Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.
Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas, sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre.
(Friedrich Nietzche)
El destino del fascismo español. Primer giro a la derecha: José Antonio; segundo giro a la derecha: Franco; tercer giro a la derecha: Evola. Hoy ya no sabemos en qué consiste eso de "ser" nacional-revolucionario. !Por supuesto que no, pero semejante bochorno tampoco debería extrañarnos tanto! Borrádose han las huellas de los orígenes izquierdistas del fascismo, y algunos de los que protestan por el misterio NR (tan profundo como la pregunta que interroga por el Ser en Heidegger) han provocado malévolamente la confusión que denuncian trabajando a sueldo del enemigo. Ni siquiera los "líderes" de los partidos presuntamente "nacional-revolucionarios" conocen en realidad su propia su ideología, aunque quieran aparentar lo contrario a base de fraudes, usurpaciones, plagios y frasecitas ambigüas que, a la postre, les delatan como los "fachas" empetrecidos que siempre fueron. Tiene razón Evola cuando sostiene que la doctrina nacional-revolucionaria entraña unos supuestos axiológicos (valores) y metafísicos. Pero, ¿cuáles? El proyecto NR no es, en efecto, sólo un programa político, ni siquiera una ideología relativa al Estado, la economía y la sociedad, al menos no únicamente. El "fascismo" implica, en primerísimo lugar, unas opciones existenciales básicas, sin las cuales "no se entiende" la cosa. Todas las doctrinas y programas políticos nacional-revolucionarios fueron concebidos como meros instrumentos contingentes para conquistar el predominio histórico-social de los valores que sustentaban dichas decisiones antropológicas radicales.
De ahí que el nacionalismo revolucionario "fascista" entrañe una "concepción del hombre" conducente a un "nuevo hombre", a un "ultra-hombre" (Übermensch): "especie" física y espiritualmente más desarrollada y civilizada que la humana (por ende: que cualesquiera de las razas o etnias conocidas); apelando el "fascismo", con este fin, al proceso evolutivo, genético, biológico, descubierto por Darwin, en calidad de antecedente empírico objetivamente verificable de los conceptos de "obsolescencia vital" (=extinción) y de "superación vital" (=potencial adaptativo). En otros términos: la evolución biológica deviene autoconsciente. Y es esa concretísima "conciencia cultural" -acontencida en el seno de la izquierda- aquello que, de puro terror "humanista", se estigmatizará como "fascismo".
El "hombre superior" es aquel que "acepta su propio ocaso" y avanza hacia su destrucción ("ser-para-la-muerte") a fin de que el Übermensch advenga a la tierra:
Sólo un nuevo hombre,
creará una nueva tierra.
El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, ---una cuerda sobre el abismo. (...) La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso (Nietzsche, F., Así hablaba Zaratustra, Prólogo de Zaratustra, 4). El verdadero problema no es técnico: la ingeniería genética y la eugenesia permitirían alcanzar en poco tiempo metas que harían empalidecer la "sede ártica" de los evolianos y la totalidad de sus pretensiones delirantes entorno a la magia, pero falta concebir el tipo de sociedad que posibilitase institucionalmente semejante salto histórico-evolutivo sobrehumanista. No a otra cuestión quiere responder el "fascismo": la pregunta por la correspondencia entre la técnica y el hombre moderno (Heidegger) representa su hilo conductor. O también: el lugar institucional de los valores, aquella entidad potenciadora que nadie comprendió y que, ahora resulta evidente, estaba más allá de todo lo "pensable" por los tristes meapilas ultraderechistas. Dicha entidad, "hiper-moderna" a los ojos de los "tradicionalistas", pero que tiene su equivalente evoliano invertido -la Orden-, debería dar libertad a la ciencia de manera que ésta no viera interferidos sus procesos de investigación y aplicación tecnológica del conocimiento en función de intereses económicos o políticos considerados "más importantes" que la verdad racional (=fundamentada). De ahí que la esencia misma del Estado (=poder político) habría de autolimitarse frente a aquella autoridad espiritual e indentificarse con una verdad que no es sólo científica, sino, ante todo, un principio ético existencial, tanto individual como colectivo. Únicamente una sociedad socialista nacional-europea fundada en valores heroicos veristas -un Edipo Rey comunitario- podría responder así al impulso de la flecha que va del animal al hombre y de éste al ultrahombre.
¿Magia o tecnología?
Cohete nazi.
Esa realidad "material" -la Naturaleza- desde la cual nuestra especie irrumpiera violentamente en la Historia cuando, gracias al lenguaje simbólico, la organización social y al trabajo productivo, escindióse a sangre y fuego de lo animal, y no paraíso metafísico o "trascendente" alguno, constituye nuestra herencia "sapiencial" irrenunciable. La filosofía elévala a categoría intelectual en la antigua Grecia, que forja la complejísima noción de phýsis, negada por Platón. Verdadera tradición occidental, la razón, la tragedia y la democracia griegas -y a los hechos me remito- apuntan trunfantes hacia el futuro, no hacia el pasado como pretenden los evolianos. Ciertamente, el paso del orden natural al orden cultural civilizado comporta criterios y normas de valoración propios, complementarios, añadidos a (que no excluyentes de) los meramente biológicos, de ahí que -so pena de recaer en la animalidad- deban rechazarse determinadas formas de materialismo biologista, sin que ello nos obligue a aceptar, según quiere Evola, esa mercancía pseudo filosófica averiada, fruto de una mente reaccionaria hasta la mezquindad, que es el "idealismo mágico".
En efecto, tanto los valores cuanto la metafísica propuestas por Evola (una simple repetición barata y extemporánea de Platón) hállanse en las antípodas del nacionalismo revolucionario. Evola opone el Ser al Devenir, lo estático y eterno a lo finito y temporal; el nacionalismo revolucionario identifica, en cambio, el Devenir con el Ser. Sostiene Heráclito, nuestro primer metafísico, que no hay otro Ser que el Devenir mismo, sólo el "cambio" como tal "permanece", sólo el tiempo ("el pasar" mismo) no "pasa", de suerte que el mundo finito "es" la realidad, la única realidad acreditable y sagrada: aquello que denominamos, en términos no filosóficos, la Vida. En esto los nazis vieron claro y las rabiosas críticas de Evola -método infalible para detectar lo esencial del fascismo- no hacen sino confirmar el acierto de aquéllos.
Vida que no es, empero, en primera instancia fenomenológica, y aquí los nazis sí se equivocaron, un "hecho" biológico, sino fenómeno biográfico, experiencia de lo inmediato. Así describe el heideggeriano Ramiro Ledesma Ramos, en uno de sus primeros escritos literarios, el fenómeno de la "vida":
Día claro, día de primavera hermoso y nítido aparece uno de Mayo alegrando la vida de los terrenales; en la ciudad, todo movimiento, todo actividad y desgaste, cumpliendo ambiciones o buscando coto a sufrimientos hórridos. !Qué vida ésta! !Qué vida! / Salimos a la calle anchurosa y viviente; la bella flor de la mañana nos acaricia el rostro con suaves brisas que contrastan con el saturamiento de nuestro cuerpo, todavía conservando un mal oliente efluvio del lecho, abandonado ha poco; suenan en balumba incoherente los diversos sonidos de los "autos", los tranvías y los vendedores de periódicos cual orquesta en la que reina el desconcierto; los cuadros típicos resultan de un sorprendente realismo: oficinistas anémicos y recosidos a sus mesas cubiertas de papeles; dependientes de las tiendas, ávidos de engañar clientes; obreros manuales dirigiéndose a su taller; algún que otro viajero buscando un coche que lo transporte a la estación rugidora; modistillas vivarachas; fámulas turgentes y encarnadas; golfillos fugaces; un bohemio con melenas, que va al campo buscando tema a su alma artista; a todos los sumerge una corriente intensa de indiferencia, ante mí pasan en extraña procesión apocalíptica, sus miradas son cortantes y frías; los más y los menos caminan en pos de un deseo incumplido, de un ideal hiriente o de una necesidad sentida; mientras más trabajan aparece el final más deslumbrador, pero más lejano; la solución de lo ígnoto más atrayente, pero más erizada y difícil; el anhelo más vibrante, pero chocando con la muralla del sentimentalismo (Ledesma Ramos, R., Obras Completas, I, Escritos de Juventud, Molins de Rei, Barcelona, Ediciones Nueva República, 2004, p. 61).
Esta vida, la "realidad radical" que decía Ortega, el Dasein de Heidegger, es ontológicamente anterior a la vida que analiza la biología y por ende cualquier ciencia positiva. Pero una y otra "vida" son "inmanentes", no "trascendentes". La verdad de la biología, es decir, de la ciencia institucionalizada, tiene que descubrir su camino hacia la verdad existencial y lo hace a través del científico, el cual, antes que científico, es ciudadano de un Estado y, antes todavía, existente que despierta cada mañana y encuentra, como Ramiro Ledesma Ramos, la realidad ante sí. Sin rencor, libre de ese odio contra lo inmediato que caracteriza al enfermo reaccionario Julius Evola, Ramiro Ledesma "ama la vida". En el fragmento transcrito descubrimos el amanecer juvenil del fascismo español, y no hay en él más que un rotundo anhelo de modernidad, de futurición: no en vano, la vida que pinta Ledesma con poéticos trazos es la de una ciudad, la vida moderna por excelencia. Pero la novela en cuestión se titula, y esto no puede ser casualidad en un heideggeriano como Ledesma, El sello de la muerte (1924). Pregúntense los nacional-revolucionarios el porqué.
Quien no aprecie la Vida tal como "es", quien haya menester de consumir drogas o bebidas espirituosas o sexo compulsivo o creencias religiosas salvíficas o amor psicodependiente o violencia estética en un rincón oscuro del barrio marginal, para consolarse y soportar los horrores del mundo, que no pretenda ostentarse encima a sí mismo como héroe (un "guerrero") mientras adormece su psique respecto de la cuestión espiritual crucial, la única que importa realmente: la verdad de la existencia. El "fascismo" proclama la autoafirmación de la vida finita en su inmanencia (irrebasable) y la asunción de las consecuencias políticas y sociales inherentes a la deslegitimación científico-racional de la moral cristiana. El heroísmo legítimo no consiste en otra cosa que en afirmar esta inmanencia incluso en la muerte; sobre todo, subrayémoslo para mayor escándalo, en la lealtad a la muerte como verdad absoluta de la vida y, en consecuencia, como fidelidad a la vida misma. La muerte, fundamento ontológico-existencial de la experiencia de la finitud, erígese así en condición de posibilidad del heroísmo radical, el cual, en primer lugar, habrá de acreditar un carácter espiritual. El héroe no lo es por su condición de guerrero (diferencia entre la orden y la entidad), sino que el guerrero puede devenir héroe en la medida en que haya sido capaz de afrontar la espantosa verdad trágica y se sostenga sobre sus piernas sin muletas transmundanas en sordo combate contra la termitera (el "último hombre" de Nietzsche). Frente a los productos manufacturados de un sistema demoliberal capitalista y hedonista que, a conciencia, fabrica repulsivos subhombres, postreros descendientes del creyente cristiano tradicional, yérguese orgullosamente ese "héroe" potencialista, sin mentiras, ni narcóticos químicos o delirantes compensaciones ultraterrenas; capaz de soportar, en todo caso, la soledad reservada a los creadores. La espiritualidad suprema es así la verdad racional, un evanescente sentido directriz que no se puede tocar, ver, ni oler, un ente que "no es material", sin duda alguna, pero sí una entidad potenciadora de "lo superior INMANENTE". "Metafísico" o "espiritual" si se quiere, mas no por ello deudor o adscrito a "trascendencia" alguna entendida como "más allá" indoloro y "feliz" opuesto a la desgarradora vida fenoménica.
El "fascismo" se define, en definitiva, como confluencia entre el desarrollo científico-tecnológico de la modernidad y la ética existencial radical de la verdad (Heidegger) que erige la finitud como fundamento de un proyecto trágico-heroico colectivo. Futurismo fáustico, prometeico, jamás nostalgia de tradiciones caducas, hete aquí el nacionalismo revolucionario en tanto que alternativa de izquierdas a los poderes capitalistas de las sociedades liberales de mercado. El "heroísmo guerrero" per se, despojado de la dimensión trágica y de la vinculación existencial con la verdad originaria (por ejemplo, el caballero cristiano medieval), no es fascismo. Un sobrehumanismo cientificista, materialista y hedonista ayuno de heroísmo trágico, como el que encontramos en Trotsky (Cfr. Trotsky, L., Literatura y revolución. Otros escritos sobre literatura y arte, Ruedio Ibérico, Francia, 1969, pp. 174-175) tampoco es fascismo.
Vida que no es, empero, en primera instancia fenomenológica, y aquí los nazis sí se equivocaron, un "hecho" biológico, sino fenómeno biográfico, experiencia de lo inmediato. Así describe el heideggeriano Ramiro Ledesma Ramos, en uno de sus primeros escritos literarios, el fenómeno de la "vida":
Día claro, día de primavera hermoso y nítido aparece uno de Mayo alegrando la vida de los terrenales; en la ciudad, todo movimiento, todo actividad y desgaste, cumpliendo ambiciones o buscando coto a sufrimientos hórridos. !Qué vida ésta! !Qué vida! / Salimos a la calle anchurosa y viviente; la bella flor de la mañana nos acaricia el rostro con suaves brisas que contrastan con el saturamiento de nuestro cuerpo, todavía conservando un mal oliente efluvio del lecho, abandonado ha poco; suenan en balumba incoherente los diversos sonidos de los "autos", los tranvías y los vendedores de periódicos cual orquesta en la que reina el desconcierto; los cuadros típicos resultan de un sorprendente realismo: oficinistas anémicos y recosidos a sus mesas cubiertas de papeles; dependientes de las tiendas, ávidos de engañar clientes; obreros manuales dirigiéndose a su taller; algún que otro viajero buscando un coche que lo transporte a la estación rugidora; modistillas vivarachas; fámulas turgentes y encarnadas; golfillos fugaces; un bohemio con melenas, que va al campo buscando tema a su alma artista; a todos los sumerge una corriente intensa de indiferencia, ante mí pasan en extraña procesión apocalíptica, sus miradas son cortantes y frías; los más y los menos caminan en pos de un deseo incumplido, de un ideal hiriente o de una necesidad sentida; mientras más trabajan aparece el final más deslumbrador, pero más lejano; la solución de lo ígnoto más atrayente, pero más erizada y difícil; el anhelo más vibrante, pero chocando con la muralla del sentimentalismo (Ledesma Ramos, R., Obras Completas, I, Escritos de Juventud, Molins de Rei, Barcelona, Ediciones Nueva República, 2004, p. 61).
Esta vida, la "realidad radical" que decía Ortega, el Dasein de Heidegger, es ontológicamente anterior a la vida que analiza la biología y por ende cualquier ciencia positiva. Pero una y otra "vida" son "inmanentes", no "trascendentes". La verdad de la biología, es decir, de la ciencia institucionalizada, tiene que descubrir su camino hacia la verdad existencial y lo hace a través del científico, el cual, antes que científico, es ciudadano de un Estado y, antes todavía, existente que despierta cada mañana y encuentra, como Ramiro Ledesma Ramos, la realidad ante sí. Sin rencor, libre de ese odio contra lo inmediato que caracteriza al enfermo reaccionario Julius Evola, Ramiro Ledesma "ama la vida". En el fragmento transcrito descubrimos el amanecer juvenil del fascismo español, y no hay en él más que un rotundo anhelo de modernidad, de futurición: no en vano, la vida que pinta Ledesma con poéticos trazos es la de una ciudad, la vida moderna por excelencia. Pero la novela en cuestión se titula, y esto no puede ser casualidad en un heideggeriano como Ledesma, El sello de la muerte (1924). Pregúntense los nacional-revolucionarios el porqué. Quien no aprecie la Vida tal como "es", quien haya menester de consumir drogas o bebidas espirituosas o sexo compulsivo o creencias religiosas salvíficas o amor psicodependiente o violencia estética en un rincón oscuro del barrio marginal, para consolarse y soportar los horrores del mundo, que no pretenda ostentarse encima a sí mismo como héroe (un "guerrero") mientras adormece su psique respecto de la cuestión espiritual crucial, la única que importa realmente: la verdad de la existencia. El "fascismo" proclama la autoafirmación de la vida finita en su inmanencia (irrebasable) y la asunción de las consecuencias políticas y sociales inherentes a la deslegitimación científico-racional de la moral cristiana. El heroísmo legítimo no consiste en otra cosa que en afirmar esta inmanencia incluso en la muerte; sobre todo, subrayémoslo para mayor escándalo, en la lealtad a la muerte como verdad absoluta de la vida y, en consecuencia, como fidelidad a la vida misma. La muerte, fundamento ontológico-existencial de la experiencia de la finitud, erígese así en condición de posibilidad del heroísmo radical, el cual, en primer lugar, habrá de acreditar un carácter espiritual. El héroe no lo es por su condición de guerrero (diferencia entre la orden y la entidad), sino que el guerrero puede devenir héroe en la medida en que haya sido capaz de afrontar la espantosa verdad trágica y se sostenga sobre sus piernas sin muletas transmundanas en sordo combate contra la termitera (el "último hombre" de Nietzsche). Frente a los productos manufacturados de un sistema demoliberal capitalista y hedonista que, a conciencia, fabrica repulsivos subhombres, postreros descendientes del creyente cristiano tradicional, yérguese orgullosamente ese "héroe" potencialista, sin mentiras, ni narcóticos químicos o delirantes compensaciones ultraterrenas; capaz de soportar, en todo caso, la soledad reservada a los creadores. La espiritualidad suprema es así la verdad racional, un evanescente sentido directriz que no se puede tocar, ver, ni oler, un ente que "no es material", sin duda alguna, pero sí una entidad potenciadora de "lo superior INMANENTE". "Metafísico" o "espiritual" si se quiere, mas no por ello deudor o adscrito a "trascendencia" alguna entendida como "más allá" indoloro y "feliz" opuesto a la desgarradora vida fenoménica.
El "fascismo" se define, en definitiva, como confluencia entre el desarrollo científico-tecnológico de la modernidad y la ética existencial radical de la verdad (Heidegger) que erige la finitud como fundamento de un proyecto trágico-heroico colectivo. Futurismo fáustico, prometeico, jamás nostalgia de tradiciones caducas, hete aquí el nacionalismo revolucionario en tanto que alternativa de izquierdas a los poderes capitalistas de las sociedades liberales de mercado. El "heroísmo guerrero" per se, despojado de la dimensión trágica y de la vinculación existencial con la verdad originaria (por ejemplo, el caballero cristiano medieval), no es fascismo. Un sobrehumanismo cientificista, materialista y hedonista ayuno de heroísmo trágico, como el que encontramos en Trotsky (Cfr. Trotsky, L., Literatura y revolución. Otros escritos sobre literatura y arte, Ruedio Ibérico, Francia, 1969, pp. 174-175) tampoco es fascismo.
Skin-heads, evolianos reaccionarios,
ultracatólicos: todos dan asco, ninguno es "fascista".
Acierta Evola cuando hace suya la tremenda, abismática exégesis del nihilismo (muerte de Dios, descomposición hedionda de los valores tradicionales) desarrollada por nuestro Friedrich Nietzsche, pero traiciona esa misma lectura al lloriquear como una ramera heroinómana por la debacle del platónico-cristiano "mundo de las ideas", el pálido y exangüe doble fantasmal edificado para escapar a la verdad despiadada del "mundo de la vida". Evola saca a la postre la nefasta conclusión de que hay que reconstruir tal metafísica ficción trans-mundana, actualmente hundida -!y con razón!- en las ruinas del descrédito. Confiesa Evola sus fines de forma expresa, como si el muy canalla reaccionario-drogadicto nos tomara por idiotas: !!!la meta del evolianismo consistiría en reemprender el largo camino hacia un supuesto paraíso original perdido, un lugar (la "sede ártica") estático, perenne, inmarcesible e impávido como una pirámide egipcia y, sobre todo -aviso para "guerreros"- rancio mausoleo de momias guenonianas exentas de conflicto!!! El inicio de ese "magico" sendero a "ninguna parte" implica apoyar todo lo que huela a "derecha", empezando por lo burgués frente a lo proletario, lo católico frente a lo ateo, lo irracional frente a lo científico... etc., para a la postre alcazar la "suprema cima" de la monarquía, el señorío feudal y la servidumbre de la gleba. Ya conocemos cuál fue, en cambio, la antitética postura de Nietzsche: aceptar el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, asumir la verdad racional de la finitud como revulsivo para un nihilismo activo, destructor y creador. Según Nietzsche, todo lo que hay de rechazable en el mundo moderno son las putrefactas reminiscencias, máscaras, residuos y secularizaciones del orden premoderno, cristiano-platónico. Al contrario que en Evola, para el cual las lacras actuales resultarían ser consecuencias de haberse rebelado contra sus amos las castas inferiores de la "sede ártica" (de suerte que cada realidad moderna mostraría procesualmente el sello de lo nuevo-degenerado, ergo de lo malo, lo peor y lo paupérrimo), Nietzsche quiere abundar en la muerte de Dios liquidando las formas disfrazadas donde el mundo tradicional intenta perpetuarse, como un gusano corruptor, en el interior de la modernidad revolucionaria. El fascismo, futurista, reivindica una modernidad alternativa, no una tradición "pagana" fabricada en la biblioteca particular de un barón siciliano. Los intelectuales de izquierdas, orondos sacerdotes del sistema capitalista aterrados ante la opción "fascista", ante la mera posibilidad espiritual de una modernidad antiprofética, no han hecho más que elevar a la categoría de dogma una interpretación evoliana de la historia en la cual fascismo y extrema derecha se identificarían.
Para el nacionalismo revolucionario "fascista" -desde Sorel- la sociedad de consumo, como antaño lo fuera el "paraíso comunista" o la comuna anarquista, no es más que la versión política del reino de Dios cristiano-burgués. !Nada tenemos que ver nosotros con la extrema derecha porque al dios cristiano que sella los intereses de la reacción, los auténticos fascistas le escupimos, insultamos y vejamos cada día para desayunar! Jesús de Nazaret es para el fascista la versión religiosa de masas ("platonismo para el pueblo": Nietzsche dixit) de aquel mundo paralelo inmóvil, asegurado y pacifista -la huída ante el Ser- del que Evola se declara nostálgico restaurador. El programa "fascista" supone, así, lo siguiente: erradicar los desechos del mundo tradicional en el mundo moderno, es decir, la moral cristiana secularizada en las fórmulas político-ideológicas liberales, socialistas marxistas, anarquistas y comunistas, todo ello con el fin de desencadenar una "tercera revolución" cuyo significado, para un derechista, no puede ser otro que la subversión metafísica absoluta, el Anticristo. El programa reaccionario (Evola), convierte empero, !ay!, nuestra revolución en contrarrevolución, y propone desvergonzadamente, señalando en dirección diametralmente opuesta al "fascismo", resucitar las condiciones simbólicas, sociales, culturales y políticas -el Ancien Régime- que precedieron a la Revolución Francesa (1789) y a la Revolución Bolchevique (1917). Evola no es sólo un tergiversador de la ideología NR, sino su adversario más alevoso. Es el enemigo a exterminar dondequiera que topemos con él: la abyecta, despreciable extrema derecha, que mil veces nos ha apuñalado por la espalda amparándose en la excusa de la "lucha contra la subversión", cuando en realidad el derechista no dejaba nunca de temer más que por su abultada cuenta corriente y la "salvación del alma", de su alma (=amado ego), pero jamás por la nación. Con la derecha (evoliana, católica, liberal, judía o gentil) no se habla; se la combate sin piedad. Porque somos FASCISTAS. Nada más. !Es muy difícil ser fascista! Quizá lo más difícil hoy, pues, ¿quién pronunciaría las palabras "soy fascista" sabiendo de qué habla y asumiendo las co-implicaciones -por no hablar de las consecuencias- de semejante afirmación?
Por qué los nacional-revolucionarios hispánicos debemos combatir a la extrema derecha
Antes de continuar, quizá convenga refrescar algunas afirmaciones que ya hiciera en esta bitácora:
El caso extremo del acto ético es el del héroe, que entrega su vida entera a cambio de nada. De nada. (...) Lo más alto, el sistema de valores heroico, reclama la muerte. La muerte debe existir para que exista, con ella, la posibilidad más alta, el valor supremo. ÉSE ES SU SENTIDO. El sentido de la muerte. El motivo por el cual la muerte debe existir. El "fascismo".
Rememoremos por un instante el destino del fascismo español y sus nefastas relaciones con la extrema derecha. La historia se resume así: de Ramiro Ledesma (filósofo heideggeriano y fascista genuino) al manicomio chamánico de Julius Evola.
Hitler ante la estatua de Nietzsche, autor de El Anticristo.
El fascismo español será fundado por Ramiro Ledesma Ramos, filósofo de talla, primer traductor de Heidegger en España y dirigente de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Ledesma es un trabajador, funcionario de Correos. Nada tiene que ver, desde el punto de vista sociológico, con la derecha. Dos años después de la fundación de las JONS, y tras varios intentos derechistas fallidos para promover en España un partido que funcione como sucursal del ya derechizado fascismo italiano del Ventennio, es decir, como "partida de la porra" del capital, aparece Falange Española (FE). Su máximo dirigente, José Antonio Primo de Rivera, es un católico practicante, hijo del dictador del mismo nombre, abogado y profundamente enraizado en la oligarquía española que sufre en aquel momento, ante todo, por los avances del marxismo y del anarquismo en territorio nacional.Primer giro a la derecha: José Antonio. Esa derecha que le había hecho "el vacío" al "proletario" Ledesma, confiará en cambio en uno de los "suyos", José Antonio: ¿para qué? Pues para utilizarlo, poniéndolo al servicio de los intereses oligárquicos como jefe del batallón de choque callejero contra la subversión roja. Por este motivo, la confluencia de las JONS y FE será ya un giro a la derecha, justificado por la amenaza guerracivilista y el pavor al contagio español de la criminal brutalidad bolchevique. Ya sabemos cómo terminó la relación de Ledesma con Falange: abandonó el partido e intentó recuperar las raíces izquierdistas de las JONS, en vano. Así, a pesar de ser el verdadero ideólogo del nacional-sindicalismo, la derechización joseantoniana empujará a Ramiro Ledesma fuera de la organización, la cual, como represalia, le calumniará gravemente (nos ocuparemos de este tema en una entrada posterior donde se analizará con más detalle el proceso que ahora estamos sólo esbozando). Conviene añadir, para ser justos, que tras la marcha de Ledesma intentará José Antonio, al parecer sinceramente, acentuar los elementos nacional-revolucionarios (!!!izquierdistas!!!) de la Falange, respondiendo así a los reproches del ideólogo escindido. Falange podrá considerarse, por tanto, un partido fascista en el mismo sentido en que lo fuera el fascismo italiano posterior a 1922 y hasta la República de Salò.
Franco rodeado de sacerdotes católicos.
Segundo giro a la derecha: Franco. El siguiente giro a la derecha del proyecto nacional-revolucionario español se produce con el franquismo y el "segundo" decreto de unificación. Ahí puede decirse que el "fascismo" jonsista extínguese definitivamente en España, la Falange es ya una institución de derecha católica plena y el Movimiento Nacional un bloque con esos "evolianos" rudimentarios denominados "carlistas". Los intentos "hedillistas" de recuperar las fuentes nacional-revolucionarias de izquierdas topan con la realidad de un régimen cuyo anhelo más ardiente después de Stalingrado es integrarse sin complejos en el atlantismo conservador. Finalizado el franquismo, se legaliza la Falange Española de las JONS (Auténtica), pero la principal preocupación de este partido joseantoniano (que no jonsista) será borrar toda vinculación simbólica con el fascismo histórico. El proyecto nace así viciado de raíz y el desconocimiento filosófico de las fuentes ideológicas ramirianas aborta una opción que no apela ya a los valores, sino precisamente a los símbolos, programas políticos y documentos caducos del nacional-sindicalismo de los años 30. No puede hablarse de giro de izquierdas, aunque éste se intente formalmente, porque tal presunto giro es puro mimetismo táctico antifascista y no retorno a las raíces axiológicas (nivel A del discurso) del proyecto nacional-revolucionario. Quien suscrible, militante de FE de las JONS (A) en su juventud, pudo conocer el proceso por experiencia directa (1976-1977), aunque no fue hasta mucho más tarde (1984-1988) que comprendió las causas de este fracaso "neohedillista" acontecido en la transición española.
Tercer giro a la derecha: Evola. Se ha pasado así de las JONS a un derechismo católico conservador que marca para siempre el destino del primer fascismo español. Pero todavía faltaba una última vuelta de tuerca. Afectó a todos aquellos grupos presuntamente nacional-revolucionarios que, durante los años setenta y ochenta [del siglo XX], podrían haber buscado en España una refundación del proyecto fascista a partir de los valores, renunciando a la quincalla emblemática o ideológica, ya definitivamente periclitada, del falangismo joseantoniano. Evola en Italia y Ernesto Milá como evoliano español no sólo impedirán que el nacionalismo revolucionario se libere del catolicismo falangista que había sido su Talón de Aquiles frente a la derecha conservadora, sino que convertirán el "momento anticristiano" inevitable de esa posibilidad abierta (por un fugaz instante) en un retroceso, todavía más abismático, de la derecha cristiana a la derecha chamánica. Promovida por la red Gladio para impedir en Italia que los fascistas revolucionarios de Salò pudieran inquietar al ocupante americano, esta operación hunde al fascismo español en el descrédito intelectual y político más absoluto (terrorismo, delincuencia, violencia, consumo de drogas, chivatismo policial, esoterismo, magia, irracionalismo...). La versión española del ultraderechismo "NR" sólo será contestada por las Bases Autónomas de Juan Antonio Aguilar, en Madrid, y por la asociación cultural ENSPO, de quien suscribe, en Barcelona. El resto de la historia, que culmina con el programa político de Alternativa Europea (1997), redactado por Farrerons, ya la conocen quienes hayan seguido hasta aquí las entradas de la serie "Usurpación, amputación y tergiversación de la doctrina nacional-revolucionaria", así como los posts "El programa político del MSR (1997)" y "Llopart plagia a Farrerons".
Creo que la pregunta "¿por qué debemos los nacional-revolucionarios combatir a la extrema derecha?" va encontrando, poco a poco, el marco en el que sea posible dar una respuesta que justifique clamorosamente los ataques de Filosofía Crítica al evolianismo subterráneo del MSR actual.
Franco rodeado de sacerdotes católicos.
Segundo giro a la derecha: Franco. El siguiente giro a la derecha del proyecto nacional-revolucionario español se produce con el franquismo y el "segundo" decreto de unificación. Ahí puede decirse que el "fascismo" jonsista extínguese definitivamente en España, la Falange es ya una institución de derecha católica plena y el Movimiento Nacional un bloque con esos "evolianos" rudimentarios denominados "carlistas". Los intentos "hedillistas" de recuperar las fuentes nacional-revolucionarias de izquierdas topan con la realidad de un régimen cuyo anhelo más ardiente después de Stalingrado es integrarse sin complejos en el atlantismo conservador. Finalizado el franquismo, se legaliza la Falange Española de las JONS (Auténtica), pero la principal preocupación de este partido joseantoniano (que no jonsista) será borrar toda vinculación simbólica con el fascismo histórico. El proyecto nace así viciado de raíz y el desconocimiento filosófico de las fuentes ideológicas ramirianas aborta una opción que no apela ya a los valores, sino precisamente a los símbolos, programas políticos y documentos caducos del nacional-sindicalismo de los años 30. No puede hablarse de giro de izquierdas, aunque éste se intente formalmente, porque tal presunto giro es puro mimetismo táctico antifascista y no retorno a las raíces axiológicas (nivel A del discurso) del proyecto nacional-revolucionario. Quien suscrible, militante de FE de las JONS (A) en su juventud, pudo conocer el proceso por experiencia directa (1976-1977), aunque no fue hasta mucho más tarde (1984-1988) que comprendió las causas de este fracaso "neohedillista" acontecido en la transición española.
Chamán: el final de un
proceso de idiotización.
Tercer giro a la derecha: Evola. Se ha pasado así de las JONS a un derechismo católico conservador que marca para siempre el destino del primer fascismo español. Pero todavía faltaba una última vuelta de tuerca. Afectó a todos aquellos grupos presuntamente nacional-revolucionarios que, durante los años setenta y ochenta [del siglo XX], podrían haber buscado en España una refundación del proyecto fascista a partir de los valores, renunciando a la quincalla emblemática o ideológica, ya definitivamente periclitada, del falangismo joseantoniano. Evola en Italia y Ernesto Milá como evoliano español no sólo impedirán que el nacionalismo revolucionario se libere del catolicismo falangista que había sido su Talón de Aquiles frente a la derecha conservadora, sino que convertirán el "momento anticristiano" inevitable de esa posibilidad abierta (por un fugaz instante) en un retroceso, todavía más abismático, de la derecha cristiana a la derecha chamánica. Promovida por la red Gladio para impedir en Italia que los fascistas revolucionarios de Salò pudieran inquietar al ocupante americano, esta operación hunde al fascismo español en el descrédito intelectual y político más absoluto (terrorismo, delincuencia, violencia, consumo de drogas, chivatismo policial, esoterismo, magia, irracionalismo...). La versión española del ultraderechismo "NR" sólo será contestada por las Bases Autónomas de Juan Antonio Aguilar, en Madrid, y por la asociación cultural ENSPO, de quien suscribe, en Barcelona. El resto de la historia, que culmina con el programa político de Alternativa Europea (1997), redactado por Farrerons, ya la conocen quienes hayan seguido hasta aquí las entradas de la serie "Usurpación, amputación y tergiversación de la doctrina nacional-revolucionaria", así como los posts "El programa político del MSR (1997)" y "Llopart plagia a Farrerons". Creo que la pregunta "¿por qué debemos los nacional-revolucionarios combatir a la extrema derecha?" va encontrando, poco a poco, el marco en el que sea posible dar una respuesta que justifique clamorosamente los ataques de Filosofía Crítica al evolianismo subterráneo del MSR actual.
Jaume Farrerons
La Marca Hispànica, 3 de junio de 2012
Editado el 24 de junio de 2022.









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