Remontémonos por un momento a los orígenes del fascismo. ¿Quién es el fundador del primer partido fascista? Benito Mussolini. Un dirigente socialista italiano que alcanza la cúpula de la dirección del PSI antes de convertirse en el forjador histórico de un campo político que marcará un antes y un después en la historia occidental. Alguien que concíbese a sí mismo, ante todo y en primer lugar, como lector, estudioso y doctrinario de Marx. ¿De qué manera la cabeza visible del socialismo italiano, el director de "Avanti" y de la revista semanal "La lotta di classe", gesta en su proyecto existencial el "fascismo"? No nos interesan aquí los datos externos, historiográficos, sino la subjetividad fascista, el ver las cosas desde la perspectiva de la izquierda en evolución, léase: como las experimenta un marxista activo, comprometido y plenamente ilustrado que se convierte en "fascista".
Dicho proceso espiritual nos permite comprender por qué existe una incompatibilidad de principio entre el fascismo y el cristianismo. Motivo: el fascismo, antes de su derechización, representa la expresa ruptura intelectual y moral de la izquierda con la herencia judeo-cristiana secularizada entonces imperante en el seno de la propia izquierda. Este fenómeno acontece, lo subrayo, en el interior de una izquierda atea, laica, incluso anticlerical, y tiene como correlato, dentro de la misma izquierda, la génesis de su opuesto, a saber, del antifascismo, que es anterior, de alguna manera, al propio fascismo. El factor clave del giro es Nietzsche.
En la actualidad, cuando el fascismo hace ya tiempo que desapareció y sus restos doctrinales yacen en los mismos lugares ruinosos que los de la extrema derecha reaccionaria, la cuestión de si se puede ser fascista y católico tiene el significado que tiene: el de un problema sociológico residual. Después de la temprana derechización (1920), de la Segunda Guerra Mundial, de sesenta años de equiparación propagandística entre fascismo y extrema derecha, los "fascistas" pueden ser "cristianos". Por supuesto, pero en el mismo sentido en que tenemos también cristianos de izquierdas, cristianos de centro, cristianos de derecha burguesa y capitalista. Un respetable señor puede ser cristiano y colonialista, explotador de carne tercermundista; otro, cristiano y teólogo de la liberación (marxista). Un cristiano puede acudir a los prostíbulos al salir de la misa dominical, como el musulmán que come cerdo o vulnera el Ramadán... Etcétera. Pero todo esto no demuestra nada sobre la esencia de las respectivas corrientes doctrinales, porque las personas no son seres estrictamente "racionales" y pueden dar cobijo en su interior a posiciones ideológicas opuestas e incluso incompatibles entre sí. Pueden ser incoherentes. Lo son las más de las veces.
La existencia de facto de fascistas cristianos nada nos dice sobre la relación ideológica interna entre fascismo y cristianismo. Aquí sostenemos que el fascismo entraña una incompatibilidad de principio con la religión judeocristiana porque ésta es portadora de un sistema de valores y el fascismo, a su vez, se define por otro sistema de valores, que además es expresamente opuesto a aquél. No existe lugar para los dos en un mismo acto. Las decisiones en las que se concretan los valores son unívocas. Podemos actuar hoy como "fascistas", mañana como "cristianos", o creernos "cristianos" y actuar siempre como "fascistas" o a la inversa. Pero en el momento de decidir, en cada caso, si hacemos efectivos unos valores, por ejemplo, los cristianos, esta manera de actuar se realizará a costa de lo que habría sido una decisión en el sentido del "fascismo".
Si se puede ser cristiano de manera puramente formal, o sea, acudiendo regularmente a celebrar ciertos rituales litúrgicos pero actuando en la vida real en función de imperativos axiológicos adversos a los del judeocristianismo, entonces, puede haber fascistas que "sean" "cristianos" en esta acepción de la palabra. Pero si alguien siente y experimenta radicalmente la religión católica hasta el final y siente y experimenta el compromiso fascista radicalmente hasta el final, entonces tendrá que elegir.
Rudiger Hauer como Nexus 6 en "Blade Runner":
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais:
atacar naves en llamas más allá de Orión,
he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser...
todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia. ¡ Es tiempo de morir!"
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais:
atacar naves en llamas más allá de Orión,
he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser...
todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia. ¡ Es tiempo de morir!"
El "fascismo" es la negación del judeocristianismo en tanto que sistema de valores que va más allá de una liturgia, de una institución eclesial, de un dogma teológico; rechaza sus valores esenciales, su humus espiritual judaico, su aroma oriental, su preocupación soteriológica, profética y utópica. El fascismo es radicalmente heroico, pesimista, guerrero, griego, escéptico, irónico... No sólo acepta la muerte: la quiere, incluso a su pesar. Aquéllo que para el cristianismo identifica la imagen misma del horror, del mal, constituye en cambio la condición de posibilidad del fascismo. Si existe la vida eterna, la resurrección de la carne, el amor y toda la restante quincalla judeo-cristiana, entonces el fascismo debería renunciar a su proyecto o convertirse en criminal, tal como se pretende. Pero si la verdad es la muerte, si estamos solos, si el amor es un fraude, si la finitud representa la condición de posibilidad de lo más grande, a saber: el acto heroico -del Übermensch (=ultrahombre, superhombre)-, entonces tenemos que escarnecer los valores ontoteológicos y monoteístas, tenemos que escupirle en la cara al "amor", a las promesas sociales de felicidad, a los sueños escatológicos, soteriológicos y paradisíacos de una armonía universal, de un sentido placentero y reconciliador del todo cósmico. Tenemos que condenar el reino de Dios abrahamánico y reunirnos con las huestes del dios verdadero, del dios que promete la sola dignidad de la verdad, a la altura de la cual sólo pueden permanecer los más grandes. Aquéllo que los griegos denominaban Moira y los germanos Ragnarök, el destino.
La atmósfera del "fascismo" genuino, originario, es la tempestad, la tragedia, el heroísmo, el deber, la soledad, la lucha... La atmósfera judeo-cristiana, la del sermón de la montaña: la limosna como inversión para el cielo, la tierna complicidad de los amantes (!que se creen "buenos"!), el anhelo de paz y salvación, la lagrimita de (auto)compasión, el pequeño orgullo de la "buena gente" que "tiene sentimientos" (las personitas con derecho a matar, ya se sabe, a los "malvados" que no creen en esos bonitos "sentimientos"), etcétera. Nuestra divisoria está clara. Que se vayan a la mierda todos los putos biempensantes. Eso sí, lávense la sangre de las manos con un poco más de asiduidad, porque la putrefacta "casa de la pradera" ya hiede a cadáver.
Jaume Farrerons
6 de diciembre de 2010
Sobre las presiones sociales que llegaron a censurar el contenido y desenlace de "Blade Runner", véase:
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Naves/llamas/alla/Orion/25/anos/despues/elpepucul/20070625elpepucul_1/Tes
Jaume Farrerons
6 de diciembre de 2010
Sobre las presiones sociales que llegaron a censurar el contenido y desenlace de "Blade Runner", véase:
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Naves/llamas/alla/Orion/25/anos/despues/elpepucul/20070625elpepucul_1/Tes

























