sábado, agosto 17, 2013

El gobierno golpìsta egipcio justifica las masacres de fascistas

Nueva masacre de "fascistas". No es la primera ni será la última.
















La máquina de matar denominada antifascismo funciona, como sabemos, a pleno rendimiento. En cualquier lugar del "feliz" mundo moderno, ese siempre inminente paraíso (actualmente neoliberal y de mercado planetario), la fórmula para justificar el exterminio de quienquiera que ose "existir distinto" sigue siendo la obscena "jerigonza de Stalin". La narración de "el Holocausto" resulta así muy útil: sirve para exterminar razonablemente, bondadosamente, tiernamente, humanamente, democráticamente...

La liquidación de masas como praxis de los "derechos humanos". Es menester evitar "que la Shoah vuelva a repetirse", aunque sea a costa de convertir Jericó -o Gaza- en un deporte cotidiano. Venezuela es fascista para los neoliberales, Capriles es fascista para Maduro...

Cada vez que asesinan, estos hombres decentes tipo "soldado Ryan" sueltan una lagrimita, porque matan "con buena intención", en el fondo para hacernos felices a todos en un futuro reino de Jerusalén. Y vaya, sostienen incluso que van a "vencer a la muerte" (Marcuse); y van a crear un universo sin tristeza, sin dolor... Las casitas seguramente serán de chocolate y los leones no morderán. Se rumorea que hasta la mierda olerá a gloria. Pero para eso tienen que matar a mucha gente odiosa, !hay que entenderlo!

!Cuidado! Entiéndalo usted rápido, querido lector, pues en caso contrario vendrán los drones de Obama, alias "el Premio Nobel de la Paz", alguien que ya dispone de toda la información necesaria sobre su vida privada gracias a la intervención masiva e ilegal de las comunicaciones, y le hará entrar en razón convirtiéndole ipso facto en un cadáver de islamofascista, nazi o del "equivalente funcional" oportuno fabricado ad hoc para la ocasión.

En este caso, un gobierno golpista que está cometiendo auténticas masacres contra un sector de la población, contra unas ideas que cuentan con un innegable soporte democrático en Egipto (más o menos la mayoría de los ciudadanos egipcios), pretende que sus criminales actuaciones son válidas porque con ello evita la constitución de un "fascismo teológico y religioso".

Si al inepto verdugo de turno se le preguntara qué significa eso de fascismo teológico y religioso, lo único que sabría decir es que fascismo equivale a matar gente, ser autoritario, etc...
!Exactamente su propio autorretrato!

Con la diferencia de que el antifascista puede actuar así porque obedece a unos ideales superiores. ¿En qué son superiores esos ideales? No se sabe: los antifascistas se niegan a debatir con los fascistas (nosotros los "fascistas" somos animales, por eso "está permitido" ejecutarnos gratis) y desde luego tampoco aceptarán nunca que la verdad pueda erigirse en valor supremo y criterio último de legitimidad política. Las razones por las cuales los ideales modernos tendrían que considerarse superiores a "la barbarie nazi" habrían de ser, ex hipothesi, válidas y verdaderas, pero los antifascistas no se molestan en demostrarlo y tampoco les inquieta la contradicción. Los antifascistas ostentan una "obvia" elevación de rango humano ayuna, qué digo, exenta de la necesidad de acreditar "argumentos"; patente de corso moral sospechosamente parecida a un gruñido, el caso es que la cosa funciona. En efecto, ¿podría haber un valor más importante que la "felicidad humana"? Objetar algo aquí, colocar un "pero" justamente aquí, ¿no equivale ya a declararse "fascista"?

Sí. 

Sin embargo, un virus tal vez sugeriría que a él le parece más importante la felicidad del virus y en concreto la suya particular, no obstante este tipo de objeciones poco parecen impresionar al animale rationale.

El antifascismo sigue engrandeciendo su cósmica montaña de cadáveres; la "felicidad", empero, no aparece jamás por ninguna parte.

La Marca Hispànica
17 de agosto de 2013

Nota: Las víctimas "fascistas" de Egipto parece que se convierten en "víctimas del fascismo" en Venezuela. Nada más rentable que el antifascismo. Sus víctimas se "usan" para un barrido y para un fregado, como aquéllas del bombardeo de Dresde que ilustraban y "demostraban" el Holocausto. Nosotros mismos hemos picado el anzuelo. 

DOCUMENTOS ANEXOS

EL "FASCISTA" MORSI TRABAJABA EN REALIDAD PARA EEUU

Powered by posizionamento siti Morsi fue derrocado para detener el plan de envío de fuerzas militares para atacar a Siria y Etiopía

Domingo 25 de Agosto de 2013 13:43
La combinación de los planes agresivos de Morsi contra Siria, junto con algunos planes de los círculos presidenciales sobre un posible conflicto con Etiopía, además de las masivas manifestaciones anti-Morsi organizadas por el Frente de Salvación Nacional y el movimiento Tamarod,  convenció a los líderes militares de que había que derrocar al incompetente y errático Morsi que ya había destruido su propia popularidad tras someterse a las exigencias del Fondo Monetario Internacional en noviembre pasado, ya que todo ello representaba un riesgo intolerable para Egipto.

Según el Washington Post, el descontento de los militares egipcios con Morsi "alcanzó su punto máximo en junio, cuando Morsi estaba junto a sus más cercanos colaboradores preparando una agresión egipcia contra Etiopía y Siria, amenazando implicar a Egipto en conflictos que no podía permitirse", tal como explicaron las autoridades militares.

La llamada de Morsi para la Guerra Santa contra Assad llegó sólo tres días después que el secretario de Estado John Kerry EE.UU., en una reunión del Comité del Gobierno de EE.UU., pedía una campaña de bombardeos inmediata contra Damasco, pero tuvo que conformarse con la opción de armar a la oposición terrorista siria, lo que lleva a muchos observadores a concluir que el presidente egipcio estaba actuando como parte de la estrategia anti-siria de los EE.UU.

15 junio: Morsi rompe relaciones diplomáticas con Damasco

El principio del fin para el primer presidente electo de Egipto llegó a mediados de junio, cuando asistió en El Cairo a una conferencia islamista "en apoyo de la revuelta siria" en un estadio cubierto con 20.000 asientos. A medida que la sala repleta cantó y aplaudió delirantemente, Morsi anunció: "Hemos decidido cerrar la embajada siria en El Cairo. El enviado egipcio en Damasco también se retiró. El pueblo de Egipto y su ejército no se irán hasta que a los sirios se concedan sus derechos y elija a unos nuevos dirigentes".

Rompiendo las relaciones diplomáticas con otro Estado árabe, Morsi se unía a la dudosa empresa de los regímenes títeres de la OTAN implantados en Libia y Túnez, los únicos países árabes que hasta ahora han llamado a sus embajadores de Damasco. Y para El Cairo, esta medida tenía una importancia mucho mayor, dado que Egipto y Siria estuvieron políticamente unidos entre 1958 y 1961 en una sola nación, la República Árabe Unida, uno de los frutos del socialismo panárabe del presidente Nasser.

Utilizando el ya familiar doble discurso de la Hermandad Musulmana, Morsi instó a la OTAN a que impusiera una zona de exclusión aérea sobre Siria, una medida que supondría una campaña de bombardeos de muchas semanas, con inevitables pérdidas para la población siria. Morsi tuvo la desfachatez de condenar la injerencia extranjera en el conflicto sirio, asegurando  que "Hezbollah tiene que salir de Siria, no hay lugar para Hezbollah en Siria." Morsi estuvo acompañado en la manifestación anti-Siria por sus principales asesores políticos y de política exterior, uno de ellos un conocido líder salafista.

Siguiendo con ese doble discurso, Morsi declaró: "El pueblo egipcio se han destacado por la ayuda al pueblo libanés y Hezbolá contra el ataque [israelí] en 2006, y hoy en día estamos en contra de la presencia de Hezbollah en Siria".

En respuesta a la manifestación contra Siria en El Cairo, un funcionario del gobierno sirio dijo a la agencia de noticias SANA que Morsi se había unido a la "conspiración dirigida por Estados Unidos e Israel contra Siria con el anuncio de ruptura de los lazos de ayer... Siria confía en que esta decisión no representa la voluntad del pueblo egipcio". Este funcionario calificó la ruptura de relaciones diplomáticas de Morsi como" irresponsable ... la República Árabe Siria condena esta posición irresponsable ".

Los extremistas sunitas declaran la Jihad en contra de Siria, Morsi calla

La multitud de El Cairo había sido calentada por Morsi y por los predicadores extremistas sunitas como Mohammed Hassan y Mohamed Abdel-Maqsud (líder de la Organización Islámica de Derechos y Reforma), que despotricaron por la "necesidad de declarar la Jihad en Siria, en el que los sirios y cualquier musulmanes capaces tomarán parte”. También hubo llamadas a Morsi para mantener a raya a los chiítas de Egipto, sobre la base de que son" impuros". Aproximadamente el 1% de la población de Egipto son chiíes, y cerca del 10% son cristianos coptos.

Según el Irish Times, "en la 15 ª reunión de junio de clérigos musulmanes sunníes usaron la palabra 'infieles' para denunciar tanto a los chiítas que luchan para proteger el presidente sirio Bashar al-Assad y los no islamistas que se oponen a Morsi en casa. El propio Morsi pidió la intervención extranjera en Siria contra Assad..."

El 13 de junio, Morsi había asistido a una reunión de los fanáticos islamistas de todo el Oriente Medio, denominada a sí misma como "El Grupo de Académicos de la Nación sobre los acontecimientos en Siria." En dicha reunión se codeó con el ardiente predicador Qaradawi, que incitó a ejercer la violencia contra Siria ante un público de unos 60 millones de espectadores en todo el mundo en su programa titulado "Sharia y Vida", transmitido por la agencia Al Jazeera de Qatar. Ese 13 de junio se dio vía libre para una yihad contra Siria, que fue indirectamente aprobada por el Coordinador Presidencial de Morsi de Relaciones Exteriores Khaled al-Qazzaz, quien señaló que el gobierno egipcio no emprendería ninguna medida en contra de los ciudadanos egipcios que vayan a luchar a Siria, ya que el derecho a viajar está siempre abierto. Era prácticamente una convocatoria de voluntarios.

Los generales egipcios advierten a Morsi: la tarea del Ejército es defender las fronteras

Los líderes militares egipcios estaban profundamente preocupados por la radicalización inevitable de los militantes islamistas que querían hacer la guerra contra el gobierno de Assad en Siria. Pero ellos se alarmaron más por la idea de que Morsi podría tratar de desplegar importantes fuerzas del ejército egipcio contra Siria. Rápidamente se distanciaron de ese plan temerario de agresión que el presidente había estado planteando en la concentración masiva de junio. La bravuconería bélica de Morsi provocó "un reproche velado del ejército, que emitió una declaración moderada, pero afilada al día siguiente, haciendo hincapié en que su único papel era custodiar las fronteras de Egipto."

Según una fuente militar que refleja los puntos de vista del personal del Ejército, "las fuerzas armadas estaban muy alarmados por las declaraciones sobre Siria a la vez que el Estado estaba pasando por una grave crisis política." Yasser El-Shimy, un analista del International Crisis Group, ha destacado que desde el punto de vista del Ejército, el papel de Morsi contra Siria había cruzado "una línea nacional de seguridad", instando a los egipcios a luchar en el extranjero, lo que amenazaba con crear una nueva generación de yihadistas violentos.

Por otro lado, el discurso antisirio de Morsi también fue muy impopular entre los altos funcionarios del gobierno egipcio, muchos de los cuales le había aconsejado no ir por este camino, según informó Al Ahram Online, el 16 de junio. De acuerdo con esta publicación, algunos altos funcionarios vieron que el daño potencial podría ser "irreversible", y consideraban la ruptura de relaciones diplomáticas como "una decisión tomada por el Presidente contra la opinión de los principales asesores...". Esta fuente también hizo hincapié en que, al elogiar los esfuerzos de mediación de Arabia Saudita y Turquía, pero excluyendo deliberadamente Irán, Morsi inutilizó el grupo de contacto de cuatro países que él mismo había propuesto de acuerdo con Siria en la conferencia de países no alineados en Teherán en agosto pasado. "Esto simplemente significaba que Egipto había decidido que sus relaciones con Teherán tendrían que ser sacrificadas en favor de ganar el apoyo de Washington, y tal vez incluso Riyadh", dijo la fuente citada por Al Ahram.

Los generales egipcios temían una guerra devastadora entre sunitas y chiítas

Estos hechos fueron considerados extremadamente inquietante por altos funcionarios civiles egipcios. Como escribió Al Ahram, "Egipto está siendo impulsado a tomar parte en una devastadora guerra entre sunitas y chiítas "que podría destruir toda la región. La preocupación no es sólo acerca de Siria, sino sobre todo el Magreb árabe, incluyendo el Líbano e Irak en particular. Al Ahram señaló un posible motivo venal adicional para Morsi y sus Hermanos Musulmanes: "Egipto ha estado tratando de romper el hielo con Arabia Saudita con la esperanza de solicitar la ayuda financiera que se necesita desesperadamente. Arabia Saudita ha venido adoptando un enfoque sectario hacia los acontecimientos en Siria desde el comienzo de la sublevación allí, y más a partir de la entrada de Hezbollah en la guerra en Siria al  lado del régimen de Assad. "

En un país como el actual Egipto, un golpe de Estado no debe tomarse a la ligera. Sin embargo, una consideración que podría justificar tal golpe es la urgente necesidad de prevenir un gobernante errático e incompetente como Morsi de meter al país en una guerra extranjera ruinosa. Para poder responder al belicismo de Morsi de manera oportuna y decisiva, el ejército egipcio tuvo que desplegar agentes de inteligencia y una determinación excepcionales, dotados de la cualidad que Maquiavelo llama virtu y von Clausewitz llamó Entschlossenheit. Eran la esperanza de que la gran tradición del presidente Nasser está viva entre los militares egipcios y los líderes del gobierno.

La izquierda ve a Morsi como la garra de EE.UU. contra Siria

El izquierdista Movimiento 06 de abril (Frente Democrático aka) sugirió que Morsi estaba actuando como un instrumento de la campaña de EE.UU. contra Siria, diciendo en un comunicado que "la decisión de abrir las puertas de la yihad proviene de Washington y patrocinado por los jeques salafistas." La organización anti-Morsi Tamarod agregó que "el discurso de Morsi revela que el asunto de Siria ha sido manejado desde Qatar y Arabia Saudita, y que Morsi está respondiendo a las instrucciones de los Estados Unidos."

El contubernio al que asistió Morsi fue respaldado por el Partido Asala, un grupo salafista, por un número de prominentes predicadores salafistas, por la Organización Legítima Islámica de Derecho y Reforma, y ​​por la Oficina de Orientación de la Hermandad Musulmana, controlada por Morsi. Otro patrocinador fue el movimiento Gama Islamiya.

Como Morsi encontró cada vez más hostilidad por parte de centristas e izquierdistas, intentó durante la última fase obtener apoyo de salafistas y otros fanáticos, y las fuerzas más a su derecha. Esto incluye la designación del "retirado terrorista" al Khayat de Gama Islamiya como gobernador de la provincia de Luxor, el sitio del Valle de los Reyes, el templo de Karnak y uno de los mayores destinos turísticos internacionales. En 1997, una acción terrorista había causado la muerte de casi setenta turistas extranjeros, que fueron asesinados deliberadamente como parte de una campaña diseñada para desalentar a los infieles extranjeros entren en Egipto. Khayat fue miembro del brazo político de Gama Islamiya.

La caída de Qusayr y el clima de desesperación imperialista

Desde la caída del bastión rebelde sirio de Qusayr el 5 de junio, los poderes imperialistas agresivos, incluyendo a Cameron, Primer Ministro del régimen conservador británico, el Vichy socialista Hollande y Fabius, los israelíes, la facción neoconservadora de EE.UU., y el secretario de Estado Kerry, han estado presionando para una acción militar inmediata contra Siria para salvar a las fuerzas terroristas internacionales traídas desde lugares tan lejanos como Chechenia y Afganistán, que ahora se enfrentan a una inminente derrota.

Estos esfuerzos han incluido un intento de golpe de estado de Kerry en la reunión del Comité de Directores de la Casa Blanca del 12 de junio, cuando su demanda para iniciar los bombardeos Siria fue bloqueada por una combinación de figuras militares y partidarios de Obama, incluyendo al Jefe de Estado Mayor general Martin Dempsey. Para los belicistas, el problema fundamental es el rechazo hasta ahora de Obama para poner en marcha una campaña de bombardeos a gran escala con varios cientos de aviones, seguido con toda probabilidad, de una invasión que requiere varias divisiones acorazadas y de infantería, recursos que los Estados Unidos simplemente no puede permitirse .

Los belicistas han intentado acusar al gobierno sirio de utilizar armas químicas. También han apoyado una actuación limitada contra la NSA tras las filtraciones de Edward Snowden, cuyo efecto a corto plazo ha sido debilitar el apoyo de Obama desde su propia base liberal, así como debilitar sus lazos con la OTAN en Europa. Se han hecho intentos de incitar a Turquía en un ataque contra Siria, pero el régimen de Erdogan, asediado ahora, está decidido a no encabezar este proyecto.

Con el fracaso de jugada anti-siria egipcia, Londres, París, Tel Aviv, los neoconservadores y otros títeres atlantistas deben estar al borde de la histeria total. Estas son las circunstancias en las que se impone el recurso a un nuevo incidente del Golfo de Tonkin o un nuevo ataque terrorista de falsa bandera para condenar a Siria, Hezbolá y sus aliados. Y es a esto a lo que hemos asistido los últimos días con el oscuro “ataque con armas químicas” en suburbios cercanos a Damasco.

Los amigos de Morsi discuten una agresión a Etiopía

Los militares egipcios no están por realizar intervenciones armadas en el extranjero. Una excepción fue la participación de Egipto en la Operación Escudo del Desierto y Tormenta del Desierto. Pero desde entonces, Egipto ha hecho oídos sordos a las solicitudes de Estados Unidos de enviar tropas a combatir en Afganistán en 2001 y en 2003 no envió ningún soldado a Irak.

En la primavera de este año, aumentaron las tensiones entre Egipto y Etiopía, cuando el gobierno de Addis Abeba anunció su intención de construir una presa en el Nilo Azul, lo que provocó la preocupación de algunos en Egipto sobre los futuros suministros de agua río abajo. El 2 de junio, con la asistencia de Morsi, los políticos islamistas imprudentemente examinaron la forma de sabotear la presa mediante la financiación de grupos rebeldes etíopes, seguido por un ataque de la fuerza aérea egipcia. Sin que lo supieran los participantes, esta discusión incendiaria se transmitió en vivo por televisión. Millones de egipcios pudieron ver que Morsi no repudió estas propuestas de agresión a Etiopía, al contrario, el presidente depuesto declaró que "todas las opciones están abiertas".

El resto de la historia ya es conocida. El pasado 3 de julio, el Ejército y el pueblo egipcio se sublevaron contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes y derrocaron a Morsi.

http://85.214.222.163/index.php?option=com_content&view=article&id=2780&Itemid=62

El Gobierno interino defiende su intervención contra el "fascismo teológico y religioso" de los manifestantes
MADRID, 17 Ago. (EUROPA PRESS) - El Gobierno egipcio en funciones ha acusado a los defensores del depuesto presidente Mohamed Mursi de practicar un "fascismo teológico y religioso" y ha reiterado la voluntad del Ejecutivo de transición de luchar contra el "terrorismo y el radicalismo" que representan los integrantes de los Hermanos Musulmanes, cuyo objetivo, ha indicado, es la violencia y no la protesta pacífica.

   "La quema de iglesias, escuelas, museos, los disparos indiscriminados contra los civiles que se encuentran en sus casas, los asesinatos aleatorios y la quema de propiedades públicas y privadas son todas ellas formas de terrorismo", indicó el representante de la Presidencia Mustafá Hijazi.
   El portavoz exigió a los manifestantes que "recuperen la razón" y cesen en sus propósitos violentos.
   Tal y como lo ve el Gobierno egipcio, el país ahora vive en un estado de "guerra" declarada por "fuerzas extremistas" que intentan "desbaratar la formación de un estado civil".
   Ante esta situación, "los egipcios, que ahora están más unidos que nunca, serán protegidos del fascismo religioso", según Hijazi, que prometió que la nueva Constitución del país "será de todos los egipcios y para todos los egipcios", en declaraciones recogidas por la cadena árabe Al Arabiya.

 
 

domingo, agosto 11, 2013

Llamamiento fascista para el inmediato abandono de la violencia racial











Nos dirigimos a todos aquéllos que se tengan a sí mismos por "fascistas", especialmente los denominados skin-heads y sus correspondientes sitios de internet, a fin de transmitirles el siguiente

LLAMAMIENTO FASCISTA PARA EL INMEDIATO ABANDONO DE LA VIOLENCIA RACIAL.

Este es un llamamiento fascista a abandonar la violencia y toda variante de ideología racista entendida como superioridad de una raza o nación sobre otra o como derecho al exterminio físico u ofensa individual y colectiva del signo que fuere a cualesquiera personas, grupos, minorías, etnias o naciones supuestamente inferiores.

La violencia racial es aquéllo que el sistema oligárquico necesita y espera de nosotros para legitimar el imaginario antifascista. !No representemos el papel que la propaganda nos asigna! Quien persista en ello colabora con el enemigo y es objetivamente, lo sepa o no, un traidor a la causa nacional-revolucionaria.

El fascismo se construirá con la sola autoridad de la palabra que pronuncie la verdad.

La verdad, por definición, es de antemano para todos, sin exclusiones. El cobarde se aparta motu proprio de la verdad: la oculta incluso conscientemente por temor a la dolorosa experiencia de la finitud. De ahí que nosotros no tengamos que reservar esa "verdad de la existencia" (Heidegger), a saber, la muerte, a minorías o élites de escogidos. La propia verdad selecciona y establece las jerarquías. Será cada cual, bajo su propia responsabilidad inalienable, el que en el fondo se elija a sí mismo como héroe por su fidelidad al ser; o se convierta en villano por el envenenamiento y falsificación de la vida que la negación de la nada ha comportado siempre (desde Platón a Leo Strauss).

Sea lo que fuere que hagamos, incluido el recurso a la legítima defensa, los llamados "fascistas" seremos perseguidos, encarcelados y hasta asesinados a manos de la represión oligárquica. Pero algunos insisten, pese a la evidencia, en facilitarle las cosas al dispositivo de dominación mundial.

Los "fascistas", como "fascistas", sólo podemos emitir pacíficamente nuestro mensaje, sin escamotear el término "fascismo", antes bien arrostrándolo con valentía como signo constituyente de una comunidad espiritual trágico-heroica.

Contra el "neofascismo" político

Al mismo tiempo y con enérgica resolución, tenemos políticamente que rechazar la mera reconstrucción mimética "neofascista" de los regímenes reaccionarios del pasado nombrados por aquel vocablo maldito.

El fascismo no es un cartel electoral, sino una seña de identidad ética y un proceso de conversión espiritual que debe preceder a todo proyecto político nacional-revolucionario, oponiéndolo, en cualquier caso, a la extrema-derecha (católica o evoliana). El fascismo es "de izquierdas". La izquierda nacional representa su lugar natural en política.

  • "Fascistas" son sólo, en primer lugar, los millones de víctimas, así acusadas y estigmatizadas, de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por las potencias oligárquicas capitalistas y sus aliados comunistas a lo largo del siglo XX.
  • "Fascistas" siguen siendo únicamente los valores de los dos grandes pensadores del siglo, a saber, los filósofos Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger.
  • "Fascistas" fueron, a lo sumo, en su tiempo, el programa político del partido fascista de 13 de mayo de 1919 y las ideologías del nacionalismo revolucionario anteriores a la derechización y cristianización del Ventennio. La República de Salò llega tarde y ayuna de credibilidad.

Sólo este "fascismo" aceptamos como propio. El resto debe ser asumido en forma de carga y materia de debate permanente a causa de las graves equivocaciones cometidas, las cuales persisten en la actualidad bajo el rótulo difuso de "extrema derecha".

Pero el "fascismo" sigue vivo porque, a pesar de la derrota, nunca fue objeto de una crítica seria, ni espiritualmente superado por los "antifascistas" -cerriles donde los haya-, quienes se negaron a otorgarle carta de naturaleza filosófica. Craso error.

La oligarquía y la multitud

El fascismo recibe sus estigmas diabólicos antes de que puedan atribuírsele los peores crímenes de la historia humana. Es el homo sapiens, el "último hombre" (Nietzsche) en cuanto tal, el que, cuando habla de "fascismo", olfatea el advenimiento de los mortales y el fin del "hombre" como mera especie animal o zoológica degenerada que insulta a la vida por haberla negado.

Los mortales son los hombres. Se llaman mortales porque pueden morir. Morir quiere decir: ser capaz de la muerte en cuanto muerte. Sólo el hombre muere. El animal termina. No tiene la muerte como muerte ni delante ni detrás de él.  La muerte es el cofre de la nada, es decir, de aquello que desde ningún punto de vista es algo que simplemente es, pero que, a pesar de todo, esencia, incluso como el misterio del ser mismo. La muerte, como cofre de la nada, alberga en sí lo esenciante del ser (das Wesende des Seins). La muerte, como cofre de la nada, es el albergue del ser. A los mortales los llamamos ahora mortales, no porque su vida terrena termine sino porque son capaces de la muerte como muerte (Martin Heidegger, 1950).

La "muerte del hombre" (Foucault): trátase aquí no de su desaparición física, mucho menos del exterminio de una raza concreta o de la humanidad en su conjunto, nada tiene que ver esta "mutación" con el darwinismo o la genética (aunque determinará a la postre el destino de la ciencia toda), sino con la derrota espiritual, política e histórico-social, por este orden, de los humanes y del humanismo como tal. Nuestro enemigo es la encarnación máxima de aquella degeneración, a saber: las actuales élites socioeconómicas, culturales y políticas oligárquicas.

La masa apátrida, y el hombre-masa consumista configuran el correlato social subordinado del estamento oligárquico dentro de un "aparato global de poder" estructuralmente cerrado a la verdad.

Es el mundo-Matrix, la pantalla total (Baudrillard).

"Fascista" será la etiqueta que reciban todos quienes vayan a ser sometidos a brutal explotación o liquidación física en caso de resistencia u oposición nacional: los pueblos del mundo en general y de Europa en particular.

Los mortales, frente a la oligarquía sionista, surgirán de entre los pueblos como naciones y frente las masas como aquellos que proclaman la verdad del ser y existen en tanto que encarnación viviente e institucionalizada de dicha verdad originaria, el "ser para la muerte" (Sein zum Tode) de Heidegger o el Übermensch (ultrahombre) de Nietzsche. Tal verdad ordena la abolición pura y simple de la "sociedad de consumo" y, por ende, forja con su acero la espada espiritual que hará añicos, de un golpe, la envoltura cristalina de la burbuja informativo-financiera heredera de la metafísica.

Las naciones y el ente 

El Dasein, el ente por antonomasia (el existente o "ser ahí" de la verdad) no es ningún individuo que se proclame "superior": únicamente la comunidad nacional segura de sí misma y expresamente empuñada por todos y cada uno de sus miembros en la lucha y el sacrificio contra la opresión oligárquica, puede erigirse en "entidad de la verdad" con iguales derechos que el resto de las naciones sujetas actualmente a esclavitud por el Nuevo Orden Mundial racista de EE.UU./Israel/Gran Bretaña.  

La comunidad nacional es pueblo autoconsciente, antítesis de la multitud.

La entidad mienta la institucionalización histórica de la verdad.

Lejos de todo lo expuesto está la idolatría entorno a las etnias biológicas y cualquier tipo de violencia racial entre naciones, pueblos o grupos tribales. Las naciones como tales son hermanas. El fascismo en tanto que afirmación del nacionalismo genuino (socialismo nacional) para todas las patrias no puede rechazar de antemano ninguna nación. De manera que el verdadero nacionalista, es decir, aquél que proclame el nacionalismo en tales términos como principio antitético a la globalización liberal y capitalista cosmopolita, será acusado tarde o temprano de "fascista". El fascismo comporta la apostasía del dios y el "pueblo de dios"  al que las naciones permanecen sometidas. El NR debe asumir la acusación de "fascista" en silencio, sin negarla, como piedra de toque de su autenticidad revolucionaria, si realmente pretende enfrentarse a la oligarquía mundial y ser apoyado, a la larga, por el resto de los nacionalistas de todas las naciones, sin excepción. 

La lucha es palabra y comienza con un rechazo de las cadenas axiológicas invisceradas en la jerga oligárquica e incluso ya en el lenguaje común, como simples y al parecer insignificantes connotaciones peyorativas. "Fascismo=mal absoluto", así habla el monstruo sionista. Quien no asuma, de forma arrogante, la imputación de "fascista" en tanto que desafío radical a los asesinos que nos gobiernan, permanece en el interior del código simbólico, el lenguaje, los valores y de la ideología oligárquica, que es esencialmente "antifascista" a la par que genocida

La fuerza de la verdad

!!!Rompamos la jaula de cristal!!! El poder no es más que una inmensa telaraña informativa podrida de mentiras y presta ya a hacerse trizas.  

La libertad comienza en la palabra. Recordar los millones de víctimas asesinadas bajo la imputación de "fascistas", acusar a su vez a los antifascistas por sus atrocidades y cortar de un tajo la reproducción de la jerigonza sistémico-oligárquica que legitima la existencia del Estado de Israel (racista, supremacista, colonialista, imperialista) y su brazo armado, los Estados Unidos de América, constituye el primer paso insoslayable hacia un mundo realmente nuevo.  

Por tanto, nosotros sólo pronunciaremos la palabra. 

Y si con ella no basta para hacer estallar la "sociedad comercial" de los humanes, la mendaz society, en mil pedazos, para que resurjan las Volksgemeinschaften, las comunidades nacionales finitas allí donde todavía tengan el valor de existir, entonces será que la verdad permanece inarticulada; y la gente seguirá viviendo como robots programados por la televisión y los periódicos aun en medio de la más abyecta pobreza mental. Ahora bien, si, por el contrario, es menester ignorar todas estas "cuestiones últimas" en nombre del pragmatismo, la administración y el "buen gobierno" del hormiguero humano, el "sentido común" seguirá creyendo a pies juntillas en la mentira de la política liberal y en el bienestar consumista a pesar del patente colapso de la economía.

Ninguna violencia añadirá al fracaso de la palabra poética, en tales circunstancias, más que deshonor y vergüenza.

Esta auténtica conversión ética a la veracidad es el requisito previo, la conditio sine qua non, necesaria aunque no suficiente, para empezar siquiera a musitar un tímido discurso sobre cuestiones económicas, biológicas, étnicas, raciales, nacionales y genéticas -científicas en general- sin hundirnos en la barbarie tecnológica. La ciencia es una estructura (Gestell) del ente como lugar de la verdad. Cualquier mero "uso" de la ciencia al servicio de los humanes, más todavía de aquellos que se consideren a sí mismos integrantes de razas superiores o pueblos elegidos, no puede provocar otra cosa que el desastre. Ya lo ha hecho y no nos referimos sólo ni, singularmente, al tendencioso relato oficial de "Auschwitz". Nuestra realidad cotidiana es prueba suficiente del "crimen global" que se está perpetrando con los pueblos, las culturas, la naturaleza, la memoria histórica, el saber...

Este colosal proceso histórico de destrucción comienza en la Antigüedad con la negación del destino (Moira), la huida (platonismo) ante la experiencia trágico-heroica del ser, y la posterior institucionalización social masiva de la mentira (cristianismo). La impostura metafísica conviértese, durante la Modernidad, en amenaza de dimensiones planetarias a manos de aquellos que sirven al Yahvé secularizado:_ Das Kapital. El presunto ente omnipotente que debe salvarnos de la muerte y edificar el paraíso de la felicidad "humana" en la tierra no es más que un déspota asesino dispuesto a aniquilar a todos aquellos que no se le sometan. El Dios monoteísta, la resurrección de Cristo (la inmortalidad) y la narración de "el Holocausto" son hitos de un mismo proyecto milenario y coherente de subversión de la realidad. El fraude consciente es el arma de la oligarquía y movilizará a masas idiotizadas contra quienesquiera que rechacen el imaginario utópico-profético estigmatizándolos como "fascistas"; legitimando, incluso, el genocidio a tales efectos "humanitarios".  

Ante todo, y repetiremos esto mil veces si necesario fuere, la  verdad de la existencia tiene que imperar frente a la mera información. Pero la fundamentación racional de la verdad es requisito para la fundación de la entidad como lugar institucional de los valores. Un nacionalismo revolucionario incapaz de responder a la pregunta por excelencia, a saber, al sentido de la vida, no puede reclamar el sacrificio esencial a sus militantes ni, por lo tanto, combatir siquiera de forma mínimamente eficaz el inmenso poder de la oligarquía.

La victoria material tiene que ir precedida por una victoria espiritual: la muerte de Yahvé (el dios cristiano) en nuestras almas. La derrota de Europa empezó en el espíritu (Platón) y allí debe ser enmendada antes de transformarse en acción política.

La verdad es el evento (Ereignis). Atenas versus Jerusalén.

!!!STOP VIOLENCIA!!!

Todo lo demás se dará por añadidura.

Quien quiera oír, oiga.

ENSPO
La Marca Hispánica
6 de agosto de 2013

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2010/01/la-doble-muerte-de-martin-heidegger.html

http://elpais.com/diario/1976/05/30/cultura/202255202_850215.html

 

!!!difunde el LLAMAMIENTO y apoya el proyecto ENSPO!!!


 
 
 

sábado, agosto 10, 2013

La fundamentación del "fascismo" (4). Herbert Marcuse y la ideología de la muerte (I)

 Herbert Marcuse.




La destrucción de la ideología de la muerte supondría una transvaloración explosiva de los conceptos sociales: la buena consciencia de ser un cobarde, la desglorificación y la desublimación; supondría un nuevo "principio de realidad" que liberaría el "principio del placer" en vez de reprimirlo.  (...)  La mera formulación de estos objetivos indica por qué han sido convertidos tan rígidamente en tabúes. Su realización equivaldría al derrumbamiento de la civilización establecida. Freud ha mostrado las consecuencias de una desintegración (hipotética) o incluso de una relajación esencial del "principio de realidad" predominante: la relación dinámica entre Eros y el instinto de muerte es tal que una reducción del segundo por debajo del nivel en que funciona de un modo socialmente útil liberaría al primero más allá del nivel "tolerable". Ello supondría un grado de desublimación que arruinaría las conquistas más valiosas de la civilización.
(Herbert Marcuse) 
Herbert Marcuse, filósofo judío, colaborador de la CIA a lo largo de la Segunda Guerra Mundial y también después, ha hablado.

Defiende Marcuse la ruina de la civilización. Sorprendente. Siempre se nos ha hecho creer que la incultura pertenece al fascismo. ¿En cuántos libros políticamente correctos no habremos podido leer la palabra "barbarie nazi"? Pero un examen más cauteloso de los documentos y su simple cotejo con la realidad de los hechos, es decir, con todo lo que ha sucedido tras la victoria antifascista, obliga a reconocer que los objetivos de la "cruzada humanitaria" eran muy otros que los proclamados.

Financiado por la Fundación Rockefeller para la publicación de libros presuntamente "antisistema" que promovieron y legitimaron las pseudo "rebeliones" de mayo del 68 (léase: aquéllas tumultuosas escenificaciones en que "jóvenes" universitarios de la burguesía acomodada parisina y californiana reclamaron con éxito la transgresión de todas las normas éticas y jurídicas relativas al consumo de drogas y la sexualidad), Herbert Marcuse colocó el tema de la muerte y del heroísmo en el centro de su discurso "crítico". 

El héroe trágico era a la sazón el enemigo a batir. La directriz oligárquica se reveló declaradamente anti-heroica. Convendría que nos preguntáramos el porqué.

La cuestión de la muerte aparece en este contexto.

Daniel Cohn-Bendit, dirigente mayista.
Las drogodependencias, la pornografía, la pederastia, la corrupción de la casta política actual(nutrida por personajes oriundos de esa época) tienen mucho que ver con los hechos de Mayo de 1968, es decir, con la filosofía de Marcuse, y representan algo así como la inversión del heroísmo en una "rebelión" cuya esencia es la negación de la muerte. La relación entre el uso de estupefacientes y la ruptura con el "principio de realidad" no parece muy difícil de comprender. Pero el sexo desempeñaba la misma función escapista. Los adolescentes captados por dicho discurso transgresor no perecieron así en un frente bélico: avergonzábanse de todo patriotismo; simplemente devinieron en yonquis, pálidos fantasmas del ídolo moderno de la "felicidad", o en sidosos... Jamás murieron, pues, y de alguna manera el elixir mágico cumplió su promesa: sólo cesaron de vivir (ableben).
Es importante leer con detenimiento el texto adjunto, "La ideología de la muerte", de Herbert Marcuse, y subrayar las consideraciones del mismo entorno a la muerte, el heroísmo y el "principio de realidad". Por no hablar de su abierta reivindicación de la "cobardía".


Pero quizá aquello que más sorprenda al lector nacional-revolucionario sea la abrumadora coincidencia entre los valores que proclama Marcuse y la postura de huída ante la muerte adoptada por escritores y filósofos presuntamente patrióticos como Julius Evola, Laureano Luna, Alberto Buela... Huelga decir que también entre la Iglesia católica y Marcuse las diferencias axiológicas en lo tocante al tema de la muerte son sólo de matiz. Véase:

A lo expuesto en el post citado cabría añadir las siguientes consideraciones:

  • El acto fundacional del heroísmo es una resolución radicalmente espiritual de sometimiento a la verdad, aquéllo que lo constituye en su esencia, a saber, la muerte, en virtud de la cual puede darse algo así como un sacrificio y, por ende, la posibilidad misma del proceder heroico.
  •  
  • Si dios existe, ha de ser comparativamente "más ético" que el hombre (en el mismo sentido en que decimos que un voluntario de la Cruz Roja como tal ostenta una superioridad moral respecto de un usurero, un pornógrafo, el administrador de un gulag, un pederasta... ). Para realizar un acto ético es menester sacrificar o perder o dar algo, aunque sea nuestro tiempo, circunstancia que implica un ente finito, pues sólo éste sería capaz de sacrificio, pérdida o dación voluntaria. Dios se presenta empero en el imaginario como un ente infinito y omnipotente, por lo tanto, no puede menoscabarse en nada. Pero si dios no puede menguar, entonces es incapaz de realizar acto ético alguno. Ahora bien, aceptado que dios no puede realizar acto ético alguno, tampoco puede ser relativamente "más ético" que el hombre en tanto que mortal o "ser para la muerte". La finitud, que en hombre significa: la muerte, constituye el fundamento de la eticidad.

  • El supremo acto ético es el sacrificio heroico; la muerte, su condición necesaria. De ahí que la finitud radical, la Verdad, deba ser afirmada como requisito de "lo más grande", y único dios de las comunidades nacionales.

Imaginario hollywoodiense y el fascismo

El sistema oligárquico ha producido sus propias imágenes míticas sobre el fascismo. Es el caso de la serie cinematográfica "La Guerra de las Galaxias". Tras la simplicidad de los personajes, rayana en lo pueril, escóndense las claves simbólicas, todo lo distorsionadas que uno quiera pero insoslayables, del "mal absoluto". Así las cosas, si ustedes intentan aclarar el significado de la muerte en la película, se toparán con una hilarante sorpresa.

La Ideología de la muerte (*)
Por HERBERT MARCUSE Traducción: Juan-Ramón Capella


En la historia del pensamiento occidental, la interpretación de la muerte ha recorrido toda la escala, desde la idea de un mero hecho natural, relativo al hombre como materia orgánica: hasta la idea de muerte como telos de la vida, como característica distintiva de la existencia humana. De estos dos polos opuestos pueden inferirse dos morales en contraste: por una parte, la actitud hacia la muerte es la aceptación escéptica o estoica de lo inevitable, o incluso la represión de la idea de muerte durante la vida; por otra, la glorificación idealista de la muerte es lo que da "significado" a la vida, o la condición previa de la "verdadera" vida del hombre. Si la muerte se considera como un acontecimiento esencialmente externo aunque biológicamente interno de la existencia humana, la afirmación de la vida tiende a ser una afirmación final y, por decirlo así, incondicional: la vida sólo es y puede ser redimida por la vida. Pero si la muerte aparece como un hecho tanto esencial como biológico, tanto ontológico como empírico, la vida queda trascendida incluso aunque la trascendencia no asuma una forma religiosa. La existencia empírica del hombre, su vida material y contingente, se define entonces en términos de -y es redimida por- algo diferente de ella misma: se dice que vive en dos dimensiones fundamentales diferentes e incluso en conflicto, y su "verdadera" existencia implica una serie de sacrificios en su existencia empírica que culmina con el sacrificio supremo: la muerte. A esta idea de la muerte se refieren las siguientes notas.
Resulta notable la medida en que la idea de la muerte como una necesidad no solamente biológica sino ontológica ha impregnado la filosofía occidental; notable porque la superación y el dominio de la mera necesidad natural ha sido considerada en otros terrenos como el distintivo de la existencia y del esfuerzo humanos. Semejante elevación de un hecho biológico a la dignidad de esencia ontológica parece ir en sentido contrario a una filosofía que considera que una de sus principales tareas es la distinción y la discriminación entre los hechos naturales y los hechos esenciales, y enseñar al hombre a trascender los primeros. No hay duda de que la muerte que se presenta como una categoría ontológica no es simplemente el final natural de la vida orgánica; lo que se ha convertido en parte integrante de la existencia misma del hombre es más bien el fin comprendido, "apropiado". Sin embargo, este proceso de comprensión y de apropiación ni cambia ni trasciende el hecho natural" de la muerte, sino que sigue siendo, en sentido bruto, desesperanzada sumisión a él.
Ahora bien: toda reflexión filosófica presupone la aceptación de los hechos, pero, a continuación, el esfuerzo intelectual consiste en disolver su facticidad inmediata, situándolos en el contexto de unas relaciones en que se vuelven comprensibles. Aparecen así como el producto de unos factores, como algo que ha llegado a ser lo que es o que se ha convertido en lo que es, como elementos en un proceso. El tiempo es un constituyente de los hechos. En este sentido, todos los hechos son históricos. Una vez comprendidos en su dinámica histórica, se vuelven transparentes como puntos nodales de cambios posibles; de cambios definidos y determinados por el lugar y la función de cada hecho en la respectiva totalidad en cuyo interior ha cristalizado. No existe la necesidad: hay solamente grados de necesidad. La necesidad revela una falta de poder: la incapacidad de cambiar lo que es; el término sólo es significativo como correlato de libertad: es el límite de la libertad. La libertad implica conocimiento, cognición. La penetración de la necesidad es el primer paso para su disolución, pero la necesidad comprendida no es todavía la libertad. Esta última exige el paso de la teoría a la práctica: el dominio real de aquellas necesidades que impiden o dificultan la satisfacción de necesidades. En este paso; la libertad tiende a ser universal, pues la servidumbre de los que son no libres reduce la de quienes dependen de su servidumbre (como el amo depende del trabajo de su esclavo). Semejante libertad universal puede ser no deseada o no deseable, o impracticable, pero en este caso la libertad no es todavía real: queda aún un reino de necesidad incomprensible e inconquistable. ¿Cuáles son los criterios para determinar si los limites de la libertad humana son empíricos (es decir, en último término históricos) u ontológicos (esto es, esenciales e insuperables)? La tentativa de dar respuesta a esta cuestión ha constituido uno de los mayores esfuerzos de la filosofía. Sin embargo, se ha caracterizado a menudo por una tendencia a presentar la necesidad empírica c0mo necesidad ontológica. Esta "inversión ontológica" actúa también en la interpretación filosófica de la muerte. Se manifiesta en la tendencia a aceptar la muerte no solamente como un hecho, sino como una necesidad, y como una necesidad que debe ser conquistada no destruyéndola, sino aceptándola. En otras palabras, la filosofía ha dado por supuesto que la muerte, pertenecía a la esencia de la vida humana, a su realización existencial. Además, la aceptación comprendida de la muerte ha sido considerada como una prerrogativa del hombre, como la razón misma de su libertad. La muerte, y solamente la muerte, da su ser propio a la existencia humana. Su negación final se ha considerado como la afirmación de las facultades y de los fines del hombre. En cierto sentido remoto la proposición puede ser cierta: el hombre solamente es libre si ha conquistado su muerte, si es capaz de determinar su perecimiento como el fin elegido por sí mismo de su vida; si su muerte se enlaza interior y exteriormente con su vida en el medio de la libertad. En la medida en que no es así, la muerte sigue siendo mera naturaleza, un límite inconquistado para toda vida que sea algo más que mera vida orgánica, que mera vida animal. El poeta puede implorar: O Herr, gib jedem seinen eignen Tod. La plegaria carece de sentido en la medida en que el hombre no es dueño de su vida, sino que ésta es una cadena de actuaciones preestablecidas y socialmente exigidas en el trabajo y en el descanso. En estas circunstancias, la exhortación a hacer "propia" la muerte es poco más que una reconciliación prematura con unas fuerzas naturales no dominadas. Un mero hecho biológico, impregnado de dolor, horror y desesperación, se transforma en un privilegio existencial. Desde el principio al fin, la filosofía ha mostrado ese extraño masoquismo -y también sadismo, pues la exaltación de la propia muerte ha implicado la exaltación de la muerte de los demás-.
El Sócrates platónico saluda la muerte como el comienzo de la verdadera vida, al menos para el filósofo. Pues la virtud que es el saber hace al filósofo, que se somete heroicamente a la muerte, semejante al soldado en el campo de batalla, al buen ciudadano que obedece a la ley y al orden, a todo hombre merecedor de este nombre; a diferentes niveles, todos ellos comparten la actitud idealista hacia la muerte. Y si la autoridad que sentencia a muerte al filósofo, lejos de aniquilarlo, le abre las puertas de la verdadera vida, entonces los ejecutores quedan absueltos de toda culpa por el crimen capital. La destrucción del cuerpo no mata el "espíritu", la esencia de la vida. O acaso nos encontramos aquí ante una terrible ambigüedad: ¿hasta dónde llega la ironía de Sócrates? Al aceptar su muerte, Sócrates hace que sus jueces sean injustos, pero su filosofía de la muerte les reconoce su derecho, el derecho de la polis sobre el individuo. ¿Acaso, al aceptar el veredicto, e incluso provocándolo y negándose a escapar, refuta su propia filosofía? ¿Acaso sugiere, de una manera horriblemente sutil y sofisticada, que su filosofía sirve para apoyar a las mismas fuerzas a las que ha combatido durante toda su vida? ¿Trata acaso de mostrar un profundo secreto, la vinculación insoluble de muerte y falta de libertad, de muerte y dominación? En todo caso, Platón entierra ese secreto: la verdadera vida exige la liberación de la vida no verdadera de nuestra existencia común. La transvaloración es total; nuestro mundo es un mundo de sombras. Somos prisioneros en la cautividad del cuerpo, encadenados por nuestros apetitos, engañados por nuestros sentidos. "La verdad" está más allá. Cierto que este más allá no es todavía el cielo. Todavía no existe la certeza de si la verdadera vida presupone la muerte física, pero ya no puede haber dudas sobre la dirección en que se orienta el esfuerzo intelectual (¡y no sólo éste!). Con la desvalorización del cuerpo, la vida del cuerpo deja de ser la vida real, y la negación de esta vida es el comienzo más que el final. Además, el espíritu se opone esencialmente al cuerpo. La vida del primero consiste en dominación, ya que no en negación, del segundo. El progreso de la verdad es la lucha contra la sensualidad, el deseo y el placer. Esta lucha se dirige no solamente a liberar al hombre de la tiranía de las bestiales necesidades naturales, sino que es también la separación de la vida del cuerpo de la vida del espíritu, la alienación de la libertad del placer. La felicidad se redefine a priori (esto es, sin fundamento empírico sobre razones factuales) en términos de autonegación y de renuncia. La glorificada aceptación de la muerte, que lleva consigo la aceptación del orden político, señala también el nacimiento de la moralidad filosófica.
A través de todos los refinamientos y atenuaciones, la afirmación ontológica de la muerte continúa desempeñando su prominente papel en la corriente principal de la filosofía. Se centra sobre la idea de la muerte que Hegel describió como perteneciente al concepto romántico de Weltanschauung. Según Hegel: (1) la muerte tiene el significado de la "negación de lo negativo", esto es, de una afirmación, como "resurrección del espíritu de la mera cáscara de la naturaleza y de la limitación de que ha salido". El dolor y la muerte se desnaturalizan así en el retorno del sujeto sobre sí mismo, en satisfacción (Befriedigung), en gloria, y en esa existencia afirmativa y reconciliada que el espíritu sólo puede alcanzar mediante la mortificación de su existencia negativa, en la que está separado de su verdadera realidad y de su verdadera vida (Lebefllligkeit).
Esta tradición toca a su fin en la interpretación de Heidegger de la existencia humana como anticipación de la muerte, la última y más apropiada exhortación ideológica a la muerte, lanzada en el momento mismo en que se preparaba la base política para la mortífera realidad correspondiente: las cámaras de gas y los campos de concentración de Auschwitz, Buchenwald, Dachau y Bergen-Belsen.
En contraste con ello, se puede construir alguna clase de actitud "normal" hacia la muerte, normal en términos de los simples hechos observables, aunque reprimida corrientemente bajo el impacto de la ideología dominante y de las instituciones apoyadas por ella. Esta actitud normal hipotética podría ser delimitada como sigue: la muerte parece ser inevitable, pero en la gran mayoría de los casos es un acontecimiento doloroso, horrible, violento y no bien recibido. Cuando es bien recibido, la vida ha de haber sido más penosa aún que la muerte. Sin embargo, el desafío a la muerte es tristemente ineficaz. Los esfuerzos científicos y técnicos de la civilización madura, que prolongan la vida y mitigan sus dolores, parecen verse frustrados, o incluso neutralizados, por parte de la sociedad y por parte de los individuos. La "lucha por la existencia", en el interior de la nación y entre las naciones, sigue siendo todavía una lucha a vida o muerte, que exige el acortamiento periódico de la vida. Además, la efectividad del combate por la prolongación de la vida depende de la respuesta que encuentre en la mente y en la estructura instintiva de los individuos. Una respuesta positiva presupone que su vida sea realmente "una vida feliz", que tengan la posibilidad de desarrollar y satisfacer las necesidades y las facultades humanas, que su vida sea un fin en sí misma y no un medio para mantenerse. Si se consiguieran las condiciones en las cuales esta posibilidad podría convertirse en realidad, la cantidad podría convertirse en cualidad: una duración gradualmente creciente de la vida podría modificar la sustancia y el carácter no solamente de la vida, sino también de la muerte. Esta última perdería sus sanciones ontológicas y morales; los hombres experimentarían la muerte primariamente como un límite técnico de la libertad humana, cuya superación se convertiría en el objetivo reconocido del esfuerzo individual y social. La muerte, en creciente medida, participaría de la libertad, y los individuos tendrían el poder de decidir sus propias muertes. Se dispondría de los medios para una muerte exenta de dolor, como en el caso de pacientes incurables. ¿Puede oponerse otra cosa que argumentos irracionales a este razonamiento? Solamente una: una vida con esta actitud hacia la muerte sería incompatible con las instituciones y los valores de civilización establecidos. Conducirla o bien a un suicidio en masa (puesto que para una gran parte de la humanidad la vida es todavía una carga tal que probablemente el terror de la muerte es un factor importante en su mantenimiento), o bien a la disolución de toda ley y de todo orden (puesto que la temerosa aceptación de la muerte se ha convertido en un elemento intrínseco de la moralidad pública y privada). El razonamiento puede ser inconmovible, pero entonces la idea tradicional de la muerte es un concepto sociopolítico que convierte unos sórdidos hechos empíricos en una ideología.
La relación entre la ideología de la muerte y las condiciones históricas bajo las cuales se ha desarrollado queda indicada en la interpretación de Platón de la muerte de Sócrates: la obediencia a la ley del Estado sin la cual no puede haber ninguna sociedad humana ordenada; la insuficiencia de una existencia que es encarcelamiento en vez de libertad, falsedad en vez de verdad; el conocimiento de la posibilidad de una vida libre y verdadera, junto con el convencimiento de que esta posibilidad no puede ser realizada sin negar el orden de vida establecido. La muerte es la entrada necesaria en la vida real porque la vida factual del hombre es esencialmente irreal, es decir, incapaz de existir de verdad. Pero este razonamiento está expuesto a la pregunta: ¿acaso no puede ser modificado el orden de existencia establecido de modo que se convierta en una "verdadera" polis? Platón, en su República, responde en sentido afirmativo. El Estado ideal priva a la muerte de su función trascendental, al menos para los filósofos gobernantes; puesto que viven en la verdad, no tienen que ser liberados por la muerte. En lo que respecta a los demás ciudadanos, los que son no libres no tienen que ser "reconciliados" con la muerte. Puede presentarse y hacerse presentar como un acontecimiento natural. La ideología de la muerte no es todavía un instrumento de dominación indispensable. Llegó a asumir esta función cuando la doctrina cristiana de la libertad y la igualdad del hombre en tanto que hombre se hubo combinado con las instituciones perpetuadas de injusticia y falta de libertad. La contradicción entre el evangelio humanístico y la realidad inhumana exigía una solución efectiva. La muerte y resurrección del dios-héroe, en otro tiempo símbolo de la renovación periódica de la vida natural y de un sacrificio racional, orienta entonces todas las esperanzas hacia la vida transnatural en el futuro. Debe soportarse la penalidad suprema de modo que el hombre pueda hallar su realización suprema cuando haya finalizado su vida natural. ¿Cómo se puede protestar contra la muerte, luchar por su aplazamiento y por dominarla, cuando Cristo murió voluntariamente en la cruz para que la humanidad pudiera ser redimida del pecado? La muerte del hijo de Dios confiere la sanción final a la muerte del hijo del hombre.
Los hombres poco razonables, sin embargo, continúan insistiendo en la razón. Continúan temiendo a la muerte como el horror supremo y el fin último, el derrumbamiento del "ser" en la "nada". Aparece la "angustia" como categoría existencial, pero dado que la muerte es no solamente inevitable sino también incalculable, omnipresente y el límite prohibido de la libertad humana, toda angustia es temor; temor de un peligro real, omnipresente; la actitud y el sentimiento más racional. La fuerza racional de la angustia ha sido tal vez uno de los factores de progreso más poderosos en la lucha con la naturaleza, en la protección y el enriquecimiento de la vida humana. En sentido contrario, la cura prematura de la angustia sin eliminar su fuente y su resorte últimos puede ser lo contrario: un factor de regresión y de represión. Vivir sin angustia es en realidad la única definición sin compromisos de la libertad porque comprende todo el contenido de la esperanza: la felicidad tanto material como espiritual. Pero no puede haber (o más bien no debería haber) vida sin angustia mientras no se haya dominado la muerte, y no en el sentido de una expectación y una aceptación conscientes de la muerte de cualquier modo que viniere, sino en el sentido de quitarle su horror y su incalculable poder, así como su santidad trascendental. Esto significa que la lucha sistemática y concertada contra la muerte en todas sus formas debería ser llevada más allá de los límites declarados socialmente tabú. La lucha contra la enfermedad no es lo mismo que la lucha contra la muerte. Parece existir un punto en el que la primera deja de prolongarse en la segunda. Parece que una barrera mental profundamente arraigada detiene la voluntad antes de llegar a la barrera técnica. El hombre parece inclinarse ante lo inevitable sin estar realmente convencido de que lo es. La barrera está defendida por todos los valores perpetuados socialmente, vinculados a las características redentoras e incluso creadoras de la muerte: su necesidad natural y esencial ("la vida no sería vida sin la muerte"). La breve e incalculable duración de la vida impone una renuncia y una servidumbre constantes, un esfuerzo heroico y un sacrificio por el futuro. La ideología de la muerte actúa en todas las formas de "ascetismo intramundano". La destrucción de la ideología de la muerte supondría una transvaloración explosiva de los conceptos sociales: la buena consciencia de ser un cobarde, la desglorificación y la desublimación; supondría un nuevo "principio de realidad" que liberaría el "principio del placer" en vez de reprimirlo.
La mera formulación de estos objetivos indica por qué han sido convertidos tan rígidamente en tabúes. Su realización equivaldría al derrumbamiento de la civilización establecida. Freud ha mostrado las consecuencias de una desintegración (hipotética) o incluso de una relajación esencial del "principio de realidad" predominante: la relación dinámica entre Eros y el instinto de muerte es tal que una reducción del segundo por debajo del nivel en que funciona de un modo socialmente útil liberaría al primero más allá del nivel "tolerable". Ello supondría un grado de desublimación que arruinaría las conquistas más valiosas de la civilización. La visión de Freud fue lo bastante penetrante para invocar en contra de su propia concepción el tabú que violaba. El psicoanálisis casi se ha liberado a sí mismo de estas especulaciones "acientíficas". No es éste el lugar apropiado para discutir si la afirmación de la muerte expresa un "deseo de morir" profundamente arraigado, o un "instinto de muerte" primario en toda vida orgánica, o si este "instinto" no se ha convertido en una "segunda naturaleza" bajo el impacto histórico de la civilización(2). El manejo de la muerte por la sociedad y su actitud hacia ella parecen reforzar la hipótesis relativa al carácter histórico del instinto de muerte.
Tanto el temor a la muerte cuanto su represión en la aceptación de la muerte como una necesidad sancionada entran como factores de cohesión en la organización de la sociedad. El hecho natural de la muerte se convierte en una institución social. Ninguna dominación es completa sin la amenaza de muerte y sin el derecho reconocido a dispensar la muerte -muerte por sentencia legal, en la guerra, por hambre-.Y ninguna dominación es completa si la muerte, institucionalizada de este modo, no se reconoce como algo más que una necesidad natural y un hecho bruto: como algo justificado y como una justificación. Esta justificación parece ser en último término, y dejando de lado los detalles, el sentimiento de culpa individual derivado de la culpa universal que es la vida misma, la vida del cuerpo. La idea cristiana primitiva, según la cual todo gobierno secular es un castigo por el pecado, ha sobrevivido pese a haber sido desechada oficialmente. Si la vida misma es pecaminosa, entonces todos los patrones racionales de justicia terrena, de felicidad y de libertad, son simplemente condicionales, secundarios, y se ven justamente reemplazados por patrones irracionales (en términos de la vida terrestre) pero superiores. Lo decisivo no es si esto "se cree realmente" todavía sino si la actitud motivada en otro tiempo por esta creencia es perpetuada y reforzada por las condiciones e instituciones de la sociedad.
Cuando la idea de la muerte como justificación ha arraigado firmemente en la existencia del individuo la lucha por la victoria sobre la muerte queda detenida en los individuos y por obra de ellos mismos. Experimentan la muerte no solamente como el límite biológico de la vida orgánica como el límite científico-técnico del conocimiento, sino también como un límite metafísico. Luchar, protestar contra el límite metafísico de la existencia humana no solamente es una locura: es esencialmente imposible. Lo que consigue la religión mediante la idea de pecado lo afirma la filosofía mediante la idea de la finitud metafísica de la existencia humana. La finitud, en sí misma, es un mero hecho biológico: que la vida orgánica de los individuos no perdura siempre, que envejece y se deshace. Pero esta condición biológica del hombre no tiene que ser la inagotable fuente de la angustia. Puede muy bien ser (y lo ha sido para muchas escuelas filosóficas) lo contrario, esto es, un estímulo para realizar incesantes esfuerzos por extender los límites de la vida, para luchar por una existencia no culpable, y para determinar su final, para someterlo a la autonomía humana, ya que no en términos de tiempo, sí al menos en términos cualitativos, eliminando la caducidad y el sufrimiento. La finitud como estructura metafísica aparece de manera muy distinta. En ella, la relación entre la vida y el fin de la vida está, por decirlo así, invertida. Con la muerte como categoría existencial, la vida se convierte en un ganarse la vida más que en un vivir, en un medio que es un fin en sí mismo. La libertad y la dignidad del hombre se ven en la afirmación de su inadecuación desesperada, en su limitación eterna. La metafísica de la finitud se alinea así con el tabú de la esperanza no mitigada.
La muerte cobra la fuerza de una institución que, debido a su utilidad vital, no debe ser modificada aunque acaso pudiera serlo. La especie se perpetúa por medio de la muerte de los individuos; eso es un hecho natural. La sociedad se perpetúa por medio de la muerte de los individuos, pero esto no es ya un hecho natural sino un hecho histórico. Los dos hechos no son equivalentes. En la primera proposición, la muerte es un hecho biológico; en la segunda, la muerte es una institución y un valor: la cohesión del orden social depende en considerable medida de la efectividad con que los individuos condesciendan con la muerte como algo más que con una necesidad natural; de su disposición a sacrificarse a sí mismos y a no luchar "demasiado" con la muerte. No hay que valorar demasiado la vida; al menos, no hay que valorarla como el bien supremo. El orden social exige conformarse a la servidumbre ya la resignación; exige heroísmo y el castigo del pecado. La civilización establecida no funciona sin un grado considerable de falta de libertad, y la muerte, la causa última de toda angustia, sostiene la falta de libertad. El hombre no es libre en la medida en que la muerte no se ha vuelto realmente en algo "suyo", esto es, en la medida en que no ha sido sometida a su autonomía. La realización de semejante autonomía solamente es concebible si la muerte deja de aparecer como la "negación de la negación", como una redención de la vida.
Hay otro aspecto siniestro en la exaltada aceptación de la muerte como algo más que un hecho natural; un aspecto que se pone de manifiesto en los antiguos relatos de madres que se complacieron por el sacrificio de sus hijos en los campos de batalla, en las cartas más recientes de madres que otorgaban su perdón a los ejecutores de sus hijos, en la indiferencia estoica con que muchos viven cerca de campos de pruebas atómicas y consideran la guerra algo normal. No hay duda de que encontraremos fácilmente explicaciones: la defensa de la nación es el requisito previo necesario para la existencia de todos sus ciudadanos; el juicio final del homicida corresponde a Dios y no al hombre, etcétera. Sin embargo, por razones más materiales, el individuo ha dejado de tener poder "para hacer algo" desde hace mucho, y esta falta de poder se racionaliza en la forma de obligación moral, de virtud o de honor. Todas estas explicaciones, con todo, parecen venirse abajo ante una cuestión central: su carácter no disfrazado, casi exhibicionista, de afirmación, de consentimiento instintivo. En realidad parece difícil rechazar la hipótesis de Freud de un deseo de muerte insuficientemente reprimido. Pero diré, una vez más, que el impulso biológico que actúa en el deseo de muerte puede no ser tan biológico. La necesidad de sacrificar la vida del individuo de modo que pueda continuar la vida del "conjunto" puede haber sido "alimentada" por fuerzas históricas. Aquí el "conjunto" no es la especie natural, la humanidad: se trata más bien de la totalidad de instituciones y relaciones que han creado los hombres a lo largo de su historia. Esta totalidad, sin la afirmación instintiva de su indiscutible prioridad, puede estar en peligro de desintegración. Cuando Hegel decía que la historia es el altar de la matanza en el que la felicidad de los individuos se sacrifica al progreso de la Razón, no se refería a un proceso natural. Señalaba un hecho histórico. La muerte en el altar del sacrificio de la historia, la muerte que la sociedad impone a los individuos no es mera naturaleza: es también Razón (con R mayúscula). A través de la muerte en el campo del honor, en las minas y en los caminos reales, por la enfermedad y la miseria no dominadas, por obra del Estado y de sus órganos, la civilización progresa. ¿Puede concebirse el progreso en estas condiciones a lo largo de siglos sin el consentimiento efectivo de los individuos, sin un acuerdo instintivo -ya que no consciente- que complemente y sostenga la sumisión impuesta por obediencia voluntaria? Y si prevalece semejante consentimiento "voluntario", ¿cuáles son sus raíces y sus razones?
Las preguntas nos hacen volver al comienzo. La sumisión a la muerte es sumisión al señor de la muerte: a la polis, al Estado, a la naturaleza o al dios. El juez no es el individuo, sino un poder superior; el poder sobre la muerte es también poder sobre la vida. Pero ésta es sólo la mitad de la historia. La otra es la disposición, el deseo de abandonar una vida de falsedad, una vida que traiciona no solamente los sueños de la juventud sino también las esperanzas y promesas maduras del hombre. Se refieren al más allá, al más allá del cielo, o del espíritu, o de la nada. Lo decisivo es el elemento de protesta: protesta por parte de quienes carecen de poder. Y puesto que carecen de poder, no solamente se someten, sino que perdonan a quienes distribuyen la muerte. Semejante perdón puede congraciar al poder supremo y asegurar su amor, pero también consagra la debilidad. La idea de Nietzsche de la genealogía de la moral se aplica también a la actitud moral hacia la muerte. Los esclavos se rebelan -y triunfan- no liberándose a sí mismos, sino proclamando que su debilidad es la corona de la humanidad. Y la impotencia de la protesta perpetúa el poder temido y odiado.

(1) HEGEL, G. W. F., The Philosophy of Fine Art, G. Bell&Sons, Londres, 1920, vol. II.
(2) He tratado de discutir el problema en mi libro Eros and Civilization, The Beacon Press, Boston, 1955 (hay trad. cast., Barcelona, Seix-Barral, 1968).


(*) Texto perteneciente al libro, ENSAYOS SOBRE POLÍTICA Y CULTURA, Editorial Planeta-De Agostini, S.A. Traducción cedida por Editorial Ariel, S.A.