domingo, abril 11, 2010

Textos preparatorios del Manifiesto por una Izquierda Nacional

En la foto, soldado alemán auxiliando a uno francés herido en la campaña de 1940. Si Europa pretende resurgir como entidad política dueña de su destino, Alemania debe ser liberada del estigma criminal evacuado regularmente por Hollywood.

La patente situación de colapso político, moral y socio-económico que se está viviendo desde el estallido en 2008 de la llamada burbuja financiera, invita a reflexionar a todas las personas, pero singularmente a aquellos ciudadanos que se sientan comprometidos con el futuro de nuestra sociedad. Urgen  propuestas rigurosas relativas a lo que debemos hacer, instituyendo a tales efectos los oportunos marcos de debate y actuación.

La evidencia de que la clase política dirigente actual, responsable última del desastre, no pretende enmendarse, sino sólo adherir parches superficiales a profundísimas fisuras que penetran en los fundamentos mismos del sistema y que, por este motivo, requerirían en realidad cambios estructurales en nuestro modo de vida, plantea, en primer lugar, la exigencia de una ruptura con el actual modelo político hacia una mayor democratización, participación ciudadana y transparencia de las instituciones públicas.

La mera alternancia electoral derecha-izquierda no va a traer como tal nada nuevo. El propio modelo burgués de “partido”, en cuanto presunto mecanismo institucional de recodificación de la soberanía popular en términos de decisiones políticas concretas, está agotado y sólo sirve, y ha servido siempre, a las oligarquías que lo financian y sostienen. La gravedad de la coyuntura reclama, en España, mirar más allá de los principios de la constitución de 1978, porque la monarquía no puede considerarse tampoco inocente. Actuar de forma responsable significa, dicho brevemente, analizar la crisis en todas sus dimensiones, además de la económica, detectar sus hondas causas y acuñar, por lo menos en la teoría, las posibles alternativas.

Ningún programa partidista a cuatro años vista será capaz por sí sólo de afrontar unas contradicciones que afectan a lo más granado del ideario liberal de oriundez anglosajona y, singularmente, norteamericana (american way of life) vigente en Europa. En consecuencia, los europeos debemos arriesgarnos a navegar hacia mares desconocidos como antaño lo hicieran nuestros valientes antepasados, siendo así que pronto, muy pronto, ya nada tendremos que perder. Las circunstancias nos fuerzan a dar por muerto y finiquitado el proyecto de una sociedad individualista de consumo que ha puesto de manifiesto su fracaso y que en estos momentos amenaza seriamente con destruir los valores irrenunciables de la civilización europeo-occidental.

En este contexto dramático, bajo el impacto de la inmigración masiva y descontrolada de las últimas décadas, con centenares de miles de familias sin trabajo, el inminente colapso ecológico (cambio climático global), los cotidianos escándalos de corrupción política, acompañados de intentos de secesión y disolución de la nación española, que se añaden a la amenaza del terrorismo exterior (islámico) o interior (separatista), no parece descabellado afirmar que es necesario movilizar a la ciudadanía.

Por este motivo, un grupo de españoles hemos decidido redactar y hacer público el presente Preámbulo a un documento llamando a la fundación de una izquierda nacional. Un Manifiesto que se redactará partiendo de determinados supuestos axiológicos o de valores, aquí expuestos.

La  IZQUIERDA NACIONAL ha de ser capaz de salvaguardar, al mismo tiempo,

1/ la integridad de la unidad nacional hispánica y

2/ los derechos adquiridos por los trabajadores a lo largo de décadas de lucha sindical y política.

Pero debe ir más allá.

La supervivencia de la nación hispánica y de su paisaje, la preservación de la dignidad de los trabajadores españoles y de su idiosincrasia como pueblo, realidades puestas en jaque por la erosión combinada de la descomposición político-moral del Estado borbónico y el delirante dogma del mercado mundial, son sólo el punto de partida para una transformación más radical, una auténtica respuesta integral al individualismo liberal en la cual pretendemos abordar las aludidas cuestiones morales de fondo, con las miras puestas en un modelo comunitario europeo de sociedad.

Dicho paradigma político apela a los valores éticos y ciudadanos, a la democracia y la justicia social, al pensamiento ilustrado y la ciencia, pero también a la orgullosa reivindicación de unas herencias nacionales que constituyen, en Europa, nuestra identidad histórica. Semejante autoafirmación hispánica y europea se erige así tanto frente a las nuevas teocracias oscurantistas –que emergen en al otro lado del Mediterráneo como consecuencia del descrédito del occidente filosionista-, cuanto frente a los Estados Unidos de América y sus aliados tradicionales (con una muy especial mención de la organización criminal denominada "Estado de Israel").

En esta lucha no columbramos aliados, excepto quizá los pueblos sudamericanos y Rusia. La América sionista y el islamismo radical representan, en pie de igualdad en cuanto a la peligrosidad, negaciones integrales de la idea de Europa.

Crisis terminal del sistema liberal

La evidencia del cortocircuito sistémico es un hecho incontrovertible que la clase política no puede ya ocultar a sus conciudadanos. Sin embargo, lo que sí les oculta son las auténticas dimensiones de la crisis y sus nulas perspectivas de recuperación a medio y largo plazo. Aunque en los próximos años se produzca algún repunte económico, el sueño del desarrollismo y del consumismo sin límites está herido de muerte y los políticos nos engañan conscientemente cuando intentan hacernos creer que, en un tiempo razonable, todo volverá a ser “como antes”, es decir, una interminable orgía de derroche consumista. El mundo irreal de la burbuja financiera ha desaparecido para siempre. Nuestros ridículos politicastros mienten cada vez que abren la boca a fin de no alarmar a la ciudadanía con la catástrofe que se avecina. La realidad es que entramos en la fase terminal del proyecto “social y democrático de derecho” que, para Europa, se va a traducir en un desmantelamiento del “estado de bienestar” y en una regresión social generalizada que pauperizará a las clases trabajadoras, aumentando las diferencias entre ricos y pobres hasta extremos que sólo el pueblo, con su acción político-sindical de defensa organizada, decidirá hasta dónde consiente que lleguen.

Este panorama puede que no sea optimista, pero sí es realista y los trabajadores que hayan aprendido la lección del pasado deberán empezar a reflexionar si, en lugar de una sociedad de consumo basada en la mentira, aquello que quieren como personas y ciudadanos es una auténtica democracia, cuyos niveles materiales de vida, siendo suficientes, no comporten la pérdida de la dimensión existencial nacional, la debacle de la institución familiar, la mercantilización de la cultura y, en general, el ocaso de aquéllos valores éticos que hacen de la existencia humana una vida merecedora de ser vivida. Los trabajadores luchamos, pues, por unas condiciones sociales irrenunciables, pero, ante todo, por nuestra dignidad como colectivo depositario de valores éticos superiores. De ahí que reclamemos una política basada en la verdad que deje atrás décadas de fraude y manipulación publicitaria descarada por parte de los políticos profesionales culpables del desastre.

La crisis, además de económica, es, efectivamente, una crisis política que afecta a la credibilidad de las instituciones democráticas. El abstencionismo electoral crece y es el único “partido” que gana las elecciones. En medio de unas organizaciones tradicionales en las que ya nadie confía, proliferan como hongos de la política los oportunistas, los demagogos y los iluminados, en algunos casos auténticos analfabetos funcionales que sólo intentan pescar en río revuelto.

Para la mayoría de los ciudadanos, a saber, los trabajadores que configuran el núcleo de la nación hispánica, la clase política actual está formada por una camarilla endogámica de vividores sin escrúpulos. Corruptos, incompetentes y criminales nutren tamaña casta abyecta. Ésta sirve a los intereses de los grandes capitales que la financian y ha bloqueado, en el seno de sus respectivos partidos, los mecanismos de control popular, impidiendo que las bases ejerzan la fiscalización de los cargos a la que, según la constitución, tendrían derecho en tanto que depositarias de la soberanía. Sobre este supuesto oligárquico existente de facto pero nunca reconocido –porque pondría en evidencia la oculta clave de bóveda del sistema- se propaga como un cáncer la corrupción en los partidos, en los sindicatos, en los ayuntamientos y en el resto de las instituciones públicas, que incluyen los parlamentos y gobiernos.

Las masas populares podrían en teoría fundar otros partidos, pero la realidad es muy distinta de la proclamada en los textos legales y el sistema ya tiene dispuestas las correspondientes válvulas de seguridad a fin de evitar que “la política” se les vaya de las manos a los poderes financieros. La repercusión electoral de las siglas de un partido depende, en efecto, de una presencia del mismo en los medios de comunicación, la cual, a su vez, responde a los intereses de las grandes empresas periodísticas. Son las televisiones, las radios y los diarios los que deciden qué opciones políticas cuentan o no cuentan, y cómo, ante la opinión pública que habrá de dirimir el voto. De manera que la financiación bancaria de las organizaciones y su dependencia de compañías privadas de publicidad o de comunicación, hace imposible que un proyecto político contrario a los intereses económicos capitalistas pueda desarrollarse, si no es con graves dificultades, en el actual marco pseudo democrático. Nuestras “democracias” son un fraude. Constituyen en realidad redes mafiosas plutocráticas que han comprado a los partidos políticos parlamentarios para que representen a los intereses del gran capital y defiendan los dogmas intangibles del sistema liberal-sionista. Los oligarcas promueven a los políticos profesionales con sus empresas mediáticas y les financian con sus bancos y cajas a cambio de obediencia. Aquí la crítica de Marx sigue siendo válida. El denominado “sistema democrático” no quiere la participación ciudadana, al contrario, la impide y disuade: reclama sólo el voto popular cada cuatro años, acto que constituye una verdadera renuncia voluntaria a la soberanía por parte del pueblo. El recurrente "secuestro" oligárquico de la soberanía popular resume la realidad del actual aparato político de dominación pública.

La incompetencia política generalizada es la consecuencia de un sistema social basado en el imperio de la alta finanza, en la manipulación de los medios de comunicación y en la traición sistemática a los intereses de la mayoría social y nacional en beneficio de una minoría oligárquica ayuna de pueblo y patria. No es que existan políticos corruptos, es que el sistema liberal se basa en la corrupción y expulsa fuera de sí a los políticos honestos. Otro tanto cabe decir de la excelencia y la capacidad: al primar la fidelidad a los poderes fácticos en la promoción de los políticos, de los gestores públicos y de los funcionarios, son auténticos cretinos babeantes y buscavidas (véase Zapatero o Montilla) quienes controlan las palancas del poder. Se trata de una selección “en negativo” que sólo permite a los peores alcanzar la cima del entramado partitocrático y administrativo. Pero, a la larga, un país construido sobre tales principios no puede funcionar.

Los escándalos que estallan regularmente y que han puesto en evidencia la bajeza moral de la entera clase política en su conjunto, no son una casualidad y cuestionan al sistema político liberal en cuanto tal. La crisis afecta a los pilares del régimen, porque los ciudadanos se han empezado a dar cuenta de que las pautas de conducta inmorales que provocaron la crisis económica son las mismas que caracterizan a los políticos de todos los partidos, quienes las consintieron y se beneficiaron –y se benefician- de ellas de forma directa o indirecta. Por este motivo, además de una alternativa política en el sentido ideológico, será necesario explicarle a la gente qué nuevo modelo de organización y funcionamiento político se va a instituir para impedir que, en el futuro, se repitan en el seno de la nueva izquierda nacional las prácticas que han definido en el pasado a varias generaciones de profesionales de la política. La respuesta a dicha cuestión son las asambleas ciudadanas libres.

Además de una crisis económica y estadual, la crisis es, y esto casi puede palparse en el espesor del ambiente fétido de nuestros días, una crisis de valores, una crisis moral de la society que corroe todas sus instituciones, sin excepción. La sociedad tiene los políticos que se merece pues, si se les pregunta a muchos ciudadanos, éstos admiten que “harían lo mismo” siempre que pudieran, sin ser conscientes de que ellos nunca podrán pero que con semejante actitud justifican la dorada impunidad de los corruptos. Pensemos en los casos de pederastia que afectan, en la iglesia católica, a 4500 sacerdotes sólo en los Estados Unidos, cuando dicha institución se presenta como depositaria de unos valores morales y religiosos trascendentes frente a una sociedad materialista en quiebra. Los ejemplos, no obstante, podrían multiplicarse en cualquier ámbito, no sólo en el eclesiástico y, singularmente, en aquéllos enclaves sociales (ONGs, universidades, deportes, judicatura, cultura) donde uno esperaría que la ética ocupase un lugar central. Vayamos donde vayamos -y con muy pocas excepciones- constataremos que, actualmente, ya sólo importan la prepotencia, el vicio y el lujo (sintetizados en la imagen de la más frívola ostentación). Es la pauta mercantilista de conducta que se ha extendido a toda la sociedad a partir de la matriz de una determinada concepción religiosa hebrea que experimenta la relación con Dios como contrato mercantil (sometimiento a cambio de "salvación" del "alma", es decir, hipóstasis del "ego" burgués).

La reflexión sobre la crisis debe llegar hasta las últimas consecuencias y cuestionar el tipo humano –el homo oeconomicus- que el liberalismo ha convertido en pilar central de nuestro actual sistema social. Es este “paradigma antropológico” el que nos ha llevado al callejón sin salida en el que nos encontramos como civilización. Se trata de alguien preocupado exclusivamente por su felicidad privada y que concibe la vida en términos de ganancia, utilidad y bienestar individuales. Más profunda que el tipo humano del liberalismo es así una opción existencial hedonista de raíces irracionales que coloca al "individuo" egoísta y sus necesidades materiales o simbólicas en el centro del ser, que emboza la verdad de la existencia en beneficio de visiones utópicas seculares de abundancia, ora individual, ora colectiva, y que, a la postre, destruye el sentido de seriedad de la vida humana en esa “fiesta” permanente que quiere ser la sociedad de consumo.

Ante el altar de semejantes ídolos felicitarios, decenas de millones de personas fueron sacrificadas por los regímenes marxistas del siglo pasado. Tales han sido las causas “humanistas” de los crímenes de la izquierda radical –y de sus cómplices- que aquí rechazamos y que nos llevan a fundar una nueva izquierda y no sólo una izquierda nacional. El individualismo liberal es únicamente otra versión, derechista cristiana ésta, de una visión del mundo humanista que se ha impuesto a la anterior, comunista bolchevique, pero que conserva los valores que proceden del bagaje religioso heredado del pasado y que, sea cual sea la ideología secular que los acoja, se traduce en la devastación ecológica del planeta; en la esterilización –totalitaria o mercantil- del arte, el pensamiento y la ciencia; en la extinción de los pueblos y su sustitución (ingeniería demográfica); en el sometimiento de cualesquiera criterios morales, culturales y políticos a las exigencias de "crecimiento económico", desarrollo cuantitativo y consumismo al servicio de la “utopía” escatológica del "bienestar".

La primera obligación moral de toda alternativa política a la crisis es explicar que esta concepción modernista del mundo entraña una criminal mentira, que el planeta no puede soportar la destrucción de sus recursos naturales al ritmo que la sociedad de consumo los malgasta y que es necesario institucionalizar un concepto auténtico de existencia humana, siendo así que pretender una society planetaria constituye un sueño de la propaganda liberal que puede costarnos muy caro como especie.

Ha llegado la hora de la verdad y tiene que haber políticos dispuestos a decir la verdad.

La sociedad del espectáculo y los mitos hedonistas correspondientes tocan a su fin. La sinceridad deviene presupuesto y principio supremo de toda acción cívica honesta. La verdad en tanto que pauta de conducta lógica y fundamentada es el único valor racional y fija los pilares ilustrados de una cultura ética de las instituciones públicas de espaldas a la cual los efectos destructivos de la crisis no dejarán de propagarse y ahondarse. Mas es esta exigencia de objetividad radical la que reclama poner coto, de forma inmediata, al desarrollismo y a la devastación ecológico-cultural de la tierra.

Ahora bien, aquello que no consentiremos los trabajadores es que el desmantelamiento de la pútrida "sociedad de consumo" se confunda con el del estado social y democrático de derecho que tanta sangre costó conquistar a nuestros padres y abuelos, porque se trata de conceptos muy diferentes. Para nosotros trabajadores, nuestro deber es liquidar un modelo basado en el saqueo capitalista del mundo, no empero abolir por decreto la básica justicia y los requisitos económicos que hacen posible una vida propia de pueblos civilizados. Cabe esperar que los políticos profesionales intentarán darnos gato por liebre y, mientras las oligarquías siguen revolcándose en el lujo más escandaloso y obsceno, nos instarán a que seamos "razonables" y nos apretemos el cinturón. Pero no vamos a consentir este engaño y jamás entraremos voluntariamente a vivir en las horrendas chabolas –materiales, mentales y morales- que ya nos preparan los sucios diputados “de la propina” y los pederastas de Bruselas.

La erradicación del paradigma humano liberal no ha de suponer el retorno a la barbarie y la explotación decimonónica de los obreros, sino que, por el contrario, puede y debe traducirse en una mejora de la calidad de vida de millones de trabajadores que ya no tendrán que arrastrarse por la existencia sometidos a la tiranía del consumismo y a la ecuación burguesa que iguala la respetabilidad y el estatus social de las personas –su valía humana, en una palabra- a la capacidad simbólica de consumo reflejada en la ostentación bien visible de objetos de lujo y hasta de marcas comerciales concretas. Reclamamos una dignidad cívica y moral republicana de participación real en las instituciones nacional-democráticas, una justicia, la de los ciudadanos, que conlleva en las dos direcciones (de máximos y de mínimos) ciertos umbrales materiales infranqueables de desarrollo social, pero no, y ya nunca más, una existencia consumista.

Valores éticos y políticos alternativos

La izquierda nacional pretende instituir una alternativa de valores a la sociedad de consumo. No proponemos una mera receta económica para salir al paso de la crisis financiera y dejarlo todo, por lo demás, tal como estaba antes de esta esclarecedora y saludable crisis de fundamentos. Tampoco soñamos con volver a los “felices” años sesenta del keynesianismo consumista socialdemócrata europeo, que integró a las masas en el sueño dorado de un crecimiento indefinido, mientras en el llamado Tercer Mundo millones de personas morían cada año de hambre a la vista de nuevos y curiosos turistas occidentales descendientes de la añeja “clase obrera revolucionaria”. La burguesía consiguió que los obreros europeos de aquélla generación se convirtieran en cómplices de sus crímenes y del sistema capitalista en su conjunto, pero ahora esa misma burguesía, que descarta ya con desdén la posibilidad de una nueva amenaza comunista, no necesita que Europa occidental funcione ante la URSS como “escaparate del capitalismo” y ha decidido abaratar costes importando inmigrantes dispuestos a "producir" por la mitad del sueldo que un trabajador autóctono.

La burguesía –que en las últimas décadas del siglo pasado hinchó el precio de la vivienda, desregularizó el empleo y, en general, puso todas las trabas posibles para impedir que los trabajadores de la nación pudieran fundar una familia, promoviendo en lugar de ello el consumo individual-, topaba en sus negocios con un encarecimiento de la mano de obra provocado por la caída en vertical de las tasas de natalidad europeas; fue así que se resolvió poner fin al “estado social y democrático de derecho” con el nuevo tráfico de carne esclava al servicio del capitalismo, es decir: con el fenómeno de la inmigración. Esta decisión se tomó en Europa tras la caída del muro de Berlín y es ahora cuando estamos sufriendo las consecuencias de la nueva política liberal del mercado mundial, que implica la libre circulación de capitales y fuerza de trabajo y, por tanto, el fin de la época de “prosperidad obrera” en nuestro continente.

Si la gente no despierta del sueño consumista que la desmovilizó y se organiza para defender sus derechos, es decir, para luchar, su situación no dejará de empeorar. Estamos sólo al principio de un proceso de contracción de la economía nacional que concluirá con masivas privatizaciones de servicios públicos y con la ampliación e institucionalización de una bolsa estructural de parados que funcione como amenaza permanente para aquéllos que no quieran ser explotados en las paupérrimas condiciones impuestas por el capital. Pero no podemos enarbolar ya los valores existenciales del liberalismo en nuestras reivindicaciones. Así, mientras el sistema difunde que sólo los “triunfadores” económicos son personas depositarias de reconocimiento social, la realidad es que la inmensa mayoría del pueblo pronto no ganará ni siquiera lo suficiente para alimentarse. No se trata sólo de la miseria material, que el sistema puede paliar mediante ayudas y hasta comedores para indigentes, se trata ante todo de denunciar que el capitalismo, a estas alturas, siga fabricando seres a los que ha privado de antemano de toda dignidad. Aquí importan poco los subsidios y la caridad institucional, que además siempre será escasa y precaria; aquéllo que está claro, hoy como ayer, es que para la mayoría sólo quedará la humillación de sobrevivir en calidad de fracasados y lacayos en el mundo de una oligarquía inmoral que únicamente valora el dinero y que se ríe de la ética, de la verdad, de la justicia y de cualquier ideal no economicista que sea otro que el muy utilitario de la salvación del alma (por supuesto, en primerísimo lugar, de la importantísima inmortalidad del burgués). Se ha olvidado todo aquello que antaño hubiera podido motivar a las personas humanas a actuar de acuerdo con pautas de conducta heroicas al servicio de la nación, es decir, del pueblo, unos modelos éticos conscientemente ridiculizados que hoy, ante la imagen repulsiva del especulador siempre triunfante, se nos antojan poco menos que incomprensibles, aunque teñidos de nostalgia. El resultado es una creciente falta de escrúpulos combinada con lo que podríamos denominar el "analfabetismo universitario", perfectamente compatible con la obtención de titulaciones técnicas y utilitarias conducentes a la anhelada e inmediata "salida profesional" (=dinero, éxito). Pero se ha olvidado que incluso la vida económica requiere de principios éticos: antes que profesional hay que ser ciudadano y, antes incluso que ciudadano, persona, en todos los ámbitos de la existencia. Al desvalorizar  el concepto del "ciudadano" -la ciudadanía no vale nada-  y, finalmente, la noción misma de persona (entidad libre y responsable deudora de principios éticos innegociables), el sistema liberal está erosionando los fundamentos sociales que hacen posible la propia actividad económica.

A estos hechos hay que añadir la pasividad cómplice y la inoperancia de las viejas izquierdas. Atadas a un pasado criminal que apenas disimula su coincidencia de valores con la burguesía capitalista, dichas izquierdas carecen de credibilidad revolucionaria ante los trabajadores. Éstos conocen la historia lo suficiente como para mantener vivo el recuerdo de las atrocidades cometidas en nombre de una justicia social que, en realidad, reproducía los mismos afanes productivistas y consumistas que las sociedades liberales, pero sin ser capaz de satisfacerlos nunca, por no hablar del clima de opresión y obscurantismo policial en que se consiguieran los avances sociales de las dictaduras comunistas.

De ahí que la mayoría de los partidos de izquierda abandonaran en occidente sus ideales revolucionarios. Pero, en vez de forjar alternativas al totalitarismo comunista, dichos partidos de izquierdas se vendieron literalmente al capitalismo, conservando sólo como distintivo el antifascismo de opereta (el recurrente relato del “holocausto”) que comparten con los Estados Unidos en beneficio de un abyecto nacionalismo judío de extrema derecha (Israel). Su función, muy bien acogida por el capital, es gestionar la herencia simbólica del pasado político-sindical obrerista y ponerla al servicio de la sociedad neocapitalista mundial instituida en la posguerra. Los sindicatos, financiados por el Estado, así como los partidos socialdemócratas, se convirtieron a la sazón en las piezas clave del sistema político liberal europeo, pues son ellos quienes promueven las reformas que los partidos abiertamente derechistas no pueden capitanear sin que los trabajadores se “echen a la calle”. Las cúpulas de esos partidos y sindicatos se aburguesaron ya abiertamente a cambio de que la derecha no les recordara sus vínculos históricos con los crímenes del comunismo y éste mismo fuera considerado, a pesar de sus 100 millones de víctimas, como un mal menor respecto del fascismo. Nunca hubo, cuando se hundió la Unión Soviética, un Nüremberg comunista, y los países democráticos comercian sin problemas con Pekín, régimen genocida donde los haya que tiene en su haber el exterminio de 65 millones de personas, a pesar de lo cual le fue concedida la organización de unas olimpiadas y de una exposición universal por parte de gobiernos que dicen basar su política internacional en la defensa de los derechos humanos. En este sentido, puede afirmarse que, por acción u omisión, la casta política actual se nutre de corruptos e incompetentes, pero también de auténticos criminales.

La perpetuación de la vieja izquierda resulta así doble: por una parte, las izquierdas “naranjas” de traje y corbata, que gestionan el herrumbroso imaginario obrerista para ponerlo, en función de políticas económicas y sindicales de signo liberal, al servicio del capitalismo más descarado; por otra parte, las izquierdas “rojas” de guerrera caqui y boina militar, las cuales, reducidas ya a la dimensión de meras sectas insignificantes, siguen vegetando en el crucial espacio simbólico de las izquierdas radicales a fin de que en él no pueda crecer otra cosa que la putrefacta planta de un pseudo marxismo obsoleto. El papel reservado por la burguesía a la “barraquita radical” es, en efecto, bien simple, a saber: que con las imágenes infernales del gulag (campos comunistas de trabajo esclavo), dicha opción “revolucionaria” clausure el dispositivo sistémico por su extremo izquierdo de la misma manera que el “horror nazi” lo clausura por el derecho. Así, sólo quedaría el liberalismo como única opción razonable de la cordura política. Además, dichos grupos de extrema izquierda subvencionada operan a modo de “partida de la porra” del sistema contra los auténticos disidentes, a los que se estigmatiza acusándolos de ultraderechistas por el simple hecho de cuestionar el uso y abuso de la narración cinematográfica del holocausto como propaganda encubridora de los genocidios del "progresismo" y de la "modernidad".

En consecuencia, al hablar de valores alternativos nos referimos, en primer lugar, a la exigencia de reactivar el espacio público de una izquierda rupturista depositaria de autoridad moral suficiente como para apelar a la movilización de los trabajadores. Dicha izquierda, actualmente inexistente, debe hacer suyos los intereses populares contra un neoliberalismo obtuso que los agrede sin compasión y que no tropieza ya con ningún obstáculo en la comisión de sus fechorías excepto la retórica impotente de los desacreditados grupúsculos comunistas y anarquistas.

Más allá del comunismo, la socialdemocracia y el anarquismo

Las directrices que proponemos suponen así siempre, aunque no los nombren explícitamente, la promoción de valores alternativos a los de la burguesía humanista. Queremos, en efecto, subrayar, que los valores del proletariado defendidos por el marxismo eran los mismos que los de sus presuntos adversarios: no otra es la triste realidad que se ha ocultado durante décadas a los obreros y militantes de izquierdas. El socialismo marxista, y de ahí su fracaso histórico, pretendía idénticas metas que la burguesía, lo que explica la alianza entre Estados Unidos (capitalismo) y la URSS (comunismo) contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. La diferencia estribaba sólo en los métodos o medios para alcanzar tales fines últimos.

No ha existido nunca, hasta el día de hoy, un grupo de trabajadores conscientemente articulado entorno a unos valores propios de patria, pan y justicia. Marx reprochaba al liberalismo su incapacidad para realizar el programa burgués de igualdad, libertad y fraternidad, pero dicho programa cosmopolita se le antojaba, como tal, perfectamente válido. De ahí que el “proletariado” sea sólo una clase subsidiaria de la sociedad burguesa y no una alternativa a ésta. De ahí también que el socialismo marxista, cuando competía con el capitalismo, lo hiciera compartiendo con él un marco axiológico común de carácter utilitario e internacionalista que anticipaba la actual globalización. Liberalismo y comunismo son, en definitiva, ideologías desarrollistas del bienestar material que reducen el espíritu a una manufactura entre las muchas otras que circulan en el “mercado cultural”, el cual incluye tanto una obra filosófica como una ruta gastronómica. Véase China: su rápido acomodo al entramado comercial a escala internacional es sólo débilmente objetado por sus “carencias” democráticas, pero no por los ostensibles valores consumistas del régimen. Tampoco la derrota del imperio soviético ha supuesto un terremoto axiológico en Moscú, sino únicamente la suave transición rusa hacia el modelo capitalista liberal. Rusia constituye la prueba ya palmaria de que el liberalismo, con su apelación directa al egoísmo y la rapacidad, es más eficaz en la realización de la siempre incontestada utopía humanista moderna que el marxismo-leninismo clásico con su oxidado discurso gregario-colectivista. Pero, insistamos en ello, en ambos casos estamos ante un “tipo humano” que se aferra al veraniego sueño de la “felicidad del mayor número” e intenta realizarlo despiadadamente –y en algunos casos manu militari- mediante el “crecimiento económico” sin límites, la producción industrial de mercancías y el consumo masivo, con la mirada fija en la erección de un “paraíso” mundano que representaría nada menos que el “final de la historia”. Dicha ideología ilusoria toca en buena hora a su fin y corresponde a los trabajadores europeos enterrarla para siempre.

Las revoluciones burguesas (1668, 1778, 1789), a cuya sombra vivimos, no fueron promovidas por un grupo social que formara parte del sistema estamental feudal al que se pretendía precisamente destruir. La burguesía fue la que instauró la sociedad de clases y toda “clase” como tal, incluida la proletaria, pertenece a dicha realidad. No existe, ni ha existido, ni puede existir una revolución proletaria que supere la sociedad burguesa y nos permita arrojarla, como es nuestra intención, al basurero de la historia. Por tanto, cuando hablamos de los “trabajadores” no nos referimos sólo a los obreros, sino a aquellos sectores sociales que conciben el trabajo como algo más que un mal necesario (para la obtención de un salario y, con él, la vía de acceso al consumo); que se oponen conscientemente al orden liberal-capitalista en nombre de la experiencia vital que subyace a todo trabajo auténtico, a saber, la experiencia matriz de la verdad racional. Ésta fundamenta un modelo comunitario y socialista de sociedad capaz de potenciar el avance intelectual, científico y tecnológico que, en estos momentos, una inmensa ola de regresión neorreligiosa -perfectamente coherente con los valores últimos de la sociedad de consumo, que son su secularización- ha detenido y amenaza hacer retroceder. Los valores de la sociedad burguesa son, en última instancia, incompatibles con la verdad y, en consecuencia, con el verdadero “progreso”, que pertenece al orden del conocimiento. Pero occidente, aterrorizado ante la realidad que le muestra la ciencia, ha emprendido el camino de retorno hacia el oscurantismo fundamentalista judío, cristiano o musulmán. La des-secularización intenta satisfacer las necesidades existenciales hedonistas que el materialismo renuncia a aliviar como no sea mediante el consumo de estupefacientes. Pero sólo el trabajo, y no el consumismo o las fantasías transmundanas, puede fundamentar la existencia humana, cuya esencia ético-espiritual niega las mendaces promesas de los psicofantes de todas las confesiones. De ese desarrollo que conjunta trabajo, democracia, racionalidad, ciencia, verdad y técnica ha de surgir una alternativa social de organización comunitaria con poder moral y material efectivo para derrotar a las democracias liberales e instaurar un modelo de democracia popular participativa.
Queremos saltar del tren de la globalización liberal –que avanza, ya sin conductor, hacia el abismo de un "crecimiento" aparentemente sin límites ni sentido- y construir una cultura comunitaria de la verdad, opuesta al modelo americano de societycomfort y "búsqueda de la felicidad". Europa es el lugar geográfico y espiritual, predestinado por la historia, de ese movimiento de superación tanto del capitalismo liberal como de sus falsas alternativas de izquierdas (anarquismo, socialdemocracia, comunismo). El centro de Europa es Alemania y habrá que liberar a este país de sus cadenas simbólicas a fin de que todos los europeos podamos volver a ser dueños de nuestro propio destino. Para ello es menester denunciar la “ideología del Holocausto”. Ésta legitima la postración política de las naciones en beneficio del autodenominado “pueblo elegido”, es decir, de la ultraderecha racista y supremacista que controla el Estado de Israel y que, a través del lobby sionista incrustado como un repulsivo parásito bíblico-demencial en las instituciones políticas de los Estados Unidos, condiciona y amenaza el futuro del planeta entero .

A partir de esta Europa liberada de la bota yanquee, proponemos alianzas con Hispanoamérica y Rusia para forjar un eje geopolítico y estratégico capaz de hacer frente al enemigo sionista-capitalista y destruirlo allí donde incube sus huevos de monstruo.
Nosotros, en la izquierda nacional, ya no anhelamos "paraíso" ninguno, sino un régimen social-popular auténtico –dicha pretensión nada tiene de utópica- que nos asegure el acceso a la cultura, la dignidad cívica republicana y la formación para nuestras familias. No soñamos sino con una verdadera educación para nuestros hijos, algo que el liberalismo, en medio de su colapso axiológico -la gomina está ya podrida- es actualmente incapaz de ofrecer. No vamos a escuchar a los charlatanes de feria de la "utopía” marxista que, en nombre de tamaño fraude, reclamaban para sí todo el poder y a renglón seguido lo utilizaban ipso facto para exterminar a los propios trabajadores (Kronstadt). Pero tampoco escucharemos a los nuevos demagogos liberales de la tierra prometida capitalista, las "libertades", la abundancia y la globalización multicultural. Somos una izquierda basada en la verdad racional y lógica (herencia de una cultura europea fundada por los antiguos griegos) que repudia la secularización fraudulenta de idearios semitas milenaristas utópico-proféticos, hipotecados por la ignorancia, la mezquindad moral y la superstición. El socialismo potencialista  nada tiene, en definitiva, de "internacionalista" ni de cosmopolita: fomenta el amor universal a la comunidad nacional y el respeto hacia el heroísmo de los que por ella dieron su sangre. Somos conscientes de que los ideales socialistas, lejos de poder trajinarse cual frívolas manufacturas de libre circulación comercial, forman parte de la civilización europea y sólo han podido surgir y forjarse allí donde ha habido hombres dispuestos a dar sus vidas en la frontera para salvaguardar la nación. Una entidad que, subrayémoslo una vez más, en nuestra idea se identifica plenamente con el pueblo. De ahí que el socialismo deba sentirse rabiosamente nacional o termine, tarde o temprano, convirtiéndose en un peón de la alta finanza, la masonería, el sionismo, la trilateral y, en fin, del resto de redes sociales más o menos invisibles que sustancian la cohesión mundial del dispositivo oligárquico.

Organización y disciplina

El principal problema al que se enfrentan los trabajadores europeos es su falta de fe en sí mismos como grupo social capaz de hacer frente a las agresiones, perfectamente planificadas, del capital financiero. Este hecho se ve agravado por la existencia de organizaciones presuntamente obreras (en España: PSOE, IU, UGT, CCOO) que en realidad funcionan al servicio de la derecha social oligárquica, de intereses parasitarios que usurpan los enclaves de una posible estructura de defensa reivindicativa, y de falsos dirigentes que operan como frenos sistemáticos a las movilizaciones, manifestaciones, actos de lucha, huelgas, etc., de las masas populares. No en vano dichas instancias, grupos e individuos pueden existir políticamente hablando porque son financiadas por el Estado y, en consecuencia, responden a las directrices de la clase política que representa a su vez los solapados compromisos institucionales con la alta finanza.

La única alternativa aparente de los trabajadores son las organizaciones radicales “rojas”, de cuño marxistoide o ácrata, pero éstas, por las razones más arriba expuestas, operan como un polo de repulsión política que refuerza las pautas desmovilizadoras de las pseudo izquierdas “naranjas”. De ahí que el sistema también las promueva, tolere y mantenga dentro de su espacio, pues aseguran el fracaso de toda tentativa revolucionaria.

Por su parte, los valores “nacionales” son explotados por el PP, un partido tan antinacional como el PSOE antiobrero, pero que gestiona los símbolos de un rancio patriotismo católico-reaccionario en beneficio del liberalismo más repulsivo, de la misma manera que el PSOE gestiona la herencia obrera, sindical y socialista con idénticos objetivos. Se vota “social” (PSOE) contra lo nacional o se vota “nacional” (PP) contra lo social, pero una izquierda nacional parece carecer de sentido, a pesar de que “trabajadores” (=la mayoría del pueblo) y “nación” son palabras que se refieren, de hecho, a idéntica realidad, aunque desde ópticas distintas, a saber, la sociológica y la política; no debiera causar tanta perplejidad el concepto de un “patriotismo obrero” excepto en un imaginario teatral donde las oposiciones y polaridades derechas/izquierdas constituyen meras ficciones que esconden siempre la asfixiante ubicuidad de la única opción real, de cuño derechista, a la que se puede votar y de hecho se vota, lo sepa o no el ciudadano de a pie: la omnímoda "opción" de la oligarquía plutocrática. Pero ésta, por definición, ni es socialista ni siente la emoción de patria alguna, como no sea la de su propia cuenta corriente, normalmente encriptada en un paraíso fiscal extranjero.

La desconfianza de los trabajadores hacia la política y el sindicalismo en general es así absoluta y con razón. Los trabajadores han sido traicionados, primero por la burguesía, que sin duda realizó su revolución moderna en nombre de valores éticos (1789), pero sólo para convalidar inmediatamente dicha tabla axiológica como ideología legitimadora de los horrores del sistema fabril capitalista descritos por Engels y Marx. Más tarde, los trabajadores fueron engañados por el marxismo (1917) con sus promesas escatológicas de un paraíso en la tierra, el cual se vio pronto realizado, sí, pero más bien en forma de infierno: el del estalinismo y su red de campos de trabajo esclavo al servicio de un régimen genocida (gulag). Finalmente, los trabajadores han sido engañados por las izquierdas socialdemócratas (1945), las cuales prometieron, ante el horror del comunismo, una transición pacífica y democrática al socialismo pese a que, en realidad, lo que han hecho es preparar el terreno para el retorno al capitalismo salvaje de los primeros tiempos de la industrialización, un acontecimiento de consumación ya inminente con el que se volverá al punto de partida y se cerrará un ciclo histórico completo de imposturas y manipulaciones.

La historia moderna deja así a los trabajadores europeos (al "obrero blanco") en una situación de abandono total frente a las políticas de inmigración (mano de obra barata) perpetradas bajo el rótulo del progresismo humanitario, es decir, justificadas en nombre de valores de izquierdas a pesar de que sólo amplíen los márgenes de beneficio de las empresas y perjudiquen, en cambio, precisamente, a la inmensa masa de personal laboral autóctono no cualificado. Por este motivo, será muy difícil recuperar la confianza de las "bases" en una organización política de izquierdas que proponga cambios radicales y la lucha abierta contra un capitalismo global casi omnipotente que, a través de los estados, mantiene bajo control liberal a las viejas izquierdas, es decir, a sus partidos “naranjas” y a sus sindicatos “amarillos” de siempre. Lo primero que habrá que conseguir es que dicha organización alternativa se estructure de tal manera que su transparencia democrática y asamblearismo convenzan hasta al más receloso de que no se van a repetir ya nunca los tiempos del comunismo, es decir, del “partido” (leninista) convertido en poco menos que una iglesia laica, opaca, burocrática y dictatorial. Por ello hemos hablado de asambleas ciudadanas libres como instrumento táctico inexcusable del combate social. Aquéllo que quizá se pierda en eficacia y contundencia organizativa, habrá de ganarse a la postre en legitimidad, cuando el principal obstáculo al que los luchadores sociales nos vemos enfrentados en la actualidad es precisamente el de superar la crisis de credibilidad de la izquierda después de un siglo de criminales traiciones perpetradas por las organizaciones obreras, con sus propios representados como víctimas permanentes de una sinvergonzonería sin paliativos.

Dicho esto, se pone sobre la mesa el problema de la organización, del sujeto político que habrá de liderar la batalla contra el liberalismo en nombre de principios existenciales que, por primera vez, no serán ya los de la ideología liberal burguesa, sino los de los trabajadores mismos en tanto que encarnación del concepto de “trabajo”, que es menester revisar para despojarlo de las escorias burguesas y marxistas heredadas del pasado. Se trata, en fin, de una entidad política, pero no de un mero partido, aunque los imperativos legales fuercen a registrarla como tal a efectos meramente administrativos. Sin embargo, los problemas de la organización no terminan aquí.

Los desafíos a los que nos enfrentamos son inéditos en la historia y además muestran tal calado que las instituciones que el derecho burgués tiene previstas para ejercer la acción política resultan a la postre anacrónicas. ¿Cómo hacer frente a algo tan profundo como una crisis de valores morales desde organizaciones –partidos- cuyos mandatos duran cuatro años? ¿Cómo luchar contra el capitalismo global desde la fragilidad de gobiernos de Estados nacionales? ¿Cómo armonizar la exigencia democrática radical del asamblearismo con la necesidad de erigir un poder político capaz de hacer frente a oligarquías cerradas, criminales e inmensamente ricas, cuyas influencias ostentan claramente un alcance mundial? La respuesta está en que la lucha ha de ostentar dimensiones continentales para ser eficaz pero que, al mismo tiempo, debe existir una tajante distinción entre autoridad y poder en todos los planos y niveles institucionales de dicha entidad política europea. Este doble principio, la concentración del poder, por un lado, y la reserva asamblearia de autoridad, por otro, perfila un dispositivo institucional de democracia popular participativa que permitirá superar el sistema liberal, con sus partidos elitistas periclitados y su ficticia “división de poderes”, derrotando a la oligarquía burguesa, por primera vez en la historia, mediante la simple aplicación de los principios democráticos y de la racionalidad ilustrada, pero esta vez hasta sus últimas consecuencias.

Jaume Farrerons
13 de mayo de 2010

29 comentarios:

NOSFERATU dijo...

Felicidades, como siempre un gusto visitar este blog y vuestros articulos son toda una invitación a la reflexión y a la auto critica.Enorabuena.

Jaume Farrerons dijo...

Gracias Norferatu. Tu apoyo nos da ánimos para continuar disparando al enemigo desde nuestro "agujero de tirador". Saludos. Aprovecho para recordar a todos los usuarios de este blog que estamos siempre abiertos a correcciones y mejoras de los textos, máxime cuando se trata de manifiestos y propuestas de tipo metapolítico, como la presente titulada "Por una izquierda nacional".

Anónimo dijo...

Esto de Izquierda Nacional me suena a Chavismo, y otras corrientes del mismo estilo..¿Me equivoco ?

Jaume Farrerons dijo...

Si te lees el texto verás que está a años luz del chavismo. Nosotros defendemos una democracia popular participativa, no una dictadura. Nuestra propuesta es la radicalización de los mecanismos democráticos, de manera que las mayorías populares fiscalicen a la oligarquía en todos los entramaos del tejido social. Los chavismos, castrismos y demás son remedos de la añeja "dictadura del proletariado", que repudiamos.

Luis dijo...

Jaume, como se compagina la izquierda nacional Española con los nacionalismos tribales y su lenguas? lease el catalan por doquier de vuestra pagina. Aparte de esto el contendo de la misma me parece francamente interesante

Anónimo dijo...

Jaume como se compagina la izquierda nacionalista española con los diferentes nacionalismos tribales como el catalan, expresados profusamente a traves de la lengua en vuestra pagina? por lo demas la misma me parece llena de contenidos interesantes

Jaume Farrerons dijo...

¿El uso del catalán nos convierte automáticamente en nacionalistas catalanes separatistas?

Esto es lo que pretenden precisamente los nacionalistas tribales catalanes, y yo no les voy a dar pábulo para que se apropien de la lengua catalana.

Yo soy catalán y español.

El catalán es una lengua tan española como el castellano. España es un proyecto histórico, no un etnicismo del centro. Como proyecto histórico, agrupa a diversos pueblos y a sus lenguas, sin menoscabo de que el castellano sea la lengua común.

En fin, no entiendo tu postura, Luis.

En todo caso, gracias por participar en el blog y espero que el hecho de que utilice mi lengua materna (igual que uso la lengua alemana, que he aprendido de mayor) no sea un obstáculo para continuar con tu colaboración.

Jaume Farrerons dijo...

¿Debo renunciar, a mi lengua materna, a la literatura catalana, a la historia catalana, para ser ESPAÑOL?

A ver si los independentistas catalanes van a tener razón.

Jaume Farrerons dijo...

"Jaume", la palabra que has utilziado para referirte a mí, es una palabra catalana, la has usado, la has pronunciado...

¿Te convierte eso en separatista?

¿Crees que voy a ser tan MALNACIDO como para RENEGAR de la lengua en la que pronuncié mis primeras palabras en este mundo y de la lengua de la que forma parte mi propio nombre?

Si ser español implicara eso, NO QUERRÍA SER ESPAÑOL.

Si ser español supusiera INSULTAR A MI MADRE, tendría que pasarme a las filas de los separatistas.

Afortunadamente, mi idea de España es muy otra, pero la tuya se parece mucho, aunque no te des cuenta, a la de los nacionalistas tribales, pero al revés.

Saludos.

Jaume Farrerons dijo...

Catalán "por doquier" en nuestra página. No lo veo. Hay dos gadgets, dos, que hablan de una asociación catalana de funcionarios de prisiones, esto está al final de la columna derecha, el resto del blog, o sea, el 99%, está en castellano. ¿Te parece demasiado catalán un 1%?

¿Qué idea de España tienes, Luis?

Saludos.

Anónimo dijo...

Usted Luis no se entera de nada. Los nacional-revolucionarios no somos franquistas como usted, somos Patriotas de VERDAD. Aceptamos que el Catalán es una lengua más de España, y es la lengua propia de Catalunya.

Luis dijo...

para emoezar disculpas por haber envado repetidas vceces mi mensaje, no lo veia y pensaba q no habia salido.
1.- te llamo Jaume porque asi te denominas, no tengo nada en contra de ninguna lengua, muy al contrario mucho respeto.
2.- hablar catalan claro que no hace incompatible el sentimiento español, pero insisto, cuando entro en vuestra pagina todo esta en catalan.

3. Me reitero en que el uso de las lenguas regionales, no elimina el sentimiento nacional, siempe y cuando no se manipulen para establecer el nexo tribu-nacion
En absoluto, Jaume voy a pretender q renuncies a tus origenes tan necesarios para la construccion de otra España como los castellanos, valencianos y demas, lo que me ha chocado es iniciar una lucha nacionalista española desde el catalan. En mi pensamienbto español caben todas las lenguas de la peninsula, en los legitimadores actuales de la lengua catalana no se si caben otras lenguas


5.-al "desnortao" anonimo q me llama franquista, no se siquiera si contestarle. Mire sr. no creo que sea ud. el encargado de otorgar canets de patriotismo, con 15 años recibi mas palos que muchos de uds, por defender la legitimidad de la bandera española y de su escudo imperial. seguramente ud. estaba votando que si a la constitución que nos ha traido hasta aqui, pero dado su nivel de adjetivos voy a prescindir de continuar dirigiendome a ud.
7.- Sí, jaume seguire opinando en tu blog porq me parece muy interesante a pesar de los sectarios que sin pensar nada dos veces creen q insultan, q espero no sean tu guardia pretoriana porque iriamos apañados.

saludos,
6.-

Jaume Farrerons dijo...

Cuando dices que tenemos una página casi toda en catalán, supongo que no te refieres a este blog. En este blog y en TODOS los blogs que trabajo, escribo en castellano.

¿De qué página estás hablando?

Gracias.

Luis dijo...

me refiero a www.adecaf.com q es por donde he accedido a tu blog, si he cometido algun error, mil disculpas.

Anónimo dijo...

Si tienes algun problema con el catalán, puedes irte a vivir a Sudamerica que alli solo hablan el Español, estaras como en tu casa...

Luis dijo...

Jaume, en mi opinión el principal problema para cualquier renovación de la sociedad actual, que es la realmente esta en estado de descomposición y no los sitemas que la gestionan, es la propia sociedad. Y digo que no son los sistemas,porqu elos sistemas los creamos nosotros. Manteniendo la dualidad derecha-izquierda, sistemas liberales contra sistemas socialdemocratas o socialistas, no conseguiremos grasn cosa.Hay que abandonar no solo de nuestro lexico, sino de nuestro imaginario colectivo las denomincaiones de derechas e izquierdas y sus identificaciones con los tópicos que las que el lodazal propagandistico y mediatico del siglo XX nos ha rociado.

Hablemos de identidades nacionales, del sentido historico de las mismas y su objetivo de futuro, hablemos de sistemas de gestión social y economica creible que modifiquen las actuales estructuras socioeconomicas, pero no despreciemos ingredientes de recetas antiguas que por el uso de intereses torticeros e interesados se nos antojan fracasadas.
Estoy de acuerdo contigo en que es necesaria un revolución que regenere la identidad social de España, que termine con el prostibulo politico en el que se ha convertido esta democracia de tenderete de feria, que modifique brutalmente los estamentos economicos de esta nación, permanentemente en manos de lso mismo s 100 satrapas que hace 100 años.
Pero esa revolución se puede hacer desde dentro o desde fuera del sistema, cual es tu formula?

el contexto hstorico imposibilita de forma radical cualquier revolución de caracter violento y exogeno al sistema, por tanto sólo puede hacerse desde el propio sistema, con la configuaración de formaciones politicas nuevas, creibles, con modelos sencillos de entendimiento porque los del pueblo somos sencillos, los sustantivos grandilocuentes, son mas amigos del caciquismo qeu otra cosa.

En fin Jaume, quiza me he desviado de algunos temas y es imposible comentar de un tiron tu manifiesto, pero aunque en desacuerdo con algunos matices identifico el objetivo,con el que coincido enun alto porcentaje.
Animo y un saludo

Pd: Para mi la izquierda nacional ya la promulgo en su genesis, en su esencia, no en lo que posteriormente desvirtuaron interesadamente, Jose Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange española de las Jons, cuyo cualqueir pareceido con el ideario politico del Franquismo e incluso de los actuales partidos denominados con ese nombre, es pura casualidad.

un saludo,

Pero de este tema espero poder hablar mas adelante.

Jaume Farrerons dijo...

La pàgina de adecaf está en catalán porque la mayor parte de los documentos (que no hemos redactado nosotros) fueron redactados en catalán por otros sindicatos nacionalistas e independentistas con los que hemos tenido fuertes polémicas. Dichos documentos están en la página en calidad de pruebas. A parte del rótulo de la asociación y de las distintas entradas, nuestros comunicados hace ya mucho tiempo que se redactan en castellano.

Por lo que respecta a la "marca" "izquierda nacional", tiene un sentido estratégico y táctico en relación con la organización política que se pretende fundar, PERO NO PLANTEA UNA CUESTIÓN IDEOLÓGICA.

Izquierdas y derechas no han sido nunca ideologías, sino posiciones relativas a determinadas estructuras sociales, siempre cambiantes.

Izquierdas y derechas son, en definitiva y simplificando mucho, campos sociológicos. Nosotros nos dirigimos a los trabajadores y para ello hemos de utilizar el lenguaje natural de la política en lo que atañe a este sector social vapuleado. Para los trabajadores, TENEMOS QUE SER UN PARTIDO DE IZQUIERDAS si queremos ser aceptados como interlocutores válidos.

A un obrero no le hables de transvaloraciones, metapolítica y demás conceptos ideológicos. Estos conceptos hay que traducirlos en propuestas CONCRETAS de carácter socializante.

En el plano ideológico, el debate es mucho más refinado y complejo, pero dicho plano carece de incidencia directa en el desarrollo de un proyecto político.

La ideología tiene una función constitutiva interna y, como mucho, una función organizativa en la selección y formación de los cuadros intermedios y altos.

Para estos cuadros ha de estar claro que "izquierda" no es una ideología, sino una estrategia lingüística que debe permitirnos CONECTAR con el pueblo, con sus problemas cotidianos, con sus intereses, etc.

Saludos.

Luis dijo...

al anonimo: no me voy a ningun sitio porque esta es mi casa y aqui se ha hablado castellano toda la vida. He vivido en sudamerica y en otras muchas otras partes del mundo y no me ha supuesto ningun problema, cosa que igualtu ud. no puede decir porque no ha salido de la masia y de la tribu en su vida.
A mi el catalan, el euskera, o el bable me da absolutamente igual, siempre y cuando no quebranten los derechos del ciudadano, lo cual dada la ambición y el ansia del catalismo contemporaneo permiteme que ponga en duda esa tolerancia.

Jaume, a eso mismo me refiero, porque crees que sólo denominandote de izquierdas seras un interlcutor valido para el pueblo? Es ahí donde no coincido, supone seguir legitimando que la denominación de izquierda es la única consciente de los problemas y realidades de la sociedad y a la unica que se acercará el pueblo cargado de problemas, para pedirle soluciones. Por eso en mi opinión la autentica revolución esta en desterrar eso mitos, demostrar la inoperancia historica de las personas que ha dirigido determinadas ideologias y refundar un socialismo nacional sin complejos.

Pero en cualquier caso es vuestra idea y vuestra formación y nada mas lejos de mi intención que intentar convencer a nadie de nada. Espero no haberte molestado con mis intervenciones.

un saludo,

Anónimo dijo...

si eres un ciudadano del mundo, muy bien para ti, pero a mi no me va el rollo multicultural. Prefiero mi casa. El que tiene Problemas con el catalan es Usted, lea su mensaje anterior: le estabas pidiendo a Farrerons explicaciones por tener cosas en Catalan !! Tenemos que pedir perdon por hablar nuestra propia lengua ??

Luis dijo...

No te enteras de nada Anonimo, no he pedido explicaciones a nadie, tan sólo he comentado que me parecia paradojico, pero a mi como si hablas en el idioma de los sordomudos, pero ya veo donde acabará tu monoculturalismo, en la imposición de lo tuyo, que claro está es lo único que conoces. Eres un verdadero adalid de la democracia popular. En el fondo en tus comentarios denotas cierto tufillo a unos origenes independista catalanista frustrado, de ahí tu agresividad y susceptibilidad a cualquier comentario sobre el catalan.

Anónimo dijo...

EL que no se entera es usted. Solo por hablar catalan, o sea mi lengua, ya tengo que ser independentista. Con esta gente no hay manera de entenderse. Solo conocen el "nacionalismo" franquista, que no es nacionalismo. ¿Cuál es tu concepción de España? ¿Qué harias con el catalán y otras lenguas españolas ?

Luis dijo...

si tu idea es convertir este blog en un debate sobre el catalan, tu mismo, pero no creo que sea el objeto de este debate. Ahora bien, te diré que si no hubiese sido por la discrimainación positiva que ha tenido el catalan en estos 30 años, sería una lengua residual en cataluña, loable, respetable y necesaria como biuen historico cultural, pero residual, como cualquier lengua cuyo alcance en la vida socio-economica mundial es limitado.
Te insisto, no conocí a Franco y literalmente me la pela su modelo de nacionalismo.
Desde luego mi concepción de España pasa primero pro el desmontaje del Estadode la Autonomias, y desde luego no pasa porque en las instituciones municipales se imponga la lengua local sobre la nacional, pero ese es untema tan residual que ni siquiera sería necesaria su regulación por el alcance limitado que he comentado antes. Bastaria con la elimincaión de la discriminación positiva de la que se han beneficiado dichas lenguas

Anónimo dijo...

Seria una lengua residual no de forma natural, sino por culpa de la imimgración massiva, tanto del resto de España como del resto del mundo. Antes de que Catlaunya se llenase de immigración, mas del 90% hablaban el catalán. Supongo que no estas a favor del multiculturalismo ? POrque lo que han querido trayendo toda esta immigración masiva, es precisamente la destrucción del Catalán.

Anónimo dijo...

Hemos respondido a las "críticas" de La maldición de Spengler" en

http://adecafcom.puntoforo.com/viewtopic.php?p=8332#8332

La respuesta está redactada en el mismo tono que el ataque.

ludwig dijo...

Discriminación positiva. Para opositar en cataluña, que es parte de España, hay que saber catalán. No es justo puesto que en muchas zonas de España no existe ese bilingüismo del que gozan muchos catalanes. Ya cierran las posibilidades al resto del país mediante la lengua, discriminando así a la mayoría de la población española. En cambio un catalán domina el español y puede presentarse a cualquier sitio, exceptuando euskadi, etc. Eso es justo? eso es discriminación.

Los catalanes ya tienen ahí su coto privado de caza. Claro, cómo no van a estar a favor de eso? Pero preguntadle al resto del país.

Jaume Farrerons dijo...

Aunque en la INTRA todavía no existe una postura oficial sobre este tema, mi opinión es que el catalán debe ser un mérito, no un requisito. Un mérito igual que saber inglés o cualquier otra materia de interés para el buen funcionamiento de la administración.

Más grave que la discriminación por lengua son los interinajes, que permiten predeterminar el resultado de la oposición con los puntos que van ligados a un servicio público nombrado prácticamente a dedo.

Y esto no ocurre sólo en Cataluña, sino en toda España.

ludwig dijo...

Perdón por mi ignorancia, pero, ¿interinajes es una palabra en catalán? Lo digo, porque en la lengua española se le llama interinidades. Sí, la verdad es que tanto el catalán como el castellano deberían ser bien utilizados para el buen funcionamiento de la administración. ;)

Hombre, eso de las interinidades está claro que es un tema muy distinto al del nacionalismo o las lenguas de España. Pero bueno, si hablas de eso, aunque no tenga relación alguna con lo otro, está claro de que es un problema serio y una injusticia. Otra más. Es limitar a la gente a entrar en el mundo laboral, gente preparada teóricamente, que tiene que comenzar de algún modo, mientras se protege a ciertas personas por baremos de diverso pelaje. De todos modos... esa discriminación no exime de culpa a la discriminación anteriormente expuesta sobre las lenguas.

Jaume Farrerons dijo...

Si buscas en Google en español por la palabra de búsqueda "interinaje", encontrarás unas 32.800 entradas. No sé si es una palabra ya reconocida por la Real Academia Española, pero sí de uso corriente por gente que no ha escuchado una palabra en catalán en toda su vida.

Jaume Farrerons dijo...

La cuestión de las "interinidades" sí tiene que ver con lo que planteas, porque si el tema son las injusticias evidentes en la selección de los funcionarios, esta es una injusticia que afecta a CUALQUIER PERSONA que quiera acceder a la función pública. Mientras que el tema del catalán sólo afecta a los que quieran opositar en Cataluña. Todavía peor: un opositor todavía puede hacer un esfuerzo y aprender el catalán del nivel B, que es más fácil que un curso de inglés de 6 meses a dos horas diarias. En cambio, la decisíón de contratarme de interino no depende de mí, y si no quieren hacerlo NO HAY NADA QUE YO PUEDA HACER.