En la foto, soldado alemán auxiliando a uno francés herido en la campaña de 1940. Si Europa pretende resurgir como entidad política dueña de su destino, Alemania debe ser liberada del estigma criminal evacuado regularmente por Hollywood.

La patente situación de colapso político, moral y socio-económico que se está viviendo desde el estallido en 2008 de la llamada burbuja financiera, invita a reflexionar a todas las personas, pero singularmente a aquellos ciudadanos que se sientan comprometidos con el futuro de nuestra sociedad. Urgen propuestas rigurosas relativas a lo que
debemos hacer, instituyendo a tales efectos los oportunos marcos de debate y actuación.
La evidencia de que la clase política dirigente actual, responsable última del desastre, no pretende enmendarse, sino sólo adherir parches superficiales a profundísimas fisuras que penetran en los fundamentos mismos del sistema y que, por este motivo, requerirían en realidad cambios estructurales en nuestro modo de vida, plantea, en primer lugar, la exigencia de una ruptura con el actual modelo político hacia una mayor democratización, participación ciudadana y transparencia de las instituciones públicas.
La mera alternancia electoral derecha-izquierda no va a traer como tal nada nuevo. El propio modelo burgués de “partido”, en cuanto presunto mecanismo institucional de recodificación de la soberanía popular en términos de decisiones políticas concretas, está agotado y sólo sirve, y ha servido siempre, a las oligarquías que lo financian y sostienen. La gravedad de la coyuntura reclama, en España, mirar más allá de los principios de la constitución de 1978, porque la monarquía no puede considerarse tampoco inocente. Actuar de forma responsable significa, dicho brevemente, analizar la crisis en todas sus dimensiones, además de la económica, detectar sus hondas causas y acuñar, por lo menos en la teoría, las posibles alternativas.
Ningún programa partidista a cuatro años vista será capaz por sí sólo de afrontar unas contradicciones que afectan a lo más granado del ideario liberal de oriundez anglosajona y, singularmente, norteamericana (
american way of life) vigente en Europa. En consecuencia, los europeos debemos arriesgarnos a navegar hacia mares desconocidos como antaño lo hicieran nuestros valientes antepasados, siendo así que pronto, muy pronto, ya nada tendremos que perder. Las circunstancias nos fuerzan a dar por muerto y finiquitado el proyecto de una sociedad individualista de consumo que ha puesto de manifiesto su fracaso y que en estos momentos amenaza seriamente con destruir los valores irrenunciables de la civilización europeo-occidental.
En este contexto dramático, bajo el impacto de la inmigración masiva y descontrolada de las últimas décadas, con centenares de miles de familias sin trabajo, el inminente colapso ecológico (cambio climático global), los cotidianos escándalos de corrupción política, acompañados de intentos de secesión y disolución de la nación española, que se añaden a la amenaza del terrorismo exterior (islámico) o interior (separatista), no parece descabellado afirmar que es necesario movilizar a la ciudadanía.
Por este motivo, un grupo de españoles hemos decidido redactar y hacer público el presente Preámbulo a un documento llamando a la fundación de una izquierda nacional. Un Manifiesto que se redactará partiendo de determinados supuestos axiológicos o de valores, aquí expuestos.
La IZQUIERDA NACIONAL ha de ser capaz de salvaguardar, al mismo tiempo,
1/ la integridad de la unidad nacional hispánica y
2/ los derechos adquiridos por los trabajadores a lo largo de décadas de lucha sindical y política.
Pero debe ir más allá.
La supervivencia de la nación hispánica y de su paisaje, la preservación de la dignidad de los trabajadores españoles y de su idiosincrasia como pueblo, realidades puestas en jaque por la erosión combinada de la descomposición político-moral del Estado borbónico y el delirante dogma del mercado mundial, son sólo el punto de partida para una transformación más radical, una auténtica respuesta integral al individualismo liberal en la cual pretendemos abordar las aludidas cuestiones morales de fondo, con las miras puestas en un modelo comunitario europeo de sociedad.
Dicho paradigma político apela a los valores éticos y ciudadanos, a la democracia y la justicia social, al pensamiento ilustrado y la ciencia, pero también a la orgullosa reivindicación de unas herencias nacionales que constituyen, en Europa, nuestra identidad histórica. Semejante autoafirmación hispánica y europea se erige así tanto frente a las nuevas teocracias oscurantistas –que emergen en al otro lado del Mediterráneo como consecuencia del descrédito del occidente filosionista-, cuanto frente a los Estados Unidos de América y sus aliados tradicionales (con una muy especial mención de la organización criminal denominada "Estado de Israel").
En esta lucha no columbramos aliados, excepto quizá los pueblos sudamericanos y Rusia. La América sionista y el islamismo radical representan, en pie de igualdad en cuanto a la peligrosidad, negaciones integrales de la idea de Europa.
Crisis terminal del sistema liberal
La evidencia del cortocircuito sistémico es un hecho incontrovertible que la clase política no puede ya ocultar a sus conciudadanos. Sin embargo, lo que sí les oculta son las auténticas dimensiones de la crisis y sus nulas perspectivas de recuperación a medio y largo plazo. Aunque en los próximos años se produzca algún repunte económico, el sueño del desarrollismo y del consumismo sin límites está herido de muerte y los políticos nos engañan conscientemente cuando intentan hacernos creer que, en un tiempo razonable, todo volverá a ser “como antes”, es decir, una interminable orgía de derroche consumista. El mundo irreal de la burbuja financiera ha desaparecido para siempre. Nuestros ridículos politicastros mienten cada vez que abren la boca a fin de no alarmar a la ciudadanía con la catástrofe que se avecina. La realidad es que entramos en la fase terminal del proyecto “social y democrático de derecho” que, para Europa, se va a traducir en un desmantelamiento del “estado de bienestar” y en una regresión social generalizada que pauperizará a las clases trabajadoras, aumentando las diferencias entre ricos y pobres hasta extremos que sólo el pueblo, con su acción político-sindical de defensa organizada, decidirá hasta dónde consiente que lleguen.
Este panorama puede que no sea optimista, pero sí es realista y los trabajadores que hayan aprendido la lección del pasado deberán empezar a reflexionar si, en lugar de una sociedad de consumo basada en la mentira, aquello que quieren como personas y ciudadanos es una auténtica democracia, cuyos niveles materiales de vida, siendo suficientes, no comporten la pérdida de la dimensión existencial nacional, la debacle de la institución familiar, la mercantilización de la cultura y, en general, el ocaso de aquéllos valores éticos que hacen de la existencia humana una vida merecedora de ser vivida. Los trabajadores luchamos, pues, por unas condiciones sociales irrenunciables, pero, ante todo, por nuestra dignidad como colectivo depositario de valores éticos superiores. De ahí que reclamemos una política basada en la verdad que deje atrás décadas de fraude y manipulación publicitaria descarada por parte de los políticos profesionales culpables del desastre.
La crisis, además de económica, es, efectivamente, una crisis política que afecta a la credibilidad de las instituciones democráticas. El abstencionismo electoral crece y es el único “partido” que gana las elecciones. En medio de unas organizaciones tradicionales en las que ya nadie confía, proliferan como hongos de la política los oportunistas, los demagogos y los iluminados, en algunos casos auténticos analfabetos funcionales que sólo intentan pescar en río revuelto.
Para la mayoría de los ciudadanos, a saber, los trabajadores que configuran el núcleo de la nación hispánica, la clase política actual está formada por una camarilla endogámica de vividores sin escrúpulos. Corruptos, incompetentes y criminales nutren tamaña casta abyecta. Ésta sirve a los intereses de los grandes capitales que la financian y ha bloqueado, en el seno de sus respectivos partidos, los mecanismos de control popular, impidiendo que las bases ejerzan la fiscalización de los cargos a la que, según la constitución, tendrían derecho en tanto que depositarias de la soberanía. Sobre este supuesto oligárquico existente de facto pero nunca reconocido –porque pondría en evidencia la oculta clave de bóveda del sistema- se propaga como un cáncer la corrupción en los partidos, en los sindicatos, en los ayuntamientos y en el resto de las instituciones públicas, que incluyen los parlamentos y gobiernos.
Las masas populares podrían en teoría fundar otros partidos, pero la realidad es muy distinta de la proclamada en los textos legales y el sistema ya tiene dispuestas las correspondientes válvulas de seguridad a fin de evitar que “la política” se les vaya de las manos a los poderes financieros. La repercusión electoral de las siglas de un partido depende, en efecto, de una presencia del mismo en los medios de comunicación, la cual, a su vez, responde a los intereses de las grandes empresas periodísticas. Son las televisiones, las radios y los diarios los que deciden qué opciones políticas cuentan o no cuentan, y cómo, ante la opinión pública que habrá de dirimir el voto. De manera que la financiación bancaria de las organizaciones y su dependencia de compañías privadas de publicidad o de comunicación, hace imposible que un proyecto político contrario a los intereses económicos capitalistas pueda desarrollarse, si no es con graves dificultades, en el actual marco pseudo democrático. Nuestras “democracias” son un fraude. Constituyen en realidad redes mafiosas plutocráticas que han comprado a los partidos políticos parlamentarios para que representen a los intereses del gran capital y defiendan los dogmas intangibles del sistema liberal-sionista. Los oligarcas promueven a los políticos profesionales con sus empresas mediáticas y les financian con sus bancos y cajas a cambio de obediencia. Aquí la crítica de Marx sigue siendo válida. El denominado “sistema democrático” no quiere la participación ciudadana, al contrario, la impide y disuade: reclama sólo el voto popular cada cuatro años, acto que constituye una verdadera renuncia voluntaria a la soberanía por parte del pueblo. El recurrente "secuestro" oligárquico de la soberanía popular resume la realidad del actual aparato político de dominación pública.
La incompetencia política generalizada es la consecuencia de un sistema social basado en el imperio de la alta finanza, en la manipulación de los medios de comunicación y en la traición sistemática a los intereses de la mayoría social y nacional en beneficio de una minoría oligárquica ayuna de pueblo y patria. No es que existan políticos corruptos, es que el sistema liberal se basa en la corrupción y expulsa fuera de sí a los políticos honestos. Otro tanto cabe decir de la excelencia y la capacidad: al primar la fidelidad a los poderes fácticos en la promoción de los políticos, de los gestores públicos y de los funcionarios, son auténticos cretinos babeantes y buscavidas (véase Zapatero o Montilla) quienes controlan las palancas del poder. Se trata de una selección “en negativo” que sólo permite a los peores alcanzar la cima del entramado partitocrático y administrativo. Pero, a la larga, un país construido sobre tales principios no puede funcionar.
Los escándalos que estallan regularmente y que han puesto en evidencia la bajeza moral de la entera clase política en su conjunto, no son una casualidad y cuestionan al sistema político liberal en cuanto tal. La crisis afecta a los pilares del régimen, porque los ciudadanos se han empezado a dar cuenta de que las pautas de conducta inmorales que provocaron la crisis económica son las mismas que caracterizan a los políticos de todos los partidos, quienes las consintieron y se beneficiaron –y se benefician- de ellas de forma directa o indirecta. Por este motivo, además de una alternativa política en el sentido ideológico, será necesario explicarle a la gente qué nuevo modelo de organización y funcionamiento político se va a instituir para impedir que, en el futuro, se repitan en el seno de la nueva izquierda nacional las prácticas que han definido en el pasado a varias generaciones de profesionales de la política. La respuesta a dicha cuestión son las asambleas ciudadanas libres.
Además de una crisis económica y estadual, la crisis es, y esto casi puede palparse en el espesor del ambiente fétido de nuestros días, una crisis de valores, una crisis moral de la society que corroe todas sus instituciones, sin excepción. La sociedad tiene los políticos que se merece pues, si se les pregunta a muchos ciudadanos, éstos admiten que “harían lo mismo” siempre que pudieran, sin ser conscientes de que ellos nunca podrán pero que con semejante actitud justifican la dorada impunidad de los corruptos. Pensemos en los casos de pederastia que afectan, en la iglesia católica, a 4500 sacerdotes sólo en los Estados Unidos, cuando dicha institución se presenta como depositaria de unos valores morales y religiosos trascendentes frente a una sociedad materialista en quiebra. Los ejemplos, no obstante, podrían multiplicarse en cualquier ámbito, no sólo en el eclesiástico y, singularmente, en aquéllos enclaves sociales (ONGs, universidades, deportes, judicatura, cultura) donde uno esperaría que la ética ocupase un lugar central. Vayamos donde vayamos -y con muy pocas excepciones- constataremos que, actualmente, ya sólo importan la prepotencia, el vicio y el lujo (sintetizados en la imagen de la más frívola ostentación). Es la pauta mercantilista de conducta que se ha extendido a toda la sociedad a partir de la matriz de una determinada concepción religiosa hebrea que experimenta la relación con Dios como contrato mercantil (sometimiento a cambio de "salvación" del "alma", es decir, hipóstasis del "ego" burgués).
La reflexión sobre la crisis debe llegar hasta las últimas consecuencias y cuestionar el tipo humano –el homo oeconomicus- que el liberalismo ha convertido en pilar central de nuestro actual sistema social. Es este “paradigma antropológico” el que nos ha llevado al callejón sin salida en el que nos encontramos como civilización. Se trata de alguien preocupado exclusivamente por su felicidad privada y que concibe la vida en términos de ganancia, utilidad y bienestar individuales. Más profunda que el tipo humano del liberalismo es así una opción existencial hedonista de raíces irracionales que coloca al "individuo" egoísta y sus necesidades materiales o simbólicas en el centro del ser, que emboza la verdad de la existencia en beneficio de visiones utópicas seculares de abundancia, ora individual, ora colectiva, y que, a la postre, destruye el sentido de seriedad de la vida humana en esa “fiesta” permanente que quiere ser la sociedad de consumo.
Ante el altar de semejantes ídolos felicitarios, decenas de millones de personas fueron sacrificadas por los regímenes marxistas del siglo pasado. Tales han sido las causas “humanistas” de los crímenes de la izquierda radical –y de sus cómplices- que aquí rechazamos y que nos llevan a fundar una nueva izquierda y no sólo una izquierda nacional. El individualismo liberal es únicamente otra versión, derechista cristiana ésta, de una visión del mundo humanista que se ha impuesto a la anterior, comunista bolchevique, pero que conserva los valores que proceden del bagaje religioso heredado del pasado y que, sea cual sea la ideología secular que los acoja, se traduce en la devastación ecológica del planeta; en la esterilización –totalitaria o mercantil- del arte, el pensamiento y la ciencia; en la extinción de los pueblos y su sustitución (ingeniería demográfica); en el sometimiento de cualesquiera criterios morales, culturales y políticos a las exigencias de "crecimiento económico", desarrollo cuantitativo y consumismo al servicio de la “utopía” escatológica del "bienestar".
La primera obligación moral de toda alternativa política a la crisis es explicar que esta concepción modernista del mundo entraña una criminal mentira, que el planeta no puede soportar la destrucción de sus recursos naturales al ritmo que la sociedad de consumo los malgasta y que es necesario institucionalizar un concepto auténtico de existencia humana, siendo así que pretender una society planetaria constituye un sueño de la propaganda liberal que puede costarnos muy caro como especie.
Ha llegado la hora de la verdad y tiene que haber políticos dispuestos a decir la verdad.
La sociedad del espectáculo y los mitos hedonistas correspondientes tocan a su fin. La sinceridad deviene presupuesto y principio supremo de toda acción cívica honesta. La verdad en tanto que pauta de conducta lógica y fundamentada es el único valor racional y fija los pilares ilustrados de una cultura ética de las instituciones públicas de espaldas a la cual los efectos destructivos de la crisis no dejarán de propagarse y ahondarse. Mas es esta exigencia de objetividad radical la que reclama poner coto, de forma inmediata, al desarrollismo y a la devastación ecológico-cultural de la tierra.
Ahora bien, aquello que no consentiremos los trabajadores es que el desmantelamiento de la pútrida "sociedad de consumo" se confunda con el del estado social y democrático de derecho que tanta sangre costó conquistar a nuestros padres y abuelos, porque se trata de conceptos muy diferentes. Para nosotros trabajadores, nuestro deber es liquidar un modelo basado en el saqueo capitalista del mundo, no empero abolir por decreto la básica justicia y los requisitos económicos que hacen posible una vida propia de pueblos civilizados. Cabe esperar que los políticos profesionales intentarán darnos gato por liebre y, mientras las oligarquías siguen revolcándose en el lujo más escandaloso y obsceno, nos instarán a que seamos "razonables" y nos apretemos el cinturón. Pero no vamos a consentir este engaño y jamás entraremos voluntariamente a vivir en las horrendas chabolas –materiales, mentales y morales- que ya nos preparan los sucios diputados “de la propina” y los pederastas de Bruselas.
La erradicación del paradigma humano liberal no ha de suponer el retorno a la barbarie y la explotación decimonónica de los obreros, sino que, por el contrario, puede y debe traducirse en una mejora de la calidad de vida de millones de trabajadores que ya no tendrán que arrastrarse por la existencia sometidos a la tiranía del consumismo y a la ecuación burguesa que iguala la respetabilidad y el estatus social de las personas –su valía humana, en una palabra- a la capacidad simbólica de consumo reflejada en la ostentación bien visible de objetos de lujo y hasta de marcas comerciales concretas. Reclamamos una dignidad cívica y moral republicana de participación real en las instituciones nacional-democráticas, una justicia, la de los ciudadanos, que conlleva en las dos direcciones (de máximos y de mínimos) ciertos umbrales materiales infranqueables de desarrollo social, pero no, y ya nunca más, una existencia consumista.
Valores éticos y políticos alternativos
La izquierda nacional pretende instituir una alternativa de valores a la sociedad de consumo. No proponemos una mera receta económica para salir al paso de la crisis financiera y dejarlo todo, por lo demás, tal como estaba antes de esta esclarecedora y saludable crisis de fundamentos. Tampoco soñamos con volver a los “felices” años sesenta del keynesianismo consumista socialdemócrata europeo, que integró a las masas en el sueño dorado de un crecimiento indefinido, mientras en el llamado Tercer Mundo millones de personas morían cada año de hambre a la vista de nuevos y curiosos turistas occidentales descendientes de la añeja “clase obrera revolucionaria”. La burguesía consiguió que los obreros europeos de aquélla generación se convirtieran en cómplices de sus crímenes y del sistema capitalista en su conjunto, pero ahora esa misma burguesía, que descarta ya con desdén la posibilidad de una nueva amenaza comunista, no necesita que Europa occidental funcione ante la URSS como “escaparate del capitalismo” y ha decidido abaratar costes importando inmigrantes dispuestos a "producir" por la mitad del sueldo que un trabajador autóctono.
La burguesía –que en las últimas décadas del siglo pasado hinchó el precio de la vivienda, desregularizó el empleo y, en general, puso todas las trabas posibles para impedir que los trabajadores de la nación pudieran fundar una familia, promoviendo en lugar de ello el consumo individual-, topaba en sus negocios con un encarecimiento de la mano de obra provocado por la caída en vertical de las tasas de natalidad europeas; fue así que se resolvió poner fin al “estado social y democrático de derecho” con el nuevo tráfico de carne esclava al servicio del capitalismo, es decir: con el fenómeno de la inmigración. Esta decisión se tomó en Europa tras la caída del muro de Berlín y es ahora cuando estamos sufriendo las consecuencias de la nueva política liberal del mercado mundial, que implica la libre circulación de capitales y fuerza de trabajo y, por tanto, el fin de la época de “prosperidad obrera” en nuestro continente.
Si la gente no despierta del sueño consumista que la desmovilizó y se organiza para defender sus derechos, es decir, para luchar, su situación no dejará de empeorar. Estamos sólo al principio de un proceso de contracción de la economía nacional que concluirá con masivas privatizaciones de servicios públicos y con la ampliación e institucionalización de una bolsa estructural de parados que funcione como amenaza permanente para aquéllos que no quieran ser explotados en las paupérrimas condiciones impuestas por el capital. Pero no podemos enarbolar ya los valores existenciales del liberalismo en nuestras reivindicaciones. Así, mientras el sistema difunde que sólo los “triunfadores” económicos son personas depositarias de reconocimiento social, la realidad es que la inmensa mayoría del pueblo pronto no ganará ni siquiera lo suficiente para alimentarse. No se trata sólo de la miseria material, que el sistema puede paliar mediante ayudas y hasta comedores para indigentes, se trata ante todo de denunciar que el capitalismo, a estas alturas, siga fabricando seres a los que ha privado de antemano de toda dignidad. Aquí importan poco los subsidios y la caridad institucional, que además siempre será escasa y precaria; aquéllo que está claro, hoy como ayer, es que para la mayoría sólo quedará la humillación de sobrevivir en calidad de fracasados y lacayos en el mundo de una oligarquía inmoral que únicamente valora el dinero y que se ríe de la ética, de la verdad, de la justicia y de cualquier ideal no economicista que sea otro que el muy utilitario de la salvación del alma (por supuesto, en primerísimo lugar, de la importantísima inmortalidad del burgués). Se ha olvidado todo aquello que antaño hubiera podido motivar a las personas humanas a actuar de acuerdo con pautas de conducta heroicas al servicio de la nación, es decir, del pueblo, unos modelos éticos conscientemente ridiculizados que hoy, ante la imagen repulsiva del especulador siempre triunfante, se nos antojan poco menos que incomprensibles, aunque teñidos de nostalgia. El resultado es una creciente falta de escrúpulos combinada con lo que podríamos denominar el "analfabetismo universitario", perfectamente compatible con la obtención de titulaciones técnicas y utilitarias conducentes a la anhelada e inmediata "salida profesional" (=dinero, éxito). Pero se ha olvidado que incluso la vida económica requiere de principios éticos: antes que profesional hay que ser ciudadano y, antes incluso que ciudadano, persona, en todos los ámbitos de la existencia. Al desvalorizar el concepto del "ciudadano" -la ciudadanía no vale nada- y, finalmente, la noción misma de persona (entidad libre y responsable deudora de principios éticos innegociables), el sistema liberal está erosionando los fundamentos sociales que hacen posible la propia actividad económica.
A estos hechos hay que añadir la pasividad cómplice y la inoperancia de las viejas izquierdas. Atadas a un pasado criminal que apenas disimula su coincidencia de valores con la burguesía capitalista, dichas izquierdas carecen de credibilidad revolucionaria ante los trabajadores. Éstos conocen la historia lo suficiente como para mantener vivo el recuerdo de las atrocidades cometidas en nombre de una justicia social que, en realidad, reproducía los mismos afanes productivistas y consumistas que las sociedades liberales, pero sin ser capaz de satisfacerlos nunca, por no hablar del clima de opresión y obscurantismo policial en que se consiguieran los avances sociales de las dictaduras comunistas.
De ahí que la mayoría de los partidos de izquierda abandonaran en occidente sus ideales revolucionarios. Pero, en vez de forjar alternativas al totalitarismo comunista, dichos partidos de izquierdas se vendieron literalmente al capitalismo, conservando sólo como distintivo el antifascismo de opereta (el recurrente relato del “holocausto”) que comparten con los Estados Unidos en beneficio de un abyecto nacionalismo judío de extrema derecha (Israel). Su función, muy bien acogida por el capital, es gestionar la herencia simbólica del pasado político-sindical obrerista y ponerla al servicio de la sociedad neocapitalista mundial instituida en la posguerra. Los sindicatos, financiados por el Estado, así como los partidos socialdemócratas, se convirtieron a la sazón en las piezas clave del sistema político liberal europeo, pues son ellos quienes promueven las reformas que los partidos abiertamente derechistas no pueden capitanear sin que los trabajadores se “echen a la calle”. Las cúpulas de esos partidos y sindicatos se aburguesaron ya abiertamente a cambio de que la derecha no les recordara sus vínculos históricos con los crímenes del comunismo y éste mismo fuera considerado, a pesar de sus 100 millones de víctimas, como un mal menor respecto del fascismo. Nunca hubo, cuando se hundió la Unión Soviética, un Nüremberg comunista, y los países democráticos comercian sin problemas con Pekín, régimen genocida donde los haya que tiene en su haber el exterminio de 65 millones de personas, a pesar de lo cual le fue concedida la organización de unas olimpiadas y de una exposición universal por parte de gobiernos que dicen basar su política internacional en la defensa de los derechos humanos. En este sentido, puede afirmarse que, por acción u omisión, la casta política actual se nutre de corruptos e incompetentes, pero también de auténticos criminales.
La perpetuación de la vieja izquierda resulta así doble: por una parte, las izquierdas “naranjas” de traje y corbata, que gestionan el herrumbroso imaginario obrerista para ponerlo, en función de políticas económicas y sindicales de signo liberal, al servicio del capitalismo más descarado; por otra parte, las izquierdas “rojas” de guerrera caqui y boina militar, las cuales, reducidas ya a la dimensión de meras sectas insignificantes, siguen vegetando en el crucial espacio simbólico de las izquierdas radicales a fin de que en él no pueda crecer otra cosa que la putrefacta planta de un pseudo marxismo obsoleto. El papel reservado por la burguesía a la “barraquita radical” es, en efecto, bien simple, a saber: que con las imágenes infernales del gulag (campos comunistas de trabajo esclavo), dicha opción “revolucionaria” clausure el dispositivo sistémico por su extremo izquierdo de la misma manera que el “horror nazi” lo clausura por el derecho. Así, sólo quedaría el liberalismo como única opción razonable de la cordura política. Además, dichos grupos de extrema izquierda subvencionada operan a modo de “partida de la porra” del sistema contra los auténticos disidentes, a los que se estigmatiza acusándolos de ultraderechistas por el simple hecho de cuestionar el uso y abuso de la narración cinematográfica del holocausto como propaganda encubridora de los genocidios del "progresismo" y de la "modernidad".
En consecuencia, al hablar de valores alternativos nos referimos, en primer lugar, a la exigencia de reactivar el espacio público de una izquierda rupturista depositaria de autoridad moral suficiente como para apelar a la movilización de los trabajadores. Dicha izquierda, actualmente inexistente, debe hacer suyos los intereses populares contra un neoliberalismo obtuso que los agrede sin compasión y que no tropieza ya con ningún obstáculo en la comisión de sus fechorías excepto la retórica impotente de los desacreditados grupúsculos comunistas y anarquistas.
Más allá del comunismo, la socialdemocracia y el anarquismo
Las directrices que proponemos suponen así siempre, aunque no los nombren explícitamente, la promoción de valores alternativos a los de la burguesía humanista. Queremos, en efecto, subrayar, que los valores del proletariado defendidos por el marxismo eran los mismos que los de sus presuntos adversarios: no otra es la triste realidad que se ha ocultado durante décadas a los obreros y militantes de izquierdas. El socialismo marxista, y de ahí su fracaso histórico, pretendía idénticas metas que la burguesía, lo que explica la alianza entre Estados Unidos (capitalismo) y la URSS (comunismo) contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. La diferencia estribaba sólo en los métodos o medios para alcanzar tales fines últimos.
No ha existido nunca, hasta el día de hoy, un grupo de trabajadores conscientemente articulado entorno a unos valores propios de patria, pan y justicia. Marx reprochaba al liberalismo su incapacidad para realizar el programa burgués de igualdad, libertad y fraternidad, pero dicho programa cosmopolita se le antojaba, como tal, perfectamente válido. De ahí que el “proletariado” sea sólo una clase subsidiaria de la sociedad burguesa y no una alternativa a ésta. De ahí también que el socialismo marxista, cuando competía con el capitalismo, lo hiciera compartiendo con él un marco axiológico común de carácter utilitario e internacionalista que anticipaba la actual globalización. Liberalismo y comunismo son, en definitiva, ideologías desarrollistas del bienestar material que reducen el espíritu a una manufactura entre las muchas otras que circulan en el “mercado cultural”, el cual incluye tanto una obra filosófica como una ruta gastronómica. Véase China: su rápido acomodo al entramado comercial a escala internacional es sólo débilmente objetado por sus “carencias” democráticas, pero no por los ostensibles valores consumistas del régimen. Tampoco la derrota del imperio soviético ha supuesto un terremoto axiológico en Moscú, sino únicamente la suave transición rusa hacia el modelo capitalista liberal. Rusia constituye la prueba ya palmaria de que el liberalismo, con su apelación directa al egoísmo y la rapacidad, es más eficaz en la realización de la siempre incontestada utopía humanista moderna que el marxismo-leninismo clásico con su oxidado discurso gregario-colectivista. Pero, insistamos en ello, en ambos casos estamos ante un “tipo humano” que se aferra al veraniego sueño de la “felicidad del mayor número” e intenta realizarlo despiadadamente –y en algunos casos manu militari- mediante el “crecimiento económico” sin límites, la producción industrial de mercancías y el consumo masivo, con la mirada fija en la erección de un “paraíso” mundano que representaría nada menos que el “final de la historia”. Dicha ideología ilusoria toca en buena hora a su fin y corresponde a los trabajadores europeos enterrarla para siempre.
Las revoluciones burguesas (1668, 1778, 1789), a cuya sombra vivimos, no fueron promovidas por un grupo social que formara parte del sistema estamental feudal al que se pretendía precisamente destruir. La burguesía fue la que instauró la sociedad de clases y toda “clase” como tal, incluida la proletaria, pertenece a dicha realidad. No existe, ni ha existido, ni puede existir una revolución proletaria que supere la sociedad burguesa y nos permita arrojarla, como es nuestra intención, al basurero de la historia. Por tanto, cuando hablamos de los “trabajadores” no nos referimos sólo a los obreros, sino a aquellos sectores sociales que conciben el trabajo como algo más que un mal necesario (para la obtención de un salario y, con él, la vía de acceso al consumo); que se oponen conscientemente al orden liberal-capitalista en nombre de la experiencia vital que subyace a todo trabajo auténtico, a saber, la experiencia matriz de la verdad racional. Ésta fundamenta un modelo comunitario y socialista de sociedad capaz de potenciar el avance intelectual, científico y tecnológico que, en estos momentos, una inmensa ola de regresión neorreligiosa -perfectamente coherente con los valores últimos de la sociedad de consumo, que son su secularización- ha detenido y amenaza hacer retroceder. Los valores de la sociedad burguesa son, en última instancia, incompatibles con la verdad y, en consecuencia, con el verdadero “progreso”, que pertenece al orden del conocimiento. Pero occidente, aterrorizado ante la realidad que le muestra la ciencia, ha emprendido el camino de retorno hacia el oscurantismo fundamentalista judío, cristiano o musulmán. La des-secularización intenta satisfacer las necesidades existenciales hedonistas que el materialismo renuncia a aliviar como no sea mediante el consumo de estupefacientes. Pero sólo el trabajo, y no el consumismo o las fantasías transmundanas, puede fundamentar la existencia humana, cuya esencia ético-espiritual niega las mendaces promesas de los psicofantes de todas las confesiones. De ese desarrollo que conjunta trabajo, democracia, racionalidad, ciencia, verdad y técnica ha de surgir una alternativa social de organización comunitaria con poder moral y material efectivo para derrotar a las democracias liberales e instaurar un modelo de democracia popular participativa.
Queremos saltar del tren de la globalización liberal –que avanza, ya sin conductor, hacia el abismo de un "crecimiento" aparentemente sin límites ni sentido- y construir una cultura comunitaria de la verdad, opuesta al modelo americano de society, comfort y "búsqueda de la felicidad". Europa es el lugar geográfico y espiritual, predestinado por la historia, de ese movimiento de superación tanto del capitalismo liberal como de sus falsas alternativas de izquierdas (anarquismo, socialdemocracia, comunismo). El centro de Europa es Alemania y habrá que liberar a este país de sus cadenas simbólicas a fin de que todos los europeos podamos volver a ser dueños de nuestro propio destino. Para ello es menester denunciar la “ideología del Holocausto”. Ésta legitima la postración política de las naciones en beneficio del autodenominado “pueblo elegido”, es decir, de la ultraderecha racista y supremacista que controla el Estado de Israel y que, a través del lobby sionista incrustado como un repulsivo parásito bíblico-demencial en las instituciones políticas de los Estados Unidos, condiciona y amenaza el futuro del planeta entero .
A partir de esta Europa liberada de la bota yanquee, proponemos alianzas con Hispanoamérica y Rusia para forjar un eje geopolítico y estratégico capaz de hacer frente al enemigo sionista-capitalista y destruirlo allí donde incube sus huevos de monstruo.
Nosotros, en la izquierda nacional, ya no anhelamos "paraíso" ninguno, sino un régimen social-popular auténtico –dicha pretensión nada tiene de utópica- que nos asegure el acceso a la cultura, la dignidad cívica republicana y la formación para nuestras familias. No soñamos sino con una verdadera educación para nuestros hijos, algo que el liberalismo, en medio de su colapso axiológico -la gomina está ya podrida- es actualmente incapaz de ofrecer. No vamos a escuchar a los charlatanes de feria de la "utopía” marxista que, en nombre de tamaño fraude, reclamaban para sí todo el poder y a renglón seguido lo utilizaban ipso facto para exterminar a los propios trabajadores (Kronstadt). Pero tampoco escucharemos a los nuevos demagogos liberales de la tierra prometida capitalista, las "libertades", la abundancia y la globalización multicultural. Somos una izquierda basada en la verdad racional y lógica (herencia de una cultura europea fundada por los antiguos griegos) que repudia la secularización fraudulenta de idearios semitas milenaristas utópico-proféticos, hipotecados por la ignorancia, la mezquindad moral y la superstición. El socialismo potencialista nada tiene, en definitiva, de "internacionalista" ni de cosmopolita: fomenta el amor universal a la comunidad nacional y el respeto hacia el heroísmo de los que por ella dieron su sangre. Somos conscientes de que los ideales socialistas, lejos de poder trajinarse cual frívolas manufacturas de libre circulación comercial, forman parte de la civilización europea y sólo han podido surgir y forjarse allí donde ha habido hombres dispuestos a dar sus vidas en la frontera para salvaguardar la nación. Una entidad que, subrayémoslo una vez más, en nuestra idea se identifica plenamente con el pueblo. De ahí que el socialismo deba sentirse rabiosamente nacional o termine, tarde o temprano, convirtiéndose en un peón de la alta finanza, la masonería, el sionismo, la trilateral y, en fin, del resto de redes sociales más o menos invisibles que sustancian la cohesión mundial del dispositivo oligárquico.
Organización y disciplina
El principal problema al que se enfrentan los trabajadores europeos es su falta de fe en sí mismos como grupo social capaz de hacer frente a las agresiones, perfectamente planificadas, del capital financiero. Este hecho se ve agravado por la existencia de organizaciones presuntamente obreras (en España: PSOE, IU, UGT, CCOO) que en realidad funcionan al servicio de la derecha social oligárquica, de intereses parasitarios que usurpan los enclaves de una posible estructura de defensa reivindicativa, y de falsos dirigentes que operan como frenos sistemáticos a las movilizaciones, manifestaciones, actos de lucha, huelgas, etc., de las masas populares. No en vano dichas instancias, grupos e individuos pueden existir políticamente hablando porque son financiadas por el Estado y, en consecuencia, responden a las directrices de la clase política que representa a su vez los solapados compromisos institucionales con la alta finanza.
La única alternativa aparente de los trabajadores son las organizaciones radicales “rojas”, de cuño marxistoide o ácrata, pero éstas, por las razones más arriba expuestas, operan como un polo de repulsión política que refuerza las pautas desmovilizadoras de las pseudo izquierdas “naranjas”. De ahí que el sistema también las promueva, tolere y mantenga dentro de su espacio, pues aseguran el fracaso de toda tentativa revolucionaria.
Por su parte, los valores “nacionales” son explotados por el PP, un partido tan antinacional como el PSOE antiobrero, pero que gestiona los símbolos de un rancio patriotismo católico-reaccionario en beneficio del liberalismo más repulsivo, de la misma manera que el PSOE gestiona la herencia obrera, sindical y socialista con idénticos objetivos. Se vota “social” (PSOE) contra lo nacional o se vota “nacional” (PP) contra lo social, pero una izquierda nacional parece carecer de sentido, a pesar de que “trabajadores” (=la mayoría del pueblo) y “nación” son palabras que se refieren, de hecho, a idéntica realidad, aunque desde ópticas distintas, a saber, la sociológica y la política; no debiera causar tanta perplejidad el concepto de un “patriotismo obrero” excepto en un imaginario teatral donde las oposiciones y polaridades derechas/izquierdas constituyen meras ficciones que esconden siempre la asfixiante ubicuidad de la única opción real, de cuño derechista, a la que se puede votar y de hecho se vota, lo sepa o no el ciudadano de a pie: la omnímoda "opción" de la oligarquía plutocrática. Pero ésta, por definición, ni es socialista ni siente la emoción de patria alguna, como no sea la de su propia cuenta corriente, normalmente encriptada en un paraíso fiscal extranjero.
La desconfianza de los trabajadores hacia la política y el sindicalismo en general es así absoluta y con razón. Los trabajadores han sido traicionados, primero por la burguesía, que sin duda realizó su revolución moderna en nombre de valores éticos (1789), pero sólo para convalidar inmediatamente dicha tabla axiológica como ideología legitimadora de los horrores del sistema fabril capitalista descritos por Engels y Marx. Más tarde, los trabajadores fueron engañados por el marxismo (1917) con sus promesas escatológicas de un paraíso en la tierra, el cual se vio pronto realizado, sí, pero más bien en forma de infierno: el del estalinismo y su red de campos de trabajo esclavo al servicio de un régimen genocida (gulag). Finalmente, los trabajadores han sido engañados por las izquierdas socialdemócratas (1945), las cuales prometieron, ante el horror del comunismo, una transición pacífica y democrática al socialismo pese a que, en realidad, lo que han hecho es preparar el terreno para el retorno al capitalismo salvaje de los primeros tiempos de la industrialización, un acontecimiento de consumación ya inminente con el que se volverá al punto de partida y se cerrará un ciclo histórico completo de imposturas y manipulaciones.
La historia moderna deja así a los trabajadores europeos (al "obrero blanco") en una situación de abandono total frente a las políticas de inmigración (mano de obra barata) perpetradas bajo el rótulo del progresismo humanitario, es decir, justificadas en nombre de valores de izquierdas a pesar de que sólo amplíen los márgenes de beneficio de las empresas y perjudiquen, en cambio, precisamente, a la inmensa masa de personal laboral autóctono no cualificado. Por este motivo, será muy difícil recuperar la confianza de las "bases" en una organización política de izquierdas que proponga cambios radicales y la lucha abierta contra un capitalismo global casi omnipotente que, a través de los estados, mantiene bajo control liberal a las viejas izquierdas, es decir, a sus partidos “naranjas” y a sus sindicatos “amarillos” de siempre. Lo primero que habrá que conseguir es que dicha organización alternativa se estructure de tal manera que su transparencia democrática y asamblearismo convenzan hasta al más receloso de que no se van a repetir ya nunca los tiempos del comunismo, es decir, del “partido” (leninista) convertido en poco menos que una iglesia laica, opaca, burocrática y dictatorial. Por ello hemos hablado de asambleas ciudadanas libres como instrumento táctico inexcusable del combate social. Aquéllo que quizá se pierda en eficacia y contundencia organizativa, habrá de ganarse a la postre en legitimidad, cuando el principal obstáculo al que los luchadores sociales nos vemos enfrentados en la actualidad es precisamente el de superar la crisis de credibilidad de la izquierda después de un siglo de criminales traiciones perpetradas por las organizaciones obreras, con sus propios representados como víctimas permanentes de una sinvergonzonería sin paliativos.
Dicho esto, se pone sobre la mesa el problema de la organización, del sujeto político que habrá de liderar la batalla contra el liberalismo en nombre de principios existenciales que, por primera vez, no serán ya los de la ideología liberal burguesa, sino los de los trabajadores mismos en tanto que encarnación del concepto de “trabajo”, que es menester revisar para despojarlo de las escorias burguesas y marxistas heredadas del pasado. Se trata, en fin, de una entidad política, pero no de un mero partido, aunque los imperativos legales fuercen a registrarla como tal a efectos meramente administrativos. Sin embargo, los problemas de la organización no terminan aquí.
Los desafíos a los que nos enfrentamos son inéditos en la historia y además muestran tal calado que las instituciones que el derecho burgués tiene previstas para ejercer la acción política resultan a la postre anacrónicas. ¿Cómo hacer frente a algo tan profundo como una crisis de valores morales desde organizaciones –partidos- cuyos mandatos duran cuatro años? ¿Cómo luchar contra el capitalismo global desde la fragilidad de gobiernos de Estados nacionales? ¿Cómo armonizar la exigencia democrática radical del asamblearismo con la necesidad de erigir un poder político capaz de hacer frente a oligarquías cerradas, criminales e inmensamente ricas, cuyas influencias ostentan claramente un alcance mundial? La respuesta está en que la lucha ha de ostentar dimensiones continentales para ser eficaz pero que, al mismo tiempo, debe existir una tajante distinción entre autoridad y poder en todos los planos y niveles institucionales de dicha entidad política europea. Este doble principio, la concentración del poder, por un lado, y la reserva asamblearia de autoridad, por otro, perfila un dispositivo institucional de democracia popular participativa que permitirá superar el sistema liberal, con sus partidos elitistas periclitados y su ficticia “división de poderes”, derrotando a la oligarquía burguesa, por primera vez en la historia, mediante la simple aplicación de los principios democráticos y de la racionalidad ilustrada, pero esta vez hasta sus últimas consecuencias.
Jaume Farrerons
13 de mayo de 2010