sábado, agosto 03, 2013

La fundamentación del "fascismo" (3). Víctimas del antifascismo o personas exterminadas bajo la acusación de "fascistas"

Stéphane Courtois: "esta participación de los comunistas en la guerra y en la victoria sobre el nazismo hizo triunfar de manera definitiva la noción de antifascismo como criterio de verdad para la izquierda" (El libro negro del comunismo, p. 36). 





















Nos hemos planteado la pregunta por la "validez filosófica" del fascismo, cualquiera que pueda ser el significado de esta "escandalosa" afirmación. Conviene ahora dar un nuevo y breve rodeo a fin de retomar con más seguridad las cuestiones sólo insinuadas por Jacques Derrida. Tal circunloquio o digresión conduce a la consideración del anticomunismo como rasgo esencial del fascismo y, por ende, a la duda sobre la verdadera naturaleza del antifascismo. Éste consiste en una práctica asesina de masas inherente al régimen marxista-leninista. Desde el momento, coincidente con la Guerra Civil Española (1936-1939), en que el fascismo aparece como proyecto histórico anticomunista, "justifícanse", mediante la retórica antifascista, exterminios sistemáticos de segmentos enteros de la sociedad emprendidos antes de que el fascismo existiera y continuados después de su desaparición. El "antifascismo" occidental, tras el descrédito y hasta la extinción del propio comunismo, muestra a su vez en tiempo real una inquietante perspectiva que nos afecta a todos en la medida en que la "máquina de matar" oriunda de Moscú sigue viva y en pleno ejercicio de sus facultades, pero invisible a los ojos de los "intelectuales críticos" del sistema oligárquico, quienes, por el contrario, la alimentan con todas las energías de su discurso.

No se trata de mezclarlo todo. Sí de analizar los trazos que prohíben el corte simple entre el discurso heideggeriano y otros discursos europeos, ya sean antiguos o contemporáneos. Entre 1919 y 1940 (¿pero no sucede también hoy?) todo el mundo se preguntaba: “¿en qué se va transformar Europa?” y esto se tradujo siempre del siguiente modo: “¿cómo salvar al espíritu?”. Se proponen frecuentemente diagnósticos análogos sobre la crisis, sobre la decadencia o la “destitución” del espíritu. No nos limitemos a esos discursos y a su horizonte común.
 
(Jacques Derrida)

Naturaleza y actualidad del antifascismo

Una jerga criminógena, el antifascismo, sigue utilizándose desde 1945, pero de forma creciente y con mayor irracionalidad, si cabe, que a la sazón, en todos los ámbitos de las "sociedades de mercado". El absoluto desprecio hacia las víctimas, que fueron asesinadas en nombre de imputaciones literalmente delirantes, aumenta también de manera exponencial a medida que nos alejamos en el tiempo del final de las Guerras Alemanas. Es así una "posguerra" eterna que prolonga la "propaganda bélica" en el corazón mismo de "la paz" y convierte el panfletismo mental de los militares en "cultura" civilLas cifras de personas exterminadas (ancianos, mujeres y niños incluidos) bajo la acusación de "fascistas" o de etiquetas y estigmas ("negros", en la China de Mao, reaccionarios, nazis, derechistas, etcétera) semántica y funcionalmente equivalentes, es decir, de sinónimos a efectos de liquidación física pura y simple, rondan los 100 millones en total y son el resultado de prácticas políticas como las siguientes:

En términos de número de víctimas, la lista de los crímenes comunistas más graves se establece como sigue: 1/ ejecuciones individuales y colectivas de personas consideradas como opositores políticos, sin juicio o después de un juicio sumario, represiones sangrientas de manifestaciones y de huelgas, ejecución de rehenes y prisioneros de guerra en Rusia del 1918 al 1922. Por falta de acceso a los archivos (y también a causa de la ausencia de rastros documentales de numerosas ejecuciones) es imposible dar cifras precisas, pero las víctimas se cuentan en decenas de millares; 2/ muerte por hambre de cerca de 5 millones de personas a causa de los requisas, principalmente en Ucrania en 1921-1923. El hambre ha sido utilizada como arma política por varios regímenes comunistas y no únicamente por la Unión Soviética; 3/ exterminio de 300 000 o 500 000 cosacos entre 1919 y 1920; 4/ defunción de centenares de millares de personas en los campos de concentración. En esto, la imposibilidad de acceder a los archivos también bloquea la búsqueda; 5/ unas 690 000 personas arbitrariamente han sido condenadas a muerte y ejecutadas en el momento de la ola de "purgas" del partido comunista de 1937-38. Millares de otros han sido deportados o enviados a campos. En resumen entre el 1 de octubre de 1936 y 1 de noviembre de 1938 cerca de 1.565.000 personas fueron detenidas y 668.305 de ellas han sido ejecutadas. Según numerosos investigadores estas cifras son infravaloradas y deberán ser verificadas cuando todos los archivos hayan sido hechos accesibles; 6/ asesinatos masivos de aproximadamente 30.000 kulaks (campesinos 'ricos') en el momento de la colectivización forzada de 1929-33. Por otro lado, dos millones fueron deportados entre 1930 y 1932; 7/ millares de ciudadanos ordinarios, acusados de mantener relaciones con el "enemigo" han sido ejecutados en el período que precede a la segunda guerra mundial. En 1937, por ejemplo, unas 144 000 personas, acusadas de tener contactos con polacos que vivían en la Unión Soviética, fueron ejecutadas. En 1937 también, 42 000 personas fueron ejecutadas con motivo de mantener relaciones con trabajadores alemanes en la URSS; 7/ unos 6 millones de ucranianos murieron de hambre bajo el efecto de una política deliberada en los años 1932-33; 8/ asesinatos y deportaciones de centenares de millares de polacos, ucranianos, lituanos, letones, estonios, moldavos y habitantes de la Besarabia en 1939-41 y en 1944-45; 9/ deportaciones de los alemanes del Volga en 1941, tártaros de Crimea en 1944, los chechenos e ingushes en 1944; 10/ deportaciones y exterminios de un cuarto de la población de Camboya entre 1975 y 1978; 11/ millones de víctimas de las políticas criminales de Mao Zedong en China y Kim Il Sung en Corea del Norte. En este caso también la ausencia de documentos no permite dar cifras precisas; 12/ numerosas víctimas en otros continentes, África, Asia y América latina, en países que se dicen comunistas y explícitamente se refieren a la ideología comunista. Esta lista no es absolutamente exhaustiva. Literalmente no hay un país (o una región) bajo régimen comunista que no pueda elaborar su propia lista de sufrimientos. Los campos de concentración establecidos por el primer régimen comunista desde septiembre de 1918 se transformaron en uno de los símbolos más vergonzosos de los regímenes comunistas. En 1921 eran ya 107 y más de 50 000 personas fueron detenidas allí. El índice de mortalidad extremadamente elevado que los caracterizaba puede ser ilustrado por el ejemplo del campo de Kronstadt: sobre 6 500 detenidos internados en marzo de 1921, sólo 1 500 vivía un año más tarde. En 1940, el número de presos alcanzaba 2 350 000 repartidos en 53 campos de concentración, 425 colonias especiales, 50 colonias para menores y 90 casas para niños. Durante los años 40, la media de los detenidos era permanentemente de 2,5 millones. Fijándonos en la fuerte mortalidad, esta cifra significa que el número de las personas que han sido internadas fue mucho más elevado. En resumen, de 15 a 20 millones de personas pasaron por los campos entre 1930 y 1953. El sistema de los campos también ha sido adoptado por otros regímenes comunistas, en particular por China, Corea del Norte, Camboya y Vietnam. La invasión de varios países por el ejército soviético durante la segunda guerra mundial fue seguida sistemáticamente por un terrorismo masivo: detenciones, deportaciones, asesinatos a gran escala. Entre los países más afectados hay que citar Polonia (según las estimaciones 440 000 víctimas en 1939, entre las que están los oficiales polacos prisioneros de guerra, en Katyn en 1940), Estonia (175 000 víctimas, entre las que están 800 oficiales, lo que representa un 17,5 de la población total), Lituania, Letonia (119 000 víctimas), Besarabia y Bucovina del norte. La deportación de poblaciones enteras era una medida política corriente, en particular durante la segunda guerra mundial. En 1940-41, cerca de 330 000 naturales polacos que habitan las zonas ocupadas por el ejército soviético fueron trasladados por fuerza al este de la Unión Soviética, principalmente en Kazajstán. 900 000 alemanes de la región del Volga fueron deportados en otoño de 1941; 93 000 calmucos en diciembre de 1943; 521 000 chechenos e ingushes en febrero de 1944; 180 000 Tártaros de Crimea en 1944. Para que la lista sea completa, también hay que mencionar a los letones, los lituanos, los estonios, griegos, los búlgaros, los armenios de Crimea, los turcos mesjetas, y los kurdos del Cáucaso. La deportación también afectó a los opositores políticos. A partir de 1920, los opositores políticos de Rusia fueron enviados a las islas Solovki. En 1927, el campo construido en estas islas albergaba a 13.000 detenidos, de 48 nacionalidades diferentes. Los crímenes más violentos de los regímenes comunistas, tales como el homicidio de masa y el genocidio, la tortura, el trabajo forzoso y otras formas de terrorismo físico colectivo, continuaron en Unión Soviética y, a un grado menor, en otros países europeos, hasta la muerte de Stalin. A partir de mediados de los años 50, el terrorismo disminuyó considerablemente en los países comunistas pero la persecución selectiva de diversos grupos e individuos prosiguió. Consistía en vigilancia policíaca, en detenciones, encarcelamientos, multas, tratamientos psiquiátricos forzados, diversas restricciones de la libertad de movimiento, discriminaciones en el empleo que a menudo llevaban a la pobreza y a la exclusión profesional, a la humillación y a la difamación públicas. Los regímenes comunistas europeos post estalinistas explotaron el temor de las persecuciones potenciales, muy extendidas y muy presentes en la memoria colectiva. A largo plazo, no obstante, la memoria de los horrores pasados gradualmente se atenuó, perdiendo de su influencia sobre las jóvenes generaciones. Sin embargo, hasta durante estos períodos relativamente tranquilos, los regímenes comunistas se mostraron capaces de recurrir a una violencia masiva si lo consideraban necesario, como lo mostraron los acontecimientos de Hungría en 1956, de Checoslovaquia en 1968 o de Polonia en 1956, 1968, 1970 y 1981. La caída de los gobiernos comunistas en la Unión Soviética y en otros países europeos facilitó el acceso a ciertos archivos que atestiguaban los crímenes comunistas. Antes de 1990, estos archivos eran totalmente inaccesibles. Los documentos que se encuentran constituyen allí una fuente de información importante sobre los mecanismos de gobierno y de toma de decisiones, y completan los conocimientos históricos relativos al funcionamiento de los sistemas comunistas.
Y aquí tenemos a Derrida:

La condenación del nazismo, cualquiera fuese el consenso sobre este tema, no es aún un pensamiento del nazismo. No sabemos aún lo que es o lo que ha hecho posible esta cosa inmunda pero sobredeterminada, trabajada por conflictos internos (de ahí las fracciones y las facciones entre las cuales Heidegger se sitúa - y su estrategia retorcida en el uso de la palabra “espíritu” toma un cierto sentido cuando se piensa en la estrategia general del idioma nazi y en las tendencias biologizantes, estilo Rosenberg, que terminaron por triunfar). En fin el nazismo no ha crecido en Alemania o en Europa como un champiñón...

Pero, ¿quiso enterarse alguna vez Derrida de dónde sentó realmente sus posaderas "la cosa inmunda" años antes de que el fascismo, a trompicones, hiciera acto de presencia en la escena europea? Preguntémonos en serio hasta cuándo los presuntos "intelectuales críticos", sufridos huérfanos de Stalin, van a seguir actuando como simples turiferarios del poder oligárquico.

¿Puede, en efecto, considerarse el "mal absoluto" (=la cosa inmunda) un proyecto político, a saber, el fascismo, fundado expresamente para detener el exterminio de casi todos los grupos sociales (burguesía, aristocracia, campesinado)con que tropezábase Lenin e impedir que los matarifes de Moscú extiendieran sus fechorías por el resto de Europa? Actualmente el grado de distorsión de la realidad histórica es tan enorme que nos vemos en la obligación de recordar cuestiones elementales de sentido común. El fascismo combate en defensa de la civilización europea amenazada por la barbarie bolchevique, pero no puede enfrentarse a los "rojos" arrojándoles a la cara caramelitos de fresa. Voilà el espíritu (Geist), Mr. Derrida. Sin embargo, cuando el fascismo llega al poder en Italia su represión no puede compararse, ni de lejos, a la matanza de los primeros años del leninismo en Rusia. Lenin aniquila en tres meses un número de personas superior a las que el imperio zarista había castigado a lo largo de todo un siglo. La dictadura fascista en Italia no traerá consigo más que 25 ajusticiados en 21 años: compárese sólo este dato con el historial delictivo de la banda terrorista ETA. Al inicio de la Operación Barbarroja (invasión nazi de la URSS), en 1941, el régimen comunista ya ha exterminado a 13 millones de ciudadanos rusos.

Se dirá que la verdad del fascismo es el nazismo. Ahora bien, ni siquiera el nazismo, y ello en el contexto de una guerra mundial, alcanza las cotas de victimización del comunismo. Por cada víctima judía del nazismo, detéctanse como pocas 10 del antifascismo. Y esto únicamente en la versión comunista u oriental del antifascismo, pues existiría, como ya he subrayado, un  antifascismo occidental de naturaleza  liberal-capitalista y sionista al que le corresponden "sus propios genocidios". Dichos crímenes de masas no han sido juzgados, es decir, permanecen impunes. Son los genocidios olvidados. El "antifascismo global" hace posible esta situación totalmente incompatible -en buena lógica- con la machacona cháchara propagandística sobre "la democracia y los derechos humanos".  La jerigonza que legitimó tales atrocidades se ha extendido a los políticos de la derecha liberal, obedientes, con la complicidad de los Estados Unidos de América, al sionismo racista, supremacista y genocida del Estado de Israel.
 
En la política, la prensa, la cultura, la educación y hasta la propia red, el antifascismo funciona  a pleno rendimiento como código simbólico estigmatizador de los ciudadanos disidentes; tal vez a la espera del día, ya próximo al parecer, en que tenga que recurrirse a la coartada antifascista del "mal absoluto" con los fines asesinos que la caracterizan y la han caracterizado desde su aparición en la historia. Recordemos una frase del informe Lindblad citado arriba:
Literalmente no hay un país (o una región) bajo régimen comunista que no pueda elaborar su propia lista de sufrimientos.
El  comunismo fue esencialmente criminal, cuando no genocida. Pero lo fue en tanto que antifascista. Y el antifascismo ha sobrevivido al comunismo porque constituye un fenómeno consustancial al "progresismo" moderno. No es, en efecto, únicamente comunista, ahora podemos verlo con claridad, sino también "capitalista". Es un monstruo parido por Yahvé, léase: por el monoteísmo judeocristiano (aquello que Heidegger denominara la "ontoteología")... El fascismo se propuso la extirpación de "la máquina de matar" como una de sus metas fundamentales. Sólo el fascismo se enfrentó, así, a la asesina "utopía profética" en cuanto tal. Las democracias occidentales aliáronse en cambio con el comunismo y posibilitaron la comisión de sus atrocidades. Impensable la victoria soviética contra el Tercer Reich sin el generoso concurso del capital americano. Que el liberalismo sionista haya "heredado" el antifascismo no resulta pues casual. Saquemos, de una vez, las consecuencias de este hecho. Pero el "intelectual de izquierdas" (Oriol Malló, por ejemplo) es un engendro deforme descendiente del sacerdote judeocristiano e incongruente con toda forma de veracidad.  

El artículo 58: formalización penal del estigma
 
De las víctimas del antifascismo, una buena parte fueron formalmente acusadas de tales. Fascista era, bajo el estalinismo, cualquiera que el régimen soviético señalara al azar para cubrir las estadísticas de "detenciones", es decir, las cifras obligatorias preestablecidas de "enemigos del pueblo" que justificaban la simple existencia de los aparatos de represión y el reclutamiento de la necesaria mano de obra esclava para la construcción del "paraíso":
Ya sabíamos que "fascistas" era el apodo de los del Artículo 58, puesto en circulación por los perspicaces cófrades y aprobado con gusto por las autoridades: en otro tiempo los llamaban "KR" pero después el nombre perdió fuerza y se necesitaba una etiqueta más precisa (Alexandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag, t. II, Barcelona, Tusquets, 2005, p. 180). 
La acusación de fascista y el lenguaje antifascista devino poco a poco, a través del régimen comunista soviético aliado de occidente durante la Segunda Guerra Mundial, legitimación de todas las atrocidades de la Modernidad progresista (de derechas o de izquierdas). Hasta el punto que, por supuesto sin consultar a las víctimas, los ideólogos neoliberales decidieron aplicar el calificativo de "fascistas" a los propios asesinos del gulag, es decir, convalidaron su lenguaje convirtiendo a aquéllos en objetos del mismo para mayor escarnio de cualquier noción o posibilidad de crítica racional a las raíces judeocristianas del fenómeno. Consagraron así unas prácticas criminales que occidente no renuncia a continuar empleando contra los presuntos enemigos del "bien absoluto", léase: del Yahvé capitalista, sionista y neoliberal en fase de consolidación a escala mundial. El ídolo del "progreso" ha cambiado otra vez de residencia, algo ya habitual en él, pero no de carnicera idiosincrasia asesina.

Balance total de víctimas

El monto total de víctimas del comunismo oscila entre un mínimo de 100 millones y los 150 millones de personas. El primer balance provisional fue establecido por Stéphane Courtois en su obra El libro negro del comunismo, publicada en francés en 1997:

No obstante, podemos establecer un primer balance numérico que aún sigue siendo una aproximación mínima y que necesitaría largas precisiones pero que, según estimaciones personales, proporciona un aspecto de considerable magnitud y permite señalar de manera directa la gravedad del tema: URSS, 20 millones de muertos. China, 65 millones de muertos. Vietnam, 1 millón de muertos. Corea del Norte, 2 millones de muertos. Camboya, 2 millones de muertos. Europa oriental, 1 millón de muertos. América Latina, 150.000 muertos. África, 1,7 millones de muertos. Afganistán, 1,5 millones de muertos. Movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder, una decena de millares de muertos. El total se acerca a la cifra de cien millones de muertos (Courtois, S., El libro negro del comunismo, Barcelona, Planeta, 1998, p. 18). 

Como ya hemos apuntado, a pesar de las evidencias sobre el carácter universalmente genocida del comunismo y de la relación entre la jerigonza antifascista y el dispositivo de terror inventado por los bolcheviques, la "democracia liberal", es decir, la oligarquía, ha adoptado el "antifascismo" rizando el rizo del cinismo y acusando a Stalin de ser el peor de los "fascistas" (André Glucksmann). Este triunfo final de la "revolución" y del imaginario "progresista" en lo simbólico, que le permite además ostentar a Stalin,  al mismo tiempo, el título de "vencedor de Hitler" sin que la simple lógica tenga que abochornarse, define la miserable cotidianeidad de la nueva dictadura neoliberal sionista de Wall Street, cuyas atrocidades no han hecho más que empezar. Nosotros somos las próximas víctimas.  

El caso de la "derecha antifascista" en España
 
Si usted tenía aspecto de no ser "feliz" en el paraíso de Yosef Stalin,  convertíase inmediatamente en sospechoso ante la policía política soviética. El antifascismo nace a propósito de España como estrategia estalinista de los frentes populares. George Orwell escribió entonces y no en vano su Homenaje a Cataluña: un testimonio de la praxis antifascista documentado en el lugar en que ésta mostró su verdadero rostro a los intelectuales de izquierda que no habían renunciado todavía, como ha renunciado hogaño Oriol Malló, a pensar por sí mismos.

En la actualidad, y a pesar de aquello que establece la Constitución Española -la isonomía o igualdad ante la ley- en lo tocante a la libertad ideológica, cualquier ciudadano puede ser objeto de investigación policial porque un simple funcionario, verbi gratia un fiscal, considere que las "ideas" de ese ciudadano son "fascistas". ¿Herencia de la cheká y el gulag? No, en el caso que nos ocupa, herencia de la Palestina ocupada por Israel, vehículo a través del cual el antifascismo institucionalízase en occidente sobre un terreno ya abonado por la izquierda marxista. 
 
El antifascismo estigmatizador opera como lenguaje de la cultura, la política y las prácticas de represión capitalista-sionista. Los desahuciados españoles fueron acusados de "neonazis" por la corrupta dirigente del Partido Popular María Dolores de Cospedal. La propia derecha católica que, en España, durante la Guerra Civil (1936-1939), salvó vidas y haciendas de las garras estalinistas gracias al heroísmo de los camisas azules falangistas (="fascistas"), tiene hoy la sinvergonzonería de llenarse la boca con la jerga de Stalin.


!Habría que ser ya un grandísimo hijo de Bárcenas para burlarse así de los torturados, pero la cosa roza lo inconcebible en la abyección cuando observamos que esas víctimas pisoteadas por partida doble resultan ser ascendientes familiares de los propios dirigentes del Partido Popular (=Alianza Popular=partido neofranquista español)! Mentirosos y corruptos, tales "líderes" son, además, en justa consecuencia, seres carentes de dignidad política, pillos encorbatados que emplean, contra sus críticos, contra ciudadanos indignados por las políticas antisociales del neoliberalismo, los mismos discursos criminógenos que los verdugos de Paracuellos esgrimieron contra sus abuelos; discursos de los cuales les rescataron, precisamente, los militantes "fascistas" de Falange Española de las JONS.

Fenómeno análogo se observa entre los referentes ideológicos y morales de colectivos de víctimas de ETA, según  acreditamos en una entrada anterior.
 
¿Carecía, en fin, la causa anticomunista de los fascistas de todo argumento válido? No puede sostenerse tal impostura ante la evidencia de aquéllo que el comunismo fue. ¿Cómo formular entonces el significado de una virtual "fundamentación del fascismo"? Hete aquí la gran pregunta planteada por Ernst Nolte y cuya pertinencia Jacques Derrida, a regañadientes, reconociera a la postre a propósito de Heidegger y Nietzsche, aunque nunca osara responderla. Les he formulado la cuestión intelectual y política, por antonomasia, del siglo XXI. La actualidad del fascismo sigue ahí a través de la obsesiva y persistente "negación" antifascista.


Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
 
3 de agosto de 2013
DOCUMENTACIÓN ANEXA

“El Holocausto marca un corte en la cultura”


Contra la visión dominante sobre el Holocausto judío, que tiende más a verlo como expresión de un mal absoluto que a encontrar sus raíces históricas, el historiador Enzo Traverso intenta insertarlo en la evolución de las sociedades europeas que dieron a luz al racismo y al colonialismo.


–Enzo, podríamos comenzar por preguntarnos ¿por qué razón la memoria del Holocausto se transforma en lo que has llamado “una religión civil” y adquiere una dimensión tan importante recién en las últimas décadas del siglo XX, siendo que se trata de un proceso ocurrido en los años ’40?

–Esa transformación de la memoria del Holocausto en religión civil del mundo occidental está vinculada al fin del siglo XX que se puede datar con la caída del Muro de Berlín en 1989, el derrumbe de la URSS, el fin de la Guerra Fría. El siglo XX toma entonces un perfil de época de violencia, guerras, totalitarismos y genocidios. El concepto mismo de genocidio es forjado en el siglo XX, y entonces la memoria del Holocausto deviene un paradigma de la violencia, casi una metáfora del siglo en su conjunto.

–Eso representa una ruptura muy fuerte respecto de las lecturas dominantes en las décadas anteriores sobre la historia del siglo XX. Era común hablar entonces del siglo de las revoluciones, el siglo de la izquierda, de las grandes confrontaciones ideológicas y, de pronto, este nuevo proceso memorialístico lo considera un siglo de totalitarismos y de violencias que resultan difíciles de explicar.

–El humanitarismo se convierte en una categoría analítica que interpreta toda la historia del siglo y el pasado aparece como una confrontación binaria entre verdugos y víctimas. La violencia casi no se explica, se estigmatiza para, con una mirada bastante apologética, legitimar el orden político y económico: la sociedad de mercado y la democracia liberal como antítesis del totalitarismo. El siglo XXI empieza con la caída del comunismo y la toma de conciencia de que las revoluciones del siglo XX fracasaron. El siglo XXI comienza sin utopías y fue caracterizado como post ideológico. Todo el contexto favorece una focalización obsesiva sobre la violencia y las víctimas, olvidando las revoluciones fracasadas que son asimiladas a los totalitarismos.

–1989, año de la caída del Muro de Berlín, es también el del bicentenario de la Revolución Francesa, oportunidad para que buena parte de la intelectualidad y el mundo oficial europeo declarara, en palabras de François Furet, el fin de la Revolución Francesa y de la misma idea de revolución. Ese año, en Argentina, en ese contexto internacional de negación de la historia y las confrontaciones ideológicas, el presidente Carlos Menem trajo al país los restos de Juan Manuel de Rosas, personaje cuestionado por toda la oposición liberal, cuyos restos seguían en Inglaterra desde su muerte, en las últimas décadas del siglo XIX. Esa reparación histórica fue presentada como constatación de que habían desaparecido las contradicciones profundas entre los argentinos. Menem, que visitó ese año a Felipe González, Gorbachov y otros líderes, volvió diciendo: “En todas partes ya no se habla más del socialismo ni de la revolución, el capitalismo ha triunfado”. En ese momento se dictan los indultos a los comandantes condenados en el Juicio a las Juntas en 1985. El retroceso de las políticas de memoria en la Argentina se inscribe también en la visión de un mundo reconciliado, donde ya las ideologías han desaparecido y entonces tampoco tendría sentido que la historia argentina siguiera siendo un terreno de disputa. Para afirmar esto, con un gesto muy fuerte, Menem visita a uno de los jefes del golpe militar que derrocó a Perón en 1955, el almirante Rojas, e incorpora a su gobierno a otro de los dirigentes de ese golpe, el ingeniero Alsogaray, un economista ultrarreaccionario. Esto generó gran confusión política e ideológica, no sólo en el peronismo; a los argentinos nos costó reencontrar el rumbo y tener propuestas de futuro, y me parece que esto algo tiene que ver con el proceso que sufrió la tradición antifascista en Europa.

–Después de 1989 se tiene la ilusión del fin de la historia y se puede proceder a una reconciliación con el pasado. El menemismo participa, creo, de esa ilusión del siglo XXI, como siglo post totalitario que marcha hacia la prosperidad neoliberal y la democracia liberal como sistema. En España, viejos republicanos y miembros de la División Azul que Franco envió a Rusia con el ejército alemán desfilaron juntos, fraternizando los conflictos del pasado. En Italia, también se quiso acabar con el conflicto entre fascismo y antifascismo, diciendo que todos eran patriotas. Pero fue un momento, una etapa, porque el pasado aparece otra vez como matriz de memorias conflictivas. No ocurre lo mismo con el Holocausto, porque es la memoria de un genocidio universalmente reconocido y el nazismo está condenado por la historia, no es un pasado de guerras civiles que todavía producen conflictos en el presente. El éxito de la memoria del Holocausto está vinculado con su dimensión relativamente a-problemática, no conflictiva, consensual.

–En el caso argentino, el Holocausto fue una referencia importante, conocimos esta nueva orientación memorialística, pero otras influencias actuaron en sentido contrario, incluso dentro de la cultura judía. Por ejemplo, los trabajos de Yerushalmi sobre la tradición judía contribuyeron a conformar un deber de memoria. El pueblo judío, cuando era el pueblo del libro, que no tenía un territorio, un Estado, reafirmaba su identidad a través de esta memoria de los libros sagrados. Esto en un país donde la influencia de la cultura judía es importante y donde tuvimos en ese década de 1990 dos atentados muy serios contra la embajada y contra la mutual judía. Entonces si la influencia de la memoria del Holocausto en Europa podía tener a veces un sentido deshistorizador o despolitizador, la cultura judía jugaba a favor de la afirmación, de la necesidad, de la memoria. Y también fue muy importante la influencia de Walter Benjamin, con esa curiosa mezcla de marxismo herético y mesianismo judío, para que pudiéramos pensar que, lejos de considerar cerrado el pasado, es posible recuperar la historia de los vencidos.
–El éxito del libro muy conocido de Yerushalmi está vinculado sobre todo con su título: Zachor (recuerda, no olvides). Aparece como una especie de amonestación a la memoria, el deber de memoria. Y, como decías, es también la época en que Benjamin aparece como referencia para pensar una articulación nueva entre historia y memoria. En este cambio de siglo, cuando el XX aparece como un siglo que se acabó y al mismo tiempo sigue tan presente en la memoria de los individuos y de las sociedades, separar historia y memoria se hace problemático, artificial. Por décadas el Holocausto apareció como una dimensión marginal de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y pasó tiempo para que esa experiencia, ese acontecimiento, se grabe en la conciencia histórica europea. Y entonces esa focalización obsesiva sobre el Holocausto es también un intento de recuperar el retraso, una Europa que quiere expiar su pasado. La conciencia de ese pasado y la voluntad de expiarlo produce esa transformación del Holocausto en objeto de culto, con una memoria que toma rasgos de religión civil sacralizada, ritualizada con sus propios símbolos y liturgias.
–La afirmación del Holocausto como religión civil pone como figura central a las víctimas. Y esto permite hacer un paralelo con el caso argentino en los primeros años del restablecimiento de la democracia. Entonces se afirmó la llamada Teoría de los Dos Demonios, que sostenía que frente a los militares golpistas otro sector desarrollaba también la violencia y, aunque se señalaba que la criminalidad de los dictadores era mayor, ambas violencias eran condenadas y, frente a esa condena de los extremos, aparecía una sociedad inocente, sin ninguna culpa, que tampoco parecía haberse enterado o haber entendido demasiado lo ocurrido. Esto hizo que se estudiara poco el período anterior a la dictadura, que era lo que hubiera permitido explicar la irrupción militar y llevó a homenajear a las víctimas como tales, ignorando que la gran mayoría de ellas eran militantes de un proyecto que la dictadura había venido a enfrentar. Esto es muy parecido a lo que pasa en España, cuando Rodríguez Zapatero dice: “Me interesan las víctimas no importa de qué sector sean”, como si hubiera sido lo mismo pelear por Franco que por la República. Pero esa explicación de la dictadura con la Teoría de los Dos Demonios resultó insuficiente frente a la demanda de una sociedad que quería justicia, la que se estaba negando a través de los indultos y las leyes de impunidad, y reclamaba una explicación más seria. Era necesario saber por qué había venido el golpe, qué habían tenido que ver otros sectores civiles, empresariales, eclesiásticos, incluso se interrogaba –y nos seguimos interrogando– también sobre el comportamiento político de los sectores que fueron víctimas de la represión. Me interesó mucho un trabajo tuyo sobre la dificultad que existe en Europa para asociar las víctimas y los luchadores, que es lo que se supone que fueron la mayoría de aquéllas. Creo que en esto hemos avanzado mucho en Argentina desde el 2003 con las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. El fin de la impunidad significó también un avance en el conocimiento y la comprensión de la historia reciente.
–Yo no tengo mucha familiaridad con esos debates argentinos alrededor de la Teoría de los Dos Demonios, pero siempre me pareció una especie de transferencia, en el contexto argentino, de la teoría del totalitarismo que identifica comunismo y fascismo como dos caras de la misma moneda. La violencia del estalinismo y la violencia del nazismo son cualitativamente distintas, reunirlas en una misma categoría me parece desde un punto de vista historiográfico muy discutible. Pero en el caso de la Argentina, aun más, porque la teoría de los dos demonios establece una identidad entre la violencia de las organizaciones que practicaban la lucha armada y la violencia del terrorismo de Estado, dos fenómenos cuya unión en una categoría me parece epistemológicamente absurda. No soy un apologista de la lucha armada o un nostálgico, pero hay que historizar, comprender un contexto argentino y latinoamericano. Organizaciones políticas que trabajaban en una revolución popular, para movilizar la sociedad. El terror del Estado tenía una amplitud y un objetivo totalmente diferentes: aterrorizar a la sociedad para establecer un régimen autoritario y una dictadura. Entonces es una teoría que me parece que oculta más que esclarece el pasado. La violencia del Estado en el caso de la dictadura argentina quería disciplinar a la sociedad en su conjunto, imponer un régimen autoritario, pero golpeaba prioritariamente a luchadores. Recordarlos exclusivamente como víctimas de un régimen que aplastaba los derechos humanos me parece una operación cuestionable. Un niño que murió en una cámara de gas es una víctima y no se puede definir de ninguna otra manera, pero no es el caso de un militante de una organización judía de izquierda que participó en la insurrección del gueto de Varsovia. Recordarlos exclusivamente como víctimas constituye una pobre interpretación del pasado, reducido a una confrontación entre los verdugos y las víctimas, y éstas no siempre son pasivas, pueden ser sujetos políticos. Se dibuja otra tipología más compleja introduciendo la categoría de los vencidos: perseguidos por lo que hacían y no solamente por lo que eran. La memoria del Holocausto se impuso como una memoria que ignora los diferentes sujetos de la historia y habría que reintroducirlos. Mi impresión es que en la Argentina se hace un trabajo muy interesante de historización de la década de los ’60 y ’70, de superación de la etapa de la mera o exclusiva conmemoración, hay una necesidad ético-política de una piedad para los muertos, pero se va más allá. Hay una necesidad de comprender lo ocurrido. Me parece que en la Argentina se hace ese trabajo mucho más que en Europa con respecto al Holocausto, a la Segunda Guerra Mundial, a la resistencia.
–Sí, en el caso argentino, la Teoría de los Dos Demonios y la figura de la víctima sin más connotaciones históricas ni políticas empieza a perder vigencia a mediados de los años ’90. En ese momento surgen estudios y, también obras de teatro, ficciones, películas que empiezan a problematizar la memoria de la dictadura y de las luchas populares anteriores y algunos trabajos muestran que el objetivo de la dictadura no era solamente enfrentar a la guerrilla sino desarrollar lo que podríamos llamar un proyecto de reestructuración regresiva y disciplinamiento de la sociedad. Aparecen trabajos de investigación periodística pero después también de los historiadores sobre el período de los años ’70 y la dictadura y ahí nos introducimos en la discusión acerca de la relación entre historia y memoria y se plantea la pregunta acerca de si es posible hacer historia reciente. Y en el caso argentino era historia muy reciente. La obra de Pierre Nora, muy influyente entonces, planteaba una separación muy drástica entre historia y memoria: sólo se podría hacer historia de un objeto que ya se ve como absolutamente distante, congelado. Y en la Argentina estaba absolutamente presente y caliente. Sin embargo se empezó a hacer historia sobre ese periodo y los historiadores que empezaron a trabajar sobre los años ’70 tuvieron que imponerse una tarea de reflexión crítica muy fuerte en torno de un material que era, fundamentalmente, testimonial. Y también algunos plantearon que el testimonio era subjetivo, que el testimonio no podía servir como base para el trabajo de la historia, lo cual hubiera sido muy complicado en la Argentina, porque dado que la dictadura había ocultado las constancias de archivos –en la mayoría de los casos, hasta el día de hoy, no se han podido recuperar– la materia prima con la que se trabajaba, el insumo, eran los testimonios.
–En el caso de América latina, en la época más reciente, el estudio de las décadas de los ’70 y los ’80 estableció una reflexión nueva y muy fructífera sobre la relación de historia y memoria, problematizando esa dicotomía. Los investigadores empezaron a advertir que para comprender esa violencia había que utilizar a los testigos como fuentes. Raúl Hilberg, gran historiador del Holocausto, tomó la decisión de ignorar los testigos, trabajando exclusivamente archivos. Hizo un trabajo extraordinario, pero al mismo tiempo muy frío: reconstruye el Holocausto en su anatomía, en sus estructuras, pero no como proceso en el cual los protagonistas tienen su voz, su subjetividad, una manera de actuar de reaccionar, de participar. Y para hacer eso hay que introducir la memoria. E introducir la memoria no es fácil porque el testigo habla como representante de las víctimas que no tienen voz para hablar. Entonces hay como una sacralización del testigo, y entonces es difícil discutir esa versión. Pero un investigador tiene que trabajar sobre los testimonios como fuentes. Y debe verificarlas, contextualizarlas, porque tienen contradicciones: las fuentes y la memoria oral son, por su propia naturaleza, subjetivas. Como dice Primo Levy, el testigo percibe una parte muy pequeña de un proceso mucho más amplio. Pero al mismo tiempo creo que es imposible trabajar sobre esos acontecimientos sin tomar en cuenta los testigos.
–Quizás, Enzo, sería importante para contextualizar lo que venimos charlando recordar algunos aspectos de tu formación y tus primeras inquietudes. Empezaste trabajando sobre los marxistas y la cuestión judía y los dos temas resultan hoy importantes para discutir: cómo se ve la doctrina de Marx después de la llamada crisis del marxismo y la relación intelectual muy fecunda y muy particular que has establecido con el pensamiento judío de Europa central. Autores como Walter Benjamin, Adorno, Hannah Arendt, con quienes hay un diálogo importante en tus trabajos. Fuiste conocido en la Argentina por un reportaje que te hizo la revista Políticas de la Memoria, en 2005, donde afirmabas que después de lo ocurrido sólo puede pensarse en un marxismo melancólico y utópico. Esto da cuenta de que ha habido una derrota y que hay muchas cosas que cuestionar y repensar. Y por otro lado, en el descubrimiento de Benjamin en la Argentina tus libros han sido una ayuda significativa. Tu rescate del pensamiento judeoalemán no excluye una visión crítica de estos autores. Estoy pensando en Hannah Arendt, de quien destacás aportes importantes y, al mismo tiempo, criticás también su concepción sobre el totalitarismo.
–Marxismo melancólico es una definición que tomo prestada de un amigo que falleció hace poco tiempo, Daniel Bensaid. Esa definición es muy benjaminiana porque hay en la obra de Benjamin una reflexión sobre la melancolía que es también una postura epistemológica. Es la toma de conciencia del fracaso de las revoluciones. En Europa, Asia y Latinoamérica hubo revoluciones con sus particularidades políticas y culturales, estrategias muy diferentes, pero todas tenían una filosofía de la historia como presupuesto. Una visión de la historia como marcha hacia la emancipación de la humanidad en su conjunto. Una visión teleológica, la historia con su orientación, su dirección. Y también había un modelo de revolución, un paradigma militar, la revolución es el pueblo que toma las armas para luchar y liberarse. Y esa visión global de las revoluciones y ese modelo también fracasaron. Y entonces pensar un cambio, una trasformación del mundo es una necesidad. Pensar la posibilidad de una nueva utopía de cambio requiere un balance crítico de las experiencias revolucionarias del siglo XX. Ese balance se carga de una melancolía muy grande, es la memoria de los vencidos, de esos combates tan grandes, tan generosos, que movilizaron millones de seres humanos. Y hay que tratar de que esa melancolía por la derrota no se transforme en una contemplación pasiva de las catástrofes del pasado. Hay que mantener una perspectiva de transformación, de innovación, de invención, de imaginación utópica. Una tradición de pensamiento crítico, marginal al siglo XX, ahora toma una importancia muy grande. La Escuela de Frankfurt participa de esa aventura del marxismo en el siglo XX, pero en una perspectiva marginal, herética, dialéctica, que no acepta esa visión teleológica de la historia. Benjamin tiene una sensibilidad muy grande con respecto a los vencidos de la historia, mucho más preocupado por guardar las memorias de los vencidos que por celebrar los éxitos de los vencedores.
–La concepción hoy dominante sobre el Holocausto no ofrece explicaciones históricas muy claras de cómo pudo producirse. Esas explicaciones seguramente deben buscarse en las crisis del Viejo Mundo pero también en los ejercicios de poder y de violencia que las naciones europeas hicieron en sus colonias. Los campos de extermino aparecen antes en el mundo colonial que en Europa. Es interesante que hayas integrado el colonialismo entre los antecedentes de la violencia nazi. Algo que no ha sido común entre los pensadores europeos.
–Latinoamérica puede jugar un papel de transmisión muy importante, porque creo que el peso de la derrota es mucho más fuerte en Europa que aquí. En ningún lado se resiste al neoliberalismo como en América latina. Hay que reconocer el fin del eurocentrismo, Europa hace mucho comprendió que no es más el centro del mundo y, desde un punto de vista geopolítico y económico, la provincialización de Europa ocurrió hace décadas. Pero todavía siguió pensándose culturalmente, intelectualmente, como el centro del mundo. En cuanto a la inteligencia judía de Europa central, fue una cuña del pensamiento crítico, de vanguardia, porque esa inteligencia estaba profundamente integrada en las sociedades, en las culturas europeas y al mismo tiempo tenía una posición marginal, por causa del antisemitismo, de la estigmatización. El encuentro entre los judíos y el marxismo se hizo en ese contexto. Después de la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo declinó y ésa es una muy buena cosa. Europa se liberó de ese demonio que la había impregnado por siglos. Pero la inteligencia judía, todavía poderosa, no es más empujada hacia la revolución, la crítica, el anticonformismo. El siglo que fue en su primera mitad de Trotsky, la figura simbólica de la revolución, se vuelve en la segunda mitad el siglo de Kissinger, el estratega de la contrarrevolución. Existe, por supuesto, una tradición de pensamiento crítico judío, en la Argentina, es una tradición que se perpetúa, a pesar de que las condiciones históricas que la generaron no existen más.
–Enzo, estamos en el Centro Cultural de la Memoria, y aquí se hacen trabajos de reflexión, de investigación, de estudio, pero también abordajes creativos, artísticos, literarios, en relación con los temas de la memoria, del horror. Y esto, necesariamente, nos ubica en un gran debate que se dio en Europa. Esta idea del Holocausto como algo inefable, de lo que no se puede o no se debe hablar, que no se puede representar, que no justifica o legitima abordajes artísticos, o literarios. Y que entonces tampoco se puede explicar. Aquí en la Argentina también hubo algunas resistencia a la idea de que se podía hacer por ejemplo ficciones sobre la dictadura y también se discutió en torno de la creación de nuestro Centro Cultural. De alguna manera, estas discusiones son tributarias de la discusión europea que llegó a afirmaciones tremendas, como aquella frase de Adorno “no se puede hacer poesía después de Auschwitz” –que él mismo relativizó después– o la de Claude Lanzmann, que hace una película monumental sobre la Shoá y después dice que no hay nada que explicar, no hay ningún para qué que tenga sentido plantearse. Esta es una discusión que no está del todo agotada en la medida en que subsiste esta idea del Holocausto como fenómeno único que no podría compararse, y si no puede comparase no se puede estudiar, no se puede pensar.
–Esos son planteamientos que yo critico porque me parece una forma de oscurantismo. Y desde un punto de vista pedagógico son aberraciones, ¿cómo explicar a los niños que hay que recordar un acontecimiento que no se puede explicar? El Holocausto como acontecimiento impensable, irrepresentable, inexplicable, normativamente incomprensible. Curiosamente, muy pocos acontecimientos han sido objeto de tantas representaciones de todo tipo, literario, fotográfico, cinematográfico, plástico. Hay también que contextualizar el aforismo de Adorno, lo que quería decir no era que no se puede escribir una poesía después de Auschwitz, sino que no se puede más escribir poemas como se hacía antes. El Holocausto marca un corte en la cultura. Y la cultura no puede seguir, no puede producir obras de arte sin expresar esa herida que el Holocausto produjo en el cuerpo, en este caso de Europa. La mirada de Adorno era más universal, el Holocausto como metáfora de las violencias del siglo en su conjunto.
–Un episodio por grave o importante que fuera y por tremenda que haya sido su influencia en la historia y la cultura universal, como es el caso del Holocausto, no puede dejar de ser comparable con otros.
–La memoria del Holocausto no puede simplemente ser el paradigma con respecto al cual las otras memorias de violencias o de traumas puedan definirse. Hay que dialogar con otras experiencias que pueden tener el mismo papel en otros contextos. Ese discurso sobre el carácter irrepresentable coexiste hoy con la apropiación del Holocausto por Hollywood, es una paradoja. Entonces hay que salir de ese discurso, que es estéril. Para comprender el Holocausto hay que compararlo y abandonar una visión teológica, religiosa, de la memoria. Por supuesto es necesario comparar las violencias del nazismo y del stalinismo. Esas violencias no se pueden explicar separadas una de otra, pero al mismo tiempo las diferencias son muy grandes, desde las ideologías que las inspiran, las víctimas y los enemigos que eligen, las estructuras, los sistemas de poder. La comparación para ser fructífera tiene que destacar las afinidades y las diferencias. Y la categoría del totalitarismo aplasta todas las diferencias. Por supuesto se puede comparar la violencia de la dictadura militar en Argentina con la violencia del nazismo, y eso explicaría también las diferencias profundas que existen entre esos dos tipo de violencias.

viernes, agosto 02, 2013

La fundamentación del "fascismo" (2) . J. Derrida: "no creo que podamos todavía pensar lo que es el nazismo" (I)


Jacques Derrida o "la cosa inmunda": intelectual francés, muy valorado en Estados Unidos, que saqueó la obra de Heidegger para ponerla al servicio del sistema oligárquico.  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 





La tarea, el deber y en verdad la única cosa nueva e interesante, no es acaso el tratar de reconocer las analogías y las posibilidades de ruptura entre lo que se llama el nazismo, ese continente enorme, plural, diferenciado, aún oscuro en sus raíces, y de otra parte un pensamiento heideggeriano también múltiple y que permanecerá por mucho tiempo provocativo, enigmático, todavía por leer. No porque posea en reserva siempre oculta, una buena y tranquilizadora política, un “heideggerianismo de izquierda”, sino porque él no opuso al nazismo de hecho, a la fracción dominante, más que un nazismo más “revolucionario” y más puro.

Non parce qu’elle tiendrait en réserve, toujours cryptée, une bonne et rassurante politique, un «heideggérianisme de gauche», mais parce qu’elle n’a opposé au nazisme de fait, à sa fraction dominante, qu’un nazisme plus «révolutionnaire» et plus pur!
 
(Jacques Derrida)
 
 
Hemos enlazado la entrevista a Jacques Derrida "Heidegger, el infierno de los filósofos", realizada por las mismas fechas en que Victor Farías publicara Heidegger y el nazismo (1987) y desatara el verdadero "escándalo" del Rectorado de 1934, consistente no tanto en el rectorado mismo, cuanto en el hecho de que la cima del pensamiento secular hubiera militado en el partido nacionalsocialista antes y después de su dimisión como rector. Heidegger era, por tanto, un nazi. Hay que comérselo con patatas, señores heideggerianos. !Basta ya de paños calientes! El rectorado no puede seguir tachándose de error ocasional: políticamente, Heidegger se identificó con el Dritte Reich. Heidegger fue, hasta el día de su muerte, un nacionalista y socialista alemán. Su "socialismo nacional" quizá no coincidía con el nacionalsocialismo en todos los aspectos, mucho menos por lo que se refiere al "programa" del partido de Hitler (antisemitismo, racismo), pero sí compartió el enfoque y ciertos conceptos fundamentales de aquello que debe ser considerado, en consecuencia y sólo por esa razón, una opción política digna de rigurosa consideración intelectual. Ya no es suficiente vociferar que los nazis eran unos simples bárbaros analfabetos, fanáticos, iletrados... !Habrá que afinar un poco más el arsenal crítico, muchachos de la cheká! Otro tanto cabe sugerirles a los trepas friedmanitas de "La Ilustración Liberal".
 
Sin embargo, la pregunta más importante, siempre soslayada por temor a las represalias, es decir, al desprestigio, a la ruina de la "carrera" profesional (!en presuntos filósofos!), etcétera, no era aquélla por el vínculo personal de Heidegger, del ciudadano Heidegger, con el "mal absoluto" (=el fascismo), sino esta otra por la existencia, o no, de filosofemas "fascistas". Fascismo y filosofía. O, para decirlo con prístina claridad: la fundamentación del fascismo. Por supuesto, dicha formulación, así, tal como la expresamos en este blog, es completamente novedosa. ¿Quién se atrevería a plantear siquiera la cuestión desde la cátedra de una universidad? Digamos que la cuestión está implícita en la entrevista enlazada. Es el interrogante (Frage) que se desprende de las asombrosas afirmaciones de Derrida. Que alguien como Jacques Derrida, renombrado "intelectual" del  establishment institucional filosionista,  haya "admitido" todo aquello que puede leerse en dicha entrevista y en algunos de sus escritos sobre el affaire Heidegger ya es mucho en los tiempos que corren, pero Derrida nunca osó llegar hasta el final porque no era un auténtico filósofo, sino, en el fondo, un propagandista, uno más, del dispositivo oligárquico de dominación planetaria.

El nivel filosófico de Derrida se encuentra muy por encima del pedestrismo periodístico de un "comisario instructor" de Sión y chequista policial caza-nazis de la "cultura" como Victor Farías, pero la preocupación, el eje central del "pensamiento" derridiano es también, como el de Farías, político y antifascista. Estamos ante un saqueo de la obra de Heidegger con vistas a depurarla y ponerla al servicio de la oligarquía. No obstante, en esta "tarea", que Derrida denomina déconstruction ("deconstrucción") y poco tiene que ver con la heideggeriana Destruktion de la metafísica, han de insinuarse inevitablemente ciertas temáticas impensadas que, por sí solas, abren un agujero negro intelectual, político y moral todavía más inmenso y profundo que el provocado por la simple militancia o el ideario político privado, claramente nazi, del profesor Martin Heidegger.
 
Les rogamos que antes de proseguir le echen, pues, una ojeada a la entrevista. En la siguiente entrada comentaremos las afirmaciones derridianas y algunos de sus textos citados ya aquí.

Jaume Farrerons
La Marca Hispànica
2 de agosto de 2013
 
 
DOCUMENTACIÓN ANEXA

El siguiente texto procede de la página de Horacio Potel DERRIDA EN CASTELLANO.
 
HEIDEGGER, EL INFIERNO DE LOS FILÓSOFOS
Jacques Derrida

Entrevista con Didier Éribon aparecida en Le Nouvel Observateur, Paris, 6-12 noviembre 1987. Recogida en Points de Suspension, Galilée, 1992. Traducción parcial de Carlos Torres en Caronte Filosofía, Año 2, N.º 3, Buenos Aires, Septiembre de 1993.
 
- Sus dos libros aparecieron algunos días después del de Víctor Farías que recuerda con vigor cuáles han sido las posiciones y las actividades políticas de Heidegger. ¿Qué piensa de sus conclusiones?
- Con respecto a lo esencial de los “hechos”, no encontré en esa investigación nada que no fuera conocido desde hace tiempo por aquellos que se interesan seriamente en Heidegger. En cuanto al examen de un cierto archivo, es bueno que los resultados estén disponibles en Francia. Los más sólidos de ellos ya eran accesibles en Alemania, luego del trabajo de Bernd Martin y de Hugo Ott, y que el autor pone ahora ampliamente a disposición. Más allá de ciertos aspectos documentales y de cuestiones factuales, que llaman a la prudencia, discutiría sobre todo -importa que la cuestión quede abierta- la interpretación que relaciona esos “hechos” al “texto”, al “pensamiento” de Heidegger. La lectura propuesta, si es que hay una, es insuficiente o contestable, a veces tan grosera que uno se pregunta si el investigador leyó a Heidegger más de una hora. Se dice que fue su alumno. Son cosas que pasan. Cuando él declara tranquilamente que Heidegger, cito: “traduce un cierto fondo propiamente nacional-socialista” en “formas y en un estilo que ciertamente le pertenecen” señala con el dedo un abismo, más que un abismo, un “debajo” de cada palabra. Pero él no se acerca ni por un momento a lo que deja entrever y no parece incluso sospechar su alcance.
¿Tiene, ese libro, material para causar tal revuelo? No, salvo en los lugares donde se interesan muy poco en trabajos más rigurosos y más difíciles. Pienso en aquellos que, sobre todo en Francia, conocen lo esencial de estos “hechos” y “textos” y condenan sin equívocos el nazismo y el silencio de Heidegger después de la guerra, pero también tratan de pensar más allá de los esquemas confortables o convenientes, y justamente en comprender. ¿Qué? Y bien, lo que sujeta o no un pasaje inmediato según tal o cual modo de la susodicha “traducción” entre el compromiso nazi, bajo tal o cual forma, y lo más esencial y agudo, a veces lo más difícil de una obra que continua y continuará dando que pensar. Pensar inclusive en la política. Recuerdo en primer lugar los trabajos de Lacoue-Labarthe, pero también en ciertos textos, muy diferentes entre sí, de Lévinas, Blanchot, Nancy.
¿Por qué el archivo parece insoportable y fascinante? Precisamente porque nadie ha podido reducir toda la obra pensada de Heidegger a la de una determinada ideología nazi. Ese “dossier” no habría despertado semejante interés de otra manera. Luego de más de medio siglo, ningún filósofo riguroso ha podido hacer la economía de una “explicación” con Heidegger. ¿Cómo negarlo? ¿Por qué negar que tantas obras “revolucionarías”, audaces e inquietantes del siglo XX, en la filosofía y en la literatura, se han arriesgado, incluso comprometido con regiones encantadas que se manifestaban como lo diabólico para una filosofía parapetada en su humanismo liberal, y de izquierda? En lugar de barrer o tratar de olvidar dichas regiones, ¿no sería preciso tratar de dar cuenta de estas experiencias, es decir de nuestro tiempo, sin creer que esto es claro de suyo para nosotros? La tarea, el deber y en verdad la única cosa nueva e interesante, no es acaso el tratar de reconocer las analogías y las posibilidades de ruptura entre lo que se llama el nazismo, ese continente enorme, plural, diferenciado, aún oscuro en sus raíces, y de otra parte un pensamiento heideggeriano también múltiple y que permanecerá por mucho tiempo provocativo, enigmático, todavía por leer. No porque posea en reserva siempre oculto, una buena y tranquilizadora política, un “heideggerianismo de izquierda”, sino porque él no opuso al nazismo de hecho, a la fracción dominante, más que un nazismo más “revolucionario” y más puro.
-Su último libro Del Espíritu habla también del nazismo de Heidegger. Inscribe la problemática política en el corazón mismo del pensamiento.
-Del Espíritu, fue en primer lugar una conferencia pronunciada en la clausura de un coloquio organizado por el Colegio internacional de Filosofía bajo el título “Heidegger, preguntas abiertas”. Las actas aparecerán pronto. La cuestión “política” fue abordada de modo analítico a lo largo de numerosas exposiciones, sin complacencia: ni para Heidegger ni para los arrebatos sentenciosos que, del lado de la “defensa” como de la “acusación”, han logrado tan frecuentemente prohibir leer o pensar que se trata de Heidegger, de su nazismo, o del nazismo en general. Al comienzo del libro y en ciertos textos de Psyché, me expliqué sobre la trayectoria que me condujo a intentar esa lectura después de tantos años. Aunque de un modo primario, busca anudar en torno al nazismo una multiplicidad de motivos en relación a los cuales siempre disentí con Heidegger: las preguntas por lo propio, lo próximo y la patria (Heimat), del punto de partida de Ser y Tiempo, de la técnica y de la ciencia, de la animalidad y de la diferencia sexual, de la voz, de la mano, de la lengua, de la “época” y sobre todo, es el subtítulo de mi libro, la pregunta por la pregunta, casi constantemente privilegiada por Heidegger como la “piedad del pensamiento”. Sobre estos temas mi lectura ha sido siempre, digamos, activamente perpleja. En todas mis referencias a Heidegger, por más lejos que se remonten en el tiempo, señalé mis reservas. Cada uno de los motivos de inquietud, es evidente tienen un rasgo que se puede llamar rápidamente “político”. Pero desde el momento en que uno se explica con Heidegger de modo crítico o deconstructivo, ¿no se debe también reconocer una cierta necesidad de su pensamiento, su carácter inaugural en tantos aspectos y sobre todo lo que tiene de porvenir para nosotros en su desciframiento? Esto es una tarea para el pensamiento, una tarea histórica y una tarea política. Un discurso del nazismo que se exime a sí mismo de pensar permanece dentro de la opinión conformista de una “buena conciencia”.
Desde hace tiempo trato de desarmar la vieja alternativa entre una historia o una sociología “externa”, en general impotente para evaluar los filosofemas que pretende explicar, y, de otra parte, la “competencia” de una lectura “interna” ciega esta vez a la inscripción histórico-política y principalmente a la pragmática del discurso. En el caso de Heidegger la dificultad de articular las dos “perspectivas” es particularmente grave. El problema se presenta en su misma articulación: el nazismo, de anteayer a mañana. Pero también en la medida que el “pensamiento” de Heidegger desestabiliza los fundamentos de la filosofía y de las ciencias del hombre. Busco esclarecer alguna de estas articulaciones faltantes entre una aproximación externa y una interna. Pero esto sólo es pertinente, eficaz, si se tiene en cuenta la desestabilización de la que hablaba recién. Seguí de este modo el tratamiento práctico, “pragmático” del concepto y del léxico del espíritu, tanto en los textos “mayores” como, por ejemplo, en el Discurso del rectorado. Estudié con el mismo detenimiento otros motivos conexos en “La mano de Heidegger” y en otros ensayos agrupados en Psyché.
-Seguramente no dejarán de hacerle la siguiente pregunta: ¿a partir del momento en que se sitúa el nazismo en el corazón mismo del pensamiento de Heidegger, cómo es posible continuar leyendo esta obra?
-La condenación del nazismo, cualquiera fuese el consenso sobre este tema, no es aún un pensamiento del nazismo. No sabemos aún lo que es o lo que ha hecho posible esta cosa inmunda pero sobredeterminada, trabajada por conflictos internos (de ahí las fracciones y las facciones entre las cuales Heidegger se sitúa - y su estrategia retorcida en el uso de la palabra “espíritu” toma un cierto sentido cuando se piensa en la estrategia general del. idioma nazi y en las tendencias biologizantes, estilo Rosenberg, que terminaron por triunfar). En fin el nazismo no ha crecido en Alemania o en Europa como un champiñón...
-¿Del Espíritu es entonces tanto un libro sobre el nazismo como sobre Heidegger?
- Para pensar el nazismo no es necesario solamente interesarse en Heidegger, pero es preciso interesarse también en él. Creer que el discurso europeo puede tener a distancia al nazismo como a un objeto es, en el mejor de los casos, una ingenuidad, en el peor, un oscurantismo y un error político. Es hacer como si el nazismo no hubiera tenido ningún contacto con el resto de Europa, con los otros filósofos, con otros lenguajes políticos o religiosos...
-Lo que sorprende en su libro es la relación que establece entre los textos de Heidegger y los de otros pensadores, como Husserl, Valéry...
-En el momento en que su discurso se pasa de un modo espectacular del lado del nazismo (¿y qué lector exigente creyó que el episodio del rectorado era un hecho aislado y fácilmente delimitable?), Heidegger retorna la palabra “espíritu” que él mismo había recomendado evitar, saca las comillas de donde las había colocado. Limita el movimiento deconstructivo que había comenzado anteriormente. Sostiene un discurso voluntarista y metafísico de los cuales sospechaba. Desde este punto al menos, al celebrar la libertad del espíritu, su elevación se asemeja a los otros discursos europeos (espiritualistas, religiosos, humanistas) que en general se oponen al. nazismo. Madeja compleja e inestable que intente desenredar reconociendo los hilos comunes al nazismo y al antinazismo, la ley de la semejanza, la fatalidad de la perversión. Los efectos de espejo son a veces vertiginosos. Esta especulación la trato al final del libro...
No se trata de mezclarlo todo. Sí de analizar los trazos que prohíben el corte simple entre el discurso heideggeriano y otros discursos europeos, ya sean antiguos o contemporáneos. Entre 1919 y 1940 (¿pero no sucede también hoy?) todo el mundo se preguntaba: “¿en qué se va transformar Europa?” y esto se tradujo siempre del siguiente modo: “¿cómo salvar al espíritu?”. Se proponen frecuentemente diagnósticos análogos sobre la crisis, sobre la decadencia o la “destitución” del espíritu. No nos limitemos a esos discursos y a su horizonte común. El nazismo sólo se ha podido desarrollar con la complicidad diferenciada pero decisiva de otros países, de Estados “democráticos”, instituciones universitarias y religiosas. A través de esa red europea creció y se elevó siempre este himno a la libertad del espíritu que concuerda al menos con el de Heidegger, precisamente en el momento del Discurso del rectorado y en otros textos similares. Intenté recobrar la ley común, terriblemente contaminada, de estos cambios, divisiones, traducciones recíprocas.
 
- Decir que Heidegger lanza su profesión de fe nazi en nombre de la “libertad del espíritu” es una manera bastante mordaz de responder a todos aquellos que recientemente le han atacado en nombre de la “conciencia”, de los “derechos humanos” y que le reprochan su trabajo de deconstrucción del “humanismo” y lo clasifican como...
- Nihilista, anti-humanista... Conozco todos los slogans. Intento, al contrario, definir la deconstrucción como un pensamiento de la afirmación. Porque creo en la necesidad de mostrar, en lo posible sin limitaciones, las adherencias del texto heideggeriano (escritos y actos) a la posibilidad y a la realidad de todos los nazismos, porque creo que no es preciso encasillar la monstruosidad abisal en esquemas pobres y repetidos, encuentro algunas de estas maniobras ridículas y alarmantes a la vez. Son antiguas, pero se las ve reaparecer. Alguna de ellas toman como pretexto el “reciente descubrimiento” para exclamar: 1) “Leer a Heidegger es una vergüenza” 2) “Saquemos la siguiente conclusión - y la escala: todo lo que, especialmente en Francia, se refiere a Heidegger de una manera o de otra, véase la denominada “deconstrucción” es heideggeriano”. La segunda conclusión es estúpida y deshonesta. En la primera se lee la renuncia al pensamiento y la irresponsabilidad política. Por el contrario, es después de una cierta deconstrucción, en todo caso la que a mí me interesa, que podemos hacerle, creo, nuevas preguntas a Heidegger, descifrar su discurso y situar los riesgos políticos, y reconocer en algunas ocasiones los límites de su propia deconstrucción. Un ejemplo, si le parece, de la confusión reinante en este asunto y contra la cual quiero poner en guardia. Se trata del prefacio a la investigación de Farías. Al final de una arenga para uso doméstico (¡es todavía Francia quien habla!) se lee esto: “su pensamiento [el de Heidegger] tiene para numerosos investigadores un efecto de evidencia que ningún filósofo ha podido jamás igualar en Francia, exceptuando al marxismo. La ontología finaliza en una deconstrucción metódica de la metafísica como tal”. ¡Diablos! Si existe un efecto de evidencia sólo se presenta al autor de estos revoltijos. No hay un efecto de evidencia en el texto Heidegger, ni para mí ni para aquellos que he citado continuamente. Y la deconstrucción que intento llevar a cabo no es, si se ha leído un poco al respecto, una “ontología heideggeriana”, ni tampoco una “filosofía de Heidegger”. Y la “deconstrucción” - que no es un “final”- no es de ningún modo un “método”. Ella desarrolla inclusive un discurso bastante complicado sobre el concepto de método. Estando presente la gravedad trágica de estos problemas, ¿esta explotación franco-francesa para no llamarla provincial no parece cómica y siniestra al mismo tiempo?
-Esta confusión se basa posiblemente en la dificultad de la lectura de sus libros. Se dice frecuentemente que para leer a Derrida es necesario haber leído a todo Derrida. Lo que significaría haber tenido que leer a Heidegger, Husserl, Nietzsche...
- ¡Pero esto es cierto también para muchos otros! Es una cuestión de economía. Esto sería pertinente para todos los investigadores científicos. ¿Por qué reprochárselo sólo a los filósofos?
- Esto es particularmente cierto para su obra.
- Para desarrollar lo implícito de tantos discursos sería preciso cada vez, una introducción pedagógica que no es razonable pedir a cada libro. La responsabilidad debe aquí desmultiplicarse, mediatizarse, la lectura hacer su propia obra y la obra su lector.
- Del Espiritu está tomado de una conferencia y su estilo es demostrativo. Pero sus obras precedentes como Parages o Ulysse gramophone se acercan quizás a tentativas literarias sobre textos literarios.
- Me esfuerzo siempre por ser lo más demostrativo posible. Pero es verdad que las demostraciones están prisioneras de formas de escritura que tienen sus propias reglas, a veces nuevas, otras producidas y deducidas. No pueden responder por las normas tradicionales que justamente esos textos interrogan o desplazan.
- Su libro sobre Joyce es incluso un poco desconcertante.
- Se trataba de Joyce. Sería triste en consecuencia escribir en formas que no se dejen afectar por las lenguas de Joyce, por sus invenciones, su ironía, la turbulencia que introduce en el espacio del pensamiento o de la literatura. Si se quiere tener en cuenta el acontecimiento llamado “Joyce” es preciso escribir, contar, demostrar de otro modo, arriesgarse a una aventura formal.
- ¿Adapta su estilo al objeto que analiza?
-Sin mimetismo, pero incorporando en alguna medida la firma del otro. Si hay suerte, un texto diferente hace su aparición, un acontecimiento diferente, irreductible al autor o a la obra, de la cual sin embargo es preciso hablar lo más fielmente posible.
- Entonces sería preciso inventar con cada libro un “tono” nuevo, como diría Robert Pinget?
Sí, lo más difícil es la invención del tono y con el tono que uno puede hacer, que se deja hacer, la pose que uno toma y la que nos toma.
- ¿Se considera un escritor?
- La atención sobre la lengua o sobre la escritura no implica necesariamente “literatura”. Al interrogar sobre los limites de estos espacios, la “literatura” o la-”filosofía”, pregunto si aún es posible ser simplemente un “escritor” o un “filósofo”. Sin duda no soy ni lo uno ni lo otro...
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- En Psyché se encuentra un texto sobre Mandela y el apartheid. Es uno de sus raros textos políticos...
- ¿Y si alguien sostuviera que esos dos libros sobre el alma y el espíritu son también los libros de un militante? ¿Que los ensayos sobre Heidegger y el nazismo, sobre Mandela y el apartheid, sobre el problema nuclear, la institución psicoanalítica y la tortura, la arquitectura y el urbanismo, etc., son “escritos políticos”? Pero tiene razón, no he sido nunca un “militante o un filósofo comprometido en el sentido de la figura sartriana o incluso foucaultiana del intelectual”. ¿Por qué? Pero ya es demasiado tarde, ¿no?
Texto original en francés.