en memoria de los 800.000 soldados alemanes prisioneros exterminados por los aliados occidentales

martes, agosto 28, 2012

El pasado que no quiere pasar


El pasado que no quiere pasar
Un discurso, que fue escrito, pero no pudo ser pronunciado
Ernst Nolte

"Con “El pasado que no quiere desaparecer” puede hacerse referencia al pasado nacionalsocialista de los alemanes o de Alemania. El asunto implica la tesis de que normalmente cada pasado desaparece y que, este no-desaparecer, es algo totalmente excepcional.
Por otro lado no puede comprenderse el desaparecer del pasado como una desaparición. La época de Napoleón Primero se representa siempre otra vez en el trabajo histórico de la misma manera que la época clásica de Augusto. Pero estos pasados han perdido lo atormentador que tenían para los contemporáneos. Por lo mismo ellos pueden ser dejados a los historiadores.
El pasado nacionalsocialista, en cambio, no es vencido -como todavía recientemente acentuó Hermann Lübbe- por este ir disminuyendo, por este proceso de agotamiento, sino que parece volverse siempre más vivo y más enérgico, pero no como ejemplo, sino como fantasma, como un pasado, que se establece realmente como presente o que está suspendido como una espada de corrección sobre el presente.

Cuadros blancos y negros

Para ello hay buenos razones. Cuanto más claramente se convierten la República Federal de Alemania y la sociedad occidental en „sociedades del bienestar“, tanto más extraña vuelve a aparecer la imagen del Tercer Reich con su ideología de la disposición al sacrificio de guerra, la máxima „cañones en vez de mantequilla“ y los coros de las celebraciones escolares y las citas de los Eddas como „nuestra muerte se vuelve una fiesta“
Todos los hombres son hoy de opinión pacifista, pero ellos no pueden, sin embargo, mirar desde una distancia segura la belicosidad de los nacionalsocialistas, porque ellos saben que ambas superpotencias gastan año tras año, con mucho, más para su armamento, que lo que Hitler había gastado desde 1933 hasta 1939, y así sigue habiendo una profunda incertidumbre, que acusa al enemigo más bien en lo claro que en la confusión del presente...
... El discurso de “la culpa de los alemanes” pasa por alto olímpicamente la semejanza con el discurso de “la culpa de los judíos”, que fue un argumento capital de los nacionalsocialistas. Todos los reproches por la culpa contra “los alemanes”, que vienen de los alemanes son insinceras ya que los querellantes mismos no desean incluirse o al grupo que representan y en lo fundamental desean solamente dar un golpe decisivo a los viejos oponentes.
La atención prestada a la “solución final” desvía la atención de hechos importantes de la época nacionalsocialista como el homicidio de “vidas indignas de vida” y el trato de los prisioneros de guerra rusos, pero ante todo de preguntas decisivas del presente, como las que se cuestionan por el carácter del ser de la “vida nonata” o de la presencia de un genocidio ayer en Vietnam y hoy en Afganistán...

Palabras claves aclaradoras

Max Edwin de Scheubner- Richter , que más tarde fue uno de los más estrechos colaboradores de Hitler y luego en noviembre de 1923 en la marcha al hangar de los generales fue herido por una bala mortífera, actuó en 1915 como cónsul alemán en Erzerum. Allí se convirtió en testigo ocular de aquellas deportaciones de población Armenia que representan el inicio de los grandes genocidios del siglo XX . El no escatimó esfuerzos para hacer frente a las autoridades turcas, y su biógrafo termina en el año 1938 la descripción de los hechos con las siguientes frases: “¿Pero qué eran estos pocos hombres contra la voluntad de exterminio de la puerta turca, que se cerró incluso a los reclamos directos de Berlín, contra la ferocidad de lobo de los Kurdos sueltos, contra la catástrofe que se estaba produciendo con una rapidez tremenda?”
Nadie sabe lo que Scheubner- Richter habría hecho o dejado de hacer, si el hubiera sido hecho ministro de las partes ocupadas del este, en lugar de Alfred Rosenberg. Pero habla muy poco a favor que entre él,Rosemberg y Himmler e incluso entre él y Hitler mismo existía un diferencia fundamental. Pero entonces uno debe preguntar: ¿Qué pudo motivar a ello a hombres que experimentaron como “asiático” un genocidio con el que entraron en contacto cercano, a ellos mismos iniciar un genocidio de naturaleza más horrible? Hay palabras claves iluminadoras. Una de ellas es la siguiente:
Cuando Hitler el primero de Febrero recibió la noticia de la capitulación de la secta armada en Estalingrado, predijo en la reseña de la situación que algunos oficiales capturados serían ocupados en la propaganda soviética: “Usted debe figurarse que él (un tal oficial), llega a Moscú, e imagínese la jaula de ratones. En ese momento el suscribirá todo. Confesará todo, hará proclamaciones…”
En la obra de George Orwells “1984” se describe como el héroe Winston Smith es forzado finalmente por la Geheimpolizei del “Gran hermano” a través de grandes torturas a desmentir a su prometida y con ello renunciar a su dignidad humana. Se trae una jaula ante su cabeza, en la que se encuentra un ratón que se ha vuelto loco de hambre. El funcionario del interrogatorio amenaza con abrir la puerta y con ello Winston Smith se desploma. Esta historia no la ha imaginado Orwell, se encuentra en numerosos lugares de la literatura antibolchevique sobre la guerra civil rusa, entre otros en socialistas fiables y valorables como Melgunow. Ella es atribuida al “Chinesischen Tschka”.

Archipiélago Gulag y Auschwitz

Es un defecto llamativo de la literatura sobre el nacionalsocialismo que no sabe o no quiere admitir en que proporción todo lo que los nacionalsocialistas hicieron más tarde, con la excepción exclusiva del procedimiento técnico de gasificación, había sido descrito en una voluminosa literatura de los tempranos años 20: deportaciones, fusilamientos, torturas de masas, campos de muerte, exterminio de grandes grupos según criterios objetivos, según exigencias publicas de exterminio de millones de inocentes juzgados como “hostiles”.
Es probable que muchos de estos reportajes fueran exagerados. Es seguro que también el “terror blanco” ejecutó actos terribles, aunque dentro de su marco no podía dar ninguna analogía para el postulado del “exterminio de la burguesía”.
Sin embargo la siguiente pregunta debe aparecer como permitida, es más, inevitable: ¿realizaron los nacionalsocialistas, realizó Hitler un acto “asiático” sólo porque ellos y sus iguales se consideraban víctimas reales o potenciales de un acto “asiático”? ¿No estuvo el “Archipiélago Gulag” primero que “Auschwitz”? ¿No fue el “asesinato de clase” de los bolcheviques el prius lógico y fáctico del “asesinato de razas” de los nacionalsocialistas? ¿No son explicables las más secretas acciones de Hitler porque no se había olvidado de la “jaula de rata”? ¿Procedió Auschwitz, quizá, en sus orígenes de un pasado que no quería desaparecer?
Uno no necesita haber leído el desteñido librito de Melgunow para hacer tales preguntas. Pero se teme plantearlas y también yo he temido formularlas por largo tiempo. Se consideran como tesis del combate anticomunista o como producto de la guerra fría. Ellas tampoco convienen rectamente a la especialidad científica que siempre tiene que elegir las formulaciones mas precisas de las preguntas.
Pero ellas se basan en verdades sencillas. Ahorrar verdades voluntariamente podría tener fundamentos morales, pero ello va contra el ethos de la ciencia.
Las dudas fueron autorizadas sólo luego, cuando se detuvieron las preguntas acerca de estos hechos. El preguntar se detuvo y ellos, por su parte, no pusieron en una amplia conexión, a saber, en la relación de cada ruptura cualitativa en la historia europea, que comienza con la revolucion industrial y respectivamente desencadena una busqueda activa de „los culpables“ o de „los autores“ de un curso de cosas considerado funesto.
Recién en este marco podría declararse que a pesar de toda la comparabilidad se diferencian cualitativamente las acciones de exterminio biológico del nacionalsocialismo de los exterminios sociales que efectuó el bolchevismo.
Pero tan poco como un asesinato y acaso un asesinato de masas puede ser „justificado“ por otro asesinato, de este modo se desorienta un punto de vista, que solo apunta a un asesinato y a un asesinato de masas y no considera al otro, aunque es probable un nexo causal.
Quien se presenta ante los ojos la historia no como mitológica, sino en sus conexiones esenciales, ese es impulsado a conclusiones centrales: si ella en toda su oscuridad y en todos sus horrores, pero también en su desconcertante novedad, que uno le otorga al actuar, ha tenido un sentido para los desendientes, el debe consistir en volverse libre de la tiranía del pensamiento colectivista. Ello debería al mismo tiempo significar una orientacion decisiva, a todas las reglas de un orden libre, un orden, que permita y anime la crítica, en cuanto que el se refiere a acciones, modos de pensar y tradiciones, por tanto tambien a gobiernos y organizaciones de toda clase, un orden que tiene que desempeñar la crítica a los hechos con el estigma de lo inadmisible, de los que los individuos no pueden librarse o pueden sólo después de grandes esfuerzos, como la crítica a „los“ judios, „los“ rusos, „los“ alemanes, „los“ pequeño burgueses. Si las discusiones con el nacional socialismo justamente están marcadas por este pensar colectivista, debería finalmente ponerse un punto final. Es innegable que entonces la falta de pensamiento y la conformidad consigo mismo podrían propagarse. Pero ello no debe ser y la verdad no debe hacerse dependiente de la utilidad. Una explicación completa, que tendría que consistir ante todo en la reflexión sobre la historia de los últimos dos siglos, llevaría a desaparecer al pasado, que es el tema de este ensayo, como hace cada pasado, pero ella lo haría suyo por ello justamente"

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