domingo, junio 03, 2012

Usurpación, amputación y tergiversación de la doctrina nacional-revolucionaria (6)

Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.
Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas, sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre.


(Friedrich Nietzche)


El destino del fascismo español. Primer giro a la derecha: José Antonio; segundo giro a la derecha: Franco; tercer giro a la derecha: Evola. Hoy ya no sabemos en qué consiste eso de "ser" nacional-revolucionario. !Por supuesto que no, pero semejante bochorno tampoco debería extrañarnos tanto! Borrádose han las huellas de los orígenes izquierdistas del fascismo, y algunos de los que protestan por el misterio NR (tan profundo como la pregunta que interroga por el Ser en Heidegger) han provocado malévolamente la confusión que denuncian trabajando a sueldo del enemigo. Ni siquiera los "líderes" de los partidos presuntamente "nacional-revolucionarios" conocen en realidad su propia su ideología, aunque quieran aparentar lo contrario a base de fraudes, usurpaciones, plagios y frasecitas ambigüas que, a la postre, les delatan como los "fachas" empetrecidos que siempre fueron. Tiene razón Evola cuando sostiene que la doctrina nacional-revolucionaria entraña unos supuestos axiológicos (valores) y metafísicos. Pero, ¿cuáles? El proyecto NR no es, en efecto, sólo un programa político, ni siquiera una ideología relativa al Estado, la economía y la sociedad, al menos no únicamente. El "fascismo" implica, en primerísimo lugar, unas opciones existenciales básicas, sin las cuales "no se entiende" la cosa. Todas las doctrinas y programas políticos nacional-revolucionarios fueron concebidos como meros instrumentos contingentes para conquistar el predominio histórico-social de los valores que sustentaban dichas decisiones antropológicas radicales.


De ahí que el nacionalismo revolucionario "fascista" entrañe una "concepción del hombre" conducente a un "nuevo hombre", a un "ultra-hombre" (Übermensch): "especie" física y espiritualmente más desarrollada y civilizada que la humana (por ende: que cualesquiera de las razas o etnias conocidas); apelando el "fascismo", con este fin, al proceso evolutivo, genético, biológico, descubierto por Darwin, en calidad de antecedente empírico objetivamente verificable de los conceptos de "obsolescencia vital" (=extinción) y de "superación vital" (=potencial adaptativo). En otros términos: la evolución biológica deviene autoconsciente. Y es esa concretísima "conciencia cultural" -acontencida en el seno de la izquierda- aquello que, de puro terror "humanista", se estigmatizará como "fascismo".

El "hombre superior" es aquel que "acepta su propio ocaso" y avanza hacia su destrucción ("ser-para-la-muerte") a fin de que el Übermensch advenga a la tierra:


Sólo un nuevo hombre,
creará una nueva tierra.
El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, ---una cuerda sobre el abismo. (...) La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso (Nietzsche, F., Así hablaba Zaratustra, Prólogo de Zaratustra, 4).


El verdadero problema no es técnico: la ingeniería genética y la eugenesia permitirían alcanzar en poco tiempo metas que harían empalidecer la "sede ártica" de los evolianos y la totalidad de sus pretensiones delirantes entorno a la magia, pero falta concebir el tipo de sociedad que posibilitase institucionalmente semejante salto histórico-evolutivo sobrehumanista. No a otra cuestión quiere responder el "fascismo": la pregunta por la correspondencia entre la técnica y el hombre moderno (Heidegger) representa su hilo conductor. O también: el lugar institucional de los valores, aquella entidad potenciadora que nadie comprendió y que, ahora resulta evidente, estaba más allá de todo lo "pensable" por los tristes meapilas ultraderechistas. Dicha entidad,  "hiper-moderna" a los ojos de los "tradicionalistas", pero que tiene su equivalente evoliano invertido -la Orden-, debería dar libertad a la ciencia de manera que ésta no viera interferidos sus procesos de investigación y aplicación tecnológica del conocimiento en función de intereses económicos o políticos considerados "más importantes" que la verdad racional (=fundamentada). De ahí que la esencia misma del Estado (=poder político) habría de autolimitarse frente a aquella autoridad espiritualindentificarse con una verdad que no es sólo científica, sino, ante todo, un principio ético existencial, tanto individual como colectivo. Únicamente una sociedad socialista nacional-europea fundada en valores heroicos veristas -un Edipo Rey comunitario- podría responder así al impulso de la flecha que va del animal al hombre y de éste al ultrahombre.

¿Magia o tecnología? 
Cohete nazi.
Esa realidad "material" -la Naturaleza- desde la cual nuestra especie irrumpiera violentamente en la Historia cuando, gracias al lenguaje simbólico, la organización social y al trabajo productivo, escindióse a sangre y fuego de lo animal, y no paraíso metafísico o "trascendente" alguno, constituye nuestra herencia "sapiencial" irrenunciable. La filosofía elévala a categoría intelectual en la antigua Grecia, que forja la complejísima noción de phýsis, negada por Platón. Verdadera tradición occidental, la razón, la tragedia y la democracia griegas -y a los hechos me remito- apuntan trunfantes hacia el futuro, no hacia el pasado como pretenden los evolianos. Ciertamente, el paso del orden natural al orden cultural civilizado comporta criterios y normas de valoración propios, complementarios, añadidos a (que no excluyentes de) los meramente biológicos, de ahí que -so pena de recaer en la animalidad- deban rechazarse determinadas formas de materialismo biologista, sin que ello nos obligue a aceptar, según quiere Evola, esa mercancía pseudo filosófica averiada, fruto de una mente reaccionaria hasta la mezquindad, que es el "idealismo mágico".

 
En efecto, tanto los valores cuanto la metafísica propuestas por Evola (una simple repetición barata y extemporánea de Platón) hállanse en las antípodas del nacionalismo revolucionario. Evola opone el Ser al Devenir, lo estático y eterno a lo finito y temporal; el nacionalismo revolucionario identifica, en cambio, el Devenir con el Ser. Sostiene Heráclito, nuestro primer metafísico, que no hay otro Ser que el Devenir mismo, sólo el "cambio" como tal "permanece", sólo el tiempo ("el pasar" mismo) no "pasa", de suerte que el mundo finito "es" la realidad, la única realidad acreditable y sagrada: aquello que denominamos, en términos no filosóficos, la Vida. En esto los nazis vieron claro y las rabiosas críticas de Evola -método infalible para detectar lo esencial del fascismo- no hacen sino confirmar el acierto de aquéllos.

Vida que no es, empero, en primera instancia fenomenológica, y aquí los nazis sí se equivocaron, un "hecho" biológico, sino fenómeno biográfico, experiencia de lo inmediato. Así describe el heideggeriano Ramiro Ledesma Ramos, en uno de sus primeros escritos literarios, el fenómeno de la "vida":

Día claro, día de primavera hermoso y nítido aparece uno de Mayo alegrando la vida de los terrenales; en la ciudad, todo movimiento, todo actividad y desgaste, cumpliendo ambiciones o buscando coto a sufrimientos hórridos. !Qué vida ésta! !Qué vida! / Salimos a la calle anchurosa y viviente; la bella flor de la mañana nos acaricia el rostro con suaves brisas que contrastan con el saturamiento de nuestro cuerpo, todavía conservando un mal oliente efluvio del lecho, abandonado ha poco; suenan en balumba incoherente los diversos sonidos de los "autos", los tranvías y los vendedores de periódicos cual orquesta en la que reina el desconcierto; los cuadros típicos resultan de un sorprendente realismo: oficinistas anémicos y recosidos a sus mesas cubiertas de papeles; dependientes de las tiendas, ávidos de engañar clientes; obreros manuales dirigiéndose a su taller; algún que otro viajero buscando un coche que lo transporte a la estación rugidora; modistillas vivarachas; fámulas turgentes y encarnadas; golfillos fugaces; un bohemio con melenas, que va al campo buscando tema a su alma artista; a todos los sumerge una corriente intensa de indiferencia, ante mí pasan en extraña procesión apocalíptica, sus miradas son cortantes y frías; los más y los menos caminan en pos de un deseo incumplido, de un ideal hiriente o de una necesidad sentida; mientras más trabajan aparece el final más deslumbrador, pero más lejano; la solución de lo ígnoto más atrayente, pero más erizada y difícil; el anhelo más vibrante, pero chocando con la muralla del sentimentalismo (Ledesma Ramos, R., Obras Completas, I, Escritos de Juventud, Molins de Rei, Barcelona, Ediciones Nueva República, 2004, p. 61).

Esta vida, la "realidad radical" que decía Ortega, el Dasein de Heidegger, es ontológicamente anterior a la vida que analiza la biología y por ende cualquier ciencia positiva. Pero una y otra "vida" son "inmanentes", no "trascendentes". La verdad de la biología, es decir, de la ciencia institucionalizada, tiene que descubrir su camino hacia la verdad existencial y lo hace a través del científico, el cual, antes que científico, es ciudadano de un Estado y, antes todavía, existente que despierta cada mañana y encuentra, como Ramiro Ledesma Ramos, la realidad ante sí. Sin rencor, libre de ese odio contra lo inmediato que caracteriza al enfermo reaccionario Julius Evola, Ramiro Ledesma "ama la vida". En el fragmento transcrito descubrimos el amanecer juvenil del fascismo español, y no hay en él más que un rotundo anhelo de modernidad, de futurición: no en vano, la vida que pinta Ledesma con poéticos trazos es la de una ciudad, la vida moderna por excelencia. Pero la novela en cuestión se titula, y esto no puede ser casualidad en un heideggeriano como Ledesma, El sello de la muerte (1924). Pregúntense los nacional-revolucionarios el porqué.

Quien no aprecie la Vida tal como "es", quien haya menester de consumir drogas o bebidas espirituosas o sexo compulsivo o creencias religiosas salvíficas o amor psicodependiente o violencia estética en un rincón oscuro del barrio marginal, para consolarse y soportar los horrores del mundo, que no pretenda ostentarse encima a sí mismo como héroe (un "guerrero") mientras adormece su psique respecto de la cuestión espiritual crucial, la única que importa realmente: la verdad de la existencia. El "fascismo" proclama la autoafirmación de la vida finita en su inmanencia (irrebasable) y la asunción de las consecuencias políticas y sociales inherentes a la deslegitimación científico-racional de la moral cristiana. El heroísmo legítimo no consiste en otra cosa que en afirmar esta inmanencia incluso en la muerte; sobre todo, subrayémoslo para mayor escándalo, en la lealtad a la muerte como verdad absoluta de la vida y, en consecuencia, como fidelidad a la vida misma. La muerte, fundamento ontológico-existencial de la experiencia de la finitud, erígese así en condición de posibilidad del heroísmo radical, el cual, en primer lugar, habrá de acreditar un carácter espiritual. El héroe no lo es por su condición de guerrero (diferencia entre la orden y la entidad), sino que el guerrero puede devenir héroe en la medida en que haya sido capaz de afrontar la espantosa verdad trágica y se sostenga sobre sus piernas sin muletas transmundanas en sordo combate contra la termitera (el "último hombre" de Nietzsche). Frente a los productos manufacturados de un sistema demoliberal capitalista y hedonista que, a conciencia, fabrica repulsivos subhombrespostreros descendientes del creyente cristiano tradicional, yérguese orgullosamente ese "héroe" potencialista,  sin mentiras, ni narcóticos químicos o delirantes compensaciones ultraterrenas; capaz de soportar, en todo caso, la soledad reservada a los creadores. La espiritualidad suprema es así la verdad racional, un evanescente sentido directriz que no se puede tocar, ver, ni oler, un ente que "no es material", sin duda alguna, pero sí una entidad potenciadora de "lo superior INMANENTE". "Metafísico" o "espiritual" si se quiere, mas no por ello deudor o adscrito a "trascendencia" alguna entendida como "más allá" indoloro y "feliz" opuesto a la desgarradora vida fenoménica.

El "fascismo" se define, en definitiva, como confluencia entre el desarrollo científico-tecnológico de la modernidad y la ética existencial radical de la verdad (Heidegger) que erige la finitud como fundamento de un proyecto trágico-heroico colectivoFuturismo fáustico, prometeico, jamás nostalgia de tradiciones caducas, hete aquí el nacionalismo revolucionario en tanto que alternativa de izquierdas a los poderes capitalistas de las sociedades liberales de mercado. El "heroísmo guerrero" per se, despojado de la dimensión trágica y de la vinculación existencial con la verdad originaria (por ejemplo, el caballero cristiano medieval), no es fascismo. Un sobrehumanismo cientificista, materialista y hedonista ayuno de heroísmo trágico, como el que encontramos en Trotsky (Cfr. Trotsky, L., Literatura y revolución. Otros escritos sobre literatura y arte, Ruedio Ibérico, Francia, 1969, pp. 174-175) tampoco es fascismo.

Skin-heads, evolianos reaccionarios,
ultracatólicos: todos dan asco, ninguno es "fascista".
Acierta Evola cuando hace suya la tremenda, abismática exégesis del nihilismo (muerte de Dios, descomposición hedionda de los valores tradicionales) desarrollada por nuestro Friedrich Nietzsche, pero traiciona esa misma lectura al lloriquear como una ramera heroinómana por la debacle del platónico-cristiano "mundo de las ideas", el pálido y exangüe doble fantasmal edificado para escapar a la verdad despiadada del "mundo de la vida". Evola saca a la postre la nefasta conclusión de que hay que reconstruir tal metafísica ficción trans-mundana, actualmente hundida -!y con razón!- en las ruinas del descrédito. Confiesa Evola sus fines de forma expresa, como si el muy canalla reaccionario-drogadicto nos tomara por idiotas: !!!la meta del evolianismo consistiría en reemprender el largo camino hacia un supuesto paraíso original perdido, un lugar (la "sede ártica") estático, perenne, inmarcesible e impávido como una pirámide egipcia y, sobre todo -aviso para "guerreros"- rancio mausoleo de momias guenonianas  exentas de conflicto!!! El inicio de ese "magico" sendero a "ninguna parte" implica apoyar todo lo que huela a "derecha", empezando por lo burgués frente a lo proletario, lo católico frente a lo ateo, lo irracional frente a lo científico... etc., para a la postre alcazar la "suprema cima" de la monarquía, el señorío feudal y la servidumbre de la gleba. Ya conocemos cuál fue, en cambio, la antitética postura de Nietzsche: aceptar el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, asumir la verdad racional de la finitud como revulsivo para un nihilismo activo, destructor y creador. Según Nietzsche, todo lo que hay de rechazable en el mundo moderno son las putrefactas reminiscencias, máscaras,  residuos y secularizaciones del orden premoderno, cristiano-platónico. Al contrario que en Evola, para el cual las lacras actuales resultarían ser consecuencias de haberse rebelado contra sus amos las castas inferiores de la "sede ártica" (de suerte que cada realidad moderna mostraría procesualmente el sello de lo nuevo-degenerado, ergo de lo malo, lo peor y lo paupérrimo), Nietzsche quiere abundar en la muerte de Dios liquidando las formas disfrazadas donde el mundo tradicional intenta perpetuarse, como un gusano corruptor, en el interior de la modernidad revolucionaria. El fascismo, futurista, reivindica una modernidad alternativa, no una tradición "pagana" fabricada en la biblioteca particular de un barón siciliano. Los intelectuales de izquierdas, orondos sacerdotes del sistema capitalista aterrados ante la opción "fascista", ante la mera posibilidad espiritual de una modernidad antiprofética, no han hecho más que elevar a la categoría de dogma una interpretación evoliana de la historia en la cual fascismo y extrema derecha se identificarían.

Para el nacionalismo revolucionario "fascista" -desde Sorel- la sociedad de consumo, como antaño lo fuera el "paraíso comunista" o la comuna anarquista, no es más que la versión política del reino de Dios cristiano-burgués. !Nada tenemos que ver nosotros con la extrema derecha porque al dios cristiano que sella los intereses de la reacción, los auténticos fascistas le escupimos, insultamos y vejamos cada día para desayunar! Jesús de Nazaret es para el fascista la versión religiosa de masas ("platonismo para el pueblo": Nietzsche dixit) de aquel mundo paralelo inmóvil, asegurado y pacifista -la huída ante el Ser- del que Evola se declara nostálgico restauradorEl programa "fascista" supone, así, lo siguiente: erradicar los desechos del mundo tradicional en el mundo moderno, es decir, la moral cristiana secularizada en las fórmulas político-ideológicas liberales, socialistas marxistas, anarquistas y comunistas, todo ello con el fin de desencadenar una "tercera revolución" cuyo significado, para un derechista, no puede ser otro que la subversión metafísica absoluta, el Anticristo. El programa reaccionario (Evola), convierte empero, !ay!, nuestra revolución en contrarrevolución, y propone desvergonzadamente, señalando en dirección diametralmente opuesta al "fascismo", resucitar las condiciones simbólicas, sociales, culturales y políticas -el Ancien Régime- que precedieron a la Revolución Francesa (1789) y a la Revolución Bolchevique (1917). Evola no es sólo un tergiversador de la ideología NR, sino su adversario más alevoso. Es el enemigo a exterminar dondequiera que topemos con él: la abyecta, despreciable extrema derecha, que mil veces nos ha apuñalado por la espalda amparándose en  la excusa de la "lucha contra la subversión", cuando en realidad el derechista no dejaba nunca de temer más que por su abultada cuenta corriente y la "salvación del alma", de su alma (=amado ego), pero jamás por la nación. Con la derecha (evoliana, católica, liberal, judía o gentil) no se habla; se la combate sin piedad. Porque somos FASCISTAS. Nada más.

!Es muy difícil ser fascista! Quizá lo más difícil hoy, pues, ¿quién pronunciaría las palabras "soy fascista" sabiendo de qué habla y asumiendo las co-implicaciones -por no hablar de las consecuencias- de semejante afirmación?


Por qué los nacional-revolucionarios hispánicos debemos combatir a la extrema derecha

Antes de continuar, quizá convenga refrescar algunas afirmaciones que ya hiciera en esta bitácora:


El caso extremo del acto ético es el del héroe, que entrega su vida entera a cambio de nada. De nada. (...) Lo más alto, el sistema de valores heroico, reclama la muerte. La muerte debe existir para que exista, con ella, la posibilidad más alta, el valor supremo. ÉSE ES SU SENTIDO. El sentido de la muerte. El motivo por el cual la muerte debe existir. El "fascismo".



Rememoremos por un instante el destino del fascismo español y sus nefastas relaciones con la extrema derecha. La historia se resume así: de Ramiro Ledesma (filósofo heideggeriano y fascista genuino) al manicomio chamánico de Julius Evola.

Hitler ante la estatua de Nietzsche, autor de El Anticristo.
El fascismo español será fundado por Ramiro Ledesma Ramos, filósofo de talla, primer traductor de Heidegger en España y dirigente de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Ledesma es un trabajador, funcionario de Correos. Nada tiene que ver, desde el punto de vista sociológico, con la derecha. Dos años después de la fundación de las JONS, y tras varios intentos derechistas fallidos para promover en España un partido que funcione como sucursal del ya derechizado fascismo italiano del Ventennio, es decir, como "partida de la porra" del capital, aparece Falange Española (FE). Su máximo dirigente, José Antonio Primo de Rivera, es un católico practicante, hijo del  dictador del mismo nombre, abogado y profundamente enraizado en la oligarquía española que sufre en aquel momento, ante todo, por los avances del marxismo y del anarquismo en territorio nacional.


Primer giro a la derecha: José Antonio. Esa derecha que le había hecho "el vacío" al "proletario" Ledesma, confiará en cambio en uno de los "suyos", José Antonio: ¿para qué? Pues para utilizarlo, poniéndolo al servicio de los intereses oligárquicos como jefe del batallón de choque callejero contra la subversión roja. Por este motivo, la confluencia de las JONS y FE será ya un giro a la derecha, justificado por la amenaza guerracivilista y el pavor al contagio español de la criminal brutalidad bolchevique. Ya sabemos cómo terminó la relación de Ledesma con Falange: abandonó el partido e intentó recuperar las raíces izquierdistas de las JONS, en vano. Así, a pesar de ser el verdadero ideólogo del nacional-sindicalismo, la derechización joseantoniana empujará a Ramiro Ledesma fuera de la organización, la cual, como represalia, le calumniará gravemente (nos ocuparemos de este tema en una entrada posterior donde se analizará con más detalle el proceso que ahora estamos sólo esbozando). Conviene añadir, para ser justos, que tras la marcha de Ledesma intentará José Antonio, al parecer sinceramente, acentuar los elementos nacional-revolucionarios (!!!izquierdistas!!!) de la Falange, respondiendo así a los reproches del ideólogo escindido. Falange podrá considerarse, por tanto, un partido fascista en el mismo sentido en que lo fuera el fascismo italiano posterior a 1922 y hasta la República de Salò.


Franco rodeado de sacerdotes católicos.
Segundo giro a la derecha: Franco. El siguiente giro a la derecha del proyecto nacional-revolucionario español se produce con el franquismo y el "segundo" decreto de unificación. Ahí puede decirse que el "fascismo" jonsista extínguese definitivamente en España, la Falange es ya una institución de derecha católica plena y el Movimiento Nacional un bloque con esos "evolianos" rudimentarios denominados "carlistas". Los intentos "hedillistas" de recuperar las fuentes nacional-revolucionarias de izquierdas topan con la realidad de un régimen cuyo anhelo más ardiente después de Stalingrado es integrarse sin complejos en el atlantismo conservador. Finalizado el franquismo, se legaliza la Falange Española de las JONS (Auténtica), pero la principal preocupación de este partido joseantoniano (que no jonsista) será borrar toda vinculación simbólica con el fascismo histórico. El proyecto nace así viciado de raíz y el desconocimiento filosófico de las fuentes ideológicas ramirianas aborta una opción que no apela ya a los valores, sino precisamente a los símbolos, programas políticos y documentos caducos del nacional-sindicalismo de los años 30. No puede hablarse de giro de izquierdas, aunque éste se intente formalmente, porque tal presunto giro es puro mimetismo táctico antifascista y no retorno a las raíces axiológicas (nivel A del discurso) del proyecto nacional-revolucionario. Quien suscrible, militante de FE de las JONS (A) en su juventud, pudo conocer el proceso por experiencia directa (1976-1977), aunque no fue hasta mucho más tarde (1984-1988) que comprendió las causas de este fracaso "neohedillista" acontecido en la transición española.
Chamán: el final de un
proceso de idiotización.
Tercer giro a la derecha: EvolaSe ha pasado así de las JONS a un derechismo católico conservador que marca para siempre el destino del primer fascismo español. Pero todavía faltaba una última vuelta de tuerca. Afectó a todos aquellos grupos presuntamente nacional-revolucionarios que, durante los años setenta y ochenta [del siglo XX], podrían haber buscado en España una refundación del proyecto fascista a partir de los valores, renunciando a la quincalla emblemática o ideológica, ya definitivamente periclitada, del falangismo joseantoniano. Evola en Italia y Ernesto Milá como evoliano español no sólo impedirán que el nacionalismo revolucionario se libere del catolicismo falangista que había sido su Talón de Aquiles frente a la derecha conservadora, sino que convertirán el "momento anticristiano" inevitable de esa posibilidad abierta (por un fugaz instante) en un retroceso, todavía más abismático, de la derecha cristiana a la derecha chamánica. Promovida por la red Gladio para impedir en Italia que los fascistas revolucionarios de Salò pudieran inquietar al ocupante americano, esta operación hunde al fascismo español en el descrédito intelectual y político más absoluto (terrorismo, delincuencia, violencia, consumo de drogas, chivatismo policial, esoterismo, magia, irracionalismo...). La versión española del ultraderechismo "NR" sólo será contestada por las Bases Autónomas de Juan Antonio Aguilar, en Madrid, y por la asociación cultural ENSPO, de quien suscribe, en Barcelona. El resto de la historia, que culmina con el programa político de Alternativa Europea (1997), redactado por Farrerons, ya la conocen quienes hayan seguido hasta aquí las entradas de la serie "Usurpación, amputación y tergiversación de la doctrina nacional-revolucionaria", así como los posts "El programa político del MSR (1997)" y "Llopart plagia a Farrerons".

Creo que la pregunta "¿por qué debemos los nacional-revolucionarios combatir a la extrema derecha?" va encontrando, poco a poco, el marco en el que sea posible dar una respuesta que justifique clamorosamente los ataques de Filosofía Crítica al evolianismo subterráneo del MSR actual.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica, 3 de junio de 2012

Editado el 24 de junio de 2022. 


sábado, junio 02, 2012

Usurpación, amputación y tergiversación de la doctrina nacional-revolucionaria (5)

Mientras examinamos toda la documentación pertinente de y sobre Evola, nos hemos detenido y tomado un respiro para echar un vistazo a los "evolianos" más próximos al "caso MSR" que aquí nos ocupa. El año 2010 (la fecha no es casual, como veremos), Ediciones Nueva República, la casa regentada por el presidente del MSR, Juan Antonio Llopart, publicó oportunamente y en la época de la famosa "foto de la vergüenza", la  Introducción al tradicionalismo de Julius Evola, de Ángel Fernández. Se supone que en las 95 páginas de texto (el resto son anexos antológicos) encontraremos un resumen de la doctrina evoliana que constituirá, también, una muestra del nivel teórico y sesgo político de los propios evolianos. No entraremos aquí en la cuestión de si la interpretación que los evolianos hacen de Evola es "correcta" o no. Se observa, bien es cierto, por ejemplo en la Biblioteca Evoliana, una sutil censura del período filosófico (1925-1930) de Evola, cuando éste publica libros que no ha habido interés en traducir al español, como la Teoría del individuo absoluto (1927) o la Fenomenología del individuo absoluto (1930). Sí ha sido traducido, en cambio, el Ensayo sobre el idealismo mágico (1925), cuyo título ya sabe a turrón. Estas obras, donde Evola no pretende hablar como "iniciado", sino en calidad de filósofo, ponen en evidencia, con toda su enorme vulnerabilidad, el núcleo de la ideología evoliana y su dependencia de determinados pensadores clásicos, a los que retuerce y exprime para llegar allí donde más le interesa llegar al señor barón, a saber: la negación de la muerte (su propia muerte, conviene añadir), aunque sea utilizando, a la postre, "métodos" (?) mágicos. Pero de esta cuestión nos ocuparemos en otra entrada.


Evola contra Salò o el cautiverio esotérico del MSR

Antes de profundizar en una materia filosófica harto compleja que requiere el análisis previo de los mencionados escritos, entre otros, hemos intentado, en efecto, detectar en el libro introductorio de Ángel Fernández Fernández el reconocimiento de ese punto de ruptura con la inteligencia y la racionalidad que hace del evolianismo un absurdo político. Así, en los pasajes dedicados a la sociedad de castas que abiertamente defiende Fernández como alternativa a la modernidad, encontramos la siguiente caracterización de los shudras u obreros:

En último lugar, debemos hablar de los shudras que se podrían equiparar al obrero, ya que son aquellos que no dependen de sí mismos. Carecen de la capacidad intelectiva que les permita acceder a la trascendencia e ideales espirituales (Fernández Fernández, Á., op. cit., pp. 48-49).

Recordemos que en su libro ¿Qué es ser nacional-revolucionario?, publicado no en vano el mismo año y en la misma editorial por Juan Antonio Llopart Senent, se caracterizaba el "ser" nacional-revolucionario en términos claramente evolianos. Afirmóse allí, en efecto, que la esencia de lo NR son los valores, pero usurpando, amputando y tergiversando tanto el programa político original (1997) de Alternativa Europea, cuanto la conferencia "Nacional-revolucionarios, ¿una alternativa de izquierdas?" (2008) de Jaume Farrerons. Esta caracterización axiológica adquiría ahora un sentido irracionalista, reaccionario y derechista. Llopart habla, recordémoslo, sin dar otra explicación que la típica del héroe interpretado como guerrero, de una "espiritualidad de los valores" cuyo trasfondo social y político no es otro que aquélla de la sociedad de castas.

Ahora bien, si admitimos semejante discurso ideológico como "fundamento" del programa político del MSR, las paradojas que se desencadenan no dejan de resultar risibles e inagotables, por decirlo suavemente. En primer lugar, en el esquema de castas, la casta de los comerciantes es superior a la de los obreros. Según Ángel Fernández Fernández por debajo de los khsatriya (guerreros) encontramos, en efecto, a los vaisiya (mercaderes):

Seguidamente tenemos a los khsatriya que eran la casta de los guerreros y que buscan la realización espiritual a través de la acción pura, no materializada. En esta categoría entraría el propio Evola como hemos visto con anterioridad. El mejor ejemplo de ese concepto de acción viene dado por las órdenes de caballería medievales. / Después tenemos a los vaisiya que son los que Evola denomina casta de mercaderes. Se encuentran al nivel de lo puramente material que ven como un objeto de ganancias. Aquí tenemos la esencia del espíritu burgués y su voluntad por convertirlo todo en negocio y lucro (op. cit., p. 48).

!Defendamos lo que es nuestro!
Fernández no explica por qué motivo se encontraría el burgués por encima del obrero (o campesino) y cómo se puede tener la desvergüenza de pretender, en tanto que de nacional-revolucionario, que los trabajadores, por una cuestión de "raza espiritual", es decir, no nos engañemos, de nacimientosomos unos seres que "carecen de capacidad intelectiva que les permita acceder a la trascendencia e ideales espirituales".

Por otro lado, que Juan Antonio Llopart, en su propio libro, se está refiriendo al kshatriya como paradigma  del militante social-republicano, es algo obvio por la misma caracterización del héroe en cuanto guerrero y de los valores por su "espiritualidad", a cuya carencia alude Fernández por lo que se refiere a los shudras u obreros. Véase Llopart:

Por otro lado, está otra concepción espiritual, aquella que rechaza la concepción materialista, tanto del materialismo dialéctico marxista, como de la concepción materialista liberal, pero al mismo tiempo rechaza, en base a los Valores que asume y defiende, la espiritualidad proveniente de la fe religiosa: la ESPIRITUALIDAD DE LOS VALORES. En efecto, el NR cree en el héroe antes que en el santo, en quien vence en buena lid antes que en el mártir sumiso, antepone la fidelidad y el honor antes que la caridad y la resignación, considera la cobardía y el conformismo como un mal peor que el pecado; el NR no lucha por un Paraíso celestial pleno de igualdades y de felicidad, lucha por una concepción heroica del hombre, por una espiritualidad de combate contra la moral del esclavo (Llopart, J. A., op. cit., 2010, p. 52).

Sin embargo, la sociedad de castas es precisamente una sociedad de esclavos, y la teoría evoliana del guerrero no hay manera de hacerla encajar, a menos que se trate de un engaño para bobos, en la concepción de las dos "clases", léase: la "clase del sistema" y la "clase revolucionaria", proclamada por Llopart, pues según éste:

Kshatriya contento. Felicidades por la faena. Eres un as.
Cuando hablo de Clase Revolucionaria, hablo de todas aquellas personas cuyo afán no es otro que el de subvertir el actual orden capitalista globalizador apoyados en una escala de VALORES superiores, tales como la Verdad, la Solidaridad, la Fidelidad, el Honor... Una clase Revolucionaria que tiene el deber moral de unificar todos sus frentes e integrar en ella a todos los auténticos revolucionarios, expulsando todas las expresiones propias de la Clase del Sistema, en especial toda manifestación de materialismo (Llopart, J. A., op. cit., p. 13):

Y ahora nos preguntamos, ¿se les ha explicado a los miembros de la "clase" revolucionaria de procedencia obrera -shudras- que están luchando para subvertir el orden capitalista pero sólo a efectos de restablecer el orden premoderno del Antiguo Régimen en su versión más dura, a saber, la sociedad de castas hindú? ¿Se les ha confesado o advertido a dichos camaradas que en ese nuevo sistema "tradicional", ellos serán considerados seres inferiores a los burgueses (vaisiyas) y, en fin, unos idiotas carentes de "capacidad intelectiva" y de toda dignidad espiritual?

En tercer lugar, la distribución de méritos resulta un tanto arbitraria. Así, Evola se sitúa a sí mismo entre la casta de los guerreros, cuando a lo largo de toda su vida no fue más que un rentista dedicado al yoga, el consumo de drogas y la ociosa redacción de libros, alguien que, adormeciendo su mala conciencia de intelectual corroído por el auto odio, se paseaba bajo las bombas a fin de demostrar que no era lo que efectivamente era, sino un kshatriya védico del siglo XV antes de Cristo. Ahora bien, ¿quién decide aquello que le corresponde a cada cuál por lo que respecta al rango de la escala "tradicional"? ¿El propio Evola? ¿Con qué autoridad? ¿Por qué el patético Julius había de ser a priori "mejor", en cualquier sentido de la palabra,  que los profesores universitarios alemanes caídos por su país en el frente ruso, a quienes nunca se les hubiera ocurrido considerarse superiores a los trabajadores que, codo con codo, combatían a su lado luciendo el mismo uniforme?

En cuarto lugar, desde el esquema de "análisis" evoliano (por llamar de alguna manera a la "castiza" narración histórica de la decadencia progresiva), el enfrentamiento actual entre burgueses y trabajadores, que correspóndese aproximadamente con la oposición entre la "clase" sistémica y la "clase" revolucionaria de Llopart (es obvio que la mayoría de los oligarcas son burgueses y la mayoría de las víctimas de los oligarcas somos trabajadores), opondría una casta superior, los vaisiya (burgueses), a una casta inferior, los shudra (trabajadores). En definitiva, no quedando ya más guerrero que Evola (¿y Milá?), y esto por designación propia, los nacional-revolucionarios evolianos deberían así apoyar a los burgueses como mal menor frente a la degradación "espiritual" que comportaría la toma del poder político por parte de los trabajadores. Esto es exactamente lo que creía hacer Evola al dar cobertura ideológica a la red Gladio, conspirando conscientemente para el atlantismo conservador frente al totalitarismo comunista. A evitar que los nacional-revolucionarios de la RSI (Salò) incurrieran en tentaciones obreristas dedicó toda su vida el canallesco y prepotente barón siciliano. Milá le siguió en España. Más sorprendente es que el MSR se haya prestado a repetir la operación en 2008-2010 cuando parecía, con el programa de AE del año 1997 en la mano, que la cuestión de los valores expuesta por Jaume Farrerons vacunaba a los NR, ya de una vez por todas, contra esa enfermedad política incurable denominada "extrema derecha". Pero Llopart no había entendido nada de los "valores" y, en cualquier caso, perseguido por la fiscalía, su catadura moral le impedía hacer los sacrificios personales inexcusables para consumar el retorno a las fuentes izquierdistas y revolucionarias del fascismo originario. No quería, Juan Antonio, quedarse solo y ver hundido su negocio editorial, que le da de comer.

El MSR (Movimiento Social Republicano) nació como plasmación de ese proyecto de refundación inspirada en el giro izquierdista de Mussolini durante la República Social Italiana (RSI). Esta es la verdad. Evola, que ya en el Ventennio consideraba al fascismo una cosa demasiado izquierdista, contempló el tardío intento mussoliniano de recuperar las esencias del fascismo de 1919 como una amenaza para su concepción reaccionaria del mundo. El odio de Evola a la RSI es el mismo tipo de tic clasista vomitivo que experimentaría ante el MSR si éste hubiera permanecido fiel a sus directrices (re)fundacionales. Para que no quepa duda de lo que diría Evola de los social-republicanos nos remitimos una vez más al libro de Ángel Fernández Fernández:

De hecho de Saló (sic), Evola no es capaz de extraer nada positivo en clave tradicional (op. cit., p. 61).

Lo único que admiraba Evola del fascismo era... !su pestilente contubernio con la monarquía! Al rey le asignaba Evola (suponemos que en estado de delirio) la función de autoridad que veía erosionada en el mundo moderno. Pero precisamente, Salò significa la ruptura republicana en que el Duce ya no encarnará una mera figura secundaria subordinada al monarca:

Esta función es la que Evola asignaba a Mussolini y que quedó rota a partir de la república de Saló (sic), en la cual además se acentuaban los elementos socializantes (op. cit., p. 62).

MSR: ¿construyendo la sociedad de castas?
El propio Fernández detecta la contradicción en la que se enfanga el evolianismo cuando intenta pasar de las fantasías esotéricas a los hechos sociales y políticos concretos:

Evola hablaba de la necesidad de infundir unos nuevos valores y un código ético de honor y fidelidad entre los trabajadores y los empresarios. Paradójicamente, la república de Saló (sic), a la que tanto despreciaba Evola, fue la que planteó una lucha más decidida contra el capitalismo ya que todo trabajador era, junto al empresario, quienes tomaban decisiones excluyendo del proceso productivo a los simples especuladores, extraños a estos procesos de producción (op. cit., p. 63).

Así que, desde el punto de vista doctrinal, incluso José Antonio Primo de Rivera, un católico que inició el proceso de derechización del proyecto fascista español fundado por el heideggeriano Ramiro Ledesma Ramos, se encuentra más próximo a los fundamentos ideológicos nacional-revolucionarios que cualquier evoliano, es decir, más a la izquierda. Existen centenares de ejemplos que podrían acreditar e ilustrar esta afirmación, nos limitaremos a uno:

El régimen social imperante, que es, por de pronto, lo que se ha salvado de la Revolución, nos parece esencialmente injusto. Hemos estado contra la Revolución por lo que tenía de marxista y antiespañola, pero no vamos a ocultar que en la desesperación de las masas socialistas, sindicalistas y anarquistas hay una profunda razón en la que participamos del todo. Nadie supera nuestra ira ni nuestro asco contra el orden social conservador del hambre de masas enormes y tolerante con la dorada ociosidad de unos pocos (José Antonio, Obras Completas, p. 310, manifiesto de 13 de octubre de 1934).

Dorada ociosidad del terrateniente Julius Evola. Entre un evoliano y un falangista católico, incluso un franquista (que ya ni siquiera es falangista, como sabemos), hay que quedarse con el católico. Por muy reaccionario que éste sea, siempre sentirá mayor respeto y empatía  por la Stimmung "fascista" (=izquierdista nacional) que un aristócrata repulsivo con monóculo, empeñado en trasplantar el régimen de castas de la India a Europa. Pues no nos engañemos sobre la "agenda social de Evola"; trátase, efectivamente, de restablecer la esclavitud en el solar histórico donde surgiera el socialismo como imperativo de dignidad humana del pueblo de la nación. Superar el franquismo para caer en el evolianismo es, por tanto, como curarse de una gripe letal sólo para pillar la tuberculosis crónica degenerativa. Mas no otro ha sido el camino emprendido en 2008 por el MSR gracias a Juan Antonio Llopart Senent.

Valga lo dicho hasta aquí sólo como aperitivo político de la caracterización que los propios evolianos hacen de la obra de Evola, porque sólo por sus efectos políticos sobre el campo NR nos ocupamos del escritor italiano. Si dichos efectos, que por cierto son perversos, no se detectaran con pesar, tampoco perderíamos el tiempo en semejante bodrio, Julius Evola, cuyo valor filosófico es nulo y, a diferencia del filósofo y militante nacionalsocialista Martin Heidegger, carece de toda relevancia en el panorama mundial del pensamiento. Volvamos pues a Ángel Fernández Fernández y su ensayo introductorio. Nuestra intención es ir derechos al corazón mismo del evolianismo interpretado por los propios evolianos. Ya veremos en otras entradas hasta qué punto, si fuera el caso, se equivocan los evolianos incluso en la exégesis de su risible magister

Ángel Fernández Fernández en un acto del MSR.
La esencia del evolianismo según Ángel Fernández Fernández

En la página 38 del libro del Sr. Fernández Fernández nos topamos, pasmados, con la siguiente afirmación del autor:

En los remotos comienzos de la humanidad se vivía en una sede ártica primordial donde los hombres, de naturaleza celeste, disfrutaban de los mismos privilegios de (sic) los dioses.


No vamos a mofarnos cruelmente, aunque podríamos hacerlo, de este "enunciado". Nos limitaremos a emplearlo como hilo conductor para distinguir aquellas ideologías que pueden fundamentar un programa político en tanto que ostentan una legítima pretensión de validez, de aquellas otras que pertenecen al mundo de las sectas, la religión, la literatura, las opiniones personales u otros ámbitos de lenguaje. Por este camino alcanzaremos el meollo del evolianismo eludiendo el fárrago selvático de su prolífica literatura. El presente enfoque puede asimismo concebirse como una guía de lectura crítica del aristócrata italiano. Sin olvidar que Evola fue, en primer lugar, un antifascista (y de la peor especie), de manera que entra de lleno en los intereses de nuestra bitácora independientemente de los ligámenes que haya podido establecer, desde el punto de vista ideológico, con el Movimiento Social Republicano.

Entendemos, para empezar, que el Sr. Fernández, si la doctrina evoliana ha de ser vinculante en orden a una acción política, está haciendo con la frase citada una afirmación de hechos. Para que nos entendamos, una afirmación de hechos es algo tan simple como decir: "en esta silla está sentado Ernesto Milá". Si pretendemos que esto es verdad, la forma de acreditar la validez del enunciado consiste en constatar que, efectivamente, Ernesto Milá está sentado en la silla. Dicha operación puede resultar mucho más complicada de lo que parece a primera vista y en el ámbito de la criminología se utiliza incluso la dactiloscopia para identificar a las personas, pues quien está ahí sentado podría ser alguien muy parecido a Milá, pero no el mago iniciado Ernesto Milá Rodríguez. En el caso de hechos históricos, la verificación realízase mediante métodos de documentación, química, arqueología... La física puede requerir instrumentos complejísimos de alta tecnología, etcétera. En cualquier caso, una afirmación de hechos ha de poder verificarse, sobre todo si contradice todo lo que sabemos en relación con algún tema. Cuando afirmamos que París es la capital de Francia, resultará fácil aceptar esa pretensión; y nadie "comprueba" todo lo que "sabe". No así si la frase del ejemplo se modifica de la siguiente manera: "en esta silla está sentado el kshatriya Ernesto Milá". Habría que acreditar otro hecho previamente, a saber, que Ernesto Milá es un kshatriya. Desde luego, si la condición de kshatriya se establece de la siguiente manera: "es un kshatriya todo aquel que sostenga serlo", como ocurre con los seguidores del Barça o los amantes de la cerveza, entonces no habrá problema teórico. Pero si el carácter de kshatriya otorga algún derecho, un efecto real en el mundo social, la cosa cambia. En una oposición a una plaza de funcionario público, la condición de licenciado universitario puede ser requisito necesario de participación y entonces habrá que acreditar la existencia del título que garantiza la posesión de determinados conocimientos. Evola se consideraba a sí mismo un "guerrero", miembro de una casta superior y, en consecuencia, "mejor" que otras personas, pero esta pretensión carece de todo fundamento, su validez es la misma que la condición de "pueblo elegido" de los judíos, léase: ninguna validez, por mucho que los interesados se otorguen inmediatamente a sí mismos ciertas presuntas prerrogativas cuyo disfrute explica la obscena impostura.


En el evolianismo, nos encontramos con el siguiente criterio de validación de los enunciados doctrinales: son válidos aquellos enunciados que hayan sido emitidos por un iniciado. La condición de iniciado, empero, no es verificable como algo relevante, sino un rasgo descriptivo del mismo tipo que la de seguidor del Barça o amante de la cerveza. No obstante lo cual, dicha condición otorgaría supuestos derechos, pues, según los evolianos, sólo los enunciados con pretensiones de validez proferidos por un iniciado son válidos, o sea verdaderos, y así lo mantienen los propios interesados por motivos obvios que no se le escapan a nadie.  Tales "verdades" ostentan el mismo valor teórico que, en un supuesto, la siguiente: "Ernesto Milá afirma que sólo los enunciados con pretensiones de validez proferidos por el propio Ernesto Milá son válidos y todo el resto, sin excepción, falsos". Hay "doctrinas" que no pertenecen al ámbito del pensamiento, sino de la picaresca. Y, en el fondo, ésta es la "teoría" evoliana del Individuo Absoluto. Pero la evidencia de que semejante "teoría" no se sostiene es que existen muchos individuos, de manera que ninguno de ellos puede ser absoluto, sino relativo a "los otros", a menos de hallarse el sujeto bajo los efectos del autismo o de un delirio, brote esquizofrénico, acceso de mitomanía aguda, drogas, etcétera. El mismísimo Evola, a pesar de sus mágicos intentos de auto-divinización, está muerto y hoy es sólo un residuo material cuya existencia insoslayable refuta de facto cualquier cosa que haya escrito en sus lamentables libros. Las consecuencias lógicas del criterio evoliano de validez resultan, pues, fulminantes y radicalmente destructivas. De ahí que pueda haber, si aceptamos la locura del Individuo Absoluto (=iniciado, mago, chamán)  tantos enunciados válidos como sujetos profirientes, y no hay forma de verificar si el enunciado válido es A o su contrario, no-A. Cada individuo preténdese absoluto y con ello se precipita en el "individualismo" y el "relativismo" que afirmaba querer combatir. La esencia de la crisis axiológica del mundo liberal no es otra que ésta. Pero los evolianos aspiran a superarla destruyendo de raíz toda racionalidad, toda fundamentación objetiva que pueda generar un discurso susceptible de ser asumido por su validez y no "porque lo dice X que dice que sólo lo que él dice es la verdad". La afirmación de hechos emitida por Ángel Fernández Fernández, además de ridícula, pertenece al tipo de enunciados y situaciones teóricas de colapso o crisis en el ámbito de las ideas morales, políticas y sociales característico de la modernidad nihilista. Para ser más exactos, resume la consumación  del nihilismo en la autodestrucción de la razón y el retorno a estadios pre civilizatorios de sociedad (chamanismo). Los evolianos liquidarían Europa en muy poco tiempo si dispusieran de los medios para aplicar su "programa" o un simple plan que fuera "coherente" con las majaderías del barón siciliano.

Kshatriyas a gogó: Milá, el maestro iniciado.
En efecto, lo expuesto por Fernández tiene el mismo valor doctrinal que si alguien propusiera lo siguiente: "en el centro de la galaxia flota un cucurucho congelado que le hacía de gorro de dormir al creador del universo". No se trata de una afirmación de hecho que no se haya confirmado pero quizá algún día pueda confirmarse, sino de un enunciado fáctico que, por principio, es inverificable -o sea, que lo será siempre. Ejemplo paradigmático de este género de enunciados: "hay vida después de la muerte o en el más allá el paraíso de las huríes". Otro: "dios creó el mundo de la nada, hízose hombre, fue crucificado para expiar nuestros pecados y nos ama apasionadamente a pesar de nuestras culpas"... Podemos inventarnos de éstos tantos cuantos queramos, podemos creérnoslos por un acto de fe o porque es nuestra "respetable" opinión de "irrepetibles" y sacrosantos individuos (cada persona es un mundo, bla, bla, bla), pero no son enunciados vinculantes porque carecen de cualquier  criterio de convalidación racional.

Tampoco forman parte, este tipo de "enunciados", de las producciones lingüísticas de la literatura, que no apelan a referentes reales, sino a un valor meramente estético y, por así decirlo, autorreferencial del signo. En ese concepto "poético" se podría alojar la conocida obra de Miguel Serrano.

Sólo existe un tipo de afirmaciones de hecho en que la frase publicada por el Sr. Fernández pueda, en cambio, ubicarse, a saber, el de la religión y, más en concreto, el del sectarismo. Pues las religiones se basan en afirmaciones de hecho, como la resurrección de Cristo o la creación divina ex nihilo del mundo, que en la mayor parte de los ocasiones, si no en todas, no pueden ser objeto de desempeño, es decir, de fiscalización en cuanto a su validez frente a la ocurrencia contraria o, en general, frente a cualquier mensaje enunciativo que le apetezca producir a un hablante. En el caso de las sectas, estamos ante afirmaciones de hecho cuya validez depende, como ya hemos apuntado, de su proferencia por parte del jefe -un iniciado- pero que nadie podrá nunca legitimar. Sin que, pese a ello, el seguidor sectario se haya molestado en reflexionar ni  cinco segundos sobre cómo se acredita la condición de iniciado, cosa nada baladí, pues ésta comporta poco menos que una suerte de "exclusiva epistemológica" en la emisión de enunciados verdaderos.  Las afirmaciones mágicas -que de eso se trata- son aceptadas normalmente por los adeptos porque les confieren alguna ventaja, aunque sea puramente ilusoria, subjetiva, o por motivos estéticos, o ambas cosas a la vez: los correligionarios del "iniciado" se consideran kshatriyas, seres superiores a los demás vecinos del barrio marginal, miembros de una raza divina o elegidos para la salvación... Todo lo cual entraña, como parece, una serie de beneficios psicológicos, pero del mismo orden que el consumo de drogas, el sexo "materialista" o el abuso del alcohol... Ninguno de los miembros de la secta ha verificado nunca la validez de aquello que pretende el iniciado, simplemente "les gusta" y "les conviene" adherirse al dogma de turno. Y ahí termina la cosa. La idea que no ha entrado en la mente por la vía de la razón, los hechos comprobados o cualquier otro canal regular de control institucionalizado (ciencia positiva, lógica, matemática, fenomenología, etc), tampoco saldrá de ella como resultado de una crítica o argumentación, por muy aguda que ésta sea. Nadie ha podido, en suma, "acreditar" que en sus orígenes la humanidad estuviera formada por seres divinos acomodados en una sede ártica y cabe preguntarse cómo habría obtenido Evola semejante "información" si dios mismo no se la hubiera comunicado utilizando canales místicos. Ahora bien, ¿qué evoliano le pidió cuentas a Evola (o a Milá)? Forma parte del funcionamiento de la organización sectaria que el mérito del seguidor consista en aceptar ciegamente aquello que le inculquen los cabecillas, jamás en su capacidad intelectual o conocimientos reales. El iniciado, el capitoste, sabe que no tiene que demostrar nada; y sabe también que la sumisión de sus "discípulos" se debe a las compensaciones ficticias, puramente hedonistas, con las que este vendedor de aire jugará usando de una astuta habilidad sacerdotal manipuladora tan vieja como la humanidad.

Cartel de la conferencia de Ángel Fernández Fernández.
Las contradicciones internas del discurso evoliano

Hasta aquí, dirán los lectores, nada nuevo. Pero lo cierto es que sí existen vías para "argumentar" contra determinadas construcciones doctrinales sectarias, irracionalistas, como las de Evola, cuando se parte del supuesto de que estamos actuando en una organización política. Siendo así que las ideologías de las organizaciones políticas tienen como finalidad convencer a los ciudadanos de la racionalidad, eficiencia o fundamentación de un programa político. En consecuencia, una ideología sectaria no podrá fundamentar nunca un programa político, porque apela a la fe y sólo convence a quienes ya estaban convencidos, es decir, no respeta las normas básicas de la prueba y el razonamiento. Si mañana se presenta un conferenciante del MSR en una universidad para explicar cuáles son los fundamentos de su programa político, no podrá apelar honestamente a Evola. Resultaría indecente explicarle a la gente que son shudras idiotas, que se los va a someter a una sociedad de castas, que el principio de racionalidad y fundamentación es concausa de la decadencia del mundo, y añadir a renglón seguido los motivos (¿racionales?) de esta pretensión evitando incurrir en flagrante contradicción e insulto a la inteligencia del auditorio. Los irracionalismos son así: degradantes. Tampoco podrá sostener el ponente, ante personas digamos normales, que la ideología del MSR es válida porque la elaboró un "iniciado", ni mucho menos que en los orígenes de la humanidad existían unos seres divinos (de los que desciende Evola) o mamarrachada similar, sin desencadenar la hilaridad general e incluso la indignación del público asistente. Sólo existe una situación concebible en que los estudiantes y profesores de una universidad admitirían el discurso evoliano como una cadena de enunciados válidos, a saber, que el respetable esté ya formado por evolianos académicos, o sea, un círculo cuadrado. Pero nadie apoyará al MSR por las "argumentaciones" (¿cuáles?) que un evoliano pueda "exponer", de suerte que, en todo caso, el evolianismo es políticamente inútil, cuando no totalmente perjudicial para la credibilidad de una organización política seria.

Unidad, no oposición, de masculino y femenino
en la mitología hindú.
Una segunda vía para refutar el evolianismo es reclamar algún tipo de evidencia, por ínfima que sea, de los poderes mágicos o paranormales en que supuestamente se acreditaría la realidad de la iniciación de quien considérase superior al resto de los mortales. Pero que yo sepa, ninguno de estos chamanes ha demostrado jamás mediante hechos la mayor eficacia de la magia frente a la tecnología de procedencia racional. Todas las sociedades tradicionales han sido derrotadas por las sociedades modernas. La razón vence a la tradición una y otra vez, dondequiera que ambas entidades se encuentren. La trascendencia es tan... trascendente (=más allá, en la acepción evoliana), que simplemente no se la capta por ningún lado, no "es". La India, con centenares de millones de habitantes, fue conquistada por un par de regimientos británicos y ningún kshatriya se mostró capaz de impedir la conversión del entero subcontinente en una colonia de la comparativamente pequeñísima Inglaterra. Los magos no han podido evitar tampoco, usando de sus "poderes sobrenaturales", el triunfo de los políticos materialistas. Evola podía haber acreditado su iniciación mágica derribando los bombarderos angloamericanos que arrasaban Alemania en 1945, pero las ruinas atestiguan su tántrica impericia. Ni un millón de magos practicando aquellos patéticos ritos y "técnicas" cretinescas hubiera impedido la masacre de Dresden: para ello hacían falta cosas tan triviales, tan "materiales" e inmanentes, como combustible, cazas y pilotos adiestrados con suficiente margen de tiempo, cañones antiaéreos, códigos matemáticos de comunicación indescifrables, radares... Por nuestra parte, todavía seguimos esperando a que el mago Milá nos incinere con su rayo verde. Se lo hemos rogado encarecidamente, pues al perecer de esta manera volveríamos a creer en dios y nuestro fallecimiento coincidiría con la salvación de nuestra desafecta alma... La simple constatación omisiva de hechos exigibles e inherentes a la definición misma de lo tradicional pone en evidencia que las doctrinas evolianas, basadas en el yoga tántrico, la cábala, el esoterismo, la alquimia, etcétera, son un fraude desde todos los puntos de vista a los que quepa apelar: la contrastación objetiva fáctica, la función organizativa y los efectos políticos. La impotencia e inutilidad de las supuestas ciencias herméticas plasmada en una realidad histórica que todos nosotros, si no somos imbéciles, podemos constatar cada día, debería ser determinante a la hora de decidir si debemos, o no, convertirnos en "evolianos".

Pero existe un tercer y último criterio para confutar, sin tener que apelar a los hechos (efectos políticos o históricos e ineficiencia real de las disciplinas mágicas), la pseudo doctrina evoliana: las contradicciones lógicas internas, apabullantes, del discurso producido por los evolianos (ya haremos traslado del método al propio Evola, de momento nos limitaremos al ensayo de Ángel Fernández Fernández). Quede claro que no aceptamos ninguna de las "afirmaciones de hecho" que vamos a barajar aquí, pero ahora ya no nos referiremos a su falta de fundamentación, a su carácter fraudulento, sino a la incongruencia lógica que opone unas afirmaciones de hecho (evolianas) contra otras invenciones de la misma calaña (o sea, también evolianas). La crítica inmanente, interna, del evolianismo, es el método que utiliza la filosofía a efectos de "deconstruir" los mitos. Las afirmaciones de hecho en cuanto tales se las dejamos a la historiografía y la antropología, aunque no renunciaremos, más adelante, a hacer algunas observaciones críticas sobre determinados aspectos del relato histórico evoliano, repleto de abusos, engaños y manipulaciones que sólo a un niño, a un analfabeto o a un sectario le podrían pasar desapercibidas.

La esencia filosófica del evolianismo la resume el Sr. Fernández Fernández en una frase platónica que no deja lugar a dudas sobre cuál es el referente último de esta "doctrina":

Dentro del mundo de la Tradición hay un principio esencial que marca una frontera muy clara con los tiempos actuales. Se trata de la idea de lo que permanece frente a lo que deviene, de lo real frente a lo que es pura ilusión. Con esto queremos decir que los valores que forman parte del ámbito tradicional son eternos e invariables. Pues aquello que permanece en el tiempo y en el espacio adquiere el verdadero significado de lo real. (...) La Tradición no depende de las contingencias que los hechos humanos puedan provocar, y ahí reside su poder intemporal y superior (Fernández Fernández, Á., op. cit., p. 37).

La "alternativa" política de Ernesto Milá.
Platón otra vez. Y en estado químicamente puro. De manera que Evola responde a la crítica nietzscheana del platonismo rehabilitando, aunque sin explicar cómo, al filósofo ateniense, que es como darle la razón a Galileo para concluir en que, pese a todo, Ptolomeo estaba en lo cierto. Curiosamente, constatamos que todas las sociedades tradicionales, excepto la judía, han desaparecido de Europa, y que en el resto del mundo puede hablarse de supervivencia de la tradición hindú, pero desde luego no de "poder intemporal y superior" de esta cultura tradicional. En cualquier caso, los valores del evolianismo son la estabilidad, aquello que no cambia, aquello que no deviene, perece y muere. La Tradición (!siempre según Evola!) sería precisamente el tipo de sociedad que cree en dicha inmutabilidad y eternidad, pero, insistamos en ello, de sociedad tradicional... !ya no queda ninguna!

Pues aquello que permanece en el tiempo y en el espacio adquiere el verdadero significado de lo real.

Pero estamos hablando precisamente de aquello que, por lo que respecta al tiempo y el espacio, no "permanece": estas sociedades y tradiciones y principios finiquitados por la historia. ¿O nos toma el pelo el Sr. Fernández? Eran eternas, las Tradiciones, dice, pero, hay que recordárselo, murieron, como falleció el propio Evola cuando le llegó su hora. Luego no eran eternas. El poder "intemporal" se dobló ante el poder del tiempo, las sempiternas e inmortales instituciones perecieron: el poder de la muerte triunfó sobre las fantasías de inmovilidad egipcia (que no aria). Desde el punto de vista existencial, la Tradición (evoliana: nada que ver con la realidad) se expresaría como el conjunto de creencias individuales de quienes se consideran tradicionalistas en este sentido: la finitud y la muerte, rasgos característicos del mundo natural tal como lo conocemos por la experiencia, inquietan al evoliano como inquietaron siglos atrás al filósofo platónico. Frente a este cosmos natural finito, erígese el "mundo de las ideas", presuntamente imperecedero al que el alma del hombre emigrará (véanse las sectas órficas y pitagóricas griegas de procedencia egipcia) después de la desaparición del "cuerpo físico".

El discurso evoliano se mueve, de manera peligrosamente inestable y contradictoria, en este doble nivel: las sociedades tradicionales (supuestamente eternas, pero actualmente extintas) y la fe subjetiva, individual, existencial, en los valores de dichas sociedades desaparecidas. La Tradición (para Evola) encarnó en su tiempo, como sociedad, los valores que en la actualidad el hombre evoliano, superviviente en un mundo tradicional ruinoso, porta ya sólo en el interior de su alma. Hubo así un tiempo en que esos valores no eran sólo creencias subjetivas de los evolianos, sino realidades históricas. !La Atlántida! (O sea: nunca). Con ello volvemos a la frase inicial de Ángel Fernández Fernández citada más arriba sobre la humanidad originaria, la sede ártica, la naturaleza celeste de los hombres-dioses, etcétera. La característica fundamental de tal sociedad imaginaria sería la ausencia de contradicciones, la "perfección" absoluta:

Uno de los principios básicos de todo orden Tradicional es que no existe la contradicción. Toda la estructura Tradicional está dotada de un principio de equilibrio orgánico que hace funcionar a las distintas partes sin oposiciones. La Tradición es la ausencia total de conflictos, es el estado ideal de la humanidad (op. cit., p. 41).

No obstante, el reducto ártico y, al fin, el entero mundo tradicional, han terminado desmoronándose, diluyéndose en el devenir, y uno se pregunta cómo pudo ser posible. ¿De qué manera se pasó, en efecto, de la "ausencia total de conflictos" al panorama que contemplamos en la actualidad? Fernández Fernández nos lo explica:

En los remotos comienzos de la humanidad se vivía en una sede ártica primordial donde los hombres, de naturaleza celeste, disfrutaban de los mismos privilegios de (sic) los dioses. Con el paso del tiempo y una serie de catástrofes naturales y cambios climáticos se produjeron movimientos de población (op. cit., p. 38, subrayado mío).

Milá después de abandonar la sede ártica.
Ahora bien, si los hombres primordiales eran de "naturaleza celeste" y disfrutaban de los mismos privilegios que los dioses, ¿cómo podían verse afectados "por el paso del tiempo" y por trivialidades tales como la meteorología? ¿No implica esta afirmación de hechos la introducción del devenir en la sociedad de los valores estáticos, permanentes, eternos? ¿No comportan las catástrofes naturales la existencia de un conflicto entre dicha "sociedad perfecta" y, como poco, su entorno natural? Y los "movimientos de población", ¿cómo casan con la pétrea inmutabilidad del origen? En suma, la "teoría" evoliana no puede explicar el paso del Ser al Devenir, la caída desde lo excelso del paraíso al tormentoso mundo de la finitud, la decadencia y la muerte. Apelar a cambios climáticos suena a cuento pueril y, desde luego, no resuelve el problema metafísico planteado. Para salir del apuro, tendrá que apelar Evola a la lucha entre dos polos, dos principios, el solar, ario-viril, y el lunar, semítico-femenino:

Es la historia de un descenso, de un equilibrio que se va oscureciendo, frente al avance del principio opuesto: la vía polar, el polo femenino y activo (sic) de la existencia (op. cit., 39).

Con ello hemos pasado, por arte de birlibirloque, de una concepción metafísica monista, unitaria, estática y pacífica a otra muy distinta, dualista, móvil, temporaria y conflictiva. Mas hay que elegir entre la una y la otra. La evidencia de los fenómenos ha forzado a Evola a conceder la lucha y el conflicto (un dato procedente de la denostada realidad natural) en su fantasía faraónica de la estabilidad eterna. Evola ha tenido que asomar la cabeza de la pirámide para luchar contra los hicsos que invaden el imperio. ¿Podía ser de otra manera? Pero si es así, entonces la trascendencia, definida en los términos metafísicos platónicos arriba citados, debe ser rechazada. La existencia de dos polos en conflicto no es un dato casual, sino la única forma de explicar "lo que ha sucedido", aquello que aparece o se muestra en su patencia ante todos nosotros: la realidad del dolor, la VERDAD DE LA FINITUD. Los polos y el conflicto mismo elévanse así a rango metafísico. Ahora bien, una vez introducido el movimiento en el plano paralelo y eterno de la estabilidad, o sea: de la famosa "trascendencia", ésta deviene superflua. Su función era evitar el cambio, legitimar la inmortalidad, pero sólo puede explicar el devenir aceptando un principio metafísico de destrucción, aunque dicho principio sea acusado de todos los males y tildado de semita, femenino, lunar, etc... La nada ha sido, en definitiva, elevada también velis nolis a rango trascendente.

Pero Ángel Fernández Fernández no parece percibir intelectualmente estas contradicciones. Una asombrosa carencia de sentido crítico atraviesa su texto sobre Evola, hasta extremos que no dudo en calificar de penosos. Así, admite:

Como hemos visto en la introducción que nos ha precedido la idea de unidad que primaba en el mundo primordial ha sido rota. A partir de este momento, y a medida que nos alejamos del punto de referencia inicial, el mundo se debate entre dos polos opuestos: el viril o nórdico-solar frente al femenino o meridional y lunar (op. cit., p. 41).

Fernández sigue sin explicar cómo la omnipotencia de la unidad primordial ha podido ser "rota". Dicha ruptura comporta la humillación total del principio mismo, siendo así que se ha caracterizado el mundo tradicional como sociedad sin conflictos y una vez aceptada la realidad de la fisura, de la escisión entre dos polos opuestos y en lucha, la historia que viene a continuación afecta a sociedades que ya no son tradicionales, a sociedades conflictivas, a sociedades sujetas a movimiento y crisis donde los aristócratas serán colgados o guillotinados como se merecen. Pero además, el principio femenino, meridional o lunar no deja de mostrarse más fuerte que su contrario. Pudo, este perverso agente, introducir la división de la unidad cuando la sociedad solar se encontraba en pleno apogeo e indemne. ¿Cómo no va a vencerla cuando ha roto su cohesión originaria, cuando esa sociedad ya ha perdido su rasgo característico y definidor, fuente de su alabada potencia (que quedó en poca cosa), a saber, la ausencia de conflicto, de devenir, de cambio, decadencia, muerte...? Fernández Fernández nada dice al respecto. Su mente no responde a los lógicos estímulos inmanentes de la crítica, o lo hace en muy pocas ocasiones. Estos son los evolianos que podemos esperar encontrarnos como representantes intelectuales de la Tradición. Cualquier periodista de tres al cuarto se los come vivos.

Pero las contradicciones del discurso evoliano no terminan aquí. Al parecer, cuando la sede ártica desapareció y los pueblos arios se dispersaron, el modelo original más fiel al recuerdo de la celestial ciudad caída fue la sociedad de castas hindú:

La casta nos aparece como el vértice de la idea social en el pensamiento de Evola. (...)  La casta tenía su modelo paradigmático en la sociedad de castas hindú aunque existen otros ejemplos en la estructura trifuncional del medievo. No obstante el ejemplo más ortodoxo  de esta forma de organización social lo encontramos en la India (op. cit., pp. 47-48).

Ya conocemos en este mismo post el sistema de castas hindú, que debería funcionar como paradigma ideológico del programa político del MSR si su ideólogo fuera, como parece serlo oficiosamente, Julius Evola. Sabemos que la sociedad de castas hindú coloca en la cima a los brahmanes. Hemos de suponer, por tanto, que éstos encarnan, en la actualidad, los valores de la originaria sociedad tradicional atlante con mayor fidelidad que cualquier otra tradición superviviente (el racismo y antisemitismo de Evola excluyen de la "trascendencia" las tradiciones judía, china, japonesa, así como todas aquellas que procedan de la raza negra). Fernández Fernández caracteriza la figura del brahman:

Milá cerca ya del nirvana.
La pirámide social partía de los Brahmanes como ejemplo de poder metafísico en estado puro. Es el polo contemplativo de la existencia. Está más desvinculado que ninguna otra casta. Se podría decir que vive con cierta desconfianza los hechos del mundo contingente. Su valor más positivo es el conocimiento objetivo que la vincula a la vía esotérica e iniciática. Ello conlleva una visión más nítida y veraz de la realidad frente al caos (op. cit., p. 48).

Sin embargo, contradictoriamente, en página 52 de su ensayo, Fernández explica que Evola se identificaba con los kshatriyas, la segunda casta, subordinada a la superior de los brahamanes.  ¿Por qué no comulgó con el "poder metafísico en estado puro"? Pues la siguiente, sin pestañear, es la respuesta de Fernández:

Dentro del régimen de castas hemos visto que Evola se encuentra plenamente identificado con el espíritu del guerrero, del Kshatriya. En este sentido el guerrero tiene una forma distinta de experimentar el hecho de lo espiritual respecto al Brahman. De hecho Evola encuentra en el espíritu sacerdotal el polo femenino y lunar de la existencia (op. cit., p. 52).

El señor Fernández acaba de poner en evidencia la total inconsistencia lógica interna de un relato o fábula que ya se mostró carente de fundamento objetivo (real) alguno. Simplemente, las afirmaciones de hecho, absurdas, inventadas, arbitrarias e inverificables todas ellas, se desmienten además las unas a las otras cuando intentamos encajarlas. En efecto, más arriba había sostenido Fernández que el polo femenino y lunar era el causante de la decadencia del mundo primordial. Pero ahora resulta que la institución cuya estructura refleja con mayor fidelidad la sede ártica de los dioses, a saber, la sociedad de castas hindú, erigió como casta superior a unos sacerdotes que encarnaban, precisamente, el polo conflictivo (femenino, lunar) que habría roto la unidad compacta del orden de la Tradición. Llegados a este punto, dejamos al lector que saque sus propias conclusiones sobre la "capacidad intelectiva" de unos evolianos que acusan a los shudras, es decir, a los trabajadores, de carecer de ella. Constátese no obstante que un pobre trabajador, un miserable paria incluso, el autor de estas líneas, ha vuelto a allanar el divino intelecto de los superiores atlantes, cuya pericia filosófica deja mucho que desear. No será la primera vez, pero tampoco la última, que bombardeemos lo poco que queda de la "sede ártica" en esta bitácora. Por el bien del nacionalismo revolucionario y de la supervivencia de Europa, !expulsemos a estos egipcios disfrazados de nuestras filas!

Jaume Farrerons
2 de junio de 2012