacional-revolucionario. Nada más equívoco que tales consignas. Nada más lejano de una auténtica revolución que semejantes trivialidades y lugares comunes. Dejo así abierta la cuestión, en el bien entendido que son, entre otros, estos temas, y no la magia, el esoterismo o los OVNIS de la Antártida, los que deben ser debatidos en los foros nacional-revolucionarios. E invito a los lectores del presente artículo a un estudio serio del citado trabajo teórico de Juan Colomar, que contiene una propuesta NR con capacidad suficiente para, por sí sola, elevar la disidencia a la altura de la crítica.

A la izquierda y contra la extrema derecha como enemigo a destruir

De las anteriores consideraciones se desprenden en cascada toda una serie de consecuencias, devastadoras para los Torrentes y otros gurús de la ultra, que rompen definitivamente la putrefacta amalgama de ultraderechismo y pretensiones presuntamente „revolucionarias“ o NR que han convertido esta sigla en el hazmerreir del periodismo liberal, y esta vez con razón. Por ello propongo que nos olvidemos ya también de la sigla „NR“, totalmente desacreditada, y empecemos a utilizar el término alternativo ND, „nacional-democrático“. En este artículo seguiré hablando de „nacional-revolucionarios“, bien entendido que con este término no me refiero a los grupúsculos ultras que acostumbran a utilizar el término, es decir, a desprestigiarlo de la manera más penosa.

El militante nacional-revolucionario de izquierdas (o „nacional-democrático“) no debe, desde el punto de vista ideológico, profesar ninguna religión de raíz judeocristiana o monoteísta (judaísmo, cristianismo, islamismo). Otra cuestión es que en los proyectos políticos NR se mantenga una actitud de laicismo y neutralidad religiosa, corriéndose un piadoso velo sobre la cuestión a efectos tácticos. En general, todas las creencias monoteístas descienden de la fe doctrinal en Yahvé, el dios de Abraham que ha institucionalizado, en sus versiones sagradas o laicas, la idea de un „reino de Dios“, llámese resurrección de los muertos, utopía, paraíso totalitario comunista, sociedad de consumo, cultura de la transgresión drogodependiente, mercado mundial liberal o cualesquiera de los espejismos criminales y versiones culturales de lo mismo que el futuro pueda todavía deparar. Todas ellas proceden de idéntico tronco doctrinal semítico, fuente de los valores felicitarios, raíz de la creencia en el supuesto final feliz de la historia y motivo de la negación de las dimensiones trágica, proverista y heroica de la existencia, arraigadas éstas, por el contrario, en el tronco indogermánico y grecorromano de la cultura europea. Efectivamente, Europa ha pagado muy caro el hecho de haber acogido en su seno, la sede de Roma, una religión semita. Los NR, quiénes si no, hemos de ser conscientes de las consecuencias de nuestros planteamientos y emprender una tarea rica en presagios y resonancias bíblicas, a saber: la desjuidaización axiológica -que no étnica- de nuestro solar histórico. Por ende, un militante nacional-revolucionario de élite no puede ser católico alegremente y deviene ajeno, ya sólo por este simple hecho, a toda complicidad de fondo con el campo ultraderechista español.

El enemigo político concreto del militante nacional-revolucionario europeo es la extrema derecha judía y su ideología religiosa, racista y supremacista, a saber, el sionismo, que ejerce un poder poco menos que sin réplica a escala mundial utilizando como brazo armado al ejército de los Estados Unidos, como central de propaganda los estudios de Hollywood (que evacúan regularmente las producciones cinematográficas sobre el Holocausto), y como sede física y epicentro simbólico de sus actuaciones criminales contra la humanidad la entidad sionista denominada Estado de Israel. El concepto central del racismo, la superioridad racial, fue definido por el judaísmo en términos de „pueblo elegido“ y llevado a la práctica en forma de asesinatos masivos y genocidas que el Antiguo Testamento describe con profusión y deleite. El proyecto liberal de globalización económica mundial, como antaño el comunismo y en sus orígenes la fe profética, no es más que el instrumento para la realización de los anhelos etnicistas inscritos en el judaísmo y secularizados por los sionistas, directrices de raigambre milenaria que implican la disolución de todos los pueblos de la tierra en el crisol de un mercado planetario empapado en valores hedonistas, individualistas, relativistas y materialistas, donde sólo el pueblo judío, en una posición económica, política y moral hegemónica, conservaría su identidad como garantía de su supuesta superioridad intrínseca.

En consecuencia, el militante nacional-revolucionario tiene buenos motivos para rechazar todo lo que hieda a extrema derecha, es decir, a religión monoteísta, a todo lo que exhale el tufo sanguinario del déspota del desierto llamado Yahvé, reflejo idealizado del faraón egipcio, cuando es precisamente este campo político „ultra“, y no la „democracia“, como se nos pretende hacer creer, el que decide actualmente -pensemos en la „justicia infinita“ de Bush- los destinos de la humanidad en el camino sin retorno hacia la realización de la locura sionista. Y es que, gracias a la ideología del holocausto, la extrema derecha judía es el único ejemplar en el mundo de esta corriente ideológica genérica -el catalanismo actual sólo suspira por ello- que puede actuar con total impunidad y sin que se la impute políticamente en cuanto tal. La postura nacional-revolucionaria de rechazo del racismo es así perfectamente coherente con la hostilidad ideológica hacia el sionismo (ultraderechista y racista) y con la doctrina de los derechos humanos, que debe permitirnos condenar y castigar los genocidios y crímenes contra la humanidad perpetrados tanto por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial cuanto por los propios sionistas en tierra palestina dos años después del juicio de Nüremberg y todavía impunes.

Ahora bien, el militante nacional-revolucionario no es un antisemita porque, en primer lugar, rechaza el racismo, constatada su procedencia religiosa, judía y sionista, como hemos visto ya, y en segundo lugar, porque hebreos son quienes están criticando con mayor ferocidad las ideas y las prácticas sionistas (pensemos en Chomsky, Finkelstein, Pappé, etc.). Por lo demás, es absolutamente impensable que la cultura europea se desprenda, sin amputar su propia sustancia, de las contribuciones culturales, filosóficas y científicas de infinidad de autores judíos que no por serlo desde el punto de vista étnico han de sustentar las ideas que rechazamos. Por el mismo motivo, el militante nacional-revolucionario de izquierdas („nacional-democrático“, ND) no tendrá empacho alguno en criticar el nazismo en cuanto inversión „aria“ del judaísmo del pueblo escogido y en aplicar a los crímenes del Tercer Reich el mismo rasero que al resto de los genocidios modernos. Y si no se actúa así de forma enérgica y decidida, renunciando a los paños calientes en las cuestiones clave que todo lo deciden, los NR volveremos a deslizarnos imperceptiblemente hacia el estéril espacio político de la extrema derecha.

El militante nacional-revolucionario, cuando se lo preguntan, se declara de izquierdas. Su postura no es un interclasismo de centro o un ninismo (ni.., ni...) supuestamente tercerista que resulta muy útil para maquillar las propias vergüenzas de sacristía (u horóscopo egipcio, tanto da). La palabra „izquierda“, expresamente reivindicada, es la piedra de toque para distinguir a los nacional-revolucionarios de los ultraderechistas y reaccionarios tradicionaleros. Dicha palabra, izquierda, identifica aquí sin ambages a los trabajadores, inmensa mayoría de la nación y únicos perjudicados por una criminal política de inmigración promovida por la derecha liberal y la ultraderecha sionista -en su proyecto de mercado mundial y crisol racial- que, en cambio, beneficia económicamente a las clases medias y no digamos ya a las altas oligarquías financieras que la han desencadenado con el fin de importar mano de obra semiesclava, allanar en mescolanza las diferencias culturales del planeta entero (devenido así mero „mercado“) y reventar el precio del trabajo. Por tanto, cuando alguien quiera saber si él mismo u otro forma parte de la ultra o del campo NR, sólo tiene que preguntar o preguntarse por su ubicación topográfica, a la izquierda, el centro o la derecha, del arco político parlamentario. Es fácil. No se trata de una cuestión ideológica (la palabra izquierda carece de sustancia o significado doctrinal), sino de puro significante, léase: de instinto político. La más mínima duda, la menor vacilación a la hora de responder, ya indica que no estamos ante un militante nacional-revolucionario. Por tanto, insistamos en ello: a la izquierda o con la extrema derecha. No existe, en nuestra coyuntura histórica actual, una alternativa a dicha dicotomía que permita, como antaño, eludir las responsabilidades y seguir siendo NR mientras, por otro lado, se codea uno con la escoria más rancia, patética e impresentable de la eterna reacción.

Jaime Farrerons
L'Escala, 13 de septiembre de 2008
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martes, junio 16, 2009

Heidegger en el banquillo (3)

Ben Gurion, fundador del Estado de Israel, dijo: "soy partidario del traslado forzoso, no veo nada inmoral en él" (Ilan Pappé, La limpieza étnica de Palestina, Barcelona, 2008, p. 9). Se trata de una entrada de su diario, de junio de 1938, y está escrita por tanto antes de que se desencadenara el holocausto, en un tiempo, además, en que sionistas y nacionalsocialistas compartían el objetivo racista de la segregación mutua de arios y hebreos. El llamado Plan Dalet, la expulsión de los palestinos de la tierra donde habían vivido desde hacía siglos, comenzó en 1948 aprovechando los efectos propagandísticos del fraudulento juicio de Nüremberg, un escenario teatral pseudo jurídico en el que se vulneraron todos los principios del derecho. Hace 60 años, por estas mismas fechas, culminó la destrucción de 600 localidades palestinas, el exterminio de centenares de miles de personas y el exilio de todo un pueblo, al que ahora se acusa de terrorismo por defender su libertad por las armas ante la indiferencia de la comunidad internacional. Otra entrada del diario de Ben Gurion: "Existe ahora la necesidad de una reacción fuerte y brutal. Necesitamos ser certeros a la hora de elegir el momento, el lugar y los blancos oportunos de nuestros golpes. Si acusamos a una familia, necesitamos dañarla sin piedad, lo que incluye a sus mujeres y niños. De otro modo, no se tratará de una reacción eficaz. Durante la operación no hay necesidad de distinguir entre culpables y no culpables." (op. cit., pág. 105). Señor Antich, quien calla sobre los crímenes contra la humanidad perpetrados por estadistas y soldados judíos no puede tildar a Heidegger de "criminal", como usted hace, basándose en unas citas ridículas. Si Heidegger no condenó el holocausto fue porque el derecho de los vencedores no juzgó por igual los crímenes cometidos a lo largo de la guerra, sin mirar el bando del delincuente y de la víctima. En suma, lo que ustedes buscan no es justicia ni humanismo, sino poder, o sea, acallar las voces críticas que se levantan actualmente en todo el mundo contra el brutal sistema de dominación que ustedes representan y defienden, por acción u omisión, con sus lamentables escritos. Señor Antich, es usted un farsante.
(Continuará).

lunes, junio 15, 2009

Heidegger en el banquillo (2)



He podido hacerme con la versión en papel, harto más extensa que el panfleto online, del esputo sionista de Antich. Procederemos a analizarlo con detalle. En primer lugar, Antich admite que Heidegger es el filósofo más importante del panorama intelectual español (algo parecido sucede en Francia, donde no en vano se gesta la actual operación mediático-inquisitorial), a pesar de que la metafísica sería una ocupación puramente abstracta "sin relación con la realidad". No obstante lo cual, subrayémoslo, Heidegger ha devenido el crítico por excelencia del dispositivo de dominación que, cargado de crímenes impunes, controla la mayor parte del planeta desde el año 1945. Quienes pretenden ejercer la principal tarea del ilustrado, a saber, cuestionar los abusos y manipulaciones del poder, tienen que recurrir, pues, a Heidegger, que es un "metafísico" pero que, al parecer, tiene mucho que decir sobre nuestra "realidad", con la que Antich sin duda se identifica. Así, según Antich, Heidegger sostiene en su obra "los mismos principios racistas, antisemitas, totalitarios y criminales que el Tercer Reich puso en práctica". Para avalar semejante afirmación, se basa en unos textos de circunstancias donde Heidegger muestra su adhesión al régimen, pero, como veremos, manipula otros convirtiendo por arte de birlibirloque lo que es la descripción cáustica de unos hechos, en un apoyo a los mismos. Por otra parte, en un alarde de la objetividad que le caracteriza, Antich cita tres obras en las que basa su radical descalificación de Heidegger (las de Farías, Faye y Quesada), pero ignora las que se han escrito en su defensa, por ejemplo, las de François Fédier Heidegger: anatomie d'un scandale, contra Farías, y Heidegger à plus forte raison, contra Faye. En ésta última colaboran Massimo Amato, Philiphe Arjakovsky, Marcel Conche, Henri Crétella, Françoise Dastur, Pascal David, Hadrien France-Lanord, Matthieu Gallou, Gérard Guest y Alexandre Schild, todos ellos reputados especialistas en la materia. En el presente artículo nos referiremos a unos y a otros, aunque debo aclarar desde el principio que la estrategia de negar el nazismo de Heidegger esgrimida por Fédier y los suyos se me antoja ya insostenible. Es un hecho: Heidegger ciudadano fue nacionalsocialista, pero en su obra se expresan los fundamentos, no del nazismo, sino del fenómeno fascista en su conjunto, que no tiene necesariamente que mostrar caracteres racistas y antisemitas. Por ello, al afirmar que los textos de circunstancias, en los que se basa la acusación de Antich, carecen de peso dentro de la obra de Heidegger (cuando no están abiertamente manipulados por los inquisidores de turno), de ello no se desprenderá que quien suscribe niegue la orientación fascista genérica de Heidegger, sino la mera y propagandística reducción de su gigantesca obra a ciertos aspectos del programa hitleriano, siendo así que dichos ideologemas fueron sutilmente cuestionados por el filósofo.

¿Qué es un texto de circunstancias?

A fin de que no me se me acuse de buscar una coartada ad hoc para exonerar a Heidegger de las graves acusaciones que se le imputan, aclararé lo que significa un texto de circunstancias basándome en ejemplos extraídos en una situación muy similar a la de Heidegger pero ubicada en el campo contrario, el antifascista, sin que la misma levante la más mínima protesta por parte de los llamados "intelectuales de izquierdas". Es el caso de Marx-Engels. Empezaremos por el racismo, seguiremos con el antisemitismo y terminaremos con el totalitarismo y la criminalidad marxistas.


Racismo de Marx. En efecto, se acusa a Heidegger de afirmar que los negros son seres humanos, pero no tienen historia. Pues bien, para Marx, los negros ni siquiera son seres humanos. Así se expresaría al menos en sus cartas privadas (Nathaniel Weyl, Karl Marx, Racist,1979), por ejemplo cuando critica a Lasalle, un dirigente socialista judío que no era de su agrado: "Para mí está completamente claro ahora, como lo prueban la forma de su cráneo y su pelo, que desciende de los negros de Egipto, suponiendo que su madre o su abuela no se mezclaran con la negrada. Esta unión de judaísmo y germanismo sobre una base negra tiene que producir un producto peculiar. La protuberancia del colega es, asimismo, la propia de la negrada". El compañero de Marx, hasta el punto de compartir la autoría de muchas de sus obras, Friedrich Engels, es todavía más explícito sobre la inferioridad racial de la "negrada": "Al estar, en su calidad de negro, un paso más cerca del reino animal que el resto de nosotros, sin duda es el representante más adecuado para ese distrito." Sin embargo, ante tan "graves" exabruptos, nadie reacciona rasgándose las vestiduras ni pretende que la obra de Marx-Engels sea racista en cuanto tal. Se trata de textos de circunstancias que no nos dicen nada sobre el núcleo filosófico del marxismo. ¿Dónde encontrar, empero, textos "racistas" de Heidegger que se puedan siquiera equiparar a las groseras expresiones de Marx y Engels? Según Antich, sí los hay. Véamoslos: "también los negros son seres humanos, pero carecen de historia"... !Tremendo! Ahora bien, si, pasadas las farisaicas contorsiones progres, simplemente se lee lo que dice Heidegger, vemos que se trata de una mera constatación de hechos ayuna de valoraciones que, equivocada o no, plantea un problema filosófico sobre la determinación zoológica del humanismo que está, precisamente, en la base del racismo biológico y que Heidegger cuestionará siempre. Por ende, la postura racista no se detecta por ningún lado, cosa que no se puede sostener en serio de la afirmación de Engels, que coloca a los negros "un paso más cerca del reino animal que el resto de nosotros" con clarísima intención injuriosa y siempre bajo el supuesto de la superioridad racial de los blancos. Por lo que se refiere a la "selección de la raza", cuya reivindicación le critica Antich a Heidegger, cabe, sí, criminalizar las leyes nacionalsocialistas de Nüremberg sobre la prohibición de de matrimonios mixtos, pero no silenciar a renglón seguido la legislación y el derecho judíos al respecto. Es Hannah Arendt, la amante judía de Heidegger, quien lo sugiere: "Los ciudadanos de Israel, tanto los que albergan convicciones religiosas como los que no, parecen estar de acuerdo en que exista una prohibición de los matrimonios mixtos" (Eichmann en Jerusalen, Barcelona, 1967, p. 19). ¿Por qué los judíos pueden preservar su herencia genética y los alemanes no? ¿Existe un doble rasero a la hora de juzgar el racismo nazi y el racismo de la extrema derecha judía, es decir, del sionismo? Veremos que sí. Igualmente cuestionale es la prática profesional consistente en traducir, en los textos de Heidegger, la palabra Volk por "raza", pues en alemán las connotaciones de la palabra son totalmente distintas que en español. Dicho esto, si aceptamos el racismo de Heidegger en base a un par de citas, también tenemos que aceptar el correspondiente racismo de Marx y sacar las consecuencias políticas, pedagógicas y policiales de esta conclusión, que habría de hacerse extensiva a decenas de clásicos filosóficos y literarios de todo el mundo.


Antisemitismo de Marx. Citaré a continuación las conocidas declaraciones de Marx sobre los judíos: "La emancipación de los judíos es, en última instancia, la emancipación de la humanidad del judaísmo. Fijémonos en el judío real que anda por el mundo; no en el judío sabático (...) sino en el judío cotidiano. No busquemos el misterio del judío en su religión, sino busquemos el misterio de la religión en el judío real. ¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoista. ¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su dios secular? El dinero. Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época. Una organización de la sociedad que acabase con las premisas de la usura y, por tanto, con la posibilidad de ésta, haría imposible el judío." (Sobre la religión, Karl Marx/Friedrich Engels, Edición Preparada por Hugo Assmann-Reyes Mate, Segunda Edición, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1979, pág. 133). !Hacer imposible el judío como proyecto político! ¿Una idea nazi? No, una idea marxista, y esta vez no se trata de una carta privada. Si un autor judío, como Marx, ha manifestado una crítica de tales dimensiones al judaísmo, entonces, o bien Marx es un antisemita y hay que prohibir sus obras en las escuelas y universidades, o bien se puede criticar el judaísmo sin ser antisemita. Pero lo que en ningún caso cabe honestamente pretender es que Heidegger, que apoyó a muchos judíos y hasta tuvo una amante judía, es antisemita por expresar alguna crítica al judaísmo, mientras Marx, después de afirmar que quiere hacer "imposible" al judío, no lo es. Y debería aclararse, en cualquier caso, que está democráticamente permitido criticar a todos los pueblos de la tierra, a los españoles, a los franceses, a los alemanes, etc. Ahora bien, si esto es así, ¿por qué no a los judíos? Heidegger denuncia el "enjudiamiento creciente de la vida espiritual alemana", los catalanistas denuncian la españolizacíón de Cataluña, otros denuncian la americanización de sus respectivas culturas... ¿Un crítico del judaísmo se convierte automáticamente en un racista antisemita? Esta es la cuestión, que Antich da por supuesta sin reflexionar sobre ella, porque no es un filósofo, y nunca lo será, porque no es sino un mero propagandista sionista.


Continuará.

jueves, junio 11, 2009

Heidegger en el banquillo (1)


El diario La Vanguardia, sumiso como una puta a los grupos detentadores del poder mande quien mande (lo que incluyó, en su momento, al fascismo), ha tenido el atrevimiento de publicar un artículo injurioso y liberticida contra Heidegger, un panfleto que firma el filósofo Sr. Xavier Antich, profesor de Historia del Arte en la Universitat de Girona, en el que se le acusa de totalitario, antisemita, racista y asesino. Tal cual. Para mayor información de los seguidores de este blog, el director del medio, Sr. José Antich, hermanísimo del anterior, es autor de la biografía autorizada de Pujol El virrey y, por tanto, hombre adherido al poder corrupto, criminal, manipulador, mendaz e incompetente que nos gobierna desde el final de la Segunda Guerra Mundial y del que la mencionada empresa periodística, La Vanguardia, sería un notorio pilar institucional. Con esto no está dicho todo, pero casi.


Adjunto enlace a la vomitada pseudo literaria en cuestión:





En este escupitajo textual, lo primero que se hace es descalificar en bloque la metafísica, una actividad cultural que se remonta a los antiguos griegos y que, en este sentido, no se puede despachar con una frase irónica, pues semejante actitud bárbara equivale a la del que echa a la basura el arte abstracto o cualquier otra expresión de la creatividad humana simplemente porque su pedrestre mente no es capaz de interpretar los signos. "-Metafísico estáis. -Es que no como", esputa Antich aprovechando una cita del Quijote. Por lo demás, ¿quiénes serían los Antich para rebuznar una sola palabra de metafísica? Nadie; ellos son sólo escribientes y lacayos intelectuales del poder oligárquico local. En cuanto tales, únicamente pueden hablar con autoridad -pues conocen el tema- de cómo se encubre la corrupción y el crimen al servicio de unas nada metafísicas pandillas de mangantes cristianos de toda la vida, los ceporros de sacristía de Convergència i Unió (CiU), siendo así que ya sabemos que la única filosofía verdadera sería la de la cruz y la misa de los domingos. Es éste, casualmente, el lado correcto de la vida que les garantiza a ellos, !oh sí!, su salvación eterna, con lo que ya se habría "resuelto" el único problema metafísico que puede afectar a semejantes "ejemplares" autóctonos de la "élite" sociológica, a saber, el de la necesaria putrefacción de sus importantes y queridísimos culos, aunque, en este caso, el Gólgota no sea una práctica a la que se muestren muy inclinados estos eternos bon vivants de la burguesía catalana.



Sin embargo, la cosa no termina aquí. Después de difamar a Heidegger, el pensador más importante del siglo XX, y de reclamar que se "limpie" la filosofía de su influencia, los "demócratas" (léase siempre: los fieles servidores de la repugnante casta parasitaria judeocristiana o progresista cristiano-secularizada que controla las instituciones públicas, en Cataluña y en todo el mundo occidental), abren una sección de comentarios para sugerirnos que, felizmente, nosotros, a diferencia de los ciudadanos sometidos a las autoridades nazis, formamos parte de una "sociedad abierta" (judío Popper dixit). Pero, !ay!, resulta que los comentarios son censurados. ¿No es ésto normal? Claro, ya sabemos, existen comentarios "inapropiados", y hasta ilegales. Veamos, pues, qué comentarios censuran los robots a sueldo (o cerebros de alquiler) del señor Antich: El marxismo ha sido la ideología oficial de regímenes que han exterminado, en conjunto, a 100 millones de personas. Algunos perduran, como el chino, al que hasta se le concede la organización de unas olimpiadas. Pero el mundo está repleto de marxistas y no veo que se vaya a prohibir las obras de Marx en las universidades e institutos. Con una diferencia en relación con el nazismo: por cada víctima del nazismo, hay 4 del marxismo, y lo más grave: el nazismo ha sido juzgado y condenado, mientras que el marxismo sigue IMPUNE. De ahí que marxistas como Faye, Farias o Quesada puedan emprender campañas difamatorias propias de una cheka intelectual y nadie les reclame aclaración alguna sobre sus propias credenciales ideológicas. Hagan ustedes mismos la comprobación: midan el nivel democrático del diario La Vanguardia intentando publicar como comentario la frase anterior. En concreto, se ha censurado la segunda parte (en negrilla), que es aquélla que los sionistas no están dispuestos a tolerar, pues si semejantes evidencias fueran interiorizadas por la opinión pública occidental, la extrema derecha judía (para la que trabajan los Antich) no podría seguir haciendo lo que más le gusta hacer, a saber, exterminar en masa a la gente y luego gritar que ellos, judíos, son ante todo víctimas, suceda lo que suceda. Víctimas masacrando mujeres, ancianos y niños en Gaza, es decir, al parecer, paradójicas víctimas con patente de corso para cometer toda clase de fechorías. ¿Holocausto? Pues a mí, señor Antich, la propaganda del Holocausto me produce arcadas, al menos hasta que usted y la gente como usted condenen todos los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los demócratas, liberales y progresistas que les nombran a dedo para ocupar sus carguillos (aquí y en Pekín). Entonces, y sólo entonces, me tomaré en serio sus diatribas lacrimógenas sobre los derechos humanos y, con ellas, los crímenes nazis, que los hubo y lamentables. Porque no existen derechos humanos a la carta, señor Antich. Y conque nos repugna aceptar unos principios humanitarios que ustedes aplican selectivamente en función de quiénes sean las víctimas o los victimarios, le hago saber que yo, el día del Holocausto, abro una botella de champán. No puedo hacer otra cosa después de informarme en serio sobre el tema. En efecto, en su obra The Holocaust Industry (2000), el profesor y escritor judío norteamericano Norman G. Finkelstein distingue acertadamente entre el factum histórico del holocausto como persecución y exterminio de los judíos europeos, por un lado, y el Holocausto como ideología, por otro: "En las páginas que vienen a continuación, argumentaré que "el Holocausto" es una representación ideológica del holocausto nazi. Como la mayoría de las ideologías, posee cierta relación con la realidad, aunque sea tenue. El Holocausto no es un constructo arbitrario, está dotado de coherencia interna. Sus dogmas fundamentales respaldan importantes intereses políticos y de clase. De hecho, el Holocausto ha demostrado ser un arma ideológica indispensable. El despliegue del Holocausto ha permitido que una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos, se haya convertido a sí misma en Estado "víctima", y que el grupo étnico más poderoso de los Estados Unidos haya adquirido también el estatus de víctima." (op. cit., versión española, La industria del holocausto, Madrid, Ed. Siglo XXI, 2002, pág. 7). Ante la insensibilidad y la censura imperantes en los medios de comunicación "democráticos", descorchar una botella de cava el 27 de enero es quizá la última forma de protesta que a las personas decentes les puede quedar frente al nauseabundo uso y abuso del "discurso de Auschwitz" por parte de los políticos más criminales de la historia, esto es, sin ir más lejos, de los canallas que nos gobiernan manipulando a la opinión pública con artículos como el del Sr. Antich. La institucionalización del Holocausto (con mayúsculas) y de la doctrina de la singularidad de Auschwitz, entraña de hecho la negación, banalización o, incluso, justificación, del resto de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos a lo largo del siglo XX, entre los cuales se encuentran aquéllos cuyos autores son los llamados "antifascistas", con los fascistas o presuntos "fascistas" como víctimas. No puede haber, a mi entender, nada más ofensivo para las víctimas de un genocidio, en este caso el holocausto, que saberse utilizadas para encubrir decenas de otros crímenes de masas de idénticas o incluso mayores proporciones que el exterminio de los judíos. Pero eso es precisamente lo que hacen los ideólogos y propagandistas de la Shoah. Y de tales prácticas forman parte las farisaicas campañas de envenenamiento contra pensadores como Heidegger, emprendidas por "intelectuales marxistas" que nunca han pedido perdón ni han mostrado la más mínima muestra de piedad por las víctimas de los regímenes comunistas o por las atrocidades de los aliados durante y después de la Segunda Guerra Mundial, a las que hay que sumar la política racista y genocida del Estado de Israel en Palestina.


Oligarquía versus filosofía

En fin, hete aquí la buena nueva. Con sus rostros de hormigón armado ayunos de inteligencia, con los bolsillos repletos del dinero producto de la corrupción, con las manos manchadas de sangre por los genocidios impunes (y celebrados) que les encaramaron en el poder, los asesinos "antifascistas" van a prohibir ahora la filosofía. Pero no nos sorprenden. Lo llevábamos esperando desde hace mucho tiempo.

La filosofía va a salir de las cátedras. Los filósofos dejarán de ser funcionarios nombrados por el Estado, una dependencia que hace imposible y macilla, esta vez sí, el buen nombre de la disciplina. Ya era hora. Por fin quedará libre el pensamiento de las manipulaciones de estos inmundos e inmorales sinvergüenzas con corbata que, como una plaga, colonizan las instituciones democráticas privándolas de todo sentido y dignidad humanas.




viernes, mayo 15, 2009

Nacional-revolucionarios, ¿una opción de izquierdas?

Texto de la conferencia impartida en Madrid el 7 de noviembre de 2008.


El título de la presente conferencia es una pregunta, pero el simple hecho de que tengamos que plantearla representa ya un indicio de la situación de desconcierto general de los que todavía nos consideramos nacional-revolucionarios. Es cierto, el sistema parece ceder terreno en algunos enclaves, pero no ante opciones NR, sino de forma estratégica, asignando una función de válvula de seguridad a partidos de derecha populista xenófoba, tan hostiles a la inmigración, al islam y a la izquierda como mudos por lo que respecta a las fechorías de los EE UU o Israel. ¿Derechas o izquierdas? Ningún partido u organización política se interroga sobre semejantes cuestiones básicas, sino que, instintivamente, ocupa su espacio en el espectro político actuando de una determinada manera y, en primer lugar, identificando a su enemigo y la contradicción principal del mismo, o sea, la fisura por donde atacarle. De dicha identificación, que no es tan fácil, pues en ella se cifra el acierto o desacierto de una política, ya se desprende en buena lógica el lugar que ocupa cada uno. Harina de otro costal es que se pretenda cuestionar la validez misma de tal repertorio conceptual, pero ése no es un tema político, sino teórico. Podemos, en efecto, sostener legítimamente, en una reflexión todo lo profunda que se quiera, que desde el punto de vista ideológico ya no existen derechas ni izquierdas, sino, por una parte, partidos u organizaciones del sistema y, por otra, proyectos antisistema. Podemos, sin mentir, afirmar que todos los partidos del sistema son iguales, hacen lo mismo y sólo se distinguen, en el mejor de los casos, por las recetas técnicas que adoptan para alcanzar idénticos fines al servicio de un único ideario liberal; en el peor de los casos, ni siquiera se detectan tales diferencias fundamentales de gestión administrativa: esto es ya un tópico, sin duda fundado, pero en el que no voy a abundar. No les traigo aquí, en efecto, para explicarles lo que ya saben, sino que aspiro a mostrarles a los presentes algunas cuestiones a mi entender enteramente novedosas y que juzgo importantes. Así, en la teoría resulta que los NR estamos por encima de las derechas y las izquierdas, pero a la hora de la verdad, es necesario reconocer que nosotros no establecemos las reglas del juego ni los conceptos imperantes en la cultura política y que, en consecuencia, por mucho que rechacemos la panoplia derecha/centro/izquierda, los ciudadanos, los electores, los medios de comunicación van a etiquetarnos, van a forzarnos a elegir campo e incluso a imponernos una posición respecto de algo que, en realidad, es más importante de lo que parece y va más allá de las meras palabras.


Con esta digresión previa pretendía llegar a un punto de partida que se puede resumir en los siguientes términos: a/ los conceptos derecha/centro/izquierda carecen de contenido ideológico y filosófico, pero no porque todos los partidos del sistema sean iguales, o no sólo, sino porque, por definición, tales conceptos son relativos a la situación histórica y funcionan como cajas vacías que los tiempos van llenando de contenidos distintos; b/ los conceptos derecha/centro/izquierda entrañan un sentido estratégico y táctico, y como tales hay que emplearlos.


Volvamos ahora a nuestra pregunta: en cuanto proyecto político nacional-revolucionario, ¿debemos situarnos a la izquierda? Queda descartada de antemano la opción de derechas, que para un NR no cabe ya ni siquiera tomar en consideración (aunque, paradójicamente, resulta que la mayoría de los NR militan en organizaciones tildadas de ultraderechistas), pero algunos nacional-revolucionarios sostienen todavía, como eludiendo la cuestión, el llamado ninismo (ni derechas, ni izquierdas), y todavía otros creen que lo más oportuno es situarse en el centro, un enclave cuya presunta ambigüedad nos permitiría acceder a todos los espacios sociológicos que compartieran ciertos valores éticos, como si los partidos fueran asociaciones culturales donde se ofertaran modelos existenciales y no programas políticos concretos. Ya hemos tenido, mal que bien, cierto debate sobre el asunto y se han tomado algunas decisiones, así que es mejor poner las cartas boca arriba. En definitiva, ustedes querrán saber, para empezar, si la respuesta que voy a darles a la pregunta que plantea esta conferencia es afirmativa, de manera que, para los que tengan prisa, les adelanto que sí: creo que el proyecto político nacional-revolucionario es una alternativa de izquierdas a la sociedad de consumo liberal que el sistema pretende implantar en todo el mundo como „final de la historia“. No sólo eso, entiendo que, si las cosas hubieran ido como tenían que ir desde que en los años ochenta se empezó a plantear el tema de la ideología NR como algo distinto del cajón de sastre de la extrema derecha, el título de la conferencia de hoy no sería ya si somos o no de izquierdas, sino si somos de centroizquierda o de extrema izquierda, y yo afirmaría entonces que nuestro espacio político es la izquierda radical porque nuestro enemigo fundamental es la extrema derecha judía, es decir, el sionismo, una ideología racista y supremacista, religiosa, fundamentalista, imperialista, retrógrada y criminal, verdadera potencia hegemónica a escala planetaria.


Este es el punto de llegada que les anticipo. Ahora se trata de reconstruir los pasos que nos han llevado hasta él. A tal efecto tendremos que empezar por el principio e ir por partes, aunque esquematizando mucho porque el tiempo es limitado y no puedo extenderme todo lo que quisiera en cada punto.

Conceptos básicos

Aunque pueda parecer ocioso y hasta cargante, considero que hay que principiar aclarando algunos conceptos básicos que eviten los habituales fallos de comunicación e impidan al receptor agarrarse a cosas que el emisor no ha dicho ni diría nunca. Así, yo sostengo que los NR somos, hablando franca y campechanamente „de izquierdas“, e incluso de izquierda radical, pero con ello no pretendo sugerir que se nos pueda asimilar desde el punto de vista ideológico al comunismo o al anarquismo. Ya he subrayado que la dicotomía derechas/izquierdas pertenece al plano estratégico y táctico, no sólo para los NR, sino para todos los movimientos y organizaciones políticas; les pido que en todo momento mantengan esta aclaración en sus mentes o no comprenderán nada de lo que voy a exponer a continuación.


En efecto, lo primero que hay que distinguir en el proyecto NR y en la política en general son tres niveles del discurso o del texto, que valen singularmente para todos los proyectos políticos que se conciban como una alternativa de civilización, que no otro es nuestro caso, y no como una mera receta administrativa y de gestión técnica bajo el marco doctrinal antifascista vigente aceptado sin excepciones por los partidos del sistema. Esos tres niveles son el filosófico, el ideológico y el programático o político, que denominaremos niveles A, B y C. Para un partido del sistema sólo existe el discurso programático o de nivel C, porque los otros dos se dan por supuestos y son compartidos por todas las organizaciones políticas, sindicales, culturales, y no digamos ya por las instituciones públicas, que imponen los niveles A y B del discurso del sistema como evidencias comprensibles de suyo y emanadas de la propia sociedad, es decir, no sujetas siquiera a debate excepto en foros especializados de filosofía, y aun ahí con graves dificultades. En consecuencia, nosotros, los NR, en cuanto alternativa al sistema como tal y no a un determinado partido gobernante, no podemos esgrimir sólo un programa (nivel C). El motivo es que si embutimos en el programa los considerandos ideológicos y filosóficos in extenso, dicho programa será inoperante, el elector medio no lo va a entender, y si no disponemos de discursos propios de niveles A y B, dejamos ipso facto de ser nacional-revolucionarios y nos convertimos en piezas, por lo demás bastante marginales, del dispositivo liberal.


Todo el mundo entiende lo que es un discurso o texto de nivel C, a saber, programático-político. Su tema es la estrategia y la táctica, y por tanto la cuestión que nos ocupa. Pero quizá no esté tan clara su distinción frente un nivel ideológico y, mucho menos, frente a un nivel filosófico. Para aclararlo, pondré una serie de ejemplos. Nosotros, los NR, queremos promover un nuevo tipo humano. Cuestionamos no sólo las políticas actuales, en términos de una eficacia de medios, sino los valores y fines últimos en que se fundamentan tales políticas. Y cuando un proyecto político esgrime un modelo antropológico, axiológico y existencial propio, resulta que va más allá, no sólo del programa, sino incluso de la ideología. El marxismo es una ideología, no un mero programa político, pero su modelo antropológico es idéntico al de la ideología liberal. Liberalismo y marxismo o comunismo son dos ideologías diferentes, pero fundadas en idénticos valores, lo que explica algunas cosas aparentemente extrañas que sucedieron en la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, el proyecto nacional-revolucionario no es sólo una ideología distinta del comunismo marxista y del liberalismo burgués, sino que, en primer lugar, emana de un sistema de valores o axiología diametralmente opuestos a los del humanismo moderno, sea cual fuere su plasmación concreta. En la actualidad el marxismo ha desaparecido como fuerza política, impera en solitario la ideología liberal, pero los valores que inspiraban al marxismo, su filosofía, que eran idénticos a los valores de los liberales, siguen vivos y han hecho aportaciones decisivas al imaginario simbólico vigente, el antifascismo, de procedencia estalinista pero asimilado vorazmente por Hollywood sin excesivos problemas de digestión. En consecuencia, el proyecto nacional-revolucionario requiere de un nivel A, filosófico, para existir como opción determinada y autosuficiente. No sólo eso, ese nivel, el filosófico, representa su fundamento último y su seña de identidad, como veremos, por encima de la ideología y de los programas actuales o de los que haya podido pergeñar a lo largo de su historia. Detectar cuáles son los valores, es decir, el nivel filosófico, del proyecto y del discurso o texto NR, es una tarea políticamente crucial para nuestras aspiraciones y a la que por este motivo he dedicado toda mi vida (y que pronto, espero, se concretará en un primer libro editado por Ediciones Nueva República).
Que la izquierda no es una ideología queda claro porque la socialdemocracia, el comunismo y el anarquismo son ideologías bien distintas que caen, sin embargo, dentro de lo que hasta ahora se consideraba el espacio de la izquierda. De hecho la socialdemocracia, como el laborismo británico, sería una mera variante de la ideología liberal, mientras que anarquismo y comunismo designan ideologías totalmente opuestas al liberalismo, aunque compartan con éste, como ya hemos subrayado, unos valores y una antropología de carácter relativista, individualista y hedonista en el plano filosófico o nivel A del discurso/texto.
La segunda pregunta que podemos hacernos tiene que ver con la determinación del nivel ideológico frente al filosófico y al programático. Un programa es un discurso o texto que propone medidas políticas concretas aplicables en un plazo relativamente breve de tiempo, que puede ir de los de 4 a los 10 años. En cambio, lo que a veces se ha denominado „programa máximo“ sería en realidad el compendio o esquema de una ideología, que se basa en una concepción de la sociedad, del estado y de la economía, y tiene vigencia para un largo período histórico, pero también fecha de caducidad. A mi juicio, mientras que un programa se renueva como poco cada década, una ideología tiene vigencia a lo sumo para un siglo, pero no más. En cambio, el nivel filosófico es intocable, porque define los principios, los valores, la concepción del hombre. Si se modifica ese nivel, cambia todo, el proyecto político X pasa a ser el proyecto político Y, es decir, otro distinto. No así en el caso de la ideología.
El sistema se definía antes la de la caída del comunismo por su unidad a nivel filosófico, pero no ideológico, pues de otra forma la Guerra Fría resultaría inexplicable. Pero desde 1989, el sistema ha devenido un bloque formado por la filosofía hedonista, individualista y relativista, y por la ideología liberal. A ese bloque lo denominamos „ideología del sistema“ impropiamente, siendo así que incluye los niveles filosóficos y propiamente ideológicos, pero la etiqueta sirve para entendernos hecha esa salvedad. La extrema izquierda se ha quedado sin ideología, sin concepción del estado, la economía y la sociedad, lo que era en su día el marxismo, pero no se considera muerta, porque sigue aferrada a unos valores, aunque para su sorpresa tal axiología negativa, que se reduce ya al antifascismo, la coloque en la práctica en el mismo bando que el liberalismo. Y todos sabemos que, aunque no quieran reconocerlo, los extremistas rojos ya no son más que la partida de la porra del capital, que les da las migajas para que sigan ocupando ese espacio y hagan en las calles el trabajo sucio que la policía democrática no se puede a veces permitir por cuestiones de imagen.
Por lo que respecta a los nacional-revolucionarios, conviene decir muy claro y alto en este apartado que si a nadie se le ocurriría intentar aplicar en la actualidad el programa político jonsista de los años 30, sí parece que algunos consideran vigentes las ideologías de la época, cuando todas ellas, sin excepción, están caducas, toda vez que nuestra sociedad ya no tiene nada que ver con la que contemplaron personajes como Georges Sorel, Drieu la Rochelle, Ernst Niekisch, Nicola Bombacci, Gregor Strasser o Ramiro Ledesma. La identidad del proyecto NR está actualmente en sus valores, es decir, en el discurso o texto filosofico, el nivel A, y es a partir de éste que hemos de reconstruir la ideología NR del siglo XXI (nivel B) como fundamento de programas políticos NR (nivel C). Por este motivo considero ociosas las discusiones ideológicas basadas en argumentos historicistas, es decir, en intentos de legitimar la ideología NR del siglo XXI a partir de la ideología NR del siglo XX. Ése no es el camino: no se trara de recrear la ideología actual en el caldo de cultivo de una ideología ya obsoleta, sino de fundamentar la ideología NR en los valores NR, es decir, en la concepción antropológica y existencial del tipo humano que nosotros oponemos al homo oeconomicus del liberalismo (que también lo era del marxismo).
Finalmente, y para cerrar este apartado, quisiera hacer una referencia a las instituciones que se corresponden con los distintos niveles de discurso o texto. Una vez más, parece evidente que la institución que se corresponde con el programa político es el partido, pero ¿qué institución se corresponde con la ideología? Sin entrar en detalles que por el momento no vienen al caso a pesar de su innegable importancia, el discurso o texto ideológico tiene como referente a un movimiento social formado no sólo por uno a varios partidos políticos (la idea de que el partido debe ser uno y sólo uno es una de las causas de la tremenda esterilidad que venimos sufriendo en la práctica política), sino por sindicatos, asociaciones culturales, juveniles, centros de estudio, etcétera. El movimiento es una microsociedad que, enquistada en el seno de la sociedad liberal, anticipa la alternativa del nuevo tipo humano que proponemos.
Por otra parte, está la gran pregunta, que venimos haciendo desde los años ochenta, a saber, qué institución se corresponde con el discurso o texto de nivel A. Es evidente, o debería serlo, que dicha institución tiene que existir para garantizar la identidad y la continuidad del proyecto NR, incluso la memoria central de sus proyectos fallidos y de sus errores, para que no puedan repetirse, pero también debería ser evidente que no puede ser un partido político, porque de partidos NR habrá inevitablemente varios y se irán sucediendo en el tiempo, hasta el punto que algunos desaparecerán, como hemos podido comprobar en las últimas décadas. ¿Desaparecerá con ellos la memoria de los valores? Esto es precisamente lo que nos ha sucedido. Por tanto, la permenencia del proyecto NR debe corresponder a una institución o entidad política que rehúya las elecciones, porque su trabajo es mantener vivos los valores como tales a partir del ejemplo ético encarnado por militantes intachables, ejercer influencia sobre la producción ideológica y garantizar que los principios del movimiento no sean traicionados en nombre del pragmatismo político, como ya ha ocurrido en varias ocasiones a lo largo de nuestra historia.
El tema de la entidad o institución depositaria de los valores es un problema organizativo recurrente de primera magnitud que no ha encontrado todavía solución porque ni siquiera se ha captado su importancia. Sin embargo, si el movimiento NR anticipa de alguna manera, como microsociedad experimental, el tipo humano y social que queremos erigir, deberá dar respuesta a la distinción entre autoridad y poder que marca, en nuestra ideología, el fin del estado y del partido en cuanto instituciones indisolublemente ligadas al mundo burgués.

Fundamentos filosóficos

Según el planteamiento anterior, lo único que queda vigente de la historia política del movimiento NR son los nudos valores fundamentales que conforman una determinada concepción del hombre y de la historia. Lo dicho no significa que deba ignorarse a los ideólogos y políticos NR del pasado, sino que, en sus textos y en su ejemplo personal debemos intentar separar el grano de la paja, es decir, lo coyuntural, lo accidental, lo que pertenece a la época y por lo tanto está ya caduco, de lo esencial, aquello que es inherente al discurso o texto de nivel A. Pero, ¿cómo podemos hacerlo? La única respuesta posible a esta pregunta es apuntar a los pensadores que inspiraron la ideología NR, a quienes la analizaron y, en tercer lugar, a los filósofos que a su vez leyeron el texto filosófico que motivó al movimiento NR del siglo XX para fundamentarlo metodológicamente y darle consistencia científica.
Debo reconocer que esta metodología supone un esfuerzo y una paciencia que muchos no están dispuestos a hacer suya, sobretodo cuando aprieta la prisa por organizar la acción política. Pero han sido precisamente esas pueriles impaciencias y esa incapacidad de desarrollar en silencio un penoso trabajo previo de elaboración, análisis y organización, lo que nos ha llevado a casi treinta años de fracasos, que son los que yo conozco, con decenas de siglas y partidos que, con contadas excepciones, siempre terminan igual, a saber, absortos en el mundillo de la extrema derecha, un campo político que no tiene nada que ver con nosotros pero que, precisamente por nuestra falta de radicalidad en el análisis teórico, no deja de devorar una y otra vez nuestros esfuerzos políticos. Deberíamos preguntarnos de una vez el porqué y empezar a actuar en consecuencia.


Algunos de los presentes se preguntarán de qué filósofos estoy hablando cuando me refiero a los depositarios de los valores del proyecto NR. Sobre este tema no existen dudas desde el punto de vista historiográfico. El filósofo que funda el espacio de valores donde brotará el movimiento NR es el alemán Friedrich Nietzsche, y el principal intérprete de la filosofía nietzscheana es el también alemán Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX que, además, fue militante del partido nacionalsocialista y nunca renegó del fascismo en general a pesar de su posición crítica respecto de la ideología oficial del régimen.
El tema histórico del fascismo es fundamental a la hora de fijar los valores nacional-revolucionarios, porque el fascismo entendido en un sentido genérico es la primera manifestación política del proyecto NR, pero el proyecto NR no se puede reducir al fascismo y no todo lo que se aparece en el fascismo puede ser asumido como NR, porque proviene en muchos casos de la derecha. Lo que sí cabe afirmar es que la parte más original y genuina del fascismo es precisamente el componente filosófico NR, pero, para empezar, no existe una ideología fascista genérica, sino que nacionalsocialismo y fascismo son ideologías distintas, como lo son comunismo y anarquismo en el campo de la izquierda humanista. Otro tanto cabe afirmar respecto del nacionalsindicalismo y hay que concluir que, por la configuración de Europa en los inicios del siglo pasado, a cada nación le corresponde una ideología fascista histórica irreductible a cualesquiera otra de la misma familia. El parecido familiar de los fascismos remite al nivel A, el filosófico, y es en ese punto -y sólo en éste- donde el fascismo genérico coincide con el proyecto NR.


¿Existieron proyectos NR diferenciados del fascismo? La verdad es que en sus orígenes, casi todos los fascismos son NR, pero a medida que los distintos movimientos se desarrollan, se observa un proceso de derechización que tiende a convertir a los NR en una corriente, fenómeno que conduce en algunos casos al ostracismo y a la resistencia interna, y en otros a su eliminación, en ocasiones sangrienta. El brazo ejecutor de esta reacción es siempre la derecha en alguna de sus variantes, pero normalmente una derecha inespecífica agrupada frente a la amenaza bolchevique y utilizando el fascismo como mero dique de contención. Por este motivo los NR hemos de aprender la lección e identificar al enemigo: el enemigo del NR no es sólo el marxista, lo es también el derechista liberal, el nacionalista no revolucionario y el tradicionalista reaccionario. Y quizá éstos en mayor medida, precisamente por las coincidencias en aspectos ideológicos comunes de carácter patriótico, los cuales tienden a disolver las diferencias filosóficas de base y a destruir la esencia del proyecto NR, usufructuando los símbolos externos y consignas -la famosa coreografía de camisas azules- para mayor escarnio de la causa que defendemos.

No puedo terminar este apartado sin hacer alguna referencia de contenido, aunque sea rapsódica, a los valores NR. Desde luego, no es éste el sitio de tocar tema tan complejo y delicado de manera fugaz y grosera, menos todavía cuando estoy intentando definir un marco formal de referencia y eludiendo precisamente los contenidos, pero ya que se ha nombrado a Nietzsche y a Heidegger, y que hay cuestiones formales que difícilmente se pueden plantear de manera puramente abstracta, no eludiré el problema con justificaciones que pueden sonar a excusas.


Para identificar los valores nacional-revolucionarios o propios del socialismo nacional, es menester distinguir muy a grosso modo entre tres grandes grupos de proyectos políticos.

El primero agrupa a todos aquéllos que pretenden reconstruir el modo de vida anterior a la revolución francesa de 1789 y se oponen a los procesos de racionalización social que caracterizan la modernidad y, más en general, al tipo de sociedad en que vivimos, lo que excluye también, de paso, la revolución científica y la revolución industrial (la sanidad y la educación públicas, la seguridad social, etc., pertenecen asimismo al mundo del diablo). Su modelo político es el antiguo régimen, la monarquía y la aristocracia, y su ideología la religión cristiana en cualquiera de sus formas y variantes, pero singularmente la católica. Por lo que respecta al modelo sociológico, se basa en una jerarquía, pero hereditaria e incompatible con el reconocimiento social del mérito real de las personas. Es el espacio de la extrema derecha, la derecha autoritaria y el tradicionalismo reaccionario.

El segundo grupo es el que se vincula, por contra, a la modernidad, configurada ésta de acuerdo con determinados valores, oriundos de la ilustración, tal como quedan reflejados, por ejemplo, en la constitución americana, que habla de algo así como del „derecho a la búsqueda de la felicidad“ y planteamientos individualistas similares que acuñan la conciencia del ciudadano occidental contemporáneo. La meta última de esta filosofía es el igualitarismo sin jerarquías y el bienestar material en un universo social optimista, pacificado y apolítico. Este grupo incluye a todos los movimientos e ideologías modernas, excepción hecha del fascismo: el liberalismo, el anarquismo, el comunismo y la socialdemocracia pertenecen a tal categoría. El suyo es pues el mundo que todos conocemos, excepto en el caso anarquista, cuya utopía, más allá de algunos conatos, harto sanguinarios por cierto, durante la guerra civil española o en lo que hemos denominado subcultura de la transgresión lumpen, nunca ha llegado a controlar, a diferencia del marxismo, el liberalismo o la socialdemocracia, las instituciones contemporáneas.

El tercer grupo está formado, en solitario, precisamente por los valores nacional-revolucionarios. Este grupo de ideologías abarca los fascismos originarios, el nacionalsocialismo hasta 1934, el fascismo (hasta 1920 y luego la República Social Italiana), el nacionalsindicalismo (jonsista, pero no el falangista), etcétera. A partir de las fechas señaladas, el fascismo se amalgama con la derecha liberal y reaccionaria para hacer frente al bolchevismo y resulta ya imposible hablar de revolución socialista y nacionalista, porque el nacionalismo simplemente lo devora todo. El fascismo genuino, de carácter NR, ateo y anticlerical, se concible como una alternativa a la modernidad vigente, pero no como un retorno al antiguo régimen. Su punto de partida y eje filosófico es la crítica interna del proceso de racionalización basado exclusivamente en la racionalidad instrumental. La modernidad humanista representaría así una mera secularización burguesa de los valores cristianos, es decir, precisamente, de la filosofía del antiguo régimen, donde lo que antaño era el „reino de Dios“ deviene ahora progreso capitalista y, a la postre, utopía comunista (o consumista), un fenómeno, éste último, anticipado por sectas cristianas como la de los anabaptistas. Por tanto, el NR, surgido en el siglo XX frente a las ideologías del siglo XIX, entiende que la modernidad vigente es una veteromodernidad o modernidad caduca, encadenada axiológicamente al pasado preilustrado. Lo que propone el NR es una neomodernidad o modernidad auténtica, en que el valor último del proyecto político no va a ser ya la felicidad, sino la verdad, fundamento moral de la ciencia y por tanto del desarrollo tecnológico que abre las puertas del futuro. Ese mañana revolucionario no será, empero, un paraíso, rojo o negro, sino la lucidez absoluta de un tipo humano entregado al conocimiento, el arte y el servicio político en el marco de una comunidad nacional. El fascismo NR acepta la jerarquía como valor, lo que le enfrenta a la izquierda humanista, pero conviene subrayar que se trata de una jerarquía de naturaleza meritocrática y por tanto isonómica, es decir, regida por un principio de igualdad formal de los trabajadores e incompatible por ende con el ius sanguis hereditario de la extrema derecha.

La tarea del proyecto NR supone una total descristianización del solar histórico europeo y en este punto fascismo y ultraderecha resultan a la postre irreconciliables. El mencionado proceso de liberación de la peste que viene de oriente reclama no sólo la victoria del pensamiento científico y racional europeo frente a la religión monoteísta asiática (judaísmo, cristianismo, islamismo), sino también frente a las versiones secularizadas del ideal judeocristiano, a saber, el marxismo, el anarquismo y el liberalismo, y la forja de un nuevo tipo humano cuyo sentido existencial será asumir la verdad existencial, esto es, el sentido trágico, como deber y acto heroico de vida afirmativa. Sobre este fundamento axiológico y ético se erige así una estructura política moderna, pero totalmente distinta de la que conocemos actualmente como estado social y democrático de derecho; es la república del trabajo, dominada por la figura política del Trabajador (der Arbeiter) según Ernst Jünger, del Übermensch o ultrahombre según Nietzsche, del Dasein auténtico o „ser-para-la-muerte“ (Sein-zum-Tode) según Heidegger. Sin pretender, ni mucho menos, haber agotado un tema de alcances inmensos y consecuencias devastadoras, nos remitimos, para mayores aclaraciones, a nuestras explicaciones entorno a Nietzsche y Heidegger en ¿Qué significa hoy ser de izquierdas? (I) y (II), publicadas por la revista Nihil Obstat, números 9 y 11 (también pueden consultarse dichos textos en el presente blog).

Definición de la situación

A partir de aquí estamos en condiciones de empezar a entender el sentido de la pregunta por el carácter, izquierdista o no, del proyecto nacional-revolucionario europeo. En los tiempos que siguieron a la revolución francesa, la palabra izquierda mentaba fuerzas políticas vinculadas a la burguesía más radical, mientras que la derecha, según el caso, se identificaba con los moderados y todo el amplio espectro de aristócratas, monárquicos, legimistas, etcétera. La sociedad industrial, por su parte, coloca a esa misma burguesía, que para la aristocracia era izquierda, en la derecha y frente al proletariado. Vemos así que los términos son relativos y no responden a contenido ideológico alguno. Se es de izquierdas o de derechas según la situación histórica, sociológica y político-estratégica. Hay, por tanto, que determinar esa situación para saber dónde estamos los nacional-revolucionarios. ¿Cómo podría describirse, pues, para nosotros, la coyuntura actual? Ahora vamos a releer algunos hechos harto conocidos, pero desde otra óptica.



Desde la caída del muro de Berlín, el descrédito del comunismo, la llamada „muerte de Marx“, ha dejado el campo ideológico en manos del liberalismo. Sin embargo, el imaginario simbólico oficial, como ya he señalado, sigue siendo el antifascismo, clave de bóveda en la que se condensaban los elementos filosóficos y de valores de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Tenemos, así, una ideología oficial que es liberal y liberales son los actuales partidos de izquierda y los de derecha. Con ello, la situación norteamericana y europea se asemejan cada vez más. En términos literales, si antes la derecha era el liberalismo y la izquierda el marxismo, socialdemócrata o comunista, ahora todo pasa a ser derecha. No dejan de existir grupúsculos de extrema izquierda, leninistas o anarquistas, pero carecen de operatividad política real, excepto como usufructuarios de un espacio que conviene mantener paralizado y como auxiliares violentos del dogma humanista. La izquierda es también liberalismo, y la crisis fiscal del Estado impide hablar ya de socialdemocracia en sentido clásico. Así, puede afirmarse que el antiguo campo de la izquierda ha sido ocupado por una suerte de centrismo liberal progresista, de manera que se observa un desplazamiento generalizado hacia la derecha del arco parlamentario en todo el mundo occidental. En Estados Unidos, por poner un ejemplo significativo, antiguos trotskystas judíos nutren ahora las fuerzas de los think-thanks "neocons". Otro tanto puede decirse de la política internacional, donde el adversario del proyecto liberal de mundialización de la economía de mercado ya no es el comunismo, sino el islamismo, una religión integrista, retrógrada, antidemocrática, que se defiende frente al desarrollo científico esgrimiento la palabra de Dios. Pero al islam no lo encaran, por el lado de occidente, la razón y la ciencia, sino el fundamentalismo cristiano y, con él, los intereses del lobby sionista al servicio de otro integrismo religioso, a saber, el del Estado de Israel. En consecuencia, la situación ha cambiado. El campo de la izquierda, ocupado durante un siglo por un proyecto revolucionario, está ahora, en realidad, vacío, o sea, vacante. Si para los NR del siglo XX, inspirados en Nietzsche, el marxismo no era más que la secularización de añejos conceptos religiosos, para los nacional-revolucionarios del siglo XXI son esos mismos conceptos religiosos los que vuelven a ocupar la primera línea en el frente de batalla. El Anticristo cobra rabiosa actualidad. El enemigo viene de la derecha. No hay izquierda o, mejor dicho, la única izquierda real tiene carácter virtual y sería aquélla que reivindicara hasta sus últimas consecuencias los procesos que engendraron la modernidad y que, como consecuencia de cien años el marxismo, o sea: de cristianismo secularizado, quedaron encallados, para a renglón seguido precipitarse a una regresión neomedievalista en toda regla. En suma, ese proyecto de izquierdas hemos de encarnarlo los nacional-revolucionarios europeos. Ante nosotros se está construyendo un mundo neofeudal de grandes empresas multinacionales, más poderosas que ciertos estados, impelidas por intereses de política religiosa, sectaria, propia de logias, de grupos de presión, de lobbys que se mantienen más o menos en la sombra. Estamos asistiendo a una auténtica debacle de la racionalidad. Hablar de izquierda humanista es, en nuestros días, una burla, a menos que los delirios del LSD o el virus del sida ostenten algún valor progresista. Todo lo que queda en el panorama que responda a ese nombre, izquierda, o somos nosotros o no es más que desecho humano de patéticas sectas marxistas y anarquistas. Resulta ya algo palpable que el fracaso de lo que durante dos siglos ha sido la izquierda, obedece a un colapso ideológico. Y tan pronto como el proyecto secular de paraíso o reino de Dios en la tierra se derrumba, vuelven a aflorar las capas freáticas soterradas de donde mana la tradición judeocristiana, con el dios de Abraham como fuente última de todo el dispositivo simbólico. ¿Qué ha sucedido realmente?


Los intentos de construir ese paraíso inmanente, terrestre, material, herencia del cristianismo, la gran secta judía que expande por el mundo los mandatos de Yahvé, han pasado en occidente durante la modernidad por varias fases, que voy a resumir en tres: a/ la primera fase fue la dictadura comunista en los países del Este de Europa y buena parte del mundo, cuyo descrédito obligó a la postre a descartarla como idea viva de la izquierda (no sin antes viajar del „bucrocratizado“ universo soviético a la revolución cultural china, y de ésta a personajes poco menos que míticos como el Che Guevara o la Cuba de Castro); b/ la segunda fase es la sociedad de consumo occidental, promovida por las socialdemocracias durante la larga posguerra que termina en 1989, un proyecto que había de realizar el sueño profético sin pasar, empero, por los horrores de la revolución y el régimen policial, lo que no impidió que la famosa felicidad, ese dios del hombre moderno, se hurtara una vez más a los ciudadanos de occidente, mientras millones de famélicos morían de hambre en el tercer mundo a las puertas de una Europa preocupada por la liberación sexual, el aburrimiento de la rutina consumista y dramas domésticos semejantes, propios de un niño mimado; el fin de la sociedad de consumo como idea alternativa al paraíso comunista acontece con los hechos de mayo del 68, que desembocan en el ridículo de unos estudiantes supuestamente revolucionarios a los que, empero, los obreros dan la espalda con asco; c/ la tercera fase son las subculturas de la transgresión ácratas, basadas en el consumo de drogas y el uso político sexo como vía de una presunta liberación del trabajo alienante, fenómenos que, desde mayo del 68, crecen como delicadas plantas de decadencia en el tejido enfermo de la sociedad de consumo, oponiéndose a ella pero viviendo de ella, material e ideológicamente, como parásitos. El drogodependiente, el sidoso, el delincuente, el okupa, el marginal e indymedia son así los postreros herederos de la profecía felicitaria judeocristiana de izquierdas.

Sin embargo, la utopía no ha muerto, al contrario, entrando en una cuarta fase de secularización, el ideal profético-utópico adopta nuevas formas en manos de los "neocons" y Obama: ahora se trata de construir el mercado mundial, actualísima promesa de felicidad, renacida fe optimista en el reino de Dios, que viene a ocupar el espacio filosófico e ideológico de las ensoñaciones utópicas, de la dictadura comunista, de la sociedad de consumo socialdemócrata y de la comuna anarquista. Quizá lo único que ha cambiado es que esta quinta alianza con Yahvé, si contamos la estrictamente religiosa como la primera, no esconde sus raíces bíblicas y aparece encarnada por ex alcohólicos como el cristiano renacido Georg Bush. El proyecto neoliberal de mercado mundial es así la reedición de la utopía profética progresista, que toma el relevo de las ideologías de izquierdas y se pavonea desvergonzadamente como „fin de la historia“. Ser progresista es ahora ser liberal, antifascista y cristiano sionista. Los izquierdistas posmarxistas atentos al tintineo del dinero y de las prebendas institucionales, se suben al carro: cuanto más renuncian a sus antaño aclamadas consignas socialistas e incluso a las meras políticas fiscales socialdemócratas, más hincapié hacen en la amenaza neofascista, en la bondad del mestizaje, en la lucha contra el racismo y la xenofobia, en la memoria histórica, en las cuotas de igualdad de género, en el matrimonio homosexual, en un progresismo por decir así de imagen y floklore que no osa tocar el sacrosanto sistema liberal capitalista, pero que, como ha de distinguirse ante los electores de la derecha liberal, necesita hacer mucho ruido simbólico y abundar a su manera en la nueva ideología planetaria, promovida por Hollywood, defendida manu militari por el ejército de los EE UU y encarnada simbólicamente por el Estado de Israel, templo secular de la religión laica mundial beneficiaria de los seis millones de judíos supuestamente gaseados por Hitler.

La ideología del sistema

Con lo dicho desembocamos en lo que hemos denominado la ideología del sistema, elemento clave que debe permitirnos identificar al enemigo de los nacional-revolucionarios europeos y, por ende, nuestra ubicación política. Adelantemos que esta ideología, además de un nuevo paraíso de empresas deslocalizadas y sin patria, pide el sacrificio multicultural y multirracial de Europa, cuna del fascismo. Para ello, la mundialización tiene que ir acompañada de la llamada „libre circulación de la mano de obra“, lo que significa que nuestro continente debe convertirse en tierra de acogida de los pueblos de África mientras Israel mantiene sus leyes raciales y somete a los palestinos a un verdadero programa de limpieza étnica. Por lo demás, con el hundimiento del comunismo, la sociedad de consumo socialdemócrata ya no es necesaria. La función ha acabado y la derecha liberal desmonta el decorado del bienestar en el stand de la feria de muestras capitalista. Las clases obreras europeas, que en su día apoyaron a los regímenes fascistas y tienen una deuda pendiente con Yahvé, deben pagar la ofensa al pueblo elegido. En cualquier caso, los trabajadores no se van a beneficiar más de las ventajas del estado providencia, fruto de una estrategia pasajera del mismo capital financiero que sufragó los gastos de la cruzada del humanitario Stalin contra la terrible Alemania. Visto que tales grupos sociales constituyen el corazón y la inmensa mayoría de la nación en Europa, la actual política de inmigración es una puñalada que los políticos liberal-progresistas, en nombre del humanismo solidario que vota con el corazón, y los de derechas, en nombre de la libertad del individuo emprendedor, pero todos al servicio del mundialismo, clavan en la carne de sus propios electores, del pueblo trabajador europeo, definitivamente inerme ante el ataque del capital. Estos políticos, de derecha o de izquierda, en realidad todos de derechas y ninguno genuinamente de izquierdas, porque aquello que nos repugna en la izquierda es precisamente lo que ha heredado del cristianismo, es decir, de la derecha, estos políticos son en realidad peones que trabajan en las sucesivas reediciones de un mismo programa de aniquilación cultural. Lo hemos visto, existe un parecido de familia estructural en la totalidad de los proyectos que han regido el mundo occidental desde el momento en que la religión cristiana, oriunda de cierta secta judía, fuera proclamada en Roma dogma oficial del imperio, es decir, de aquélla entidad política cuyo símbolo eran hasta entonces los fasces de la auctoritas. No dejaremos nunca de pagar por ese error. Y el fin de Europa está ya muy cerca si no hacemos nada para impedirlo. Estamos ante la consumación de los tiempos. Esta es la definición de la situación. Y es en función de la misma que tenemos el deber de actuar.
Un movimiento político debe saber identificar cuál es su enemigo. La política no es más que la técnica de derrotar al adversario, pero si no somos capaces ni siquiera de detectar el objeto a combatir, difícilmente podremos hacer nada, ni siquiera aspirar dignamente a la victoria. Por eso he dicho que la respuesta a la pregunta de si somos o no de izquierdas los nacional-revolucionarios se decide en el plano de la estrategia y de la táctica. Ahora hay que añadir que ésta viene condicionada por la identificación del contrario a batir, algo que a su vez depende de los discursos o textos de nivel A y B, filosofía e ideología. Algunos habrán pensado quizá que, por lo que respecta al enemigo, yo me limito a repetir los tópicos del antisemitismo de todas las épocas. Sin embargo, debo dejar claro que no considero enemigo al judío, sino a la extrema derecha judía encarnada por el sionismo y que cuenta entre sus críticos más feroces a muchos intelectuales de raza hebrea. ¿Y qué decir de Bergson, filósofo espiritualista judío que inspiró con Nietzsche a Sorel, el principal ideólogo del fascismo? ¿Qué decir de Husserl, el judío maestro de Heidegger? ¿Qué decir de Chomsky, Finkelstein, Pappé, adversarios declarados del sionismo? ¿Renunciaremos a la obra de Einstein porque era judío? El antisemitismo es una excrecencia cristiana que otorga un lugar especial a los judíos como verdugos de Cristo. El antisemitismo en cuanto fenómeno pertenece al universo bíblico, y como que aquí se trata -por las razones expuestas- de salir para siempre de semejante espacio mental enfermizo y asfixiante, ya fuere en su versión religiosa, ya en la cristiano secularizada, hemos de rechazarlo todo de esa axiología que nos agobia desde hace milenios, en lugar de alimentarla con actuaciones que son, en el fondo, hebreocéntricas. Por tanto, rechazo tajantemente la idea de una conspiración judía mundial y condeno sin paliativos la estupidez antisemita, tan bien gestionada, en cambio, por los victimistas sionistas al servicio de sus fines racistas. En definitiva, tengo que insistir en ello, no estoy repitiendo nada que se haya dicho antes, mi postura es totalmente novedosa y pido que hagamos un esfuerzo en identificar al enemigo sin caer en los tópicos de siempre. Enemigos son los políticos que, judíos o no, sionistas hebreos o sionistas cristianos, que haberlos haylos, nos gobiernan desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con su política de inmigración se han quitado por fin la máscara y trabajan abiertamente contra los pueblos europeos. Esta fisura abierta nos da una oportunidad histórica y hemos de aprovecharla, porque no tendremos otra. Mas para ello tenemos el deber de ocupar el espacio vacío de la izquierda.

Nuestros políticos profesionales, en efecto, pertenecen o trabajan al servicio de oligarquías que existen en todo el mundo y prostituyen los mecanismos democráticos en beneficio de grupos de familias determinadas, económicamente muy poderosas, que controlan los bancos y los medios de comunicación y, por lo tanto, pueden determinar de antemano el resultado de unas elecciones, siendo así que todos los partidos del sistema son su partido y en realidad un único partido ofertado en forma de siglas distintas para que tengamos la sensación de que al votar decidimos algo libremente. Nuestros políticos y las oligarquías que los sustentan no tienen tampoco patria, son ajenos a toda territorialidad, como no sea ese antipaís sin nombre, los Estados Unidos de América. Su esfera de pertenencia es el poder financiero, que trasciende las fronteras y controla la economía y la política de las naciones. Tales oligarquías, encarnación de la derecha sociológica de siempre, se desnacionalizaron hace décadas, y en Europa especialmente, viven de mostrar su lealtad a un poder mundial y antinacional por esencia como pago por pasados errores y promesa de participación futura en los beneficios de las élites económicas planetarias.

Quienes nos gobiernan son los herederos de los políticos que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los mayores impostores que la historia recuerda. Para saber con quiénes estamos tratando, quisiera subrayar que nuestros adversarios políticos, a pesar o precisamente porque se reclaman de los derechos humanos y del antifascismo, agitan la propaganda de Auschwitz, la religión del holocausto, pero resulta que tienen las manos manchadas de sangre y han usado de la violencia, la guerra y el genocidio hasta unos extremos que nos permiten calificarlos, sin retórica alguna, de corruptos, manipuladores, torturadores y asesinos. Las cifras de víctimas, los métodos y los miserables discursos con los que se ha querido dejar en la impunidad tales crímenes contra la humanidad en un mundo repleto de progresistas que dicen luchar contra la opresión, en un mundo que afirma regirse por los derechos humanos, son de sobra conocidos, pero conviene recordarlos.

Cuando en el año 1941 Churchill decide aliarse con Stalin contra la presunta „barbarie nazi“, el holocausto aun no ha empezado, ni siquiera si se aceptan las fechas de la cronología oficial. Sin embargo, por esas fechas Lenin y Stalin ya han exterminado a más de doce millones de personas. ¿Qué motivos morales podían entonces impeler a la sacrosanta „democracia liberal británica“, ese nido de abyección, a hacer causa común con la peor tiranía de la historia? No los derechos humanos, aunque se nos quiere hacer creer que sí, que no otro pudo ser el motivo celebérrima y cínica liberalidad inglesa. Cuando, por las mismas fechas, Inglaterra concibe un plan para bombardear y reducir a cenizas todas las ciudades alemanas importantes, con más de 15 millones de civiles dentro, no sólo no ha empezado el holocausto, sino que Hitler planea trasladar a los judíos a Madagascar, algo que el clásico de la historia oficial del holocausto, Raul Hilberg, reconoce en su obra La destrucción de los judíos europeos (1961). Gracias a la victoria aliada, es decir, al triunfo del supuesto bando de los derechos humanos, las víctimas del comunismo superarán con creces los 100 millones de personas en Rusia, China, Corea, Vietnam, Camboya y media Europa, y no sólo la Polonia indefensa que se quería salvar de Hitler, sino toda la Europa del Este, permanecerá sometida a la opresión totalitaria durante medio siglo. No hemos presenciado, empero, ningún juicio contra los responsables de tamañas fechorías. Se habla, corriendo un tupido velo sobre el número de víctimas, un dato que no favorece precisamente a los adalides de la libertad, que lo que condena al nazismo, y por ende al fascismo, no son las cifras de muertos, sino los métodos industriales y las preconcebidas intenciones genocidas, pero la sofisticación de las bombas incendiarias inglesas, diseñadas meticulosamente para quemar al mayor número posible de bebés, niños, mujeres y ancianos alemanes, rebasan con mucho el método del tiro en la cabeza con que los soldados de los Einsatzgruppen ejecutaban a los judíos (visto que, como reconoce nada menos que Goldhagen, se ha exagerado mucho el papel de las cámaras de gas en el holocausto). Y si revisamos la alta tecnología empleada en la bomba de Hiroshima, el cuento del genocidio industrial organizado por un Estado moderno y demás blá, blá, blá queda reducido al ridículo. Por lo que respecta a las intenciones, Zinoviev, judío marxista del equipo exterminador reclutado por Lenin, ya avisa en 1917 de su intención de exterminar a 10 millones de rusos, aunque, como sabemos, esta cifra será superada de largo por los regímenes comunistas en su conjunto. Los judíos eran asesinados, se dice, por ser judíos, sin otro fin, pero la realidad del proyecto Madagascar desmiente la narración hollywoodiense. En cambio, quienes eran asesinados, no por ser esto o aquello, sino simplemente por existir, eran los ciudadanos rusos que debían llenar el cupo de detenidos y deportados al gulag, una cifra fijada de antemano para justificar la existencia de una contrarrevolución y de unos servicios de seguridad destinados a combatirla. Bajo ese concepto cayeron asesinadas millones de personas acusadas de ser "fascistas" y en cambio no veo a escritorzuelo alguno de la liturgia holocáustica dispuesto a narrar el horror de tener que morir por el simple hecho de que una estadística prospectiva haya de cumplirse y un torturador de la NKVD cobrar su sueldo de verdugo burocrático del paraíso. Al final de la Segunda Guerra Mundial, un millón de prisioneros alemanes fueron asesinados en los campos de concentración americanos y franceses, mientras 12 millones de civiles alemanes del este eran deportados y, en el camino, cerca de 3 millones caían exterminados. Con Alemania vencida y desarmada, se aplicó a este pueblo el castigo del hambre, con alrededor de 8 millones de víctimas. En total, unos 25 millones de alemanes fueron objeto de vulneraciones de los derechos humanos por parte de los cruzados de la libertad y de la justicia. Los criminales del bando vencedor no sólo no han sido juzgados y castigados, sino que se emplea con sus atrocidades innombrables el lenguaje de la negación, de la banalización y hasta de la justificación, el mismo que, en el caso de los judíos, aparece tipificado en el código penal y castigado con penas de hasta 5 años de cárcel. La impunidad ha sido muy útil, por el contrario, para continuar con el crimen de masas. Así, gentes que pertenecían al pueblo de las únicas víctimas de genocidio oficialmente reconocidas, los judíos, en calidad de sionistas del naciente Estado de Israel organizaron en 1948, o sea, poco después del juicio de Nüremberg, la limpieza étnica del pueblo palestino, perpetrada ante las autoridades británicas y los observadores de la ONU, los cuales comprobaron cómo se exterminaba sistemáticamente a centenares de miles de personas y se expulsaba al resto de sus hogares, pero no hicieron nada para impedirlo. ¿Qué autoridad moral pueden ostentar tales payasos psicópatas y carniceros, es decir, los políticos liberales y progresistas, para juzgar al fascismo?

Desde el otro lado, el nuestro, el de los nacional revolucionarios europeos, y sin negar que las represalias nazis contra los judíos por los bomabardeos incendiarios británicos son indignas de la ética que defendemos y totalmente condenables, entendemos que un crimen no justifica otro crimen, y sobretodo, que no se puede juzgar mil veces un mismo delito para así conseguir el olvido y la exoneración de exterminios masivos iguales o peores que el holocausto, perpetrados además por los propios fiscales, jueces y acusadores de la causa humanitaria. Pero esto es precisamente lo que ha sucedido. Ahora bien, sólo desde una perspectiva de izquierdas podemos poner a los asesinos impunes en el banquillo de los acusados. Toda reivindicación del nazismo -no así del fascismo, que no cometió genocidio alguno- está condenada al fracaso y es inmoral habida cuenta de los errores del régimen que ejecutó a Gregor Strasser. En este sentido, los NR tenemos el deber de salvaguardar la dignidad de Europa, que no será restablecida hasta que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial reconozcan lo que son en realidad, a saber, los peores criminales que con sus plantas hayan hollado la tierra.


Dicho esto, queda identificado nuestro enemigo político, un inmenso complejo de poder a escala mundial que no responde a criterios de racionalidad, derechos humanos, democracia y progreso, sino que se caracteriza por su obsesión racista de producir una casta mundial de mestizos de la que sólo se diferenciaría la etnia judía, pueblo elegido por dios, raza superior que debe hacer de intermediaria sacerdotal entre ese homo oeconomicus deculturizado, mero productor/consumidor del zoco planetario, y la espantosa divinidad del desierto, el monstruo despótico denominado Jehová de los Ejércitos al que los sionistas adoran con deleite. Un poder antidemocrático que controla las instituciones a través del dinero, que compra y vende escaños, que prostituye los procesos electorales manipulándolos, usando de los medios de comunicación privados que posee en propiedad para mentir y difamar a los opositores y disidentes; un poder que decide el éxito o fracaso de los partidos mediante la trampa de la financiación, en manos de los bancos, y de la visibilidad pública o la muerte civil, filtrada por las cadenas televisivas, los periódicos y el llamado mundo de la cultura. Un poder irracional, basado en creencias religiosas, proféticas, sectarias, utópicas, hostil en el fondo a la ciencia y al pensamiento, a pesar de que haga uso de los avances tecnológicos para ampliar y consolidar su dominación sobre la masa de los ciudadanos, adoctrinados por el lavado de cerebro diario que se perpetra en todas las instancias públicas y privadas del llamado mundo desarrollado. Un poder que no conduce a progreso alguno, sino al desastre demográfico, económico, ecológico y moral. Un poder que, lejos de representar el derecho, encarna el genocido y, por si fuera poco, la impunidad y la continuidad institucionalizada del lenguaje que ha hecho posible ese crimen contra la humanidad, a saber, la retórica antifascista, todavía vigente medio siglo después de Kolymá, Dresde, Palestina e Hiroshima.

Por qué somos de izquierdas

La respuesta a la pregunta explícita de si los nacional-revolucionarios proponemos una alternativa de izquierdas y por qué, necesitaría más tiempo, me he limitado a resumirla de forma asaz simplificada por lo que respecta al plano estratégico, que es el que depende de la filosofía y la ideología (niveles A y B) del discurso o texto. Pasemos, por tanto, a las conclusiones.


Hemos visto, en efecto, que:

a/ desde el punto de vista de los valores, es decir, el filósofico o nivel A, el sistema, nuestro enemigo político, se define por el antifascismo, el imaginario simbólico del holocausto, la herencia religiosa judeocristiana, secularizada o explícita, y el sionismo; pero dado que la determinación filosófica última, léase: el estrato más profundo del discurso imperante, es el sionismo, podemos identificar a nuestro enemigo con la extrema derecha judía, racista, supremacista, irracionalista, religiosa y reaccionaria, en todos los sentidos que se aplican habitualmente a las doctrinas, organizaciones y consignas de esta familia política: la ultraderecha;

b/ desde el punto de vista ideológico, nivel B del discurso o texto, el sistema deja en segundo plano el sionismo, forma un bloque con los elementos simbólicos universalistas del antifascismo/holocausto y se define como liberal; la presencia del sionismo es por así decir indirecta y se infiere del trato especial dado a los judíos como víctimas, de la negativa a juzgar otros genocidios y crímenes contra la humanidad con el mismo rasero supuestamente universal de los derechos humanos, del relato, totalmente manipulado, de la persecución nazi de los judíos, que comporta una declarada falsificación de la historia, etcétera. En este plano, los elementos proféticos se manifiestan también de forma indirecta, y el fascismo aparece como infierno secularizado en exacta simetría con el proyecto de mercado mundial en cuanto heredero de las utopías de izquierda, a su vez inspiradas en el concepto escatológico de final de la historia. Pero también la derecha aparece en el nivel ideológico, porque, como hemos dicho, el liberalismo económico y la democracia liberal no son más que un fraude al servicio de oligarquías financieras mundiales y de suboligarquías locales dependientes de los centros de poder radicados en Estados Unidos. No se trata de personas o grupos distintos de los anteriores, sino de un aspecto determinado de idéntico dispositivo de dominación. Son las oligarquías liberales las que promueven el proyecto de mercado mundial, y son esas mismas oligarquías las que sostienen la idea cristiana del final de la historia, oriunda del judaísmo. En este sentido, todas las oligarquías trabajan, conscientemente o no, para la oligarquía central sionista que controla los Estados Unidos, brazo político, propagandístico y militar de la ideología del holocausto.

c/ Desde el punto de vista estratégico y táctico, el sistema se manifiesta en la política liberal de inmigración, que se presenta como una consecuencia técnica más del proyecto de liberalización mundial del mercado en cuanto exigencia de la libre circulación de la mano de obra, pero que, en realidad, viene cargada de los correspondientes propósitos ideológicos y filosóficos subyacentes, motivo por el cual el sistema, encarnado por las agencias nacionales y locales que deben gestionar un mandato doctrinal que viene de muy lejos, están dispuestas a soportar el desgaste político y electoral que sea necesario para realizar el programa multicultural, ignorando las protestas de la población europea y sometiendo a los individuos a un constante lavado de cerebro que consiste en: 1/ identificar todo rechazo de la inmigración con la extrema derecha, dando visibilidad mediática a ciertas siglas de este sector para que la previsión se cumpla y los ciudadanos más activos y revoltosos queden estigmatizados por „contacto“ con tales organizaciones, las cuales, por su parte, deben aceptar a cambio de dicha publicidad gratuita que se les imputen auténticos delitos, como el del racismo y xenofobia, de manera que operen como válvulas de seguridad para aliviar la presión popular, pero con un techo electoral preestablecido por la propia naturaleza de la etiqueta ultra, a saber, un estigma que implica que la crítica a la política de inmigración equivale a reivindicar a la ultraderecha, al racismo/xenofobia, al nazismo, a Auschwitz, al infierno secularizado y por tanto al mal absoluto; 2/ desarrollar una constante campaña de sensibilización, con imágenes de muertos en las pateras, de la dureza de la vida en África, de la bondad del inmigrante, el cual, y es cierto, sólo viene a trabajar y a ser feliz, como nosotros mismos, etcétera. El esfuerzo propagandístico dedicado a tales temas en los medios de comunicación públicos y privados se puede medir con el reloj en la mano y alcanza más del 75% del tiempo de emisión en forma de noticias, documentales, películas, entrevistas, etcétera. La finalidad de esta campaña inagotable de lloriqueo humanitario (promovida por auténticas bestias asesinas sin ninguna clase de sensibilidad moral, como hemos visto), complementaria con la campaña de difamación comentada en el punto anterior, es desarmar moralmente a los trabajadores, principales perjudicados por la actual política de inmigración, usando contra ellos de los símbolos y consignas solidarias que la tradición europea de lucha obrera y sindical ha forjado a lo largo de dos siglos.


En el plano estratégico y táctico del movimiento NR, qué duda cabe que volvemos a toparnos con la derecha. Es, en efecto, la derecha económica y sociológica, de religión cristiana o progresista cristianomorfa mundial, la que ha promovido la entrada masiva de inmigrantes como mano de obra barata en un momento en que las políticas laborales y de vivienda de esa misma derecha habían provocado una caida masiva de la tasas de natalidad, factum que amenazaba con un encarecimiento del precio del trabajo. El hundimiento del comunismo dio el pistoletazo de salida a un ataque generalizado contra los derechos adquiridos de la clase obrera europea, la cual, forzada a competir con gentes que realizan las mismas funciones laborales que ella pero a mitad de precio, tenía que aprender la lección de que su trabajo no valía nada frente a la necesidad del empresario de mantener un tren de vida digno de la oligarquía, es decir, de las personas de verdad. Por su parte, es la derecha política la que se aprovecha electoralmente del problema que la derecha económica y sociológica ha creado en beneficio propio. La inseguridad ciudadana, generada por la política incontrolada de inmigración, es así el tema preferido de los partidos conservadores. Desde luego, esos partidos, en primera instancia, no analizan las causas de la inseguridad que denuncian, y si, en una segunda instancia, empiezan a pescar en las aguas turbias de la justificada xenofobia popular, nunca reconocen que fueron ellos mismos quienes "importaron" a los inmigrantes para ampliar el margen de beneficios del capital a cosa del nivel de vida de los trabajadores. Por lo demás, ya hemos visto que la ubicación mediática de las organizaciones políticas contrarias a la inmigración en el espacio de la extrema derecha, no sólo permite mantener controladas dichas reivindicaciones supuestamente xenófobas y racistas bajo un determinado techo electoral, sino recuperar esas bolsas de electores, por el lado derecho del espectro, adoptando algunas de las propuestas que unos meses antes habían sido calificadas de nazis e incompatibles con los principios democráticos. Es el efecto Sarkozy, en virtud del cual la derecha se llena primero el bolsillo con el trabajo esclavo, para luego llenar las urnas con votos de trabajadores que no pueden apoyar en conciencia a la izquierda, pues la única opción que se les presenta contra la política de inmigración se sitúa en el campo ultraderechista y conservador, es decir, el de sus eternos verdugos sociales.

Nuestro enemigo resume, pues, todos los rasgos de la derecha, que acabo de describir: el racismo, en forma de supremacismo judío y de programa mundial de mestizaje, que también es una forma de racismo, la opresión, la corrupción, la irracionalidad, la involución histórica, la manipulación de la verdad y el genocidio. Quedan por explicar las razones tácticas, con las que concluiré esta conferencia aunque dedicándoles menos espacio, no sea que se nos acuse de reivindicar una izquierda nacional por puro oportunismo. Ya han visto que no es así, porque la estrategia emana directamente de la ideología, la cual marca una divisoria muy clara entre el campo nacional-revolucionario y su enemigo, la derecha burguesa y su tradicional partida de la porra, la extrema derecha. Pero también existen razones tácticas que nos fuerzan a actuar así, pues de ello depende la eficacia social de nuestros ideales éticos.

En efecto, por una vez, la coyuntura histórica permite hermanar estrategia y táctica adoptando el único camino que nos es dado para salvar la civilización europea de la marea de barbarie procedente de los fundamentalismos judeocristianos e islámicos, actuales dueños de la situación en una Europa acosada en dos frentes: el interior, por los políticos traidores al servicio de poderes mundiales depredadores e irracionales; el exterior, por la inmigración islámica que amenaza convertir nuestro continente en un erial religioso que erradicará los estratos grecorromanos e indoeuropeos, hoy soterrados pero aun presentes, de nuestras culturas, definidas precisamente por el compromiso al servicio de la verdad y por la pregunta que interroga por el ser (Heidegger) en cuanto fundamento de la razón.

Es la primera vez en los últimos sesenta años que se dan, pues, unas condiciones sociales objetivas favorables a una política nacional-revolucionaria. Dichas condiciones se han ido configurando a medida que la política de inmigración ha convertido nuestro continente en una inmensa zona de aculturación tercermundista que debe aproximarla lo más posible al modelo social, económico y multicultural norteamericano inspirado por en liberalismo y explotado por el racismo sionista de extrema derecha, que sueña con un mundo homogéneo, sin pueblos diferenciados que, desde una identidad propia considerada tan sagrada como la suya, ofrezcan resistencia al rodillo israelita. Este enemigo ultraderechista y racista ve en Europa, no tanto por su poder político cuanto por su herencia cultural, el principal obstáculo al proyecto de nueva utopía postmarxista a escala planetaria. Ahora bien, el tema de la inmigración ha levantado ampollas entre los principales perjudicados por el fenómeno, que no son las clases medias y altas, sino los trabajadores. He explicado ya en muchos lugares que los conceptos políticos de derecha, centro e izquierda tienen sus correlatos sociológicos en las clases altas, medias y bajas, y que un discurso crítico contra la actual política de inmigración no debe basarse en el racismo, la xenofobia y, en general, en postulados conservadores como la salvaguarda del cristianismo frente al islam. El motivo es que el mensaje crítico va dirigido a los trabajadores, mientras que las clases medias y altas se benefician de la inmigración como mano de obra barata. No podemos construir partidos de centro contra la actual política de inmigración, porque el centro pertenece a las clases medias, y carece de sentido intentar vender un producto donde no se detecta demanda alguna. En este caso, no sólo no hay demanda, sino una clara repulsión de dichos estratos pequeño burgueses hacia unos discursos, !oh, horror! neonazis que, además, privan al profesional liberal de su canguro o de su asistenta o de su criada a bajo precio. Otro tanto cabe decir de la derecha, con mayor razón cuanto que ha sido la derecha la que trafica con los inmigrantes para engrosar el "ejército laboral de reserva" (Marx) de los parados. El capitalista quiere esclavos y ya los tiene, ¿cómo vamos a pedirle que nos apoye y nos dé su voto contra aquéllo que él mismo ha provocado y le reporta tan pingües beneficios? Por tanto, el trabajador es el único destinatario de nuestro mensaje, el trabajador no cualificado o poco cualificado, intercambiable por la carne de cañón inmigrante. El obrero, el empleado, incluso el funcionario, representa a la inmensa mayoría de la nación y por ende encarna a la nación misma. Las clases medias y altas se han desterritorializado desde hace décadas, pertenecen, material y espiritualmente, al mundo globalizado que los EEUU están construyendo y su única herencia cultural, el cristianismo, refuerza tales vínculos en lugar de obstaculizarlos. Pero el trabajador es y se considera de izquierdas y ateo. A nivel táctico no podemos esperar que el trabajador adopte nuestro lenguaje, de carácter ideológico, sino que hemos de ser nosotros quienes hablemos el suyo. Y el suyo no conoce ideologías, sino sólo problemas cotidianos relativos al trabajo, al pago de la hipoteca y a la manutención y educación de los hijos. El trabajador que en estos mismos momentos engrosa las filas del paro, que pronto caerá en una pobreza que afectará al 40% de la población, ese hombre manipualdo por todos, es, empero, el depositario del futuro de Europa y, cuando la crisis toque fondo, la promesa de un nuevo socialismo. Por este motivo no podemos dudar cuando algún día nos pregunte si somos de izquierdas o derechas, diciéndole que ni una cosa ni otra o que somos de centro. No podemos esperar que de este discurso salga otra cosa que el fracaso de nuestra causa, que es también la suya, aunque quizá todavía no lo sepa. Gracias por escucharme.

Jaume Farrerons
Madrid, 7 de noviembre de 2008
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sábado, abril 18, 2009

Tercer argumento contra la existencia de Dios

En otra entrada hemos expuesto dos argumentos contra la existencia de Dios entendido como ente omnipotente y, por tanto, capaz de "derrotar" a la muerte:

Dios no puede modificar la verdad de enunciados como 2.2=4 o el principio de no contradicción, por lo tanto no es omnipotente, luego no existe.

Dios no puede existir sin aceptar y sin poder tampoco alterar la verdad de su existencia y el concepto ontológico mismo de verdad, en consecuencia no es omnipotente y cabe afirmar con total certeza que no existe, siendo así que el enunciado "es verdad que existe un ente omnipotente" es como un círculo cuadrado, una contradictio in adjectio.

Todo argumento que se utilice para demostrar la existencia de Dios demuestra, en tanto que supuestamente verdadadero, justo lo contrario de lo que pretende.

El tercer agumento es todavía más claro (pues hay mentes que no captan la sutileza de los dos anteriores) y reza así:

SI DIOS ES OMNIPOTENTE, PUEDE DESTRUIRSE A SÍ MISMO; SI PUEDE DESTRUIRSE A SÍ MISMO ENTONCES ES MORTAL. SI DIOS ES MORTAL ENTONCES NO ES OMNIPOTENTE, PERO SÍ NO PUEDE DESTRUIRSE A SÍ MISMO TAMPOCO LO ES, LUEGO EN CUALQUIER CASO NO ES OMNIPOTENTE Y POR LO TANTO NO EXISTE.

Dicho esto, hemos hecho un gran bien a la humanidad, pues este razonamiento vale no sólo para el Dios cristiano, sino para el judío y el musulmán, que son los que acostumbran a justificar masacres en su nombre. En suma, si unos y otros se quieren racionales, tendrán que dar una respuesta a nuestra crítica y, si no pueden, deberán abandonar su "fe" o aceptar que, en una palabra, han dejado de ser hombres para convertirse en insectos. Y sólo como tales alimañas podrán serguir matando seres humanos en nombre de un ser que anida únicamente en la fantasía delirante de sus cabezas.

!!Adiós, oDIOSo Dios!!!
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lunes, marzo 30, 2009

El deber moral de relativizar el holocausto


Aunque la persecución literalmente bestial que sufren los revisionistas no tiene justificación en un Estado de Derecho, negar que el holocausto existió, es decir, que los judíos europeos fueron perseguidos y maltratados por Hitler hasta perecer por millones, resultaría absurdo. No todos los revisionistas sostienen, empero, las mismas tesis, y la idea de que su postura consiste en la simple negación de la existencia de campos de concentración y crímenes nazis distorsiona mucho su trabajo. Primero hay que conocer lo que dicen, e invito a hacerlo, luego es necesario juzgar sus limitaciones cuando, por poner un ejemplo, los llamados "negacionistas puros" -que no son los que niegan los Konzentrationsläger, sino la verificabilidad de un plan estatal de exterminio- no son capaces de responder ante la evidencia de ciertos testimonios, como el de los Diarios de Goebbels, donde al parecer queda claro que a partir del año 1942 existió la intención de asesinar a buena parte de la población hebrea de Europa:


"El Führer ha vuelto a expresar su determinación de eliminar sin piedad a los judíos de Europa. Debe desaparecer todo sentimentalismo remilgado. Los judíos son los que han provocado la catástrofe que se les avecina. Su destrucción irá unida a la destrucción de nuestros enemigos. Debemos acelerar este proceso sin piedad."
Diario de Goebbels, 14 de febrero de 1942


"El procedimiento es más bien bárbaro, y no lo detallaré aquí. No quedará mucho de los judíos. En cifras generales, se puede decir que alrededor del sesenta por cien de ellos será liquidado, mientras que sólo el cuarenta se salvará para ser utilizado como mano de obra."
Diario de Goebbels, 27 de marzo de 1942


Este diario fue encontrado por David Irving, un revisionista, en los archivos de Moscú después de la caída del comunismo. Conviene subrayar que recabar pruebas incontestables de un proyecto nazi de genocidio de los judíos resulta difícil, y aun hoy la polémica sigue abierta. Veamos cuál es la tesis del investigador judío norteamericano Daniel Goldhagen:


"suele creerse que los alemanes mataron a los judíos, por lo general, en las cámaras de gas, y que sin éstas, los medios modernos de transporte y una burocracia eficaz, los alemanes no habrían podido matar a millones de judíos. Persiste la creencia de que, de alguna manera, sólo la tecnología posibilitó un horror a semejante escala. (...) Existe una creencia generalizada de que las cámaras de gas, debido a su eficacia (que se exagera mucho), fueron un instrumento necesario para la carnicería genocida, y que los alemanes decidieron construir las cámaras de gas en primer lugar porque necesitaban unos medios más eficaces para matar a los judíos. (...) Todos estos criterios, que configuran básicamente la comprensión del Holocausto, se han sostenido sin discusión, como si fuesen verdades evidentes por sí mismas. Han sido prácticamente artículos de fe, procedentes de fuentes distintas de la investigación histórica, han sustituido el conocimiento fidedigno y han distorsionado el modo de entender este período"(Goldhagen, D., "Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto", Madrid, Taurus, 4ª edición, 2003, págs. 29-39).


Se trata de unas afirmaciones apabullantes en boca de alguien, el autor de Los verdugos voluntarios de Hitler, que no puede ser considerado en serio sospechoso de filofascismo. Por lo tanto, hemos de aceptar el hecho (de la persecución nazi de los judíos), pero no necesariamente el relato que se ha construido alrededor de ese factum, es decir, la interpretación que se ha dado de los datos fidedignos -sean cuales fueren- que podamos aceptar como tales, así como la importancia relativa de los mismos en el contexto histórico general, la historia universal del antisemitismo, la situación de Alemania durante la guerra, etcétera. En suma, sabiendo lo que sabemos hoy -y seguiremos hablando de ello- sobre el carácter ultraderechista, racista y criminal de la política de Tel Aviv, se impone la relativización del holocausto como imperativo moral.

La narración del holocausto se ha convertido en la ideología mundial del poder vigente, pero ya hemos visto que dicho discurso political correctness ha servido y sigue sirviendo, en primer lugar, para dejar en la impunidad los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos por los comunistas y los aliados occidentales; en segundo lugar, el holocausto constituye la patente de corso ética que justifica las actuaciones racistas, supremacistas, asesinas y genocidas del Estado de Israel en Palestina. Para muchos, ha sido una sorpresa descubrir que judíos, léase: hermanos de las víctimas de Auschwitz, perpetran el mismo tipo de fechorías que las que están acostumbrados a ver en las indecentes películas de nazis que Hollywood -el centro de propaganda sionista más poderoso del mundo- pone regularmente en circulación para bendar los ojos de la opinión pública democrática.


Dicha ideología es, en consecuencia, un instrumento necesario del crimen y debe ser criticada sin que ello suponga alimentar el antisemitismo -del que se nutre el sionismo, es decir, la extrema derecha judía, para justificar sus propias atrocidades-, negar las culpas del nazismo -pero sólo para determinarlas hasta allí donde realmente lleguen- o legitimar cualquier forma de totalitarismo político.
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