viernes, noviembre 25, 2011

Adiós al intelectual de izquierdas

Pierre Trotignon, intelectual de izquierdas.

Como ejemplo de aquello que considero el "intelectual de izquierdas" en su última fase -o sea, antes de enmudecer en cuanto tal y recluirse en su cátedra universitaria-, puede resultar muy ilustrativo el filósofo francés Pierre Trotignon, quien en 1966 había pronosticado el año 1980 como término de prescripción para la destrucción de la burguesía y de la civilización europea a manos de un comunismo liberador afincado en la China de Mao. La traducción castellana del texto puede encontrarse en Sartre. El último metafísico (Buenos Aires, Paidós, 1968, pp. 16-26). Las diez páginas de Trotignon (bajo el título "El último metafísico") no tienen desperdicio. Transcribiremos algunos de los fragmentos a nuestro juicio más relevantes, que iremos comentando antes de llegar a la conclusión: el ocaso o extinción del intelectual de izquierdas, que debe elegir campo entre el filosionismo multiculturalista burgués más descarado, o una inédita izquierda nacional antisionista que todavía sólo despunta en tanto que mera virtualidad en sociólogos como James Petras.

Contra el proletario blanco

Trotignon argumenta que Sartre ha intentado salvar a la sociedad burguesa pero que ésta, al no escucharle, debe ser destruida. El artículo de Trotignon es un estallido de odio contra occidente, cuyo concepto incluye, no obstante, también al proletariado de raza blanca: "Hoy lo que se pudre, es la sociedad occidental en su conjunto, incluido el proletariado" (p. 24). En consecuencia, ya nada hay que esperar de los obreros, pues: "El arma de nuestra salvación se forja en otra parte, en el Sing-Kiang" (ibidem). Como sabemos, actualmente, lo que se forja en el Sin-Kiang es empero más bien la competencia de un Estado comunista-capitalista (síntesis perfecta de la alianza USA-URSS contra Alemania) que, gracias a una determinada forma de esclavitud laboral, puede arrasar los puestos de trabajo de los obreros occidentales con productos fabricados a bajo coste.  Sin embargo, Trotignon profetizaba en 1966 para 1980 lo que llamaba la Catástrofe, es decir, la extinción de la burguesía:

(...) debemos descifrar para comprender anticipadamente lo que los burgueses de 1980 -si quedan- llamarán Catástrofe y que será para nosotros el Advenimiento (p. 20).

La destrucción de Europa será, sin embargo, a este paso, la de su proletariado, no la de su burguesía. Y quienes encarnan el Advenimiento son los chinos, sí, pero justamente en calidad de feroces capitalistas esclavistas que gobiernan un Estado totalitario; el mismo que había de "liberarnos", según Trotignon. Tal inversión "racial" que pone en la picota al obrero o empleado blanco y que, de alguna manera, anticipa la nueva izquierda antropológica, ya estaba prefigurada, no obstante, en Trotignon, quien encarna una fase de transición del marxismo-leninismo clásico al tercermundismo y de éste al multiculturalismo racista antiblanco:

La obra de Sartre es ese gran esfuerzo de lucidez por el que percibimos que termina por fin la dominación terrorista del hombre blanco y de ahí que se acabe también la forma cultural de esa dominación (p. 18).

Recuerda Trotignon que en 1961 Sartre todavía creía que nosotros, los europeos, nos curaríamos de la enfermedad capitalista. Pero en 1966 Trotignon considera que el plazo ha prescrito:

Hoy hay que ir más lejos: sabemos que no nos curaremos. Vamos a morir de ese cáncer que ha devorado la libertad, arruinando el proyecto de Sartre al hacer desaparecer su objeto. Esto no lo diminuye en nada: Sartre ha intentado valientemente lo que se podía y debía hacer para salvar la sociedad burguesa del abismo en que decididamente quiere arrojarse (p. 19).

Pero lo que ha desaparecido no es la sociedad burguesa, sino, precisamente, el comunismo, el mismo que, en la visión delirante de Trotignon, debía traernos la libertad. !Estos eran los "intelectuales de izquierdas", de la vieja izquierda! De ahí que la izquierda nacional no constituya sólo una refundación a la izquierda de los rancios populismos anti-inmigración actuales, sino ante todo una refundación de la propia izquierda.


Defensa del terrorismo y exterminio de Europa

No se vayan todavía amigos, !aún hay más! Trotignon comienza justo en este punto su discurso de instigación al odio y violencia contra Europa, por el que no veo que -curiosamente- haya sido procesado o siquiera marginado en la universidad a pesar de las legislaciones represivas existentes en Francia. ¿Cómo se puede, si no, calificar lo que viene a continuación?

Consideremos nuestra sociedad, moribunda, desarraigada en su cultura, corroída por un escepticismo leucémico, seducida por una derecha que utiliza todos sus encantos para dividir, envolver, empantanar, suavemente agitada por una izquierda de cartón pintado, ciega a los problemas revolucionarios de la época, a los que juzga despreciables y molestos porque se plantean sin ella, fuera de ella y contra ella (...). La sociedad burguesa ya no puede ser modificada más que hacia una creciente tiranía. Es necesario, entonces, destruirla (ibidem).

Observemos la ambigüedad, pero también los aciertos del discurso de Trotignon. Éste reprocha a la izquierda reformista su traición, lo que es cierto, pero habla de ceguera, cuando el único ciego es él, incapaz -en plena "revolución cultural" maoísta, la mayor carnicería de la historia- de mirar de frente la realidad del comunismo a despecho de que una y otra vez reivindica la filosofía, la verdad, la necesidad..., como espadas en la lucha contra el escepticismo leucémico, el desarraigo, etcétera. Trotignon no distingue entre burguesía y proletariado, habla de "sociedad burguesa", pero "nuestra sociedad", merecedora de desaparecer, incluye a los trabajadores:

El único proyecto histórico coherente que hoy puede hacer un francés, si es filósofo, es desear la muerte de nuestra sociedad para que llegue la libertad.

El papel del filósofo se confunde con el del verdugo de la burguesía, lo que no deja de resultar atractivo, pero ese filósofo, en nombre de buenas razones, se abalanza, en medio de la confusión propia de esta izquierda radical internacionalista, contra su propio pueblo:

(...) por lo que se refiere a nuestra sociedad, es justo que ella desaparezca en el incendio que se prepara. Y en consecuencia la tarea filosófica de los intelectuales de nuestra generación es la de ser la enfermedad mortal de nuestra civilización sofística, la crítica radical, la subversión absoluta, y esto en nombre de la absoluta necesidad, de la ineluctable justicia que anunciamos. La filosofía debe arraigar en el discurso de la Necesidad, lo Absoluto (...) (p. 20).

!Habla, subrayémoslo, un intelectual de izquierdas en estado químicamente puro! !No se le puede pedir más! !Qué cerca de ciertas cuestiones fundamentales y, al mismo tiempo, qué lejos! Uno creería escuchar a un auténtico "fascista", pues, como sabemos y hemos argumentado aquí, el "fascismo" proviene de la izquierda, el "fascismo" es la imagen invertida, estigmatizada, de la etapa superior del desarrollo del proceso de racionalización occidental, pero la izquierda anarco-marxista, precisamente, ha forjado un espantajo para defenderse de él, para salvaguardar la herencia axiológica judeocristiana secularizada (el "amor", la "felicidad", el "progreso", el "paraíso"...), de la que teme con pavor desprenderse. El resultado es este escándalo de mixtificación, de contradicciones y de bochornos en boca de una izquierda anti-nacional incapaz de dar el último paso al frente, prefiriendo en su lugar la aniquilación de occidente (y, por ende, de sí misma). Trotignon, en efecto, no vacila en apelar al terrorismo:

J. P. Sartre, maestro de Trotignon

(...) la función que había sido asignada al filósofo en la cultura burguesa, ha sido, por así decirlo, reducida a la nada. (...) Es entonces necesario un esfuerzo reflexivo para crear los operadores intelectuales que permitan al filósofo hacerse entender nuevamente. Pero atención: hacerse entender no es despertar simpatía. Es propagar el terror. La filosofía de mañana será terrorista. No filosofía del terrorismo, sino filosofía terrorista, unida a una práctica política terrorista (p. 22).

No deja de tener el hombre su parte de razón y hemos intentado reflexionar sobre esta cuestión planteando la idea de una revolución democrática que no derramara ni una sola gota de sangre pero que, mediante instrumentos discursivos pacíficos, pusiera en evidencia el carácter criminal genocida de la oligarquía transnacional. En cierto sentido, se trata de una filosofía terrorista, siendo así que debe aniquilar, con la palabra, el edificio simbólico, construido también mediante el lenguaje (=narración histórica), del sistema oligárquico. En cualquier caso, es seguro que el cuestionamiento indirecto de "el Holocausto" que se desprende del agnosticismo activo respecto de la Shoah, será calificado de fascismo y, por ende, de terrorismo. Pero dicho enfoque estratégico excluye, para ser eficaz, precisamente la "práctica política terrorista", con la que su derrota -abstracción hecha de las cuestiones morales- resultaría inexorable vista la superioridad tecnológica aplastante del dispositivo de poder oligárquico. El potencial destructivo demoledor del dominio actual pone punto y final al concepto de la "violencia revolucionaria" y, con ella, al modelo de partido leninista. Parece llegada, paradójicamente, la hora del filósofo. Los intelectuales de izquierda, filósofos buena parte de ellos, tenían que haber detectado cuál era su rol, el filón de su fuerza y, sobre todo, el adversario a batir, el discurso o imaginario a "deconstruir": la "ideología del Holocausto" (Norman G. Finkelstein). No hay otra revolución posible. En lugar de ello, desde hace hace décadas atizan palos de ciego contra el "fascismo"; la ultra hebrea debe de dar saltos de alegría ante la tremenda "capacidad" de penetración intelectual de semejantes filósofos:

(...) nosotros somos los hijos de puta, de esa gran puta que es la sociedad de consumo, la sociedad tecnocrática, el establo universal del género humano (...) La cultura burguesa se ha suicidado, ha dejado el campo libre a algunos pequeños Führern (sic) mediocres e impotentes que instauran un fascismo intelectual, y cuya voluntad nihilista despista e insulta a los verdaderos filósofos. Es contra esa voluntad que debemos mantenernos en pie para filosofar.

!Un fascismo intelectual -toda una concesión, gracias, cuando hasta hace bien poco el "fascista" no pasaba de simple oportunista e irracionalista semianalfabeto- caracterizado como "voluntad nihilista" de pequeños Führern (sic) que no son verdaderos filósofos! Trotignon, un verdadero filósofo; Heidegger, un falso filósofo. Estos serían los adversarios de Trotignon: tan "fascistas" como puedan serlo, justamente, los antifascistas de Tel Aviv o Washington o Londres, y tan "nihilistas" como los cristianos fundamentalistas neocon o sionistas (ziocon). Pero, sea cual fiere el desvarío teórico, el resultado es siempre el mismo: la revolución antiburguesa (?) consiste en la obsesión racista de entregar Europa a moros, negros o chinos..., aunque sólo sea como avanzadilla de la ultraderecha judía. !La burguesía oligárquica filosionista se frota las manos con semejante "revolución"! !Ella misma ha hecho esa revolución! !Y pretende Trotignon -en estado de embriguez, quizá- que serán tales grupos étnicos "liberadores" los que nos redimirán -¿se referirá a la sharia?- de la sociedad de consumo, cuando precisamente vienen a Europa atraidos por ella! !Cuando la sociedad de consumo universal, globalizada, se constituye como el gran crisol donde los imperialistas hebreos, esgrimiendo "Auschwitz", pretenden diseñar la figura inocua del mestizo universal, clónico, plano, unidimensional, dócil y perfectamente manipulable, a las órdenes del "pueblo sacerdotal" augurado por la profecía mesiánica! Si existe alguna forma de hacer el ridículo, de demostrar que se es un no-filósofo (por decirlo suavemente) ahí tienen al "intelectual de izquierdas". Y, sin embargo, su función es esencial, no dejemos de leerle. Trotignon apunta, en parte, a aquello que tenemos el deber de erradicar: la sociedad de consumo. Pero se equivoca a la hora de identificar, si de verdad pretende en efecto acabar con la "gran puta" (sic), al enemigo político. Repite como un loro la cantinela conformista del antifascismo en el mismo momento en que amenaza con destruir la sociedad burguesa mediante atentados terroristas (estupidez táctica y ética donde las haya). ¿Se puede ser más incompetente y fraudulento? ¿Le resulta tan difícil de entender, a este "filósofo", que el discurso antifascista es precisamente el que le ha permitido convertirse en profesor universitario a pesar de incurrir en una descarada apología del terrorismo y, por lo tanto, que tales signos resultan sospechosos de identificar al auténtico poder oligárquico? !Compárese su carrera, por ejemplo, con la de un Roger Garaudy! ¿No lo ha visto o no ha querido verlo Trotignon, como la mayoría de sus correligionarios "progresistas" y colegas de profesión? Dejamos que el lector ensaye su propia respuesta.

Jaume Farrerons
25 de noviembre de 2011

domingo, noviembre 20, 2011

¿Es posible una revolución democrática? De la ortodoxia crítica al agnosticismo activo

Ernst Nolte, historiador alemán discípulo de Heidegger:
de la ortodoxia crítica al agnosticismo activo.

El 20 de noviembre de 2011 se cumplen cuatro años de la fundación de esta bitácora. Muchas cosas han cambiado desde entonces a nuestro alrededor, pero quizá lo más sorprendente es que el propio trabajo de acreditación de los hechos y de las ideas reflejados en la publicación de internet conocida en 77 países como Filosofía Crítica (una de las muchas que están erosionando, poco a poco pero inexorablemente, el discurso político oficial), nos ha cambiado a nosotros mismos por dentro. Hoy, en efecto, yo ya no aceptaría lo que entonces afirmé sobre -y es sólo un ejemplo- las cifras de víctimas del holocausto, sino que abriría un enorme y significativo interrogante, el cual tendrá más valor incluso -de cara a unos ciudadanos totalmente confusos al respecto- que la pura y simple "negación de Auschwitz". Otro tanto cabe añadir por lo que concierne al uso masivo y sistemático de cámaras de gas y hornos crematorios en un proyecto de exterminio del pueblo judío perpetrado por el Estado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. No niego, ni negaré nunca, que los judíos fueron objeto de persecución bajo el Tercer Reich, pero las características y dimensiones del suceso han sido, a mi entender, y ahora ya sin ningún género de dudas, exageradas y utilizadas con fines propagandísticos de dudosa moralidad. Finalmente, después de cuatro años estudiando el tema, entiendo que mientras sigan vigentes en Europa y el resto de occidente las leyes que persiguen y castigan a quienes osen cuestionar el relato oficial del holocausto, el deber de todas las personas con titulaciones universitarias no puede ser otra que hacer explícito un silencio-protesta universal contra el mencionado marco legal de represión antidemocrática.


De la ortodoxia crítica al agnosticismo activo

Para resumirlo: como Nolte, yo era un ortodoxo crítico cuando fundé este blog. Todavía aceptaba la cifra de 4 millones de víctimas judías, que se basaba en un manual de historia totalmente corriente y poco sospechoso de nazismo, a saber, la Historia Universal de la Editorial Siglo XX, tomo 34 El siglo XX. Europa 1918-1945, (1980), de R. A. C. Parker, en cuya página 407 leemos lo siguiente:

No se conoce exactamente el número de asesinados, pero parece correcto aceptar un mínimo de cuatro millones y un máximo de unos seis.

(Subr. mío, J. F.) !Un máximo de "unos seis" y un mínimo de 4 millones! El autor remite, en su nota 27, a las siguientes fuentes: L. Poliakov, "Quel est le nombre de victimes?", en "Revue d'Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale", octubre de 1956, pp. 88-96; G. Reitlinger, The final solution, Londres, 1953, pp. 489-501; R. Hilberg, The destruction of the european jews, Chicago-Londres, 1961, p. 767; H. Krausnick, en Buchheim et alia, op. cit. Obsérvese que la valoración se basa en publicaciones anteriores y posteriores al reconocimiento oficial de que nunca hubo cámaras de gas en los campos situados dentro de las fronteras políticas del Reich (Martin Broszat, "Die Zeit", 19 de agosto de 1960). De ahí quizá la enorme horquilla en se abre entre los 4 y los 6 millones, pero utilizando en el otro extremo la curiosa expresión "unos seis", que podría significar cinco y medio. En su obra La revisión del holocausto (Madrid, 1994), un auténtico fraude pseudo científico ampliamente refutado por el revisionista E. Aynat, César Vidal sostiene que "el número total de judíos asesinados por los nazis fue cercano a los seis millones de personas" (op. cit., p. 153). ¿Qué significa "cercano"? ¿Cuatro millones es "cercano" a "unos" seis? Las vacilaciones de los autores ortodoxos precríticos resultan tan notorias, que no hace falta ser precisamente un "nazi" sediento de sangre para esbozar una sonrisa ante esta "ciencia" tan poco rigurosa.

Andreas Hillgruber, historiador alemán
denostado por César Vidal.

Acepté los cuatro millones (el mínimo de R. A. C. Parker) porque el autor de este blog era ya entonces crítico, pero dentro de la ortodoxia. En cuanto a las cámaras de gas, ya habían sido, comos sabemos, relativizadas por Goldhagen, otro ortodoxo que me resisto a calificar de crítico, en Los verdugos voluntarios de Hitler (1996). Ortodoxia crítica es más bien, por ejemplo, la de Ernst Nolte, quien roza en ocasiones el agnosticismo:

Cuando las reglas de examen de testigos se hayan generalizado y ya no se evalúen las declaraciones objetivas de acuerdo con criterios políticos, sólo entonces se habrá construido una base sólida para el esfuerzo por lograr objetividad científica respecto a la "solución final" (Nolte, E., La guerra civil europea, 1917-1945, FCE, México, 2001, pp. 485-486, n. 106).

Hoy, después de varios años estudiando el tema y de conocer los cambios en las placas de Auschwitz acontecidos tras la caída del comunismo, en las cuales se pasó de cuatro millones de víctimas a un millón y medio en este campo, mientras Hilberg introduce, entrado ya el siglo XXI, nuevas "rebajas" en la reciente reedición de su monumental clásico, yo, que aprendí a sumar y restar en la escuela, he optado por esgrimir mi derecho a la duda.

Nada nos obliga a "confesar" nuestra postura heterodoxa sobre el holocausto. Las cifras de víctimas judías, las causas de su muerte, etcétera, ya se veránPero sólo !cuando la investigación de los hechos sea verdaderamente libre y los ortodoxos precríticos acepten un debate público que respete las normas y principios de la "comunidad ideal de diálogo" (Habermas)! Mientras una pistola apunte a la cabeza de los heterodoxos críticos y de nosotros, los agnósticos, tenemos el derecho -y el deber- de negarnos a hablar, ya sea como investigadores, ya como ciudadanos. Esta es la situación a la que el revisionismo nos ha conducido, desde Paul Rassinier a Robert Faurisson, con la sola fuerza de sus razones.

En cambio, podemos y debemos manifestar nuestro agnosticismo activo como protesta cívica ante la represión brutal -que incluye, en algunos casos, la agresión física y el asesinato- de los historiadores e investigadores críticos y de los heterodoxos en general. Los promotores de este agnosticismo activo se abstendrán así de participar en actos de conmemoración de la Shoah, de "condenar" el holocausto y de emitir mensajes favorables a los beneficiarios de la propaganda oficial sobre el tema, a saber, los sionistas y el Estado de Israel, hasta que las leyes lesivas de la libertad de expresión, en Europa y occidente, sean derogadas. En general, renunciarán al lenguaje "antifascista", consistente en calificar de "fascista" cualquier atrocidad genocida, incluidas las de los propios israelíes contra los palestinos. Este lenguaje no es inocente y sólo sirve para exonerar a los verdaderos asesinos, que no son necesariamente fascistas sino, en muchas ocasiones, demasiadas, sionistas o comunistas o liberales. !Basta de propaganda! !Las cosas por su nombre! 

El agnosticismo que propongo no es sólo activo por su abstención cívica, sino, ante todo, porque debe promover, mientras coloca su grave interrogante sobre el discurso victimista del sionismo, el conocimiento histórico de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, ya en la posguerra, por el Estado de Israel (la Nakba). Se trata de sentar a los fiscales y jueces de Nüremberg en el banquillo de los acusados para que respondan por sus asesinatos de masas. Omitir este deber y seguir hablando de "derechos humanos" convierte a quienes así se comporten en miserables hipócritas.

La estrategia defensiva de negar el Holocausto pertenece a los revisionistas, entendiendo que debe establecerse entre ellos y los agnosticistas críticos una distinción de principio que Chomsky ha marcado con claridad. Así, mientras reivindicamos el derecho de los revisionistas a cuestionar la narración hollywoodiense de la Shoah, nosotros, lo subrayo, no nos vamos a pronunciar sobre el número de víctimas judías o el supuesto uso sistemático de cámaras de gas, hornos crematorios y cuestiones semejantes; pero en cambio, sí denunciaremos las atrocidades simbolizadas por nombres como Dresden, Kolymá, Hiroshima y Palestina. Esta estrategia contra los criminales que nos gobiernan no es, por tanto, meramente (auto)exoneradora, sino ofensiva. Se trata con ella de reivindicar la legislación vigente sobre derechos humanos siguiendo el "modelo ADECAF" (verdadero laboratorio experimental de este pensamiento y praxis en las prisiones catalanas), documentando los hechos con rigor, y de interponer los procesos judiciales correspondientes ante tribunales competentes, reclamando, en su defecto, la constitución de los mismos; de alertar, en suma, sobre el doble rasero de las instituciones pseudo democráticas a la hora de aplicar dicha legislacíón "humanitaria".

Podemos acreditar la impunidad, incoherente con la normativa internacional vigente de derechos humanos la evidencia de:

  • 100 millones de víctimas del comunismo,
  • de 8 a 13 millones de víctimas del genocidio planificado y perpetrado contra el pueblo alemán (1941-1948),
  • los crímenes contra la humanidad perpetrados por el Estado de Israel contra el pueblo palestino y
  • el uso de bombas atómicas contra la población civil japonesa como crimen de guerra. Entre otros.

El prof. Dr. Klaus Hildebrand,
quien el 31 de julio de 1986
desató la indignación antifascista
con sus declaraciones en "FAZ".
La criminal impunidad de tales atrocidades -que nadie se atreve cuestionar: limítanse, los "intelectuales" y políticos, a ignorarlas- representa el mayor abono concebible para la duda respecto de que la exagerada o manipulada narración del holocausto y la persecución de los investigadores revisionistas no sea más que un aspecto en la comisión de las mismas. La demolición crítica de las "narraciones" (cinematográficas, literarias, periodísticas, historiográficas...) utilizadas para legitimar a los vencedores de la II Guerra Mundial, es decir, a los mayores asesinos de masas de la historia, y la acreditación teórica, jurídica y política de la realidad de sus fechorías impunes, forman también, por tanto, las dos caras de la moneda de un hecho histórico unitario. 

Tal planteamiento puede parecer más "moderado" que el puramente heterodoxo crítico (o revisionista) en orden a cuestionar la criminalidad del sistema oligárquico transnacional -el enemigo político de la filosofía crítica-, pero los historiadores ortodoxos, en realidad auténticos ideólogos (sionistas) que gestionan la "historia" como fuente de legitimación del poder oligárquico, han expresado ya su temor ante el desarrollo de lo que ellos llaman un nuevo revisionismo "banalizador", basado menos en el cuestionamiento inequívoco del holocausto que en la contextualización a los abusos cometidos por Alemania, sobre cuyas dimensiones y características omite aquél pronunciarse por razones obvias.

¿Cómo sería posible una revolución democrática?

El agnosticismo activo respecto de la historia del holocausto responde también, por otro lado, a la pregunta: ¿cómo sería posible la revolución hoy? Parece evidente que, por una simple cuestión material, las revoluciones violentas están condenadas al fracaso. Los medios tecnológicos con que cuenta la oligarquía son de una capacidad destructiva tan aplastante, que la añeja fórmula romántica "el pueblo unido jamás será vencido", entendiendo por tal el irresistible peso casi físico de la mayoría, ya no puede considerarse más que una añoranza poética del pasado. Sin embargo, en contrapartida, hay que decir que el sistema oligárquico no gobierna por la fuerza, sino mediante la manipulación y que, en este sentido, depende de la creencia subjetiva masiva en la existencia de una legitimidad democrática. El sistema oligárquico no puede utilizar así, contra la gente, de manera indiscriminada, el poder de que dispone sin deslegitimarse de forma automática. El sistema reprime y silencia a los disidentes, ensordeciendo además esta represión, pero debe renunciar a regañadientes a aplicar semejante estrategia a gran escala, por lo menos en los países centrales (otra cosa es Bagdad o Gaza). En consecuencia, tanto de un lado como de otro, la victoria y la derrota se deciden en el terreno de lo simbólico, es decir, de la ideología.

César Vidal, propagandista  sionista.

La victoria sobre el sistema oligárquico sólo puede ser incruenta y debe aceptar pues, como premisa metódica, la prohibición de derramar una sola gota se sangre (aunque no cabe duda de que el sistema ya está utilizando los asesinatos selectivos para eliminar a sus críticos, la merecida respuesta popular sería calificada de "terrorismo" y abortada sin contemplaciones). ¿Existe, por tanto, alguna vía estratégica para la revolución? A mi entender, sin duda la hay, a saber: la revolución pacífica por excelencia es la negación de la narración oficial del holocausto. La falsación rigurosa de este mito oficial y la caída de la oligarquía señalan el haz y el envés de un único proceso de transformación histórica. Y a la inversa: no hay derrota de la oligarquía si se perpetúa, de una u otra manera, el mito de Auschwitz y la ideología antifascista (o su lenguaje y hasta su jerga vulgar).

Ahora bien, dicho esto, conviene advertir que en la actualidad resultará estéril o asaz costoso abordar el cuestionamiento del mitema central de la Shoah -los 6 millones y las cámaras de gas- de manera frontal. El motivo es que resulta imposible criticar el antifascismo sin caer en la trampa simbólica de la identificación automática con el neofascismo. Tanto la fábula de Auschwitz como la jerga antifascista deben ser rodeados por los flancos poniendo en primer plano los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores. Sólo entonces, el postulado en que se sustenta el antifascismo y, por tanto, el relato fraudulento u obscenamente exagerado sobre "Auschwitz", caeria por su propio peso. En cambio, el cuestionamiento lineal y monotemático del antifascismo nos condena a soportar el estigma de fascistas y, una vez más, a embarrancarnos y enlodarnos en las eternas escaramuzas defensivas de los negacionistas.

El sionismo no puede ser derrotado mientras los críticos deban defenderse y ocupar todas sus fuerzas en una exculpación frente a la imputación "demoníaco-inquisitorial" de ser fascistas. Y ya sabemos que esa difamación recae incluso sobre personas como Chomsky, que no han dicho nunca ni una sola palabra respecto del plan Kaufman-Morgenthau de exterminio del pueblo alemán, por poner un ejemplo. La victoria sobre el adversario oligárquico sólo se producirá por deslegitimación política cuando éste sufra un ataque simbólico (discursivo) de carácter plenamente democrático que ponga en flagrante contradicción los propios discursos jurídicos humanitarios del sistema, por un lado, y la realidad impune de los crímenes de masas que ha perpetrado, por otro. La red es el punto de partida de esta revolución. Y ello sin que se nombre para nada a Auschwitz o al fascismo, lo que de alguna manera me desautoriza personalmente para realizar esta tarea, pues quien suscribe llega ya demasiado lejos incluso haciendo públicas estas palabras. Pero alguien totalmente limpio de polvo y paja puede poner en marcha el proyecto del agnosticismo activo. En cualquier caso, mientras ese alguien no aparezca, nosotros mismos estamos ya volis nolis en el quehacer de desafiar al poder desde la izquierda y los derechos humanos, es decir, desde valores como la verdad racional, la justicia social y la libertad democrática, signos que el sistema oligárquico no puede negar sin abjurar de sus propios fundamentos, pero que no puede tampoco lógicamente afirmar mientras atenta contra la libertad de expresión y mantiene simultáneamente en una vergonzante impunidad los crímenes de masas más horrendos que la historia registra.. La única esperanza del sistema oligárquico, que también hace aguas por otras brechas, es expulsar dichos crímenes de masas fuera de la conciencia y de la visibilidad públicas todo el tiempo que le sea ya posible. Para ello cuenta con la inestimable colaboración de los medios de comunicación, de los políticos profesionales y de una intelectualidad cobarde, mentirosa, corrupta y adicta a las delicias del pesebre institucional. Nuestra guerra es ésta: romper el cerco de silenciamiento represivo contra la verdad, hacer llegar, en discursos intermedios ubicados entre la ciencia/filosofía y el periodismo (como es el caso de este blog) un mensaje de duda razonable a la mayoría de los ciudadanos, generando a la par estructuras asociativas, políticas, sindicales y culturales que nos permitan emplazar nuestros "cañones" meramente infomativos en el espacio de una neo izquierda ilustrada de carácter patriótico, socialista y nacional-popular.

Para demoler la narración oficial sobre el holocausto, hito histórico que pondrá fin pacíficamente a la dominación de la oligarquía sionista, es necesario olvidarse, por tanto, durante cierto tiempo, del propio holocausto, así como del "fascismo". Hay que rehuir también, consecuentemente, y en este caso ya para siempre, a la extrema derecha en todas sus formas: católica, racial, identitaria, franquista, franco-falangista... Es menester institucionalizar un espacio social y simbólico nuevo, al que hemos denominado la izquierda nacional. Un lugar erigido sobre los pilares de los derechos humanos, la defensa de la democracia, la justicia social y, más importante todavía (porque es este aspecto aparentemente insignificante el que lo cambia todo) la verdad racional. Será, en efecto, el signo de la verdad racional, silenciosamente contrapuesto a la "felicidad del mayor número", el que nos permitirá transitar de la izquierda internacionalista marxista a la izquierda nacional heideggeriana. Se trata de algo tan radical, tan profundo en su trascendencia, que podría sustraerse a la vista de un contemplador superficial desconocedor de la filosofía. Pero en dicha apelación a la verdad racional resta marcada, de manera definitiva, la diferencia entre los heterodoxos (carne de la represión sistémica) y los agnósticos activos, quienes hemos dejado atrás el fascismo experimentándolo hasta el final sin tener, por tanto, que disimular un doble lenguaje.

El historiador alemán Joachim C. Fest, otra
bestia negra del sionista Vidal.

Estamos señalando, como se ve, la dirección de un camino, una hoja de ruta, que no nos obliga a enzarzarnos, de buenas a primeras, en la cruenta guerra de desgaste del negacionismo de Auschwitz, cuyas conexiones con el neofascismo, aunque a menudo exageradas, no dejan de ser ciertas en demasiados casos. Pero este camino no sólo ha de resultar transitable, sino, de alguna manera, necesario, exigido por la propia lógica de la historia de Europa. Al hablar de filosofía crítica, agnosticismo activo e izquierda nacional es necesario contextualizar la circunstancia en la que nos encontramos; sólo ésta permite otorgar su verdadero sentido a tales conceptos y directrices de acción. Ya no se trata únicamente de una crisis del discurso relativo a Auchwitz provocada por décadas de lucha revisionista en internet, con decenas de héroes y caídos que han sacrificado su profesión, su salud y hasta su vida por la causa europea; es que la crisis económica y la crisis de legitimación de las instituciones provocada por la corrupción política, la asfixiante y desvergonzada tiranía de la alta finanza y el consiguiente desmantelamiento oligárquico galopante de hasta las meras apariencias de una democracia social, generan por sí mismos el terreno más receptivo y fértil para el discurso crítico del agnosticismo activo y, por ende, para la acción política de la izquierda nacional. Será el éxito político, primero local, luego regional y finalmente estatal, el que posibilite el acceso a las instituciones académicas cuya revisión de la historia contemporánea pondrá fin a las manipulaciones entorno al holocausto. Tras el desenmascaramiento de aquéllas, no se hará esperar el desmoronamiento del poder de la oligarquía, expulsado al otro lado del Atlántico si, como creemos, es Europa la primera región del planeta que hace suya, como forma de vida, la Gran Verdad de la Finitud, fruto granado de dos mil años de pensamiento filosófico.

El tiempo está cerca. El año 2012 puede ser decisivo en esta lucha que habrá de refundar la cultura europea y arrastrar consigo, junto a Auschwitz, el otro gran mito del sepulcro vacío, tradición profética y mesiánica judeocristiana que escóndese en el germen de la decadente sociedad de consumo actual en tanto que mera secularización judía del reino del Dios Yahvé. Esa promesa falaz, que permitió hace milenios implantar el fraude consciente de un estafador hebreo, Saulo de Tarso, en las tierras griegas paganas y gentiles de la filosofía, la ciencia y la razón, arrancando de raíz el espíritu trágico-heroico de la gran tradición indoeuropea; que engañó a los pueblos con imágenes estupefacientes de "felicidad" en el "más allá" y otras fábulas (de las que el holocausto no es más que la oscura contraparte infernal, asimismo secularizada en forma de ideología política antifascista), esta doctrina fuente de todas nuestras desgracias universalistas, sostengo, debe caer también con la Shoah, el imperialismo yanqui y el Estado de Israel. 

Todos aquellos europeos de espíritu que, en el mundo, puedan y quieran aportar sus fuerzas a la batalla, deben hacerlo ahora: no habrá una segunda oportunidad para nuestra causa.

(post en elaboración y abierto a críticas o aportaciones)


Jaume Farrerons
20 de noviembre de 2011