miércoles, abril 26, 2023

MENTIRAS DE PABLO IGLESIAS O EL COLAPSO INTELECTUAL DE LA IZQUIERDA


1.-La Segunda Guerra Mundial fue el mayor conflicto militar de la historia. Enfrentó a las potencias capitalistas y comunistas contra las potencias fascistas. La oligarquía financiera occidental, aliada con la URSS de Stalin, destruyó Alemania, la principal potencia fascista, hasta sus cimientos y, acto seguido, prohibió el fascismo identificándolo con el “mal absoluto”; la figura de Adolf Hitler encarna desde entonces nada menos que un equivalente secular del demonio.

2.-Los vencedores definitivos de esa guerra fueron los oligarcas occidentales. La caída de Hitler y, luego, de la URSS (1989), no trajo empero la paz y la prosperidad al mundo, como había prometido la oligarquía. Antes bien, empezando por la bomba atómica arrojada por los EEUU sobre civiles, desde 1945 cincuenta y cinco millones de personas han sido exterminadas en las nuevas guerras e intervenciones “humanitarias” (¿?) de los oligarcas. Por si fuera poco, cientos de millones de personas perecen en tiempo real como consecuencia del sistema económico mundial oligárquico del gran capital. Así, setenta años después de su victoria militar, ya conocemos la verdad sobre la oligarquía, no nos pueden engañar. Sin embargo, incluso las gentes más suspicaces y críticas con «las élites» siguen aceptando a pies juntillas la versión y la imagen que la oligarquía ha impuesto en el mundo respecto de los derrotados en la guerra, es decir, de los fascistas. Los supuestos izquierdistas y progresistas cuestionan todas las mentiras y la propaganda de la oligarquía, pero el «relato» que la oligarquía institucionalizó sobre sus peores enemigos permanece, al parecer, como dogma incólume. Curioso absurdo.

3.- El nazifascismo fue el único movimiento histórico conocido que se enfrentó conscientemente a la oligarquía con ánimo de destruirla. La lucha contra la oligarquía era una de las finalidades fundamentales del nazifascismo. El fascismo es radicalmente anti-oligárquico y la oligarquía, por esta misma razón, fanáticamente antifascista. Y aunque el nazifascismo cometió muchos errores —gravísimos en algunos casos— que actualmente estamos moralmente obligados a condenar, no puede negársele el mérito de haber anunciado qué tipo de mundo crearían los oligarcas si Alemania perdía la guerra. Pues bien, ese futuro anunciado ha llegado ya y, en ese punto al menos, debemos admitir que la profecía del nazifascismo se ha cumplido. Que ciertos pronósticos de quienes fueron derrotados luchando hasta el final eran acertados implica estimar la idea de que quizá caminamos hacia el horror absoluto, porque la oligarquía pretende exterminar a la mayor parte de la humanidad.

4.- La revolución significa, entonces y ahora, la destrucción de la oligarquía, su derrocamiento, enjuiciamiento y ajusticiamiento por crímenes de lesa humanidad en un nuevo juicio de Nuremberg. Se le aplicarán a la oligarquía las mismas leyes que se les aplicaron a los criminales nazis. Los oligarcas no pueden pretender que esas leyes, y los dudosos métodos procesales que allí se emplearon, sean válidos para sus enemigos pero no para los propios oligarcas. La revolución comporta, entre otras cuestiones en las que ahora no vamos a entrar, juzgar el exterminio de millones de personas por parte de una élite financiera del 0.1% de la población que, no satisfecha con acaparar la mayor parte de la riqueza del planeta, pretende ahora recortar drásticamente el volumen demográfico de la humanidad para disfrutar de sus “propiedades” —obtenidas mediante la usura, el fraude, el saqueo y la violencia— sin la molesta compañía de quienes, según los oligarcas, representan meras «bocas inútiles» que no aportan nada. Olvidan que ellos mismos, los oligarcas, son inmundas garrapatas y que su riqueza, obtenida mediante la especulación sin dar un palo al agua, equivale a puro parasitismo social: ellos viven, en efecto, del trabajo de quienes explotan y son en todo caso los oligarcas, y no la gente, los que aquí «sobran».

5.-La pregunta es ahora: ¿cuál será el papel de la izquierda revolucionaria antifascista en esta revolución anti-oligárquica? La izquierda luchó aliada con la oligarquía contra el nazifascismo. No tuvo elección: Rusia defendía su territorio. Los soldados rusos, carne de cañón de la oligarquía, fueron decisivos en la derrota de Alemania. Pero esos soldados luchaban, hoy lo sabemos, para el triunfo final de la oligarquía, siendo así que el comunismo soviético, como ya hemos subrayado, desapareció cuarenta y cuatro años después de la muerte del Führer, dejando tras de sí un reguero de crímenes que supera con mucho, en número de víctimas, a los del propio fascismo: por cada víctima del fascismo se cuentan, en efecto, 10 del comunismo… y 100 del capitalismo liberal-sionista.

6.-Sin embargo, los izquierdistas que reivindican la victoria de Stalin sobre Hitler siguen declarándose antifascistas. Comparten con la oligarquía, no sólo el escueto mérito de esa resultado, sino la mitología toda de los oligarcas. Ante la evidencia de que no puede hablarse de revolución sin derrocamiento de la oligarquía, estos «izquierdistas» tienen la desfachatez de pretender que la oligarquía vencedora de la Segunda Guerra Mundial es de ideología nazi. Efectivamente, tanto la izquierda como la derecha liberal, que son corrientes internas del sistema oligárquico, han hecho correr el bulo del supuesto nazismo de la oligarquía. Para convencerse de ello y dar apariencia de racionalidad a su descabellada sinrazón, recurren a algunos pocos datos dispersos y anecdóticos sobre el suministro de gasolina de la Standard Oil, empresa de Rockefeller, al bando alemán (en cumplimiento de un contrato firmado en 1929, es decir, con la República de Weimar). Cualquier chuchería o baratija argumental les bastará, empero, para convencerse de lo que ya estaban convencidos porque es vital para ellos para seguir manteniendo su chiringuito. Buscan un arbusto que no deje ver el bosque y hasta se agachan de buen grado para que se lo tape mejor. Y mentirán como bellacos para ocultarse y ocultar la verdad de su complicidad y su responsabilidad histórica en el triunfo de los oligarcas, o sea: en la victoria militar de los mayores criminales de la historia, causantes de la espantosa situación actual. No vamos a negar que fueron los fascistas quienes atacaron a la URSS y no a la inversa. Antes bien, los comunistas, verdaderos revolucionarios, pactaron con el fascismo y fueron traicionados por Hitler, quien les invadió sin previa declaración de guerra. Así que hay también una responsabilidad indirecta del fascismo en la victoria de la oligarquía. Fueron en todo caso los capitalistas quienes, con plena libertad para elegir, prefirieron aliarse con Stalin antes que con Hitler. Un hecho que debería hacernos reflexionar a todos, incluidos los supuestos comunistas. ¿Por qué, si el fascismo es el mal absoluto, pactó el comunismo con Hitler? ¿Pensaba Stalin atacar «por la espalda» a Hitler, como arguyen algunos comunistas a fin de exculpar a Stalin de ese tratado, y Hitler se adelantó simplemente a una invasión soviética? ¿Por qué el capitalismo optó libremente por aliarse con el comunismo si el fascismo, según los comunistas, era la «dictadura del gran capital» instaurada expresamente para frenar la revolución proletaria? Es hora de emprender una meditación de comunistas y fascistas, cuya alianza en 1939 (y se trata de una mera evidencia geopolítica) habría derrotado, sin duda alguna, a la oligarquía. Que cada cual reconozca sus errores, que no son pocos, a los efectos de inaugurar una nueva era en la historia de la resistencia anti-oligárquica, cuyas menguantes fuerzas permanecen a día de hoy reducidas a poco más de cero.

7.- Pero en lugar de corregir su antifascismo y reconocer la verdad que les corresponde (nosotros ya hemos reconocido la nuestra), los falsos izquierdistas antifas cómplices de la oligarquía prefieren revolcarse en la mentira sistemática y, por tanto, en el engaño a los trabajadores. Este fraude representa el fin de la izquierda. El valor fundamental de la izquierda, como aseveró Marx, tiene que ser la verdad racional, el socialismo científico, y no utopías religiosas secularizadas basadas en «la esperanza». La historia no es un relato fantasioso del camino de la humanidad hacia el paraíso, sino la brecha donde se desvela la verdad del ser y el ser de la verdad (Heidegger). Para rescatar a la izquierda del lodazal antifascista hay que luchar contra los impostores que, como Pablo Iglesias, usurpan el espacio social revolucionario de la izquierda radical, aquel lugar del que históricamente surgió el fascismo y al que a la postre ha de volver para renacer de sus cenizas. A tales efectos, deberá surgir una nueva izquierda dispuesta a reconocer, en primer lugar, la verdad histórica. Caiga quien caiga. (Y este gesto no lo podemos hacer nosotros, debe provenir de la izquierda).

8.- La falsa izquierda antifascista, un buñuelo de viento oligárquico, es incapaz de explicar por qué motivo una oligarquía nazi lucharía contra el nazismo hasta reducirlo a escombros y prohibirlo como “mal absoluto”. En este punto, silencio. Nada que decir ante la enormidad de la evidencia. A continuación, algún dato sobre ciertos nazis que, después de la guerra, colaboraron con los aliados (¡para salvar la piel!). O sobre el hecho que Hitler recibió dinero del gran capital alemán (con la intención de utilizar a Hitler contra el comunismo, por ejemplo). Como si esos datos pesaran más en la balanza que la abrumadora realidad de la Segunda Guerra Mundial, a saber, que capitalismo y comunismo lucharon unidos contra el fascismo a iniciativa del propio capitalismo. Y lo peor: que el comunismo, a diferencia del fascismo, se ha extinguido no como resultado de la acción de una fuerza militar enemiga, sino que ha implosionado —desde dentro— a consecuencia de sus propias contradicciones, inepcias, crímenes y fracasos.

9.- Y ahora veamos qué consecuencias tiene esta situación, este colapso intelectual de la izquierda, en la lucha política real, en la calle. Según Pablo Iglesias, la nueva ultraderecha internacional, encarnada por personajes como Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Abascal, Meloni y otros, es nazi-fascista. Poco importa que el principal ideólogo de dicha ultraderecha (verdadero rostro de la oligarquía que ya empieza a quitarse la máscara para emprender el asalto a la democracia liberal), Steve Bannon, se haya declarado sionista cristiano y su organización tenga sede en Jerusalén. Poco importa que todos esos políticos ultras sean clones de Benjamín Netanyahu, un sionista judío e israelí. ¿Cómo un nacionalista judío podría, sin embargo, ser «nazi»? Pero las preguntas sin respuesta que cuestionan el «relato» («dato mata relato») son ignoradas y, si insistes (te pones “pesado”), el señor Pablo Iglesias te bloquea en la cuenta de Twitter de su podcast “revolucionario” (rebelde, más bien, o sea, para uso y disfrute de payasetes progres).

10.- Que la oligarquía es sionista y no nazifascista constituye el meollo de aquello que el discurso de un Pablo Iglesias pretende ocultar a los trabajadores y, en definitiva, la esencia misma del colapso intelectual de la izquierda burguesa. Porque si reconoce el papel hegemónico de los nacionalistas judíos, de la extrema derecha judía, en el seno de la oligarquía, la narración progre y antifa Hollywood sobre el papel histórico de los nazis (el “relato”) se derrumba. Con ello, Pablo Iglesias y todos los impostores que son como él rinden un nuevo servicio a la oligarquía, la cual, como sabemos, es una criptocracia que se mantiene oculta a la visión del público mientras maneja los hilos de sus títeres políticos. Los progres-antifas que usurpan el espacio social revolucionario contribuyen a encubrir los crímenes de la extrema derecha judía imputándoselos a unos nazis inexistentes. Aportan su granito de arena a la perduración de la criptocracia y, por tanto, al engaño de las víctimas de la oligarquía, las cuales no pueden defenderse porque son incapaces de identificar a su enemigo.

CONCLUSIÓN

Pablo Iglesias y todos los que como él manipulan conscientemente la realidad histórica del fascismo merecen dos calificativos: felones y embusteros. Pero no es que mientan, su esencia misma es el fake, el fraude, el engaño a los trabajadores, como el buen amigo de Pablo, el traidor Alexis Tsipras, quien después de vender el pueblo griego a la oligarquía financiera hizo exactamente lo que prometió que nunca haría, a saber, pactar con Israel. No son éstos políticos o intelectuales verdaderos representantes de una izquierda revolucionaria y mucho menos genuinos comunistas, sino, a lo sumo, el ala izquierda del liberalismo, pero siempre dentro del sistema oligárquico antifascista que ganó la Segunda Guerra Mundial. No promoverán revolución alguna porque su papel como antifas es manipular a los trabajadores y montar guardia en el enclave social de la izquierda radical a fin de impedir que el fascismo, la izquierda nacional, vuelva a ocuparlo y desencadene la verdadera revolución, a saber, la revolución nacional. Porque democracia y soberanía nacional van juntas, no hay democracia sin soberanía nacional y la revolución sólo puede proceder de una izquierda nacional heredera del primer fascismo; de ello depende nada menos que la supervivencia de la humanidad.

Sólo este dato da la verdadera medida de la infamia que Pablo Iglesias encarna para todos aquéllos que nos hemos comprometido con la lucha anti-oligárquica hasta las últimas consecuencias.

Jaume Farrerons / Izquierda Nacional de los Trabajadores (INTRA)

Figueres, la Marca Hispànica, 21 de abril de 2023

Fuente: https://carrer-la-marca.eu/las-mentiras-de-pablo-iglesias-o-el-colapso-intelectual-de-la-izquierda/


domingo, marzo 12, 2023

LAS JONS O LA FUNDACIÓN DEL FASCISMO ESPAÑOL

 


Agradecemos a Celtix, entre otros muchos comentarios y bibliografía, la aportación de este video. 

domingo, febrero 12, 2023

INAUGURO MI NUEVO CANAL YOUTUBE CON UNA CONFERENCIA SOBRE EL FASCISMO

 


En esta conferencia sobre el fascismo se concentran, cual precipitado químico, muchos años de estudio sobre el meollo filosófico del fascismo cuyo desarrollo, al menos en parte, habéis ido conociendo en tiempo real gracias al blog FILOSOFIA CRÍTICA. Dicho estudio culminó en mi tesis doctoral Verdad y muerte, una investigación de la fundamentación racional de la ideología fascista en la obra capital del filósofo más importante del siglo XX, a saber, Martin Heidegger, militante del partido nacionalsocialista. Espero, en consecuencia, que tanto la conferencia como el canal sean de vuestro interés. 


miércoles, diciembre 07, 2022

NO SON FASCISTAS SINO MERCENARIOS DE LA POTENCIA OCUPANTE



 NO SON FASCISTAS, SINO MERCENARIOS DE LA POTENCIA OCUPANTE

EVOLIANISMO, EXTREMA DERECHA Y TRAIDORES (GLADIO). Reeditamos este artículo de Vincenzo Vinciguerra en el contexto de la Operación Gladio, que hemos documentado ya con cierta amplitud en CARRER LA MARCA:

Gladio o las atrocidades de la OTAN contra la ciudadanía europea

Cómo acabar de una vez por todas con el Expediente Royuela (1). Metodología

Pablo Iglesias: "Sionismo y ultraliberalismo son nazifascismo: demasiado burdo, pero voy con ello".

Conviene no olvidar que los propaladores del fraude evoliano en España eran chivatos de las cloacas o miembros activos de Gladio (un ejemplo clásico: Ernesto Milá y compañía), entre los que se cuentan ultracatólicos de la Falange franquista (otro ejemplo clásico: Alberto Royuela y compañía) o de otras organizaciones de ultraderecha (tercer ejemplo clásico: Blas Piñar y compañía). Nada de todo esto -como dejará claro Vincenzo Vinciguerra- es fascismo, aunque Pablo Iglesias en particular, y los progresultras en general, estén de acuerdo, como no podía ser de otra manera, en este punto: unos y otros trabajan para el mismo amo oligárquico.

"EL ANTIFASCISTA EVOLA", por Vincenzo Vinciguerra 

Fuente: MarilenaGrill
Traducción: Alfonso Beltrán

Durante el Ventennio fascista, Evola no representó un punto de referencia cultural y político. Fue uno de tantos que pasó su existencia de estudioso sin menoscabo ni alabanzas. Evola no se adhirió a la República Social Italiana. La aventura del último fascismo, el más auténtico y sincero, Evola no la compartió prefiriendo dejar a otros la afirmación de ese espíritu legionario del que tanto gustará hablar en años posteriores.

A su regreso a Italia en 1948, Evola se encuentra de repente a sus anchas en el ambiente del Movimiento Social Italiano, al punto de que en 1949 comienza a escribir para el “Meridiano de Italia”, dirigido por Franco Maria Servello que, ya en 1945, escribía en periódicos antifascistas contra el fascismo.

Por lo demás, el fundador de “Meridiano de Italia” había sido encarcelado por los fascistas republicanos y tantos méritos había hecho Franco de Azagio que ya en el mes de agosto de 1945, en Milán, mientras las ametralladoras de los partisanos y los fusiles de los pelotones de ejecución del Estado continúan matando fascistas a mansalva, obtuvo de las autoridades aliadas de ocupación el permiso para publicar su periódico.

 

Arrestado por exceso de celo e insolvencia cultural de los funcionarios del Departamento político de la Policía de Roma en el mes de abril de 1951 al considerarle el ideólogo del grupo “Imperium” que cometía atentados con explosivos firmándolos como “Legión Negra”, Julius Evola confiará su defensa al abogado antifascista Francesco Carnelutti, y se jactará ante los jueces de ser un “no fascista;” no queriendo todavía presentarse, cortesía suya, como “antifascista ni como víctima del fascismo”.

Pero en seguida se desmiente afirmando posteriormente que él defiende “ideas fascistas” no en tanto que son “fascistas”, sino en la medida en que retoman una tradición superior y anterior al fascismo, en cuanto pertenecen al legado de la concepción jerárquica, aristocrática y tradicional del Estado, concepción poseedora de una carácter universal y que se habría mantenido hasta la Revolución Francesa”. 

En otras palabras, Evola deja claro que él, ¡por el amor de Dios!, no tiene ideas fascistas, defiende ideas preexistentes al fascismo y no es culpa suya si éste las ha reactualizado.

Y, para ser claro hasta el final, especifica: “en realidad las posiciones que he defendido y que defiendo, como hombre independiente... no son las denominadas “fascistas” sino las tradicionales y contrarrevolucionarias”.

En resumen, mediante un lenguaje ambiguo pero igualmente comprensible, Julius Evola se proclama no fascista, a-fascista, antifascista decimos nosotros.


Es así que reivindica el juicio emitido sobre su persona por el suizo A. Mohler quien, afirma, “me hace el honor de situarme junto a Pareto y me considera el principal representante italiano de la llamada revolución conservadora”.

El fascismo fue de todo menos una “revolución conservadora”. 

El fascismo no ha considerado jamás a la Revolución Francesa, tan odiada por Evola, como un hecho negativo, sino que la considera como un hito significativo para la afirmación de un mundo nuevo, así como la revolución bolchevique contraponía a la victoriosa burguesía nacida de la revolución de 1789 el proletariado deseoso no solamente ya de igualdad sino decidido a la conquista de la supremacía.

El fascismo que no condenaba las dos revoluciones precedentes, se colocaba de hecho a sí mismo como la tercera y definitiva revolución, aquélla que poseía la capacidad de forjar la síntesis entre las clases sociales para crear un mundo nuevo en el cual capital y trabajo tuvieran igual dignidad y ninguna clase pudiera prevalecer sobre otra.

Ideas que, ciertamente, un conservador burgués como Julius Evola no podía ni aceptar ni compartir.

 

De hecho, Evola subraya el "mérito" de haber atacado repetidamente la teoría de la “socialización” que, como se sabe, fue santo y seña del fascismo de Salò: "al cual no me adherí en cuanto doctrina... En la socialización veo un marxismo encubierto, una tendencia demagógica...”. ¡Toda una afirmación de antifascismo tal cual!

Así pues, Evola desarrolla dentro del MSI una acción de derechas al punto de lograr la marginación de los elementos de “izquierda” que todavía en los primeros años 50 estaban presentes en este partido.

No es una hipótesis. Lo dice el propio Evola: “la verdadera acción que yo pretendía ejercer sobre los jóvenes del grupo Imperium y las otras corrientes juveniles era en sentido de una contraposición a las tendencias materialistas y de izquierda presentes dentro del MSI”.

Por lo tanto, Evola se sitúa ante los incautos jóvenes missinos de la época como el aristócrata que condena la revolución burguesa de 1789, la proletaria de 1848, y en fin la fascista de 1919, proclamando su fidelidad al mundo anterior a ellas, condenando la violencia procedente de abajo, de las masas, de las muchedumbres, del pueblo cuyos jefes no tenían en las venas sangre de príncipes y emperadores sino la de obreros, campesinos, artesanos...

 

Un mundo fantástico, el de Julius Evola, donde son los “señores” los que dirigen a sus siervos, por voluntad y gracia de un Dios que no se sabe muy bien quién es.

Sobre el plano político, que es el que nos interesa, la acción de Julius Evola, incide de forma determinante en la formación de eso que, todavía hoy, se define impropiamente como “neofascismo”.

Si el “maestro” despreciaba al fascismo en cuanto doctrina, admirando en él solamente la capacidad de haber despertado en muchos italianos la voluntad y el potencial para combatir en el bando destinado a la derrota, sus alumnos no podían ser sino que peores que él.

Fieles al Estado como fuente de autoridad, los Rauti y compañía terminarán todos, con poquísimas excepciones, convirtiéndose en confidentes de los servicios de seguridad y policiales con objeto de combatir la “subversión roja”.

Lástima que Evola y sus secuaces no hayan explicado cuál era la fuente divina de la que el Estado italiano democrático y antifascista ha extraído su autoridad. Acaso, en el ansia de destruir el fascismo subversivo, se olvidaron que la autoridad de este Estado proviene del V Ejército americano y del VIII Ejército británico que conquistaron la península entre 1943 y 1945, y sobre cuyas bayonetas se han alzado los padres de la actual República Italiana.

Habría que deducir que el poder del Estado actual deriva para Evola y sus alumnos de “fuerzas divinas” de las alturas donde, efectivamente, volaban los B-29 americanos y los Lancaster británicos que bombardeaban Italia.

Son éstas las “entidades divinas” que han creado este poder al que Julius Evola, Pino Rauti y compañía se han sometido para combatir el bolchevismo, y liquidar para siempre lo que quedaba del fascismo, del que no se precisaba evocar otra cosa que el “espíritu legionario”. Del cual, por lo demás, ni el maestro ni los discípulos dieron nunca pruebas, no porque faltaran ocasiones sino por la vileza inherente a esa plebe que pretende transformarse en aristocracia y sólo alcanza a humillarse ante los amos de turno.

La plebe evoliana que condena el “Estado ético” de Giovanni Gentile, que liquida el patrimonio ideal del fascismo como “comunistizante”, que reniega de la Revolución Fascista y, arteramente, de las que la han precedido y de las que aquélla se ha nutrido, no ha renunciado todavía a presentarse como “fascista”, o “neofascista” como suele decirse.

  

Quizá ha llegado el momento de exponer a esta masa plebeya que su maestro, Julius Evola, tenía al menos el valor de definirse como representante de la “revolución conservadora” que nada tiene que ver con el fascismo.

En consecuencia, no es casualidad que se continúe con la farsa de presentar al MSI y los grupos a él vinculados como “neofascismo” en el lugar de un bloque reaccionario y conservador que ha luchado por defender los privilegios de la clase acomodada y el poder de un Estado surgido tras el fascismo y contra el fascismo.

La lectura y comprensión de la historia italiana de posguerra se haría ciertamente más fácil si se reconociera que no ha existido nunca un neofascismo, que los Evola y sus secuaces no tenido jamás relación alguna con el fascismo, entendido como ideología y que, viceversa, han desempeñado un papel instrumental para el antifascismo de cuño conservador y reaccionario.

Liberarse por siempre de este informe lastre de cobardes, disociados, dinamiteros, masacradores, confidentes, chivatos, violadores y apologistas de violadores, es tarea meritoria para quien, como nosotros, en el fascismo no ve el “mal absoluto”, sino una página de la historia italiana y universal que todavía, en lo referente a su doctrina social, permanece de actualidad.

Liberarse por siempre de este informe lastre de cobardes, disociados, dinamiteros, masacradores, confidentes, chivatos, violadores y apologistas de violadores, es tarea meritoria para quien, como nosotros, en el fascismo no ve el “mal absoluto”, sino una página de la historia italiana y universal que todavía, en lo referente a su doctrina social, permanece de actualidad.

Es verdad que el antifascismo ---–y lo comprendemos--- no querrá reconocer nunca la utilidad para sus planes de Julius Evola, de Pino Rauti, Giorgio Almirante, y más y más abajo de los Freda, de los Murelli, de los Izzo, pero la historia no tendrá en cuenta los deseos del antifascismo, porque su veredicto lo ha emitido ya y entre las muchas culpas atribuidas, con o sin razón, al fascismo, de aquélla de haber contado a éstos entre sus seguidores está definitivamente absuelto.

Ellos son, lo han sido siempre y lo seguirán siendo para las generaciones futuras, los hijos de la Republica Italiana, nacida el 25 de abril de 1945.

Y, con semejante madre, no podían actuar de modo distinto a como lo hicieron. 

Vincenzo Vinciguerra. 

Opera, 18 de octubre de 2009.


 

sábado, diciembre 03, 2022

LAS RAÍCES SOCIALISTAS DEL NAZISMO (Friedrich von Hayek)

 

Friedrich von Hayek 

Camino de servidumbre (1944)

Capítulo XII

Las raíces socialistas del nazismo

Todas las fuerzas antiliberales se están combinando contra todo lo que es liberal.

A. Moeller Van Den Bruck[264]

Es un error general considerar el nacionalsocialismo como una simple revuelta contra la razón, como un movimiento irracional sin trasfondo intelectual alguno. Si fuera así, el movimiento sería mucho menos peligroso que lo que es. Pero nada más lejos de la verdad ni más engañoso. Las doctrinas del nacionalsocialismo son la cima de una larga evolución ideológica, de un proceso en el que han participado pensadores que ejercieron una gran influencia mucho más allá de las fronteras de Alemania. Se piense lo que se quiera sobre sus premisas de partida, lo cierto es que los hombres que engendraron las nuevas doctrinas, escritores vigorosos, han dejado la impronta de sus ideas sobre el pensamiento europeo entero. Desarrollaron su sistema con rigurosa consecuencia, y una vez que se aceptan las premisas iniciales no es posible escapar a su lógica. Es, simplemente, el colectivismo, libre de todas las huellas de una tradición individualista que pudiera embarazar su realización.

Aunque en este desarrollo llevaron la dirección los pensadores alemanes, no estuvieron en modo alguno solos.Thomas Carlyle y Houston Stewart Chamberlain, Auguste Comte y Georges Sorel han participado en esta expansión continua tanto como cualesquier alemanes.[265] El desarrollo de esta dirección intelectual dentro de Alemania lo ha trazado con acierto, recientemente,Mr. R.D. Butler en su estudio sobre Las raíces del nacionalsocialismo.[266] Pero aunque tiene algo de aterrador su permanencia a través de ciento cincuenta años, en una forma casi inalterada y siempre recurrente, como lo ha puesto de manifiesto dicho estudio, es fácil exagerar la importancia que estas ideas ejercieron en Alemania antes de 1914. No pasaron de ser una corriente intelectual en un pueblo que era entonces más diverso, quizá, en sus opiniones que cualquier otro.Y en su conjunto estuvieron representadas por una pequeña minoría y tenidas en gran desprecio por la mayoría de los alemanes, como ocurrió en otros países.

Entonces, ¿cómo es que estas opiniones, sostenidas por una minoría reaccionaria, acabaron por ganar la asistencia de la gran mayoría de los alemanes y, prácticamente, de toda su juventud? No fue sólo la derrota, el sufrimiento y la ola de nacionalismo lo que trajo su triunfo.Todavía menos fue su origen, como muchas gentes desean creer, una reacción capitalista contra el avance del socialismo. Por el contrario, la ayuda que dio el predominio a estas ideas vino precisamente del campo socialista. En realidad, no fue la burguesía, sino más bien la ausencia de una fuerte burguesía, lo que contribuyó a elevarlas al poder. Las doctrinas que guiaron a los sectores dirigentes de Alemania en la generación pasada no se oponían al socialismo en cuanto marxismo, sino a los elementos liberales contenidos en aquél: su internacionalismo y a su democracia. Y a medida que se hizo más claro que eran precisamente estos elementos los obstáculos para la realización del socialismo, los socialistas de la izquierda se aproximaron más y más a los de la derecha. Fue la unión de las fuerzas anticapitalistas de la derecha y la izquierda, la fusión del socialismo radical con el conservador, lo que expulsó de Alemania a todo lo que era liberal.

En Alemania, la conexión entre socialismo y nacionalismo fue estrecha desde un principio. Es significativo que los más importantes antecesores del nacionalsocialismo —Fichte, Rodbertus y Lassalle— fueron al mismo tiempo padres reconocidos del socialismo.[267] Mientras el socialismo teórico, en su forma marxista, dirigía el movimiento obrero alemán, el elemento autoritario y nacionalista retrocedía temporalmente a segundo plano. Pero no por mucho tiempo.[268] A partir de 1914 surgen de las filas del socialismo marxista un predicador tras otro que conducen al redil del nacionalsocialismo, no a los conservadores y reaccionarios, sino a los trabajadores manuales y a la juventud idealista. Sólo más tarde alcanzó la marea del socialismo nacionalista considerable importancia y se transformó rápidamente en la doctrina hitleriana. La histeria bélica de 1914, que, precisamente por causa de la derrota alemana, no se curó jamás por completo, es el comienzo del moderno desenvolvimiento que produjo el nacionalsocialismo, el cual surgió durante este periodo gracias en buena parte a la asistencia de viejos socialistas.

Quizá el primer representante de esta orientación, y en muchos aspectos el más característico, fue el difunto profesor Werner Sombart, cuya conocida obra Händler und Helden (Mercaderes y Héroes) apareció en 1915.[269] Sombart había comenzado como socialista marxista, y todavía en 1909 afirmaba con orgullo que había dedicado la mayor parte de su vida a luchar por las ideas de Karl Marx. Sombart ha contribuido tanto como el que más a difundir por toda Alemania las ideas socialistas y el resentimiento anticapitalista de diversos matices; y si en el pensamiento alemán penetraron elementos marxistas en una proporción no superada por ningún otro país hasta la revolución rusa, ello se debió en gran medida a Sombart. Durante un tiempo, fue considerado como el representante más distinguido de la perseguida intelectualidad socialista, incapacitada, por sus opiniones radicales, para obtener una cátedra universitaria. Y aun después de la anterior guerra, la influencia, dentro y fuera de Alemania, de su obra de historiador, que enfocó como marxista después de dejar de serlo en política, alcanzó extraordinaria difusión, la cual se advierte particularmente en las obras de muchos de los planificadores ingleses y americanos.

En su libro de guerra, este viejo socialista saludó la «guerra alemana» como el conflicto inevitable entre la civilización comercial de Inglaterra y la cultura heroica de Alemania. Su desprecio hacia los criterios «comerciales» del pueblo inglés, que había perdido todos sus instintos guerreros, no tiene límite. Nada es más despreciable a sus ojos que el general afán por la felicidad individual. Y lo que él presenta como la máxima orientadora de la moral inglesa, a saber: sé justo, «para que puedas alcanzar el bienestar y prolongar tus días sobre la tierra», es, para él, «la más infame sentencia que haya salido jamás de una mente comercial».[270] La «idea alemana del Estado», como la formularon Fichte, Lassalle y Rodbertus, es que el Estado, ni lo fundan individuos, ni se forma de individuos, ni es un agregado de individuos, ni su finalidad es la de servir cualesquier intereses individuales.Es una Volksgemeinschaft, en la que el individuo no tiene derechos, sino tan sólo deberes.[271] Las reclamaciones del individuo son siempre una consecuencia del espíritu comercial. «Las ideas de 1789» —Libertad, Igualdad, Fraternidad— son ideales típicamente comerciales, sin otro fin posible que el de asegurar ciertas ventajas a los individuos.

Antes de 1914, todos los verdaderos ideales alemanes de vida heroica estuvieron en mortal peligro ante el continuo avance de los ideales comerciales ingleses, el confort inglés y el sport inglés. El pueblo inglés, no sólo se ha corrompido por completo a sí mismo, pues todos los miembros de los sindicatos se están hundiendo en la «ciénaga del confort», sino que ha comenzado a infectar a los demás pueblos. Sólo la guerra ha ayudado a los alemanes a recordar que eran realmente un pueblo de soldados, un pueblo cuyas actividades todas, y particularmente las económicas, estaban subordinadas a los fines militares. Sombart sabía que otros pueblos desprecian a los alemanes porque éstos consideran la guerra como sagrada, pero él les glorifica por eso. Considerar la guerra como inhumana y sin sentido es un producto de los criterios comerciales.Hay una vida superior a la vida individual, la vida del pueblo y la vida del Estado, y el cometido del individuo consiste en sacrificarse por esta vida superior. La guerra es, para Sombart, la consumación del sentido heroico de la vida, y la guerra contra Inglaterra es la guerra contra el ideal opuesto, el ideal comercial de la libertad del individuo y del confort inglés, que a sus ojos encuentra su más despreciable expresión en... las máquinas de afeitar halladas en las trincheras inglesas.

Si el exabrupto de Sombart fue en aquel tiempo excesivo, incluso para la mayoría de los alemanes, otro profesor alemán llegaba, en lo esencial, a las mismas ideas en una forma más moderada y más universitaria, pero por esta razón aún más eficaz. El profesor Johann Plenge era una autoridad sobre Marx tan grande como Sombart. Su libro Marx und Hegel marca el comienzo del moderno renacimiento hegeliano entre los universitarios marxistas; y no puede haber duda acerca de la naturaleza genuinamente socialista de las convicciones de que partió. Entre sus numerosas publicaciones de guerra, la más importante es un libro, breve, pero muy discutido en su tiempo, que lleva este significativo título: 1789 y 1914. Años simbólicos en la historia del pensamiento político.[272] Está dedicado al conflicto entre las «Ideas de 1789», el ideal de libertad, y las «Ideas de 1914», el ideal de organización.

La organización es para él, como para todos los socialistas que extraen su socialismo de una tosca aplicación de los ideales científicos a los problemas de la sociedad, la esencia del socialismo. Ella fue, como justamente destaca, la raíz del movimiento socialista al engendrarse en Francia en los comienzos del siglo XIX. Marx y el marxismo han traicionado esta idea fundamental del socialismo con su fanática, pero utópica, adhesión a la idea abstracta de libertad. Ahora es cuando la idea de organización vuelve a su lugar, en todas partes, como lo muestra la obra de H.G.Wells (cuyo Future in America influyó profundamente en el profesor Plenge, y a quien éste señala como una de las figuras sobresalientes del socialismo moderno), pero particularmente en Alemania, donde ha sido mejor entendida y más plenamente realizada.[273] La guerra entre Inglaterra y Alemania es, pues, realmente un conflicto entre dos principios opuestos. La «guerra mundial económica» es la tercera gran etapa de la lucha espiritual en la historia moderna. Es de igual importancia que la Reforma y la revolución burguesa por la libertad. Es la lucha por la victoria de las nuevas fuerzas nacidas de la avanzada vida económica del siglo XIX: socialismo y organización.

«Porque, en la esfera de las ideas, Alemania fue el más convencido exponente de todos los sueños socialistas y, en la esfera de la realidad, el más poderoso arquitecto del sistema económico más altamente organizado. —En nosotros está el siglo XX. Cualquiera que sea el final de la guerra, somos el pueblo ejemplar. Nuestras ideas determinarán los objetivos de la vida de la Humanidad—. La Historia mundial vive al presente el colosal espectáculo de un nuevo gran ideal de vida que con nosotros gana su victoria final, mientras, a la vez, en Inglaterra se desploma definitivamente uno de los principios históricos mundiales.»[274]

La economía de guerra creada en Alemania en 1914 «es la primera realización de una sociedad socialista, y su espíritu, la primera aparición activa, y no sólo reivindicatoria, de un espíritu socialista. Las necesidades de la guerra han establecido la idea socialista en la vida económica alemana, y así la defensa de nuestra nación ha proporcionado a la Humanidad la idea de 1914, la idea de la organización alemana, de la comunidad popular (Volksgemeinschaft) del socialismo nacional...[275] Sin advertirlo nosotros realmente, toda nuestra vida política, en el Estado y en la economía, se ha elevado a un nivel superior. Estado y vida económica forman una nueva unidad...[276] El sentimiento de responsabilidad económica que caracteriza la labor del funcionario público domina toda la actividad privada.»[277 ] La nueva constitución corporativa alemana de la vida económica [que el profesor Plenge admite no estar todavía madura o completa]... «es la más alta forma de vida del Estado que jamás se haya conocido sobre la tierra.»[278]

Al principio, el profesor Plenge esperaba todavía conciliar el ideal de libertad y el ideal de organización, aunque, en gran parte, a través de la completa, pero voluntaria, sumisión del individuo al conjunto. Pero pronto desaparecen de sus escritos estos residuos de las ideas liberales. En 1918, la unión entre socialismo y política de poder inexorable se ha completado ya en su mente. Poco antes del fin de la guerra exhortó a sus compatriotas, desde la revista socialista Die Glocke, de la siguiente manera:

«Ha llegado la hora de admitir que el socialismo debe ser una política de poder, porque tiene que ser organización. El socialismo tiene que ganar el Poder; no debe jamás destruirlo ciegamente. Y la más importante y crítica cuestión para el socialismo, cuando los pueblos hacen la guerra, es necesariamente ésta: ¿cuál es el pueblo llamado entre todos al Poder, porque es el conductor ejemplar en la organización de los pueblos?»[279]

Y adelanta todas las ideas que servirán después para justificar el nuevo orden de Hitler: «Precisamente desde el punto de vista del socialismo, que es organización, el derecho absoluto de autodeterminación de los pueblos, ¿no es el derecho a la anarquía económica individualista? ¿Estamos dispuestos a otorgar una completa autodeterminación al individuo en la vida económica?Un socialismo consecuente sólo puede conceder derecho de asociación política a un pueblo si ello corresponde a la distribución real de las fuerzas históricamente determinadas.»

Los ideales que Plenge expresó con tanta claridad fueron especialmente populares en ciertos círculos, de donde quizá derivaron, formados por hombres de ciencia e ingenieros alemanes, los cuales clamaban, precisamente como ahora lo hacen tan ruidosamente sus trasuntos ingleses, por la organización planificada centralmente de todos los aspectos de la vida. A la cabeza de ellos estaba el famoso químico Wilhelm Ostwald, una de cuyas manifestaciones sobre este punto ha alcanzado cierta celebridad. Según se dice, manifestó públicamente que «Alemania tiene que organizar a Europa, que aún carece de organización. Explicaré a usted ahora el gran secreto de Alemania: nosotros, o quizá la raza alemana, hemos descubierto el significado de la organización. Mientras las demás naciones viven todavía bajo el régimen del individualismo, nosotros hemos ya alcanzado el de la organización».[280]

Ideas muy semejantes a éstas fueron corrientes en las oficinas del dictador alemán de las materias primas, Walter Rathenau, quien, aunque se habría estremecido ante las consecuencias de su economía totalitaria, de haberlas experimentado, merece un lugar importante en una historia completa del desarrollo de las ideas nazis.[281] A través de sus escritos ha determinado, probablemente más que cualquier otro hombre, las opiniones económicas de la generación que creció en Alemania durante la primera guerra mundial e inmediatamente después; y algunos de sus colaboradores más íntimos formaron luego la espina dorsal de la administración del Plan quinquenal de Goering. Muy semejantes fueron también las enseñanzas de otro antiguo marxista, Friedrich Naumann, cuya Mitteleuropa alcanzó probablemente en Alemania más circulación que ningún otro libro de guerra.[282]

Pero correspondió a un activo político socialista, miembro del ala izquierda del partido socialdemócrata en el Reichstag, el desarrollo más completo de estas ideas y su extensa difusión. Paul Lensch había definido ya en sus primeros libros la guerra como la «vía de escape de la burguesía inglesa ante el avance del socialismo», y explicado cuán diferentes eran el ideal socialista de libertad y la concepción inglesa.[283] Sin embargo, sólo en su tercer libro de guerra, el de mayor éxito, en su Tres años de revolución mundial,[284] lograron sus ideas características, bajo la influencia de Plenge, su pleno desarrollo. Lensch basa su argumentación en un interesante y, en muchos aspectos, puntual relato histórico de cómo la adopción del proteccionismo por Bismarck permitió en Alemania una evolución hacia formas de concentración industrial y cartelización que, desde su punto de vista marxista, representaban una etapa más alta en el desarrollo industrial.

«El resultado de la decisión de Bismarck en el año 1879 fue que Alemania asumió el papel de revolucionaria; es decir, de un Estado cuya posición respecto al resto del mundo es la del representante de un sistema económico más alto y avanzado. Comprendido esto, advertiremos que, en la presente revolución mundial, Alemania representa el lado revolucionario, y su mayor antagonista, Inglaterra, el contrarrevolucionario. Este hecho prueba cuán escasamente afecta la constitución de un país, sea liberal y republicana o monárquica y autocrática, a la cuestión de saber si, desde el punto de vista del desarrollo histórico, este país ha de considerarse o no como liberal.O, para decirlo más llanamente, nuestras concepciones del liberalismo, la democracia, etc., se derivaron de las ideas del individualismo inglés, de acuerdo con las cuales un Estado con un gobierno débil es un Estado liberal, y toda restricción impuesta a la libertad del individuo se considera producto de la autocracia y el militarismo.»[285]

En Alemania, «representante designada por la Historia» de esta forma superior de vida económica, «la lucha en pro del socialismo se ha simplificado extraordinariamente, porque todas las condiciones que el socialismo requiere de antemano están ya establecidas.Y, por ende, para todos los partidos socialistas era forzosamente de interés vital que Alemania pudiera sostenerse triunfante contra sus enemigos y, con ello, cumplir su histórica misión de revolucionar el mundo. Por tanto, la guerra de la Entente contra Alemania recordaba la tentativa de la baja burguesía de la edad precapitalista para evitar la ruina de su propia clase.»[286]

Esta organización del capital, prosigue Lensch, «que comenzó inconscientemente antes de la guerra y que durante la guerra ha continuado conscientemente, se mantendrá de modo sistemático después de la lucha. No a causa de un gusto por los sistemas de organización, ni aun porque el socialismo se haya reconocido como un principio superior de desarrollo social. Las clases que son hoy día los verdaderos introductores del socialismo son, en teoría, sus declarados adversarios o, por lo menos, lo fueron hasta hace poco tiempo. El socialismo está llegando, y de hecho ha llegado en cierto modo, porque no podemos ya vivir sin él».[287]

Las únicas gentes que todavía se oponen a esta marcha son los liberales. «A esta clase de gente, que inconscientemente razona según patrones ingleses, pertenece toda la burguesía culta alemana. Sus nociones políticas de «libertad» y «derechos ciudadanos», de constitucionalismo y parlamentarismo, se derivan de la concepción individualista del mundo, cuya clásica encarnación es el liberalismo inglés, adoptada por los portavoces de la burguesía alemana en las décadas sexta, séptima y octava del siglo XIX. Pero estos patrones están pasados de moda y descompuestos, de la misma manera que el liberalismo inglés, pasado de moda, ha sido destrozado por esta guerra. Lo que ha de hacerse ahora es saltar por encima de estas ideas políticas heredadas y contribuir al nacimiento de un nuevo concepto del Estado y la sociedad.También en esta esfera debe presentar el socialismo una consciente y decidida oposición al individualismo.A este respecto es un hecho sorprendente que en la supuesta reaccionaria Alemania las clases trabajadoras hayan ganado para sí una posición mucho más sólida y poderosa en la vida del Estado que lo logrado en Inglaterra o Francia.»[288]

Lensch continúa con unas consideraciones que, también, contienen mucha verdad y merecen ser examinadas:

«Cuando los socialdemócratas, con la ayuda de este sufragio [universal], ocuparon todos los puestos que pudieron obtener en el Reichstag, en los Parlamentos de los estados, en los ayuntamientos, en los tribunales laborales, en las Cajas de subsidio de enfermedad, etc., penetraron muy profundamente en el organismo estatal; pero el precio que pagaron por ello fue que el Estado, a su vez, ejerció una profunda influencia sobre las clases trabajadoras. No hay duda que, como resultado de los duros esfuerzos socialistas durante cincuenta años, el Estado no es ya el del año 1867, cuando se adoptó el sufragio universal; pero la Socialdemocracia, a su vez, no es ya la que era entonces. El Estado ha experimentado un proceso de socialización, y la Socialdemocracia ha experimentado un proceso de nacionalización[289]


A su vez, Plenge y Lensch suministraron las ideas directoras a los maestros inmediatos del nacionalsocialismo, particularmente Oswald Spengler y A. Moeller van den Bruck, por mencionar sólo los dos nombres más conocidos.[290] Cabe discutir hasta qué punto puede considerarse socialista al primero. Pero es ahora evidente que en su alegato sobre Prusianismo y Socialismo, aparecido en 1920, no hace sino dar expresión a ideas ampliamente sostenidas por los socialistas alemanes.[291] Bastarán unas cuantas muestras de su argumentación. «El viejo espíritu prusiano y el credo socialista, que hoy se odian entre sí con odio de hermanos, son uno y el mismo.»[292] Los representantes de la civilización occidental en Alemania, los liberales alemanes, forman «el invisible ejército inglés que, después de la batalla de Jena, dejó tras sí Napoleón sobre el suelo alemán».[293] Para Spengler, hombres como Hardenberg y Humboldt y todos los demás reformadores liberales eran «ingleses». Pero este espíritu «inglés»[294] será expulsado por la revolución alemana que comenzó en 1914.

«Las tres últimas naciones de Occidente han aspirado a tres formas de existencia que están representadas por las famosas consignas: Libertad, Igualdad, Comunidad.Toman cuerpo en las formas políticas del parlamentarismo liberal, la democracia social y el socialismo autoritario...[295] El instinto alemán, o, más correctamente, prusiano, dice: el poder pertenece al conjunto... Cada uno recibe su puesto. Se manda o se obedece. Esto es, desde el siglo XVIII, socialismo autoritario, esencialmente antiliberal y antidemocrático, frente a lo que significan el liberalismo inglés y la democracia francesa...[296] Hay en Alemania muchos contrastes aborrecidos y mal vistos, pero despreciable sobre el suelo alemán, sólo lo es el liberalismo.[297]

«La estructura de la nación inglesa se basa sobre la distinción entre rico y pobre; la de la prusiana, sobre la que hay entre mando y obediencia. El significado de la distinción de clases es, con arreglo a esto, fundamentalmente diferente en los dos países.»[298]

Después de señalar la esencial diferencia entre el sistema inglés de libre competencia y el sistema prusiano de «administración económica», y después de mostrar (siguiendo expresamente a Lensch) cómo, desde Bismarck, la deliberada organización de la actividad económica ha asumido nuevas formas, cada vez más socialistas, Spengler continúa:

«En Prusia existía un verdadero Estado, en el más ambicioso significado de la palabra. No podían existir, estrictamente hablando, personas privadas. Todo el que vivía dentro de un sistema que trabajaba con la precisión de un aparato de relojería era en algún modo uno de sus eslabones. La conducción de los negocios públicos no podía, por consiguiente, estar en manos de los particulares, como supone el Parlamentarismo. Era un Amt, y el político responsable era un funcionario público, un servidor de la comunidad.»[299]

La «idea prusiana» exige que todo el mundo sea funcionario público, que el Estado fije todos los salarios y sueldos. La administración de toda la propiedad, especialmente, se convierte en una función asalariada. El Estado del futuro será un Beamtenstaat. Pero «la cuestión decisiva, no sólo para Alemania, sino para el mundo, que tiene que ser resuelta por Alemania para el mundo, es: en el futuro, ¿gobernará el comercio al Estado, o el Estado gobernará al comercio? Frente a esta cuestión, el Prusianismo y el Socialismo son iguales... Prusianismo y Socialismo combaten a Inglaterra en nuestro mismo seno».300

De aquí sólo faltaba un paso para que el santo patrono del nacionalsocialismo, Moeller van den Bruck, proclamase que la guerra mundial era la guerra entre liberalismo y socialismo: «Hemos perdido la guerra contra el Occidente. El socialismo la ha perdido contra el liberalismo.»[301] Como para Spengler, el liberalismo es, pues, el enemigo a muerte. Moeller van den Bruck celebra el hecho de que «no hay juventud liberal en Alemania hoy día. Hay jóvenes revolucionarios; hay jóvenes conservadores. Pero ¿quién querría ser liberal?... El liberalismo es una filosofía de la vida a la que ahora la juventud alemana vuelve la espalda con asco, con ira, con especial desprecio, porque no hay nada más extranjero, más repugnante, más opuesto a su filosofía. La juventud alemana de hoy reconoce en el liberal a su archienemigo».[302] El Tercer Reich de Moeller van den Bruck pretendía dar a los alemanes un socialismo adaptado a su naturaleza y no contaminado por las ideas liberales del Occidente. Y así lo hizo.

Estos escritores no representan, en modo alguno, un fenómeno aislado. Ya en 1922, un observador independiente pudo hablar de un «fenómeno peculiar y, a primera vista, sorprendente» que era dable observar entonces en Alemania: «La lucha contra el orden económico capitalista, según este criterio, es una continuación de la guerra contra la Entente con las armas del espíritu y la organización económica, el camino que conduce al socialismo práctico, un retorno del pueblo alemán a sus mejores y más nobles tradiciones.»[303]

La lucha contra el liberalismo en todas sus formas, el liberalismo que había derrotado a Alemania, fue la idea común que unió a socialistas y conservadores en un frente único. Primero, fue principalmente en el Movimiento Juvenil Alemán, casi por entero socialista en inspiración y propósitos, donde estas ideas se aceptaron más fácilmente y donde se completó la fusión del socialismo y el nacionalismo. Desde finales de la década de los 20 y hasta la llegada de Hitler al poder, un círculo de jóvenes congregados en tomo a la revista Die Tat y dirigidos por Ferdinand Fried fue, en la esfera intelectual el principal exponente de esta tradición.[304] El libro de Fried, Ende des Kapitalismus, es quizá el producto más característico de este grupo de Edelnazis, como se les llamaba en Alemania, y es particularmente inquietante su semejanza con tanta parte de la literatura que vemos en la Inglaterra de hoy, donde podemos observar el mismo movimiento de aproximación entre la derecha y los socialistas de la izquierda, y casi el mismo desprecio por todo lo que es liberal en el viejo sentido. El «socialismo conservador» (y, en otros círculos, el «socialismo religioso») fue el slogan con el que un gran número de escritores prepararon la atmósfera donde triunfó el «nacionalsocialismo». El «socialismo conservador» es la tendencia que domina ahora en Inglaterra. La guerra contra las potencias occidentales «con las armas del espíritu y de la organización económica», ¿no había casi triunfado antes de que la verdadera guerra comenzara?

Notas al pie de página

[264]

[Arthur Moeller van den Bruck, Das dritte Reich (Hamburgo: Hanseatische Verlagsanstalt, 1931), p. 102. Una traducción condensada autorizada apareció en 1934; véase Arthur Moeller van den Bruck, Germany’s Third Empire, trad. E.O. Lorimer (Londres: G.Allen and Unwin, 1934; reedic. Nueva York: Fertig, 1971). —Ed.]


[265]

[Para más datos sobre Carlyle y Chamberlain, véase la introducción del autor, nota 4. Sobre Comte y Sorel, véase el capítulo 1, nota 9, y el cap. 11, nota 4, respectivamente. —Ed.]


[266]

[Hayek se refiere aquí a Rohan Butler, The Roots of National Socialism (Nueva York: E.P. Dutton, N. York 1942). —Ed.]


[267]

[El filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) enseñó en Jena, Berlín, y Erlangen, y en 1810 fue el primer rector de la nueva Universidad de Berlín. En 1807-08 publicó una serie de lecciones con la intención de impulsar el nacionalismo alemán para oponerse a Napoleón; sus categorías filosóficas anticiparon el concepto nazi de Herrenvolk. El economista alemán Johann Karl Rodbertus (1805-1875) es conocido como fundador del socialismo científico y propuso un programa que habría conducido gradualmente a un estado socialista en el Imperio alemán. El autor político y panfletista alemán Ferdinand Lassalle (1825-1864) fundó la Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein (Asociación General de los Trabajadores Alemanes), precursora del Partido Socialdemócrata. —Ed.]


[268]

Y sólo parcialmente. En 1892, uno de los jefes del partido socialdemócrata, August Bebel, fue capaz de decir a Bismarck: «el Canciller del Reich puede estar tranquilo; la socialdemocracia alemana es una especie de escuela preparatoria del militarismo.» [Ferdinand August Bebel (1840-1913) fue un dirigente del movimiento socialdemócrata alemán y uno de sus principales portavoces en el Reichstag. —Ed.]


[269]

[Werner Sombart, Händler und Helden: patriotische Besinnungen (Munich y Leipzig: Duncker & Humblot, 1915). Más sobre Sombart en el capítulo 1, nota 13. —Ed.]


[270]

[Sombart, Händler und Helden, cit., p. 19. —Ed.]


[271]

[Volksgemeinschaft podría traducirse como «comunidad del pueblo», si bien con los nazis fue llevada más allá con el fin de incluir algo parecido a una «comunidad racialmente pura». —Ed.]


[272]

[Los dos libros de Johann Plenge a los que se refiere Hayek son Marx und Hegel (Tubinga: H. Laupp, 1911), y 1789 und 1914: die symbolischen Jahre in der Geschichte des politischen Geistes (Berlín: J. Springer, 1916). Historiador y pensador político, Johann Plenge (1874-1963) enseñó en Leipzig y en Münster. Fue uno de los impulsores del «socialismo organizativo» y apoyó también un resurgir de la sociología, ciencia que pensaba que podía ser utilizada para adiestrar a los ejecutivos que dirigirían las organizaciones a gran escala. —Ed.]


[273]

[Hayek se refiere a la obra de H.G.Wells, Future in America:A Search after Realities (Londres y Nueva York: Harper & Brothers, 1906). —Ed.]


[274]

[Johann Plenge, 1789 und 1914,. cit., p. 20. —Ed.]


[275]

[Ibid., p. 82. —Ed.]


[276]

[Ibid., p. 120. —Ed.]


[277]

[Ibid., p. 121. —Ed.]


[278]

[Ibid. —Ed.]


[279]

[Ésta y la siguiente cita aparecieron evidentemente en el periódico socialista Die Glocke poco antes del final de la guerra. Los redactores de la edición alemana de los Collected Works no pudieron localizar la fuente exacta de la cita, y yo tampoco he podido. —Ed.]


[280]

[El químico alemán Friedrich Wilhelm Ostwald (1853-1932) dio clases sobre todo en Leipzig, donde fundó un periódico y un instituto; colaboró también en la fundación de muchas sociedades científicas. Sus muchos descubrimientos hicieron que se le concediera el Premio Nobel en 1909. —Ed.]


[281]

[El industrial y político alemán Walther Rathenau (1867-1922) aportó su experiencia como ex director del cartel de la electricidad en calidad de asesor en la obtención de materias primas para el Ministerio de la Guerra alemán durante la I Guerra mundial. En un influyente panfleto publicado después de la guerra propugnó la socialización de la economía prosiguiendo la planificación del tiempo de guerra en tiempos de paz. Internacionalista progresista, y judío, Rathenau fue asesinado en 1922 al poco tiempo de ser nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. Sobre la influencia de Rathenau en Hayek, véase F.A. Hayek, Hayek on Hayek, cit., p. 47 {p. 50 de la edición española} —Ed.]


[282]

Un buen resumen de las ideas de Naumann, tan características de la combinación germana de socialismo e imperialismo como todas las que hemos citado en el texto, se encontrará en R.D. Butler, The Roots of National Socialism, 1941, pp. 203-9. [Hayek se refiere a Friedrich Naumann, Mitteleuropa (Berlín:G. Reimer, 1915). El libro fue traducido por Christabel Meredith con el título Central Europe (Nueva York: A.A. Knopf, 1917; reeditado en:Westport, CT: Greenwood, 1971). Periodista, escritor y dirigente político, Friedrich Naumann (1860-1919) fundó el Partido Democrático Alemán al final de la I Guerra mundial. En su libro Naumann propugnaba una reorganización económica y política de la Europa central bajo la hegemonía germano-prusiana. —Ed.]


[283]

[El economista y periodista alemán Paul Lensch (1873-1926) estaba asociado, antes de la guerra, al ala marxista del Partido socialdemócrata alemán, pero fue deslizándose cada vez más hacia la derecha durante la guerra. Sus críticas al partido le valieron la expulsión en 1922. Probablemente Hayek se refiere aquí a los libros de Lensch Die deutsche Sozialdemokratie under der Weltkrieg: eine politische Studie (Berlín: Singer, 1915) y Das englische Weltreich (Berlín: Singer, 1915). —Ed.]


[284]

Paul Lensch: Drei Jahre Weltrevolution, 1917. Una persona sagaz permitió disponer, todavía en curso la anterior guerra, de la traducción inglesa de esta obra: Three Years of World Revolution. Prólogo de J.E.M. (Londres: Constable and Co., Ltd., 1918).


[285]

[Ibid., pp. 25-26. En este pasaje Lensch decía en realidad: «desde el punto de vista del desarrollo histórico, ese país tiene que ser considerado revolucionario o no.» —Ed.]


[286]

[Ibid., pp. 67-68. —Ed.]


[287]

[Ibid., p. 204. —Ed.]


[288]

[Ibid., p. 208. —Ed.]


[289]

[Ibid., p. 210. —Ed.]


[290]

Lo mismo vale para otros muchos de los dirigentes intelectuales de la generación que produjo el nazismo, tales como Othmar Spann, Hans Freyer, Carl Schmitt y Ernst Jünger. Respecto a éstos, véase el interesante estudio de Aurel Kolnai, The War against the West, 1938, que padece, sin embargo, el defecto de pasar por alto a sus creadores socialistas por limitarse al periodo de la posguerra, cuando de estos ideales se habían apoderado ya los nacionalsocialistas. [El libro del historiador y crítico Arthur Moeller van den Bruck (1876-1925) Das dritte Reich («El Tercer Reich»), fue publicado originariamente en 1923, e influyó profundamente en Adolf Hitler. En el libro, del que un extracto proporcionaba la cita que introduce el capítulo, Moeller van den Bruck criticaba ideologías como el socialismo, el liberalismo y la democracia, y pedía la formación de una nueva conciencia propia de los alemanes y la institución de un estado autoritario con control centralizado estricto de la economía. El filósofo de la historia alemán Oswald Spengler (1880-1936), otro crítico de la democracia parlamentaria liberal, predijo la inevitable decadencia de la cultura europea, que sería sustituida por una nueva época de cesarismo (análoga a la sustitución de la cultura griega por la romana, siendo esta última «carente de inspiración, bárbara, disciplinada, práctica, protestante, prusiana»—p. 26), en su libro The Decline of the West, traducido por Charles Francis Atkinson, 2 vols. (Nueva York: A.A. Knopf, 1926-1928). El sociólogo y economista austriaco Othmar Spann (1878-1950) enseñó en la Universidad de Viena, donde Hayek fue uno de sus alumnos. Era el profeta del «universalismo intuitivo», que preparó el camino al austrofascismo, atacó la democracia, el liberalismo, el socialismo, y el individualismo en sus leccions. Más datos sobre Spann, y la reacción de Hayek contra él, en Caldwell, Hayek’s Challenge, cit, pp. 137-39. El filósofo y sociólogo alemán Hans Freyer (1887-1969) fue otro precursor intelectual de los nazis. En su libro Revolution von Rechts («Revolución en la Derecha»), publicado en 1931, propugnó el fin de la lucha de clases y, por medio de «reformas» educativas, el surgimiento de un «estado del pueblo» alemán nacionalista. En sus escritos, el escritor y ensayista alemán Ernst Jünger (1895-1998) glorificó los aspectos estéticos, espirituales, y heroicos de la guerra, y propugnó que la nación alemana hiciese suyo un ethos y una organización militarista. Su relato de primera mano de la guerra de trincheras en la I Guerra mundial, In Stahlgewittern, traducido al inglés como Storm of Steel por Michael Hofmann (Nueva York: Penguin Books, 2004). Sobre el jurista Carl Schmitt, véase cap. VI, nota 5. —Ed.]


[291]

[Hayek se refiere a Oswald Spengler, Preussentum und Sozialismus (Munich: Beck, 1920). —Ed.]


[292]

[Ibid., p. 4. —Ed.]


[293]

[Ibid., p. 7. —Ed.]


[294]

[Ibid., p. 62. Bajo su liderazgo, el estadista prusiano Karl August, Fürst von Hardenberg (1750- 1822) supervisó la abolición de la servidumbre, una reforma extensiva de los militares prusianos y, con Heinrich Stein, la reforma del sistema educativo prusiano. Para más datos sobre Humboldt, véase la introducción del autor, nota 4. —Ed.]


[295]

La fórmula spengleriana encuentra su eco en una frase, a menudo citada, de Carl Schmitt, la primera autoridad nazi en Derecho constitucional, según la cual la evolución del Estado se realiza «en tres etapas dialécticas: del Estado absoluto de los siglos XVII y XVIII, a través del Estado neutral del liberal siglo xix, al Estado totalitario, en el que Estado y sociedad son idénticos». (C. Schmitt, Der Hüter der Verlassung. Tubinga, 1931, p. 79.)


[296]

[Oswald Spengler, Preussentum und Sozialismus, cit., p. 15. —Ed.]


[297]

[Ibid., p. 34. —Ed.]


[298]

[Ibid., p. 43-44. —Ed.]


[299]

[Ibid., p. 60. —Ed.]


[300]

[Ibid., p. 97. —Ed.]


[301]

Arthur Moeller van den Bruck: Sozialismus und Aussenpolitik (Breslau:W.G Korn, 1933), pp. 87, 90 y 100. Los artículos aquí recogidos, particularmente el relativo a «Lenin y Keynes», que debate más detalladamente el tema discutido en el texto, se publicaron primero entre 1919 y 1923. [En el original, las tres referencias de Hayek son sobre las citas de van den Bruck, y las incluye incorrectamente como aparecen en las páginas 87, 90, y 100 respectivamente, y no donde aparecen realmente, en las páginas 100-102. —Ed.]


[302]

[Ibid., pp. 101-2. —Ed.]


[303]

K. Pribram: «Deutscher Nationalismus und deutscher Sozialismus», en el Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik, volumen 49, 1922, pp. 298-99. El autor menciona como otros ejemplos de la misma vía de argumentación al filósofo Max Scheler, predicador de «la misión mundial socialista de Alemania», y al marxista K. Korsch, que escribía conforme al espíritu de la nueva Volksgemeinschaft. [El filósofo alemán Max Scheler (1874—1928), que escribió sobre ética, religión, metafísica, y sobre el lugar de la persona en la sociedad, pertenecía al movimiento fenomenológico con Husserl. Durante la I Guerra mundial elaboró textos de propaganda para el gobierno. El periodista y escritor marxista Karl Korsch (1886-1961) fue un dirigente del Partido Comunista alemán desde 1920 a 1926, que escribía con frecuencia para sus diarios y redactaba su periódico teórico, Die Internationale. Fue expulsado del partido bajo acusaciones de revisionismo en 1926, y abandonó Alemania en 1934, estableciéndose finalmente en los Estados Unidos. —Ed.]


[304]

[El periodista alemán Ferdinand Fried (1898-1967) escribió de economía para varios periódicos, y fue el teórico económico del Tatkreis, grupo de jóvenes revolucionarios conservadores. En su órgano Die Tat (traducido de varias maneras como «La Acción» o «El Hecho») se oponían a la democracia parlamentaria y al capitalismo, y propugnaban una economía nacional autárquica y planificada. —Ed.]