jueves, septiembre 10, 2020

DEL PRO-ISLAMISMO A LA ISLAMOFOBIA Y DEL ANTISEMITISMO AL SIONISMO (2). ERNESTO MILÁ RENIEGA DE JULIUS EVOLA Y RENÉ GUÉNON

El cartero Ernesto Milá.






Y un intelectual debe comprometerse, so pena de crear la confusión entre sus lectores.

(J. P. Sartre ¡oh! ¡perdón! Ernesto Milá) 

Mientras el discurso del Pentágono fue oponer la civilización cristiana occidental al comunismo materialista y ateo, Ernesto Milá jactábase de su islamismo tradicionalero. Pero cuando el islamismo pasó a representar el nuevo "eje del mal" a los efectos de justificar las necesidades bíblico-belicistas del complejo militar-industrial, el sionismo fundamentalista evangélico y el lobby israelí en EEUU, el títere de las cloacas del Estado se quedó ideológicamente con el culo al aire, una posición política harto incómoda. Entonces empezaron a aparecer las ingeniosas revisiones de Julius Evola y René Guénon, maquillando a guisa de debate ideológico ---y hasta espiritual--- lo que no eran sino meros asuntillos de tipo geoestratégico y táctico, la nueva agenda emanada de lo alto para todos aquéllos que sirven con fruición a la oligarquía financiera atlantista (o al poder dominante, sea cual fuere). Así argumentaba quien suscribe el  presunto evolianismo-guenonismo del señor Ernesto Milá en el post anterior de esta serie. Ahora presento algunos indicios interesantes más para fundamentar dicha hipótesis, que afecta no sólo a Milá sino a buena parte de la extrema derecha española. La procedencia del texto puede verificarse aquí:

Islam, aquí y ahora. Personalmente me considero “tradicionalista” en el sentido dado a esta palabra por Julius Evola y René Guénon en el siglo XX. Pero esto no quiere decir que sus planteamientos, especialmente el de Guénon, sean intocables e incluso no susciten ciertas perplejidades (la menor de todas ellas el hecho de que muriera como musulmán en Egipto). Ambos autores coinciden en encontrar en el Islam “valores tradicionales” y, por tanto, incorporarlo en sus planteamientos. Pero no son infalibles y, al menos en el caso de Evola, ni lo pretende. Evola se equivoca, por ejemplo, al considerar que en el Islam el concepto de “gran guerra santa” es una guerra en sentido interior, metafísico, mientas que la definida por El Corán como “pequeña guerra santa” sería la guerra convencional. Ese concepto no es propio del islam sino una interpretación realizada por teólogos islamistas del siglo XIX para intentar “suavizar” las relaciones con los colonialistas ingleses que ocupaban buena parte del mundo árabe. Pero hay otras posiciones sobre las que podemos lanzar algunas dudas.  / Un error muy frecuente entre los “tradicionalistas” consiste en considerar a cualquier fiel islámico como una especie de “doctor en teología”, y así era hasta los años 80, cuando en España los únicos islamistas que existían eran autóctonos que había llegado, en su “búsqueda espiritual”, al convencimiento de que el Islam era la “verdad revelada” que más se adaptaba a su carácter y procuraban profundizar en su relación con el islam. Hubo en toda Europa unas pocas decenas de militantes de extrema–derecha en los 80 que se convirtieron al islam. Alguno de ellos, incluso, encarcelado, utilizaba una brújula para buscar la dirección de La Meca a la hora de realizar sus plegarias. Ese islam “europeizado” e intelectualizado no fue el islam que llegó con la inmigración, reducido a unas cuantas prohibiciones, unas pocas prácticas, mucho fanatismo y que apenas puede ser considerado como algo más que un conjunto de supersticiones propias de otras tierras. En absoluto europeas.

Parece evidente que Milá no es facista ni evoliano en el sentido ideológico-político de la expresión, sino quizás, simplemente, el lacayo servicial de quien le paga que en realidad siempre fue. A mayor abundamiento pero sin salir de la imagen referencial delirante que se ha hizo de sí mismo, Milá quiérese el mercenario burlón que, en la última escena de la película, se marcha triunfante con la chica o el botín; el supuesto más listo de la fantasiosa narrativa picaresca que ha significado para él su vida; el Jean Paul Belmondo de "Le professionnel". Etc. Entregado a un verdadero culto narcisista de esa identidad cínica ---yo, yo, yo---  que constituye el sótano más hondo de su lóbrega personalidad, cabe afirmar que Milá no "es" nada, o nada más que milanista (al igual que Anglada era sólo angladista) y experimenta un placer morboso en traicionar a todos: el ritual de la fidelidad de Milá a Milá en cuanto valor supremo. Puede hallarse el "fundamento" de semejante planteamiento existencial en las tempranas ---y casi desconocidas por la ultraderecha--- obras juveniles de Julius Evola Teoria dell'individuo assoluto (1925), L'uomo come potenza (1925), Saggi sull'idealismo magico (1927) y Fenomenologia  dell'individuo assoluto (1930). Evola, de hecho, no va mucho más allá de Ayn Rand en la consumación del individualismo judeo-cristiano liberal occidental, esencia de la ideología oligárquica imperante

Si hay, en definitiva, un genuino "evolianismo" en Milá, es éste del pillo (que tanto conviene al informador o chivato a sueldo para excusar impostura estructural) encarnado por los agentes secretos y anti-héroes americanos de Hollywood. 

En todo caso, en el contexto geoestratégico occidental ahora vigente ---"choque de civilizaciones" (Samuel P. Huntington) entre el occidente judeo-cristiano y el islam---, los viejos vínculos "espirituales" de la extrema derecha con el mundo musulmán se han convertido en una carga en orden a perpetrar la pertinente demagogia política atlantista. Hete aquí la clave para interpretar los escritos ideológicos de Ernesto Milá. Véase: 

Un anticipo de todo esto lo vimos cuando el Sha de Persia y la dinastía de los Palhevi estaban a punto de caer. Era 1979, nosotros mismos nos deslumbramos con el carácter anticomunista de la revuelta desencadenada en Irán que, al mismo tiempo, era anticapitalista. Creímos, por un momento, que “aquello” era “lo nuestro”. Incluso en Europa trabajamos con “estudiantes islámicos” cuando la embajada norteamericana en Teherán fue ocupada, distribuimos libros sobre Jhomeini que nos habían enviado esos medios y creímos en que la “revolución iraní” representaba una conmoción para los EEUU. Pronto, en plena revolución iraní, nos empezó a preocupar lo que veíamos por la TV: masas fanatizadas, histéricas y enloquecidas enarbolando ejemplares del Corán y libros con los pensamientos de Jomeini. Eran la muestra más clara de masificación, despersonalización en sentido más negativo y fanatización que pudiera concebirse en la época. Así que leímos los escritos políticos de Jomeini publicados por una gran editorial española. Nos sorprendieron algunos argumentos y las prohibiciones prescritas (como aquella que impedía orinar en la tapia de los cementerios…). Cuando en París conocimos a exiliados iraníes y a las primeras chicas con chador, nos dimos cuenta de que no hablábamos el mismo lenguaje de la “tradición”, y fuera de la apreciación de lo malos que eran “rusos y americanos”, no estábamos hablando de lo mismo. Cuando, de retorno del exilio, conocimos a combatientes de la guerra Irán–Irak que habían sido tratados en España de sus heridas, nos volvió a sorprender el reduccionismo que hacían de una “religión tradicional” al mero nivel de superstición. La inmigración masiva nos confirmó en todas estas primeras impresiones. Imanes analfabetos que realizaban una interpretación literal del Corán, fieles que reducían la religión, no solo a mero “exoterismo”, sino a simple práctica supersticiosa, desconocimiento absoluta de la más mínima forma de “esoterismo”, es lo que podemos constatar hoy a poco que nos acerquemos –como “tradicionalistas”– a una mezquita instalada en suelo europeo. Nada que no hayamos visto antes en la historia medieval de España donde asistimos, desde masacres (como la “noche de las fosas de Toledo”) hasta formalismos cómicos (los poetas sufíes andaluces se inspiraban bebiendo vino de dátil a la vista de que el Corán prohibía el vino de uva). A los lloriqueos humanistas del catolicismo progresista se unían ahora los lloriqueos mendicantes de los musulmanes llegados con la inmigración.

No se puede ejercer de islamófobo y al mismo tiempo reivindicar el islam como la forma más pura del pomposamente autodenominado pensamiento tradicional. Rearme ideológico (¿¡!?) de la extrema derecha, pues. La coartada ("historia de cobertura", como suele denominarse técnicamente en la jerga del fondo de reptiles) sería que, de repente, un ultraderechista perspicaz comprendió que había creyentes islámicos de bajo nivel. ¡Algo que no acostumbra a suceder en las religiones de masas! Y Milá descubrió esto ----¡a ver si cuela!--- justamente cuando empezaron a llegar inmigrantes marroquíes a España. Antes incluso de la invasión, este genio de la espiritualidad siempre había considerado como cosa comprensible de suyo que todos los creyentes musulmanes eran doctores en teología. La crítica de Milá al "islam real" consiste así en afirmar que dichos inmigrantes andan hundidos en la superstición. Uno creería escuchar a Voltaire ---ilustración y racionalidad versus oscurantismo--- si no fuera porque este reproche procede de alguien que reivindica... la magia. ¡Y la magia no sería cosa de superstición, como todos sabemos! Que el lector juzgue por sí mismo si nos hallamos ante un argumento digno de consideración ---que explicaría la rapsódica transición ideológica milanera de la islamofilia a la islamofobia--- o ante una mera coartada, asaz ridícula y que sólo pueden tragarse los amiguetes del inefable chapucero pseudo ideológico objeto del presente artículo. Más evidencias del fraude pueden hallarse en "René Guénon o la madre de todas las confusiones". Aquí el ataque a Guénon se convierte en calumnia personal

La figura de Guénon, no lo olvidemos, surgió del magma de los medios ocultistas franceses. Llama la atención algunos contactos de su juventud y algunas de sus iniciativas en aquella época, que pueden ser calificados, pura y simplemente, de pueriles y resulta difícil explicar cómo logró tomarse en serio a algunos de los personajes que aparecieron en su vida en aquellos momentos. Así mismo, hay que leer el “Dossier Reyor” para advertir que, también en él, existía una diferencia notable entre los principios que sostenía y la realidad de quien lo sostenía. El Guénon, adicto al tabaco[sic] dice muy poco de las técnicas que utilizó para ejercer un dominio sobre sí mismo. La violencia con la que ataca en sus recensiones, a algunos de quienes no compartían exactamente su posición, aun situándose en el mismo terreno, dice menos sobre su serenidad interior. Lo ambiguo de algunas de sus consideraciones sobre temas capitales (la “contrainiciación”, por ejemplo y sus formas de manifestarse, las famosas “desembocaduras prácticas”, por citar unos ejemplos) dan la sensación de que, en el fondo, existe una debilidad teórica. Reyor explica en su dossier que en sus conversaciones con Guénon nunca llegó más allá de lo que se decía en sus libros. / En la cuestión de la “forja de la élite”, Guénon y Evola están de acuerdo: es preciso reunir a una “élite espiritual” para acometer un trabajo de “reconstrucción tradicional”. Bien, pero ¿cómo se forma esa élite? O dicho de otra manera: ¿cómo la élite demuestra que es tal? En la realidad, no en el platónico “mundo de las ideas”. De ahí que Evola recomiende la vía de la acción política como forma de voluntarismo, activismo, renuncia a uno mismo, entrega, sacrificio, voluntad y fortaleza para construir el propio destino. De las muchas vías posibles, la política es la que entraña más dificultades y riesgos. Ahí la “prueba” es mayor. Y es ahí, precisamente, en donde la élite se forja con mayor dureza.

Evola, en sus prescripciones a los machacas tontarras destinados a servirle, ensalza todo lo contrario de lo que reivindica para sí mismo en su teoría del yo absoluto, un solipsismo de manual donde los demás no existen más que como meros instrumentos del dilatado ego evoliano. Pero tocaba montar un partido islamófobo en España y, en ese justo momento, no sólo había que desembarazarse de la "tradición islámica" y difamar a los referentes intelectuales tradicionaleros ---hasta entonces alabados con adoración sectaria---, sino que la "prueba iniciática" del tradicionalismo sería ahora, no por casualidad, la política. De tal suerte que la élite tradicionalera estará formada por aquéllos que se enrolen en el partido de Milá y trabajen gratis para él. Volviendo a "El problema del islam y Alexander Dugin", podemos  leer con otros ojos textos muy sabrosos: 

No es que el Islam sea “tradicional”… es que a ojos de un europeo “tradicionalista” el islam PARECE “tradicional” en la medida en que las sociedades de las que procede están atrasadas entre 200 y 400 años en relación a la marcha del continente europeo y remiten a una época pre-moderna. 

¡Sociedades atrasadas! ¿Qué fue del Kali-Yuga? Milá se nos ha convertido en "progresista" ---¿reivindicará la minifalda frente al burka? Siiiiií---- como por arte de... ¿magia? El islam no és tradicional, sólo lo "parece"...  O sea, donde dije digo, digo Diego

Así pues, ver en el islamismo una “religión tradicional” es ver el vaso medio lleno. Y en realidad, el vaso está casi vacío. Seco, a tenor del islam que ha llegado a Europa con la inmigración masiva: ya no estamos ante una religión sino ante una mera superstición.

Un teólogo islámico, como es obvio, no puede --según Milá--- emigrar a Europa. Cuando el moro se embarca en la patera, Soros le reclama un certificado de analfabetismo religioso. El simple hecho de trasladarse a nuestro continente transformaría al creyente islámico en un supersticioso, un ser "atrasado" en medio de la "avanzada" civilización occidental. Por si fuera poco, una cosa es una mezquita y otra un garaje, el edificio hace la cosa y esto suena  muy "espiritual". Graciosa, por decirlo suavemente, la argumentación de Milá. 

Sin más comentarios por el momento, pero, queridos amigos, la serie continuará. 

Jaume Farrerons

La Marca Hispànica, 10 de septiembre de 2020. 


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